Carta Abierta Al Señor Benito Lynch

Horacio Quiroga


Artículo


Esta carta que le dirijo —y abierta, por ignorar en un todo dónde pudiera hallarlo— tiene el objeto, extraordinariamente grato para mí, de contarle la profunda emoción con que he leído «Los Caranchos De La Florida». Debo ante todo decirle que no tengo el menor detalle sobre su persona, y desde luego sobre su personalidad —fuera del muy hondo que me ha proporcionado su libro.

Yo vivo en Misiones, en pleno bosque, y desde hace varios años. Conservo muy contado cambio de ideas con ésa, y paso asimismo meses enteros sin que me llegue un libro de allí. Tal es el caso con «Los Caranchos». Ha venido a mis manos anteayer, y pocos impulsos en mi vida han sido tan violentos como el que me hace escribirle en seguida, sin saber quién es usted, dónde vive, y aún si vive usted en realidad. —Vaya, pues, esta suposición idiota, para afirmar el absoluto desinterés de mi carta— cosa, dicha sea de paso, a que no estamos exageradamente acostumbrados.

En primer término, debo confesarle que muy pocas veces hallé en relatos de la vida de campo cosa alguna que me satisficiera. No es, como usted sabe, porque no se nos hubiera martillado los oídos con venganzas de jóvenes, rencores de viejos, idilios de una y otra edad, todo sobre un fondo de siestas, inundaciones y sequías.

Pero yo no veía en tales psicologías nada característico y pujante, ni en las enumeraciones (no me atrevería a decir descripciones) del fondo, veía el campo, que bien que mal conozco. ¿He sido yo el único descorazonado? Creo que no. Y aquí cobra cierto valor el grito nuestro —digamos— ante «Los Caranchos De La Florida».

Las dos grandes sensaciones que me ha dado su libro son éstas: honradez muy grande y muy extraña para ver, y potencia igual para sostener un carácter. La primera virtud se traduce, desde luego, en la verdad del paisaje, y la brevedad concomitante de la impresión. Porque no se nos escapa, a los que tenemos ojos, que en toda brusca visión de campo o lo que fuere, sólo dos o tres cosas saltan vivamente a la vista, que son las que resumen y nos dan la sensación total del paisaje; de lo demás no vale la pena hablar. Y no creo que haya error en lo de brusca: Toda visión, a efectos de la ídem que se quiere sugerir al lector, es necesariamente brusca, u original, o instantánea —como se quiera. Y es por esto que los que leemos nos sentimos desagradados cuando el autor, trepado a una torre de molino, se empeña y suda en ver todo lo que está al alcance de su vista, para enumerárnoslo prolijamente. Él, luego, llama a esto descripción— o lo que es más peregrino: sensación de campo.

Un solo ejemplo: el caballo enredado en la soga de sus «Caranchos», sugiere en sí más sensación de calor, sueño y negligencia de siesta, que cuanto haya leído en mi vida al respecto.

Después, la segunda potente virtud: la garra tenaz para trazar y sostener un carácter, bien marcado en «Don Panchito». El tipo le ha salido tal que, en mi opinión, ahoga completamente a los otros. Y no que estos sean mayormente débiles; pero el aguilucho aquel es una cumbre.

La misma honradez aquí para sentir que para ver: siendo el cuento suficientemente brutal, nada le hubiera sido a usted más fácil que extremar la nota, y hacer una tragedia para los ojos. Pero usted evitó, como el fuego, dos cosas fundamentales: contar directamente el penúltimo encuentro de padre e hijo, y hacer que éste matara a aquél de un tiro, en la escena final. Tampoco se le escapará a usted cuán grande efecto de escenario se podía haber obtenido con un poco menos de pudor artístico.

El talento suyo para el diálogo —derivación de su virtud psicológica— no me ha sorprendido, por el mismo mérito. Pero sí, su potencia de martillo es admirable. Y algunos trozos de la charla de los protagonistas —camino de la escuela— son de una verdad tal, y tan rara entre nosotros, que me recuerdan algún comentario de la literatura francesa sobre el primer diálogo de Wronsky y Ana Karenina: «pero si no se dicen otras cosas que las que se dice todo el mundo!».

Bien sé que quisiera extenderme sobre estas cosas, pues no impunemente se pasan los años esperando un libro como el suyo. Acaso muy pronto lo haga. Vaya, entre tanto, mi homenaje a su talento, inequívocamente de varón, con la seguridad en mí de que si algún día hemos de tener un gran novelista, ése va a ser usted.


Publicado el 26 de julio de 2026 por Brian.
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