Era una rosa que tenía nueve colores, y el primero de
estos era un aguijón para los malos hombres.
Azul-Violado-Gris-Rojo-Verde-Oscuro-Blanco-Perla-Lila.
No era menester que fuera. Dado que la primera palabra
es en sí precisa, hubimos de meditar todo aquel
largo día sobre nuestra pretérita aspiración, —siempre
esperado por ellos, buenos e intranquilos— para una
dolencia que, en verdad, supo ser inmotivada, a una
hora en que las ojeras están fatigadísimas, por un angosto
valle de silogismos donde no fuera sensato detener la marcha.