Con futíl elegancia de modelo
—verdes encajes y caprichos gualda—
la banal compostura de tu falda
prolongó aquella noche en mi pañuelo
su pliegue tenaz. La mueca jalda
de una máscara gris de terciopelo
sollozaba y reía bajo el pelo
sobre el frío versátil de tu espalda.
Los champañas sin alma naufragaban;
y en tanto que tus manos se extraviaban,
sonó, con intranquila conjetura,
en el borde estridente de tu copa
desde el vértigo azul de una galopa,
el sordo cascabel de mi locura.