Condorcet

Revolucionario Francés

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo


El escritor de este nombre, filósofo, matemático y químico de alto vuelo, nació marqués, de una de las más viejas familias de Francia, y fue criado hasta los doce años por una madre fanática que, habiéndolo consagrado a la Virgen, lo vistió de niña hasta aquella edad. Tradición, educación, ambiente, todo conspiraba para hacer del afeminado aristócrata un reaccionario. Su destino debía ser muy otro. 

Miembro de la Academia Francesa a los 39 años, mimado por la Corte, por los grandes sabios de todo el mundo, la ex niña solo esperaba un rayo de luz para encontrar su camino de Damasco.

Dióselo la revolución americana, como a tantos otros. Amigo íntimo de D'Alambert y Voltaire, la revolución francesa lo contó entre sus más puros hijos. Así como Robespierre representó el Principio en la acción, Condorcet lo representó en la fe. Nadie creyó ni sostuvo como él las ideas de la gran revolución. El hombre que condenó al rey a galera perpetua no era un combatiente entre las muchedumbres. Bueno sobre toda ponderación, de pobre aspecto y salud débil, casóse a los 43 años con una joven de 20, quien tuvo la lealtad de decirle que, aunque le confiaba su vida, no lo amaba. Condorcet, con más lealtad aunque ella, nada exigió a su mujer.

La caída de los girondinos arrastró consigo a Condorcet. Fue puesto fuera de la ley, y sus bienes, confiscados. Sin suficiente fe en la muerte para entregarse a la guillotina, e inmensa en el hombre y en la tierra que lo alienta, vivió ocho meses escondido en una buhardilla, con escaso fuego y casi escaso pan. Todas las noches su mujer, que había puesto un taller de planchado para poder vivir, lo visitaba disfrazada, exponiendo en cada visita su existencia.

Pero no era ya la desdeñosa joven de antaño: de la admiración había pasado al amor más apasionado, contando en aquel momento con varios hijos de su marido. Noche a noche exponía su vida por verlo. Y como Condorcet, reducido a la más gran pobreza, no tenía sino una camisa. Se quedaba en cama, mientras su mujercita lavaba y planchaba su única prenda. Entre tanto, el sentenciado a muerte, víctima injusta si las ha habido, escribía una obra de gran aliento sobre la perfectibilidad del ser humano,

Cuando varios años después de la muerte de su marido (Condorcet se suicidó), su mujer publicó la obra póstuma del gran republicano, a cuya gestación había ella asistido lavando y planchando cada página de aquel libro debía evocarle más de un pensativo recuerdo.


Publicado el 13 de julio de 2026 por Brian.
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