Concluye aquí las impresiones de la naturaleza que en un perdido rincón del nordeste del país, recibimos yo y mis chicos durante diez años. En este lapso de tiempo ellos vieron, con sus ojos infantiles y prestos a sufrir una impresión nueva e inesperada de las cosas, cuanto veía yo con mucho menos frescura. Y las historias de nuestro coatí, nuestro tigre, nuestro cuendú, nuestra ñandurihé, por breves que hayan sido, evocan en ellos un cúmulo de emociones aún vivas, de las que apenas he podido yo coger un rastro al recordarlas en un frío relato.
La vida de la ñandurihé, por ejemplo, encierra para nosotros toda una catástrofe, no tanto por el dolor sufrido, como por la vergüenza de haberla perdido por nuestra ingratitud, abandono y desidia. Nuestra vida sentimental en aquel rincón de bosque consistía, puede decirse, en el cuidado de los animalitos, que compartían con nosotros las bonanzas e inclemencias del país entero, reducido a nuestra meseta.
No todo ha sido allá para mis chicos impresión a flor de ojo, pues si ya alguna vez conté en un relato pormenores de la extraña educación a que por fuerza se vieron sometidos en aquel ambiente, en uno de los anteriores cuadros hice mención del salto con que el varoncito, en plena carrera y descalzo, se alzó por sobre una gran víbora atravesada ante nuestra puerta misma. Y no he recordado la ocasión en que mi chica, entonces de cinco años, halló en su disparada a caballo por una picada, un árbol a medio caer, que apenas tuvo tiempo de evitar doblándose en ángulo recto sobre el cuello de su montura, la cual estirándose pasó bajo el árbol, arrancando corteza con la cabeza y el anca.
Apenas tuvo tiempo—, he dicho de mi chica. Este apenas, que la salvó y condensa una presencia de ánimo y libertad de juicio poco comunes, resume la educación de mis chicos para aquella vida.
Por carecer sobre ellos de observaciones diarias y copiosas, no he recordado a animalitos tan interesantes como la hormiga ladrona, de cuerpo perfectamente adaptado al hurto, que invaden en interminables filas los hormigueros ajenos huyendo con las crías, sujetándolas entre las patas delanteras que llevan tendidas como una ofrenda, dejando al hormiguero saqueado en el más grande asombro.
El gavilán, que combate de pie y echado de espaldas alternativamente, según sean las vicisitudes de la lucha, y uno de los cuales mi chica educó al punto de comer en su hombro, y que murió en días en que su propietaria estaba enferma en cama, por lo que tuvimos que llevar su cadáver al lado de la cama, a fin de que mi chica pudiera llorarlo, pues tanto era su desconsuelo provocado por la alta fiebre.
La escolopendra, que tiene veintiuna patas de cada lado y varios pares de ojos, a lo que entiendo, hallándose además barnizada de un azul dañino casi por su brillo, y cuya vivísima marcha ondulando como una víbora, presta al animal un aspecto repulsivo y fúnebre. En casa —y en húmedo alvéolo de grandes piedras solían hallarse algunas—, no fuimos nunca picados por ella. Pero un conocido nuestro, al levantar una noche de lluvia la servilleta del suelo, ésta arrastró una escolopendra que fue a morderlo en el cuello. Tuvo gran suerte de salvar sin edema su laringe. En el trópico se hallan entre las cañas mojadas escolopendras que alcanzan a treinta centímetros de largo, y cada una de éstas mata muy bien a su hombre.
No poseo impresiones diarias sobre la ardilla de Misiones, llamada allá coatí serelepe, más pequeña que un tití, y cuya gran cola aplanada como una pluma, y peinada en finos y lacios pelos le sirve para planear de árbol a árbol.
No he visto una comadreja, tan diminuta que cabe toda ella en la mano cerrada, pues cuenta once centímetros, contando la cola, Sus tetas no se pueden percibir a simple vista, y yo hubiera dado mucho por ver, en su crianza singular, los diez o doce hijos de tan minúscula madre.
Algún día, sin embargo, hemos de retornar a nuestra meseta, no sé si por nuevos diez años, pues la vida es breve, pero sí por el indefinido tiempo que ve tenderse ante él, quien vive y se halla tan a gusto entre la naturaleza como dentro de su cuerpo mismo. Y entonces agregaremos nuevos cuadros a los anteriores.
