Cuadros

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Es uno de los tantos días, ayer, mañana, hoy; una hermosa mañana de invierno, con un sol brillante que enloquece a mis chicos después de 15 días de cielo fosco y helado. Bien se ve; mis chicos vienen del bosque del extremo norte. Son dos cachorros de vida libre, que cuesta aclimatar. Algo de vida urbana es preciso, sin embargo.

La mañana es un encanto, pues. Como tengo qué hacer, sujeto a mis chicos en casa, prometiéndoles el paseo para después de mediodía. Y con la orden abrumadora de siempre: "No me pongan los pies en la calle mientras yo no esté en casa". En casa, el tranvía pasa rasando la vereda.

Salgo, pues. Bastante feliz, con un amplio sol, un porvenir lleno de esperanzas, y mis hijos sanos. Nada: ni en la tierra, ni en el cielo, ni en mis recuerdos, ni en el porvenir, y menos en el momento presente, evoca una de esas cosas que hacen contraer las cejas. La dicha de vivir con el corazón en calma como hoy, y a perpetuidad, es evidente como el mismo día de luz.

Y he aquí que al poner el pie en la vereda, pasa el tranvía. Rápido, posiblemente, porque lleva atraso; nada de extraordinario. En el mismo momento la chica de al lado, amiga de los míos, sale corriendo del zaguán y cruza la calle. Es un golpe en los ojos: la chica que desaparece bruscamente; el tranvía que chirría y se detiene. El coche está parado. Atrás, de un lado de la vía, están las dos piernas de la chica, con sus medias blancas y sus zapatitos de charol. Del otro lado, la chica asustada que quiere levantarse. Se apoya sobre los brazos, busca apoyo en el suelo —¿en qué, Dios bendito? Se esfuerza, se debate inútilmente, porque no alcanza a comprender. Y no puede levantarse porque del otro lado, una al lado de otra, están sus dos piernas.

He vuelto a casa. Esta chica es idéntica a la mía, tiene su misma cantidad de vida. Ambas se enloquecen por un día de sol; una y otra no resisten al impulso feliz de una carrera a la vereda —y pasa el tranvía.

¿No hay en el destino una seguridad de que este día de sol, este momento feliz, no está sólo cinco segundos adelantado al instante en que voy a ver las piernas de mi hija solas al lado de la vía?

* * * * * * *


"Mi corazón sollozaba,

sangrando estaba la herida...,

Y le dijeron: ¡olvida!

Pero no pude olvidar

Entre el perdón y el olvido

hay una distancia inmensa;

podré perdonar la ofensa...

pero olvidarla, ¡jamás!"


Pocos versos más sabidos. Algo así como una patente de carácter para quien los recita en voz baja, aplicándolos a tal o cual agravio personal. Llenan de gallarda nobleza, y son la expresión de una alma noble —y sobre todo firme.

¿Pero en verdad no se reduce todo esto a una simple cuestión de rencor?... "Te perdono, mi querida... pero no lo olvido"...

¿Qué demonios es perdonar, entonces? Lo que menos se le ocurre a uno, es que lo que caracteriza al perdón es precisamente el olvido total de la ofensa. Y aún más que olvido: la anulación absoluta, la no existencia del agravio; un sueño del cual ni siquiera guardáramos recuerdo.

Así, sí. Porque perdonar... y no olvidar, es una complicación que deja un margen excesivo, y que puede alimentar tanto el fuego de una venganza corsa como el de una contrición católica.

Alguna vez he oído —como cualquiera de nosotros— decir a una madre dolorida por el mal paso de un hijo o una hija: "Le he perdonado lo que hizo... pero no lo olvido".

¡Hum!, me he dicho. Esperemos entonces...

* * * * * * *

A propósito del señor Steinberg.

Hace algunos años, en la provincia de Buenos Aires, fue destituido un maestro en las siguientes circunstancias: Llegó un día un inspector al pueblo, un buen día de verano. Fue a la escuela, y no halló a nadie. Se informó; le dijeron que acaso el maestro se hubiera ido a pasear con sus muchachos, cosa que hacía a menudo, abandonando la escuela. De aquí la denuncia. ¿Para qué podía servir un maestro que no atendía a sus clases, y no contento con esto arrastraba a sus alumnos a sus vagabundajes?

El inspector siguió el rastro del fugitivo, y lo halló en el arroyo cercano, descalzo como todos sus muchachos, chapaleando agua. Juntaba bichos, moluscos que todos miraban. Hacían construcciones con barro: islas, penínsulas, cabos, golfos, canales, acueductos, represas, diques, esclusas a alto nivel, canales de irrigación con compuertas. Y muchas cosas más. Estaban todos bastante embarrados. Pero cómo felices, lo eran. Y de más está decir que los muchachos no sabrían acaso si tal figura pintada en el cartelón de clase era un istmo o una cordillera; pero sabían perfectamente lo que era una exclusa a alto nivel, porque la habían hecho.

Inmediatamente el maestro fue destituido.

En Misiones, tuve una vez en casa a un chico escuelero de catorce años. El mejor de su clase, y bastante inteligente. Un día, por no sé qué cosa, me dijo que la arcilla es un silicato de alúmina. Le felicité, porque no todos lo saben. Días después traje del Paraná un montón de arcilla para ensayarla en el horno, y el muchacho me preguntó qué era eso. Y sabía muy bien que la arcilla es un silicato de alúmina.

La arcilla es la materia prima del suelo de Misiones. ¡Qué falta le hubiera hecho a mi muchacho —su maestro incluso— guardar un día los libros bajo llave, y largarse con el pantalón a la rodilla a chapalear barro!


Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.
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