Cuento

Horacio Quiroga


Cuento


Recaredo volvió la cabeza e hizo girar suavemente la guía de su máquina. El carruaje que estuvo a punto de atropellarle, un elegante cupé, pasó a escape entre un raro ruido de cadenas que el desorden del precipitado galope hacía más timpánico.

Una nube de polvo, sobre la boca abierta de los espectadores, ahogó la carrera.

Dejó la bicicleta; paseó, miró; el sol de un atardecer de verano, ya en el horizonte, incendiaba las lejanías inacabables, llenaba de oro las pulverizaciones del macadam, flotaba en los átomos, bajo un venturoso cielo de rosa en que iba a abismarse la difusión amarillenta de los soles decrépitos. Los surtidores de agua se elevaban sin inclinarse, las melodías se hacían oscuras, los bambúes del invernáculo recostaban sin espera en los cristales, como en un pecho para el cual hace tiempo somos indiferentes, su desmesurada delgadez. Y en las ya silenciosas avenidas la extenuación se hacía metódica, sobre un perfume que tarda siglos en aspirarse, sobre un tono que no puede sostenerse por más tiempo, sobre una mano —a la hora en que se conoce de lejos a las mujeres enfermas— en su dolorosa ineptitud.

Adolescencia cruel, idealidades fácilmente disyuntivas, Recaredo huyó muy pronto de las universidades, destrozó muchos ídolos, fue lleno de similitud con las ideas raras. En pos de cada crisis, no obstante, mucho de lo muerto iba con él, marchaba con los fragmentos de su ídolo debajo del brazo, avanzaba herido y lleno de dolor, como esos pobres mutilados que para caminar tienen que apoyarse a guisa de bastón, en el miembro tronchado. Recorrió los hospitales y en cada camilla se detuvo con desconfianza, mirando bien en los ojos a los poetas que estaban malditos. Pero en la escasa luz de la sala, el cerebro perturbado por un advenimiento excesivamente radical, bajo la influencia de un fonógrafo distante en que una manipulación bien amistosa lograba dar a las voces igual intensidad, no pudo apreciar las miradas.

Volvía lentamente a la ciudad, y su última tentativa de redención acudíale a la memoria, una aventura deshonesta que el marqués de las blancas rodillas hubiera hallado sensible. Y recordó cómo había caminado largo rato con el amigo, ya sin hablarse ¿para qué?, la sombra grotesca de las aspas de un molino, que van a ser rotas ante el cristal de su mirada, y el espíritu del otro lleno de asombro, como esas flores populares que defendieron su frescura del baño de los grandes colores químicos.

Miró el estanque: un yerto reflejo de luz iba a descansar en las aguas dormidas, que el recuerdo tan próximo de los grandes soles tornaba imperecederas.

Largo rato observó en el fondo —como una novedosa placidez— el colorido temblor de los pececillos fluviales.

Ya el sol empañado de aquel día había anunciado uno de esos crepúsculos tristísimos en que se sufre sólo porque la luz desaparece y las cosas se ponen oscuras. Hacia el cuelo del Oeste, una gran mancha amarilla iba hundiéndose tras el horizonte. El aire, privado de movimiento, flotaba sin sentido, como una gran ola vacía y muerta. Las luces languidecían, los contornos se entregaban. La gran sombra venía del Este, invadiéndolo todo. Había en el aire, quedaba en la atmósfera pesada y sin aliento, una abatida suspensión de músculos, una esplinítica visión de cabezas y brazos caídos, que no venía de ningún presagio, que estaba allí, en lo que se vivía y respiraba.

Los objetos filtraban silenciosamente la glacial media luz de aquel crepúsculo estancado. Ni una brisa, ni un color, ni un pájaro, ni un ¡y! El cielo estéril, de una transparencia de vacío, caía a plomo sobre el paisaje, ahogándolo.

Luciano levantó la cabeza y miró tras de su cansancio, más allá de la última sensación perceptible, la amarga insipidez de aquella existencia en que el malestar y el sin objeto parecieran maltratarle en las mínimas acciones musculares.

Blanca miró el paisaje y miró la cabeza caída de su amante. Y volvió a mirar el paisaje mortalmente deprimido, sin fuerzas para volver los ojos.

—¿Volverá hoy? —murmuró él.

—Sí —contestó ella dejando caer las manos.

No hablaron durante diez minutos.

—¿Me amas todavía? —interrumpió Luciano con la cabeza completamente caída.

Una intensa inmovilidad detuvo la respuesta, mientras sus pestañas se abatieron sobre el surco violeta de sus ojos...

—¿Y tú?

No contestó. Apenas quedaba un glacial resplandor en el horizonte. Sus sombras crecían en la silenciosa humedad. Él dijo apenas:

—¿Crees tú que sepa algo tu marido?

—Creo que no.

Y susurró, completamente transido de desaliento:

—Y si lo supiera, ¿qué harías?

—Amarte siempre.

No dijo más, ni hizo movimiento alguno. Sólo, bajos sus cabellos caídos, su cara tediosa cayó...

Después se levantaron, tomaron el camino de la quinta, arrastrando por la árida carretera sus dos siluetas, una blanca, la otra negra, en que los brazos parecían colgados de los hombros...

Concluida la cena, quedaron solos.

Recaredo había vuelto a las siete, contento de sí mismo.

La impresión de su libro marchaba adelante. Su orgullo de autor iba a ser cumplido; y aunque consciente de que su literatura golpearía sobre el bondadoso criterio común, como una arista demasiado fina, él llevaba consigo el aplauso de su verdad.
¿Lastimaría?... Sin duda alguna. Era bueno. Serán de oírse los gritos: ¡¡La moral moderna!!... ¡Bah! Después de todo, quizá tengan ellos razón. ¿Para qué esforzarse en hacerles comprender la naturalidad de esto o aquello_

Y su espíritu se abandonó, suspendiéndose un momento en el incesante desvarío de cristal que busca su vibración de acero sobre el gran vidrio de lo vulgar y útil.

Tomó unas pruebas de su libro, que había corregido a la ligera, y comenzó a leer, abismado en el recuerdo de sus primeras luchas:

...y levantando la copa, habló estremecido, lleno de luz en los ojos y de fe en la nueva vida que darían a las letras. Sí, eran ellos, los señalados por el Índice de la Suprema Forma, los que abrirían el surco donde quedarían enterradas todas las restricciones, todo lo que se esconde y falta, para fertilizar el germen nítido y vigoroso de la Escuela Futura.

Ellos tenían la percepción de los abstracto, de los finamente subalterno, de lo levemente punzante, de lo fuertemente nostálgico, de lo imposible que —al ser— cristaliza en roca. Sensaciones apenas, desviadas y precisas que fecundarían el supremo arte, porque en ellos estaba la fuerza de las auroras y de las noches, la fe, que preña lo que no nos es dado ver, para que las generaciones futuras tuvieran un arte tan sutil, tan aristocrático, tan extraño, que la Idea viniera a ser como una enfermedad de la Palabra.

Era su triunfo, el de los que habían visto algo más que un desorden en la incorrección de un adjetivo, y algo más que una tensión vibratoria en el salta audaz de ciertas formas de estilo.

Otra vida para las letras, porque los hombres eran otros. El Clasicismo había representado; el Romanticismo había expresado; ellos definían. Nada más.

Sí, definimos, repetía en su exaltación creciente, definimos todo lo inenarrable de esos estados intermediarios en que un simple latido, bajo cierto equilibrio de palabras, puede dar la sensación de una angustia suprema; en que las más ingenuas desviaciones de la frase, aun los rubores más inadvertidos, responden, al ser auscultados, a un acceso de sorda fiebre, de delirio restringido en el tórax.

El break se detuvo, y Recaredo —doblando las pruebas— bajó del carruaje, abrió la verja, atravesó los jardines, tomó los corredores, hizo sombra un momento, desapareció.

Habían quedado solos después de cenar, en la sala débilmente alumbrada. El jardín parecía ahogado en la calma húmeda de aquella noche de septiembre. Luciano encendió un cigarro y fue a arrellanarse en la butaca, reposando sobre los brazos de aquélla la inerte distensión de sus nervios, con la expresión cansada del que ha perdido el rumbo y no tiene absolutamente fuerzas de deseo para buscarle.

—¿Te has divertido mucho? —le preguntó Recaredo.

—Bastante.

—Como te dije, mi libro aparecerá en octubre.

Luciano apenas oía. Recaredo se asomó a la ventana y miró el cielo, fríamente lleno de estrellas. Luego, sin volver la vista, preguntó con lentitud:

—¿Por qué no me dijiste que eras el amante de mi mujer?

Luciano hizo un gesto de abrumadora fatiga, y el cigarro cayó. No fue ni una emoción ni un reflejo nervioso: su mano se abandonó con el cansancio de todo su ser.

—Ya conoces mis ideas al respecto —prosiguió Recaredo sin mirarle—. Pero, al menos, ¿tú la amas?

—¿La has amado?

—No sé.

Apoyó sus manos en el balcón, y articuló distraídamente, observando uno de los recodos del jardín:

—¿Y ella?...

—Creo que sí.

El ambiente estaba fijo, ni una llama se movía. Las hojas de los árboles no temblaban, aletargadas bajo la exhausta depresión de la atmósfera quieta, palpable sobre los músculos, palpable sobre los últimos movimientos insignificantes, de una pesadez abrumadora en el solo levantamiento de una mano...

Y Luciano sintió, hasta en los más dormidos nervios, el malestar de las preguntas sin objeto, de las miradas que piden respuesta, de las inutilidades forzosas, sobre la muerta imposibilidad del más leve cambio de postura...

Cerca de la quina se extendía la laguna entre las desiertas riberas, vacías de árboles y rocas. Prolongaba en la aridez de la tierra desnuda de recta fúnebre, sin un sauce caído ni una línea de ventura, larga, muerta, siempre visible y fija en lontananza. Los ribazos negruzcos encajonaban aquella silenciosa quietud líquida, estancada y fría, sin ninguna gradación de color.

El agua estaba amarillenta bajo el crudo cielo de aquel día de otoño. El tono uniforme y mate daba la sensación de una existencia glacial que la laguna hubiera vivido eternamente en un eterno sin reflejo, eternamente fría con su helado descolorido. Ni un matiz. El mismo tono en el centro que en la proximidad de las desiertas riberas. La laguna había surgido silenciosamente del fondo sobre ese cauce preparado de noche, había surgido lentamente con su infinito amarillo inmóvil, siempre visible y fijo en la lontananza.

Era casi el crepúsculo. Llevaban dos horas de paseo en bote. Recaredo saltó a tierra y desapareció un momento tras el ribazo.

Quedaron solos. El sol comenzaba a caer. El bote abandonado glisaba con lentitud, tras el esfuerzo que lo separara de tierra. Calma absoluta.

—¡Luciano!...

Ni una leve ondulación en el agua. La barca, al deslizarse, no hacía ruido. Pero cesó de moverse...

—¡Luciano!...

Una lenta agonía iba apoderándose del paisaje, en la desventura irremediable de las últimas tardes...

—¡Luciano!...

La noche estaba cercana; hacía frío.
El amarillo del agua subía. El sol, sin un rayo último, cayó...

—¡Luciano! ¡Luciano! —murmuró la pobre mujer, estrechándose dolorosamente a su amante.

La calma no se interrumpía: pesaba. Luciano se ahogaba y tentó un esfuerzo: una nube de plomo caía sobre sus hombros. Quiso hacer una mueca, y tampoco tuvo fuerza. Su actitud expresó el último hastío de la mano insensibilizada por el mismo suave eterno contacto, el gesto desencajado de todos los recuerdos tediosos acumulados en el paseo de un anochecer frío...

Sin caerse, se inclinó... Y fue de pronto el hecho imprescindible, la necesidad absoluta y momentánea de obrar, convulsión forzada de la última extenuación nerviosa.

Sus manos se tendieron sombríamente.

Blanca se debatía, llena de asombro y espanto:

—¡A mí, Luciano! ¿por qué? ¿Por qué a mí, Luciano?...

Y cayó. Bajo el agua que la absorbía, el oro de sus anillos brilló un momento.

Luciano quedó rendido, de pie, mirando las ondulaciones, no pensaba en anda .Pasaron cinco minutos. Sus piernas se doblaron y cayó sobre los asientos. Después cayeron sus brazos. Su cabeza, ni erguida ni baja, distraídamente fija, continuó por largo rato mirando el agua.

Ya era de noche; y sin ser observada, la luna había aparecido lentamente.

Paisaje lunar. Una glacial iluminación extática en que el movimiento se sonambulizaba.

Recaredo volvía. Miró el bote y vio a Luciano solo. A su vez intentó una mueca de dolor y no pudo conseguirlo. Solamente una nube de desilusión pasó por su rostro. Al descender el ribazo sus labios evocaron el recuerdo de las páginas que había leído en el carruaje, hacía apenas tres días... Eran ellos los señalados por el Índice de la Suprema Fortuna, los que abrirían el surco donde quedarían enterradas todas las viejas restricciones, todo lo que se esconde y falta, para fertilizar el germen nítido y vigoroso de la Escuela Futura...

Sus labios se interrumpieron en una sonrisa de amargura y cansancio; fue el tedio por lo inevitable que, aunque se espera, desalienta siempre con su precisión. Ni una variante en la brusca y fatal revuelta del nervio enfermo, en el desquite sombrío de la extenuación, que ha de ser matemático, vulgar y cansado con su abrumadora regularidad. Recaredo lo había seguido día a día, tedio a tedio, sonrisa a sonrisa; y a su vez, ante la prueba convencida de que no hubiera podido ser de otro modo, se dejó caer en el bote, con el desaliento de lo que no puede tener variación y ha de hostigarnos siempre con matemática vulgaridad.

No se dijeron una palabra. Con un gesto de indiferencia dolorida se sentó en el banco, empujó los eremos, y el bote comenzó a glisar por el centro de la helada laguna.

Llevaban sus hermosas cabezas descubiertas. Luciano inmovilizaba su actitud en un rincón, con las manos sobre las rodillas, huraño, rendido, acurrucado en la popa del bote que Recaredo impulsaba, la cabeza caída, caídos los cabellos, silenciosos y sin mirarse.

Descendiendo del bote, tomaron juntos el camino de la quinta; ni uno ni otro se volvió a mirar la laguna.

Ya distantes, Recaredo preguntó en voz baja:

—¿Hizo mucha resistencia?...

—Mucha —le contestó Luciano distraído.


Publicado el 10 de enero de 2026 por Edu Robsy.
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