Cuentos Dispersos

Horacio Quiroga


Cuento



El gerente

¡Preso y en vísperas de ser fusilado!… ¡Bah! Siento, sí, y me duele en el alma este estúpido desenlace; pero juro ante Dios que haría saltar de nuevo el coche si el gerente estuviese dentro. ¡Qué caída! Salió como de una honda de la plataforma y se estrelló contra la victoria. ¡Qué le costaba, digo yo, haber sido un poco más atento, nada más! Sobre todo, bien sabía que yo era algo más que un simple motorman, y esta sola consideración debiera haberle parecido de sobra.

Ya desde el primer día que entré noté que mi cara no le gustaba.

—¿Qué es usted? —me preguntó.

Motorman —respondí sorprendido.

—No, no —agregó impaciente—, ya sé. Las tarjetas estas hablan de su instrucción: ¿qué es?

Le dije lo que era. Me examinó de nuevo, sobre todo mi ropa, bien vieja ya. Llamó al jefe de tráfico.

—Está bien; pase adentro y entérese.

¿Cómo es posible que desde ese día no le tuviera odio? ¡Mi ropa!… Pero tenía razón al fin y al cabo, y la vergüenza de mí mismo exageraba todavía esa falsa humillación.

Pasé el primer mes entregado a mi conmutador, lleno de una gran fiebre de trabajo, cuya inferioridad exaltaba mi propia honradez. Por eso estaba contento.

¡El gerente! Tengo todavía sus muecas en los ojos.

Una mañana a las 4 falté. Había pasado la noche enfermo, borracho, qué sé yo. Pero falté. A las 8, cuando fui llamado al escritorio, el gerente escribía: sintió bien que yo estaba allí, pero no hizo ningún movimiento. Al cabo de diez minutos me vio —¡cómo lo veo yo ahora!— y me reconoció.

—¿Qué desea? —comenzó extrañado. Pero tuvo vergüenza y continuó—: ¡Ah!, sí, ya sé.

Bajó de nuevo la cabeza con sus cartas. Al rato me dijo tranquilamente:

—Merece una suspensión; pero como no nos gustan empleados como usted venga a las diez. Puede irse.

Volví a las diez y fui despedido. Alguna vez encontré al gerente y lo miré de tal modo, que a su vez me clavó los ojos, pero me conoció otra vez —¡maldito sea!—, y volvió la vista con indiferencia. ¿Qué era yo para él? Pero a su vez, ¿qué me hallaba en la cara para odiarme así?

Un día que estaba lleno de humanidad, con una clara concepción de los defectos —perdonables por lo tanto— de todo el mundo, y sobre todo de los míos, vencí mis quisquillosidades vanidosas e hice que el jefe de tráfico interviniera en lo posible con el gerente respecto a mí.

El jefe me quería, y pasé toda la mañana contento. Pero tuve que perder toda esperanza. Entre otros motivos, parece que no quería gente instruida para empleados.

¡Bien seguro estaba del gerente! Eso era perfectamente suyo.

En ese momento vi de golpe todo lo que pasó después. La facilidad de hacerlo, la disparada y el gerente dentro. Vi las personas también, vi todo lo horrible de la cosa… ¡Qué diablo! ¡Ya ha pasado año y medio, y si entonces no me enternecí, no lo voy a hacer ahora, en víspera de ser fusilado!

Pasé el mes siguiente a mi rechazo en la más grande necesidad. Llevé no obstante una vida ejemplar, visitando a menudo aquella persona que me había dado su alta recomendación para la compañía. Le hablaba calurosamente del trabajo regenerador, de la noble conformidad con todo esfuerzo, hecho valientemente y al sol, de mi vida frustrada, de mi ex oficio de motorman, tan querido. ¡Si pudiera de nuevo volver a eso! Tan bien hablé, que esa misma persona se interesó efusivamente y obtuve de nuevo la plaza. El gerente no quiso ni verme en el escritorio. Y yo, ¡qué tranquilidad gocé desde entonces!, ¡qué restregones de manos me daba a solas!

Pero el gerente no quería subir a mi coche. Hasta que una mañana subió, a las nueve y media en punto. Emprendimos tranquilamente el viaje. Tenía tan clara la cabeza que logré todas las veces detener el coche en la esquina justa; esto me alegró. Al entrar en Reconquista, recorrí inquieto toda la calle a lo largo; nada. En Lavalle abrí el freno, pero tuve que cerrarlo enseguida: había demasiados carruajes, y era indispensable que hubiera pocos, por lo menos durante la primera cuadra de corrida. Al llegar a Cuyo vi el camino libre hasta Cangallo; abrí completamente el conmutador y el coche se lanzó con un salto adelante. Ya estaba todo hecho. Volví la cabeza, algunos pasajeros inquietos, inclinados hacia adelante, se levantaban ya. Saqué la llave, calcé el freno y me lancé a la vereda. El coche siguió zumbando, lleno de gritos que no cesaron más. Pero enseguida, noté mi olvido terrible; me había olvidado del troley. ¿Se acordaría el guarda o algún pasajero? Seguí ansioso la disparada. Vi que en Cangallo alcanzó las ruedas traseras de una victoria y la hizo saltar a diez metros, con los caballos al aire. Desde donde yo estaba se oía entre el clamor el zumbido agudo del coche, hamacándose horriblemente. La gente corría por las veredas dando gritos. En Piedad deshizo a un automóvil que no tuvo tiempo de cruzar. Siguió arrollando la calle como un monstruo desatado, y en un momento estuvo en Rivadavia. Entonces se sintió claro el clamor: ¡la curva!, ¡la curva! Vi todos los brazos desesperados en el aire. Pero no había nada que hacer. Devoró la media cuadra y entró en la curva como un rayo.

¿Qué más? Aunque un poco tarde, el guarda se acordó del troley; pero no pudo abrirse camino entre la desesperación de todos. Había dentro treinta personas, entre ellas ocho criaturas. Ni una se salvó. La cosa es horrible, sin duda, pero a mi vez mañana a las cuatro y media seré fusilado, y esto es un consuelo para todos.

De caza

Una vez tuve en mi vida mucho más miedo que las otras. Hasta Juancito lo sintió, transparente a pesar de su inexpresión de indio. Ninguno dijo nada esa noche, pero tampoco ninguno dejó un momento de fumar.

Cazábamos desde esa mañana en el Palometa, Juancito, un peón y yo. El monte, sin duda, había sido batido con poca anterioridad, pues la caza faltaba y los machetazos abundaban; apenas si de ocho a diez nos destrozamos las piernas en el caraguatá tras un coatí. A las once llegaron los perros. Descansaron un rato y se internaron de nuevo. Como no podíamos hacer nada, nos quedamos sentados. Pasaron tres horas. Entonces, a las dos, más o menos, nos llegó el grito de alerta de un perro. Dejamos de hablar, prestando oído. Siguió otro grito y, enseguida, los ladridos de rastro caliente. Me volví a Juancito, interrogándolo con los ojos. Sacudió la cabeza sin mirarme.

La corrida parecía acercarse, pero oblicuando al oeste. Cesaron un rato; y ya habíamos perdido toda esperanza cuando, de pronto, los sentimos cerca, creciendo en dirección nuestra. Nos levantamos de golpe, tendiéndonos en guerrilla, parapetados tras un árbol, precaución más que necesaria, tratándose de una posible y terrible piara, todo en uno.

Los ladridos eran, momento a momento, más claros. Fuera lo que fuera, el animal venía derecho a estrellarse contra nosotros.

He cazado algunas veces; sin embargo, el wínchester me temblaba en las manos con ese ataque precipitado en línea recta, sin poder ver más allá de diez metros. Por otra parte, jamás he observado un horizonte cerrado de malezas, con más fijeza y angustia que en esa ocasión.

La corrida estaba ya encima de nosotros, cuando, de pronto, el ladrido cesó bruscamente, como cortado de golpe por la mitad. Los veinte segundos subsiguientes fueron fuertes; pero el animal no apareció y el perro no ladró más. Nos miramos asombrados. Tal vez hubiera perdido el rastro; mas, por lo menos, debía estar ya al lado nuestro, con las llamadas agudas de Juancito.

Al rato sonó otro ladrido, esta vez a nuestra izquierda.

—No es Black —murmuré mirándolo sorprendido. Y el ladrido se cortó de golpe, exactamente como el anterior.

La cosa era un poco fuerte ya y, de golpe, nos estremecimos todos a la misma idea. Esa madrugada, de viaje, Juancito nos había enterado de los tigres siniestros del Palometa (era la primera vez que yo cazaba con él). Apenas uno de ellos siente los perros, se agazapa sigilosamente tras un tronco, en su propio rastro o el de un anta, gama o aguará, si le es posible. Al pasar el perro corriendo, de una manotada le quita de golpe vida y ladrido. Enseguida va al otro y así con todos. De modo que, al anochecer, el cazador se encuentra sin perros en un monte de tigres psicólogos. Lo demás es cuestión de tiempo.

Lo que había pasado con nuestros perros era demasiado parecido a aquello para que no se nos apretara un poco la garganta. Juancito los llamó, con uno de esos aullidos largos de los cazadores de monte. Escuchamos atentos. Al sur esta vez, pero lejos, un perro respondió. Ladró de nuevo al rato, aproximándose visiblemente. Nuestra conciencia angustiada estaba ahora toda entera en ese ladrido para que no se cortara. Y otra vez el grito tronchado de golpe. ¡Tres perros muertos! Nos quedaba aún otro, pero a ése no lo vimos nunca más.

Ya eran las cuatro; el monte comenzaba a oscurecerse. Emprendimos el mudo regreso a nuestro campamento, una toldería abandonada, sobre el estero del Palometa. Anselmo, que fue a dar agua a los caballos, nos dijo que en la orilla, a veinte metros de nosotros, había una cierva muerta.

Nos acostamos alrededor de la fogata, precaución que afirmaban la noche fresca y los cuatro perros muertos. Juancito quedó de guardia.

A las dos, me desperté. La noche estaba oscura y nublada. El monte altísimo, al lado nuestro, reforzaba la oscuridad con su masa negra. Me incorporé en un codo y miré a todos lados. Anselmo dormía. Juancito continuaba sentado al lado del fuego, alimentándolo despacio. Miré otra vez el monte rumoroso y me dormí.

A la media hora, me desperté de golpe; había sentido un rugido lejano, sordo y prolongado. Me senté en la cama y miré a Anselmo; estaba despierto, mirándome a su vez. Me volví a Juancito.

—¿Toro? —le pregunté, en una duda tan legítima como atormentadora.

—Tigre.

Nos levantamos y nos sentamos al lado del fuego. Los mugidos se reanudaron. ¿Qué íbamos a hacer? Desde ese instante, no dejamos un momento de fumar, apretando el cigarro entre los dedos con sobrada fuerza. Durante media hora, tal vez, los mugidos cesaron. Y empezaron de nuevo, mucho más cerca, a intervalos rítmicos. En la espera angustiosa de cada grito del animal, el monte nos parecía desierto en un vasto silencio; no oíamos nada, con el corazón en suspenso, hasta que nos llegaba la pesadilla sonora de ese mugido obstinado rastreando a ras del suelo.

Tras una nueva suspensión, tan terrible como lo contrario, recomenzaron en dirección distinta, precipitados esta vez.

—Está sobre nuestro rastro —dijo Juancito. Bajamos la cabeza y no nos miramos hasta que fue de día. Durante una hora, los mugidos continuaron, a intervalos fijos, dolorosos, ahogados, sin que una vez se interrumpiera esa monotonía terrible de angustia errante. Parecía desorientado, no sé cómo, y aseguro que fue cruel esa noche que pasamos al lado del fuego sin hablar una palabra, envenenándonos con el cigarro, sin dejar de oír el mugido del tigre que nos había muerto todos los perros y estaba sobre nuestro rastro.

Una hora antes de amanecer, cesaron y no los oímos más. Cuando fue de día, nos levantamos; Juancito y Anselmo tenían la cara terrosa, cruzada de pequeñas arrugas. Yo debía estar lo mismo. Llevamos al riacho a los pobres caballos, en un continuo desasosiego toda la noche. Vimos la cierva muerta, pero ahora despedazada y comida.

Durante la hora en que no lo oímos, el tigre se había acercado en silencio, por el rastro caliente; nos había observado sin cesar, contándonos uno a uno, a quince metros de nosotros. Esa indecisión —característica de todos modos en el tigre— nos salvó, pero comió la cierva. Cuando pensamos que una hora seguida nos había acechado en silencio, nos sonreíamos, mirándonos; ya era de día, por lo menos.

Mi cuarta septicemia

(Memorias de un estreptococo)

Tuvimos que esperar más de dos meses. Nuestro hombre tenía una ridícula prolijidad aséptica que contrastaba cruelmente con nuestra decisión.

¡Eduardo Foxterrier! ¡Qué nombre! Esto fue causa de la vaga consideración que se le tuvo un momento. Nuestro sujeto no era en realidad peor que los otros; antes bien, honraba la medicina —en la cual debía recibirse— con su bella presunción apostólica.

Cuando se rasgó la mano en la vértebra de nuestro muerto en disección —¡qué pleuresía justa!— no se dio cuenta. Al rato, al retirar la mano, vio la erosión y quedó un momento mirándola. Tuvo la idea fugitiva de continuar, y aun hizo un movimiento para hundirla de nuevo; pero toda la Academia de Medicina y Bacteriología se impuso, y dejó el bisturí. Se lavó copiosamente. De tarde volvió a la Facultad; hízose cauterizar la erosión, aunque era ya un poco tarde, cosa que él vio bastante claro. A las 22 horas, minuto por minuto, tuvo el primer escalofrío.

Ahora bien; apenas desgarrada la epidermis —en el incidente de la vértebra— nos lanzamos dentro con una precipitación que aceleraba el terror del bicloruro inminente, seguros de las cobardías de Foxterrier.

A los dos minutos se lavó. La corriente arrastró, inutilizó y abrasó la tercera parte de la colonia. El termocauterio, de tarde, con el sacrificio de los que quedaron, selló su propia tumba, encerrándonos.

Al anochecer comenzó la lucha. En las primeras horas nos reprodujimos silenciosamente. Éramos muchos, sin duda; pero, como a los 20 minutos, éramos el doble (¿cómo han subido éstos, los otros?) y a los 40 minutos el cuádruple, a las 6 horas éramos 180.000 veces más, y esto trajo el primer ataque.

Creo estar seguro de que —a no ser nosotros— cualquiera otra colonia hubiera sucumbido el primer día, dada la enérgica fagocitosis de Foxterrier. Algo era para nuestra energía nuestra propia meditación del crimen. Si llegamos al último grado de exasperación séptica, hicimos lo posible por conseguirlo, siquiera en honor del infierno blanco con que íbamos a tener que combatir. Nos envolvían sin paz posible, pero llevaban la muerte con nosotros en la propia absorción. Continuábamos incansables nuestra secreción mortífera, moríamos a trillones, multiplicábamonos de nuevo y, a las 22 horas de esta lucha desesperada, la colonia entera vibró de alegría dentro de Foxterrier: acababa de tener el primer escalofrío.

Justo es que lo diga, no abrigó ni remotamente una sola duda respecto a lo que se desplomaba sobre él.

Se acostó enseguida. Sintiose mejor, sin duda, como era natural. Pero a los veinte minutos repitiose el escalofrío, la temperatura subió, y desde ese momento, el cuadro de su horrible enfermedad ajustose en un todo a lo que habíamos decidido.

En casa de Foxterrier no había estufa. Como esos días fueron crudos, encendiéronse en su cuarto dos o tres lámparas, que no se apagaron más hasta que murió. Sus compañeros no le dejaron un momento, turnándose, llenos de triste serenidad fraternal ante ese sacrificio que compartía su apostolado común. Algo más grave debía ser para nosotros la academia reunida.

La quinina fue nuestro tormento continuo con el hielo de su presencia, enfriándonos, deteniendo nuestra vertiginosa reproducción. Y el suero, el maldito suero claro, ampliando una energía cardiaca tan ridícula como desesperada, sosteniendo la corriente, barriendo nuestra obra con su estéril purificación. Los baños, el café, los paños fríos, sostenían a su vez la química. Luego, los riñones eliminaban demasiado… De modo que a la mañana siguiente, último día de Foxterrier, decidimos subir la temperatura y sostenerla a toda costa. Lo primero, indudablemente, era no localizarnos, a pesar de que una espléndida bronconeumonía nos tentaba como en una criatura. Ya la trementina inyectada a nuestro paso había sido nuestro martirio, en razón de su reducción casi irresistible. Hubiera sido una locura fijarnos, y sobre todo una crueldad más con Foxterrier, ya que nuestra excitación debía de todos modos concluir con él.

No puedo recordar las últimas horas sin un violento escalofrío que Foxterrier había compartido ya. En efecto, a las tres, Foxterrier tenía 41,5 grados de fiebre. Resistió un momento aún, pues si en el mundo que abandonó con nosotros hubo un cerebro claro, fue el de Eduardo. A las cuatro, la temperatura subió a 42 grados y se rindió en franco delirio. No hubo ya esperanza; el pulso no daba más, a pesar de las estricninas y los aceites. A las cinco cayó en coma y la fiebre subió a 42,4 grados. En este momento tuvimos recién la idea de nuestro propio peligro. Hubo una voz de alarma, sin duda, que salió de lo profundo de nuestra angustia: ¡la temperatura, la temperatura! ¿Pero qué podíamos hacer? Tan grande había sido y era nuestra exasperación, que nuestras toxinas se tornaban luminosas. Ni aun podíamos detenernos, en una violencia de secreción meditada dos meses enteros. A las cinco y cuarto, Foxterrier tenía 43,1 grados y murió. Fue en balde nuestra desesperación. Continuamos multiplicándonos, secretando nuevos ríos de toxinas, subiendo, subiendo siempre la temperatura. A la media hora llegó a 44,5 grados.

La mitad de la colonia murió. Un ambiente de fuego, asfixia y honra comprometida se llevó los últimos restos de nuestra actividad, y mis recuerdos se cortan aquí, a la hora y doce minutos de haber muerto Foxterrier.

El lobisón

Una noche en que no teníamos sueño, salimos afuera y nos sentamos. El triste silencio del campo plateado por la luna se hizo al fin tan cargante que dejamos de hablar, mirando vagamente a todos lados. De pronto Elisa volvió la cabeza.

—¿Tiene miedo? —le preguntamos.

—¡Miedo! ¿De qué?

—¡Tendría que ver! —se rió Casacuberta—. A menos…

Esta vez todos sentimos ruido. Dingo, uno de los perros que dormían, se había levantado sobre las patas delanteras, con un gruñido sordo. Miraba inmóvil, las orejas paradas.

—Es en el ombú —dijo el dueño de casa, siguiendo la mirada del animal. La sombra negra del árbol, a treinta metros, nos impedía ver nada. Dingo se tranquilizó.

—Estos animales son locos —replicó Casacuberta—, tienen particular odio a las sombras…

Por segunda vez el gruñido sonó, pero entonces fue doble. Los perros se levantaron de un salto, tendieron el hocico, y se lanzaron hacia el ombú, con pequeños gemidos de premura y esperanza. Enseguida sentimos las sacudidas de la lucha.

Las muchachas dieron un grito, las polleras en la mano, prontas para correr.

—Debe ser un zorro. ¡Por favor, no es nada! ¡Toca, toca! —animó Casacuberta a sus perros.

Y conmigo y Vivas corrió al campo de batalla. Al llegar, un animal salió a escape, seguido de los perros.

—¡Es un chancho de casa! —gritó aquél riéndose. Yo también me reí. Pero Vivas sacó rápidamente el revólver, y cuando el animal pasó delante de él lo mató de un tiro.

Con razón esta vez, los gritos femeninos fueron tales, que tuvimos necesidad de gritar a nuestro turno explicándoles lo que había pasado. En el primer momento Vivas se disculpó calurosamente con Casacuberta, muy contrariado por no haberse podido dominar. Cuando el grupo se rehízo, ávido de curiosidad, nos contó lo que sigue. Como no recuerdo las palabras justas, la forma es indudablemente algo distinta.

—Ante todo —comenzó— confieso que desde el primer gruñido de Dingo preví lo que iba a pasar. No dije nada, porque era una idea estúpida. Por eso cuando lo vi salir corriendo, una coincidencia terrible me tentó y no fui dueño de mí. He aquí el motivo.

»Pasé, hace tiempo, marzo y abril en una estancia del Uruguay, al norte. Mis correrías por el monte familiarizáronme con algunos peones, no obstante la obligada prevención a mi facha urbana. Supe así un día que uno de los peones, alto, amarillo y flaco, era lobisón. Ustedes tal vez no lo sepan: en el Uruguay se llama así a un individuo que de noche se transforma en perro o cualquier bestia terrible, con ideas de muerte.

»De vuelta a la estancia fui al encuentro de Gabino, el peón aludido. Le hice el cuento y se rió. Comentamos con mil bromas el cargo que pesaba sobre él. Me pareció bastante más inteligente que sus compañeros. Desde entonces éstos desconfiaron de mi inocente temeridad. Uno de ellos me lo hizo notar, con su sonrisita compasiva de campero:

»—Tenga cuidao, patrón…

»Durante varios días lo fastidié con bromas al terrible huésped que tenían. Gabino se reía cuando lo saludaba de lejos con algún gesto demostrativo.

»En la estancia, situado exactamente como éste, había un ombú. Una noche me despertó la atroz gritería de los perros. Miré desde la puerta y los sentí en la sombra del árbol destrozando rabiosamente a un enemigo común. Fui y no hallé nada. Los perros volvieron con el pelo erizado.

»Al día siguiente los peones confirmaron mis recuerdos de muchacho: cuando los perros pelean a alguna cosa en el aire, es porque el lobisón invisible está allí.

»Bromeé con Gabino.

»—¡Cuidado! Si los bull-terriers lo pescan, no va a ser nada agradable.

»—¡Cierto! —me respondió en igual tono—. Voy a tener que fijarme.

»El tímido sujeto me había cobrado cariño, sin enojarse remotamente por mis zonceras. Él mismo a veces abordaba el tema para oírme hablar y reírse hasta las lágrimas.

»Un mes después me invitó a su casamiento; la novia vivía en el puesto de la estancia lindera. Aunque no ignoraban allá la fama de Gabino, no creían, sobre todo ella.

»—No cree —me dijo maliciosamente. Ya lejos, volvió la cabeza y se rió conmigo.

»El día indicado marché; ningún peón quiso ir. Tuve en el puesto el inesperado encuentro de los dueños de la estancia, o mejor dicho, de la madre y sus dos hijas, a quienes conocía. Como el padre de la novia era hombre de toda confianza, habían decidido ir, divirtiéndose con la escapatoria. Les conté la terrible aventura que corría la novia con tal marido.

»—¡Verdad! ¡La va a comer, mamá! ¡La va a comer! —rompieron las muchachas—. ¡Qué lindo! ¡Va a pelear con los perros! ¡Los va a comer a todos! —palmoteaban alegremente.

»En ese tono ya, proseguimos forzando la broma hasta tal punto que, cuando los novios se retiraron del baile, nos quedamos en silencio, esperando. Fui a decir algo, pero las muchachas se llevaron el dedo a la boca.

»Y de pronto un alarido de terror salió del fondo del patio. Las muchachas lanzaron un grito, mirándome espantadas. Los peones oyeron también y la guitarra cesó. Sentí una llamarada de locura, como una fatalidad que hubiera estado jugando conmigo mucho tiempo. Otro alarido de terror llegó, y el pelo se me erizó hasta la raíz. Dije no sé qué a las mujeres despavoridas y me precipité locamente. Los peones corrían ya. Otro grito de agonía nos sacudió, e hicimos saltar la puerta de un empujón: sobre el catre, a los pies de la pobre muchacha desmayada, un chancho enorme gruñía. Al vernos saltó al suelo, firme en las patas, con el pelo erizado y los belfos retraídos. Miró rápidamente a todos y al fin fijó los ojos en mí con una expresión de profunda rabia y rencor. Durante cinco segundos me quemó con su odio. Precipitose enseguida sobre el grupo, disparando al campo. Los perros lo siguieron mucho tiempo.

»Éste es el episodio; claro es que ante todo está la hipótesis de que Gabino hubiera salido por cualquier motivo, entrando en su lugar el chancho. Es posible. Pero les aseguro que la cosa fue fuerte, sobre todo con la desaparición para siempre de Gabino.

»Este recuerdo me turbó por completo hace un rato, sobre todo por una coincidencia ridícula que ustedes habrán notado: a pesar de las terribles mordidas de los perros —y contra toda su costumbre— el animal de esta noche no gruñó ni gritó una sola vez.

La serpiente de cascabel

La serpiente de cascabel es un animal bastante tonto y ciego. Ve apenas, y a muy corta distancia. Es pesada, somnolienta, sin iniciativa alguna para el ataque; de modo que nada más fácil que evitar sus mordeduras, a pesar del terrible veneno que la asiste. Los peones correntinos, que bien la conocen, suelen divertirse a su costa, hostigándola con el dedo que dirigen rápidamente a uno y otro lado de la cabeza. La serpiente se vuelve sin cesar hacia donde siente la acometida, rabiosa. Si el hombre no la mata, permanece varias horas erguida, atenta al menor ruido.

Su defensa es a veces bastante rara. Cierto día un boyero me dijo que en el hueco de un lapacho quemado —a media cuadra de casa— había una enorme. Fui a verla: dormía profundamente. Apoyé un palo en medio de su cuerpo, y la apreté todo lo que pude contra el fondo de su hueco. Enseguida sacudió el cascabel, se irguió y tiró tres rápidos mordiscos al tronco, no a mi vara que la oprimía sino a un punto cualquiera del lapacho. ¿Cómo no se dio cuenta de que su enemigo, a quien debía atacar, era el palo que le estaba rompiendo las vértebras? Tenía 1,45 metros. Aunque grande, no era excesiva; pero como estos animales son extraordinariamente gruesos, el boyerito, que la vio arrollada, tuvo una idea enorme de su tamaño.

Otra de las rarezas, en lo que se refiere a esta serpiente, es el ruido de su cascabel. A pesar de las zoologías y los naturalistas más o menos de oídas, el ruido aquel no se parece absolutamente al de un cascabel: es una vibración opaca y precipitada, muy igual a la que produce un despertador cuya campanilla se aprieta con la mano, o, mejor aún, a un escape de cuerda de reloj. Esto del escape de cuerda suscita uno de los porvenires más turbios que haya tenido, y fue origen de la muerte de uno de mis aguarás. La cosa fue así: una tarde de septiembre, en el interior del Chaco, fui al arroyo a sacar algunas vistas fotográficas. Hacía mucho calor. El agua, tersa por la calma del atardecer, reflejaba inmóviles las palmeras. Llevaba en una mano la maquinaria, y en la otra el winchester, pues los yacarés comenzaban a revivir con la primavera. Mi compañero llevaba el machete.

El pajonal, quemado y maltrecho en la orilla, facilitaba mi campaña fotográfica. Me alejé buscando un punto de vista, lo hallé, y al afirmar el trípode sentí un ruido estridente, como el que producen en verano ciertas langostitas verdes. Miré alrededor: no hallé nada. El suelo estaba ya bastante oscuro. Como el ruido seguía, fijándome bien vi detrás de mí a un metro, una tortuga enorme. Como me pareció raro el ruido que hacía, me incliné sobre ella: no era tortuga sino una serpiente de cascabel, a cuya cabeza levantada, pronta para morder, había acercado curiosamente la cara.

Era la primera vez que veía tal animal, y menos aún tenía idea de esa vibración seca, a no ser el bonito cascabeleo que nos cuentan las Historias Naturales. Di un salto atrás, y le atravesé el cuello de un balazo. Mi compañero, lejos, me preguntó a gritos qué era.

—¡Una víbora de cascabel! —le grité a mi vez. Y un poco brutalmente, seguí haciendo fuego sobre ella hasta deshacerle la cabeza.

Yo tenía entonces ideas muy positivas sobre la bravura y acometida de esa culebra; si a esto se añade la sacudida que acababa de tener, se comprenderá mi ensañamiento. Medía 1,60 metros, terminando en ocho cascabeles, es decir, ocho piezas. Este parece ser el número común, no obstante decirse que cada año el animal adquiere un nuevo disco.

Mi compañero llegó; gozaba de un fuerte espanto tropical. Atamos la serpiente al cañón del winchester, y marchamos a casa. Ya era de noche. La tendimos en el suelo, y los peones, que vinieron a verla, me enteraron de lo siguiente: si uno mata una víbora de cascabel, la compañera lo sigue a uno hasta vengarse.

—Te sigue, che, patrón.

Los peones evitan por su parte esta dantesca persecución, no incurriendo casi nunca en el agravio de matar víboras.

Fui a lavarme las manos. Mi compañero entró en el rancho a dejar la máquina en un rincón, y enseguida oí su voz.

—¿Qué tiene el obturador?

—¿Qué cosa? —le respondí desde afuera.

—El obturador. Está dando vueltas el resorte.

Presté oído, y sentí, como una pesadilla, la misma vibración estridente y seca que acababa de oír en el arroyo.

—¡Cuidado! —le grité tirando el jabón—. ¡Es una víbora de cascabel!

Corrí, porque sabía de sobra que el animal cascabelea solamente cuando siente el enemigo al lado. Pero ya mi compañero había tirado máquina y todo, y salía de adentro con los ojos de fuera.

En esa época el rancho no estaba concluido, y a guisa de pared habíamos recostado contra la cumbrera sur dos o tres chapas de cinc. Entre éstas y el banco de carpintero debía estar el animal. Ya no se movía más. Di una patada en el cinc, y el cascabel sonó de nuevo. Por dentro era imposible atacarla, pues el banco nos cerraba el camino. Descolgué cautelosamente la escopeta del rincón oscuro, mi compañero encendió el farol de viento, y dimos vuelta al rancho. Hicimos saltar el puntal que sostenía las chapas, y éstas cayeron hacia atrás. Instantáneamente, sobre el fondo oscuro, apareció la cabeza iluminada de la serpiente, en alto y mirándonos. Mi compañero se colocó detrás de mí con el farol alzado para poder apuntar, e hice fuego. El cartucho tenía nueve balines; le llevaron la cabeza.

Sabida es la fama del Chaco, en cuanto a víboras. Había llegado en invierno, sin hallar una. Y he aquí que el primer día de calor, en el intervalo de quince minutos, dos fatales serpientes de cascabel, y una de ellas dentro de casa…

Esa noche dormí mal, con el constante escape de cuerda en el oído. Al día siguiente el calor continuó. De mañana, al saltar el alambrado de la chacra, tropecé con otra: vuelta a los tiros, esta vez de revólver.

A la siesta las gallinas gritaron y sentí los aullidos de un aguará. Salté afuera y encontré al pobre animalito tetanizado ya por dos profundas mordeduras, y una nube azulada en los ojos.

Tenía apenas veinte días. A diez metros, sobre la greda resquebrajada, se arrastraba la cuarta serpiente en dieciocho horas. Pero esta vez usé un palo, arma más expresiva y obvia que la escopeta.

Durante dos meses y en pleno verano, no vi otra víbora más. Después sí; pero, para lenitivo de la intranquilidad pasada, no con la turbadora frecuencia del principio.

En el Yabebirí

El cazador que tuvo el chucho y fue conmigo al barrero de Yabebirí se llamaba Leoncio Cubilla. Desde días atrás presentía una recidiva, y como éstas eran prolongadas, esperamos una semana, sin novedad alguna, por suerte.

Partimos por fin una mañana después de almorzar. No llevábamos perros; dos estaban lastimados y los otros no trabajaban bien solos. Abandonamos la picada maestra tres horas antes de llegar al barrero. De allí un pique de descubierta nos aproximó legua y media; y la última etapa —hecha a machete de una a cuatro de la tarde más caliente de enero— acabó con mi amor al calor.

El barrero consistía en una laguna virtual del tamaño de un patio, entre un mar de barro. Acampamos allí, en el pajonal de la orilla, para dominar el monte, a cien metros nuestro. El crepúsculo pasó sin llevarnos un animal, no obstante parecer habitual la rastrillada de tapires que subían al monte.

Por sobriedad —o esperanzas de carne fresca, si se quiere— no llevábamos sino unas cuantas galletas que comí solo; Cubilla no tenía ganas. Nos acostamos. Mi compañero se durmió enseguida, la respiración bastante agitada. Por mi parte estaba un poco desvelado. Miraba el cielo, que ya al anochecer había empezado a cargarse. Hacia el este, en la bruma ahumada que entonces subía apenas sobre el horizonte, tres o cuatro relámpagos habían cruzado en zig-zag. Ahora la mitad del cielo estaba cubierta. El calor pesaba más aún en el silencio tormentoso.

Por fin me dormí. Presumo que sería la una cuando me despertó la voz de Cubilla:

—¡El aguará guazú, patrón!

Se había incorporado y me miraba de hito en hito. Salté sobre la escopeta:

—¿Dónde?

Volvió cautelosamente la cabeza, mirando a todos lados, y repitió conteniendo la voz:

—¡El aguará!

Su cara encendida me hizo sospechar y le tomé el pulso: volaba de fiebre. La fatiga y humedad de ese día habían precipitado el acceso que él justamente preveía. Para mayor trastorno, éstos se iniciaban en él sin chuchos y en franco delirio.

Se durmió de nuevo felizmente. Tendido de espaldas, observé otra vez el tiempo. Aunque aún no había relámpagos, el cielo cargado tenía de rato en rato sordas conmociones fosforescentes. No nos esperaba buena noche. Volvime sin embargo a dormir, pero me despertó un grito de terror:

—¡Patrón, el aguará!

Abrí los ojos y vi a Cubilla que corría hacia el monte con el machete en la mano. Salté tras él y logré sujetarlo. Temblaba, empapado en sudor. Volvió de mala gana, mirando atrás a cada momento; barbotaba sordas injurias en guaraní. Y en el fogón sentose en el suelo, abrazándose las rodillas y el mentón sobre ellas. Observaba fijamente el fuego, luciente de fiebre. A ratos lanzaba una carcajada, tornando enseguida a su mutismo.

Así llegaron las dos de la mañana. De pronto Cubilla removió las manos por el suelo y fijó en mí sus ojos, más excavados aún de miedo:

—¡El aguará se va a tomar toda el agua!… —No me quitaba la vista, en un pavor profundo. Le di de beber, le hablé, en vano.

Pero a mí mismo comenzaba a desazonarme el aguará y el desamparo de esa noche, ¡en qué compañía! La tormenta arreciaba. El tronar lejano del monte anunciaba el viento que pronto estaría sobre nosotros. El cielo relampagueante se abría y cerraba a cada momento, encegueciendo. En una fulguración, más sostenida que las anteriores, el monte se recortó largamente sobre el cielo lívido. Cubilla, que desde hacía rato no apartaba de él la vista, incorporose a medias y se volvió a mí, desencajado de espanto:

—¡El aguará va a venir, patrón!…

—No es nada —le respondí, mirando a pesar mío a todos lados.

—¡Ahí está! ¡Se va a tomar toda el agua! —gritó, levantándose y volviéndose a todos lados con impulsos de fuga.

Y en ese instante, entre dos ráfagas de viento, oímos claro y distinto el aullido de un aguará. ¡Qué escalofrío me recorrió! No era para mí el aullido de un aguará cualquiera, sino de «ese» aguará extraordinario que Cubilla estaba olfateando desde las doce de la noche. Éste, al oír al animal, se llevó la mano crispada a la garganta, paralizado de terror. Quedó así largo rato escuchando aún, y al fin bajó lentamente la mano, y se sentó serio y tranquilo. Echose a reír enseguida, despacio:

—El aguará… no hay remedio… nos va a quitar el agua… no hay remedio… —Me miraba irónicamente por entre las cejas—. ¡El aguará!… ¡el aguará!…

El animal aulló otra vez, pero ya sobre nosotros, desde la punta del monte. Al fuego de otro relámpago se destacó en la greda su silueta inmóvil y cargada de hombros. Avancé cincuenta metros, temblando de miedo y ansia de acabar de una vez. Apunté en su dirección, y en el primer relámpago sostenido rectifiqué rápidamente e hice fuego. Cuando pude ver de nuevo, el páramo de greda estaba desierto; no había sentido ni un grito. Al volver, Cubilla no parecía haberse inquietado. Proseguía balanceándose y riendo suavemente:

—No es nada; va a volver… se toma el agua… vuelve siempre…

Así siguió hasta el alba, y así continué, crispado por su profecía delirante y resignada, con la escopeta en las manos, mirando a todos lados, completamente perdido en el monte. Tal vez si mi hombre hubiera dicho que el aguará nos comería, o cosa así, no habría visto en ello más que una lógica sobreexcitación de cazador enfermo. Pero lo que me conturbaba era ese detalle de brutal realidad, ya fantástico por su excesiva verosimilitud: «a pesar de todo», el animal vendría a tomarse «nuestra» agua.

No vino, por suerte. Al abrir el día, Cubilla se tendió en un sopor profundo, el pelo pegado a la frente amarilla y la boca abierta. Despertose a las ocho, sin fiebre; no supo cómo disculparse de haberme hecho perder la cacería. Evité hablarle de su delirio y volvimos.

Esa misma tarde, debiendo Cubilla tornar a su hacha, dejé la Carrería y regresé al Obraje, después de quince días de ausencia.

Con ésa eran ya dos las noches de caza que pasaba de tal modo. No volví más al Yabebirí, y hace un mes, supe al llegar aquí que Cubilla había muerto de chucho.

La compasión

Cuando Enriqueta se desmayó, mi madre y hermanas se asustaron más de lo preciso. Yo entraba poco después, y al sentir mis pasos en el patio, corrieron demudadas a mí. Costome algo enterarme cumplidamente de lo que había pasado, pues todas hablaban a la vez, iniciando entre exclamaciones bruscas carreras de un lado a otro. Al fin, supe que momentos antes habían sentido un ruido sordo en la sala, mientras el piano cesaba de golpe. Corrieron allá, encontrando a Enriqueta desvanecida sobre la alfombra.

La llevamos a su cama y le desprendimos el corsé, sin que recobrara el conocimiento. Para calmar a mamá tuve que correr yo mismo en busca del médico. Cuando llegamos, Enriqueta acababa de volver en sí y estaba llorando entre dos almohadas.

Como preveía, no era nada serio: un simple desmayo provocado por las digestiones anormales a que la someten los absurdos regímenes que se crea. Diez minutos después no sentía ya nada.

Mientras se preparaba el café, pues por lo menos merecía esto el inútil apuro, quedámonos conversando. Era ésa la quinta o sexta vez que el viejo médico iba a casa. Llamado un día por recomendación de un amigo, quedaron muy contentas de su modo cariñoso con los enfermos. Tenía bondadosa paciencia y creía siempre que debemos ser más justos y humanos, todo esto sin ninguna amargura ni ironías psicológicas, cosa rara. Estaban encantadas de él.

—Tengo un caso parecido a éste —nos decía hablando de Enriqueta—, pero realmente serio. Es un muchacho también muy joven. Parece increíble lo que ha hecho para perder del todo su estómago. Ha leído que el cuerpo humano pierde por día tantos y tantos gramos de nitrógeno, carbono, etc., y él mismo se hace la comida, después de pesar hasta el centigramo la dosis exacta de sustancias albuminoideas y demás que han de compensar aquellas pérdidas. Y se pesa todos los días, absolutamente desnudo. Lo malo es que ese absurdo régimen le ha acarreado una grave dispepsia, y esto es para usted, Enriqueta. Cuantos más desórdenes propios de su inanición siente, menos come. Desde hace dos meses tiene terribles ataques de gastralgia que no sé cómo contener…

—Duele mucho eso, ¿no? —interrumpió Enriqueta, muy preocupada.

—Bastante —inclinó la cabeza repetidas veces, mirándola—. Es uno de los dolores más terribles…

—Como mi hermana Concepción —apoyó mi madre— cuando sufría de cálculos hepáticos. ¡Qué horror! ¡Ni quiero acordarme!

—Y tal vez los de la peritonitis sean peores… o los de la meningitis.

Nos quedamos un rato en silencio, mientras tomábamos el café.

—Yo no sé —reanudó mi madre—, yo no sé, pero me parece que debería hallarse algo para no sufrir esos dolores. ¡Sobre todo cuando la enfermedad es mortal, mi Dios!

—Apresurando la muerte, únicamente —se sonrió el médico.

—¿Y por qué no? —apoyó valientemente Clara, la más exaltada de mis hermanas—, ¡Sería una verdadera obra de caridad!

—¡Ya lo creo! —murmuró lentamente mi madre, llena de penosos recuerdos. Luisa y Enriqueta intervinieron, entusiasmadas de inteligente caridad, y todas estuvieron en armonía.

El médico escuchaba, asintiendo con la cabeza por costumbre.

—Sin embargo no crea, señora —objetó tristemente—. Lo que para ustedes es obra de compasión, para otros es sencillamente un crimen. Debe haber quién sabe qué oscuro fondo de irracionalidad para no ver una cosa tan inteligente —ya no digo justa— como es la de evitar tormentos a las personas queridas. Hace un momento, cuando hablábamos de los dolores, me acordé de algo a ese respecto que me pasó a mí mismo. Después de lo que ustedes han dicho, no tengo inconveniente en contarles el caso: hace de esto bastante tiempo.

»Una mañana fui llamado urgentemente de una casa en que ya había asistido varias veces. Era un matrimonio, en el segundo año de casados. Hallé a la señora acostada, en incesantes vómitos y horrible dolor de cabeza. Volví de tarde y todos los síntomas se habían agravado, sobre todo el dolor, el atroz dolor de cabeza que la tenía en un grito vivo. En dos palabras: estaba delante de una meningitis, con toda seguridad tuberculosa. Ustedes saben que muy poco hay que hacer en tales casos. Todo el tratamiento es calmante. No les deseo que oigan jamás los lamentos de un meningítico: es la cosa más angustiosa con su ritmo constante, siempre a igual tono. Acaban por perder toda expresión humana; parecen gritos monótonos de animal.

»Al día siguiente seguía igual. El pobre marido, muchacho impresionable, estaba desesperado. Tenía crisis de llanto silencioso, echado en un sillón de hamaca en la pieza contigua. No recuerdo haber llegado nunca sin que saliera a recibirme con los ojos enrojecidos y su pañuelo de medio luto hecho un ovillo en la mano.

»Hubo consulta, junta, todo inútil. El tercer día el dolor de cabeza cesó y la enferma cayó en semiestupor. Estaba constantemente vuelta a la pared, las piernas recogidas hasta el pecho y el mentón casi sobre las rodillas. No hacía un movimiento. Respondía brevemente, de mala gana, como deseando que la dejáramos en paz de una vez. Por otro lado, todo esto no falta jamás en un meningítico.

»La noche del cuarto día la enfermedad se precipitó. La fiebre subió con delirio a 40,6 grados, y tras ella la cefalalgia, más terrible que antes, los gritos se hicieron desgarradores. No tuve duda ninguna de que el fin estaba próximo. La crisis de exaltación postrera —cuando las hay— suele durar horas, un día, dos, rara vez más. Mi enferma pasó tres días en esa agonía desesperante, gritando constantemente, sin un solo segundo de tregua, setenta y dos horas así. Y en el silencio de la casa… figúrense el estado del pobre marido. Ni antipirina, ni cloral, nada lo calmaba.

»Por eso, cuando al séptimo día vi que desgraciadamente vivía aún en esa atroz tortura suya y de su marido y de todos, pesé, con las manos sobre la conciencia, antecedentes, síntomas, estado; y después de la más plena convicción de que era un caso absolutamente perdido, reforcé las dosis de cloral, y esa misma tarde murió en paz.

»Y ahora, señora, dígame si todos verían en eso la verdadera compasión de que hablábamos.

Mi madre y hermanas se habían quedado mudas, mirándolo.

—¿Y el marido nunca supo nada? —le preguntó en voz casi baja mi madre.

—¿Para qué? —respondió con tristeza—. No podía tener la seguridad mía de la muerte de su mujer.

—Sí, sin duda… —apoyó fríamente mi familia.

Nadie hablaba ya. El doctor se despidió, recomendando cariñosamente a Enriqueta que cuidara su estómago. Y se fue, sin comprender que de casa nunca más lo volverían a llamar.

El mono ahorcado

Estilicón, un mono mío de antes, tuvo un hijo, cuya vida amargué. Éste murió en 1904, y como escribí su historia —por lo menos la de la catástrofe— el mismo día de haberlo enterrado, la fecha de estas impresiones es, pues, anterior a diciembre de 1904.

Acabo de enterrar a Titán. He hecho abrir un agujero en el fondo del jardín, y allí lo hemos puesto con su soga. Confieso que ese desenlace me ha impresionado fuertemente. Después de una corta vida en paz, mis experiencias extravagantes lo han precipitado en un ensayo del que ya no saldrá.

En resumen, quise hacer hablar a mi mono. He aquí lo que yo pensaba entonces:

La facultad de hablar, en el solo hecho de la pérdida de tiempo, ha nacido de lo superfluo: esto es elemental. Las necesidades absolutas, comer, dormir, no han menester de lenguaje alguno para su justo ejercicio. El buen animal que se adhiere enérgicamente a la vida asienta su razón de ser sobre la tierra, como un grueso y sano árbol, la descomposición de un agua muerta. Una necesidad, exactamente cumplida, es grande ante la madre tierra que no habla nunca. El lenguaje (el pensamiento) no es sino la falla de la acción, o, si se quiere, su perfume. Porque es falla no puede repetirse con honor, estableciendo así la diferencia capital entre acción y pensamiento. Una acción puede copiarse, y si la primera fue grande, lo será también la segunda. En cambio, todos sabemos que decir lo que otros han dicho, denigra en un todo. La acción es siempre propia, cada una tiene valor intrínseco, sin que su igualdad a un millón de acciones idénticas alcance a disminuirla. La intención puede estar detrás de ellas con diversos grados de heroísmo; pero como todas las cosas que se harán, al fin y al cabo han de ser hechas, no vale más en sí una obra fuertemente discutida que la que se hizo de golpe y sin pensar. El hecho, una vez de pie, tiene la sinceridad incontrastable de las cosas, aun de las que conservan por todos los siglos la contextura finamente quebradiza de las que fueron hechas a fuerza de meditación.

En cuanto al lenguaje, los loros, cuervos, estorninos, hablan. Los monos, no. ¿Por qué? Si se admite que la animalidad del mono es superior a la del loro, podemos admitir también que la facultad de hablar no es precisamente superior. En el pájaro se corta para reaparecer en el hombre. ¿Por qué en el mono —organización casi perfecta— no existe? Esta bizarría me parecía demasiado sutil.

Mucho de esto se me ocurrió una noche en que Titán rompió entre sus manos un bastón que halló debajo del ropero. Me quedé comentando con Luis la fuerza del animal. Luis creía en una falla de la madera; yo, no. Al fin de larga charla, Luis, para convencerse, cogió un palo semejante, y después de gran esfuerzo logró astillarlo. Titán, apelotonado en un rincón, había seguido con ojos inquietos el incidente. Cuando éste concluyó, nos miró profundamente asombrado. ¿Para qué haber perdido tanto tiempo hablando, si al fin y al cabo habíamos de hacer lo mismo que él?

En este terreno puesto, lo preciso para que hablara era sugerirle la idea de lo superfluo. ¿Pero cómo?

La primera experiencia tuvo lugar en el campo, al sur. La llanura rasa y monótona se extendía hasta el fin. Sólo en medio del pasto amarillo se levantaba un árbol absoluto. Durante un mes fui allá con Titán todas las tardes, haciéndole subir a la copa de aquél. Tan bien aprendió, que corría a treparse sin indicación mía. Una noche hice cortar el árbol al ras del suelo y llevarle lejos: no quedó rastro alguno. A la tarde siguiente fuimos de nuevo e insté a Titán a que subiera al árbol. El animal buscó inquieto por el aire, me miró, volvió los ojos a todos lados, me miró de nuevo y gimió. Insistí veinte veces, instándolo con toda la persuasión que pude a que subiera. Me miraba aturdido, pero no se movía. De vuelta, al llegar a casa, corrió de alegría a treparse al paraíso del patio.

Medité otras cosas más, pero todas las pruebas posibles variaban alrededor de la primera. Inútil debía ser lo que no le servía, y la concepción de esto era justamente lo difícil. Un día rompió un globo de vidrio pendiente de un hilo. Con el mismo palo le dio un segundo golpe, y ahí se detuvo su idea de lo superfluo. La conciencia del globo era absolutamente de ese globo: otro era un mundo aparte. Una hormiga, perfectamente consciente de la existencia íntima de una hoja, ignora en absoluto la piedra con que tropieza, no existe para ella, aunque exista su impedimento. ¿Cómo llegar a la idea abstracta? Le di haschich a mi hombre, por fin, no ciertamente para que hablara, sino para observar un lado por el que pudiera ser cogido. El resultado fue grotesco.

Después de cinco meses de pruebas —algunas tan sutiles, lo confieso, que me daban miedo por mí mismo— hice un ensayo postrero. Sujeté al parral dos fuertes sogas con sendos nudos corredizos; uno era falso. Pasé éste por mi cuello y me dejé caer, los brazos pendientes. Titán hizo lo mismo en el otro lazo, pero presto llevó las manos al cuello y descorrió el nudo. Me miró pensativo desde el suelo, muerto de envidia. Repitió toda la tarde la hazaña, con igual resultado. No se cansaba, como no se cansó en los días sucesivos, afanándose por soportar el dolor. Aunque en los últimos tiempos le noté extraños titubeos en su prodigiosa precisión de bestia, todo pasó. Hace de esto un mes, un mes largo. Y esta mañana amaneció ahorcado. Probé el nudo; como corría sin el menor entorpecimiento, tuve la plena convicción de que esa muerte no era casual.

Ignoro si las anteriores experiencias han influido decididamente. Puede tratarse de un esfuerzo de curiosidad —¡a qué grado morboso!— o de una simple ruptura de equilibrio animal torturado seis meses seguidos: la menor angustia humana de vacío en la cabeza lo ha llevado fatalmente a ese desenlace.

Si es así, una vez abandonados los brazos —él conocía el peligro de esa situación— su decisión ha ido derecho a la muerte, cosa que él ha visto y no querido evitar. De cualquier modo, ha debido sufrir mucho; pero la cara no se ha convulsionado, firme y seria por el gran esfuerzo de voluntad para morir. Los ojos se han vuelto completamente para arriba. Su blanca ceguera, bajo el ceño contraído, da al rostro sombrío una expresión estatuaria de concentración, y dominado por una serie de ideas confusas, he seguido a su lado y lo he hecho enterrar en el patio, con los brazos tendidos a lo largo del cuerpo.

La ausencia de Mercedes

Hipólito Mercedes, del Ministerio de Hacienda, tenía veintisiete años cuando le aconteció su extraordinaria aventura. Era un muchacho grueso, muy rubio, de ojos irritados y parpadeantes, que usaba lentes porque era miope. Era bastante tímido, sus muslos rechonchos se rozaban hasta la rodilla, como los de las mujeres. Tenía la inteligencia circunscrita, a semejanza de las personas adictas a filosofar, y para colmo se llamaba Mercedes, como una hermana mía.

Era extremadamente pulcro. De modo que no pudo ser más grande la estupefacción de sus compañeros la tarde en que le vieron levantarse de la mesa con un tintero en la mano, vaciarlo en el piso y arrodillarse, frotando concienzudamente las rodillas sobre la tinta. Después volvió a escribir plácidamente. Los oficinistas, sin saber qué pensar, dispusiéronse a gozar el resultado. Indudablemente el pobre Mercedes no se había dado cuenta de lo que había hecho, porque salió en paz, como si en realidad no llevara dos grandes manchas en las rodillas. Al día siguiente hubo quejas, protestas, que agitaron la oficina hasta las dos. Mercedes llegó a proferir palabras bastante groseras, a las que sus compañeros replicaron que cuando se sufre distracciones más bien estúpidas, es inútil acusar a nadie y mucho menos levantar la voz.

Mercedes quedó muy preocupado de sí mismo. Esa tarde salió solo. Al tomar la vereda de Victoria, leyó distraído en los vidrios: Miguel Mihanovich-Líneas a Bahía Blanca… Siguió adelante, deletreando mentalmente: Mi-ha-no-vich… Y al llegar a la última sílaba se acordó, de un modo tan nítido como inesperado, de un par de botines con puntera de bronce que había tenido en Chivilcoy cuando era chico, y que le habían durado siete meses. Entró en un bar, pidió café, llevó la taza a los labios, y al dejarla en el plato se encontró en Callao y Santa Fe. Posiblemente caminaba; pero su sorpresa fue tan grande que quedó parado. Su segunda sorpresa fue que, al evocar el bar del que acababa de salir, tuvo la impresión de un recuerdo vago, difícil, lejano, de esos que obligan a cerrar los ojos contrayendo el ceño. Era tal su estupefacción que no sabía cómo comenzar a dilucidar eso. Se dirigió a su casa, completamente aturdido. De pronto, con un escalofrío, vio el sol en los balcones: era «más temprano» que cuando había tomado el café. Y con un nuevo chucho, esta vez de frío y espantada confusión, notó que era invierno.

Ahora bien: para un hombre que lleva una taza de café en sus labios en la Plaza de Mayo, en verano, y al dejarla se halla en Santa Fe y Callao, en invierno y con sobretodo, la aventura es abrumadora.

«¡Estoy loco, loco!», se dijo Mercedes, muerto de angustia. «Mamá me dirá lo que ha pasado, si no he hecho alguna locura». Como una persona mojada y enferma, deseaba ardientemente verse de una vez en su casa. Vivía en Soler entre Díaz y Bulnes. En la esquina de Díaz, al levantar la vista, se detuvo de golpe y quedó un momento inmóvil. Apresuró el paso.

—Esa casa no estaba antes. ¡Antes!… ¿Cuándo?…

Llegó por fin. Atravesó ligero el patio, entró en el comedor, y una mujer, con una criatura de pecho en los brazos, le preguntó sorprendida, mirando el péndulo:

—¡Oh!, ¿por qué vienes a esta hora? Son apenas las cuatro y media.

Mercedes ahogó una exclamación y dio torpemente un paso atrás, cogiendo de nuevo el picaporte.

—Perdón… me he equivocado… ¿No vive aquí mamá… la señora de Mercedes? —se corrigió enseguida.

La joven bromeó:

—No, señor; está ahora en Chivilcoy, en casa del señor Juan Mercedes, hermano del señor Hipólito Mercedes, padre del señor Polito Mercedes, servidor de usted —y extendió la criatura hacia Mercedes.

El aturdimiento de éste era mucho mayor que su quebranto. La expresión de su rostro no debía ser normal, porque la joven se acercó a él, mirándolo extrañada:

—¿Qué tienes? Algo te pasa —y le apoyó el revés de la mano en la frente—. Estás helado… ¡Pobre! —agregó pasándole el brazo por la cintura y apretándose a él—. Dale un beso a tu hijo… Pero ¿qué tienes? ¿Por qué me miras así?

—N… nada… —murmuró Mercedes, desesperado por no saber qué partido tomar. A pesar de todo, le quedaba suficiente serenidad para no promover una escena ridícula.

—¿Te duele algo?

—N… no.

—¿Y entonces?

—No sé lo que tengo…

Pero la cabeza se le iba, y se empeñaba humildemente en creerse loco ante esos horribles fenómenos, no obstante habérsele ocurrido que si su mujer lo recibía así, no debería estarlo. Para mayor encanto, un chico de dos años entró corriendo a echarse contra su pierna, llamándolo papá. Así es que cuando a los pocos momentos la joven lo dejó solo, huyó desesperado en busca de su médico. A sus angustias se agregó una decisiva: en el vestíbulo había un almanaque de pared, y hacía media hora que leía como un estúpido: «1906, 14 de junio de 1906», ¡y él acababa de tomar café el 2 de marzo de 1902!

Contó todo, extraordinariamente abatido. ¿Cómo era eso? ¿Cómo cuatro años?… ¿Su mujer y sus hijos?… El otro, tras el cúmulo de sus preguntas insidiosas de médico, hablole al fin en términos precisos —no para Mercedes, por cierto— de epilepsia, ausencias de epilepsia. Parece ser que en el momento en que Mercedes iba a dejar la taza de café, adquirió de golpe una como especie de otra personalidad, que se casó, tuvo dos hijos y continuó haciendo en un todo lo que hacía siempre Mercedes. Hasta que un buen día, en Callao y Santa Fe, volvió bruscamente a ser el primer individuo, reanudando su vida y recuerdos donde los había dejado, y sin acordarse en lo más mínimo de lo que había hecho en esos cuatro años.

A instancias del pobre Mercedes, tan desalentado que daba lástima, el médico, buen muchacho en suma, lo acompañó a su casa, explicando a la señora de Mercedes que su esposo había sufrido una leve congestión cerebral que habíale hecho olvidar de muchas cosas y confundir las otras, etcétera.

Un momento antes, Mercedes no había dejado de darle a entender, con gran susto de célibe, un posible divorcio si… y se detuvo hipócritamente, recordando con discreto pregusto, como le convenía, el bello rostro de su pasada y futura mujer.

Pero las cosas no deberían haber ido precisamente mal, porque diez días después, cuando su médico le pidió nuevas de su fresco estado, Mercedes lo miró extremadamente satisfecho, tanto que a la indiscreta sonrisa del otro, concluyó por ponerse colorado.

Recuerdos de un sapo

Es curioso cómo los espíritus avanzados encarnan, en cierta época de su vida, la modalidad común de ser, contra la cual han de luchar luego. Generalmente aquello ocurre en los primeros años, y la página que sigue no es sino su confirmación.

Quien la escribe y me la envía, M. G., figura entre los más firmes precipitadores de la revolución social y es, preciso es creerlo, tan exaltado como sincero. Contados por él, no dejan de tener sabor picante estos recuerdos.

Aquel día fue una fiesta continua. Las lecciones de la mañana se dieron mal, la mitad por culpa nuestra, la otra mitad por la impaciencia tolerante de los profesores, deseosos a su vez de huir por toda una tarde del colegio.

Ese inesperado medio día de asueto tenía por motivo el advenimiento de la primavera, nada más. La tarde anterior, el director, que nos daba clase de moral, nos había dirigido un pequeño discurso sobre la estación que entraba, «la dulce naturaleza que muere y renace con más bríos, los sentimientos de compasión que hacen del hombre un ser superior». Hablaba despacio, mirando fija y atentamente como para no olvidar una palabra de su discurso aprendido de memoria. Lo que no recuerdo bien es la ilación que dio a la primavera y la compasión humana. De todos modos, el día siguiente, 23 de septiembre, nuestro 2.º año debía ir al Jardín Botánico.

Fuimos. El día era maravilloso. Como no hacía viento, la temperatura casi estival parecía más densa. Avanzábamos bulliciosamente por los senderos, mirando a todos lados. Cuando el director se detenía ante alguna planta extraña, lo rodeábamos y clasificábamos hojas y flores sin ton ni son. A pesar de ese nuestro servilismo de estudiantes en pupilaje, que nos llenaba la boca de la más embrutecedora vanidad de erudición para adular al director, no dejábamos de saludar con caliente emoción muchas plantas realmente útiles: las pitas, de hojas concéntricas y cónicas con espolón negro, cuyas últimas vainas de color crema sirven, ya para hacer barcas, ya como arma ofensiva contra toda lagartija del camino; los paraísos, cuyas ramas arden con mucho humo, indispensables para bien sacar camoatíes; los membrillos, afilados en varas recias y delgadas que azotan a maravilla el anca de los petizos; los laureles, sagrados por sus horquetas para hondas; los damascos, que secretan goma interesante al gusto, al revés de la del eucalipto, que es picante; los talas, gracias a cuyos bastones irrompibles los lagartos y víboras viven más bien mal, sobre todo si se tiene cuidado de escoger una rama encorvada, de modo que se pueda golpear de plano sin agacharse mucho.

Todo esto veíamos. El director estaba muy alegre, y para mayor goce nuestro, no se acordaba casi de sus eternos y aburridores discursos de clase sobre moral: «ser bueno, es ser justo; todo proviene de ahí… cuanto más humilde es el objeto de nuestra compasión, tanto más noble es ésta…», etcétera.

Aunque no entendíamos poco ni mucho tales aforismos, creíamos en la suprema virtud de nuestro director. Hubiéramonos llenado del más espantable asombro si nos hubieran dicho que quien así apostolizaba a diario, podía no ejecutar precisamente lo que decía: de tal modo en las criaturas son inseparables los conceptos de prédica y ejemplo.

Entretanto, habíamos recorrido el jardín en todo y contra sentido. Ya era las cuatro y media y debíamos volver. Nos encontrábamos, pues, hacia el portón, cuando al inclinarme sobre un viburnum prunifollium (¡cómo recuerdo el nombre!) vi en su sombra húmeda, sentado gravemente junto a un terrón, un sapo, un sencillo sapo que se mantenía quieto ante el ruido. Lo empujé con el pie y el animal rodó; distinguí un momento su vientre blanco amarillento y enseguida se dio vuelta, quedando inmóvil en tres cuartos de perfil a mí. Mis compañeros llegaron. Ante nuevos pies amenazantes, el animal dio dos saltitos y se detuvo de nuevo. Posiblemente hubiera pasado en un instante a una vida mucho menos accidentada, si el director, al acercarse y ver el buen animal jardinero, no hubiera tenido una idea maravillosa.

—¡Déjenlo, déjenlo —nos gritó alegremente, conteniéndonos con ambos brazos abiertos—, traigan dos ramas!

Sin comprender aún, nos desbandamos y volvimos presto con lo pedido. El director dobló una de aquéllas hasta que sus extremidades se tocaron y, manteniéndolas así, colocó sobre esa angarilla al sapo, mientras, con la otra rama le oprimía el lomo. Entonces se irguió, mirándonos con los ojos brillantes de malicia:

—Lo vamos a poner en la vía del tramway —nos dijo articulando despacio, para dar más sugestión a la ingeniosísima idea. Es de suponerse los festejos que ésta mereció. Aun el menos imaginativo de nosotros vio en un momento el maravilloso aplastamiento. ¡Qué aplastamiento! ¡Qué modo de aplastarlo! En nuestro entusiasmo no buscábamos comparación alguna, porque comprendíamos confusamente que nada había a qué equiparar esa trituración.

—No va a caber ni un dedo entre la rueda y él —se atrevió tímidamente uno de los menores. Nos reímos en su cara.

—¡Ni un dedo!… —replicó otro mirando despreciativamente a la criatura, ya avergonzada—. ¡Ni una araña! ¡Ni una víbora por chica que sea!

Todos lo apoyamos calurosamente con la mirada. Eso de «la víbora por chica que sea» nos pareció sobre todo muy bello y justo.

Enseguida nos encaminamos en triunfo a la calle. Yo, particularmente, estaba excitadísimo. A mi lado marchaba un chico de mi edad, delgado y pálido, que vestía siempre de terciopelo castaño, pantalón de bombacha sujeto sobre las rodillas huesosas, y un gran cuello blanco que le llegaba hasta los hombros. Decíamos de él que era un marica: ya se sabe el desamor a los juegos enérgicos y la dulzura femenina que caracterizan a las criaturas a quienes se califica así.

—¡Qué gusto, matar al sapo! —me dijo con su clara voz—. ¿A ti te gusta?

—¿A mí? —le respondí fogosamente, desafiándolo—. ¡Tres mil sapos mataría! ¡Cuatro mil sapos! ¡Cinco mil sapos mataría!

—A mí no me gusta —repuso, sintiendo en el fondo no ser como nosotros—. Es un animal inofensivo.

—¿Y si te hubiera mordido?

—¡Pero si no muerden!

—¡Oh, no seas idiota! ¡Cómo se te quedan las lecciones de moral! —Y lo dejé para ir adelante.

En un momento el sapo estuvo colocado sobre la vía, y pronto para proporcionarnos la más dulce emoción. Hablábamos todos a la vez. El director alentaba el entusiasmo.

—¡Ahora van a ver! —nos decía, conteniendo siempre nuestra impetuosidad con sus brazos—. ¡Ahora verán cuando pase el tramway! ¡Esperen, esperen, todos van a ver!

Gozaba más que todos nosotros, ya que él había tenido la idea. El animalito se mantenía mal sobre el riel, relevado en aquellos días; resbalaba a cada instante una pata. Miraba atentamente con sus ojos saltones, sin comprender nada.

Un coche se desprendió por fin de la estación, comenzó a crecer y en un momento estuvo sobre nosotros. El motorman, inquieto de lejos al ver los muchachos alineados sobre la vía, se serenó al aproximarse y ver nuestra atención de lo que se trataba. Sin embargo, la posibilidad de haber tenido que detener el coche hizo que continuara el naciente malhumor, y al ver un hombre de barba dirigiendo escrupulosamente la matanza de un sapo, gritó al pasar:

—¡Qué valiente!

No cabe duda de que el buen motorman no había visto nunca por ese lado el acto de matar un sapo: una cobardía; pero es creíble que el contraste entre el grupo triunfante y el pobre animal le sugirió esa expresión que no sentía.

El coche iba ya lejos. El director, que había oído bien, lo siguió con los ojos, más sorprendido que otra cosa. Al fin se volvió a nosotros, tomándonos de testigos:

—¡Qué imbécil! ¿Oyeron lo que dijo?

A todos nos pareció también una imbecilidad.

—¡Qué estúpido! —se volvió a acordar al rato, camino del colegio. En verdad, ninguno recordaba más el sapo.

Pero poco a poco comenzó a inquietarme vaga vergüenza. Lo que el motorman no había sentido al calificar nuestra hazaña, lo sentía yo ahora. Posiblemente mi ruda susceptibilidad de muchacho criado en el campo entraba no poco en esto. Veía planteada así la gracia: un hombre y veinticuatro muchachos martirizando a un animal indefenso. Si el animal hubiera sido más grande —pensaba—, más fuerte, más malo, si «hubiera podido defenderse», en una palabra, el director nunca se hubiera atrevido a hacer eso. En mi condición de muchacho primitivo, y por lo tanto cazador, yo había visto siempre un enemigo de mi especie en todo animal huraño, en especial en los que corren ligero. Había muerto no pocos sapos indefensos, cierto es; pero si en aquellos momentos hubiera oído decir a alguien: «es fácil matarlo porque no puede defenderse», enseguida hubiera dejado caer la piedra. No habría precisado mayores razones de humanidad, que por otra parte no hubiera comprendido; yo era un cobarde al hacer eso, y me bastaba. Pensando esto surgió nítido entonces el recuerdo de un apereá al que rompí el muslo de una pedrada, una tarde después de muchas de acecho en que no pude tenerlo a tiro. El animalito quedó tendido, gimiendo. Al verlo así, toda mi animosidad desapareció y lo levanté en los brazos, sosteniéndolo contra el pecho, arrepentido hasta el nudo en la garganta de mi hazaña. Mi «único» deseo —pasión— mientras lo vi quejarse dulcemente, boqueando y sin tratar ni remotamente de morderme, fue que no muriera, para cuidarlo y quererlo siempre. Pero al rato murió.

Este recuerdo acerbaba la impresión del pobre sapo —sentíame lleno de póstumo amor por él— cobardemente muerto entre veinticinco personas que habrían disparado si el mísero animal hubiera podido hacer la más leve resistencia. Mi indignación no iba hasta el director, porque me ensañaba valerosamente con mi propia humillación. Y cuanto más rabia sentía contra mí mismo, más la sentía por el muchacho de rodillas al aire, pues comprendía que él tenía razón al exponerme la inutilidad de nuestra gracia, y yo no quería concederle eso. Si hubiera habido otro sapo lo habría deshecho a patadas, para probarle que yo no era capaz de sentir ridícula compasión de un sapo. Me acerqué a él perversamente.

—¡Eh! —le dije, refiriéndome al de la vía—. ¡Reventó! ¡Ojalá hubiera otros!

Sin embargo, a la tarde sucedió la noche con nuevas impresiones, y aun aquélla había sido demasiado aguda y precoz para que durara. No me acordaba del sapo sino a ratos perdidos, y más que todo porque pensaba contarle la aventura a papá, para que viera qué clases de moral práctica nos daba el director. En el fondo, lo que yo buscaba eran los aplausos de papá por mis sentimientos generosos.

Efectivamente, el primer domingo de salida le conté todo a papá; pero, contra lo que yo esperaba, ni halló nada ciertamente reprensible en el proceder del director, ni se explicó mis indignaciones sin objeto. Como yo, cortado, comentara un poco el caso, bastante dudoso de mi pretendida humanidad, papá me miró sorprendido e irónico.

—Cuidado —me dijo—, por ahí se va al anarquismo.

Me quedé frío.

—Sí —agregó empujándome del hombro para que lo dejara en paz—, con la compasión a los sapos se empieza.

Yo tenía ideas vagas y heroicas sobre lo que nombraba papá, como defender grandes y nobles causas, odiar hasta morir y especialmente tirar bombas. Pero al saber que, en vez de eso, el anarquismo consistía en tener compasión a cualquier cosa —¡un sapo!— me avergoncé profundamente de mis veleidades de humanidad, hallando completamente ridículo lo que había sentido tras la aventura del Jardín Botánico. Éstas son las primeras lecciones prácticas de moral que recibí y me di a mí mismo.

La vida intensa

Cuando Julio Shaw creyó haber llegado a odiar definitivamente la vida de ciudad, decidiose a ir al campo, mas casado. Como no tenía aún novia, la empresa era arriesgada, dado que el 98 por ciento de mujercitas, admirables en todo sentido en Buenos Aires, fracasarían lamentablemente en el bosque. La vida de allá, seductora cuando se la precipita sin perspectiva en una noche de entusiasta charla urbana, quiebra en dos días a una muñeca de garden party. La poesía de la vida libre es mucho más ejecutiva que contemplativa, y en los crepúsculos suele haber lluvias tristísima, y mosquitos, claro está.

Shaw halló al fin lo que pretendía, en una personita de dieciocho años, bucles de oro, sana y con briosa energía de muchacha enamorada. Creyó deber suyo iniciar a su novia en todos los quebrantos de la escapatoria: la soledad, el aburrimiento, el calor, las víboras. Ella lo escuchaba, los ojos húmedos de entusiasmo —«¡Qué es eso, mi amor, a tu lado!»—. Shaw creía lo mismo, porque en el fondo sus advertencias de peligro no eran sino pruebas de más calurosa esperanza de éxito.

Durante seis meses anticipose ella tal suma de felicidad en proyectos de lo que harían cuando estuvieran allá, que ya lo sabía todo, desde la hora y minutos justos en que él dejaría su trabajo, hasta el número de pollitos que habría a los cuatro meses, a los cinco y a los seis. Esto incumbiría a ella, por cierto, y la aritmética femenina hacía al respecto cálculos desconcertantes que él aceptaba siempre sin pestañear.

Casáronse y se fueron a una colonia de Hohenlau, en el Paraguay. Shaw, que ya conocía aquello, había comprado algunos lotes sobre el Capibary. La región es admirable; el arroyo helado, la habitual falta de viento, el sol y los perfumes crepusculares, fustigaron la alegría del joven matrimonio.

En tres días organizó ella la vida. Shaw trabajaría en la chacra, en el monte o en casa; no era posible precisar más. Ella, en cambio, tenía horas fijas. Temprano, administraría las gallinas —como decía Shaw— y cuidaría de los almácigos. A las seis, vigilaría muy bien el ordeñamiento de las vacas. A las siete, tomarían café con leche. A las ocho, etcétera.

Así se hizo. La preocupación de su trabajo y de los peones dio naturalmente más seriedad al carácter de Shaw. Pero ella, al mes, conservaba aún su embriaguez febril, loca de entusiasmo por su nueva vida. «Demasiada fiebre» amonestábala él, entre dos risas y más besos. En efecto, no había querido llevar piano ni siquiera gramófono, dado que ésas eran horribles cosas de ciudad, y ella deseaba olvidarse de todo, para ser más digna de su nueva existencia, franca, sencilla e intensa. Pero su intensidad fue completa.

Una noche, Shaw escribía una carta, cuando creyó oír afuera cautelosas pisadas de caballo. El tiempo estaba tormentoso y en silencio. Ambos levantaron la cabeza y se miraron.

—¿Qué será? —preguntó ella con voz baja y un poco ansiosa, pronta ya a ir a su lado.

—No sé; parecen pasos de caballo.

Prestó oído, en vano. Volvió de nuevo al papel, pero adivinando que ella había quedado intranquila, fue a la pieza contigua y abrió la ventana, asomándose. La noche estaba muy oscura y calurosa. Apoyó las manos en el marco y esperó un momento. Estando así, sintió que sobre sus pies caía algo desmenuzado, como arena. Movió el pie, constatando que efectivamente era eso. «De la argamasa», pensó. Como no oía nada, cerró la ventana, y, al volverse, vio sobre el piso, en el agudo triángulo de la luz que dejaba pasar la puerta entornada, una serpiente negra que se deslizaba hacia el cuarto en que estaba su mujer. Shaw comprendió por qué había caído la arena al paso del reptil sobre el marco y entre sus manos. Sabía también que mientras no se le hostigara, el animal no atacaría. Pero pensó también, con un nudo en la garganta, que su mujer podría no verla y pisarla.

—¡Inés! —la llamó en voz ni alta ni baja.

—¿Qué hay? —oyó.

—Óyeme bien —añadió lentamente y en calma—. No te muevas. No tengas miedo. Óyeme bien. Pero no te muevas por nada. Ha entrado una víbora… ¡No te muevas, por Dios!

Un grito de espanto le había respondido.

—¡Julio, Julio!

—¡No corras, no corras! —gritó él a su vez, precipitándose sobre la puerta.

—¡Julio!… —oyó aún. Y enseguida su alarido. Se lanzó a él, lívida de terror—. ¡Me picó aquí! ¡Ay, no quiero morir! ¡Julio, no quiero morir!

—¿Dónde? —rugió Shaw, más lívido que ella.

—¡Aquí, en la mano!… Tropecé… ¡Ay, me duele, me duele mucho! ¡Julio, mi Julio, te quiero!…

Shaw se desprendió un segundo y aplastó de un silletazo a la serpiente, presta a un nuevo ataque. Ligó enérgicamente la muñeca y hendió con su cortaplumas, hasta el fondo, los dos puntos que habían dejado los colmillos, de que corrían dos hilitos negros. Al ver saltar la sangre, la joven dio un nuevo grito, tratando desesperadamente de desprender la mano. Pero Shaw resistió e hizo correr con todas sus fuerzas la sangre hacia la herida.

—¡Me duele, Julio, me duele mucho!… ¡No quiero morir! ¡No, no quiero morir! —gritaba desesperada, alzando cada vez más la voz. Shaw corrió y llenó como pudo de permanganato la jeringa. Pero ella, al ver la aguja, logró arrancar esta vez su mano.

—¡Inés, por favor! —clamó Shaw rudamente, esforzándose en recobrarla.

—¡No, no! —se debatía ella—. ¡No quiero más! Ay, no sé… ¡Me ahogo! ¡Ay, Julio, me ahogo!…

Shaw vio su instantánea palidez, y los dos hilitos de sangre lenta y negra surgieron fúnebres. «Ha picado en una vena… se muere», se dijo aterrado. Su pensamiento se retrató, a pesar suyo, de tal modo en sus ojos, que ella comprendió.

—¡Inés, mi vida!

—¡No, no quiero morir, no quiero morir! —gritó enloquecida, ahogándose.

—¡Inés, mi Inés querida! —se le quebró la voz en un sollozo. Pero ella lo rechazó, lanzándole de reojo una mirada dura.

—¡Tú tienes la culpa! Me has traído aquí… Yo no quería morir… ¡Me has dejado morir!…

Shaw sintió que algo de su propia conciencia vital se quebraba para siempre, al revivir en un segundo los siete meses en que ella lo había mirado con los ojos húmedos de fe y de confianza en él.

—¡Me muero por tu culpa!… ¡Me has traído a morir aquí!… ¡Mamá!…

Shaw hundió la cara en la colcha.

—Perdóname —le dijo.

—No… yo no quería venir… —Se asfixiaba, jadeando con voz ronca, de hombre casi—. Me has matado… ¡mamá!… ¡mamá!…

Un instante después moría. Shaw quedó largo rato sin moverse en el cuarto en silencio. Al fin salió, dio órdenes a los peones que con los gritos se habían levantado y vagaban curiosos por el patio, y se sentó afuera contra la pared, en un cajón de kerosene, bebiendo hasta las heces su triunfo de vida intensa.

La defensa de la patria

Durante la triple guerra hispano-americana-filipina, la concentración de fuerzas españolas en las islas Luzón y Mindanao fue tan descuidada, que muchos destacamentos quedaron aislados en el interior. Tal pasó con el del teniente Manuel Becerro y Borrás. Éste, a principios de 1898, recibió orden de destacarse en Macolos. Llegaba de España, y Macolos es un mísero pueblo internado en las más bajas lejanías de Luzón.

Mudarse todos los días de rayadillos planchados y festejar a las hijas de los importadores es porvenir, si no adorable, por lo menos de bizarro sabor para un peninsular. Pero desaparecer en una senda umbría hacia un país de lluvia, barro, mosquitos y fiebres fúnebres, desagrada.

Como el teniente era hombre joven y entusiasta, aceptó sin excesivas quejas el mandato. Internose en los juncales al frente de cuarenta y ocho hombres, se embarró seis días, y al séptimo llegó a Macolos, bajo una lluvia de monótona densidad que lo empapaba hacía cinco horas y había concluido, con la excitación de la marcha, por darle gran apetito.

El pueblo en cuestión merecía este nombre por simple tolerancia geográfica. Había allí, en cuanto a edificación clara, algo como un fuerte, bien visible, blanqueado, triste. El sórdido resto era del mismo color que la tierra.

Pasado el primer mes de actividad organizadora y demás, el teniente aprendió a conocer, por los subsiguientes, lo que serían veinticuatro de destacamento avanzado en Filipinas.

No tuvo tiempo; en comienzos de abril recibió voz de alerta, pues sabíase a ciencia cierta que los nativos se disponían a levantarse el 31 de mayo. El teniente aprestose concienzudamente, como un alumno recién egresado de la escuela militar, a la defensa. Rodeaba el fuerte una empalizada de bambú, tan descuidada que el recinto estaba siempre lleno de gallinas ajenas. Deshízola y en su lugar dispuso una de gruesos troncos, amontonando contra ella bolsas de arena. En el arroyo adyacente levantó una trinchera de piedra, con su foso. Taló el cañaduzal vecino, cuyo macizo llegaba hasta doscientos metros del fuerte. Precaución honorable, pues tal plantación tiene por misión, en tiempo de guerra, fusilar a los europeos de un modo profundamente anónimo. Hizo muchas cosas más de que entienden los militares, y por último acopió cuantos bueyes y carabaos pudo, sin contar el arroz.

Llegó así el 4 de junio y tuvo noticia de que la insurrección había estallado en la fecha anunciada: la nueva llegaba de un pueblo. Las comunicaciones con Manila habían sido cortadas dos meses antes, y no le extrañó ya el silencio de aquélla. Por otra parte, en esos dos duros meses Manila olvidó los destacamentos avanzados por problemas más estruendosos.

Los escasos peninsulares de Macolos abandonaron el pueblo, harto mezquino. El teniente, con tranquila decisión, había resuelto agujerear cuantas camisas blancas pudieran ser cubiertas por el máuser, hasta ser macheteado él mismo. Tal vez si hubiera vivido algo más en la colonia no hubiera pensado cosas irreparables; pero llegaba de España, con honrado amor a la patria.

El 15 de junio comenzó la lucha en la trinchera del arroyo. El enemigo, poco numeroso, retirose, para volver dos días después; pero a pesar de la confortante gritería, se estrelló de nuevo, dado que el teniente no mostraba ninguna prisa por salir de allí. Nueva tregua, y esta vez por un mes. Cuantas exploraciones para concentrarse se hicieron fueron rechazadas, hasta que el enemigo volvió un día al arroyo. Pero como los tagalos no parecían tener decidida urgencia en hacerse abrir el vientre de abajo arriba, los españoles pudieron retirarse. La tregua nocturna era oficial, por suficiente desconfianza y no escasa cordura. El teniente pudo así mantenerse tres días. Retornaban al fuerte de noche, deshechos de cansancio, con el pantalón a la rodilla y las piernas embarradas por la travesía de las sementeras. Algunos volvían con dos fusiles, pues allá quedaban compañeros todas las tardes.

Los filipinos se apoderaron al fin del arroyo, y desde ese momento la defensa se circunscribió en la empalizada. La munición, pródigamente acopiada, continuó cruzando el aire y dando en el blanco con tal perseverante solicitud, que el enemigo desistió de asaltar el fuerte. El sitio por hambre comenzó lleno de juicio, ilustrado —eso sí— para activarlo, con fusiladas sutiles que tendían claramente a insinuarse entre los ojos de los españoles parapetados.

Los días siguieron así, con ellos los meses, y tan bien que el último carabao fue comido. Poco después el café desapareció, y desde entonces la guarnición alimentose de arroz cocido en agua. A esto, ya profundamente disgustante, agregáronse las lluvias de invierno, cuyas fiebres hicieron fielmente presa de heridos con hambre y centinelas empapados. Las heridas, mal cuidadas, se gangrenaban; cinco soldados pasaron de tal modo rápidamente a una más completa disolución.

Sobre todo, el hambre y las lluvias. De vez en cuando, un explorador asalto de gritos y balas llevaba a la mísera guarnición a la empalizada, y alguno se hacía siempre agujerear las cejas, golpeando la cara muerta entre los intersticios de los troncos.

Cuando el arroz se hubo picado y el teniente vio a sus hombres, heridos, enfermos, mudos, hoscos de hambre y rabia, se enterneció y decidiose a decirles algo, a pesar de su incapacidad.

—Compañeros —les dijo—. Si me ayudan, estoy dispuesto a no entregarme a estos traidores… Estamos abandonados y sufrimos todos; pero allá lejos está la patria, España… ¡España es nuestra patria, compañeros!… ¡Esto también es España, compañeros! Estamos muertos de hambre, pero mientras haya uno solo de nosotros, aquí, rodeada de traidores, está nuestra historia… La patria y su gloria están aquí, aquí… ¡Nuestra España, mi España, compañeros!…

La patria sacra se le subió a la garganta y no pudo continuar. Se estiró el bigote tenazmente, mirando a la pared. Los soldados sintieron, sobre su miseria y exclusiva ansia de alimento y descanso, nada más, la gloria humana de sacrificar la vida a una idea. Aun vibrando de ternura, ninguno dijo nada. Pero cuando uno se atrevió a ¡Viva España!, todos le respondieron enseguida con un grito rabioso de intensidad desahogada.

Diez días después las intentonas de asalto recrudecieron, no fue más posible defender la empalizada, y la guarnición se sostuvo en el fuerte. Una semana después el enemigo se retiró y al día siguiente desembocó en el cañaduzal rozado una fuerza regular. Bajaron todos; eran apenas once, harapientos, flacos, huraños, aniquilados de fiebre y lucha, con el alma plena, sin embargo, de haber hecho todo lo posible. Pero el batallón era norteamericano, y no es envidiable lo que habrá sentido aquella gente cuando se enteró de que España había vendido Filipinas hacía cinco meses, y habían estado defendiendo el pabellón enemigo.

La madre de Costa

Un hombre casado se debe a su mujer; pero un soltero sin familia, a su dueña de casa.

Abalcázar Costa —en provincias hay siempre nombres raros— vino de la suya con excelentes notas en bachillerato y escaso dinero. Púsose a buscar una casa de huéspedes donde se comiese bien —porque los muchachos que vienen tienen gran apetito— y hubiera tranquilidad.

Hallola en la calle Cevallos, una vieja casa de dos patios, que quedara enclavada entre altísimos muros. Por cierto, no había sol. En verano, y durante dos meses, alcanzaba a insinuarse hasta el marco superior de las puertas, nada más. En invierno, los frisos tenían una línea verde de humedad y en la casa oscura reinaba un vaho de sótano.

Con todo, había tranquilidad, y Costa propúsose aprovecharla, lo que era innegable, y pensó vivir allí mucho tiempo, lo que no lo fue tanto. Se hospedaban en aquélla ocho o diez inquilinos, y regía su destino la dueña de casa, persona repleta de promesas y que vestía siempre de negro, como conviene a una patrona seria y madre de sus hijos.

Costa encantose de ella, pues es cierto que en los primeros tiempos la dueña de casa tuvo con él gracias extraordinarias. No se sabe cómo pudo Costa obtener un mes entero la comida a la hora que él deseaba. Para los demás —y entre ellos, yo— el problema era irresoluble. Acaso, acaso en un tiempo remoto, cuando nos instalamos, nos cupo a nosotros igual dicha; pero la subsecuente mala suerte nos había hecho olvidar de la buena. Lo cierto es que durante un mes, Costa fue servido antes de media hora de sentarse a la mesa, halló siempre azúcar en la azucarera y agua en las jarras, y demás circunstancias felices, propias de una persona afortunada.

Nosotros llamábamos a nuestra solícita madre, doña Josefa; Costa decía misia Josefa, y la trataba con deferencia. El muchacho era muy culto en sus expresiones.

Mas andando el tiempo, Costa llegó a su vez a conocer la cantidad de pan que se puede comer antes de que llegue la sopa, y comenzó a dudar de que «Enseguidita, señor» supusiera precisamente ser servido acto continuo. No dejaba jamás de oír a sus circunspectas observaciones: «¡Pero será posible!… Sí, señor; tiene razón… tiene razón… ¡Enseguidita!».

Un mes más tarde su persona pudiera haber entrado en la norma de la nuestra, lo que vale decir que a fuerza de haber perdido la paciencia hubiérale sido posible adquirirla en modo prodigioso. Pero Costa tenía un concepto perjudicial, del que nosotros nos librábamos bien, y era el de la justicia. Costa pagaba religiosamente el 31 de cada mes; no incomodaba nunca a la cocina, pues comía a horas fijas; no se olvidaba de la llave de calle; no tenía jamás ocurrencias de cambiar la posición de sus cuadros a las once de la noche y a rotundo martillo. Todo esto, que constituía las garantías de su excelente condición de huésped, no le era devuelto en idéntico grado. La dueña de casa no era «justa» sirviéndole así, y esta consideración que en nosotros no levantaba ya ni siquiera la presunción de que doña Josefa pudiera haberlo sido o serlo en los siglos venideros, disgustaba mucho a Costa, pues no impunemente se es bueno, provinciano y serio estudiante de Derecho.

Así, Costa llegó a ver seca en él la última radícula de su buena fe cuando doña Josefa le respondía: «¡Ay, pobrecito señor Costa!… ¡Enseguidita, enseguidita, señor!»… Con lo cual habría llegado mansamente a ser como nosotros, «hijos» de ella, si su concepto de justicia no lo hubiese arrastrado mucho más lejos de lo que él jamás soñó.

Una noche de crudo frío, a las ocho, estaba yo en el cuarto de uno de nuestros compañeros, vecino —tras puerta amurada— de Costa. Oímos que éste entraba y comenzaba a desvestirse, sin los previos gorgoreos habituales, pues se limpiaba siempre los dientes antes de acostarse.

—Costa no se dedica hoy al estudio —dijo mi amigo. Efectivamente, no era esa recogida temprano un hábito de su instrucción. Luego sonó su voz en la puerta:

—¡Doña Josefa!

Pasó un rato en silencio. Y otra vez su voz, ya impacientada:

—¡Doña Josefa!

Nosotros nos miramos. La casa era honda y su dueña tenía el cariñoso oído un poco débil para la voz de sus hijos. Al fin llegó, caminando apresurada:

—¡Pero me estaba llamando, pobrecito señor Costa! ¿Qué quiere? ¿Qué quiere?

Costa pidió algo y sentimos que se acostaba. Corrió una hora, acaso mucho más.

Lo cierto es que volvimos a oír a doña Josefa que abría la puerta de Costa.

—Aquí está la leche. ¿No será nada eso que tiene, no? Pobrecito señor Costa…

Seguramente Costa había probado la leche, porque nos llegó su voz, esta vez bastante alta:

—¡Llévese al diablo su leche! ¡Después de dos horas, y sabiendo que estoy enfermo, me la trae fría!

—¡Pero, señor Costa, acabo de sacar del fuego su lechecita!…

—¡Llévela, llévela! —y aquí una expresión, no fuerte en nosotros, pero extraordinaria en él.

—¡Bueno, señor, bueno! —respondió doña Josefa. Y salió.

—¡Pobre Costa! —murmuró mi compañero—. No sabe lo que es nuestra madre.

Dos días después, al anochecer, disponíame a salir, cuando sentí que llamaban a mi puerta. Abrí, y un muchacho joven y rubio, a quien había visto en el cuarto de Costa algunas veces, me dijo, profundamente alterado:

—Costa se está muriendo.

Fuimos a su pieza. Lo que primero sentí fue la atmósfera pesada, con un olor ácido a vómito. En la cama, completamente cambiado, el pelo pegado a la frente y la boca abierta, Costa se iba a razón de doscientas inspiraciones por minuto.

—¿Hace rato que usted lo vio? —pregunté a mi amigo.

—¡Recién! —me respondió angustiado, en voz baja—. No sabía nada… Abrí la puerta y lo vi… ¿Qué tiene?

—No sé. Mejor es que vaya corriendo a buscar un médico.

Diez minutos después llegaba con éste. El hombre lo miró de cerca, le bajó el párpado, lo pulsó, lo auscultó.

—Este muchacho se muere —nos dijo—. Tiene un edema pulmonar. ¿Quién lo ha cuidado?

El muchacho rubio me miró.

—No sé… creo que nadie…

El médico a su vez nos miró a los dos.

—Cómo, creo que nadie…

Entonces le dije lo que sabía: la entrada de Costa, dos noches antes, la historia de la leche, y nada más. El médico echó una ojeada a sus pies y alrededor, y se encogió de hombros:

—¡Estamos frescos! Aquí no ha entrado nadie desde hace dos días.

Una hora más tarde, Costa estaba muerto. Comentábamos el caso en la pieza vecina, cuando entró doña Josefa, llorando a lágrima viva.

—El pobrecito señor Costa… Haberse muerto así, solito… Yo que lo quería como a un hijo…

La cosa era demasiado fuerte y le rogamos que fuera a su cuarto a llorar a todos los demás hijos que seguramente había matado.

Se hizo telegrama a la familia de Costa. De noche doña Josefa volvió a jurarnos, llorando, que había ido varias veces a preguntar al pobrecito señor Costa si quería algo, pero que no había respondido… Que tal vez, tal vez no había ido, lo confesaba, pero que nos compadeciéramos de ella…

Al fin arranconos la promesa de no decir nada. Pero dos días después tres inquilinos del primer patio abandonaban a su buena madre sin decir por qué, y los demás nos quedábamos por pereza de buscar nueva casa.

Las voces queridas que se han callado

Hay personas cuya voz adquiere de repente una inflexión tal que nos trae súbitamente a la memoria otra voz que oímos mucho en otro tiempo. No sabemos dónde ni cuándo; todo ello fugitivo e instantáneo, pero no por esto menos hondo. La impresión, sobrado inconsistente, no deja huella alguna; y justamente lo contrario fue lo que nos pasó a Arriola y a mí, cierta vez que veníamos de Corrientes.

El muchacho tenía diez u once años. Era delgado, pálido, de largo cuello descubierto y ojos admirables. Estaba en el salón, sentado con varios chicos a nuestra mesa vecina, y cuando oímos su voz Arriola y yo nos miramos. Era indudable: habíamos sentido la misma impresión; y tan bien la leímos mutuamente en nuestros ojos que aquél se echó a reír con su portentosa gravedad local.

—¡Pero es sorprendente! —le dije—. ¿A usted también le ha hecho el mismo efecto?

—¡El mismo! ¡Es una voz que he oído mucho, pero mucho!

—Sí, y una voz querida…

—Y de mujer…

—Muerta ya…

Coincidíamos de un modo alarmante. Lo que él observaba era exactamente lo que sentía yo, y viceversa. Estábamos sinceramente inquietos. Cada vez que el muchacho decía algo —con sus inflexiones falseadas de voz que está cambiando— tornábamos a mirarnos. ¡Pero dónde, dónde la habíamos oído! Yo había evocado ya en un segundo todas las voces más o menos queridas, y es de suponer que Arriola no había hecho cosa distinta. Y no la hallábamos. Mas a cada palabra del chico sentíamos que nuestros corazones se abrían estremecidos de par en par a esa voz que remontaba. ¿De dónde?

Había algo más: ¿por qué ambos sentíamos lo mismo? Bien comprensible que él o yo hubiéramos amado mucho a una persona muerta cuya voz renacía en la garganta de muchacho débil. Pero los dos, al mismo tiempo…

—¡Qué notable! —murmuraba Arriola, sin apartar sus ojos de los míos, mientras oíamos—. ¡Estoy seguro de que he querido locamente esa voz!

—Yo, igual. ¿Cómo diablos hemos amado a la misma?…

Consideramos todo lo que es posible de tal rareza, y cuando tres días después llegábamos a Buenos Aires, Arriola se separaba de mí con la certeza de que en la bella mirada del chico había algo más.

Como, en concepto general, dudo de las manifestaciones de Arriola cuando son excesivas, no sé hasta qué punto pudo él haber oído la imploración de su alma a esa muerta voz de amor que llegaba otra vez a acariciarla. Pero sé de mí que mi corazón habíase abierto con ansiosa sed de toda la dicha que ya conocía y tornaba a prometerle su inflexión.

Yo no recordaba ninguna mujer que hubiera tenido ese timbre. Haberla amado en una existencia anterior, y justamente en compañía de mi amigo, era bastante inadmisible, tanto como en esta suposición: la personita —debiendo haber sido mujer, predestinada a un cuádruple amor, de Arriola y yo a ella y de ella a ambos— había nacido equivocadamente varón.

Mas corrieron veinte días. Arriola había vuelto a Corrientes, y haciéndolo yo a casa, una tarde, vi pasar al muchacho en cuestión. Lo llamé.

—¡Buenas tardes, compañero de viaje! ¿Te acuerdas de mí?

El chico se puso colorado, muy contento.

—Sí; usted venía con un señor…

—¿…?

—De voz muy gruesa…

—Eso es. ¿Vives aquí?

—En Barracas…

Díjele que fuera a verme a casa al día siguiente, y esa noche telegrafié a Arriola:

Encontré muchacho. Voz igual.

Y la respuesta:

Alégrome. No olvido impresión. Averigüe algo.

Tenía probablemente más interés que él de saber. Había vuelto a sentir la sacudida primera y, para mayor turbación, a las respuestas del muchacho mi alma respondía con un eco de amor, como si antes, antes hubiera tenido las mismas de ella.

No es, sin embargo, sensato permitir que el propio corazón cree y llore por su cuenta amores que ignoramos en absoluto. Decidí hacer hablar al chico y que me mirara bien con sus bellos ojos… ¡Sus ojos!… Me detuve bruscamente. ¡Eran ojos de mujer, sin duda! Y si su hermana tiene la misma voz y la misma mirada… Una predestinación de raciocinio, en verdad. Pero claro se nota que el nuevo giro —pudiendo ser tan absurdo como los anteriores— era al menos extraordinariamente agradable.

Un día después el chico venía a verme. Supe que eran pobres, que él se emplearía, por supuesto, si no debiera trabajar mucho porque no era fuerte, y que en efecto tenía una hermana.

Cuatro horas más tarde llegaba a su casa, dos pobres piezas en Barracas. La madre mostrose muy agradecida a mi solicitud, pero la muchacha no tenía los ojos del hermano —dueña, en cambio, como de una enagua de bombasí, de una doméstica y robusta voz.

Al oír mi nombre, la madre mirome con atención y discreto cariño.

—Perdóneme la indiscreción, señor Correa: ¿su familia es de Mercedes?

—Sí, señora.

Volvió a observarme detenidamente.

—He conocido mucho a su papá…

Salí lleno de curiosidad por el inesperado giro de mi amor muerto, y torné al telegrama, esta vez a mi madre:

¿Conoces familia R.? Escríbeme enseguida.

La carta llegó, bastante agria, por otro lado, para la aludida. La familia había vivido en mi pueblo natal, más o menos en la época del nacimiento de mi amiguito, y ella, mi madre, no tenía fuertes motivos para querer a la del chico.

¡Roto, mi encanto! Mi alma se había equivocado buenamente, sintiendo dulzuras de amor femenino en las inflexiones de una voz que no era sino hermana suya.

Y en ese momento me acordé de golpe: ¿Y Arriola? ¿Qué tenía que ver Arriola con todo esto, y por qué él también había sentido?…

Como se ve, la nueva complicación era suficientemente grotesca para motivar otro telegrama, esta vez urgente y recomendado:

Muchacho acaso pariente mío. ¿Qué hacemos de usted?

A lo que Arriola respondió:

No sea estúpido. Abrazos.

El galpón

Si se debiera juzgar del valor de los sentimientos por su intensidad, ninguno tan rico como el miedo. El amor y la cólera, profundamente trastornantes, no tienen ni con mucho la facultad absorbente de aquél, siendo éste por naturaleza el más íntimo y vital, pues es el que mejor defiende la vida. Instinto, lógica, intuición, todo se sublima de golpe. El frío medular, la angustia relajadora hasta convertir en pasta inerte nuestros músculos, lo horrible inminente, nos dicen únicamente que tenemos miedo, miedo; esto solo basta. Por otro lado, su reacción, cuando felizmente llega, es el mayor estimulante de energía física que se conozca. Un amante desesperado o un hombre ardiendo en ira forzarán al cuerpo humano a que entregue su último átomo de fuerza; pero a todos consta que si a aquéllos el paroxismo de su pasión es capaz de hacerles correr cien metros en diez segundos, el simple miedo les hará correr ciento diez.

Estas conclusiones habían sido sacadas por Carassale de charla al respecto y éramos cuatro en un café de estación: el deductor; Fernández, muchacho de cara maculada con opalinas cicatrices de granos y gruesa nariz, cuyos ojos muy juntos brillaban como cuentas en la raíz de aquélla; Estradé, estudiante de ingeniería casi siempre, y gran jugador de carreras cuando no sabía qué hacer, y yo.

Fernández conoce poco a Carassale. He dado a la consideración de éste un tono dogmático —forzado por razones de brevedad— de que está muy lejos el discreto amigo. Aun así, Fernández lo miró con juvenil y alegre impertinencia.

—¿Usted es miedoso? —preguntole.

—Creo que no, no mucho; a veces, de nada, pero otras, sí.

—¿Pero miedo, no?

—Sí, miedo.

Ahora bien; es también sabido que en amor y valor no son aquellos que se dicen ungidos de gracia los más afortunados. Mas Fernández era muy joven aún para tener discreción en lo primero, y ya sobrado viejo para ser sincero en lo otro. Estradé apoyó a Carassale.

—Sí, yo también. Por mi parte, a excepción de los miedos formidables como el de una criatura que abrazada a su madre siente forzar las cerraduras de la quinta asaltada, creo que los miedos reales pervierten mucho menos la inteligencia que aquellos absurdos. Uno de mis recuerdos más fuertes proviene de esto. En fin…

—No, no; cuente.

—Sería menester haberlo pasado; pero de todos modos ahí va.

»Ustedes saben que soy uruguayo. De San Eugenio, en el norte. Voy allá —o mejor dicho, iba todos los veranos. Tengo allí dos hermanas solteras aún, que viven con mi tía. Creo que ahora la familia ha hecho edificar algo conveniente, pero entonces la casa era mísera. El cuarto que yo ocupaba en esas ocasiones estaba aislado y lejos del grupo, gracias a una de esas anomalías de las casas de pueblo, por las cuales la cocina queda sola y perdida en el fondo. De modo que como yo solía volver tarde de noche, y mis pasos no han sido nunca leves, prefería hacerlo por la barraca, lindante con la casa de familia, como es natural. Entraba así por atrás, sin incomodar a nadie. Mi tío hacía a menudo lo mismo, pero él por vía de reconocimiento final.

»La travesía era bastante larga. Primero el almacén, después el depósito, luego el sitio para los carros y por fin un galpón con cueros.

»Una noche volvía a casa a la una de la mañana. Excuso comprobarles el silencio de un San Eugenio a esa hora y sobre todo en aquella época. Había una luna admirable. Atravesé almacén y depósito a oscuras, pues conocía de sobra el camino. Pero en el galpón era distinto. Los cueros se caían a veces y las garras de los otros rozaban la cara mucho más de lo necesario.

»Abrí la puerta, cerrela, y como siempre, me detuve a encender un fósforo. Pero apenas brilló la luz, se apagó. Quedé inmóvil, el corazón suspenso. No había adentro el menor soplo de viento, ni mi mano había tropezado con nada. Estaba absolutamente aislado en la oscuridad. Pero había tenido la sensación neta de que me habían apagado el fósforo; alguien había soplado la llama.

»Tenso, volví suavemente la cabeza a la izquierda, luego a la derecha: no veía nada, las tinieblas eran absolutas; apenas allá en el fondo y a ras del suelo filtraban entre las tablas finas rayas de luz.

»En el recinto, sin embargo, estaba el soplo que me había apagado el fósforo. ¿Por qué? Con un esfuerzo de serenidad, logré reaccionar y abrir de nuevo la caja para encender otro. Túvelo ya presto sobre el frotador. ¿Y si me lo soplaban de nuevo? Comprendí que el frío, el terrible frío en la médula me subiría hasta el pelo si me lo apagaban otra vez… Aparté la mano: ¡ya había admitido la posibilidad de que a mi frente, a mi lado, detrás de mí hubiera, en la oscuridad, un ser que en fúnebre familiaridad conmigo estaba ya inclinado para soplar de nuevo e impedirme que viera!

»No podía quedarme más; rompí la angustia avanzando a tientas. Supondrán la impresión que sentí al tocar con la mano algo como garra de cuero. Tropecé, arañeme la cara, pero después de veinte metros recorridos con esa lentitud de miedo que está ya a punto de ser disparada delirante, llegué a la puerta opuesta y salí, con un hondo suspiro. Entré en mi cuarto, leí hasta las tres y media, atento sin querer al mínimo ruido. Es una de las noches más duras que he tenido…

—Sin embargo —lo interrumpió Carassale—, la impresión fue corta.

—No tanto. A la noche siguiente mi tío fue muerto de una puñalada al entrar en el galpón. El hombre, que esperaba a mi tío, me había soplado el fósforo para que no lo viera.

Los guantes de goma

El individuo se enfermó. Llegó a la casa con atroz dolor de cabeza y náuseas. Acostose enseguida, y en la sombría quietud de su cuarto sintió sin duda alivio. Mas a las tres horas aquello recrudeció de tal modo que comenzó a quejarse a labio apretado. Vino el médico, ya de noche, y pronto el enfermo quedó a oscuras, con bolsas de hielo sobre la frente.

Las hijas de la casa, naturalmente excitadas, contáronnos en voz todavía baja, en el comedor, que era un ataque cerebral, pero que por suerte había sido contrarrestado a tiempo. La mayor de ellas, sobre todo, una muchacha fuertemente nerviosa, anémica y desaliñada, cuyos ojos se sobreabrían al menor relato criminal, estaba muy impresionada. Fijaba la mirada en cada una de sus hermanas que se quitaban mutuamente la palabra para repetir lo mismo.

—¿Y usted, Desdémona, no lo ha visto? —preguntole alguno.

—¡No, no! Se queja horriblemente… ¿Está pálido? —se volvió a Ofelia.

—Sí, pero al principio no… Ahora tiene los labios negros.

Las chicas prosiguieron, y de nuevo los ojos dilatados de Desdémona iban de la una a la otra.

Supongo que el enfermo pasó estrictamente mal la noche, pues al día siguiente hallé el comedor agitado. Lo que tenía el huésped no era ataque cerebral sino viruela. Mas como para el diagnóstico anterior, las chicas ardían de optimismo.

—Por suerte, es un caso sumamente benigno. El mismo médico le dijo a la madre: «No se aflija, señora, es un caso sumamente benigno».

Ofelia accionaba bien, y Artemisa secundaba su seguridad. La hermana mayor, en cambio, estaba muda, más pálida y despeinada que de costumbre, pendiente de los ojos del que tenía la palabra.

—Y la viruela no se cura, ¿no? —atreviose a preguntar, ansiosa en el fondo de que no se curara y aun hubiera cosas mucho más desesperantes.

—¡Es un caso completamente benigno! —repitieron las hermanas, rosadas de espíritu profético. Si bien horas después llevábanse al enfermo y su contagio a la Casa de Aislamiento. Supimos de noche que seguía mal, con la más fúnebre viruela negra que es posible adquirir en la Aduana. Al día siguiente fueron hombres a desinfectar la pieza donde había incubado la terrible cosa, y tres días después el individuo moría, licuado en hemorragias.

Bien que nuestro contacto con el mortal hubiera sido mínimo, no vivimos del todo tranquilos hasta pasados siete días. Fatalmente surgía a diario, en el comedor, el sepulcral tema, y como en la mesa había quienes conocían a los microbios, éstos tornaron sospechosa toda agua, aire y tacto.

La muerte, ya habitual seguramente en los terrores nerviosos de Desdémona, cobró esta vez forma más tangible en la persona de sus sutiles nietos.

—¡Oh, qué horror, los microbios! —apretábase los ojos—. Pensar que uno está lleno de ellos…

—Tenga cuidado con sus manos, y descartará muchas probabilidades —compadeciola uno.

—No tanto —arguyó otro—. Ha habido contagios por carta. ¿A quién se le va a ocurrir lavarse las manos para abrir un sobre?

Los ojos desmesurados de Ofelia quedáronse fijos en el último. Los otros hablaban, pero éste había sugerido cosas maravillosamente lúgubres para que la mirada de la joven se apartara de él. Después de un rato de inmóvil ensueño terrorífico, mirose bruscamente las manos. No sé quién tuvo entonces la desdicha de azuzarla.

—Llegará a verlos. La insistencia en mirarse las manos desarrolla la vista en modo tal que poco a poco se llega a ver trepar los microbios por ella…

—¡Qué horror! ¡Cállese! —gritó Desdémona.

Pero ya el trastorno estaba producido. Días después dejaba yo de comer allá, y un año más tarde fui un anochecer a ver a la gente aquella. Extrañome el silencio de la casa; hallé a todos reunidos en el comedor, silenciosos y los ojos enrojecidos; Desdémona había muerto dos días antes. Enseguida recordé al individuo de la viruela; tenía por qué, sin darme cuenta.

Durante el mes subsiguiente a mi retirada, Desdémona no vivió sino lavándose las manos. En pos de cada ablución mirábase detenidamente aquéllas, satisfecha de su esterilidad. Mas poco a poco dilatábanse sus ojos y comprendía bien que en pos de un momento de contacto con la manga de su vestido, nada más fácil que los microbios de la terrible viruela estuvieran trepando a escape por sus manos. Volvía al lavatorio, saliendo de él al cuarto de hora con los dedos enrojecidos. Diez minutos después los microbios estaban trepando de nuevo.

La madre —que habiendo leído antes de casarse una novela, conservaba aún debilidad por el más romántico de los tres nombres filiales— llegó a hallar excesivo ese distinguido temor. La piel de las manos, terriblemente mortificada, lucía en rosa vivo, como si estuviera despellejada.

El médico hizo notar claramente a la joven que se trataba de una monomanía —peligrosa, si se quiere, pero al fin monomanía. Que razonara, etcétera.

Desdémona asintió de buen grado, pues ella lo comprendía perfectamente. Retirose muy feliz. Después de reírse de sí misma con sus hermanas, llevose las manos vendadas a los ojos, con un hondo suspiro de obsesión concluida al fin.

—Pensar que yo creía que trepaban… —se dijo; y continuó mirándolas. Poco a poco sus ojos fuéronse dilatando. Sacudió por fin aquéllas con un movimiento brusco y volvió la vista a otro lado, contraída, esforzándose por pensar en otra cosa. Diez minutos después el desesperado cepillo tornaba a destrozar la piel.

Durante largos meses la locura siguió, volviendo alegre de los consultorios, curada definitivamente, para, después de dos minutos de muda contemplación, correr al agua.

Fuese a otro médico, el cual, más escéptico que sus colegas respecto a ideas fijas, librose muy bien de sugestiones intelectuales, tentando, en cambio, la curación en la misma corriente de aquéllas. En pos de un atento examen de la mano en todo sentido, dijo a Desdémona, con voz y ojos muy claros:

—Esta piel está enferma. Su cepillo la maltrata más aún, pero hay que modificarla; siempre, si no, estaría expuesta.

Y perdió dos horas en tocar la mano casi poro por poro con una jeringuilla llena de solución A. Luego, cada diez contactos, un algodón empapado en solución B, y oprimido allí silenciosamente medio minuto.

Ese día fue Desdémona tan dichosa que en la noche despertose varias veces, sin la menor tentación, aunque pensaba en ello. Pero a la mañana siguiente arrancose todas las vendas para lavarse desesperadamente las manos.

Así el cepillo devoró la epidermis y aquéllas quedaron en carne viva. El último médico, informado de los fracasos en todo orden de sugestión, curó aquello, encerrando luego las manos en herméticos guantes de goma, ceñidos al antebrazo con colodiones, tiras y gutaperchas.

—De este modo —le dijo—, tenga la más absoluta seguridad de que los microbios no pueden entrar. A más, debo decirle que en el estado en que están sus manos, a la menor locura que haga puede perderlas.

—¡Si sé que son locuras mías! —reíase confundida.

Y fue feliz hasta el preciso momento en que se le ocurrió que nada era más posible que un microbio hubiera quedado adentro. Razonó desesperadamente y se rió en voz alta en la cama para afirmarse más. Pero al rato la punta de una tijera abría un diminuto agujero en los guantes. Como era incontestable que los dos microbios saldrían de allí, tendiose calmada. Pero por los agujeros iban a entrar todos… La madre sintió sus pies descalzos.

—¡Desdémona, mi hija! —corrió a detenerla. La joven lloró largo rato, la cabeza entre las almohadas.

A la mañana siguiente la madre, inquieta, levantose muy temprano y halló al costado de la palangana todas las vendas ensangrentadas. Esta vez los microbios entraron hasta el fondo, y al contarme Ofelia y Artemisa los cinco días de fiebre y muerte, recobraban el animado derroche verbal de otra ocasión, para el actual drama.

Las Julietas

Cuando el matrimonio surge en el porvenir de un sujeto sin posición, este sujeto realiza proezas de energía económica. Triunfa casi siempre, porque el acicate es su amor, vale decir horizonte de responsabilidad o en total respeto de sí mismo. Pero si el estimulante es el amor de ella, las cosas suelen concluir distintamente.

Ramos era pobre y además tenía novia. Ganaba ciento treinta pesos asentando pólizas en una compañía de seguros, y bien veía que, aun con mayor sueldo, poco podría ofrecer a los padres, supuesto que es costumbre regalar a la que elegimos compañera de vida una fortuna ya hecha, como si fuera una persona extraña. El mutuo amor, sin embargo, pudo más, y se comprometió, lo que equivalía a perder de golpe su pereza de soltero en lo que respecta a mayor o menor posición.

Luego, Ramos era un muchacho humilde que carecía de fe en sí mismo. Jamás en su monótona vida hubiera sido capaz de un impulso adelante, si el amor no llega a despertar la gran inquietud de su pobreza. Averiguó, propuso, hasta insinuó, lo que era formidable en él. Obtuvo al fin un empleo en cierto ingenio de Salta. Como allá la subdivisión de trabajo no es rígida, por poco avisado que sea el desempeñante, llega fácilmente a hacerlo todo. Ramos tenía exceso de capacidad, y acababa de adquirir energía en la mirada de su Julieta.

La noche en que habló con ella del proyecto, Julieta lloró mucho, a ratos inerte y pensativa, y a ratos abrazada a él. ¡Salta! ¡Era tan lejos eso! ¿No podía quedarse aquí? ¿No podían vivir con ciento treinta pesos?… Ramos conservaba un poco más de razón y negaba melancólicamente lo último. A más, no se quedaría siempre allá. Él creía que en dos años podría ahorrar mucho, mucho, y las relaciones comerciales… Luego se casarían. Y como la diminuta frase: «cuando nos casemos» sugiere a las novias estados muy distintos de la tristeza, Julieta recobraba esperanzas, valor y fe en el porvenir. Con lo cual el muchacho marchó a Salta.

Ramos halló el ingenio en un mal momento. Las libretas de los peones estaban en un desorden tal, que fuéronle menester veinticinco días para asentar medianamente aquéllas. Tan bien trabajó y tanta paciencia tuvo con los peones —preciso es haber tratado de desenredar la dialéctica económica de doscientos indios— que el gerente vio enseguida a su hombre. No se lo dio a conocer, sin embargo, cual es prudente en un patrón.

Entretanto, llegaban cartas de Buenos Aires. «No me conformo con el destino». «Sufro mucho más que tú». «Yo, en tu caso, volaría a ver a tu Julieta». «¿No puedes venir, aunque sea por dos días?»

Ramos contestaba que por eso mismo, por quererla mucho, debía quedarse allá. Y en efecto, tal como estaban los asuntos de reorganización, no podía soñar siquiera con ello.

Hasta que una noche recibió un telegrama de Julieta: estaba grave. Tras la profunda sacudida de su amor centuplicado, Ramos pensó con angustia en su trabajo a medio hacer. Fue sin embargo a hablar al gerente, quien con voz seca le hizo notar la inconveniencia de esa medida. Ramos insistió: su novia se moría.

Apenas llegado a Buenos Aires, voló a casa de ella; pero Julieta saltó corriendo a su encuentro.

—¡Viniste, por fin! —se reía—. ¿A que si no te hacía el telegrama, no venías?

Pero Ramos la había querido demasiado, en esos tres meses de dura vida, para no sentir hasta el fondo del alma el hielo de su supremo aislamiento.

—No debías haberme escrito eso —dijo al fin.

—¡Pero si quería verte!

—Sí, y cuando vuelva me echan.

—¡Y qué importa! —lo abrazó.

La noche no fue serena; y cuando Ramos dijo a su novia que partiría al otro día, Julieta tornose huraña y displicente.

—Sí, ya sé; te vas porque no me quieres.

—¡No es eso, no! ¿Quieres que me muera de hambre aquí?

—¡No sé, no sé nada! Pero te vas porque no me quieres.

El muchacho volvió a Salta, envejecido de desánimo. En la ciudad, donde se detuvo cuatro días, llegole carta de Julieta. La novia rompía con él, comprendiendo que eso sería para felicidad de los dos. Ramos comprendió también que la influencia de la madre, irreductible y vencedora al fin, pesaba en esa determinación. Quedábale su trabajo. Él, que había luchado años por comer, sabía bien que esta preocupación vital absorbe al fin. Podría ser rico, y acaso hubiera dicha luego. Mas al gerente no le agradaban novios como empleados, y le comunicó que prefería esperar otro tenedor de libros menos expuesto a trastornos de amor.

No le quedaba nada. Volvería a pasar meses de hambre, emplearíase al cabo en una u otra compañía con cien pesos, hasta el fin de su vida. Amor, felicidad —confianza en sí mismo, sobre todo—, se habían ido para siempre.

Un domingo de tarde en que Ramos iba a Liniers subió a su coche una señora con dos criaturas. El tren salía ya, y aquélla se dejó caer, agitada aún, frente a Ramos. Éste, que miraba afuera, volvió la vista y se reconocieron. Tras una fugaz ojeada al vestido de ella, Ramos la saludó cortado. Pero su compañera le sonrió con grata sorpresa, también después de una mirada, mucho más rápida que la de él, a la ropa de Ramos. Estaba muy gruesa y la cara lucíale de harta felicidad. Hablaron cordialmente.

—¿Viaja a menudo por aquí? —preguntole ella.

—No; hoy por casualidad…

—¡Qué suerte! Yo estoy aburrida. Pasamos los veranos en Haedo… Tenemos una quinta.

Ella hablaba mucho más que él.

—¿Y usted, se casó? —inquirió luego con sincero interés.

—No…

—Yo me casé un año después…

Sonriose y calló por discreción. Pero la risa retornó, esta vez francamente, pues hacía seis años que era casada y tenía dos hijos.

—¿Se acuerda del telegrama que le hice? Cuando recuerdo… ¡Chicha, súbete las medias! —inclinose feliz a la criatura que trepaba al asiento y bajaba de él sin cesar. Ramos miró de soslayo; las chicas estaban muy bien vestidas, como saben vestir a sus hijos las mujeres que cuentan, desde que se casan, con la posición del marido.

Llegaban a Liniers, y Ramos se despidió, soportando, como lo preveía, otra rápida ojeada a su ropa.

—Mucho gusto, Ramos… Y que cuando lo vea de nuevo esté casado, ¿eh? —se rió.

—No hay duda —pensó él melancólicamente, mientras recordaba las finas medias de las criaturas—; yo no sirvo para nada.

Lo cual había sido visto muchísimo antes por la madre.

O uno u otro

—¿Por qué no te enamoras de nosotras?

Zum Felde miró atentamente uno tras otro a los cuatro dominós que habiéndolo notado solo, acababan de sentarse en el sofá, compadecidos de su aislamiento. Zum Felde colocó su silla frente a ellas. Pero como hubiera respondido que posiblemente no sabía qué hacer, un dominó concluía de lanzar aquella pregunta con afectuosa pereza. Bajo el medio antifaz corría en línea fraternal la misma enigmática sonrisa.

—Son muchas —repuso él pacíficamente.

—¡Oh, no esperamos tanta dicha de ti!

—No podría de otro modo. ¿Cómo adivinar a la que luego ha de gustarme?

—¿Es decir, la más linda de nosotras?

—… que no eres tú, ¿cierto?

—Cierto; soy muy fea, Zum… Felde.

—No, no eres fea, aunque alargues tanto mi apellido. Pero creo…

—… ¿te refieres a mí? —observó dulcemente otra. Zum Felde la miró en los ojos.

—¿Eres linda, de veras?

—No sé… Zum Felde. Realmente no sé… Pero creo que de mí te enamorarías tú.

—¿Y tú no de mí, amor?

—No; de ti, yo —repuso otra lánguida voz.

Zum Felde se sonrió, recorriendo rápidamente con la mirada, garganta, boca y ojos.

—Hum…

—¿Por qué hum, Zum Felde?

—Por esto. Tengo un cierto miedo a las aventuras de corazón mezcladas con antifaz. Y si ustedes entendieran un poco de amor, me atrevería a contarles por qué. ¿Cuento?

Los dominós se miraron fugazmente.

—Yo entiendo un poquito, Zum Felde…

—Yo tengo vaga idea…

—Yo otra, Zum Felde…

Faltaba una.

—¿Y tú?

—Yo también un poquito, Zum Felde…

—Entonces cuento. Hace dos años, yo cortejaba a una señorita muy mona que parecía bastante inclinada a gustar de mí. Había hablado poco con ella, de modo que no conocía bien mi voz. Esto es muy importante para la historia. En vísperas de carnaval tuve que ir a Mendoza por asuntos comerciales, pensando —es decir, estaba seguro permanecer allá un mes. Eso me era tanto más duro cuanto que confiaba en el carnaval para definir mi situación con ella. Aunque tenía motivos para creer que me quería, en una palabra, ustedes saben que no es prudente alejarse de una muchacha muy festejada, en comienzo de amor. Con todo, hallé ocasión, antes de irme, de hablar con ella y comunicarle mi desastrosa ausencia. Y me fui, muy confiado.

»Pero resultó que el hombre que vendía su viñedo cambiaba en un todo de idea, y tras una serie de telegramas con la casa, tuve que volver a la semana de haberme ido.

»Supe que esa misma noche la cuñada de mi futura novia daba una tertulia de amplio disfraz, y se me ocurrió enseguida de ir disfrazado y probar su cariño.

»Así lo hice. La observé durante una hora conversar, bailar con aire bastante aburrido y gran satisfacción mía. Al fin me acerqué a ella; respondió sin placer ninguno, supondrán bien, a las cuatro o cinco zonceras que le decía la máscara. Al principio había temido que me conociera por la voz; pero estaba tan segura de que yo me encontraba en Mendoza recorriendo viñedos, que no tuvo la menor desconfianza. A más, ustedes saben que el antifaz completo cambia mucho el timbre de voz.

»Muy pronto, sin embargo, dejé las bromas de lado e insistí en que bailara conmigo. Como realmente me gustaba mucho, no tenía que esforzarme en ser galante. Poco a poco fue perdiendo la desconfianza que le producía el disfraz, y comenzó a hallarse más a gusto a mi lado. Al fin accedió, si no a bailar, por lo menos a pasear un momento conmigo.

»Pero el momento fue bastante largo. Durante él la cortejé con todo el cariño que pude. Ella se reía a ratos, y aunque mirando sin cesar a uno y otro lado de la sala, no perdía una sola palabra mía. A la media hora me dejó. Pero cuando más tarde volví a invitarla, vi, por su afectación en no verme cruzar la sala hacia ella, que me esperaba.

—¿Estás seguro, Zum… Felde?

—Mucho. En dos palabras: cuando por tercera vez paseamos, tuve la convicción de que yo le gustaba. Es decir, que le gustaba la persona enmascarada que le hacía el amor; no yo, porque yo estaba en Mendoza. Desde entonces no la he visto más. Y aquí tienen ustedes por qué desconfío de combinaciones de antifaz y amor. ¿Les interesa la historia?

Ni un dominó se movió; las bocas conservaban su persistente sonrisa.

—Sí, bastante —respondió al rato una voz—. ¿Es decir que tuviste celos de ti mismo?

—No, de mí no; del otro.

—¡Pero eras tú! Si ella te había querido a ti, porque eras tú, con el segundo amor al otro, que eras tú mismo, te probaba bien que te quería a ti solo.

—Muy bien dicho, pero ése es un razonamiento de mujer. Un hombre lo hace también, pero no lo acepta. Y después de todo —concluyó mirándolas tranquilo— ninguna de ustedes es ella, ¿creo?

Las cuatro sonrisas se acentuaron ligeramente.

—Sospechamos que no, Zum Felde…

Éste decidiose a abandonar el cuarteto, pues tenía deseos de fumar.

—¿Sabes lo único cierto de tu amor? —dijo una voz, al levantarse Zum Felde—. Que tú no la querías.

—¡Al contrario! —se rió él—. Porque la quería tuve celos y me retiré. Si no, hubiera proseguido alegremente la aventura.

Un chantaje

El diario iba tan mal que una mañana sus propietarios se reunieron en consejo, a fin de poner término a aquello. Los dueños eran también sus redactores, cosa bastante rara: cuatro muchachos sin rastros de escrúpulos, que habían obtenido a fuerza de elocuencia un capital de cien mil pesos, ahora en riesgo inminente de desaparecer.

La deuda —había pagarés de por medio— los inquietaba suficientemente. A pesar de esto no hallaron esa mañana nada que pudiera salvarlos, agotados ya como estaban los pequeños recursos lucrativos que ofrece un diario cuando sus redactores se deciden a ello. Resolvieron, sin embargo, sostenerse quince días más, mientras se buscaba desesperadamente de dónde asirse. Y de este modo, una mañana de ésas se presentó a la dirección un hombrecito cetrino, muy flaco, lentes con guarnición de acero y ropa negra, bastante sucia; pero muy consciente de sí todo él.

—Tengo una idea para levantar un diario; deseo venderla.

Los muchachos, muy sorprendidos, miraron atentamente al sujeto.

—¿Una idea?

—Sí, señor; una idea.

—¿Utilizable enseguida?

—Hoy mismo; mañana se obtendrá el resultado.

—¿Qué resultado?

—Cien mil pesos, fácilmente.

Esta vez los ocho ojos se clavaron en el hombrecito. Éste, después de mirarlos a su vez tranquilamente, púsose a observar los mapas que colgaban de las paredes, como si se tratara de todo el mundo menos de él.

—En fin, si nos quisiera indicar…

—Con mucho gusto. Solamente desearía antes un pequeño contrato.

—¿Contrato?…

—Sí, señor. Ustedes se comprometerían a no utilizar mi idea, si no les conviniera.

—¿Y si nos conviene?

—Mil pesos.

El negocio era bastante fuerte y difícil de ser adivinado, aun para los cuatro muchachos avezados en toda inextricable estafa. ¿Pero qué se arriesgaba? Si la idea era realmente buena, nada más justo que su autor obtuviera su parte; si era mala, no la utilizarían, desde luego, ni entonces ni nunca.

Así es que extendieron el siguiente compromiso:

Los abajo firmados se comprometen a no utilizar jamás en su diario la idea del señor X, si no la ponen en práctica al día siguiente de serles participada por el señor X, el cual percibirá la cantidad de mil pesos m/n, en el caso y momento de ser aceptada.

Llamose a testigos.

—Mi idea es ésta —dijo el sujeto sin apresurarse en lo más mínimo—. En la sección Necrología, en vez de la fórmula habitual, hacer esta pequeña reforma: «Fulano de Tal (Q.E.P.D.) Falleció el tanto de tanto, asistido…»

—¡Basta, basta! —lo interrumpieron, tapándole casi la boca—. Aceptamos. Es un caso neto de extorsión, un chantaje por el cual mereceremos cuatro tiros, pero aceptamos.

—Sí —apoyó el hombrecito sucio, con igual tranquilidad de ideas, palabras y mirada—. Es perfectamente un chantaje.

—¡Ya lo creo! Pero aceptamos.

Un cuarto de hora después el autor se retiraba con sus mil pesos. Sin embargo, discutiose aún la operación, aunque ella entraba en los más estrictos derechos del periodista. Mas los pagarés a vencerse era un porvenir mucho más negro que todo esto, y de este modo a la mañana siguiente se leyó en Necrología: «Juan Pérez (Q.E.P.D.) Falleció el 28 de mayo de 1906, asistido por el doctor Luis Ponce Zabaleta…»; «Luis Fernández (Q.E.P.D.) Falleció el 28 de mayo de 1906, asistido por el doctor Luis Ponce Zabaleta…»; «Pedro González (Q.E.P.D.) Falleció el 28 de mayo de 1906, asistido por el doctor Luis Ponce Zabaleta…»

Y así toda la fe de errata de cada muerto. Los muchachos habían tenido buen cuidado de comenzar con Ponce Zabaleta, médico que, por ser famoso y en consecuencia muy solicitado, perdía naturalmente más clientes. Era posible que los enfermos de Ponce, vivos aún, que leyeran esa sucesión de antecesores atendidos por su médico y fallecidos bajo su asistencia, era muy posible que soñaran enseguida con la muerte, disfrazada de Ponce Zabaleta.

Nada más penoso que esto: pero en ello residía la gracia del hombrecito sucio.

A las diez de esa misma mañana el portero hizo pasar a la dirección al doctor Ponce Zabaleta.

—Acabo de ver —comenzó con la voz un poco jadeante por las escaleras y la indignación— mi nombre en la sección Necrología, cer-ti-fi-can-do que yo he asistido a esos enfermos. Yo entiendo…

—Un momento, doctor —lo interrumpieron—. Nosotros entendemos que se trata de una simple información, completamente correcta y absolutamente veraz, desde luego, que no daña en lo más mínimo su reputación. No hemos hecho público nada oculto, ni siquiera disimulado. Su asistencia a ese enfermo consta en toda la familia, en todo el barrio, y nosotros no hacemos más que informar a una parte del público lo que ya sabe la otra mitad. Sentiríamos que le desagradara nuestra información, pero creemos haber hallado una verdadera novedad en el periodismo, que (estamos seguros) agradecerán nuestros lectores…

El doctor comprendió a dónde quería ir el caluroso orador. Miró a uno tras otro con hondo desprecio.

—Yo creo que eso se llama chantaje.

—Si usted da ese nombre a nuestra información, nosotros, visto el interés que usted tiene en ocultar defunciones, las llamaremos asesinatos. Cuestión de nombres; pero abandonar nuestro plan nos ocasionaría graves pérdidas.

—¿Y qué cantidad creen ustedes que perderían?

—Veinte mil pesos, seguramente.

—Dentro de dos horas estarán acá.

Y los pillastres replicaron con la misma historia a todos los médicos anunciados ese día, variando razonablemente la tarifa. La profecía del hombrecito sucio se realizó punto por punto. La ganancia ascendió a cien mil pesos, aunque, claro está, ese mismo día el diario desaparecía del mundo.

Para estudiar el asunto

No ha habido probablemente empresa más contrariada en sus principios que la Hidráulica Continental de Luz, Calefacción y Fuerza motriz. Ya se ve: un rival de ese calibre perjudicaba en lo más hondo de sus estatutos a todas las compañías existentes nacionales o transatlánticas, de gas o electricidad. Hubo obstrucciones sin cuenta, tratándose naturalmente de una lucha de millones. Pero cuando el pozo de la Continental hubo llegado a cuatrocientos ochenta y tres metros, y la columna artesiana surgió con mucho mayor empuje del calculado, la hostilidad arreció.

La Continental, sin embargo, maniobró tan sabiamente, que obtuvo maravillosas garantías, y acto seguido la concesión pasaba al Congreso.

Ahora bien, la mayoría de los diputados halló que las garantías del gobierno eran excesivas, y la concesión, con proyecciones hasta el Juicio Final.

De modo que la Hidráulica, viendo en esa resistencia un peligro mucho mayor que los hasta entonces corridos, resolvió iluminar debidamente el cerebro de los congresales.

El primero a quien le cupo el honor de esta respetable enseñanza —y decimos «primero» por simple cálculo de probabilidades— fue David Seguerén, correntino, jurisconsulto, y de blancura más bien disimulada. Este joven sensato, electo por cualquier misterio de la política, debía concluir su periodo el próximo año. Hallábase desprovisto de toda esperanza de reelección, y aunque antes había atendido su naciente estudio con éxito, volviendo allá no tendría mucho que hacer, después de cuatro años de clientela perdida. Luego, había una madre y muchas hermanas, pobres como él y como lo habían sido siempre. Seguerén veía, pues, acercarse el momento de su cesantía, con la constante inquietud del hombre que alimenta a su familia paterna.

Esta inquietud fue la brecha a que se dirigió la empresa.

Una tarde, Seguerén disponíase a salir, cuando recibió la visita de cierto caballero en representación de la Compañía Hidráulica Continental de Luz, Calefacción y Fuerza motriz. Y se entabló el siguiente diálogo:

—¿El señor diputado Seguerén?…

—Sí, señor.

—Como el doctor habrá visto, represento a la Hidráulica Continental, y vengo en su nombre a rogarle dos minutos de atención. Seré muy breve.

—Usted dirá.

—En dos palabras: creemos no ignorar que el señor diputado halla excesivas las garantías que el Superior Gobierno ha concedido a la Compañía, y que se opondrá en consecuencia a la concesión. ¿Estamos bien informados? Ya ve, doctor, que no puedo ser más explícito.

—Muy bien. Hallo, efectivamente, que son excesivas.

—¿Y la segunda parte?…

—También es cierta. Considero que mi país…

—Perdón, doctor; una interrupción. ¿Nos concede el señor diputado que nosotros tengamos a la par que nuestro fin particular e innegable, la plena convicción de que nuestra empresa será un gran beneficio para el país?

—Sin duda.

—¿Y que hemos estudiado en todo su alcance el asunto, y con una atención que el señor diputado no ha tenido posiblemente tiempo de dedicarle? Supongo que esto…

—¡No, de ninguna manera! En efecto, concedo muy bien que la Compañía conozca más que yo sus intereses.

—Por nuestra parte agregamos: y los del país, en lo que se refiere a la proyección de esta empresa. Como el doctor supondrá muy bien, tenemos el más grande interés en la decisión del Congreso; y basado en esto, le rogamos nos permita lo siguiente, que es el objeto de mi visita: enviarle algunos libros que, estamos seguros, aportarán mucha luz a la trascendencia de la Compañía. El señor diputado…

—¡Oh, no, señor! Muy bien. No tengo ningún inconveniente: hojearé eso.

Al día siguiente Seguerén recibía una carta de la Compañía en que ésta deploraba no haber hallado hasta ese momento los libros ofrecidos, pero fácilmente se subsanaba el inconveniente, rogándole se sirviera adquirir tales libros, para cuya adquisición enviaba la suma necesaria.

Acompañaba a la carta un giro a su nombre por veinticinco mil pesos. El golpe, de un valor digno de todo encomio, dio en falso. Seguerén era poseedor, a más de su inquietud pecuniaria, de algunas de esas condiciones negativas que tienen ciertos hombres habilísimos en comprar por diez pesos un artículo que vale tres, e inútiles del todo para vender por quince lo que sólo les costó cuatro.

Seguerén devolvió el giro junto con la carta, y veinte días después, cuando se discutía en plena Cámara la concesión de la Continental, Seguerén, que combatía el proyecto, perdió un poco la paciencia ante la briosa defensa de un colega.

—El señor diputado —lo interrumpió Seguerén— habrá leído eso que afirma en algún libro…

—¡Yo no he leído ningún libro, señor diputado! —vociferó, el otro, rojo.

—¡Oh, no me refería a «ésos»!

Se sentó Seguerén, ante la sonrisa unánime de la Cámara.

En un litoral remoto

Llamamos en la vida diaria literatura a una serie de estados y aspiraciones que tienen por base la belleza, y farsa consigo mismo.

Así, el hombre indeciso, irresoluto, que se plantea día a día acciones enérgicas de las cuales sabe bien no es capaz, aspira en literatura.

El derrochador impenitente que simula confiar al futuro matrimonio su apremiante necesidad de economía, aunque no ignora que derrochará siempre, piensa en literatura.

El enfermo por la ciudad y su propia alma urbana, que jura comenzar su régimen de vida cuando vaya al campo, donde se levantará a las cuatro de la mañana, sabiendo a conciencia que no pasará así, sueña en literatura.

El hombre estrictamente honrado que, no obstante su vital inutilidad para la compraventa, delira con empresas comerciales acrecentadoras de su exiguo haber; ese hombre que ignora la diferencia que hay entre treinta y treinta y cinco centavos, especula en literatura.

El escritor que atribuye a sus personajes, no las acciones y sentimientos lógicos en éstos, sino los que él cree sería bello tuvieran, escribe en literatura.

Los histéricos de todo orden, los lectores de novelas irreales, los que aspiran a otra vida distinta de aquella para la cual han nacido, y fingen estar seguros de poder afrontarla: los farsantes, todos los que por falta de sinceridad se engañan a sí mismos en pro de un estado de mayor belleza, viven en literatura.

Los desencantos suelen ser fuertes, en razón de la propia ilegitimidad del miraje. Véase si no lo que ocurrió a Tezanos, un amigo mío de Montevideo, a quien quiero mucho. Las anteriores consideraciones fuéronme enviadas por él, dos días después de su veraneo en las costas del este, y preciso es creer que el muchacho ha adquirido dura experiencia.

Ante todo, Tezanos es muy afecto al arte, lo que explicaría la facilidad con que se miente a sí mismo. Así, llevando en Montevideo una vida bullente que reparte entre su estudio —apenas—, charlas literarias y exposiciones, dio de repente en considerar la soledad como un ideal de vida.

«Voy a veranear en algún punto donde la gente no me irrite. La soledad, ser dueño de uno mismo, estar solo consigo mismo, ¡solo, solo!», me escribió.

Le respondí que si él, muchacho nacido como el que más para el agitado comercio de los hombres, pensaba seriamente eso, estaba loco. Dos meses después me comunicaba que se iba a las playas del este.

Creo ahora que en los últimos tiempos había leído mucho sobre la regeneración del alma por el campo. Por lo demás, no hay casi sujeto afecto a literatura que no arribe un día a descubrir la necesidad de vivir la vida. Tezanos había llegado ya, antes de su decisión final, a soñar con la granja —la ferme, como él decía— las vacas, los pollos, los gansos, los atardeceres dichosos… De la chacra al aislamiento absoluto no hay más que un paso, cuando el sujeto confunde sus facultades con sus deseos aprendidos.

Eso le pasó a Tezanos. A su última carta respondí largamente, mostrándole bien claro lo que él quería a toda fuerza ocultarse: que no era hombre para la soledad, ni por tres horas siquiera. No me oyó, por cierto, y he aquí lo que le pasó:

Primeramente pensó en las sierras de Minas. Hay allí soledad árida, vastos silencios de siesta y acaso víboras de cascabel. Pero había también en todas partes vendedores de las casas de Montevideo, cosa cargante. Fijose al fin en las playas del este, país desierto que nadie frecuenta. Alquiló un chalecito de los cuatro o cinco que han sido construidos en plena arena, y que hasta ahora nadie ocupó. Allí pasaría sus dos meses de vacaciones, absolutamente solo. En cuanto a comida, había ya convenido en ello por carta con el matrimonio que cuidaba del hotel, aún inconcluso.

Tezanos, muchacho civilizado, llevó un cómodo sillón, un primus, variada colección de galletitas, un juego de té y revólver. Como libros, pocos; pero en cambio de un corte completamente especial: La negación suprema, Las almas solitarias, ¿Qué somos?, El mar muerto.

Levantarse al salir el sol; hacerse el té con dichosa lentitud de alma fresca y completa en sí misma; caminar una hora por la playa ventosa; sentarse en el corredor con un libro, frente al mar tónico, solo, solo. Éste era su sueño. Y lo cumplió del siguiente modo:

Llegó de tarde, molido por el tren y siete horas de galera a través de la sierra. Instalose en su chalet, y aprovechando la última luz, recorrió la playa. La costa forma allí un extenso hemiciclo que cierran dos altos cantiles. Tezanos abarcó con la vista toda la playa, de uno a otro confín: la arena estaba completamente blanca y libre de hombres. Observó el mar, desierto también, sin un vapor, una vela, la más ligera mancha de humo; nada rompía su soledad.

Tezanos volvió lentamente al chalet. «Soy completamente feliz —se decía—. Ésta es la vida». Ya de noche fue a cenar, informándose entonces de que en esos momentos comían allí varios peones, motivo de un viñedo próximo. Vio dos o tres que se cruzaron con él, mirándolo de reojo. «No tienen muy buena cara», pensó Tezanos mientras se acostaba.

Hacía mucho calor, y el tiempo se había nublado. Acaso lloviera luego, pero entretanto el aire pesaba inmóvil; la arena ardía bajo el cielo caldeado. Tezanos no pudo dormir en toda la noche, angustiado por la pesadez de la atmósfera. Y cuando a la madrugada una ligera sensación de frescura le permitió conciliar el sueño, llegaron las moscas, acosándolo. Llenaron literalmente el chalet, y fue en vano que pretendiera taparse la cabeza; entraban por todos lados, y además se asfixiaba bajo la sábana.

Tuvo que levantarse al salir el sol, tomó su té y bajó a la playa. Caminó por ella dos kilómetros sin encontrar el menor rastro de huella humana, ni siquiera un papel a medio hundir en la arena. Volvió, sentándose a leer frente al mar raso hasta el horizonte. Sin quererlo, levantaba a cada rato la vista: una vela, cualquier cosa que rompiera su inmensa vaciedad; nada.

A las diez comenzó la arena a reverberar, irritándole los ojos. Fue a almorzar, quiso dormir la siesta, pero las moscas lo atormentaron de nuevo; no se oía sino su zumbido. Tornó a sentarse con un libro en el corredor, mas sin poder leer por el calor, las moscas y el profundo abandono que empezaba a hallar dentro de sí. El mar continuaba desierto hasta el remoto horizonte; la playa abrasada temblaba siempre en su extensa curva.

Así llegó la noche, igual a la anterior, de una pesadez sofocante. Se despertaba a cada momento, empapado en sudor. El cielo se había cubierto otra vez, y no soplaba la menor brisa. Tan fuerte tornose al fin el vaho asfixiante de horno, que Tezanos se levantó, asomándose al corredor en busca de aire.

Allá en el confín, la luna, de ocre amarillo, caía en el mar. La mitad del disco se había hundido ya. A su luz cadavérica, el hemiciclo de arena se extendía desolado entre los negros promontorios. Aquella luna angustiosa, el mar lívido, la playa abandonada, diéronle la sensación de un litoral remoto, inexplorado, y a un año de viaje de toda región civilizada.

Pretendió dormir a pesar de todo, pero llegaban ya la madrugada y los enjambres de moscas enloqueciéndolo con sus carreritas entrecortadas.

Pasó así otro día, sintiendo cada vez mayor el abandono en que se hallaba. Y el mar continuaba salvaje, desierto, como seguramente lo había estado desde el periodo terciario; y la playa, calcinada y sola, reverberaba sin cesar.

Al llegar la noche, su sensación de desamparo se acrecentó hasta el terror a pasar una noche más allí. Tuvo miedo, no obstante sus razonamientos y su revólver. ¿De qué? Posiblemente de su alma vacía, de su cuarto en que nadie antes que él había dormido, de las otras piezas oscuras del chalet. La presencia inmediata de los perros, sin embargo, lo tranquilizó algo.

—Aquí no hay peligro ninguno, ¿verdad? —dijo a su huésped mientras comía—. Todos los peones deben de ser de confianza.

—No, señor; el más antiguo hace quince días que está.

Comía en el salón del hotel —paredes y techo únicamente— y todo él en la oscuridad, fuera de la mísera vela que alumbraba su mesa. Oyó de pronto un prolongado silbido, y su rostro irradió:

—¡Por fin! ¡Un vapor!

—No, señor; es el viento en las rendijas.

Tezanos hundió la mirada en el fondo sombrío del salón, y tuvo frío casi.

Todo aquello era sin duda el fin del mundo. Y la angustia de dormir otra noche allí crecía sin cesar.

—Pero si algo pasara por casualidad —se sonrió—, se podría dar alarma con un tiro.

—¡Oh, no! Nadie hace caso. Los peones tiran casi todas las noches a los zorros que vienen a comer las uvas.

La impresión de que nunca más volvería al mundo civilizado llenole de nueva angustia. ¡Y aún otra noche allí! ¡En aquella desolación!

Durmió mal, agitado por pesadillas de destierro a perpetuidad en litorales remotos. El viento silbaba ahora, pero el calor persistía asfixiante. ¡Y allá afuera, la playa lívida y desolada! ¡Y la luna de ocre, hundiéndose en el mar!

A la tarde siguiente debía llegar la galera, pero no quiso permanecer una hora más. Apenas amaneció alquiló por lo que le pidieron un caballo, y huyó de aquella playa infernal, dejando todo su equipaje. Tuvo que hacer catorce leguas, bajo lluvia la mitad de ellas.

Y cuando subió al tren, llagado, achuchado, hambriento, lanzó un hondo suspiro desde el fondo de sus tres días de soledad regeneradora: ¡Por fin! ¡Hombres! ¡Hombres! ¡Civilización!

Los pollitos

Cuando Eizaguirre llegó a la chacra que acababa de comprar allá, hallose con un campo raso y un rancho en el mayor abandono, sin otra cosa de estable que prodigiosa cantidad de vinchucas en los palos carcomidos, y muchos piques en el suelo. Los informes del vendedor habían sido bien distintos. Eizaguirre, espíritu lleno de calma y paciencia, consideró que todo el tiempo que perdiera en meditar la injusticia cometida con él sería al fin y al cabo en perjuicio suyo y no del vendedor. Por consiguiente, desde el primer día entregose a inspeccionar el rancho, a afirmar el pozo y demás.

Como no tenía peón y trabajaba mucho, al llegar la noche caía rendido en su catre. No obstante esta fatiga y su poco amor a las frías noches de aquel país, había en el rancho un detalle turbador que lo arrojó a dormir afuera: las sombrías vinchucas. Eizaguirre tenía mosquitero pero se ahogaba bajo él como acontece a algunas personas sin suerte. Debió pues, fabricar con las arpilleras en que llegara envuelto su colchón una especie de palio sobre cuatro ramas, y bajo el que dormían en compañía la gallina y sus ocho pollos.

Esta familia habíale sido regalada por un colono compasivo, a quien él compadecía a su vez, pagándole siempre los dos o tres choclos que comía diariamente. Eizaguirre cuidaba de sus pollitos con mucho mayor afecto que el de la propia madre; tan solícito éste, que una tarde, cuando el tiempo hubo pasado, los pollos emprendieron camino del palio a dormir bajo el catre. En vano la gallina se obstinó con infinitos glu-glú y falsos picoteos en llevarlos al dormidero habitual. Tuvo que transar y en pocos días se acostumbró.

Como los pollos querían dormir uno encima del otro, provocando esto ruidosas protestas cada vez que se caían, Eizaguirre se despertó muchas veces con el desorden; pero como comprendía que ello estaba en el modo de ser de los pollos, esperaba pacientemente que la paz y el silencio volvieran, para dormir de nuevo. Una noche, sin embargo, fueron las caídas y los píos tan incesantes, que Eizaguirre perdió la calma.

—Si no están quietos —les dijo—, los voy a echar afuera.

Fue pocos días después de esto cuando una mañana los pollos, dejando a su madre que picara vanamente la tierra, siguieron tras Eizaguirre. Éste se detuvo sorprendido y los pollos hicieron también alto. «Tendrán hambre», pensó y les dio maíz, aunque no lo hacía nunca hasta las ocho. Los pollos comieron bien, pero cuando Eizaguirre se fue a lavar la cara, lo siguieron de nuevo. Desde entonces Eizaguirre contó con ocho hijos chicos. No se apartaban de su lado, y cuando aquél se sentaba a leer, los pollos se sentaban también a su alrededor.

En este tiempo la familia de Eizaguirre aumentó con la persona de un bull-terrier que le enviaron de aquí. La perra, novicia, en vida libre, creyó utilísimo perseguir desesperadamente a los pollos hasta arrancarles plumas. Eizaguirre la contenía con la voz, y a veces con la vaina del machete; mas no estando constantemente sobre ello, la perra seguía en su idea.

Esto duró un mes, resultas de lo cual las relaciones de Eizaguirre con sus hijos se enfriaron mucho. Era evidente que él tenía puesta su complacencia en la perra, si muy grande, no excesiva; pero los pollos creíanse desdeñados del todo, y caminaban tristes en grupo, sin atreverse a acercarse. Al fin Eizaguirre logró comunicarles la seguridad de que les quería como antes, con lo cual la familia se reintegró.

Como entretanto el tiempo había corrido, los pollos eran ya gallinas, a excepción de uno solo. El reposo de la edad dio un tono más apacible al cariño que tenían a Eizaguirre, y así la vida prosiguió, tranquila, sin malentendidos de ninguna especie, hasta que llegó el conflicto de los huevos.

Una gallinita ceniza fue la primera en sentir la maternidad. Ya desde muchos días atrás había dado silenciosos paseos por todos los rincones del rancho, estirando con sigilo el cuello y mirando con un solo ojo en procura de un nido feliz para sus futuros pollitos. Halló por fin lo que deseaba, y cuando Eizaguirre descubrió los cuatro huevos mostrose muy satisfecho de esa variante a su ralo menú habitual, comiendo tres esa misma tarde.

Pero la gallinita ceniza lo había visto recoger sus huevos, aniquilar así a su familia, puesto que los huevos son pollitos, en suma. Cuando a la mañana siguiente Eizaguirre echole maíz a las gallinas, éstas acudieron como de costumbre, pero se alejaron enseguida. En vano aquél, extrañado, las llamó con el chistido habitual; ni una volvió.

Hubo tal vez tentativa de reconciliación, cuando una gallina bataraza fue a su vez a preparar sus pollitos en el rancho. El despojo se repitió.

Eizaguirre que las había querido, ¡de qué modo!, cuando eran chicas, deseaba ahora la muerte de sus gallinas. Éstas cambiaron también y desde entonces las relaciones se cortaron del todo. Ansiando constantemente verse rodeadas de pollitos, las gallinas buscaban los lugares más disimulados del campo para realizar su sueño. Aprendieron a disimular su alborozo, a caminar agachadas bajo el pasto; pero el otro las descubría siempre.

En estas circunstancias, habiendo llegado ya la primavera, y cuando Eizaguirre se disponía a echar entonces sus gallinas, pues sabido es que el frío perjudica grandemente a los pollos, su atención se vio solicitada por los tres cachorros que acababa de tener su perra. Eran admirables de redondez y blancura y su madre lamiéndoles sin cesar; mientras mamaban, vivía completamente feliz.

Eizaguirre estaba muy contento. Las gallinas —sus pollitos de antes— lo veían en cuclillas ante el grupo, acariciando a los cachorros y sacudiendo ligeramente el hocico húmedo de la perra. Ellas habían también querido ser felices como la bull-terrier; mas Eizaguirre lo había aniquilado todo. De lejos, quietas, contemplaban el cuadro de felicidad a que habían aspirado vanamente.

Y así un día cuando los cachorros tuvieron ya tres semanas, la perra los dejó un momento y disparando de alegría fue con Eizaguirre al monte, cuya nostalgia la torturaba. Al volver Eizaguirre oyó un tumultuoso aleteo en el patio, y vio a las gallinas, todas encarnizadas sobre el cadáver de los tres cachorros, sin ojos ya. La perra, con un aullido gimiente, cayó sobre ellas y dos minutos después todas estaban deshechas. La perra quedó toda la tarde trotando por el patio, sacudiéndose aún las plumas ensangrentadas de la boca.

Eizaguirre, ante sus tres perritos muertos, no había tenido valor para contener a la perra. Lamentó, un poco tarde, haber olvidado que las gallinas son enemigos natos de todo mamífero en crianza aún. Los cachorros, extrañados sin duda de no sentir a su madre, habían salido al patio, y las gallinas los habían visto.

El siete y medio

Cuando el año pasado debí ir a Córdoba, Alberto Patronímico, muchacho médico, me dijo:

—Anda a ver a Funes, Novillo y Rodríguez del Busto. Se les ha ocurrido instalar un sanatorio; debe de ser maravilloso eso. Entre todos juntos no reunieron, cuando los dejé el año pasado, mucho más de 15 ó 20 pesos. No me explico cómo han hecho.

—Pero siendo médicos… —argüí.

—Es que no son médicos —me respondió—, apenas estudiantes de quinto o sexto año. Se hicieron, sí, de cierta reputación como enfermeros. Habían fundado una como especie de sociedad, que ponían a disposición de la gente de fortuna. Claro es que entre pagar diez pesos por noche a un gallego de hospital que recorre el termómetro tres veces de abajo arriba para leer la temperatura, y pagar cincuenta a un estudiante de medicina, no es difícil la adopción. Cobraban cincuenta pesos por noche. Además, su apellido, de linaje allá en Córdoba, daba cierto matiz de aristocrático sacrificio a esta jugarreta de la enfermería. Lo que no me hubiera pasado a mí.

En efecto, llamarse Patronímico y tener el valor de dar el nombre en voz alta, son cosas que comprometen bastante una vida tranquila. Cuantos tienen un apellido perturbador del reposo psíquico, conocen esto. Patronímico, siendo ya hombre, perdió muchas ocasiones de adquirir buenas cosas en remate, por no dar el nombre. Sus vecinos de los costados, de delante, se volvían enseguida y lo miraban. Y ser mirado así, sin tener derecho de considerarse insultado, fatiga mucho.

Mas los muchachos de Córdoba no tenían por cierto impertinencia semejante, y mucho menos en el país de los Funes, Bustos y Novillos. Fui pues allí, y al segundo día me encaminé al Sanatorio Normal, nombre serio y cargado de promesas. Ocupaba un perfecto edificio para el caso, claro, abierto y sobre una alta colina que dominaba la ciudad. Quedaba en Nueva Córdoba, lindante con la Escuela de Agricultura, y, como ésta, tenía hacia el oeste el mejor panorama que existe en los contornos. Nada debía de ser más agradable que convalecer allí, sentado a la caída de una tarde dorada, teniendo a los pies, allá abajo, el valle oscuro y húmedo por la hora, y en el horizonte, la sierra maciza y azul que el sol acababa de trasponer.

Llegué a esa hora. Subía del valle sombrío, de las huertas y canales de riego, una vivificante frescura de tierra húmeda y brotes de álamo. Estaba seguro de encontrar a mis tres hombres sentados por allí, en mudo arrobo de calma crepuscular.

Pero no fue así. La meseta y el jardín estaban desiertos. Di a un enfermero la tarjeta de Patronímico en que éste me recomendaba a los muchachos, y al rato salió, haciéndome pasar. Atravesamos no pocos corredores, descendiendo al fin por una muy oscura, angosta y retorcida escalera.

«¿Qué demonios harán estos jóvenes sabios en un sótano?», pensaba. «¿Tendrán allí un laboratorio?»

Pero no se trataba de laboratorio sino de su morada particular. Era un sótano pequeño, muy bajo, todo blanqueado, que trascendía fuertemente a humedad. Había allí tres catres de hierro en el más espantoso desorden de ropa. Por lo pronto, en cada cama, un ovillo de sábanas, corbatas, cobijas, cuellos, almohadas, sacos y zapatos sin cinta. Un catre estaba ocupado por una guitarra en equilibrio sobre el ovillo. Otro servía de silla a un muchacho rubio, de larga barba, y sobre el tercero estaban echados sus dos compañeros. No había en todo el sótano otro mueble que una cómoda de caoba: ni una sola percha, ni una sola silla. A guisa de velador usaban los jóvenes sabios, al lado de cada catre, una valija de pie, con el cuero fuertemente accidentado de esterina. Los tres directores del Sanatorio Normal jugaban al siete y medio.

—¡Hola, adelante! —me gritaron alegremente sin dejar las barajas—. Disculpará que lo recibamos así; pero Patronímico nos dice que con usted…

—Sí; yo entiendo un poco de estas cosas —respondí, sentándome en todo lo que me permitían del catre las piernas de uno de ellos—. Pero les ruego que no suspendan por mí.

—¡No, no! —contestaron decidiéndose a dejar las cartas—. Como no teníamos nada que hacer.

—Sobre todo —agregó Funes—, porque no hacemos otra cosa; de mañana, al siete y medio; de tarde al siete y medio. Ya ve.

—¿Y los enfermos? —me atreví.

—¡Oh! Ésos en un momento están prontos. Tenemos excelentes enfermeros.

—¿Muchos clientes?

—No, desgraciadamente; por ahora no. Casi todos del campo. Y como no es sino sanatorio quirúrgico… A veces tenemos operaciones buenas.

Con todo no podía menos de ojear aquel sótano húmedo, con su extravagante mobiliario.

—¿Cómo diablos viven aquí? —les dije—. ¡Deben de tener arriba otras piezas!

—Sí, pero no podríamos estar así —respondieron, señalando sus fachas. El mejor vestido de ellos tenía una blusa de operaciones sobre camiseta y calzoncillos, y chinelas sin medias.

—¡Y sus clientes los ven así!

—A veces; pero casi siempre subimos vestidos. A algunos les gusta, sin embargo. Tenemos un paisano viejo, por ejemplo, al que le operamos un quiste. Es gran amigo de las barajas, aunque no logra entender el siete y medio, y baja a veces a vernos jugar.

—¡Y no se asusta de esto! —y señalé el desorden.

—No; ha llegado a persuadirse, no sé cómo, de nuestra capacidad científica, y le encanta ver jugar a los niños que le sacaron el quiste. Si viene mañana tal vez lo vea. Usted se queda por varios días en Córdoba, ¿no?

—Dos o tres, nada más.

—Venga mañana; le enseñaremos el sanatorio. Ahora vamos con usted a la ciudad.

Los muchachos comenzaron a vestirse, sin que hasta este momento sepa yo cómo hicieron para desenredar aquellos ovillos. Lo cierto es que media hora después marchábamos a la ciudad donde no pasamos mala noche, según es lícito.

A la mañana siguiente, aunque con un atroz dolor de cabeza, fui al sanatorio a despedirme, pues había apresurado mi regreso que efectuaría ese mismo día. Eran ya las once, pero Novillo y Rodríguez estaban acostados aún, si bien con el busto hacia afuera e inclinados sobre la valija que cabalgaba Funes. Jugaban al siete y medio.

Alguno de ellos debía de perder mucho, dando así al partido fuerte interés, porque les pareció maravillosa mi proposición de visitar el sanatorio acompañado por una enfermera; ellos continuarían doblando las puestas.

Cuando volví, mis hombres proseguían jugando, mas ahora en público. El viejo aficionado de que me hablaran estaba sentado en la cama, siguiendo las cartas con arrobada expresión.

Me miró un poco desconcertado, pero los muchachos lo tranquilizaron:

—Es un compañero nuestro de Buenos Aires… Gran jugador de siete y medio, también.

El viejo se sonrió, tímido y entusiasmado:

—¡Que ha de ser lindo este juego! —exclamó—. ¡Y me gustaría saber!

Los muchachos se rieron. Era evidente que tal estado de ansioso entusiasmo no era llamado a la curación definitiva de un enfermo. En el fondo, acaso no les desagradaba a los muchachos esta circunstancia, pues el viejo cliente tenía sólida fortuna.

Llevaba ya veinte días de sanatorio, que podrían muy bien extenderse a cuarenta. Y esto, agregado a la suma ya redonda de la operación, importaría buen haber a los jugadores de siete y medio.

Mas entretanto el juego corría desastrosamente mal para Novillo, y el viejo, con los codos sobre las rodillas, persistía en su encantada atención a aquel juego, que no entendía ni entraría ya más en su vieja cabeza. Después de observar por mi parte aquel insustancial siete y medio de tres personas, me despedí.

Los muchachos interrumpieron por fin el juego.

—Esta vez no lo acompañamos —me dijeron—. Tenemos que hacer hoy y almorzaremos aquí. ¿Por qué no se queda a comer con nosotros? Tiene tiempo de sobra hasta la noche.

—Sí, pero tengo que ir hasta La Calera, aún. Volveré apenas a tiempo. Por otro lado —agregué—, acaso el año que viene nos veamos.

—¡Muy bien! Avísenos con tiempo. Lo acompañaremos más que ahora.

—¡Diablos! Si juegan siempre al siete y medio.

—Asimismo. Antes jugábamos al póquer; pero entre tres no va.

—¡No mucho más esto, sin embargo!

—Sí, pero… Espérese un momento —concluyó Rodríguez, echando la sábana a los pies—. Vamos, arriba. Estas malditas medias… Funes, ¿dónde están mis medias?

—¡Qué sé yo de tus medias! Lo que quisiera saber es qué se ha hecho mi cuello.

El cuello apareció por fin, e igualmente una media, hallada dentro de la guitarra. De la otra media, jamás se volvió a saber.

Subí por fin, y sólo Novillo llegó conmigo hasta la reja a despedirme.

Seis meses después, aquí en Buenos Aires, esperaba una tarde el tranvía en Maipú y Cangallo, cuando un sujeto detenido a mi lado por el tráfico, me saludó con cierta timidez. El hombre seguramente hacía rato que me miraba, pues su saludo partió como una flecha, apenas fijé mis ojos en él. Ante mi agradecida sonrisa, bien idiota por cierto, ya que no sabía poco ni mucho quién era el hombre amable, éste se acercó.

—¿No se acuerda de mí, don? —me dijo extendiéndome una mano torpe y dura.

—Sí, pero no puedo precisar… —me atreví a responder. Y de pronto recordé: era el enfermo de mis muchachos de Córdoba, aquel hepático que deliraba por aprender el siete y medio—. ¡Sí, ahora sí! En el Sanatorio Normal, ¿no? ¿Hace mucho que salió de allí?

—Bastante tiempo… Poco después… Estoy sano ahora, me curaron del todo.

—¿Y no aprendió a jugar al siete y medio?

El hombre se rió.

—Aprendí.

—¿Y jugó con ellos?

—Sí: jugué un poco —me miró sonriendo con mal disimulada malicia—. Jugué un poco.

Hubiera querido saber algo más de aquello pero el tranvía llegó, arrancándome a la compañía de mi viejo conocido.

Pasó un año aún y volví un año a Córdoba. No quise comunicar el viaje a los muchachos, e hice mal, porque ya allí, cuando pretendí hacerme conducir al sanatorio, el cochero me dijo que no había más Sanatorio Normal, ni al lado de la Escuela de Agricultura, ni en ninguna parte. Las contadas veces que me había visto con Patronímico, habíamos hablado de todo, menos de Córdoba, y de aquí mi ignorancia al respecto.

Di al fin con Rodríguez del Busto. Todos ellos habíanse recibido en los meses anteriores, y ejercían honorable y sensatamente la medicina en sendos consultorios. Hacía ya un año que el Sanatorio Normal había muerto.

—¡Hola! ¡Vino por fin! —me gritó alegremente Rodríguez—. Lo esperamos en diciembre. ¿Por muchos días? Un segundo: vamos a buscar a Novillo y Funes.

Media hora después recogíamos a éstos, y mientras andábamos hacia el Parque Las Heras, los muchachos me contaron cómo y por qué habían abandonado el sanatorio.

—En el fondo —concluyó Funes— lo que hubo es que no teníamos clientela suficiente. Los médicos amigos nos enviaban buenos sujetos, pero asimismo las operaciones de valor escaseaban.

Entonces me acordé del viejo hepático que había encontrado en Buenos Aires, y de las esperanzas cifradas en su fortuna.

—A propósito —les dije—. ¿Saben a quién vi una vez en Buenos Aires?

—Sí —me respondieron los tres de golpe, riéndose—. Al viejo que usted conoció en el sótano.

Me quedé un poco sorprendido.

—No lo sabíamos —me explicó Rodríguez—. Pero cuando Funes habló hace un momento de las operaciones de valor, nos acordamos nosotros y usted de aquel sujeto, paz y esperanza nuestra.

—¿Y aprendió a jugar al siete y medio?

—Un poco… ¿Habló con él?

—Apenas… Me dijo que efectivamente había aprendido a jugar.

—¡Ah! ¿No sabe lo que pasó? Es muy curioso. Todos nosotros tenemos una gran veneración por aquel hombre. Usted recuerda que el viejo bajaba a vernos jugar, ¿no? Pues bien: pocos días después de haberse ido usted, la fístula empeoró bastante, y lo acostamos otra vez. La perspectiva para él no era mayormente dolorosa, y excelente en cambio para nosotros. Fíjese: veinte pesos diarios. Pero el viejo se aburría mucho, y nos rogó que fuéramos a hacerle compañía: a nosotros nos era indiferente jugar en nuestra pieza o allí y él se entretenía mucho viéndonos.

»Así lo hicimos. No dejaba un momento de observar las cartas, verdaderamente entusiasmado con el siete y medio. Tanto, que al fin le dijimos un día si quería acompañarnos. El hombre se echó a reír, contento y miedoso a la vez: no se atrevía… quería jugar, sí, pero no conocía todavía juego tan lindo…

»Por fin se decidió. Como usted recordará, jugábamos a cinco centavos la ficha. El viejo entró con una caja, y a las tres horas, cuando dejamos, había perdido cinco cajas: dos pesos y medio. No por esto estaba menos contento.

»—¡Y de ahí! —se reía—. Mañana me va a tocar a mí. ¡Pero es juego difícil!… —nos miraba con veneración y envidia.

»Al día siguiente perdió cinco pesos, y veinte en el posterior. Fue ya eso para nosotros casi un cargo de conciencia.

»El viejo iba a perder todo, día por día. Pero si usted ha jugado alguna vez, conocerá el inmenso placer de ganar, tan fuerte para nosotros en aquella época, que no nos permitió la menor consideración de changüí con el pobre diablo.

»Este estado de cosas duró una semana más, hasta que una tarde nos dijo muy alegre, al comprar su caja:

»—¡El último dinero! Mañana voy a mandar pedir a la ciudad… si pierdo. Pero hoy voy a ganar —concluyó frotándose las manos.

»Ya estábamos acostumbrados a sus certezas de ganar. Pero esta vez ganó, y como natural reacción después de tanta mala suerte, nos ganó a todos. Al día siguiente, volvió a ganarnos, y nos ganó todavía al posterior. Tan bien lo hizo que en una semana más nos dejó sin un mísero centavo. Y con unas terribles ansias de desquite, en cambio.

»El buen viejo no dejaba un segundo de compadecernos.

»—¡Es una desgracia! ¡No tienen suerte! ¡Y tan bien que juegan…! Otro partidito, ¿quieren?

»—¡Si no tenemos un solo centavo! —le respondimos casi con rabia, levantándonos.

»Estábamos absolutamente pobres. Antes por lo menos, cuando jugábamos entre nosotros, era de todos modos una satisfacción, para el que perdía, saber que el capital quedaba en casa. Ahora el viejo se lo había llevado todo, él solo, absolutamente todo. Y el deseo de revancha nos hostigaba a tal punto, que hallamos un recurso.

»Así al día siguiente, cuando fuimos a examinarlo, el viejo nos animó de nuevo.

»—¿Y de ahí? ¿No hacemos un partidito?

»—No tenemos plata.

»—¡Ah, ah!…

»—Pero si usted tiene muchos deseos de jugar, podríamos arreglarnos. Le jugamos la operación, a cinco cajas.

»El viejo hizo infinitos aspavientos, pero aceptó. El partido duró cinco horas y excuso probarle que el viejo pillastre, jugador de siete y medio desde que había nacido, nos ganó la operación y la asistencia completa. Desde un principio había soñado con eso y nos había llevado con toda alevosía a ese final.

»Por eso, cuando usted le preguntó en Buenos Aires si había aprendido a jugar, se rió acordándose de nuestra infeliz inocencia, y por igual motivo nos reímos nosotros, al hacernos acordar usted de las operaciones que había hecho él.

El retrato

La noche estaba oscura y sofocante. A pesar de los ventiladores el salón del París abrasaba y, dejando que la señorita del piano prosiguiera sus valses, salimos con Kelvin a la toldilla de popa. No había viento, pero la marcha del buque traía de proa bocanadas de aire. Muy lejos, al Oeste, el destello de Buenos Aires aclaraba el cielo, y de vez en cuando los arcos de la dársena fosforescían aún a flor de agua.

Nos recostamos en la borda. Sin quitar el mentón de la mano, veíamos ahogarse uno a uno los puntos eléctricos. El resplandor lechoso del horizonte se iba hundiendo lentamente, y a la izquierda, en semicírculo, el cielo iluminado de Quilmes y de La Plata se apagaba también.

Había en ese paisaje nocturno vasto teatro de ausencia, fuera de la melancolía inherente al abandono de un lugar cualquiera, que por ese solo hecho, nos parece ha interesado mucho nuestra vida. Pero cuando se ha charlado dos horas sobre disociación de la materia, y se ha pensado un rato en el actual concepto del éter: un sólido sin densidad ni peso alguno; después de ese desvarío mental, los paisajes poéticos adquieren rara fisonomía.

En efecto, yo leía entonces el curioso libro de Le Bon La evolución de la materia. Había visto en él cosas tan peregrinas como la antedicha definición del éter, y el constante aniquilamiento de la materia que se desmenuza sin cesar con tan espantosa violencia, que sus partículas se proyectan en el espacio con una velocidad de cien mil kilómetros por segundo. Y muchas cosas más.

Le Bon prueba allí, o pretende probar, que la incesante desmaterialización del radio es general a todos los cuerpos. De donde, millón de siglos más o menos, la materia volverá a la nada de que ha salido.

Se comprende así que la negra noche, y el último destello sobre el horizonte de las ciudades muertas, nos provocaran ideas concomitantes de inutilidad, aniquilamiento irreparable y tumba en el éter.

Tanto más fácil nos era eso cuanto que Kelvin conocía el libro de Le Bon. Su apellido, desde luego, me había llamado la atención, a mí que salía de Buenos Aires muy intrigado con La evolución de la materia. Lord Kelvin, uno de los más ilustres físicos contemporáneos, es quien en efecto ha dado la extraordinaria definición del éter sideral e interatómico: «es un sólido elástico, sin densidad ni peso, que llena todo el espacio».

—¡Rudyard Kelvin! —había exclamado yo al oír su nombre en la mesa (la casualidad nos había sentado uno al lado del otro)—. Permítame la indiscreción: sería usted pariente de Kelvin, el célebre…

—No, señor —me respondió—. Mi familia es inglesa, y aun de la misma ciudad que mi sabio homónimo; pero no tengo parentesco alguno con él.

Supe así que mi nuevo conocido, educado en Inglaterra, vivía en Buenos Aires desde diez meses atrás. Pero en el transcurso de nuestra charla científica me cupo saber otras cosas.

Entre los más curiosos experimentos de Le Bon, me había interesado —acaso en mi condición de antiguo aficionado a fotografías— el hecho de que un cuerpo expuesto un momento al sol, y colocado en plena oscuridad sobre una placa sensible, la impresiona. Aún más: si se interpone un grueso papel negro entre el objeto y la placa, la reproducción fotográfica es igualmente nítida.

Recordé el fenómeno, agregando que sentía no trabajar más en eso, pues me hubiera agradado constatarlo.

—Y lo hubiera constatado —respondió Kelvin—; es perfectamente fácil.

—Sin embargo…

—Sí, ya sé lo que va usted a decir: no es regular el fenómeno, no siempre se produce. A mí…

Y se calló.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada —repuso brevemente cambiando de postura—. Tengo recuerdos no alegres de esas cosas.

Lo miré entonces con curiosa indiscreción. Seguramente Kelvin dominaba el asunto.

—Pero usted ha investigado mucho en eso —insistí.

—Mucho. Hasta hace seis meses… Realmente hace mucho calor; tal vez se levante temporal.

Era muy posible que el temporal se levantara: pero era también evidente que mi interlocutor había sido tocado en lo vivo por esos asuntos. ¿Qué relación podía haber entre tal gran pena y un mísero cuerpo asoleado? No me era ciertamente sencilla la solución, y aun mi curiosidad no fue grande. De modo que en el transcurso del viaje, y durante la charla posterior, no me acordé más de Le Bon, materia disociada y lord Kelvin. Nos separamos al día siguiente al desembarcar en Montevideo.

Pero a pesar de todo, la impresión de aquel incidente debe de haber sido duradera en mí, porque un mes más tarde, y de nuevo en Buenos Aires, me mostré muy curioso al hallar a una persona que conocía un poco a Rudyard Kelvin. Supe que mi amigo de una noche había investigado hondamente lo que llamaríamos magia negra de la luz: rayos catódicos, rayos X, rayos ultravioleta y demás. Por otra parte, Kelvin había perdido a su novia dos años antes.

Como en otra ocasión, no pude hilvanar lógicamente la muerte de su prometida con la radioactividad de una piedra asoleada. Hasta que cuatro meses después la casualidad nos reunía de nuevo a bordo del París, esta vez de regreso de Montevideo.

Lo vi cuando concluíamos de comer, e iguales circunstancias de depresión y calor sofocante nos reunieron otra vez en la toldilla. Igual negra calma silenciosa, e igual vasto panorama de ausencia en esa nocturna huida en vapor. Montevideo aclaraba también el cielo sobre el horizonte, y la melancolía de otro momento tornaba a recostarme en la borda.

Y supe la historia. No sé si inspiré a Kelvin esa confianza ciega que suele arrancarnos de golpe un individuo al que apenas conocemos, por un detalle cualquiera, el modo de mirar, la manera de cerrar los labios, la brevedad de una respuesta. Acaso haya influido también el té o whisky que en la raza inglesa remedia a tan alto grado la depresión atmosférica. Su tensión sentimental puede haberlo justificado. De todos modos Rudyard Kelvin me hizo el honor de contarme esta extraña historia:

—¿Usted quedó intrigado la primera vez, con los fenómenos de fotografía de que hablamos, no es cierto? Y sobre todo porque le había hecho entrever un drama en todo eso, ¿no es verdad también? ¡Sí, sí! Usted quiere saber por qué y cómo la placa sensible… Óigame: yo habitaba entonces en Epsom, y desde que había llegado de Londres vivía huroneando sombríamente entre bobinas, pantallas de sulfuro y espectroscopios. Creo haber sido de los primeros en observar el fenómeno de emisión de rayos especiales en los cuerpos asoleados. Pasé días enteros en la oscuridad impresionando placas, sin otro resultado que constatar la irregularidad del fenómeno, como le dije la otra vez. Le Bon abandonó por igual motivo.

»No era eso sólo. Vea, aquí entre los dedos… ¿ve? Sí, tuve tres meses los dedos ulcerados… Son los rayos X. Después, una tarde… ¿No le he dicho nada aún? Yo tenía una novia… Edith. En fin… Usted sabe cómo se quiere a la novia, ¿no es eso?

»Una tarde el automóvil volcó. Se rompió las dos piernas, justamente las dos piernas, los dos muslos por el medio… Pasé tres días como un loco, llorando rabiosamente sobre mis puños. Al principio hubo esperanza: después sobrevinieron las cosas de siempre, falta de reacción, arterias, ¡qué sé yo! Lo que le puedo asegurar es que me enloquecía verla… Y fíjese: ¡los dos muslos rotos! Muriéndose y mirándome sin cesar… la novia de uno, ¿no es verdad?

»Luego… No me separaba casi un momento de su lado… Y no me miraba sino a mí… No podía hablar. Pero esa mirada dilatada, fija en mí, sin ver a sus padres, ni a sus hermanos, ni a nadie… ¿Usted comprende?

»Al morir habló.

»—¡Rudyard! —me dijo—, quiero morir sola contigo…

»Los padres estaban allí, y los hermanos… Y no apartaba sus ojos de mí…

»—¡Rudyard! —repitió—, que nos dejen solos… quiero morir contigo…

»¡Su voz, ronca!… Usted ha oído esa ronquera de la voz cuando se muere, y nos llaman pesadamente, insistentemente con esa voz…

»—¡Rudyard!, morir contigo…

»¡Ah! Y nadie más existía fuera de mí… Se fueron todos, y quedé con ella, en mis brazos…

»Bueno; ya le he dicho cómo murió. Entonces lisa, cabal y llanamente decidí matarme. Pero esto se ve, ¿no es cierto? Se ve enseguida en la cara de uno. El padre me recordó que yo, antes que todo, era hombre. ¡Sí, lo sé! ¿Pero qué haría sin ella?

»—Júreme que resistirá siete días —me dijo.

»Se lo prometí. Pasados los siete días había hallado fuerzas para continuar. Me encerré en el laboratorio, y trabajé —¡no sé cómo al principio!— y fue entonces cuando obtuve su retrato.

»Había vuelto a la impresión de placas a través de un obstáculo, por medio de cuerpos asoleados. Una mañana caí en la cuenta de que el ojo humano podría perfectamente, como un cuerpo cualquiera, impresionar la gelatina. Pero como su interior ha sido herido por la luz, y hay allí una lente biconvexa… ¿Usted comprende? Enseguida abrí la ventana, miré largo rato fijamente la pared del corredor, y encerrado de nuevo en la oscuridad, me puse de codos sobre una placa sensible. No me moví durante cinco minutos. Revelé, y muy lentamente apareció la pared blanca del corredor y la mancha oscura del cuadro en el medio, un paisaje de caza…

»Pero completamente fuera de foco… Ni el iris ni el cristalino podían ajustarse en la oscuridad. Recurrí a la luz roja, y entonces el resultado fue preciso… Pero en esos días leí que en Estados Unidos el experimento se había hecho ya.

»¡Y qué días esos, sin embargo! Cuando volvía bruscamente en mí… Usted sabe, esa sensación de súbita pesadilla… ¡Ya no vivía más! ¡Nunca, nunca más la vería!…

»Bueno; no sé ni le podría decir por qué se me ocurrió ese absurdo… Fíjese: dispuse una placa sensible, y durante media hora tuve mis ojos en ella, pensando en Edith con cuanto desesperado amor me desbordaba del alma. La veía allí, me miraba, la mirada de amor que se recuerda sobre todas las cosas, ¿verdad? Fíjese en esto: al revelar la placa apareció su imagen. Usted ve, me temblaban las manos… ¡La veía! ¡A ella! Me miraba sonriendo apenas, como siempre que nos mirábamos de cerca…

»Era un perfecto retrato. Fijé e imprimí volando. ¡Era ella misma! ¡Qué locura de dolor!… La besé… ¿no es cierto? No sé cómo no me maté esa vez.

»En fin, durante un mes, dos meses, obtuve todos los días su retrato. Luego, cada tres o cuatro. Una tarde entré en el laboratorio, después de quince días de abandono, y repetí el experimento.

»La vi, era ella siempre, siempre mirándome… pero sobre el rostro había un velo blanquecino que en vano traté de corregir. Los ojos, sobre todo; un velo pálido que nublaba su mirada. Un mes después —¡solamente un mes después!— me acordé de nuevo de verla… Dispuse la placa, la miré más largamente que antes, y la vi muerta. Estaba muerta, ¿usted comprende? ¡Los ojos cerrados, hundidos, la boca entreabierta, muerta completamente!

»Y entonces, sólo entonces comprendí que ya había dejado de quererla.

Kelvin calló. Y recostándose en la borda, fijó los ojos en el cielo de Montevideo que un lechoso destello aclaraba aún.

Por mi parte, confieso que había olvidado el aspecto científico del fenómeno.

—A pesar de todo —le dije al rato— me parece que usted ha vuelto a quererla.

No me respondió.

—Yo, en su lugar, repetiría el experimento —continué.

Esta vez se volvió, sentándose de nuevo con una sacudida de hombros.

—¿Para qué? —repuso—. Hace seis meses lo repetí. Estaba a mi lado un muchacho de casa que me arreglaba el laboratorio. El chico me preguntó qué iba a hacer; le dije que miraría fijamente… Revelé y su imagen, la de Edith, apareció nítida, sonriente, radiante de vida… Pero con los ojos dirigidos al muchacho… Éste la había visto dos o tres veces apenas, y seguramente había mirado como yo… Y bastaba a revivirla… El ínfimo cariño que pudiera haberle tenido a ella la revivía…

»¿Qué quiere usted que yo haga después de eso?

Cuento para estudiantes

La disciplina usual quiere que el profesor tenga siempre razón, a despecho de cuanto de inmoral cabe en esto. Las excepciones fracasan casi siempre porque en ellas la cátedra reconoce su equivocación o ignorancia por concepto pedagógico —lo que no engaña nunca al alumno— y no por franca honradez. Es de todos modos dura tarea sostener un error con vergonzosos sofismas que el escolar va siguiendo tangente a tangente, y gracias a esta infalibilidad dogmática ha cabido a la Facultad de Ciencias Exactas la inmensa suerte de que el que estas líneas escribe no sea hoy un pésimo ingeniero.

El caso es edificante. Yo tenía, en verdad, cuando muchacho, muy pocas disposiciones para las matemáticas. Pero el profesor de la materia dio un día en un feliz sistema de aplicación, cuyo objeto sería emularnos mutuamente a base de heridas en el amor propio. Dividió la clase en dos bandos: cartagineses y romanos, en cada uno de los cuales los combatientes ocuparían las jerarquías correspondientes a su capacidad. Hubo libre elección de patria; y yo —a fuer de glorioso anibalista— convertime de uruguayo en cartaginés. Éste fue mi único triunfo, y aun triunfo de mi particular entusiasmo; pues cuando se distribuyeron los puestos me vi delegado al duodécimo. Éramos catorce por bando. Luego, en un total de veintiocho matemáticos, sólo había cuatro más malos que yo: mis dos cartagineses del último banco, y los dos legionarios correlativos.

Como se ve, esta imperial clasificación de nuestros méritos, y que me coronaba con tal diadema de inutilidad, debía hacerme muy poca gracia. En consecuencia decidí tranquilamente llegar al mando supremo en mi partido.

Para esto se había establecido que los sábados hubiera desafíos de puestos, como los llamábamos, por los cuales un inferior estaba facultado para llevar a un jefe cualquiera de su propio ejército ante el pizarrón, y allí someterlo al examen de la lección del día; cada error del desafiado valía un punto al insurgente, el que a su vez pagaba al otro en igual forma sus propios yerros. Al final se computaban las faltas, y había —o no— trueque de puestos.

En los demás días los duelos eran de bando a bando, pero sin que fuera lícito desafiar a un miembro del partido contrario que ocupara un grado inferior al del atacante en el suyo propio.

Había una excepción al sistema: permitíase desafiar a todo el partido contrario. Y recuerdo (esto fue más tarde, cuando llegué a ser general en jefe) a un malhadado decurión o velite, o menos todavía, que retó a duelo a todo el ejército cartaginés. Yo no sabía ese día una palabra de nada, y mis hombres se empaparon en silencioso terror ante ese ataque que suponía terrible preparación, dado el coraje del mísero. Pero como la dignidad del puesto que ocupaba me forzaba al heroísmo, me sacrifiqué. Yo le hice dos puntos, y él me hizo veintiocho.

Pero esto vino luego. Antes, como he dicho, había decidido apoderarme del primer puesto. Lo que debí estudiar para ello no tiene casi medida, en un muchacho de tan mezquina paciencia como era yo. Mas el amor propio, el desprecio ajeno y la sombra de Aníbal hicieron de modo que a la primera semana había trepado al octavo puesto, y en los cinco sábados posteriores ataqué sucesivamente al cuarto, segundo, segundo, segundo y primero. Como se ve, fracasé dos veces seguidas ante el segundo puesto. Era aquél un obstinado individuo.

Una vez en la cumbre me sostuve, resistiendo la saña sin tregua de mis Maharbales que no perdonaban a un advenedizo como yo. Concluyeron por dejarme en paz, y me aceptaron luego de corazón. A tal punto había llegado de aplicación con esa constante guardia, que cuando se suscitaba en clase algún equívoco, las miradas de mis compañeros —incluso la del profesor— se dirigían a mí. Yo resolvía entonces, para mayor gloria de la institución. Se comprenderá ahora cuán prodigiosa debe haber sido la facultad de estudiar que adquirí entonces.

El desastre llegó así: quiso la desgracia que cierto domingo falleciera un alto personaje, y cuando a la mañana siguiente nos enteramos de que ese día no había clase, nuestra alegría fue grande —poco recomendable tal vez— pero realmente muy grande. Y tuvo esta consecuencia, mucho menos divertida para nosotros: el tema de álgebra que debíamos estudiar esa tarde del lunes, pasó a un profundo olvido, tan hondo y oscuro que al día siguiente las siete octavas partes de la clase no habían encontrado ni aun siquiera el asunto de la lección. Más: el profesor tenía un endiablado malhumor que le había infiltrado con idiota terquedad la idea de que nosotros debíamos saber siempre la lección, muriera quien muriere, el zar, el sultán o el papa de todas las religiones. Supóngase ahora el silencio que reinaría en clase.

El asunto a tratar era uno de los tantos lúgubres problemas que Guilmin incluye en su álgebra, y para mayor desventura del día, uno de los más difíciles. Esto se vio después, por lo menos para la clase entera, pues yo particularmente había logrado la tarde anterior acordarme del problema. ¡Ojalá no lo hubiera hecho nunca! Logré resolverlo, y descartado así el peligro de que el campo enemigo repitiera a mis expensas su ruidoso triunfo de un mes atrás, reanudé en el resto del día, el duelo que hacía yo a mi manera al personaje muerto.

La clase comenzó. Todos teníamos buenas caras hipócritas de indiferencia, porque ya desde el primer año habíamos aprendido a no disimularnos torpemente tras la espalda del compañero, como es deber en los grados. De nada nos valió. El profesor recorrió la lista dos veces con miserable lentitud, y levantó la cabeza:

—¡Sequeira!

El aludido respondió con un esbozo de levantamiento:

—No sé.

El profesor lo miró un momento, y bajó de nuevo la cabeza:

—¡Bilbao!

Bilbao contestó:

—No sé.

El profesor lo miró también un instante, y durante un largo rato, en pleno silencio, se repitió el cuadro:

—¡Flores!

—No sé.

—¡Dondo!

—No sé.

—¡Otaegui!

—No sé.

—¡Narbondo!

—No sé.

Jamás he vuelto a ver un ensañamiento como el de aquel hombre fatal. No hacía un solo gesto de disgusto, ni su voz subía un décimo de tono. Uno tras otro, los nombres salían fríos de su boca, y las respuestas eran tan uniformes, que el pleno silencio del aula, entre el pizarrón vacío y la luz tamizada de las celosías, parecía deber quedar sonoro para siempre de: «Maury»… «no sé»; «Frades»… «no sé»; «Gutiérrez»… «no sé».

Por fin se detuvo. Habían pasado ya veintidós nombres, y por rabioso que fuera su malhumor, concluyó por tener vergüenza de su propia clase.

—Perfectamente —dijo deshaciendo la pluma contra el pupitre—: ninguno sabe una palabra después de dos días de haraganear… Si ustedes tuvieran vergüenza, un solo miligramo de vergüenza, no habrían puesto los pies en clase. ¡Y tienen el tupé de venir aquí!

Su vista recorrió las filas, segando a su paso las cabezas anonadadas, y su rostro cambió totalmente de expresión al detenerse en mí.

—A ver, Ávila —dijo con voz tranquila.

La clase se removió por fin, hubo cambios de posturas, como si el peso aplastador hubiera cesado de golpe.

Me levanté. Yo era la salvación, y en ese momento me adoraron casi. Ninguno recordaba más que yo era jefe de un partido; en la miseria común, no había ya cartagineses ni romanos, sino pobres muchachos, o asnos de edad aún felizmente temprana, como había tenido el bien de advertírnoslo el profesor.

Ante el desahogo de mis compañeros y la mirada de confiado orgullo de aquél, que me siguió durante todo el desarrollo del problema, planteé éste, lo razoné, lo analicé, y lo concluí en diez largos minutos con este resultado:

x = √ ab = √ 225 = 15

que era lo justo.

Dejé la tiza y me sacudí los dedos, mientras el profesor se volvía a la clase con un tonillo de vivísimo desprecio.

—¡Ahí tienen ustedes, caballerines! Si en vez de pasar el tiempo en cosas que más vale no saber —¡sí, mocitos, tal como digo!—, si en vez de eso tuvieran ustedes más dignidad de hombres, no darían el vergonzoso espectáculo que acaban de dar. Aprendan de éste —continuó señalándome—, ¡así se trabaja, así se resuelve un problema! ¡Bien, Ávila, bien!

Me senté de nuevo. La clase había dejado de mirar el problema, para murmurar alegremente la salvación general, todos, con excepción de Gómez, un muchacho de cara roja y gruesos granos, que tenía aún la vista fija en el pizarrón. De repente se levantó, y señalándolo con la cabeza:

—Señor —dijo—, ese problema está mal.

Júzguese del asombro. La vista del profesor se volvió vivamente al pizarrón, enseguida a Gómez y de nuevo al pizarrón.

—¿Que está mal ese problema? ¿Eso es lo que dice, señor Hilario Gómez?

—Sí, señor, eso digo —repuso el muchacho—. Ese problema está mal resuelto.

—Pues bien, dígnese pasar al pizarrón a probarlo. Pero un momento: ¿qué merece que le hagamos por hacernos perder estúpidamente el tiempo?

—Yo no sé —respondió Gómez, siempre empecinado—, pero ese problema está mal.

—¡Muy bien, pase, pase, veamos eso! —concluyó el profesor, paseando una mirada de fiera en acecho sobre los compañeros de aquel pobre mártir.

Ahora bien, yo no sé en qué diablos había pensado, ni cómo pude equivocarme así; pero lo cierto es que en cierta ecuación cambié los signos, y aunque la resolución había quedado momentáneamente pervertida, siguiendo las cosas los signos tornaron a invertirse de nuevo, llegando por fin al magnífico resultado que

x = √² ab = √² 225 = 15

Letra por letra, y signo por signo, Gómez probó todo esto con perfecta lógica. No había otra cosa: yo me había equivocado, mi resolución era viciosa, y el PRO-FE-SOR se había hecho solidario, ante toda la clase insultada, de un disparate formidable.

Pero muy por encima de la sonrisita sarcástica que ya comenzaba a blanquear en el rabillo de los ojos de mis compañeros, muy por encima estaba la infalibilidad de la cátedra. De modo que midiéndome de abajo arriba, con expresión de viejo zorro encanecido en artimañas, el profesor me dijo:

—¡Bravo, Ávila, bravo! Cuadra esto perfectamente en su carácter hipócrita y simulador. ¡Pero si usted creyó un momento que yo me iba a dejar coger en la trampa, se engaña, amiguito! Desde el principio lo he dejado seguir a ver hasta qué punto llegaba su cobardía, pretendiendo engañar a sus compañeros, etcétera.

Desde ese día no volví a abrir un texto de álgebra. Hoy no sé ya más qué es una ecuación, y de mi antigua y fugaz gloria de matemático y general cartaginés, no me queda sino el recuerdo de la figura final.

x = √² ab = √² 225 = 15

La igualdad en tres actos

La regente abrió la puerta de clase y entró con una nueva alumna.

—Señorita Amalia —dijo en voz baja a la profesora—. Una nueva alumna. Viene de la escuela trece… No parece muy despierta.

La chica quedó de pie, cortada. Era una criatura flaca, de orejas lívidas y grandes ojos anémicos. Muy pobre, desde luego, condición que el sumo aseo no hacía sino resaltar. La profesora, tras una rápida ojeada a la ropa, se dirigió a la nueva alumna.

—Muy bien, señorita, tome asiento allí… Perfectamente. Bueno, señoritas, ¿dónde estábamos?

—¡Yo, señorita! ¡El respeto a nuestros semejantes! Debemos…

—¡Un momento! A ver, usted misma, señorita Palomero: ¿sabría usted decirnos por qué debemos respetar a nuestros semejantes?

La pequeña, de nuevo cortada hasta el ardor en los ojos, quedó inmóvil mirando insistentemente a la profesora.

—¡Veamos, señorita! Usted sabe, ¿no es verdad?

—S-sí, señorita.

—¿Veamos, entonces?

Pero las orejas y mejillas de la nueva alumna estaban de tal modo encendidas que los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Bien, bien… Tome asiento —sonrió la profesora—. Esta niña responderá por usted.

—¡Porque todos somos iguales, señorita!

—¡Eso es! ¡Porque todos somos iguales! A todos debemos respetar, a los ricos y a los pobres, a los encumbrados y a los humildes. Desde el ministro hasta el carbonero, a todos debemos respeto. Esto es lo que quería usted decir, ¿verdad, señorita Palomero?

—S-sí, señorita…

La clase concluyó, felizmente. En las subsiguientes la profesora pudo convencerse de que su nueva alumna era muchísimo más inteligente de lo que había supuesto. Pero ésta volvía triste a su casa. A pesar de la igualdad recomendada en clase recordaba bien el aire general de sorpresa ante sus gruesos y opacos botines de varón. No dudaba de que en los puntos extremos del respeto preconizado con tal fervor, ella ocupaba el último. Su padre era carbonero. Y volvía así la frase causante de su abatido desaliento. Desde el ministro hasta el carbonero, a todos debemos respeto. La criatura era precoz y el distingo de ese hasta fue íntimamente comprendido. Es decir que no existía ni remotamente tal igualdad, pero siendo el ministro de Instrucción Pública la más respetable persona, nuestra tolerancia debía llegar por suprema compasión a admitir como igual hasta a un carbonero. Claro está, la criatura no analizaba la frase, pero en sus burdas medias suelas sentía el límite intraspasable en que ella debía detenerse en esa igualdad.

Hasta papá es digno de respeto —se repetía la chica.

Y cuanto había en ella de ternura por su padre y respeto por su instrucción, se deshizo en lágrimas al estar con él. Contó todo.

—¡No es nada, Julita! —sonriose el padre—. ¿Pero de veras dijo hasta el carbonero?

—¡Sí, papá!

—¡Perfecto! Para ser en una escuela normal… Dime, ¿tú sabes en qué consiste esa igualdad de todos los hombres que enseñaba tu profesora? Pues bien, pregúntaselo a ella en la primera ocasión. Quisiera saber qué dice.

La ocasión llegó al mes siguiente.

—… porque todos somos iguales, tanto el rico como el pobre, el poderoso como el humilde.

—¡Señorita!… Una cosa; yo no sé… ¿En qué somos iguales todos?

La profesora quedó mirándola muy sorprendida de tal ignorancia, bien que la aprovechara ella misma para buscar a todo trance una respuesta que no halló enseguida.

—¡Pero, señorita! —prorrumpió—. ¿En qué está usted pensando? ¿Quiere que hagamos venir una niña de primer grado para que le enseñe eso? ¿Qué dicen ustedes, señoritas?

Las chicas, solicitadas así por la profesora, se rieron grandemente de su compañera.

—¡Hum! —murmuró luego el padre al enterarse—. Ya me parecía que la respuesta iba a ser más o menos ésa.

La pequeña, desorientada ya y dolorida, lo miró con honda desconfianza.

—¿Y en qué somos iguales, papá?

—¿En qué, mi hija?… Allá te habrán respondido que por ser todos hijos de Adán, o iguales ante la ley o las urnas, qué sé yo… Cuando seas más grande te diré más.

En el repaso de octubre, el respeto a nuestros semejantes surgió otra vez y la profesora pareció recordar de nuevo la pregunta aquella, manteniendo un instante el dedo en el aire.

—Ahora que recuerdo… ¿No fue usted, señorita Palomero, la que ignoraba en qué somos iguales?

La chica, en los meses anteriores, había aprendido el famoso apotegma; y siendo, como es, terrible la sugestión inquisitoria de tales dogmas en las escuelas, estaba convencida de él. Pero ante el cariño y respeto a la mentalidad de su padre, creyó su deber sacrificarse.

—No, señorita…

Julia salió de clase llorando sin consuelo. Días después la escuela entera se agitaba para celebrar el jubileo de su directora. Habría fiesta, y las pequeñas futuras maestras fueron exhortadas a llevar un ramo de flores, uno de los cuales sería ofrecido a la directora gloriosa. Y, desde luego, invitación a la familia de las alumnas.

Al día siguiente la subregente repartió las tarjetas entre las escolares para que las llevaran a sus padres. Pero Julia esperó en vano la suya; sólo habían alcanzado a las alumnas bien vestidas.

—Hum… —dijo el carbonero—. Esto es hijo de aquello… ¿Quieres llevar el mejor ramo que haya ese día?

La pequeña, roja de vanidad, se restregaba contra los muslos de su padre.

De este modo no cupo en sí cuando todas sus condiscípulas dirigieron una mirada de envidia a su ramo. Era sin duda ninguna el más hermoso de cuantos había allí. Y ante el pensamiento de su ramo, de que ella entre todas sus brillantes compañeras lo ofrecería a la directora, temblaba de loca emoción.

Pero al llegar el momento del obsequio, la profesora de su grado, después de acariciarla, tomó el ramo de sus manos y lo colocó entre las de la hija del ministro de Instrucción Pública, condiscípula suya. Ésta entre frenéticos aplausos lo ofreció a la directora enternecida.

El carbonero perdió esta vez la calma.

—Llora, pequeña, llora: eso tenía que pasar; era inevitable. ¿Pero quieres que te diga ahora? —exclamó haciendo saltar la mesa de un violento puñetazo—. ¡Es que nadie, ¿oyes?, nadie, desde tu directora a la última ayudante, nadie cree una palabra de toda esa igualdad que gritan todo el día! ¿Quieres más pruebas de las que has tenido?… Pero tú eres una criatura aún… Cuando seas maestra y enseñes esas cosas a tus alumnas acuérdate de tu ramo y me comprenderás entonces.

—Sí —me decía sonriendo al recuerdo la actual profesora normal—, mucho me costó olvidar la herida aquella. Y, sin embargo, papá no tenía razón. Cuando se posee una instrucción muy superior a la del medio en que se vive, la razón se ofusca y no se aprecian bien las distancias… ¡Pobre papá! Era muy inteligente. Pero mis alumnos saben muy bien, porque no me canso de repetírselo, que desde el ministro hasta el zapatero, todos somos iguales…

El lobo de Esopo

Era un magnífico animal, altísimo de patas, y flaco, como conviene a un lobo. Sus ojos, normalmente oblicuos, se estiraban prodigiosamente cuando montaba en cólera. Tenía el hocico cruzado de cicatrices blanquecinas. La huella de su pata encendía el alma de los cazadores, pues era inmensa.

La magnífica bestia vivió la juventud potente, empapada en fatiga y sangre, que es patrimonio de su especie, y durante muchos años sus grandes odios naturales fueron el perro y el hombre.

El brío juvenil pasó, sin embargo, y con la edad madura llegáronle lenta, difícil, penosamente, ideas de un corte profundamente peregrino, cuyo efecto fue aislarle en ariscas y mudas caminatas.

La esencia de sus ideas en tortura podía condensarse en este concepto: «El hombre es superior al lobo».

Esta superioridad que él concedía al soberbio enemigo de su especie, desde que el mundo es mundo, no consistía, como pudiera creerse, en la vivísima astucia de aquél, complicada con sus flechas. No: el hombre ocupaba la más alta escala por haberse sustraído a la bestialidad natal, el asalto feroz, la dentellada en carne viva, hundida silenciosamente hasta el fondo vital de la presa.

Como se comprende, largos años pasaron antes que este concepto de superior humillación llegara a cristalizarse. Pero una vez infiltrado en sus tenaces células de lobo, no lo abandonó más.

Sucedieron interminables meditaciones a la entrada de su guarida, sentado inmóvil, la cabeza de lado; arrastró por los campos, bajo las heladas nocturnas, su desvarío de bestia mordida por una idea en la entraña misma; soportó las ojeadas irónicas de sus compañeros que veían vagar silencioso y hundido de vientre a aquel gran capitán de antaño, hasta que una noche, al sentir entre sus patas las entrañas desparramadas de una oveja, comprendió, en la profunda vibración de su ser entero, que acababa de traspasar el límite que encerraba aún su hondo instinto de bestia. Fijó una larga mirada en los tres lobeznos entremezclados que se disputaban furiosamente la carne viva, y fue a bañar en el arroyo sus patas maculadas.

Desde entonces no mató. El salto estaba dado: no aspiraba ciertamente a una perfecta bondad y justicia, porque el concepto de humanidad plena pertenecía desde luego a los hombres. Pero sentía que su alma liviana —demasiado liviana acaso para ser de lobo— tocaba a su vez, y a despecho de sus violentos colmillos, la línea que lo separaba del Hombre.

Permanecía, así, largas horas en la selva del bosque, mirando a lo lejos a un hombre o una mujer doblado tenazmente sobre su azadón de labranza. Cuando llegaba el crepúsculo, el hombre enderezaba su cintura dolorida y regresaba mudo a su casa.

—¡Qué inmensa superioridad! —se decía amargamente.

Y se concretó, por único alimento, a comer raíces.

Comenzó entonces para él una vida dura, repelido, insultado, burlado por sus compañeros que se reían de su espectral flacura.

—No eres sino un esqueleto —le decían—. ¿Para qué te sirven tus filosofías?

—No tengo hambre —respondía él, apacible.

—¿No habrá un poco de flojedad en tus patas? —argüía irónicamente otro—. ¿Te atreverías a entrar en la majada?

—Me atrevería —contestaba— pero no lo haré.

—¿Y si te trajéramos aquí un buen corderito, eh? ¿O un cachorro de hombre?

—No comería.

—Pero ¿por qué, viejo loco?

—Porque no se debe matar —concluía él serenamente.

Por los ojos sangrientos de la manada pasó el mismo resplandor verdoso.

—¡No te venderás a los hombres, supongo! —castañeteó uno entre dientes.

—No —repuso inmutable aquél—. Pero los hombres son mejores que nosotros.

La manada contempló un momento con hondo desprecio al viejo loco, y el conciliábulo de hambre se elevó de nuevo en un angustioso aullido.

Pero flaco, muerto de hambre, helado hasta el fondo de sus huesos, el comedor de raíces proseguía su marcha ascendente hacia el heroísmo, teniendo por norte el amor y justicia que encarnaba el Hombre, y bajo él, bajo su alma luminosa de lobo filósofo, la bestia original, vencida, domada, aplastada para siempre.

—¡No matemos! —se repetía constantemente—. Toda nuestra inferioridad proviene de ahí. Si no hombres, lleguemos cuanto sea posible hasta la pureza de sus manos.

Y roído de hambre, continuaba nutriendo con raíces su heroica y trémula vejez.

Hasta que un día, habiéndose aproximado por demás a un lugar poblado, vio a los hombres con sus criaturas que degollaban y comían una oveja.

El compañero Iván

Una fría tarde de septiembre cruzábamos con Isola la Chacarita. En una cruz de hierro, igual y tan herrumbrada como todas las demás, leí al pasar:

IVAN BOLKONSKY

Nada más. El apellido me llamó la atención, y se lo hice notar a Isola.

—El mismo que la madre de Tolstoi —le dije—. Pero éste seguramente no era conde —agregué, considerando la plebeya uniformidad de las cruces a ras de tierra.

Isola se volvió vivamente, miró un rato la cruz, y me respondió:

—No, no era conde, pero era de la estirpe de los Tolstoi… ¡Pobre Iván! Yo creo que nunca le he hablado de él.

—Creo que no —le respondí—. No me acuerdo.

—Seguramente —agregó pensativo—. No nos conocíamos entonces… Sentémonos un momento… Me ha hecho acordar de tantas cosas… ¡Pobre Iván! ¡El amor que le he tenido! Teníamos todos una admiración profunda por él. Y ¡tras! Falló, como cualquiera de nosotros…

—Cuente —le dije.

—¡Pst! —se sonrió tristemente Isola, despejándose la frente— una bella frente de muchacho, por lo demás—. En pocas palabras se cuenta eso. Figúrese que jamás le conoció nadie más que por Iván. Todos sabíamos su apellido, pero para todos era Iván, nada más. Llegó a Buenos Aires, no sé de dónde, porque en todas partes había estado. Había algo de admiración religiosa en ese llamado por el nombre, y tengo la seguridad de que hubiera llegado a ser algo más que un simple compañero. Usted sabe que yo era compañero entonces. No he dejado de serlo, pero de un modo distinto… Iván también lo era, desde luego. Lo conocí en un taller de vitraux. Yo aprendía entonces el oficio y él era mi maestro. ¿Usted sabe manejar el diamante? Figúrese que él sacaba una espiral íntegra de un solo golpe. Frecuentaba la redacción de nuestro diario, y yo hacía allí mismo mis primeras letras, también de gratuito colaborador. Los artículos de Iván no creo hoy que fueran gran cosa; pero el hombre, su gran cultura, su serenidad moral, su estupenda bondad, eran extraordinarias. De la inextricable mezcla de amor y odio que hay en todos nosotros, él no sentía más que el amor; viejos obreros en la calle, obreras encinta, criaturas muriéndose de tuberculosis, en fin, todas las iniquidades de la injusticia. Ganaba un buen jornal, y jamás tenía un centavo; todo lo daba a quienes necesitaban más que él. No le cabía una pizca de odio. Tenía toda la madera de un Jesucristo. Supóngaselo ahora alto, rubio, joven, y con una clara sonrisa. Y no crea que le hago una historia: pregúntele a cualquier compañero del 1900, y verá si exagero.

»Así como hay individuos que por su inmensa tolerancia pierden del todo la personalidad, creíamos que Iván, a fuerza de amor y ternura por todo lo que es sufrimiento, sería inaccesible a la mujer. Nada en particular nos hacía suponer esto; pero había en sus ojos tal luz de sencilla y cariñosa renuncia al goce personal mientras sus centavos pudieran evitar la pulmonía de una criatura mediante un saquito abrigado, que el hecho nos sorprendió. Yo fui con él varias veces a casa de Borissoff, y no sospeché lo más mínimo. Verdad es que fue al principio. Yo era casi una criatura entonces, y tenía por Iván esa admiración tumultuosa y ciega que no es raro encontrar en los muchachos por algún condiscípulo mayor. Borissoff era decorador, y se habían conocido con Iván en Europa, cuando la mujer de Borissoff era una criatura. Iván se fue después a los Estados Unidos, y aquí se había hallado de nuevo con Borissoff, ya casado. Iván reconoció apenas a su pequeña amiga de antes, y la amistad se estrechó de nuevo.

»Qué tiempo demoró Iván en enamorarse de ella, no sé; pero sí debió ser largo el plazo transcurrido hasta darse cuenta, bien plena y cabal, de que amaba a la mujer de su amigo, y de que ella lo amaba también.

»Ahora, dado el hombre que le he pintado, Iván no soñó un instante en engañar a Borissoff. Resistió cuanto pudo, ella hizo lo mismo, pero llegó un instante en que ambos no pudieron más. Tuvieron una conferencia en casa de ella, con Borissoff delante, y resolvieron hacer su nido juntos al día siguiente.

»El trance es serio; pero Iván era ruso; ella, lo mismo, y Borissoff, también. Los tres tenían un concepto tal de la honradez, la justicia, la lealtad, que se hubieran sentido sucios de infamia al no proceder así. Y estos tipos de leyenda han vivido aquí en Buenos Aires, uno en un taller de vitraux, y el otro decorando cielorrasos. No son los únicos, por cierto; la cuestión es hallarlos. Y hallé a Iván, y por él supe todo.

»Lo cierto es que mientras tomaban el té, mirándose bien a los ojos con lealtad, sintiéndose los tres más dignos uno del otro, al no dejar deslizar entre ellos la más leve sombra de deshonor, decidieron la cosa. Como los fondos de Iván no eran suficientes para comprar algún mueble, Borissoff le dio cien pesos que tenía. Hablaron tranquilamente y se despidieron con un buenas noches. Ella se puso a arreglar su ropa en el baúl, y Borissoff la ayudó él mismo. Aun bajó dos veces a la calle a comprarle alguna zoncera indispensable. Lo que Borissoff debía sufrir, cualquiera lo sufre, y ella lo sentía más que nadie. Pero dado el estado de las cosas, cualquier otro proceder hubiera sido vil. Así es que se acostaron juntos por última vez, con un nuevo buenas noches de paz.

»Al día siguiente, muy temprano, recibí dos líneas de Iván. Fui a verlo, y llegué en el momento en que salía.

»—Lo mandé llamar —me dijo— para que nos ayude… Se mató anoche.

»—¿Qué? —le dije espantado.

»—Sí, anoche… Vamos.

»Fuimos, y la vi, tendida en la cama. Borissoff estaba tranquilo, caminaba en puntas de pie, aunque no creo que se fijara mucho en las cosas. A mí, por lo menos, no me reconoció. Tuvo una triste sonrisa para Iván, y se pusieron a hablar en voz baja.

»Pasaron cinco días sin que viéramos a Iván. Al fin apareció una noche en el diario. Estaba como siempre, habló de todo con nosotros, y prometió un artículo para el día siguiente. Me llevó a tomar café, y en el camino se detuvo sonriendo:

»—Es que no tengo plata —me dijo—. ¿Usted tiene?

»Me habló de sus proyectos, entre ellos uno sobre las criaturas —su flaco de siempre— hacinadas en un cuarto goteando agua todo el día en invierno, porque están revocados con arena de mar, muriéndose una tras otra de bronconeumonía. Y todo ello con la honda ternura de siempre. No hizo la menor alusión al pasado.

»“Bueno —pensé—. Se ha salvado. Es el mismo Iván de siempre, el de antes”.

»A la noche siguiente trajo el artículo a la redacción, y me dijo:

»—Mañana me voy al Rosario por un par de días. ¿Quieres corregirme eso?

»La misma noche se pegó un tiro. También esta vez fui el primero que llegué, y le aseguro que sufrí por él, por nosotros, por cuanto tiene de bueno la especie humana, al ver aquel gran muchacho, caído como cualquiera de nosotros.

»Luchó, sin duda, luchó lo indecible, como había luchado ella, y estoy seguro de que él mismo creía haberse salvado.

»Y aquí tiene la historia —concluyó Isola levantándose y arrojando hacia la cruz la ramita que tenía en la mano—. Una sencilla historia de amor entre personas, todo vergüenza y todo amor… Con muchísimo menos, otros son bien felices.

Los corderos helados

La historia —de un extremo al otro— se desarrolló en un frigorífico, y durante varios meses míster Dougald vivió en perfecta perplejidad sobre la clase de ofensa que pudo haber inferido a su capataz. Pero una mañana del verano último la luz se hizo, y el gerente del frigorífico sabe ahora perfectamente por qué el odio y los cerrojos de Tagliaferro se volcaron tras su espalda.

Esa cálida madrugada de febrero, míster Dougald, que en mangas de camisa pasea su pipa por los muelles del frigorífico, ha visto llegar hasta él a la esposa de Tagliaferro.

—Buenos días, míster Dougald —ha dicho ella, deteniéndose a su frente.

—Buenos días —ha respondido él, dejándose enfrentar.

—He querido hablarle ahora, míster Dougald —prosigue ella con grata sonrisa—, porque más tarde es difícil… Es por mi hermanito, Giacomo… usted sabe.

Pero míster Dougald, que sin moverse fija la vista en la joven —rostro fresco y ojos cálidos— la interrumpe:

—Sí, sí… mala cabeza. Usted… linda cara.

—Sí, míster Dougald —se ríe ella—, ya sé… Pero no se trata de eso. Giacomo está mal aconsejado. La última huelga…

—Poca cosa… —corta él, sacudiendo la cabeza—. Pero usted… muy linda cara.

—Bueno, míster Dougald; sea más serio. Sabemos que usted es muy bueno, y Duilio lo reconoce… Él se acuerda siempre de que usted no lo echó después de aquello… Vea, míster Dougald: cambiando de taller a Giacomo…

—Imposible —corta de nuevo. Para agregar, considerando siempre los ojos de la joven, que se marean cada vez que él insiste—: Usted… muy linda boca.

Ella opta por reírse, y dar por fracasada su embajada matinal.

—Otro día le hablaré, cuando esté más bueno.

—Es que yo digo: usted es…

—¡Sí, muy linda, muy linda! Me lo ha dicho muchas veces, y mi Duilio no se cansa de hacérmelo ver… Pero tenga cuidado, míster Dougald, en no decírmelo en cualquier parte, cuando Duilio lo puede oír…

Esta vez la pipa baja lentamente de la boca:

—¿Yo le he dicho… a usted eso… otra vez?

—Sí, acuérdese… Y me lo decía mucho más cerca que ahora. Duilio oyó. Por eso hizo aquello.

—¡Ah, ah! —exclama el gerente, satisfecho—. Ahora sí… sí… Hasta luego. Usted estaba… sí, sí… Su hermano, mala cabeza. Nada que hacer. Su cara… tan linda como antes.

Así, pues, míster Dougald ponía su ojo frío de gerente en todo. En los últimos rincones de las máquinas, puesto que era ingeniero; en el matadero, puesto que era capaz de desollar a la carrera a un primer premio de exposición; en las cámaras de frío, puesto que los planos —ecuaciones, mecánicas y demás— eran suyos. Después, cuarenta años y músculos tan sólidos como su dirección.

El destino quiso, sin embargo, que un atardecer de invierno bajara a las salas de congelación con la brújula de su vida fuertemente desviada. Míster Dougald recorrió las salas, examinó los corderos, los termómetros, y estuvo contento de sí mismo. Pero cuando quiso salir, halló que la puerta estaba cerrada. Tan bien cerrada, que después de ligero examen el gerente tuvo el convencimiento —tan pleno como si en él hubieran mediado algunas docenas de «azules»— de que la puerta había sido cerrada «a propósito tras él».

Ahora bien, las cámaras de frío de un frigorífico tienen esta particularidad: que son sordas como tumbas, y están tan aisladas del calor, del ruido, del mundo entero en general, que el zumbido de un moscardón haría estremecer por lo inesperado. Reina pues, en esas tumbas de frío, el más absoluto y blanco silencio. Están poderosamente iluminadas, con esa luz glacial de los arcos voltaicos. Por el techo corren las cañerías de frío. Del mismo techo penden en fila los corderos helados, cada uno cuidadosamente envuelto en su bolsa, como en un sudario. Ninguno se balancea, claro está. Todo está perfectamente inmóvil, iluminado, muerto. Luego, hay allí constantemente, ni una décima menos, un frío de veinte grados bajo cero.

Bien sabido es que esta temperatura es bien soportable haciendo la digestión sobre patines, o arrastrando trineos en el polo. Pero en un profundo sótano de frigorífico, teniendo a la espalda una puerta cerrada «intencionalmente» y arriba, muy arriba de los brazos, una red de caños blancos de hielo, en tal situación lo único real que hay allí para el espectador, fatal, inevitable, ineludible, es la muerte. Míster Dougald lo apreció así, y se decidió, por lo tanto, a esperar sosegadamente el día siguiente.

Eran las cinco de la tarde. Se quitó el sobretodo, luego el saco, y después el chaleco. Recogiose las mangas de la camisa, y presto ya, descolgó el primer cordero de la fila más próxima, y puso en su lugar el último de la misma serie. En el gancho de éste, colgó el primero que había desprendido. Era un cambio total de posición, pero que no alteraba en esencia las blancas filas de sudarios.

Descolgó el segundo cordero, y puso en su lugar el penúltimo; en vez de éste, el segundo; y así transportando en sus hombros los corderos amortajados, uno por uno, cambió todas las filas.

Sus pasos eran largos —terriblemente sonoros— pero las filas de cadáveres eran interminables. No sentía frío, claro está. Al fin, tratando siempre de identificar al hombre de la puerta, sacó el reloj: eran las ocho y media. Es decir, que le faltaban aún nueve horas para vivir la vida como todo el mundo, siempre que se apresurara a volver a sus corderos.

Cuántas veces cambió una fila por otra hasta la llegada del día, él mismo no podría decirlo. Pero sí está perfectamente probado que cuando a las seis y media de la mañana se abrió sigilosamente la puerta, y apareció la cara de Tagliaferro con una recelosa mirada al interior, míster Dougald empleó sus últimas fuerzas en un mudo puñetazo a los ojos de su capataz. No le dijo nada, pero le amortilló la cara satisfactoriamente.

Esa misma tarde hizo pasar los cerrojos de las puertas al interior, de modo que no pudiera asegurarse sino de adentro, y no pensó ni un momento en levantar inútil polvo echando a su capataz. Se contentó con llamarlo a su escritorio y boxearlo de nuevo.

En cuanto a los motivos de Tagliaferro para hacerle cambiar de lugar a los corderos por trece horas seguidas, ahora los conoce, y piensa a veces que el poder tener un poco más cerca aquellos ojos de madona, bien valdría una hora más de corderos.

Juan Poltí, half-back

Cuando un muchacho llega, por a o b, y sin previo entrenamiento, a gustar de ese fuerte alcohol de varones que es la gloria, pierde la cabeza irremisiblemente. Es un paraíso demasiado artificial para su joven corazón. A veces pierde algo más, que después se encuentra en la lista de defunciones.

Tal es el caso de Juan Poltí, half-back del Nacional de Montevideo. Como entrenamiento en el juego, el muchacho lo tenía a conciencia. Tenía, además, una cabeza muy dura, y ponía el cuerpo rígido como un taco al saltar: por lo cual jugaba al billar con la pelota, lanzándola de corrida hasta el mismo gol.

Poltí tenía veinte años, y había pisado la cancha a los quince, en un ignorado club de quinta categoría. Pero alguien del Nacional lo vio cabecear, comunicando enseguida a su gente. El Nacional lo contrató, y Poltí fue feliz.

Al muchacho le sobraba, naturalmente, fuego, y este brusco salto en la senda de la gloria lo hizo girar sobre sí mismo como un torbellino. Llegar desde una portería de juzgado a un ministerio, es cosa que razonablemente puede marear; pero dormirse forward de un club desconocido y despertar half-back del Nacional, toca en lo delirante. Poltí deliraba, pateaba, y aprendía frases de efecto: «Yo, señor presidente, quiero honrar el baldón que me han confiado».

Él quería decir «blasón», pero lo mismo daba, dado que el muchacho valía en la cancha lo que una o dos docenas de profesores en sus respectivas cátedras.

Sabía apenas escribir, y se le consiguió un empleo de archivista con 50 pesos oro. Dragoneaba furtivamente con mayor o menor lujo de palabras rebuscadas, y adquirió una novia en forma, con madre, hermanas y una casa que él visitaba.

La gloria lo circundaba como un halo. «El día que no me encuentre más en forma», decía, «me pego un tiro».

Una cabeza que piensa poco, y se usa, en cambio, como suela de taco de billar para recibir y contralanzar una pelota de fútbol que llega como una bala, puede convertirse en un caracol sopanto, donde el tronar de los aplausos repercute más de lo debido. Hay pequeñas roturas, pequeñas congestiones, y el resto. El half-back cabeceaba toda una tarde de internacional. Sus cabezazos eran tan eficaces como las patadas del cuadro entero. Tenía tres pies: ésta era su ventaja.

Pues bien: un día, Poltí comenzó a decaer. Nada muy sensible; pero la pelota partía demasiado a la derecha o demasiado a la izquierda; o demasiado alto, o tomaba demasiado efecto. Cosas estas todas que no engañaban a nadie sobre la decadencia del gran half-back. Sólo él se engañaba, y no era tarea amable hacérselo notar.

Corrió un año más, y la comisión se decidió al fin a reemplazarlo. Medida dura, si las hay, y que un club mastica meses enteros: porque es algo que llega al corazón de un muchacho que durante cuatro años ha sido la gloria de su campo.

Cómo lo supo Poltí antes de serle comunicado, o cómo lo previó —lo que es más posible—, son cosas que ignoramos. Pero lo cierto es que una noche el half-back salió contento de casa de su novia, porque había logrado convencer a todos de que debía casarse el 3 del mes entrante, y no otro día. El 2 cumplía años ella, y se acabó.

Así fueron informados los muchachos esa misma noche en el club, por donde pasó Poltí hacia medianoche. Estuvo alegre y decidor como siempre. Estuvo un cuarto de hora, y después de confrontar, reloj en mano, la hora del último tranvía a la Unión, salió.

Esto es lo que se sabe de esa noche. Pero esa madrugada fue hallado el cuerpo del half-back acostado en la cancha, con el lado izquierdo del saco un poco levantado, y la mano derecha oculta bajo el saco.

En la mano izquierda apretaba un papel, donde se leía:

«Querido doctor y presidente: Le recomiendo a mi vieja y a mi novia. Usted sabe, mi querido doctor, por qué hago esto. ¡Viva el club Nacional!»

Y más abajo, estos versos:

«Que siempre esté adelante
el club para nosotros anhelo.
Yo doy mi sangre
por todos mis compañeros,
ahora y siempre el club gigante.
¡Viva el club Nacional!»
 

El entierro del half-back Juan Poltí no tuvo, como acompañamiento de consternación, sino dos precedentes en Montevideo. Porque lo que llevaban a pulso, por espacio de una legua era el cadáver de una criatura fulminada por la gloria, para resistir la cual es menester haber sufrido mucho tras su conquista. Nada, menos que la gloria, es gratuito. Y si se la obtiene así, se paga fatalmente con el ridículo, o con un revólver sobre el corazón.

El alcohol

Un hombre honrado puede mantenerse tal entre pillos, y a un cuerdo le es posible desempeñar entre locos un papel bastante agraciado. Pero el hombre que se halla ineludiblemente entre borrachos deberá inmediatamente sumergir su cabeza en el alcohol, por poco que su propio interés le inspire respeto.

—Esta máxima es vulgar —dijo el hombre que hablaba con nosotros— pero profunda. Su transgresión ha costado algunos tronos y no pocas cabezas. Otros han perdido su novia, y es una aventura de éstas la que traído al recuerdo aquella sentencia. Ustedes verán cómo.

Hace algunos años, la casualidad, o sea serie de circunstancias anodinas que reúnen alrededor de una mesa de bar a cinco o seis individuos que esa mañana no se conocían, quiso que yo me hallara en esa situación en un nine o’clock rhum del Boston, con cuatro compañeros a la mesa, y tres japoneses enfrente, hundidos en los divanes, que nos observaban en silencio con sus ojillos entornados.

Los divanes del Boston, ustedes lo saben, se prestan a estas irónicas meditaciones.

El ron subía, y con él nuestro calor. De mis cuatro compañeros sólo recordaba bien, con una visión anterior a la entrada en el Boston, a dos viejos amigos. Los otros dos debían haberme sido presentados probablemente en el día. Pero a todos los tuteaba por igual. Digo mal: con uno de nosotros no estaba contento porque no bebía. Era un hombre mayor que nosotros, tranquilo y serio, pero de sonrisa sumamente agradable cuando nos dirigíamos a él. Fuera de esto, nada. Se abstenía decididamente de beber, con una breve sonrisa que pedía lo dejáramos en paz, y nada más. Pero como no parecía haber en ello ni rastro de hipocresía, y aún intervenía de buen grado en nuestros comentarios en voz alta, corteses y profundamente provocativos, respecto de los tres orientales que creían dominar la situación desde el fondo de sus divanes, no insistimos. El ron había alcanzado ya una altura infranqueable, y decidimos salir en auto a tomar un poco de aire.

Esto es una perífrasis. Pero cuando el señor abstemio se convenció de que no dejaríamos de efectuar esa toma de aire, y menos de abandonarlo a él a sus propios dioses, llamó al mozo y tranquilamente apuró, una tras otra, cinco copas de ron. Hecho lo cual se acodó a la mesa y nos dijo:

—Cuando ustedes quieran.

¡Magnífico! En el auto, que iba rompiendo el viento como una sirena, porque cantábamos todos, accedió a explicarnos aquel súbito cambio de frente. Hubiera accedido a cualquier cosa, porque cinco copas masivas de ron abren tiernamente al alma o no importa qué.

—Es muy sencillo —nos dijo—. Mientras ustedes se mantuvieron dentro de cierto límite, yo me abstuve. Pero cuando vi que ustedes lo saltaban a pie junto, me libré muy bien de quedarme atrás, y salté a mi vez. Soy soltero, tengo cuarenta y dos años, y el hígado perdido. Tuve una novia, que perdí por no hacer lo que acabo de efectuar en el bar. Bien hecho. Era joven entonces, y creía en las virtudes extremas. Por esto no me había embriagado nunca. Después me he dado cuenta de que no es posible llegar a una real estimación de sí mismo, sin conocer la longitud de las propias debilidades.

»Pues bien, yo vivía entonces en Fernando Poo. Yo soy español, y aquél es un país del infierno. Las mujeres europeas no resisten un año. He conocido allá a un pastor protestante que enviudaba todos los años y se iba a Inglaterra a casarse de nuevo, de donde volvía con una nueva mujer que se moría en breve tiempo. El gobernador intervino por fin, extralegalmente, y puso coto a la fiebre de aquel enterrador de mujeres. Los hombres se salvan, con el hígado destruido para siempre. Esto, los que llevan la peor parte. Los más afortunados mueren de una vez enseguida. Y esto pasa porque las bocas del Níger —enfrente, digamos— están hechas de cieno podrido y de fiebres palúdicas, al punto de que no hay memoria de que mortal alguno haya cruzado las bocas del Níger sin guardar, para el resto de sus días, un pequeño foco de podredumbre en su hígado hipertrofiado.

»Tal es el país donde yo atendía una factoría española, de las muy contadas de esta nacionalidad que había entonces por allá. Todas eran alemanas, algunas inglesas y una francesa. El tráfico, muy escaso y absolutamente comercial, llevaba sin embargo a veces hasta allá a algún buque de guerra costero, y así en una ocasión tuve el disgusto y la obligación de atender a la oficialidad de algunos cañoneros de distinto pabellón, fortuitamente de escala en el país.

»Atendilos, pues, lo mejor que pude. La despensa de los cañoneros, tras una muy larga travesía, estaba agotada. La nuestra de Santa Isabel no era en aquel momento menos mezquina. Organicé no obstante un pasable almuerzo, a base de latas, tarros y frascos de toda especie de conserva. Yo contaba, sobre todo —ahora lo recuerdo— como triunfo final, con una botella, una minúscula media botella de «chartreuse», reservada en mi despensa. Al tomar el café, dos o tres negras trajeron a la mesa solemnemente la preciosa botella. Pero quedaban apenas dos dedos, porque las negras, de nariz y oído muy duros, creyendo que aquello era petróleo —un buen petróleo— habían vertido el resto en la lámpara…

—¡Buen petróleo! —ratificó uno de nosotros, lamiéndose los labios.

—No era malo; pero apenas alcanzamos a gustarlo. La segunda parte —prosiguió— de los festejos que podía ofrecer a mis oficiales, consistió en una ascensión a la montaña inmediata, cosa trivial en el país pero sabrosa para gentes enmohecidas largo tiempo en el mar.

»La ascensión es dura, aun con la ventaja del bosque que cobija en gran parte el cerro. Subíamos, asimismo, airosamente, tras el rastro de los indígenas que cargaban la impedimenta del picnic. Impedimenta de subida, nada más, pues casi toda ella consistía en botellas que debían quedar vacías allá. Los marinos, sabido es, se resarcen en tierra de la forzosa abstención de a bordo.

»Así, pues, mis oficiales trepaban bien que mal, tropezando y sujetándose de las raíces que atravesaban el sendero; bañados en sudor, pero contentos. La cortesía del caso me llevaba del uno al otro, para oír siempre las semiconfidencias malévolas de los oficiales franceses respecto de los alemanes, y las de éstos que me contaban chismes de los franceses. Y los ingleses de ambos. Siempre el mismo tema.

»Llegamos, por fin, cuando la sed y el hambre nos devoraban. Bebimos —bebieron, mejor dicho— de una manera insondable. A la vuelta, bajaban de la montaña, del brazo, alemanes, ingleses y franceses, todos mezclados. A la mitad del camino cantaban, enarbolando la chaquetilla blanca como una insignia, y cada uno se empeñaba en cantar canciones del país de su compañero de brazo. El efecto era extraordinario.

»Yo creía entonces que en un grupo de amigos desprovistos de razón, uno por lo menos debe permanecer cuerdo. Pagué caro esta creencia.

»En efecto, como yo había bebido apenas por lo antepuesto, era fuertemente solicitado por mis oficiales que venían por turno a ofrecerme con voz pastosa la seguridad de una eterna amistad. Yo les aseguraba iguales sentimientos de mi parte, con lo que se retiraban consolados. Uno de ellos, un alférez de navío inglés, que hasta entonces se había mantenido casi en forma, aunque un poco rígido, vino de pronto a gimotear en mi cuello tales hondas y contenidas lágrimas de amistad no comprendida por mí, que hube, a mi vez, de tenerlo por largo rato abrazado para que cesara de llorar. Se alejó por fin, tragándose las lágrimas, para volver al rato; pero ya seguro de mi amistad, porque yo no era de la pasta de esos oficialillos franceses y alemanes e ingleses: «tutti quanti». Estábamos ligados por una fraternidad hasta la muerte.

»Y en prueba de ella, al costear un precipicio, arrojó al vacío su chaquetilla y su gorra, exclamando que no las precisaba para nada porque poseía mi amistad.

»Como yo era en cierto modo responsable del decoro de mi gente, logré hacerle aceptar mi blusa y mi sombrero, y continuamos bajando, siempre al son de la algarabía internacional.

»El tiempo, dudoso hasta ese instante, se resolvió en brusca manga que nos empapó hasta los huesos. Pasó pronto, pero dejó el sendero hecho un torrente. Inútil que les cuente al detalle mi tarea con catorce locos que pretendían a cada instante regresar arriba a acampar allá por el resto de sus días. Al caer la tarde mi oficial inglés cayó en un zanjón disimulado por zarzas espinosas y lleno de agua. No pude sacarlo sino a expensas de su pantalón que quedó en el fondo retenido por las espinas. Seguimos adelante, hasta que mi amigo se echó al suelo y dijo que no podía dar un paso más porque no tenía pantalón. Juraba con el puño en el barro que se quedaría allí para siempre. Tuve que darle mi pantalón, y sus compañeros agradecidos me incorporaron del brazo a su grupo, porque yo, aunque español, era un hombre repleto de méritos.

»Ahora bien: el pastor inglés, enterrador de mujeres de que les hablé al principio, había llevado con su primera esposa a su cuñada. Tuve ocasión de tratar a ésta: no creo que bajo el sol haya latido jamás un corazón más lleno de ternura que el suyo. Nuestra simpatía fue tan viva que tres meses después estábamos comprometidos. Esto pasaba pocos días antes de la aventura.

»En Santa Isabel no había entonces más que una calle que mereciera el nombre de tal, y arrancaba lógicamente del puerto. Por ella habíamos ascendido doce horas antes, y por ella me vi forzado a bajar con mis oficiales, ya de noche oscura, a grito herido y entre un infernal ladrido de perros. Conforme íbamos pasando, las persianas se enderezaban, y nos veían. Supondrán cuánto había hecho yo para disuadir a mi gente de esa entrada triunfal. Nada conseguí. Descendíamos la calle del brazo, roncos, desprendidos y embarrados. Pero yo, además de esto, pasaba en calzoncillos y con las mangas de la camisa abiertas en dos.

»Éste es el espectáculo que dimos a todo Santa Isabel que nos atisbaba detrás de las persianas. El escándalo fue vivo y, sobre todo, en mi novia, pues casi únicamente a mí se me creyó realmente borracho. El alcohol, para una miss, no es cosa de mayor monta. Pero quinientos años de Biblia velan la naturalidad de muchas almas, y aun de la de aquella mujercita, que era un ángel. La enorme ligereza de mi ropa, lucida frente a su casa, no tenía redención. Rompió conmigo, sin una explicación.

»Poco después abandoné Fernando Poo, como pensaba hacerlo, y supe más tarde que la criatura, reintegrada a su país antes de ser devorada por la anemia, se había casado con su cuñado, al enviudar éste. De modo que regresó a Santa Isabel, donde murió, naturalmente, antes de un año.

»Nada más —concluyó nuestro hombre— puedo decirles. Si en vez de convertirme en guardián de locos en aquella ocasión, corro la aventura con ellos, hubiera bajado la calle sin distinguirme de los otros, y con un pantalón, por consiguiente. De aquí mi actitud de hace un rato. Desde aquella historia, me apresuro a sumergir mi cabeza en el alcohol cada vez que mis compañeros comienzan a hablar lenguas que no conocen. Sigamos, pues. ¿Dónde estábamos? Yo sé una canción en nebi-nebi, los negros de allá. ¡Atención!, para hombres solos. Comienza así…

Su chauffeur

Lo encontré en la barranca de Pino, haciendo eses con su automóvil ante la Comisión Examinadora de tráfico.

—Aquí me tiene —me dijo alegremente, a pesar del sudor que lo cubría—, enredado en estos engranajes del infierno. Un momento, y concluyo. ¡Vamos! ¡Arre!

Yo no le conocía veleidades automovilísticas, ni tampoco otras, fuera de una cultura general que disimulaba risueñamente bajo su blanca dentadura de joven lobo.

—Ya concluimos. ¡Uf! Debo de haber roto uno o dos dientes… ¿No le interesa el auto?… A mí tampoco, hasta hace una semana. Ahora… ¡Buen día, compañero! Voy a limpiarme los oídos del ruido de los engranajes.

Y cuando se iba con su automóvil, volvió la cabeza y me gritó sin parar el motor:

—¡Una sola pregunta! ¿Qué autor está en este momento de moda entre las damas de mundo?

Mis veleidades particulares no alcanzan hasta ese conocimiento. Le di al azar un par de nombres conocidos.

—… ¿Y Tagore? Perfectamente.

—Agregue Proust —agregué después de un momento de reflexión—. Bien mirado, quédese con éste. ¿Para qué quiere a Proust?

Se rió otra vez, echando mano a sus palancas por toda despedida, y enfiló a la Avenida Vertiz.

Dos meses después hallábame yo en el centro esperando filosóficamente un claro en la cerrada fila de coches, cuando en un automóvil de familia tuve la sorpresa de ver a mi chauffeur, de librea, hierático y digno en su volante como un chauffeur de gran casa.

Creí que no me hubiera visto; pero al pasar el coche, y sin alterar la línea de su semblante, me lanzó de reojo una guiñada de reconocimiento, y siguió imperturbable su camino.

Yo hubiera concluido por hacer lo mismo con el mío, si un instante después no me saludan con la mano en la visera, y me cogen del brazo. Era mi chauffeur.

—Tenemos veinte minutos para charlar —me dice—. Entremos en esta lechería… Lo que menos se imaginaba usted era verme así, ¿eh? Le voy a enterar de una porción de cosas, porque no bastan la guiñadita que le hice y este banquete, para pagarle lo de Proust. ¿Se acuerda usted? Bien. Yo me acuerdo de que le debo la aventurilla de estos dos meses, y el motivo de haberla emprendido. Empezaremos por el principio. Y comienzo:

»Yo tenía, desde mi llegada a Buenos Aires, una debilidad más grande que por el automóvil, por las chicas de mundo. Tenía también la certidumbre de que tales chicas sólo son accesibles a dos categorías de hombre: a sus iguales en ambiente, y a los hombres de su servicio. Ningún otro mortal puede tratarlas asiduamente. Yo no esperaba, bien entendido, que la charla de una chica de mundo pudiera reservarme sorpresas. Pero hay el demonio del paraíso reservado, el lujo de las ropas, la impertinencia consentida, qué sé yo. Para tratarlas de igual a igual, no me sentía con fuerzas. Entonces resolví entrar a su servicio.

»Desde el primer instante, pensé en el automóvil. El chauffeur mira y admira a la par de las niñas. Sufre a veces su contacto en la dirección. Todo bien pensado, me decidí por el oficio. Y en tal aprendizaje me halló usted, rompiendo engranajes en la barranca de Pino.

»Pero no basta ser chauffeur de una chica de mundo para interesarle. Se requiere el misterio de la contradicción entre el oficio y el hombre, del mismo modo que los niños bien logran dar algún interés a su charla, pasando por revolucionarios. La contradicción, en mi caso, consistiría en aprovechar la primera coyuntura para sembrar la inquietud a mi respecto.

»Las chicas de mundo se interesan a su modo por las cuestiones de arte. Una sacudida literaria, el temible alborozo de tener a su servicio a un universitario —humillarle un poquito y coquetear con él otro poquito— me pareció lo más eficaz dentro del género. De aquí mi pregunta aquella, y su recomendación de Proust, que bendigo en lo que se merece.

»Obtuve, pues, la plaza deseada. ¿Vio la cara de las chicas en el coche? Es la primera vez que he tenido suerte, suerte francamente acordada, de palma a palma de mano.

»La hermana menor es una pobre cosa, aunque cree a su sangre azul y lee a Ronsard de memoria. La mayor, con su salud plebeya, sus ojos de incendio, y su carne dolorida por el golpear sin tasa de las miradas, es mucho más interesante.

»Ésta fue el blanco elegido. Por algún tiempo no hallé ocasión propicia. Las chicas iban, salían y volvían con otras, siempre a mis espaldas, como si yo no existiera. Me daban órdenes mirando al radiador, y apenas si en las tres o cuatro primeras palabras que respondí desde la portezuela, me habían lanzado una breve ojeada.

»Por mi parte, me libraba bien de excitar sospechas, cosa tanto más fácil cuanto que la conversación de las chicas pocas veces se prestaba a disquisiciones de arte puro.

»Así las cosas, mis niñas y un par de amigas se alzaron una tarde conmigo a asolearse y comer tonterías en la costa del río. No había allí otra persona de servicio que yo. Máximo aquí, Máximo allá, yo llevé los almohadones, traje agua, y esperé de pie nuevas órdenes.

»Las chicas se conocían de ayer. Por esto sacaron a brillar sus luces intelectuales, discutiendo arte en francés. En medio de esto, las voces se cortaron de golpe cuando, a compás del termo que yo deponía entre ellas, dejé caer, a propósito:

»—… Si es posible contar con Proust.

»Proust no había sido nombrado aún. El chauffeur, envarillado y absurdo entre los mil pliegues de sus breeches, era quien acababa de citarlo. ¿Comprende usted? ¡A Proust!

»Yo estaba de nuevo junto a la rueda del coche, secándome tranquilo las manos. Las chicas no volvían de su sorpresa.

»—¿Pero fue él? —insistía con voz baja y angustiada.

»—¡Máximo! —me preguntó en el silencio mí niña mayor—. ¿Fue usted el que nombró a Proust hace un momento?

»—Sí, niña —respondí.

»—¿Usted lo ha leído? —prosiguió ella.

»—No, niña —contesté yo.

»Breve pausa en el corro.

»—¿Y cómo lo cita, entonces? —reanudó mi chica.

»Yo entonces dejé el trapo y respondí con el más insolente respeto:

»—He visto su nombre en una vidriera…

»Y torné a mi coche. Pero yo me restregaba las manos en mi interior. El gran salto estaba dado. Con menor contraste que el de mi librea y ese zonzo de Proust —y usted perdone—, un millón de mujeres han perdido su alma de curiosidad.

»Volvimos. Las chicas charlaban ahora en criollo corrido, y con evidente recelo.

»Al día siguiente, cuando los patrones subían al coche, advertí su mirada inquisitorial a mi semblante. Las muchachas debían de haberlos informado del caso. Por el espacio de varios días se me buscó la boca. Yo, como si nada oyera. Me dejaron en paz, por fin. Todos, menos mi chica mayor.

»Yo creo que se forjaba la ilusión de que mi espalda era un espejo para mirarse. La llevé sola a varias partes, y a propósito de cualquier cosa trató de despegar mis labios. Lo consiguió, pero no quedó contenta. ¡Figúrese! ¡Echar a perder mi magnífica posición, satisfaciendo prematuramente su curiosidad!

»Después quiso aprender a manejar el automóvil. Le di la dirección, y por algunos días estuvimos al lado, con mis guantes sobre los suyos en el volante, y cayendo ella sobre mí en los virajes. Se reía mucho de su torpeza, y se cansaba a menudo, pidiéndome entonces explicaciones, con los ojos bien puestos en los míos.

»Hay mujeres a las que es necesario exigir todo, pues si se entregan una parte no conceden nada más. De éstas era mi chica. Ningún sismógrafo adaptado al caso hubiera acusado el menor temblor de mi mano sobre la suya. Y esto la enervaba, como dicen ellas en francés.

»Soporté asimismo un cuestionario sobre mis preferencias amatorias, o por esta mucama, por la otra o la de más allá, o por cualquier otra persona, en fin, cuya posesión constituyera para mí un ideal… inalcanzable.

»Respondí a todo con la brevedad y el tranquilo respeto de quien se siente a resguardo de cualquier sospecha.

»Un día, en plena carretera, el motor se descompuso. Mientras yo estaba bajo él, mi chica me dijo:

»—Máximo: ¿qué haría usted si yo de golpe pusiera en marcha el motor?

»Yo le respondí:

»—Posiblemente moriría.

»—Y no se perdería gran cosa, ¿verdad, Máximo?

»—Nada, niña —afirmé yo.

»—Entonces… ¡Atención! ¡Embrío!

»—Cuando guste, ni…

»Pero no pude concluir, porque el demonio había embriado, en efecto, y el cárter había estado a punto de aplastarme.

»—¡Máximo! —oí su voz alterada—. ¿Le he hecho daño?

»—Ninguno, niña —contesté, prosiguiendo el ajuste.

»Ella lo comprendió así por el ruido de las llaves; y tras una pausa, desde el volante se echó a reír diciendo:

»—Usted perdone, chauffeur… Creí que era de otra pasta… Prosiga tranquilo con su maquinita…

»Yo proseguí, en efecto, y cuando hube dejado en forma el motor, me quité el overol, me lavé concienzudamente las manos, y saltando a la dirección hablé a mi chica en estos términos.

»—Ahora, señorita, ha llegado el momento de explicarnos. Desde hace un mes largo, usted me viene provocando de todos modos y en todas formas. Sin consideración alguna por la librea que visto. Hasta hoy no he conocido una mujer capaz de burlarse de mí: y usted es muy poca cosa para intentarlo con éxito. En consecuencia, le voy a dar la lección que merece y ojalá le sirva de provecho.

»Y sin que tuviera fuerzas ni tiempo para evitarlo, la tomé en los brazos, besándola a mi gusto.

»Cogí de nuevo el volante, y enfilé el coche a setenta kilómetros, sin apartar los ojos de la carretera. La chica, entretanto, me insultaba, llorando de rabia, con un vastísimo repertorio. «Inmundo» y «chusma» son sus vocablos más dulces.

»Dos eventualidades iba corriendo yo con el automóvil: que la chica enterara del caso a su padre, y que me cobrara odio. Como usted bien comprende, las dos podrían resumirse en la última. Y no era de esperar.

»Antes bien, afiancé mi situación, pues como en los días subsiguientes la chica no hallara tono bastante duro para darme órdenes, aproveché la ocasión en que ella descendía sola, para decirle con la mano en la gorra:

»—Le advierto, señorita, que si la primera vez que usted me hable no baja el tono, abandono su servicio enseguida.

»¿Audaz, verdad? Y aquí tiene el resultado. Continúo de chauffeur. En esto estamos. Nada más ha pasado. Yo descanso. Ella… se cansa. ¿El final de todo esto? Allá veremos. Y ahora, hasta otro momento. Vuelvo al coche. Felicidad, y gracias de nuevo.

Un mes más tarde, las vicisitudes de la vida me llevaban a una reunión de mundo. En un rincón y rendidísimo con una madura y sólida chica, percibí a mi amigo el chauffeur. Me hizo una seña al distinguirme, y rato después venía a mi lado con su blanca sonrisa de lobo.

—¡Encantado de hallarlo, le juro! ¿Le extraña verme aquí? Pero ésta no es una librea. Estoy de nuevo en funciones particulares. Sí, abandoné la plaza. La vida de servicio es dura. Se suman en el día unas cuantas cositas. ¿Quiere el remate del día? Va usted con su motor en falla al taller recomendado. Examen, tal y tal. ¿Cuánto? Cuatrocientos pesos. Usted, chapetón, salta. El mecánico se vuelve a reír con los otros. Son doscientos para él; los otros doscientos para usted. Ahora soy libre de nuevo.

—Y se consuela bastante rápido de sus amores —advertí.

—¿La chica con quien hablaba? Es ella misma. Sólo que ahora la cortejo de igual a igual. Es toda una historia. Ya lo enteré del temperamento de la niña ¿no? Es de aquellas a quienes no se puede conceder armisticio. Deben rendirse, con todos los honores, pero a discreción. Mi chica insistía en aprender el manejo, y mi situación en el volante se tornaba insostenible. Sus manos se crispaban bajo mis guantes, y en los virajes, el polvo y sus cabellos caían sobre mi cara por igual.

»Un día me tomó las manos sobre el volante, a trueca de lanzar el coche alcantarilla abajo.

»—¡Máximo! —me dijo—, ¿por qué es usted así conmigo?

»Yo respondí:

»—No creo que tenga usted quejas de mi servicio, niña.

»—¿Pero usted es idiota, o qué es? —agregó ella.

»Yo no contesté, y enderecé el auto. ¿Usted comprende lo que hubiera pasado? Un beso, dos, tal vez tres. Y así eternamente alrededor del vivero.

»Abandoné, pues, el servicio. La he buscado en otro ambiente, como usted acaba de ver, y hablamos a menudo.

»Pero no hay solución para nosotros. Creo que ella estima lo suficiente a su ex chauffeur, como para saltar por sobre dos o tres prejuicios. Yo le he dicho: “Gracias”. No me vendí al mecánico, y menos a los millones de mi patroncita.

»Tal es, al presente, la situación. Vuelvo otra vez con ella, a ver si juntos hallamos una solución salvadora. Ciao, y no olvide que cuando quiera aprender el manejo tiene a su disposición mi autito de Pino.

Un mes más tarde, en circunstancias semejantes a la anterior, torné a ver a mi amigo; pero estaba vivamente contrariado.

—¿Bien, usted? Me alegro. Ojalá pudiera yo decir lo mismo… Allí está, la ve usted, con un semblante como el mío. No haga jamás, por Dios, tonterías superiores a sus fuerzas, por grandes que sean. Yo creí inmensas las mías, y estoy fundido. Soy yo ahora, ¿entiende usted?, el que daría la vida por un beso. Adiós.

—¿No vuelve otra vez con su chica? —le dije.

—¿A qué? —se volvió él—. No sé de otra cosa que hacer que ésta: ¡volar todos los automóviles y los chauffeurs en una sola bomba!

Y se fue.

Han pasado siete días. Ayer, al detenerme en la esquina, veo pasar en un gran automóvil de lujo a la chica en cuestión, hundida en los cojines como quien va saboreando una gran felicidad. Vuelvo los ojos a la dirección, y advierto en el volante a mi chauffeur.

Esta vez no me ha visto. Sonrío al recuerdo de sus inquietudes, y los sigo con los ojos hasta que se pierden de vista.

—He aquí a un hombre —me digo yo también satisfecho— que ha hallado por fin la solución de su problema.

El agutí y el ciervo

El amor a la caza es tal vez la pasión que más liga al hombre moderno con su remoto pasado. En la infancia es, sobre todo, cuando se manifiesta más ciego este anhelo de acechar, perseguir y matar a los pájaros, crueldad que sorprende en criaturas de corazón de oro. Con los años, esta pasión se aduerme; pero basta a veces una ligera circunstancia para que ella resurja con violencia extraordinaria.

Yo sufrí una de estas crisis hace tres años, cuando hacía ya diez años que no cazaba.

Una madrugada de verano fui arrancado del estudio de mis plantas por el aullido de una jauría de perros de caza que atronaban el monte, muy cerca de casa. Mi tentación fue grande, pues yo sabía que los perros de monte no aúllan sino cuando han visto ya a la bestia que persiguen al rastro.

Durante largo rato, logré contenerme. Al fin no pude más y, machete en mano, me lancé tras el latir de la jauría.

En un instante estuve al lado de los perros, que trataban en vano de trepar a un árbol. Dicho árbol tenía un hueco que ascendía hasta las primeras ramas y, aquí dentro, se había refugiado un animal.

Durante una hora busqué en vano cómo alcanzar a la bestia, que gruñía con violencia. Al fin distinguí una grieta en el tronco, por donde vi una piel áspera y cerdosa. Enloquecido por el ansia de la caza y el ladrar sostenido de los perros, que parecían animarme, hundí por dos veces el machete dentro del árbol.

Volví a casa profundamente disgustado de mí mismo. En el instante de matar a la bestia roncante, yo sabía que no se trataba de un jabalí ni cosa parecida. Era un agutí, el animal más inofensivo de toda la creación. Pero, como hemos dicho, yo estaba enloquecido por el ansia de la caza, como los cazadores.

Pasaron dos meses. En esa época nos regalaron un ciervito que apenas contaría siete días de edad. Mi hija, aún niña, lo criaba con mamadera. En breve tiempo, el ciervito aprendió a conocer las horas de su comida y surgía entonces del fondo de los bambúes a lamer el borde del delantal de mi chica, mientras gemía con honda y penetrante dulzura. Era el mimado de casa y de todos nosotros. Nadie, en verdad, lo ha merecido como él.

Tiempo después regresamos a Buenos Aires y trajimos al ciervito con nosotros. Lo llamábamos Dick. Al llegar al chalet que tomamos en Vicente López, resbaló en el piso de mosaico, con tan poca suerte que horas después rengueaba aún.

Muy abatido, fue a echarse entre el macizo de cañas de la quinta, que debían recordarle vivamente sus selvosos bambúes de Misiones. Lo dejamos allí tranquilo, pues el tejido de alambre alrededor de la quinta garantía su permanencia en casa.

Ese atardecer llovió, como había llovido persistentemente los días anteriores y, cuando de noche regresé del centro, me dijeron en casa que el ciervito no estaba más.

La sirvienta contó que, al caer la noche, creyeron sentir chillidos afuera. Inquietos, mis chicos habían recorrido la quinta con la linterna eléctrica, sin hallar a Dick.

Nadie durmió en casa tranquilo esa noche. A la mañana siguiente, muy temprano, seguía en la quinta el rastro de las pisadas del ciervito, que me llevaron hasta el portón. Allí comprendí por dónde había escapado Dick, pues las puertas de hierro ajustaban mal en su parte inferior. Afuera, en la vereda de tierra, las huellas de sus uñas persistían durante un trecho, para perderse luego en el barro de la calle, trilladísimo por el paso de las vacas.

La mañana era muy fría y lloviznaba. Hallé al lechero de casa, quien no había visto a Dick. Fui hasta el almacén, con igual resultado. Miré, entonces, a todos lados en la mañana desierta: nadie a quien pedir informes de nuestro ciervito.

Buscando a la ventura, lo hallé, por fin, tendido contra el alambrado de un terreno baldío. Pero estaba muerto de dos balazos en la cabeza.

Es menester haber criado con extrema solicitud —hijo, animal o planta— para apreciar el dolor de ver concluir en el barro de un callejón de pueblo a una dulce criatura de monte, toda vida y esperanza. Había sido muerta de dos tiros en la cabeza. Y para hacer esto se necesita…

Bruscamente me acordé de la interminable serie de dulces seres a quienes yo había quitado la vida. Y recordé al agutí de tres meses atrás, tan inocente como nuestro ciervito. Recordé mis cacerías de muchacho; me vi retratado en el chico de la vecindad, que la noche anterior, a pesar de sus balidos, y ebrio de caza, le había apoyado por dos veces en la frente su pistola matagatos.

Ese chico, como yo a su edad, también tenía el corazón de oro…

¡Ah! ¡Es cosa fácil quitar cachorros a sus madres! ¡Nada cuesta cortar bruscamente su paz sin desconfianza, su tranquilo latir! Y cuando un chico animoso mata en la noche a un ciervito, duele el corazón horriblemente, porque el ciervito es nuestro…

Mientras lo retornaba en brazos a casa, aprecié por primera vez en toda su hondura lo que es apropiarse de una existencia. Y comprendí el valor de una vida ajena cuando lloré su pérdida en el corazón.

Los precursores

Yo soy ahora, che patrón, medio letrado, y de tanto hablar con los catés y los compañeros de abajo, conozco muchas palabras de la causa y me hago entender en la castilla. Pero los que hemos gateado hablando guaraní, ninguno de ésos nunca no podemos olvidarlo del todo, como vas a verlo enseguida.

Fue entonces en Guaviró-mi donde comenzamos el movimiento obrero de los yerbales. Hace ya muchos años de esto, y unos cuantos de los que formamos la guardia vieja —¡así no más, patrón!— están hoy difuntos. Entonces ninguno no sabíamos lo que era miseria del mensú, reivindicación de derechos, proletariado del obraje, y tantas otras cosas que los guainos dicen hoy de memoria. Fue en Guaviró-mi, pues, en el boliche del gringo Vansuite (Van Swieten), que quedaba en la picada nueva de Puerto Remanso al pueblo.

Cuando pienso en aquello, yo creo que sin el gringo Vansuite no hubiéramos hecho nada, por más que él fuera gringo y no mensú.

¿A usted le importaría, patrón, meterte en las necesidades de los peones y fiarnos porque sí? Es lo que te digo.

¡Ah! El gringo Vansuite no era mensú, pero sabía tirarse macanudo de hacha y machete. Era de Holanda, de allaité, y en los diez años que llevaba de criollo había probado diez oficios, sin acertarle a ninguno. Parecía mismo que los erraba a propósito. Cinchaba como un diablo en el trabajo, y enseguida buscaba otra cosa. Nunca no había estado conchabado. Trabajaba duro, pero solo y sin patrón.

Cuando puso el boliche, la muchachada creímos que se iba a fundir, porque por la picada nueva no pasaba ni un gato. Ni de día ni de noche no vendía ni una rapadura. Sólo cuando empezó el movimiento los muchachos le metimos de firme al fiado, y en veinte días no le quedó ni una lata de sardinas en el estanteo.

¿Que cómo fue? Despacio, che patrón, y ahora te lo digo.

La cosa empezó entre el gringo Vansuite, el tuerto Mallaria, el turco Taruch, el gallego Gracián… y opama. Te lo digo de veras: ni uno más.

A Mallaria le decíamos tuerto porque tenía un ojo grandote y medio saltón que miraba fijo. Era tuerto de balde, porque veía bien con los dos ojos. Era trabajador y callado como él solo en la semana, y alborotador como nadie cuando andaba de vago los domingos. Paseaba siempre con uno o dos hurones encima —irara, decimos— que más de una vez habían ido a dar presos a la comisaría.

Taruch era un turco de color oscuro, grande y crespo como lapacho negro. Andaba siempre en la miseria y descalzo, aunque en Guaviró-mi tenía dos hermanos con boliche. Era un gringo buenazo, y bravo como una yarará cuando hablaba de los patrones.

Y falta el sacapiedra. El viejo Gracián era chiquito, barbudo, y llevaba el pelo blanco todo echado atrás como un mono. Tenía mismo cara de mono. Antes había sido el primer albañil del pueblo; pero entonces no hacía sino andar duro de caña de un lado para otro, con la misma camiseta blanca y la misma bombacha negra tajeada, por donde le salían las rodillas. En el boliche de Vansuite escuchaba a todos sin abrir la boca; y sólo decía después: «Ganas», si le encontraba razón al que había hablado, y «Pierdes», si le parecía mal.

De estos cuatro hombres, pues, y entre caña y caña de noche, salió limpito el movimiento.

Poco a poco la voz corrió entre la muchachada, y primero uno, después otro, empezamos a caer de noche al boliche, donde Mallaria y el turco gritaban contra los patrones, y el sacapiedra decía sólo «Ganas» y «Pierdes».

Yo entendía ya medio-medio las cosas. Pero los chúcaros del Alto Paraná decían que sí con la cabeza, como si comprendieran, y les sudaban las manos de puro bárbaros.

Asimismo se alborotamos la muchachada, y entre uno que quería ganar grande, y otro que quería trabajar poco, alzamos como doscientos mensús de yerba para celebrar el primero de mayo.

¡Ah, las cosas macanudas que hicimos! Ahora a vos te parece raro, patrón, que un bolichero fuera el jefe del movimiento, y que los gritos de un tuerto medio borracho hayan despertado la conciencia. Pero en aquel entonces los muchachos estábamos como borrachos con el primer trago de justicia, ¡cha, qué iponaicito, patrón!

Celebramos, como te digo, el primero de mayo. Desde quince días antes nos reuníamos todas las noches en el boliche a cantar la Internacional. ¡Ah!, no todos. Algunos no hacían sino reírse, porque tenían vergüenza de cantar. Otros, más bárbaros, no abrían ni siquiera la boca y miraban para los costados.

Así y todo aprendimos la canción. Y el primero de mayo, con una lluvia que agujereaba la cara, salimos del boliche de Vansuite en manifestación hasta el pueblo.

¿La letra, decís, patrón? Sólo unos cuantos la sabíamos, y eso a los tirones. Taruch y el herrero Mallaria la habían copiado en la libreta de los mensualeros, y los que sabíamos leer íbamos de a tres y de a cuatro apretados contra otro que llevaba la libreta levantada. Los otros, los más cerreros, gritaban no sé qué.

¡Iponá esa manifestación, te digo, y como no veremos otra igual! Hoy sabemos más lo que queremos, hemos aprendido a engañar grande y a que no nos engañen. Ahora hacemos las manifestaciones con secretarios, disciplina y milicos al frente. Pero aquel día, burrotes y chúcaros como éramos, teníamos una buena fe y un entusiasmo que nunca más no veremos en el monte; ¡añamembuí!

Así íbamos en la primera manifestación obrera de Guaviró-mi. Y la lluvia caía que daba gusto. Todos seguíamos cantando y chorreando agua al gringo Vansuite, que iba adelante a caballo, llevando el trapo rojo.

¡Era para ver la cara de los patrones al paso de nuestra primera manifestación, y los ojos con que los bolicheros miraban a su colega Vansuite, duro como un general a nuestro frente! Dimos la vuelta al pueblo cantando siempre, y cuando volvimos al boliche estábamos hechos sopa y embarrados hasta las orejas por las costaladas.

Esa noche chupamos fuerte, y ahí mismo decidimos pedir un delegado a Posadas para que organizara el movimiento.

A la mañana siguiente mandamos a Mallaria al yerbal donde trabajaba, a llevar nuestro pliego de condiciones. De puro chambones que éramos, lo mandamos solo. Fue con un pañuelo colorado liado por su pescuezo, y un hurón en el bolsillo, a solicitar de sus patrones la mejora inmediata de todo el personal.

El tuerto contó a la vuelta que los patrones le habían echado por su cara que pretendiera ponerles el pie encima.

—¡Madona! —había gritado el italiano—. ¡Ma qué pie ni qué nada! ¡Se trata de ideas, y no de hombres!

Esa misma tarde declaramos el boicot a la empresa.

Sí, ahora estoy leído, a pesar de la guaraní que siempre me se atraviesa. Pero entonces casi ninguno no conocíamos los términos de la reivindicación, y muchos creían que don Boycott era el delegado que esperábamos de Posadas.

El delegado vino, por fin, justo cuando las empresas habían echado a la muchachada, y nosotros nos comíamos la harina y la grasa del boliche.

¡Qué te gustaría a usted haber visto las primeras reuniones que presidió el delegado! Los muchachos, ninguno no entendía casi nada de lo que el más desgraciado caipira sabe hoy día de memoria. Los más bárbaros creían que lo que iban ganando con el movimiento era sacar siempre al fiado de los boliches.

Todos oíamos con la boca abierta la charla del delegado; pero nada no decíamos. Algunos corajudos se acercaban después por la mesa y le decían en voz baja al caray: «Entonces… Me mandó decir el otro mi hermano… que lo disculpés grande porque no pudo venir…»

Un otro, cuando el delegado acababa de convocar para el sábado, lo llamaba aparte al hombre y le decía con misterio, medio sudando: «Entonces… ¿Yo también es para venir?»

¡Ah, los lindos tiempos, che patrón! El delegado estuvo poco con nosotros, y dejó encargado del movimiento al gringo Vansuite. El gringo pidió a Posadas más mercadería, y nosotros caímos como langosta con las mujeres y los guainos a aprovistarnos.

La cosa iba lindo: paro en los yerbales, la muchachada gorda mediante Vansuite, y la alegría en todas las caras por la reivindicación obrera que había traído don Boycott.

¿Mucho tiempo? No, patrón. Mismo duró muy poco. Un café yerbatero fue bajado del caballo de un tiro, y nunca no se supo quién lo había matado.

¡Y ahí, che amigo, la lluvia sobre el entusiasmo de los muchachos! El pueblo se llenó de jueces, comisarios y milicos. Se metió preso a una docena de mensús, se rebenqueó a otra, y el resto de la muchachada se desbandó como urús por el monte. Ninguno no iba más al boliche del gringo. De alborotados que andaban con la manifestación del primero, no se veía más a uno ni para remedio. Las empresas se aprovechaban de la cosa, y no readmitían a ningún peón federado.

Poco a poco, un día uno, después otro, los mensús fuimos cayendo a los establecimientos. Proletariado, conciencia, reivindicación, todo se lo había llevado Añá con el primer patrón muerto. Sin mirar siquiera los cartelones que llenaban las puertas aceptamos el bárbaro pliego de condiciones… y opama.

¿Que cuánto duró este estado, dice? Bastante tiempo. Por más que el delegado de Posadas había vuelto a organizarnos, y la Federación tenía en el pueblo local propio, la muchachada andábamos corridos, y como avergonzados del movimiento. Trabajábamos duro y peor que antes en los yerbales. Mallaria y el turco Taruch estaban presos en Posadas. De los de antes, sólo el viejo picapiedra iba todas las noches al local de la Federación a decir como siempre «Ganas» y «Pierdes».

¡Ah! El gringo Vansuite. Y ahora que pienso por su recuerdo: él es el único de los que hicieron el movimiento que no lo vio resucitar. Cuando el alboroto por el patrón baleado, el gringo Vansuite cerró el boliche. Mismo, no iba más nadie. No le quedaba tampoco mercadería ni para la media provista de un guaino. Y te digo más: cerró las puertas y ventanas del rancho. Estaba encerrado todo el día adentro, parado en medio del cuarto con una pistola en la mano, dispuesto a matar al primero que le golpeara la puerta. Así lo vio, según dicen, el bugré Josecito, que lo espió por una rendija.

Pero es cierto que la guainada no quería por nada cortar por la picada nueva, y el boliche atrancado del gringo parecía al sol casa de difunto. Y era cierto, patrón. Un día los guainos corrieron la noticia de que al pasar por el rancho de Vansuite habían sentido mal olor.

La conversa llegó al pueblo, pensaron esto y aquello, y la cosa fue que el comisario con los milicos hicieron saltar la ventana del boliche, por donde vieron en el catre el cadáver de Vansuite, que hedía mismo fuerte.

Dijeron que hacía por lo menos una semana que el gringo se había matado con la pistola. Pero en lugar de matar a los caipiras que iban a golpearle la puerta, se había matado él mismo.

Y ahora, patrón: ¿qué me dice? Yo creo que Vansuite había sido siempre medio loco —tabuí, decimos. Parecía buscar siempre un oficio, y creyó por fin que el suyo era reivindicar a los mensús. Se equivocó también grande esa vez.

Y creo también otra cosa, patrón: ni Vansuite, ni Mallaria, ni el turco, nunca no se figuraron que su obra podía alcanzar hasta la muerte de un patrón. Los muchachos de aquí no lo mataron, te juro. Pero el balazo fue obra del movimiento, y esta barbaridad el gringo la había previsto cuando se puso de nuestro lado.

Tampoco la muchachada no habíamos pensado encontrar cadáveres donde buscábamos derechos. Y asustados, caímos otra vez en el yugo. Pero el gringo Vansuite no era mensú. La sacudida del movimiento lo alcanzó de rebote en la cabeza, media tabuí, como te he dicho. Creyó que lo perseguían… Y opama.

Pero era gringo bueno y generoso. Sin él, que llevó el primero trapo rojo al frente de los mensús, no hubiéramos aprendido lo que hoy día sabemos, ni este que te habla no habría sabido contarte tu relato, che patrón.

Los hombres hambrientos

—Esta situación —dijo el hombre hambriento enseñando sus costillas— proviene de mis grandes riquezas. Tal cual. No es paradoja. Ni antes ni después. En el instante mismo, con lo que me sobra para vivir —¿entienden ustedes bien?— podría arrancar de la tumba al millón y medio de individuos suicidados por hambre en 1933. Con lo que me sobra para vivir, a mí. Y me muero de hambre.

Miramos con mayor atención a quien hablaba. Hallábase, en efecto, en estado atroz de flacura. Por debajo de la camiseta nos enseñaba sus costillas, mientras nos observaba con desvarío. Un gran fuego de exasperación lucía en sus ojos de hambriento, y las palabras lanzábanse precipitadamente de su boca.

Nos llegaba, no sabemos de dónde, acaso del fondo del bosque, donde él y algunos compañeros habían ido a trabajar la tierra. Durante largo tiempo nada habíamos sabido de ellos; suponíamoslos prósperos. Y he aquí que se hallaba de nuevo ante nosotros, él solo, sin más ropa que un pantalón y una camiseta que alzaba con mano temblante.

—Tal cual —prosiguió tras una larga pausa con la que parecía habernos ofrecido tiempo suficiente para juzgar hasta las heces su situación.

»Con lo que me sobra para vivir, he dicho, yo y mis compañeros podríamos hacer la felicidad de otros tantos miserables. ¡Comer, comer! ¿Entienden? Allá están ellos, vigilándose unos a otros desde lo alto de sus riquezas, mientras se mueren de inanición, y cada cual sentado sobre pirámides de mandioca que se pudren con la humedad, y abrazados a cachos de bananas que se deshacen entre sus dedos.

»Bien. Esto no significa nada: avaricia, roña y todo lo demás. ¡Pero es que tampoco es esto! ¡Es vanidad, envidia y rencor lo que les impide comer! ¡No tienen ojos sino para atisbar las crecientes necesidades del vecino, y enloquecidos por la suficiencia y los celos, se están muriendo de hambre en el seno de la superproducción!

»Tal cual. Éramos diez, y nos instalamos en plena selva a machetear, rozar, tumbar, barbear —toda la secuela del trabajo montés— con un coraje y una capacidad para bastarnos a nosotros mismos, tal como no se volverá a hallar en diez individuos que se internaron un día en el bosque a eso, tal cual.

»¡Y coraje, amigos! ¡Brotaban del filo de las azadas chispas de energías y perseverancia! ¡Y en el honrado corazón más chispas!

»A fines del primer verano éramos libres. No dependíamos de nadie, e izamos la gran bandera empapada en sudor del bienestar logrado.

»En aquel fondo de selva representábamos la especie humana. Nuestras hachas particulares eran en verdad una sola gran hacha que manejaban veinte brazos de hombres. Por esto éramos hermanos; ¡porque al batir de aquella hacha diez pechos resonaban con el mismo justo, tremendo y triunfal estertor!

»Pero no juntos. Cada cual arrancaba a la tierra los frutos de su parcela que era de cada cual, y con el producto de todas formábamos el gran bienestar solidario.

»Yo obtenía mandioca, y sólo mandioca, ¿entienden bien?, porque mi tierra era ingrata a cualquier otro cultivo. Y he aquí que el otro obtenía sólo maíz. Y el otro, sólo bananas. Y aquél, soja. Y el de más allá, mandarinas. Tal es la condición de esas tierras irregulares. ¿Por qué pretender a dura costa de la tierra propia lo que el vecino logra fácilmente de la suya? Trocábamos los productos, claro está. Mi mandioca alimentaba a los demás, y las bananas del otro nos nutrían a todos. El excedente de cada cultivo particular iba, pues, a llenar las necesidades del que carecía de aquél.

»Mas ¡qué abundancia! ¿Ustedes saben —añadió enseñando todavía su vientre— lo que es estar bien alimentado, bien nutrido, con la conciencia recta, y esta conciencia y el alma y el puño robusto imantados hacia la paz? Tales éramos. Ahora no quedan sino pingajos, y yo, un miserable, y nada más.

»¡Soles protectores! Cada cual luchaba ardientemente por su cosecha, propia suya, pero que era de todos, puesto que intercambiábamos sus productos.

»¿Celos? ¡Oh, no! ¡Bendita era la lluvia que empapaba al igual las diez parcelas! ¡Y sí orgullo de vivir contentos, de apretar tras la primera cerca que se cruce, la mano de un igual!

»Un día cayó, como un rayo, la suficiencia sobre la tierra húmeda. Quisimos enriquecernos aisladamente.

»¿Ven ustedes la situación, verdad? Solo, aislado cada cual en su rincón fertilísimo para un solo cultivo, pero ingrato para los demás, cada uno de nosotros valía apenas un moribundo. Exactamente: la décima parte de un hombre en salud.

»Ante el nuevo dogma, alguien clamó entonces:

»—¡Pero es una locura! ¡Nos empobreceremos hasta la miseria si procedemos así!

»—¿Cómo miseria? —le respondieron—. ¡Miseria sobre el que habla! Antes bien, nadaremos en la opulencia. Cada cual debe bastarse a sí mismo, sin deber nada a nadie. Ésta es la ley.

»Mas objetaron otros:

»—¡Hambriento, mil veces hambriento se tornará el hombre que pretenda especular con las necesidades del vecino! ¿Qué locura es ésa, compañeros, que ha caído sobre el planeta? ¿Dónde puede hallarse el origen de esta aberración pandémica de pretender bastarse a sí mismo, cuando no se posee ni sol, ni agua, ni tierra, ni fuerzas suficientes para producirlo todo? El trabajo se torna ruin cuando su tremendo rendimiento sólo se emplea en inflar la vanidad. ¡Alerta, compañeros!

»Mas respondían otros:

»—¡Engaño y cobardía predica la voz que habla! El destino del trabajo es la riqueza, y ésta no se logra sin liberarse de la labor del vecino. Bastarse a sí propio. Tal es la ley.

»—Sí, la ley de la miseria, ¡oh, hermanos de antaño! ¡Y la miseria envidiosa y emponzoñada, que es la peor de todas!

»Tal dijo en vano. Porque todos nos convertimos al nuevo dogma, y yo el primero de todos me di a plantar y almacenar mandioca, ¡más mandioca! Y el otro hizo lo mismo con su maíz, y aquél con sus bananas. Y arrastrando por el suelo la gran bandera del trabajo solidario, izamos en cada parcela la del éxito personal.

»¡Qué éxito, señores! Pirámides de naranjas y bananas, chauchas, espigas y demás alzábanse ahora desmesuradamente, puesto que la clave de dicho éxito radicaba precisamente en ello. ¿Comprenden ustedes bien? Vender caros nuestros productos y comprar baratos los del vecino.

»¿Están? ¿Aprecian hasta el fondo la diabólica martingala? Dos por uno. ¡Esto es comerciar, triunfar, amigos!

»Bien. Cuando los primeros fríos fortificaron el apetito y el mercado se abrió, el pasmo, también como un rayo, cayó de pleno sobre nuestras cabezas: la sublime martingala que cada cual creía un hallazgo suyo, había infectado también el corazón de todos. Cada cual la alimentaba como sagrado fuego de lucro que iba a enriquecerlo a costa de la necesidad del vecino.

»Por eso cuando el mercado se abrió, ninguna sed honesta, ningún apetito honrado pudo ser satisfecho.

»—¿Precisas bananas, no es cierto? Nada más fácil. Te cambio cada una por cinco mandarinas. Es bien claro.

»—Pero tú mismo, ¿no necesitas acaso mandarinas para tu nutrición? Te es bien fácil adquirirlas. Dame cinco bananas por esta mandarina, y es tuya.

»¡Señores! Todos, todos caímos de boca en la sima abierta. ¡El más nimio postulado, el más elemental criterio de la sensatez para ver la burda trampa nos fueron negados! Todos creímos a pie juntillas que al trocar una banana por cinco naranjas, el damnificado iba a devolvernos generosidad por ratería. Fuimos tan solemnemente tontos que, tarde ya, comprendimos que el arma tenía dos filos. Y allá están, sentados como dioses en descomposición sobre pirámides de alimentos exclusivos que no alcanzan a nutrirlos, verdosos de envidia, con los ojos hambrientos puestos sobre las pirámides vecinas que se van hundiendo a la par de todas, carcomidas por la suficiencia y la especulación.

»Tal cual. ¡Nos morimos, nos asfixiamos de hambre sobre la riqueza! ¿Qué hacer?

Con un ademán de desvarío, el hombre calló. Mirámoslo en silencio, como a un dios, en efecto, que hubiera surgido quién sabe de qué religión de opulencia descompuesta y miserable desnutrición.

De nuestro grupo, entonces, alguien dejó caer unas palabras.

—Quemen ustedes las pirámides —dijo— y con ellas el gusano que las creó y las carcome. Recomiencen luego su vida anterior.

El hombre hambriento abrió cuan grandes eran sus ojos, tembló por un largo instante de la cabeza a los pies y súbitamente se lanzó al bosque, enarbolando un gajo a modo de tea.

No sabemos si siguió el consejo, ni si las estériles y vergonzosas pirámides fueron arrasadas junto con su gusano creador. Dada la distancia que nos separa de aquéllas, la humareda, si existe, no ha llegado todavía hasta nosotros.

Pero esperamos verla algún día.

El invitado

Tras aquel accidente de automóvil que me costó el uso de dos dedos, sufrí en el curso de la infección una carga de toxinas tan extrahumanas, por decirlo así, que las alucinaciones a que dieron lugar no tienen parangón con las de no importa qué delirio terrenal.

Por fuera, era la calma perfecta; pero en el fondo del ser humano yacente y tranquilo, la psiquis envenenada batía tan convulsivamente las alas, que los inauditos tumbos que hemos dado juntos, la psiquis y yo, sólo mi médico pudo valorarlos cuando a la mañana siguiente le expresé mi angustia.

—No es nada —me dijo el galeno, hombre más inteligente que yo—. Eso se paga.

—¿Qué «eso»?

—Su facultad de entrever regiones anormales cuando escribe. Esa facultad no la posee usted gratis, y tiene que pagarla.

¡Al diablo con el médico!

Puede que tenga razón, a pesar de todo. Si la tiene, acaso sea él el único que comprenda lo que contaré dentro de un instante. Si ha errado, en cambio, una vez más, cargaré el relato en cuenta de las no aún bien estudiadas toxinas A, B, C, Y y Z, que a modo de las vitaminas en otro orden, rigen, exaltan, confunden o aniquilan las secreciones mentales.

La situación en que nos hallamos hoy mi mujer y yo tiene su origen en un incidente trivial, el más nimio de los que cercan día y noche a un hombre que escribe para el público: el pedido de un libro suyo.

Por naturaleza soy reacio a ofrecer libros míos. Creo entender que es la vanidad, más que el deseo de leernos, la determinante de tales petitorios. Por esto presté oído de mercader a la hija de un amigo mío la vez que me pidió un libro para un señor Fersen, capaz como pocos, según afirmó, de comprender mis historietas más «anormales».

Era dicho señor argentino, y había prestado alguna vez servicios en la diplomacia. Por el momento se hallaba sin destino, y en tan mala situación económica, pese a su alta cultura, que dos días después del petitorio infructuoso la joven me solicitó para el señor Fersen un puesto de corrector de pruebas, si yo sabía de alguno en disponibilidad.

Nada sabía yo al respecto; por ser muy parcas mis relaciones con los diarios. Pero lo cierto es que aquella solicitud me había conquistado. Un ex diplomático que pasa sin rubor a corregir día y noche pruebas de imprenta posee más de lo preciso para merecer un pobre libro. Enviele uno, pues, que el destinatario me mandó agradecer cumplidamente.

Roto el hielo, la hija de nuestro amigo nos invitó a conocer al señor Fersen en casa de ella.

—Es extraordinariamente interesante —afirmaba con grave emoción.

Según lo vimos luego, la gran diferencia de edad entre la pequeña amiga y el señor Fersen, desvaneció como un soplo la sospecha de mi mujer. ¡Era tan apasionada aquella criatura! —decía ella.

Fuimos, pues, a almorzar, como lo hacíamos de vez en cuando. Allí estaba el señor Fersen. Fuera de los datos apuntados sobre su persona, puedo agregar que, pese a su apellido, parecía perfectamente criollo. Delgado, casi trigueño, representaba menos edad de la que tal vez tenía, pese a su cabello casi blanco. Pero su rostro, sus canas prematuras y su persona en total, hallábase dominada por grandes anteojos oscuros. Sus labios, entretanto, bosquejaban sin tregua la leve sonrisa común a las personas que velan su mirada.

Resumen: cambié algunos cumplidos con el señor Fersen; pero ni en ellos, ni en el curso de la conversación muy viva de sobremesa, pude atisbar el extraordinario interés atribuido por la joven Alicia a dicho señor.

—Y sin embargo, es admirable —reafirmaba aquélla cuando nos retirábamos. Y volviéndose a mí—: ¡Estoy segura, pero bien segura, de que a usted lo comprende perfectamente!

—Es posible. Pero no prueba ello gran cosa —asentí sonriendo.

Salimos tras esto, y desde entonces no hemos vuelto a ver más al señor Fersen.

Más todavía; hasta su recuerdo se borró de nuestra mente con la preocupación diaria de nuestros últimos días en Buenos Aires y nuestra instalación aquí en Misiones, al punto de que nos costó algún trabajo recordar su nombre, una noche en que evocamos largamente a mi viejo amigo y su joven hija en cuestión.

—¡Fersen! —exclamó de pronto mi mujer.

—Fersen, en efecto —confirmé. Y a dúo recordamos la figura del extraordinariamente interesante señor Fersen y sus lentes oscuros.

Al cabo de un largo rato, agregué:

—Extraño tipo, a pesar de todo…

Y continuamos pensando en él de un modo cada vez menos preciso, hasta que su recuerdo se desvaneció.

Pero no definitivamente, como se verá, porque hace tres meses, mientras recordábamos a los amigos que debíamos ver con mayor agrado en nuestro próximo viaje a Buenos Aires, acudió naturalmente a nuestra mente aquel amigo en cuya casa habíamos almorzado con el señor Fersen.

Fue también esta vez mi mujer quien se acordó del nombre de aquél, y como en ocasiones anteriores a su respecto, quedamos un momento en silencio.

—¡Qué raro es esto! —murmuró mi mujer—. Me acuerdo de este hombre, de su cara muy angosta, sobre todo, como de una persona no real…

—¡Exacto! —exclamé yo precipitadamente—. ¡Ésta es la impresión nebulosa que tenía yo también, y que no podía precisar! ¡Persona no «real»! Esto exactamente. Y lo extraordinario, ahora, es que ambos hayamos tenido, sin el más vago motivo, la misma impresión sobre ese individuo.

—¿Y por qué, dime? —inquirió mi mujer, ya fuertemente interesada—. ¿Qué había en él para que su recuerdo…?

—¡Ah, Mariucha! —exclamé—. ¡Cualquiera logra saberlo! Pero lo realmente extraordinario del caso no es que yo haya tenido esta impresión de irrealidad acerca de un diplomático con hambre. Al fin y al cabo, mi imaginación suele traspasar el límite de lo saludable, según dicen. Pero la tuya es perfectamente normal. ¿Cómo y por qué sin consultarnos, sin cambiar una palabra al respecto, tú y yo vemos al bendito comilón (¿te acuerdas de su apetito?) como a un ser fantasmal? ¿Qué diablo de absurdo es éste?

Y quedamos con ello tan fuertemente intrigados que unas de las primeras palabras cambiadas con la hija de nuestro amigo, cuando acudió llena de cariño a saludarnos en Buenos Aires, fueron éstas:

—¿Y el señor Fersen, Alicia? ¿Siempre interesante?

—¡Oh, sí! —rió la joven, casi sonrojada por el exabrupto—. Es que usted no lo conoce; cambiará de idea el día que llegue a hablar con él.

—Ya ha habido ocasión para ello —observé.

La joven me miró entonces con sorpresa.

—¿Ocasión?… —repitió.

—Desde luego; aquella mañana en su casa tuvo algún tiempo de abrir su alma.

—Pero ¿qué dice?… —interrumpió Alicia, fijando directamente en mí sus bellos ojos espantados.

Mi mujer se echó a reír entonces con un poco de mala intención hacia la dormida memoria de la apasionada joven.

—No, Mariucha —intervine—. Déjame a mí. Vamos a ver. Alicia: aquella vez que comimos juntos con el señor Fersen en su casa, por invitación de usted misma, Alicia, y quiero suponer que con agrado también del propio señor Fersen, ¿tuvo su amigo ocasión o no de cambiar dos palabras de confraternidad espiritual con un hombre cuya prosa decía comprender como nadie? Son sus propias palabras, Alicia. ¿Se acuerda usted ahora?

Mas mi mujer rió de nuevo ante el mutismo realmente doloroso de la joven y me lanzó una rápida mirada. ¿Qué había pasado allí durante nuestra ausencia?

Con el cambio de tema, Alicia mostrose evidentemente aliviada. Mas no del todo, como se verá, porque al volverla a ver dos días después en su propia casa —sola por el momento—, se demudó del todo cuando mi mujer (mujer al fin) le preguntó con inocente voz por el señor Fersen.

Pero de nuevo intervine.

—¡No, no está bien! —observé—. Alicia: no se trata de disgustarla a usted en lo más mínimo, y mucho menos atormentarla. Conoce usted de sobra el afecto que nos profesamos con su padre, en el que está incluida totalmente usted, para María y para mí. No; nuestra curiosidad por el señor Fersen tiene para nosotros un origen que usted ni remotamente sospecha. Le voy a decir en dos palabras de lo que se trata: a propósito de aquella vez que almorzamos aquí con el señor Fersen…

Pero la joven, bruscamente vuelta a mí, me había interrumpido.

—¡Un momento, señor Grant! —me dijo con voz traspasada de angustia—. Perdóneme usted también, pero yo no puedo continuar callándome… Ustedes saben también cuánto los quiero yo… ¡Y no puedo callar! Lo que he pensado estos dos días en ustedes, sólo Dios lo sabe… Señor Grant: usted me dice que conoció aquí al señor Fersen.

—Exacto —afirmé.

—Bueno, señor Grant… ¡y Dios me perdone! Usted no conoció nunca aquí en casa al señor Fersen… Ni usted ni la querida María almorzaron juntos aquí con él, porque esa mañana que ustedes vinieron a almorzar, el propio señor Fersen me telefoneó excusándose de no poder asistir… Esto y nada más es lo que quería decirle… ¡Y Dios me perdone de nuevo! —concluyó la joven tapándose el rostro.

Nada más ha pasado, en efecto, agrego yo al final de esta historia. Esto sólo, tal cual, es lo que ha pasado. Alicia no está loca. Hemos comprobado la exactitud de sus asertos. Ni mi mujer ni yo hemos tenido al señor Fersen a nuestro frente en la mesa, ni hemos visto su sonrisa, ni hemos estrechado su mano al despedirnos, entremezclados entre ocho personas.

Nada más sencillo; la explicación del malentendido nos ha sido expuesta con toda claridad a mi mujer y a mí.

Todo esto está muy bien. Pero ¿y nosotros?


Publicado el 21 de octubre de 2017 por Edu Robsy.
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