En su dormitorio del segundo piso, sombríamente velado por los muros de la edificación contigua. Teresa había levantado la capilla de su culto, oriental arquitectura de sus peregrinaciones por la Quimera. Ia luz del día, encenizada por el constante crepúsculo de aquel horizonte ahumado, daba al silencioso pabellón una muerta claridad de templo abandonado, una misteriosa niebla de culto incomprendido e informe que esfumaba los objetos como on secular tapiz de oraciones en una tenue mancha de contusión y reliquia. Colgaban del techo grotescas é inmóviles en una exhausta impasibilidad de cabeza cortada exóticas mascarillas de Yedo —miradas oblicuas y bigotes caídos— gruesas redomas de vidrio en las que nadaban pececillos rojos como instantáneos deslumbramientos de Rubro; babuchas otomanas diminutas y nostálgicas bosquejando en un contorno de ensueño sobre la anémica pincelada del muro, la curva prolongada de una escultura de Smirma finamente tamizada por una distante vaporización de áloe é incienso.
Entre un aglomerado resplandor de cirios, en el fondo apagado de la capilla, Teresa había erigido el altar a su ídolo. Se destacaba en cera, luminoso è inmóvil, manchando la amarillenta claridad que le inundaba con la dureza de sus líneas angulares; cuadrando sobre el lienzo mural la geométrica sombra de su crónico braquicéfalo; ahogando sobre el ancestral prolongamiento de su maxilar inferior la cortadura de sus labios resecos; desprendiendo —en la fijeza desterrada de sus ojos vacíos— un lento sudor de agonía. una muda congoja de opresión como una madrugada eterna, prolongada entre vapores de piridina. Era el símbolo de su ansia siempre sofocada. viviendo de su culto en la irremediable negación de su destino, consagrando su vida á aquella imposible forma de su ideal: —sus místicas alucinaciones de colegiala, la melancolía de su pubertad enfermiza, el cruel reproche de su carne extenuada en el impasible advenimiento de años estériles, todo lloraba su amargura en aquella mórbida alucinación de su neurosis.
Vivía de él. por él para él, en la religiosa expresión de sus en cantos, sola y erguía sobre la in eficacia de su años amontonados sin objeto como un Otoño que hubiera florecido en su alma la clarividencia de un Germinal lejanamente obstinado en la torturante espera de un deseo no satisfecho. A él iban sus oraciones: —de rodillas— una negligente matinée de mangas perdidas sobre las que se levantaban sus dos acariciadores brazos de enamorada, sensual y santa en aquella detonante atmósfera de culto pasional misteriosa y hundida tras los copos de incienso que la rodeaban, la envolvían como una pesada respiración las manos anudadas en una suprema conjunción de ternura y sacrificio, el pecho ahogado y suspenso por una absorta restricción de sollozos su silueta mártir ofrecía al consagrado símbolo de su ideal, la pena, la forma la curva de su extraviada adoración. Y cuando el mártir lo subía a su garganta sus labios lívidos entrecortaban en un apresuramiento de confesión lacerante la plegaria de todos los días:
¡Oh! tú el ideal afilado de mi imaginación, yo te invoco en la religiosidad de este silencio mortecino.
¿Dónde estás? ¿Cómo te llamas? ¡Oh! la magia. el conjuro, el exorcismo cabalístico para que, de las zonas lejanas, vinieras á mí ¡oh mi ídolo!
Te amo, porque cada rasgo de tu cara es un símbolo gráfico. Yo le venero.
Las arcadas de tu bóveda orbitaria son el pórtico de un olimpo de fiereza; por encima, tus cejas espesas negras largas, remedan la curva de una caravana zigzagueante en Mecaria peregrinación. ¡Oh la Meca de la voluntad acre y áspera!
Tu nariz aguilena, de pronunciado relieve, con soberbia joroba de dromedario, apta para las grandes ventilaciones respiratorias: madrépora formidable en el mar de tus anhelos revelados. ¡Oh, las crespas sacudidas de Prometeo encadenado!
Tus pómulos son salientes, tus mejillas hundidas: agudización por el insomnio del proceso de calcificación en las apófisis del hueso. ¡Oh, las Noches de Musset y el Mal de Baudelaire!
Tu boca regular se prolonga en comisuras de curva concavidad superior y está aureolada por un blancor de busto romano: impresión de la fatiga en la elipsis de los pliegues. ¡Oh, la lenta nevazón en el sudario del hastío!
Tu mentón aplanado y puntiagudo remata en tu perfil la triangular arquitectura de tu cara, serenamente impasible, como el levantamiento de una iglesia gótica. cuya ojiva dejará proyectar sobre el marmóreo pavimento, la selénica claridad de algún pasaje medieval ¡Oh, la evocación en la serenidad concentrada del silencio!
Tus ojos negros filtran, oblicuamente, hurañas excitaciones de células nerviosas, papiros de recuerdos lacrimosos, penitentes conjuros de felicidades huídas, agonías de paz, titilaciones de duda. ¡Oh, eterno evocader en el eterno hastío, en el eterno insomnio y en la eterna rebelión!. Y por encima de todo esto como una obsesión de posese, la cota de malla de tu voluntad, acre y áspera.
