Vamos a ver: El pesimismo, esa terrible afección del sentimiento, ¿puede dominarnos, sin antes haber sentido los efectos del desengaño, del exceso, del hastío?
No lo parece a simple vista; y sin embargo, es verdad. Tengo un amigo muy joven aún, casi un niño. Un niño, y es pesimista.
¿Ha sufrido mucho?. Creo que no, en el sentido general de la palabra. Su delicadeza extrema, su sentimiento riquísimo ha sufrido con una gota que no quema, con un dolor apenas. Lee desde pequeño; y aún no tenía doce años y lloraba sobre "Los miserables", aquella última estrofa del libro, el crepúsculo de Valjean. Creo que ha nacido en una mañana de otoño y su escuela fueron los llantos de su madre y los besos de dolor al hijo póstumo Es enfermo, nervioso, hasta la neurastenia; no ríe con frecuencia.
¿Comprenderéis que a los 17 años, el amigo mío crea más en el dolor que en el placer, que dude de la ciencia, del amor?
¿Comprenderéis que se crea inútil, sin porvenir, sólo y perdido en un mundo que recién comienza á conocer y ya le espanta?
Tal vez le conozcáis. Tal vez os habéis dicho; ¡Qué muchacho feliz! ¡Nada le falta!. Y es verdad; suelen verle en sociedad y hasta a veces pasearse satisfecho y sonriendo por cualquier bobería; es verdad. Busca lo que le falta, la alegría.
Es joven y quiere vivir contento.
