De La Vida De Nuestros Animales

Horacio Quiroga


Cuentos Coleccion



La Yararacusú

Si se exceptúa a algunas pequeñas y torpes víboras de coral, la totalidad de nuestras serpientes venenosas son yararás. Puédese casi asegurar a ciencia cierta que todo hombre o animal doméstico o salvaje muerto por una víbora, ha sido mordido por una yarará.

Estas víboras pertenecen a ocho o diez especies distintas, pero sumamente parecidas entre sí. Tan vivo es el parentesco, que apenas algunas especies se diferencian del resto de la familia por dos o tres caracteres sensibles.

En la Argentina, la yararacusú goza en primer término de este privilegio, por ser la más grande, la más fuerte, la más hermosa y la más mortífera de todas las primas hermanas. Merece, pues, ser considerada la reina de nuestras víboras.

Hacía ya tiempo que no había trabado relación con estos animalitos sin lograr contacto con un poderoso ejemplar, cuando la casualidad me puso a cinco centímetros de la muerte en el fondo de un pozo, con una yararacusú por todo auxilio.

He aquí en qué prolijas circunstancias: persistiendo desde tiempo atrás la sequía, en Misiones, una siesta de verano me trasladé al monte, con el fin de limpiar un pozo cuya profundidad no pasaba de dos metros, y que manaba apenas tres gotas de agua por minuto.

En un monte de aquellos reina naturalmente el crepúsculo. El ambiente, privado del menor soplo de aire, es asimismo asfixiante. Sin camisa, pues, a despecho de las esquirlas de piedra que levantaba el pico, yo trabajaba concienzudamente en el pozo.

Para mover las grandes piedras del fondo, tuve que recurrir a la barreta, haciendo palanca con la espalda contra las paredes del pozo. Concluida esta tarea, alisé en lo posible las piedras a medio desprender de las paredes, quitando algunas y forzando a otras en su alvéolo.

Iba ya a dar fin al trabajo aquel, cuando al llevar la mano a una piedra saliente, a la altura de mis hombros, creí notar en un sombrío si bien poco profundo hueco que se abría encima de ella, algo equívoco que no formaba precisamente parte de la piedra. Sin detenerme a considerar qué podría ser o no ser aquello, cogí la punta de la piedra para levantarla. Y entonces distinguí sobre el fondo oscuro, y totalmente abiertas en su blancura de nácar, las dos mandíbulas de una enorme víbora.

Yo estaba, como he dicho, sin camisa; y la bestia estaba agazapada a cinco centímetros de mi cuello. Su cabeza reposaba sobre la piedra, casi a ras de la pared. Durante dos o tres horas yo me apoyé de hombros y de cabeza contra todas las piedras de las paredes, haciendo palanca sobre la barreta. Veinte veces la lúgubre bestia tuvo mi cuello a tiro de sus colmillos. Y había sido necesaria mi torpe tentativa de quitarle su almohada, para que la yararacusú me diera voz de alerta.

Pues ésta es, sin duda, la moral de la víbora:

Tras el primer instante de inquietud ante mi presencia en el pozo, ella había adquirido por mis maniobras la certeza de que yo no pretendía hacerle daño. Me observó seguramente de hito en hito durante las tres horas, sin mover su garganta de la piedra. Tal vez yo sacudí con el hombro o la cara su misma piedra, ofreciéndole las carótidas a cuatro dedos, sin que ello alcanzará a cambiar su pacífica aunque sombría expectativa a mi respecto.

Pero cuando yo levanté decididamente la piedra que le servía de almohada, ella desgarró súbitamente hasta la vertical sus fauces de nácar:

―¡Cuidado! ―quería decirme―. ¡Si no me dejas tranquila, muerdo!

Esta es la moral de la víbora, y yo vivo aún para confirmarla. Pero mi moral ―la nuestra― sufrió con la circunstancia un rudo quebranto. A despecho de las botas, los tubos de suero y la constante preocupación contra las víboras, yo acababa de entregarme, de entregar literalmente las arterias del cuello desnudo a una venenosísima yarará. De haber sido mordido en tal sitio y por tal bestia (medía más de dos metros), yo no hubiera tenido más tiempo que el de acordarme a prisa de mis chicos, para quedar luego muy tranquilos, en el fondo del pozo, el pico, la barreta y yo.

Quien quedó en cambio en idéntica compañía, fue la yararacusú. Di menos pruebas de honradez que la víbora, lo reconozco; pero cuando se tiene cuarenta y tantas gotas de veneno en cada glándula, no se debe dejar testigo vivo de su poder.

El Monstruo

Existe en el nordeste de la república un animal curiosísimo con aspecto de puerco espín y erizo a la vez, cubierto con larguísimas púas, y de fama más sombría aún. Dícese de él que al ser atacado lanza sus flechas contra su enemigo con la velocidad de una bala, y esto desde ocho o diez metros. Dichas púas, según la misma popular creencia, son venenosísimas y no pueden ser más arrancadas de la carne. A tal monstruo se le llama cuendú.

Es animal bastante raro, que apenas se encuentra una que otra vez en lo más sombrío del bosque.

Quiso la suerte un día que un poblador me trajera un cuendú recién cazado, y que estaba furiosísimo, según él. El animal venía dentro de una bolsa, y la bolsa dentro de un cajón de kerosene. Con gran dificultad sacamos al monstruo de su embalaje, pues erizado como estaba a más no poder, resistiase con sus mil púas contra la tela, como otras tantas palancas.

Logramos al fin arrancarlo por su cola prehensil y colocarlo en una jaula, donde pude por fin observarlo a mi sabor,

Lo más admirable de aquel monstruo era la dulzura de sus grandes ojos saltones; dulzura de pobre ser inofensivo y tímido, como lo es en efecto el cuendú.

Cuando no se le asusta, mantiene adheridas al cuerpo sus larguísimas púas, y parece entonces que llevará a la rastra una gran capa verdosa de hilos longitudinales. Pero a la menor alarma levanta sobre el cuello sus cerdas convulsas, dejando al descubierto sobre el lomo una fina pelusa blanca. Pasada la inquietud, la capa cae lentamente, y el cuendú reanuda su pasito un tanto cojo.

Yo no estaba seguro de mantener vivo a mi cuendú, pues estos seres huraños resistense a veces a alimentarse en domesticidad. No pasó así, por suerte; y al día siguiente de cazado le vi comer cáscaras de naranja y roer maíz sentado sobre las patas traseras, sosteniendo delicadamente con sus dos manos el grano de maíz, como a un objeto precioso.

Llegó a conocerme en poco tiempo, y se apoderaba de mi mano, dedo tras dedo, con temerosa lentitud; para concluir siempre por llevarse un dedo a la boca, por ver a qué sabía.

Como es un mal nocturno y la luz le ofende mucho, mi cuendú pasaba las horas de gran luz de espaldas contra la pared del fondo de la jaula, con la cara entre las manos. Permanecía en esta actitud de penitencia horas enteras sin moverse, Si nos acercábamos al tejido de alambre, él se aproximaba a su vez, a ver qué le llevábamos; pero por poco que no tuviera apetito, tornaba silenciosamente a su rincón, a hacer penitencia,

Muchas veces lo vi asimismo de madrugada dormir sentado sobre las patas traseras en igual actitud, con las manos sobre los ojos. Para hacerle más llevadera su cautividad, lo instalé en una gran glorieta cubierta, con dos halcones y una urraca por compañía. Pero no pudo acostumbrarse ni a los saltos de la urraca ni a los gritos del casal de halcones, que anunciaban de este modo la primavera.

Cuando tuve que venirme, pensé que mi cuendú no dejaría de ser interesante en el Jardín Zoológico, por su doble carácter de animal indigena y de monstruo legendario. Trájelo conmigo, y lo puse en manos de Onelli.

Hace de esto dos meses. Respecto de sus púas —que en efecto parecen desprenderse con facilidad de la piel cuando el cuendú se asusta— puedo decir que en cierta ocasión vi una de ellas clavada perpendicularmente en un tablón de lapacho bruñido. Lo cual, como bien se comprende, no es promesa de bienestar para el puma o tigre que reciba una púa de cuendú en el cerebro, a través de un ojo.

La Araña Pollito

Esta gran araña se llama así, según la etimología popular, por su capacidad para atacar y devorar a un pollito. No es fácil, sin embargo, que pueda hacerlo. Ni sus costumbres ni sus fuerzas se lo permiten con éxito. Más fácilmente se ha de contentar con insectos de su familia, a semejanza de todas las arañas. Sus dientes, sin embargo, no son cosa de despreciar, ni aun por un ser humano, conforme se verá por el siguiente ejemplo: un hombre que yo conocía, envejecido en la dura vida del extremo nordeste de la república, no había perdido a sus años la costumbre de reírse cada vez que oía hablar del veneno de la araña pollito.

Este hombre había sido mordido dos veces por otras tantas yararás, y una vez por una serpiente de cascabel. En la mitad de su vida, un rayo le había arrancado todos los dientes superiores. Debido, sin duda, a esta familiaridad con los acontecimientos de volumen, el hombre resistiase a admitir el peligro que encarnan los vellosos y curvos dientes de la araña pollito.

—Yo he visto más de mil en mi vida —decía— Y todas aplastadas de patas contra el suelo.

Yo sabía en esa época de dos endurecidos peones de monte, que se habían desmayado instantáneamente al ser mordidos por esa araña.

—Dos miedosos, nada más; —(él sabía bien que no eran miedosos)— decía riendo nuestro incrédulo.

Pues bien; supe una mañana que dicho hombre acababa de ser visto sentado junto al fogón con una vincha mojada sobre la frente, quejándose bien alto mientras se balanceaba en el banco.

Había sido mordido por una araña pollito. Fuí a ver a aquel escéptico, sin reírme en lo más mínimo, porque sospechaba que no había lugar a risa alguna.

—¡Maldita basura! —me dijo inmediatamente el hombre mordido.— No puedo ni tomar agua todavía... ¡Y he aplastado miles y miles de esos bichos, le aseguro!... Figúrese que hace un rato yo estaba aquí mismo... esperando que hirvieran los porotos... cuando bien por encima de mi cabeza una de esas arañas bajó del techo por el caño de la escopeta... Yo la arranqué del caño por una pata, y en el aire sentí que se me enredaba en los dedos... y me picó. En seguida, en el momento mismo, vi todo azul... y sentí que las piernas se me doblaban... Y casi caigo sentado en la olla de porotos... ¡Nunca creí, yo le juro, que uno pudiera perder tan de golpe las fuerzas, y ver azul el barro!..

Los otros dos hombres mordidos por una araña pollito, de que he hecho mención, sufrieron igual sincope. Uno cayó desmayado con la mitad del cuerpo dentro del agua, y el otro se desplomó sin sentido, a pleno sol de fuego.

Pero tanto el uno como el otro e igualmente nuestro conocido, no sufrieron mayores molestias, salvo una ligera hinchazón de la parte mordida, y un atroz dolor de cabeza que los hacía hamacarse gimiendo.

El Yaciyateré

Yo no logré nunca ver un yaciyateré. Oí su canto en la noche, pero no vi sus bucles de oro ni su bastón, ni le vi robar a las criaturas, para abandonarlas luego enloquecidas por su contacto.

Corre por todo Corrientes, Chaco y Misiones, la leyenda de este singular duende de aspecto pueril que aterroriza con su canto en las altas horas mudas, y a quien se inculpa el ciento por ciento de las meningitis infantiles.

Durante el día, es un pájaro. Como tal, un hombre me dice haberlo entrevisto dormitando en lo más denso del follaje. Tendría, según él, el aspecto de un mirlo delgado. Y el plumaje uniformemente gris. Nada más sé del yaciyateré.

Pero conozco su voz. Y ella constituye la nota más tierna, honda y poética de todo el bosque.

En lo más crudo del día estival, ningún sonido, ningún grito descuella en el ambiente: todos se funden en el rumor monótono, zumante y tenaz de las largas horas de fuego.

Al declinar el sol, los zorzales reviven, y su flauteo, un poco desafinado y a contratiempo, anuncia ya la próxima frescura. Nuevas voces se agregan a aquél, y la noche comienza a cerrar, en un decreciente piar de pajarillos.

Luego, nada. Desde el fondo de los valles húmedos de la selva, comienza a media noche a ascender, vaguísima neblina, Horas después, el país entero, doblegado por doce horas de atroz calor, yace cubierto por fresquísimo manto de rocío.

La dicha es demasiado grande para que se permita gozar de ella con los ojos abiertos. El bosque duerme: pájaros, flores, anchas hojas por fin eréctiles de rocío, sueñan en paz.

Pero he aquí que del fondo de esa gran felicidad dormida, se levanta un canto apenas sensible. No posee ese canto gorjeos ni trisos. Es sólo un silbido tímido, un hilo de voz excesivamente dulce que no consta sino de cinco notas, y cuatro de ellas repetidas. Más la poesía silbada en esa desfallecida voz, no se la vuelve a hallar en canto alguno de pájaro.

En tal ambiente de naturaleza al desnudo, cuya noche no tiene más ternura que su rocío, ni más compañía que su soledad, todo brillante gorjeo de ruiseñor detonaría por artificial.

La selva es seria y concentrada. Cuanto de caricia puede rendir en su muda lobreguez, fluye en ese hilo de dulzura extrema, en esas cinco notas de virgen melancolía.

Cuando la humedad más viva del ambiente presagia ya el día, y a la primera vaga vislumbre en el oriente las cabezas asoman por fin debajo del ala, nuevos cantos salpican el monte.

Pero el yaciyateré calló ya. Su silbido se fué con la noche, con la soledad, con la tiniebla empapada de rocío. De día no queda de él más que el duende rubio con bastón y sombrero de copa, que roba a las criaturas para encenderles las meninges.

El Vampiro

Con motivo de una agitación insólita que parecía producirse en la caballeriza, una noche de otoño, en un obraje del Alto Paraná, nos trasladamos a los galpones a ver qué pasaba allí, Nada vimos de anormal. Las mulas comían plácidamente sus hojas de palmera, sin el más leve asomo de inquietud.

Solamente que al barrer con el foco eléctrico los lomos de las acémilas, se levantaron de sobre ellas fantásticas sombras que agitaron el ámbito con su vuelo zumbante.

Eran los vampiros. Del lomo de cada mula, preferentemente de la cruz, escurrían hasta el suelo gruesos hilos de sangre.

Porque nada demuestra hacia los animales domésticos de un país tropical una solicitud más perseverante que la de los vampiros. Son sus amigos nocturnos, infalibles e infaltables. Llegan apenas entrada la noche, y caen de golpe prendidos al lomo de su amigo predilecto. Prefieren el nacimiento del cuello, por ser éste el lugar más desamparado del animal, o por haber allí vasos sanguíneos más superficiales y de gran rendimiento.

Sea ésta o aquélla la razón, los vampiros apartan los pelos con el hocico, adhieren la boca a la piel, y mientras entreabren las alas con breves sacudidas, van absorbiendo gota a gota la sangre de sus amigos.

Ya saciada su sed, el vampiro levanta el vuelo para caer como incrustado sobre un palo o una pared, que remonta luego pesadamente, llevando las alas a rastra. De su fúnebre visita sólo queda en la piel de su amigo un redondel en carne viva de dos centímetros de diámetro, una llaga violenta y persistentemente succionada, de la que la sangre escurre y escurrirá aún por largo rato.

Pero la víctima no sufre; ningún indicio, por lo menos, parece indicarlo. A la mañana siguiente perderá de nuevo cien o más gramos de sangre; se hallará un poco más débil, un poco más somnolienta que la mañana anterior. Y a esto se reducirá todo, si la víctima posee un vasto río circulatorio. Así las vacas, los caballos, las mulas. Pero si el animal es de mediana corpulencia, —tal la cabra,— las cosas pasan de distinto modo. Por este motivo los animales menores de aquellas latitudes arrastran una existencia precaria, pues cuantas energías asimilan durante un día de ardiente alimentación, al caer la noche las rinden en tributo de sangre a los vampiros. Recuerdo haber sostenido peregrina lucha con un ejemplar de grandes dimensiones, en el mismo obraje de que he hecho mención.

Acababa una noche de dormirme, cuando fui despertado por un vampiro. El animal volaba a diestra y siniestra por el galpón, y sus aletazos sonaban como látigos al cruzar a mi lado.

Era imposible dormir, e inútil esperar que nos abandonara. Cogí, pues, un robusto palo, y me puse de pie en la cama.

El calor de esa noche era sofocante. Yo no poseía encima otra ropa que la buena fe de creer tenerla. Desamparado así de ilusiones al respecto, esperé en la obscuridad que la buena suerte pusiera al vampiro al alcance de mi arma, cada vez que aquél llegaba desde el otro extremo del galpón. Palo de ciego, sin duda; pero de insólita eficacia en cuanto hiciera blanco.

Al fin —media hora tal vez desde el comienzo del duelo,— vampiro veloz y palo silbante se encontraron en el aire.

Como es natural, dormí tranquilo.

Pero lo curioso es que a la mañana siguiente hallamos al vampiro prendido con sus garras a la pared de madera, —muerto. Sobre la espalda, con las patas y alas fuertemente cruzadas por bajo de su cuello, sostenía a su hijo, con el que había volado toda la noche anterior, y que vivía aún, aunque helado por el frío de la madrugada tropical, sin desclavar una sola de sus uñitas del cuello del vampiro.

La Hormiga León

En algunos desiertos de arena sometidos a fuertes vientos, suelen formarse pozos cónicos, a modo de grandes embudos, siempre perfectamente circulares, y de profundidad muy grande a veces.

El ser que inadvertidamente traspasa el borde de ese cráter y cae al fondo, no sale ya más. Cuántos esfuerzos haga para trepar por las paredes deslizantes, serán inútiles. Mientras le quede un soplo de aliento intentará alcanzar el borde del cono, sin otro éxito que desmoronar sobre sí nuevas toneladas de arena reseca.

El sol y la extenuación harán luego el resto, hasta que nuevos vientos rellenando el cono nivelen el desierto, sin el más leve recuerdo de lo que allí pasó.

En Misiones se encuentran estos conos por decenas, sobre todo en los parajes donde la arena muy fina se halla a resguardo del viento. En el tiendo de cada cráter, enterrada y sin asomar más que los ojos y la punta de las mandíbulas, presta a arrojar paletadas de arena sobre la víctima que se arriesgue hasta el borde de la tumba por ella construída, vive la hormiga león,

No son muy grandes estos cráteres, como se comprenderá. Apenas alcanzan los mayores a cinco centímetros de diámetro, y otros tantos de profundidad. Pero estas diabólicas trampas constituyen, para los insectos que se arriesgan a desflorarlas, una tumba sin resurrección.

Una mañana, pues, las langostitas o la araña pasean tranquilas por el pequeño páramo de arena. El sol es agradable; la soledad torna perfectamente seguro el paraje.

De pronto la araña siente que el suelo le falta. Trata de afirmarse, pero el terreno cede. Millones de finísimos granitos de arena pasan velozmente a su lado.

La araña hunde desesperada sus patas en aquel plano inclinado que se desmorona bajo ella; y está ya a punto de alcanzar el borde salvador, cuando del fondo del cráter comienzan a llover sobre su cuerpo paletadas de arena, verdaderas bombas explosivas que arrastran consigo la arena de la pendiente, y con ella al insecto trepador.

Nuevas tentativas para abandonar aquella trampa de pesadilla, fracasan. Cuantas veces la araña va a alcanzar por fin el borde del cono, las bombas de arena tornan a desmoronar las laderas.

En una de estas caídas, una de las patas del insecto roza el vórtice mismo del cono, y desde ese momento el intruso puede considerarse separado del mundo. La extremidad de su pata está presa entre las mandíbulas de la hormiga león, que comienza a enterrarse en la arena, arrastrando con ella a su víctima.

Es en balde que ésta se afiance, que se enarque sobre la tumba que la absorbe. Su pataleo provoca nuevos derrumbamientos de arena, que comienza a cubrirla.

Si el insecto es muy vigoroso, logra a veces desprenderse, trepa desesperado y parece que está a punto de alcanzar el borde del cono; pero la hormiga león lanza otra vez sus bombas, y el insecto cae. Llega por fin un instante en que la hormiga león se ha hecho invisible desde hace rato, y del insecto sólo se percibe la extremidad fragilísima de sus antenas.

Un momento aún, y no se ve ya nada. Como en el desierto, en el cono nivelado e inmóvil no queda rastro alguno de lo que allí pasó.

La Ñandurihé

Hasta el día de hoy, las gentes del norte no han podido ponerse de acuerdo sobre la ñandurihé. Esta víbora representa, sin género alguno de duda, al más venenoso ser de la creación.

Hasta aquí, el acorde es perfecto. Pero cuando deseamos especificar fisonomía, color y particularidades de esta lúgubre bestia, las lenguas se confunden.

Sólo un aspecto de aquélla permanece inalterable en todas las leyendas: su tamaño. La ñandurihé es una viborilla deslizante y fugaz, cuya breve mordedura anuncia cierta, segura, precisa, inexorable y fatalmente, la muerte.

En casa tuvimos una, a que mis chicos profesaron un afecto casi de hermanos mayores. La habíamos hallado entre los bambúes, deslizándose bajo las hojas caídas, que se arqueaban apenas a su paso.

Ante el anuncio siempre flotante en el aire tropical: “una víbora!”, mis chicos corrieron a verla. Y un instante después se disputaban a la ñandurihé para jugar con ella.

Pues lo que yo acababa de poner en sus manos, ante el grito de horror de la cocinera, era una pequeña ñacaniná amarilla, como la llaman allí, y asombrosamente parecida a una yarará, en su tierna infancia.

Algunos peones que al atardecer pasaron frente a Casa, desviaron del paso al ver a la ñandurihé entre los dedos de las criaturas. No concebían semejante milagro, como no se lo concibió nunca en el país.

Más la culebrita aquella endulzó algunas horas de nuestra vida, no obstante los serios trabajos que nos exigía. En efecto, no comía sola. Era menester abrirle la boca y alimentarla a la fuerza con pedacitos de carne cruda que introducíamos en sus fauces, y que llevábamos hasta su estómago por medio de largos e inacabables masajes a lo largo del cuerpo.

Los chicos la sacaban todos los mediodía de invierno a asolearla en la arena del patio, habiendo llegado así, la viborita, no a conocernos, pero sí a admitir el roce de los dedos sin sobresaltarse.

Su resistencia a la dieta era asombrosa, como la de todas las serpientes. Por causas ajenas a nosotros, no salió un día de su jaula durante toda nuestra ausencia. Cuando volvimos había adelgazado tanto, que su espinazo parecía una lima; y a ambos lados, sobre el piso, la piel descansaba, achatada.

Había pasado siete meses sin comer.

Por segunda vez nuestra culebrita se vió abandonada en su jaula, pero entonces la culpa fué nuestra. Los chicos se olvidaron de entrar la jaula durante todo un interminable día de fuego. Y cuando nos acordamos por fin, nuestra pupila había muerto. Estaba caída dentro de su bañadera, con los ojos blancos; y en toda la porción de su cuerpo que yacía en el agua, la piel se había arrugado y descolorido.

Nunca quisimos tener otra ñandurihé.

El Cascarudo-Tanque

Al caer la noche de un riguroso día de verano, tan riguroso que las piedras se mantienen calientes en la obscuridad; antes que el rocío refresque la atmósfera ardida, y los cuyos asciendan desde la hondura de los valles, suele oírse en Misiones un zumbido lejano, cuya orientación no se puede aún definir, El zumbido crece, acercándose sensiblemente; tórnase agudo de pronto, y sacudiendo el aire en nuestros propios oídos con una violencia de pequeño bólido, va de nuevo a perderse en el misterio de la noche.

No siempre pasa de este modo. A veces el zumbido se estrella, por decirlo así, contra la palmera que nos abanica. Y al pie del árbol vemos entonces por el césped avanzar pesadamente, como una máquina que quisiera imitar a un insecto, un enorme escarabajo que destella, bruñido y verde como un metal, Es el cascarudo-tanque.

Ningún escarabajo da como él la impresión de artificio con cardanes, bielas y pistones de lenta marcha. Cada movimiento suyo, cada avance de pata, es un prodigio de mecánica; pero no lo parecería, a juzgar por la titubeante lentitud del animal.

Con su coraza en declive y ajustada como planchas; con su solidez metálica y su perfil de pirámide, el cascarudo que nos ocupa recuerda en efecto a un tanque de guerra, aunque más inteligente.

Sus hábitos son, por lo demás, de guerra. Nada le interesa sino la carne. Con sus terribles patas delanteras, se abre en un instante camino a través del vientre de un animal.

Hemos visto una vez moverse a una gallina muerta desde dos días atrás, y aun deslizarse por el suelo. Pero esto se debía a que dos o tres cascarudos habían irrumpido dentro de la gallina, canalizándola con ardor.

Este animal encarna, en su asistencia fúnebre e infalible, al perfecto vampiro necrófilo. Su presencia es señal inequívoca de muerte. Puede el más fino olfato de sabueso no haber percibido aún el olor de un cadáver a su alrededor; pero al cerrar la noche los escarabajos-tanque surgirán de la densa tiniebla zumbando a aplastarse sobre el cadáver, y en diez minutos lo habrán recorrido en todas direcciones por dentro.

Cuando en casa habíamos discado una víbora de gran tamaño, sabíamos que esa noche tendríamos fiesta de bólidos. En efecto, apenas comenzados a cenar bajo las palmeras, oíamos, lejano aún, el primer zumbido anunciador. Un momento después el monstruo nos circundaba con su sonante volido a cinco mil aletazos por minuto, para caer con brusco silencio sobre el largo cadáver, o en sus inmediaciones, las más de las veces.

Seis u ocho cascarudos - tanque pagaban así en la noche su devoción a la muerte. Y puede creerse que no es tarea fácil sujetar entre los dedos uno de estos monstruos cuya vida mecánica se resume entonces entera en apartarlo todo de sí, con su patas de solidez, lentitud y fuerza incomparables.

Uno de estos vampiros nos dió asimismo la más fuerte impresión de soledad de que guardamos memoria.

Era también en Misiones. La noche anterior habíamos matado de un tiro a un perro nuestro, por lamentable equivocación, El perro había huido, pero agonizando en el camino. A la mañana siguiente, siguiendo su rastro, lo hallamos en un rozado de monte que se acababa de quemar. En el medio de ese espacio de una manzana, donde el fuego lo había aniquilado todo, el perro yacía muerto. A esa hora, no se sentía la presencia de vida alguna en tal desolado páramo, agobiado de sol y silencio.

Sólo, único y solo en la muerte del paisaje, un cascarudo - tanque, refulgente de sol, avanzaba por entre las cenizas.

Estaba ya a cincuenta centímetros del perro. Nada ni nadie podía privarle de aquella presa. Tuve entonces la sensación a que he aludido, pues en aquel páramo de muerte y silencio, la marcha del escarabajo hacia el perro muerto, representaba la más profunda y fúnebre soledad.

El Coatí

El coatí es un animalito tan alargado de cabeza como de cola, y con ambas arqueadas hacia arriba; que posee un grito de pájaro, agudo y precipitadísimo, y a quien la curiosidad devora vivo.

No hay cosa, en efecto, a que no lleguen el hocico y los dedos del coatí. Por ver lo que hay adentro, es capaz de atarearse en abrir un horno a mil grados. De diez libros a su alcance, y uno de ellos prolijamente embalado para el correo, sólo le interesará este último, y escarbará su cubierta y bajo cubierta, hasta dejarlo al desnudo y con todas las hojas arañadas, pues algo podía haber entre ellas.

El que nosotros tuvimos poseía, fuera de su diabólica curiosidad, un extraño afecto a los hombres —no a las mujeres—a causa de haber sido criado en brazos por un hombre de monte.

El coaticito no había llegado a conocer a su madre. Calor, mimos, alimentación, todo debíalo a aquel hombre solitario, que había sido padre, madre y compañero de infancia del coatí. De modo que ya crecido y en nuestro poder, sus afectos nativos y de sangre, por decirlo así, eran para los hombres. Aceptaba de buen grado las caricias de las mujeres; pero apenas se aproximaba un hombre, tendiale en seguida los brazos.

Tutankhamón (tal nombre le habían dado los chicos), era el candor mismo respecto de los peligros de la vida. Coatí y perro, nadie lo ignora, son polos antagónicos en la existencia. Tutankamón ahuyentaba a los perros que roncaban a su alrededor, lanzándose... a jugar con ellos.

Su sangre era la del hombre, y no otra. Reservaba su antipatía más viva para una piel de coatí que rodaba por casa y que olfateaba: sin tregua, hundiendo duramente su hocico por todos lados, hasta arrancarle los pelos, tal como si aquella piel hubiera pertenecido al más grande enemigo de su especie. Comía cuanto es posible comer. Fuera lo que fuera, esperábalo en dos patas. Su gran amor eran las naranjas, que raspaba y raspaba velozmente con sus uñas, hasta abrirlas. Pero si se las dábamos cortadas, las raspaba lo mismo.

A cualquier hora del día que pasáramos por su casilla, estaba dispuesto a dormir un rato en brazos. Si no lo alzábamos, trepaba igual hasta el pecho, e instantáneamente se moría allí de sueño.

Sueño de mimo, por lo demás, pues nunca sus manos quedaban más de un momento quietas: los bolsillos constituían una tentación demasiado viva para él.

Así, los cigarrillos que cargaba en el bolsillo de la camisa sufrían del contacto con el coatí. Al rato de quedarse dormido, abrazado a mi cuello, yo sentía la silenciosa mano de Tutankhamón en el bolsillo, bien que sus ojos continuarán beatamente cerrados. Repróchabale yo entonces su mala acción, su abuso de confianza, con discursos que él entendía perfectamente, estoy seguro, a juzgar por su inmovilidad de vergüenza y pesadumbre. Pero en tanto que yo le hablaba aún, veía sus ojillos adormilados echarme una mirada de reojo, mientras su mano ascendía otra vez despacio hacia los cigarrillos.

Nuestro coatí no fué víctima de su curiosidad, pues vive aún, aunque alejado de nosotros. Sé, no obstante, de otro coatí que sufriendo de un tumor en el vientre, abrió él mismo el abceso con las uñas, mostrándose al parecer contento del resultado, pues no se preocupó más de aquél.

Pero como, sin duda, le escociera la cicatrización, recurrió de nuevo a las uñas, escarbando y escarbando por dentro, hasta retirar algo por la herida.

Enardecida entonces su curiosidad, escarbó y escarbó sin cesar, hasta vaciar completamente su vientre sobre el piso; con lo cual quedó por fin satisfecho, y muerto.

La Vitalidad De Las Víboras

La piel de las víboras es por lo general muy fina, sin mayor adherencia a la carne, y facilísima por lo tanto de quitar. No así la de las culebras y grandes serpientes, Dicha piel forma cuerpo, diríamos, con los tejidos del animal. Tan íntima es la conexión de la piel y carne en las boas, que no se concibe arrancarles la piel, sin arrancarles con cada tirón la propia vida.

Es éste, no obstante, el único modo de despojar de su piel a las serpientes. Una vez muerto y frío el sujeto, no es ya posible desprender aquélla de la espina dorsal. Por esto se practica la operación en vivo, previo corte alrededor de las mandíbulas. Se va tirando entonces de la piel hacia atrás, como quien descorre un guante al revés... Y la masa desnuda y palpitante que queda al descubierto, no es agradable de ver.

La vitalidad de esa masa es asimismo tan grande, cuan débil fué la resistencia del animal a morir. La vida de una víbora, nadie la ignora, no tiene más alcance que la de la varita que le disloca una vértebra.

Pero para impedir que esa misma víbora muerta, despellejada y colgada, deje de arquearse, enroscarse y remontar en tirabuzón sobre su propia cabeza, ¡qué de minutos, horas e interminables noches!

Hemos desnudado en casa de su piel a una pequeña boa colgada al atardecer, y a la mañana siguiente pendía, perfectamente perpendicular y lacia. Pero al contacto de una punta de compás, ha hinchado las costillas, recogiéndose hasta el cuello en dos grandes ondulaciones excéntricas,

En una gran yarará que el día antes de morir había matado a uno de nuestros perros, tuvimos ocasión de verificar una mayor persistencia de vida, allí donde de la víbora no quedaba ya sino sus vísceras, arrojadas sobre la arena albeante a no sé qué infinidad de grados.

El animal había sido muerto a mediodía. Su veneno estaba ya guardado. Su magnífica cabeza, también. Su piel se remojaba en la sombra. Su cuerpo había ido a dar no sé dónde.

De la yarará, en suma, sólo quedaba sobre la arena sus vísceras caldeadas y solitarias.

Pero la vida de la víbora trozada y desparramada por todas partes persistía asimismo allí, en aquel bulto obscuro desamparado al sol, porque al excitarlo “cuatro” horas después con la punta de un alfiler, el corazón comenzó de nuevo a latir como si nada le faltara y algo pudiera aún hacer falta.

Esta disparidad entre la pérdida de la vida del organismo y la de sus elementos funcionales, cobra en algunos seres proporciones extraordinarias, en el tiburón, por ejemplo.

La Hormiga Minera

En la región nordeste de la república, asolada por la hormiga, los colonos recitan al efectuar sus siembras: ”Plantemos para las hormigas, y que alcance para nosotros”.

No se trata, como pudiera creerse, de una tolerable hormiga de jardín, muy fácil de exterminar en su hoya. La hormiga minera nada tiene que ver con sus congéneres negras o rubias. Es un poderoso animal de color rojo obscuro, tremendas mandíbulas y el torso erizado de púas, que vive atrincherado bajo tierra en Misiones.

Ella es dueña absoluta del subsuelo y de la vegetación que crece encima. Más que el tiempo, ella rige la agricultura del país. Su presencia desencadena la desesperación del colono.

Tarde o temprano, se la envenene o se la asfixie, se la combata día y noche en sus mismas trincheras, ella acaba por triunfar.

Dificultosamente en los tiempos de sequía, y con gran rapidez en los tiempos de lluvia, la hormiga minera avanza sin cesar sus líneas subterráneas. Y de la plantación donde ellas surgieron una noche, no queda a la madrugada siguiente sino las hojas intactas diseminadas en montones.

Porque este insecto de ojos casi invisibles sabe perfectamente qué clase de lucha es la que entabla con el hombre. Cualquier otra hormiga cortaría con gran habilidad sus redondeles de hojas, para descender gravemente con ellas a lo largo del tronco. Es ésta una tarea paciente, que requiere mucho tiempo, y que la misma hormiga minera no desdeña cuando se siente en su terreno.

Pero de noche, y en una plantación hostil, no. Las pequeñas hormigas de acarreo esperan entonces al pie de la planta, mientras las grandes hormigas de batalla trepan a cortar las hojas, unas tras otras, en el mismo pecíolo. Tan seguro es su instinto y tan potentes sus mandíbulas, que desde veinte metros se puede oir en la obscuridad el ruido sordo de las hojas cayendo como lluvia.

Una plantación de maíz nace, crece y prospera durante nueve días, y al décimo no queda un tallo en pie. En una sola noche la tierra colorada recobra su soledad.

La hormiga minera posee una inteligencia sombría y sutil como no es fácil hallarla en la misma abeja. Cuando ha gustado de una planta, conserva su memoria a través del tiempo y de las estaciones.

La hemos visto a fines de verano descubrir por casualidad un duraznero a través de mil zigzag, y a la primavera siguiente, su primer ataque nocturno ha sido a dicho duraznero, por el mismo absurdo camino.

Durante mucho tiempo pudimos en casa defender un joven eucalipto, gracias a una constante observación que no admitía tregua. Una noche las hormigas franquearon las líneas de defensa del tronco, sin que pudiéramos explicarnos cómo. Esa misma noche —soplaba una fuerte tormenta,— hallamos la solución.

A un metro del eucalipto pasaba el tejido de alambre, uno de cuyos postes rozaba casi las ramas del árbol. En la cúspide del poste, las hormigas estaban amontonadas a la caza de las ramas que el fuerte viento ponía a ratos a su alcance.

Alzadas al asalto, las patas delanteras al aire, las hormigas seguían con el cuerpo el balanceo de las ramas, listas para trepar. Por momentos la rama descendía hasta el poste, se alzaba con su carga de hormigas, y aquél quedaba un instante desguarnecido; pero nuevos ríos de hormigas subían por el tejido a ocupar el lugar de las asaltantes.

A la par del eucalipto, teníamos en casa setenta y tantos árboles que defender. Puede suponerse así el centelleo de faroles de viento y linternas eléctricas que relampagueaban de noche en la meseta.

Los Tatetos

El tateto es un animalito arisco, cerdoso y cargado de hombros, como el jabalí. Se mueve constantemente de un lado a otro con una especie de trote nervioso, y representa en la selva americana al citado jabalí, a cuya familia pertenece,

Pero al revés de la negra bestia Solitaria, el tateto no se halla en la soledad, Su vida entera, su inteligencia están consagradas a la piara. Un tateto aislado apenas constituye otra cosa que un chanchito canoso, de cuello recogido, mirar soslayado y cabeza baja. Pero en la piara familiar, en la manada salvaje, el tateto encarna la vida total y obstinada de la especie.

Apretados en piaras de cientos y miles de individuos, los tatetos van y van. Como los perros jaros de la India, nada ni nadie les detiene. Donde ellos pasaron, el bosque queda desgarrado, destilando barro y flavo hedor.

Dícese que los tigres siguen pertinazmente días y días a la zaga de estas grandes manadas, alimentándose de los individuos cansados que pierden contacto con sus hermanos.

Si el destino quiere que la plantación lujuriante de un pionner del bosque se halle al paso de los tatetos, el hombre puede cruzarse de brazos ante su destino, pues de la plantación no quedará sino fango, y hojas trituradas bajo él.

Allá, insensibles a los precipicios, los ríos, y la extenuación progresiva de la manada, los tatetos van y van.

Ni ellos saben por qué. Podría decirse que llevan, como el instinto, los ojos cerrados. No buscan nuevos alimentos, ni su avance es de lucha. Puédese disparar sobre ellos de flanco, sin que la gran ola de lomos cerdosos altere su ritmo.

Pero si el cazador es visto por la manada, y sus balas alcanzan a derribar a los viejos machos de la vanguardia, el hombre entonces puede llevarse desde ya las manos al vientre, si no ve un árbol a su alcance.

En efecto, ante ese ataque, el sonambulismo emigratorio de la manada altérase de pronto. Las cerdas se yerguen rígidas, miles de puntos verdosos incendian la penumbra, y el furor de los tatetos sobrevive largo rato a la muerte del hombre, límite bien breve por cierto.

Pero he aquí que el hombre ha tenido tiempo de trepar a una cepa de árbol, apenas a metro y medio del suelo, sobre la que se mantiene de pie, haciendo fuego con su winchester.

Cuatro, ocho, diez tatetos caen muertos. Los demás —son miles— se abalanzan contra el tronco, pero no alcanzan. Saltan en vano, y caen de nuevo. No pueden pasar de las suelas del hombre, que empapan de babas.

La ira excita a los tatetos hasta un grado increíble. Trotan alrededor del hombre con la boca entreabierta, y se precipitan sobre el tronco a arrancarlo con sus colmillos. Largos jirones de corteza vuelan al aire, y asimismo parte de la madera.

Sobre el tronco, el hombre ya sin balas mira a todos lados. En cuanto abarca, su vista del breve claro de bosque, no ve sino puntos verdes fijos en él, en la más feroz inmovilidad.

Porque ante la inutilidad de su ataque, los tatetos se han calmado. Están ahora quietos, de pie o echados, sin apartar una línea sus ojos del hombre, en tanto que el crepúsculo se va llenando del castañeteo de sus dientes.

Los tatetos no tienen prisa; su enemigo está ahora fuera de su alcance, pero llegará un momento en que no podrá sostenerse más sobre el tronco, y esperan.

El hombre lo prevé también, y cierra un instante los ojos, a trueque de oscilar y caer. El conoce la obstinación de esos demonios, capaz de resistir días y días, y que nada aplaca...

Ha caído del todo la noche. El hombre debe poder mantenerse aún de pie inmóvil sobre el estrecho tronco, aunque no se le ve. Los tatetos, inmóviles también, esperan.

La Avispa Colorada

Mortal por mortal, el veneno de la avispa colorada lo es en mayor grado que el de la víbora. Si no lo parece, es por la insignificante cantidad de que aquélla dispone. Pero si en vez de una gotita microscópica, la avispa inyectara con su aguijón cuatro o cinco gruesas gotas, como las víboras comunes, o veinte y más, como las grandes yararás, otro sería el porvenir de sus víctimas.

Pocos animales, por lo demás, tan bien dotados para la batalla como la avispa colorada. Ni el león ni el tigre dan, en su recogimiento de resorte al saltar, la impresión de ataque de la avispa cuando, presta a disparar desde el borde de su nido, clava los ojos inmóviles en su agresor.

Fuera de su avispero, donde sus funciones de familia la exasperan hasta la ferocidad, la avispa que nos ocupa es más bien un manso insecto.

En las grandes épocas de sequía, nuestra casa en Misiones se veía asaltada por todas las avispas del contorno, en procura de agua.

Los baldes al lado de la cocina zumbaban por fuera y dentro; y en la mesa, a la hora de comer, los vasos parecían rayados por las avispas que ascendían por sus paredes y bajaban cabeza abajo a beber en ellos.

No nos molestaban, acostumbrados como estábamos en el trato con los animales a no hacer con ellos movimientos bruscos. Alguna vez, sin embargo, al tender nuestro dedo salvavidas a una avispa que sobrenadaba girando sobre sí misma, fuimos picados por la avispa, que se aprovechó ansiosa de nuestro dedo, y nos clavó el aguijón, —todo en uno.

Como las condiciones de nuestro bungalow nos mantenían al principio gran parte del día en las escaleras, para concluírlo a martillazos, y las avispas colgaban del corredor sus nidos chatos, cribados y resecos, como torrejas de cartón, nos vimos obligados a llegar con ellas a un modus vivendi que trajo paz a casa.

El secreto consistió en hablar a las avispas, explicándoles de cerca y con manso tono, la necesidad de martillar en tal clavo, de desviar tal alfajía pesada de avisperos, todo con el tono persuasivo y sereno con que puede uno dirigirse a un ser superior.

Las avispas, abalanzadas todas sobre el borde del panal y prestas a lanzarse, no comprendían una palabra de nuestro discurso, —cualquiera lo cree;— pero comprendían el tono de la voz; y este tono tranquilo, sin agresión ni temor alguno, era el que las mantenía vibrando sin atacar, mientras nosotros continuábamos aproximando la mano hacia ellas, a compás de expresiones de este valor:

—No sean zonzas... No les queremos hacer nada... Esténse quietas... ¡Cómo si el mundo se fuera a venir abajo por tocar sus ridículas alas!...

Sin más que esto, lentitud de movimientos y llamados a la persuasión, llegamos a pasar la mano a las avispas coloradas en su propio panal.

Un joven inspector de estaciones meteorológicas que asistía un día a nuestro manejo, expuso con serena confianza que él haría lo mismo, sin conocer mucho ni poco el país. Llegó, en efecto, hasta el nido de avispas; pero fué cruelmente picado.

El joven meteorólogo era criollo, y fumaba grave y científicamente una pipa de inglés. Esto sin duda explica la irritabilidad de las avispas, que no comprendieron ni el tabaco ni a su fumador.

El Pique

En cierta ocasión, como hubiéramos naufragado en el Alto Paraná al embate de una recia tormenta, fuimos arrastrados a cobrar tierra bajo un cobertizo de cinc abandonado en la costa, y cuyo destino fuera en otra época el de secar ladrillos. Vastos montones de ceniza diseminados por el suelo, lo atestiguaban todavía.

Para náufragos, no estaba aquello mal. Solamente que al volcar sobre la ceniza el agua de nuestras botas, una especie de nubecilla obscura comenzó a ascender por las piernas.

Eran los piques. Había millares de ellos, si no millones.

Para valorar lo pintoresco de esta visita, es bueno que se sepan las costumbres de dichos visitantes.

Por su aspecto general, apenas se diferencia el pique de la pulga. Bastante más chico, desde luego; pero igual aire precipitado, e idéntica manía de caminar perpendicular a la piel.

Hasta aquí, el pique es una simple pulga, y, felizmente, sin predilección por la sangre. Su amor al hombre tiene otra finalidad.

Se desvive, en efecto, por penetrar en nuestra carne. Allí se revuelve, se acomoda y procede a crear su familia, huevo tras huevo, a la tibia razón de treinta y siete grados.

Para ello, el pique, que ha caminado rápidamente por la piel en busca del sitio feliz, se alza de pronto de abdomen, más perpendicular que nunca, y comienza su obra de perforación.

En breves momentos, de él sólo queda fuera la extremidad posterior, como un puntito negro. El resto del cuerpo se trasluce -muy aumentado a través de la piel.

Pasados algunos minutos, nada se ve ya del pique. Si acaso una mancha de azul lívido lo denuncia bajo los tejidos.

La penetración del pique en la carne es siempre indolora. Pica —de acuerdo con su nombre— cuando ha comenzado su proceso generador. A veces sólo se lo siente cuando dicho proceso está concluido, en forma de una bolsita esférica llena de centenares de huevos aglutinados, cuyo centro ocupa el pique madre. Todo el sistema se trasluce bajo la piel como un tumorcillo muy redondo y muy maduro. La extirpación de este tumorcillo no ofrece dificultad alguna, ni acarrea peligros el hecho de que pueda romperse la envoltura de los huevos. Una gota de tintura de yodo lo vuelve todo a lo normal. El peligro, cuando lo hay —y muy vivo—, estriba en la infección primaria que el pique puede aportar con él.

Esta pulguita es eminentemente casera. La escoba desorganiza sus costumbres; pero próspera de un modo increíble en las cenizas muertas, en el polvo sin remover de los ranchos abandonados.

En ciertas épocas, y por poco que la escoba sea olvidada tras la puerta, los piques se reproducen pasmosamente. Es imposible obtener de los perros que lo sigan a uno, pues no pueden dar un paso, con la patas devoradas de piques. Arráncanse con los dientes las nidadas de huevos, y con ellas la piel entera.

Los muchachos de monte, en esas épocas, llevan las plantas de los pies lívidas y gruesas como suelas, taladradas literalmente de piques. Hemos visto una vez a un grupo de chicos caminar dificultosamente por el patio de su escuela, dejando tras ellos un rastro húmedo de exudados de piques. No enferman mayormente, porque la naturaleza es así; pero apena ver que en esas escuelas ultra rurales, adonde se remiten complicados aparatos que el chico no entenderá jamás, falte un centigramo de creolina para la curación y la educación higiénica de las lisiadas criaturas.

El Tigre

Nunca vimos en los animales de casa orgullo mayor que el que sintió nuestra gata cuando le dimos a amamantar una tigre recién nacida. La olfateó largos minutos por todas partes, hasta volverla de vientre; y por más largo rato aún la lamió, la alisó y la peinó sin parar mientes en el ronquido de la fierecilla, que comparado con la queja maullante de los Otros gatitos, semejaba un trueno,

Desde ese instante, y durante los nueve días que la gata amamantó a la fiera, no tuvo ojos, ni coqueterías ni lengua más que para aquella espléndida y robusta hija llovida del cielo. Todo el campo mamario pertenecía de hecho y derecho a la roncante princesa. A uno y otro lado de sus tensas patas, opuestas como vallas infranqueables, los gatitos legítimos maullaban de hambre.

La tigre abrió por fin los ojos, y desde ese momento entró a nuestro cuidado. ¡Pero qué cuidados! Mamaderas entibiadas, dosificadas y vigiladas con atención extrema;  imposibilidad para incorporarse libremente, pues la tigrecilla estaba siempre entre nuestros pies. Noches en vela, más tarde, para atender los dolores de vientre de nuestra pupila, que se revolcaba con atroces calambres,y sacudía las patas con una violencia que parecía romperlas. Y, al final, sus largos quejidos de extenuación, absolutamente humanos. Y los paños calientes; y aquella mirada atónita y velada por el aplastamiento, que por largas horas no reconocía a nadie.

No es de extrañar, así, que la salvaje criatura sintiera por nosotros toda la obstinada predilección que un animal siente pero lo único que desde el nacer se movió a su lado.

Nos seguía por los caminos, entre los perros y un coatí, ocupando siempre el centro de la calle. Caminaba con la cabeza baja, sin parecer ver a nadie, y menos a los peones estupefactos que nos cruzaban. Y mientras los perros y el coatí revolvían insolentemente las profundas cunetas del camino, ella, la real fiera, de dos meses, seguía gravemente a tres metros detrás de nosotros, con su gran lazo celeste al cuello, y sus ojos del mismo color.

Con los animales de presa se suscita, tarde o temprano, el problema de la alimentación viva. Nuestro problema, retardado por una constante vigilancia, estalló un día, llevándose a nuestra hija con él.

La joven tigre no comía sino carne cocida. Jamás había probado otra cosa. Aún más: desdeñaba la carne cruda, según lo verificamos una y otra vez, Nunca le notamos veleidades por las ratas de campo que de noche cruzaban el patio, y menos aún por las gallinas, envueltas entonces en La suerte quiso que una gallina, gran preferida de la casa, criada al lado de las tazas de café con leche, sacará a su vez pollitos. Como madre, era única. No perdería ningún pollo, estábamos seguros; y ni siquiera llegarían éstos a saber lo que es el rocío en las madrugadas frías. La casa, pues, estaba de parabienes.

Un mediodía de esos, oímos en el patio los estertores de agonía de nuestra gallina —exactamente como si la estrangularan. Salté afuera, y vi a nuestra tigre, erizada y espumando sangre por la boca, prendida de garras y dientes al cuello del animal.

Más nervioso de lo que yo hubiera querido estar, cogí a la fiera por el cuello, y la lancé rodando por la arena, como lo había hecho otras veces, por vía de corrección, con el coatí y con la misma tigre.

Esta vez no tuve suerte. En un costado del patio, entre dos palmeras, estaba ese día —esperando— una piedra. Jamás había estado allí. Era en casa un dogma el que no hubiera piedras en el patio. Girando sobre sí misma por la arena, nuestra hija alcanzó a la piedra con la cabeza. La fatalidad procede a veces así. No fué ese un día alegre para nosotros. Por mi parte, perdí también mi cuchillo de monte, que en casa olvidaron entre los bambúes, cuando esa tarde enterraron allí los dos cadáveres. Lo encontré cuatro años después, en el aire, entre varios vigorosos retoños que lo habían alzado a una cuarta del suelo, Pero la hoja se deshacía en escamas de herrumbre, y lo dejé en el mismo sitio.

El Aguaraguazú

La palabra guaranítica aguará, corresponde a zorro en nuestra lengua; y guazú, a grande. Con estas dos expresiones se designa a un rarísimo animal del bosque huraño y sombrío a más no poder, y cuyo singular aspecto puede definirse diciendo que es un zorro rojizo, con altísimas patas de lobo. 

Esta longitud de las patas, y el extraño modo de moverlas, constituyen en efecto los dos rasgos más destacados del aguaraguazú. 

Como los camellos, las jirafas, los caties y, particularmente, los caballos de paso “andador”, el aguaraguazú marcha avanzando a un tiempo las patas del mismo lado, y no cruzadas, como es la norma en casi todos los cuadrúpedos, y que el hombre mismo observa en sus miembros, quién sabe desde qué remotísimo pasado.

Pocos animales han sido objeto de leyendas más extraordinarias que las que ilustran a este fantástico —o, mejor dicho, fantasmal— zorro. Con su flacura, sus altas patas, sus orejas en punta y su largo andar, puede muy bien este aguará dar en un crepúsculo de selva la impresión de un espectro.

En el Zoo, detrás del pabellón de los leones, hubo hace años un aguaraguazú, siempre en una especie de viaje de sonámbulo por su cercado, que recorría en cuatro silenciosos trancos.

En casa tuvimos dos recién nacidos, y que no criamos bien por faltarnos leche entonces… Con caldo y papillas hicimos lo posible, al punto que los aguaracitos llegaron a contar un mes entre nosotros. Como la tigre de que ya he hablado, aquéllos nos seguían por todas partes, con la cabeza a tierra y el cuello duro entre los hombros.

No sé en verdad si aquel seguimiento de apariencia tan afectuosa, no era en el fondo una obstinada persecución de su presa, que de nosotros les llegaba. Cuando en los últimos tiempos les dábamos un pedacito de carne, su actitud a nuestro respecto variaba bruscamente, Echábase entonces encima de ella, con patas y cuello, todo erizados, y sus ojos azules, normalmente sin vida, centelleaban entonces al menor intento nuestro de acercarnos.

Poco a poco se apaciguaban, y cruzando el patio de arena con su presa en la boca, iban, cada cual por su lado, a esconderse bajo el espartillo, con las orejas gachas y ondulaciones de grandes fieras.

No nos podíamos acercar entonces. A la menor sospecha, roncaban con una profundidad que jamás se hubiera supuesto en aquellos muñecos. Y quienes luego regresaban a nuestros pies eran las mismas calmas bestiezuelas de mirada celeste, bizca y atónita de un rato antes.

Una mañana, un aguará salió de su casilla. más tarde que de costumbre. Caminaba al sesgo, tambaleándose, y no parecía ver lo que tenía por delante. Se echaba y volvía a levantarse, sin saber para qué, pues no sufría en apariencia. Era víctima de una disentería muy viva.

A la mañana transiguiente sólo salió el aguaracito sano, pues el otro había quedado dentro, muerto. Y fué asimismo inútil cuanto hicimos para salvar al que nos quedaba. Enfermó días después, con el mismo cuadro clínico que el otro, e idéntico fin.

No creo hoy, sin embargo, que hubiéramos podido conservarlos. Los aguaraguazús mueren al poco tiempo en cautividad, por falta de adaptación, como se dice ahora, o minados, como se decía antes, por el “mal del país”.

Los Catorce Millones De Víboras Del Señor Casado

En el Alto Paraná, sobre la barranca misma del río, existe o existía un cementerio que alojaba diez y siete cadáveres. De quince de estos cadáveres, eran causantes las víboras. 

Sufriría yerro, sin embargo, quien creyera que este terrible porcentaje de muertes por el veneno ofídico, es en aquella zona el régimen normal. Las víboras no constituyen un peligro mayor que el de tantas circunstancias sombrías de la existencia, aquí como allá. La víbora de cascabel, con todo y ser la más peligrosa bestia de la familia, dista mucho de abundar hasta el extremo de erigirse como una cruz alquitranada, en el confín de todos nuestros pasos. Las estadísticas más avanzadas conceden apenas dos o tres víboras a cada hectárea de bosque. De estas tres víboras, dos son yararás, y la otra es una serpiente de cascabel.

Ahora bien: como una legna de bosque tiene dos mil quinientas hectáreas, el feliz poseedor de una legua de bosque virgen (el señor Carlos Casado poseía dos mil), se halla también ser poseedor de siete u ocho mil mortales víboras, discretamente diseminadas por la finca.

Este es el anverso del país tropical. El reverso difiere también, conforme lo veremos.

No es un hombre cualquiera quien puede gozar de tales misterios ocultos en una hectárea —digamos una manzana— de monte virgen. Dichas tres víboras, dos yararás y una cascabel, están exclusivamente reservadas al peón de obraje y al plantador nativo de maíz, que escrudiñan, rozan y echan abajo. el monte. Ellos, pues, y solamente ellos, encuentran fatalmente las tres víboras.

Pero el rozado ese requiere un mes —y tal vez dos— de tiempo. En el plazo de treinta días de trabajo continuo, el hombre ha puesto al descubierto con la punta del machete tres víboras: digamos una por semana. Con más frecuencia, sobre el asfalto o el macadam, hallamos, en la trayectoria de nuestro destino, un auto, un cable caído, una motocicleta.

En lo que concierne a la víbora de cascabel, llama la atención las anomalías de su hábito. Se la ve aquí a cada instante, y años después, sin causa visible a qué atribuir esa desaparición, no es posible hallarla, ni viva ni muerta.

Durante los veinte años que Azara recorrió Paraguay, Misiones y Corrientes, no halló una sola. En los desmontes recién quemados, al despejarse la cerrazón matinal, suele vérselas estiradas sobre los troncos, calentándose al sol.

En casa, a principios de nuestra primera primavera en el Chaco, tuvimos la sorpresa de hallar dos, en el breve tiempo de tres minutos.

Hallamos a la primera arrollada a la orilla del Saladito, ya al crepúsculo, justamente donde pensábamos asentar el pie de trípode. Entonces no teníamos idea del ruido que produce su cascabel. Al sonar entre nuestros pies, creíamos que fuera el chirrido de ciertas langostitas verdes, muy abundantes en la noche. No pudiendo precisar la procedencia del chirrido, nos bajamos casi hasta tierra, a observar aquella torta obscura de que parecía provenir.

Cinco minutos después, al entrar en casa, hallamos en medio de la pieza, arrollada y solitaria sobre el piso frío, otra víbora de cascabel.

Esto pasaba el primer día de primavera. Durante nuestros dos años de Chaco, sólo vimos otro ejemplar. Y éste fué asimismo indispensable que lo fuéramos a buscar a su propia casa.

La Ñacaniná

Un hombre, cuya veracidad es para mi el Evangelio, me contó una vez que habiendo encontrado en un naranjal de Misiones una ñacaniná, le tiró, como por broma, una naranja desde diez metros de distancia. La culebra se había vuelto hacia él, observándolo. Como el hombre insistiera con otra naranja, la ñacaniná lo había atacado. Ni el hombre ni yo sabemos nada del carácter de este ataque, pues aquél huyó sin volverse a ver si le seguían. Cuánto puede haber durado la persecución, si llegó a haberla, lo ignora el hombre. 

Son estos los datos más concretos y fidedignos que poseo sobre la famosa acometividad de la ñacaniná. Personalmente, no poseo experiencia sobre ella. Las contadas veces que he estado al alcance de una ñacaniná, no he sido yo actor. En compañía de un peón de obraje, en el Chaco, hemos visto surgir por entre los troncos de un rozado una linda cabeza de ñacaniná al acecho. Nacaniná negra, brava entre todas, y con no menos de tres metros de cuerpo oculto, según era de sólida su testa. El peón ha contenido mi curiosidad volteando rápidamente el winchester sobre el animal. “Ya iba a saltar” —me ha dicho, tras la explosión. Es lo que ignoro.

Otro hombre fidedigno me ha contado que, yendo un día distraído por un sendero del monte, vió en el suelo, a sus pies, una cola de víbora. Siguiendo con la vista el cuerpo semioculto, llegó a volver la cabeza atrás, pues luego de hacer una gran curva, el cuerpo viraba hasta sus espaldas, al punto de que la cabeza de la víbora se alzaba a dos cuartas del suelo. Era una ñacaniná. Que habiendo ido a coger la escopeta, pues el tamaño y la actitud del animalito le imponían, no la halló de vuelta en el mismo lugar, y sí doscientos metros antes, avanzando a su encuentro por la picada, y con la cabeza esta vez a tres cuartas del suelo.

No poseo, como he dicho, más datos concretos sobre esta culebra, pero el repertorio de las hazañas llevadas a cabo por la ñacaniná es fantástico. Una persona culta sobre toda ponderación, me informó cierta vez de que en Corrientes se vió forzado a huir a todo escape a caballo, de una ñacaniná que se mantenía corriendo a su lado a la altura del estribo. Nada en el mundo aventaja a la imaginación en buena fe.

Me inclino a creer que no hay en serpiente alguna coraje e irascibilidad suficientes para perseguir a un hombre. Un oficial de la India cuenta, bajo su palabra, que habiéndose entretenido un día con una nidada de cobra capelo real, fué sorprendido por ésta, y perseguido tenazmente cuadras y cuadras, al extremo de que sólo debió su salvación al hecho de que su turbante cayera al agua, mientras cruzaba desesperadamente un río a nado, con la hamadrías tras él. La hamadrías atacó furiosamente al turbante, y el oficial narró luego lo sucedido. Pero las circunstancias, bajo el sol de fuego de la India, son sobrado dramáticas para admitirlas como artículo de fe.

Una vez, sin embargo, pude haberme cerciorado a fondo respecto de la ñacaniná, de presentarse la aventura con menos humor.

Monteábamos tres personas en Misiones, cuando en la resquebrajadura muy sombría de un alto paredón de piedra, uno de nosotros percibió un voluminoso hongo de árbol. Estos hongos leñosos, muy particulares allí, de dorso obscuro y parte inferior nacarada, recuerdan singularmente a una cabeza de víbora.

Extrañado de hallar tal hongo en tan insólito lugar, mi compañero se entretuvo en pasar una mínima varita —el dedo casi— por lo que podrían ser mandíbulas de la víbora. Procediendo así, llamóle la atención el que cada vez que la ramita pasaba por el sitio que simulaban los ojos, dichos ojos parecían vibrar imperceptiblemente. Mi compañero acercó más entonces la cara... y dió un paso atrás.

El hongo era real y efectivamente una víbora, una ñacaniná negra con su invisible cuerpo repleto de promesas, a juzgar por su tremenda cabeza. Tranquilizada con nuestro silencio y la actitud del hombre junto al paredón, la serpiente se había mantenido a la expectativa. Y cuando el curioso comenzó a hacerle cosquillas con la pajita, la víbora se halló, sin duda, en la plenitud de la gloria.

Los Cuervos

Todas las veces que el cadáver de un animal ultimado en el monte ha atraído a los buitres, me he preguntado con qué extraordinaria finura de olfato el cuervo, flotando en el alto cielo, a miles de metros, ha podido percibir las emanaciones de un agutí muerto, una comadreja, menos aún, que bajo veinte metros de obscuro e impenetrable follaje. comienza a descomponerse.

La vista no juega aquí ningún papel. Desde las altísimas nubes el bosque es un uniforme bloque de pizarra. Más fácil sería distinguir una presa a una legua de distancia en una noche de tinta, que percibir ser alguno bajo el impenetrable blokao del monte.

Y de allí vienen, no obstante; de allí y de allá, los grandes buitres necrófagos. Son al principio dos o tres, y muy pronto veinte o treinta.

¿Cómo han sentido al agutí, apenas recién muerto, a cuyo contacto la más fina nariz no percibe emanación alguna?

Allá arriba los buitres trazan grandes círculos. Segura y matemáticamente los círculos aéreos se irán cerrando, estrechándose como alrededor de una sola emanación de muerte que ascendiera como un hilo vertical. Y poco después, tras un descenso en tirabuzón, en cada fúnebre árbol se hallará posado, inseguro y con aire de sorpresa, un cuervo.

Contrastando con la actitud alerta, cruel y fría de su cabeza cuando vuela, en tierra el cuervo no logra salir de su estupefacción. Deambula cojeando —de patas y cabeza, podríamos decir— y, si se les apura, se agitan saltando sordamente muy cargados de hombros, dando la impresión de que se les hiciera avanzar a latigazos.

Su resistencia vital es asombrosa. En casa tuvimos uno veinticinco días, durante los cuales no comió ni bebió. Era un urubú, especie de buitre tropical, de cabeza y cuello rojos. Tenía la cabeza atravesada por tres balines, y algunos más en la región del hígado. Había perdido ambos ojos.

En tal estado, el urubú resistió veinticinco días a la muerte, de pie sobre el pértigo caído de un carrito. No se movió de allí una sola vez. En esos veinticinco días el sol lo abrasó, y, de noche, la lluvia barrió bajo él las hojas enterradas, sin que cambiara de postura. Mantenía la cabeza constantemente bajo un ala.

Cuando alguna vez lo tocamos para ver su estado, el urubú levantó la cabeza, balanceándola lentamente, sin ver. Y al convencerse de que nada queríamos de él, tornaba a guardar la cabeza. Cuando murió, por fin, pesaba menos que una gallina flaca. No sé qué tendría bajo su opulento tapado de plumas; pero hacía daño comprobar tal peso en un ser que hasta un momento antes había conservado la vida. Mis chicos le llamaban “el cuervo loco”, por creer que con el tiroteo a la cabeza había perdido la conciencia de sí. No comía, según ellos, porque se había olvidado de vivir,

Criado en casa desde pequeño, el cuervo es omnívoro. Puede comer bulones de tres pulgadas, como el avestruz, y bizcochitos húmedos, como las cotorras. Con el tiempo, sin embargo, los cuervos guachos se van alejando cada vez más de la casa, hasta que un día no vuelven más.

Conocimos dos cuervos criados así, que al final sólo acudían a la casa a las horas de comer. A estas horas eran infaltables, regresando de donde estuvieren.

Un día, sin embargo, no llegaron; ni al otro, ni tampoco al tercero. Al cuarto, regresaron; pero traían un compañero a comer, un amigo a todas luces, adquirido quién sabe tras qué azarosas y leales pruebas.

Nada hemos vuelto a saber de ellos, pues al día siguiente nos alejamos de allí. Pero ya entonces, las dos jóvenes propietarias de los dos amistosos cuervos se habían mostrado inquietas ante la perspectiva de tener que alimentar a todos los innumerables buitres del país.

El Boa

La designación de boa es genérica, y comprende unas cuantas especies de serpientes sudamericanas. En lenguaje común, sin embargo, entendemos por boa toda serpiente singularmente larga, proporcionalmente gruesa y capaz de hacer crujir entre sus anillos los huesos de la víctima que entre ellos encerró. Naturalmente, estos boas son hijos de la zona ecuatorial, y apenas si una u otra especie de menor tamaño se aventura por bajo del trópico.

La primera noticia personal que en Misiones tuvimos del boa, nos la ofreció una víbora arrollada, una mañana, ante la puerta del taller.

Jamás habíamos visto animal semejante. Su piel lucía con extraños círculos como taraceados, con un aspecto general de piel de surubi. Me informe en vano sobre su nombre indigena; nadie la conocía. Meses después supe que aquella viborilla era un boa. Lamenté no haber podido familiarizarme con él, cosa que tampoco logramos con un segundo ejemplar hallado también en casa, a la mañana siguiente de una agitada noche de ratas, que chillaron toda la noche como presas de gran pavor. Al levantarme y llevar las manos a las botas, el boa estaba arrollado al lado. Vimos, después, que en el vientre albergaba cinco ratitas reciénnacidas, lo que explicaba el escándalo de la rateria. 

Pasamos un tiempo sin ver otro boa, cuando un hombre llegó hasta casa con un ejemplar de mérite, colgado de una rama que el peón sostenía con esfuerzo. El animal, en efecto, medía un metro sesenta, y era grueso en la abultada proporción de las víboras de cascabel. Pero al revés de éstas y de las yararás, bastante miedosas cuando se las ciñe de cerca, el boa aquel, pendiente de la vara, volvía la cabeza roma a uno y otro lado, según fuera nuestra situación a su respecto. Y cuando mi chico estiró el brazo para tocarlo, saltó hacia atrás con rapidez semejante a la del boa al tenderse hacia aquél.

Ya estábamos, pues, edificados sobre la modalidad del nuevo huésped. Lo instalamos en una jaula con tejido de alambre, y nos pusimos a observar la velocidad del ataque del boa, único, al parecer, entre todos los seres vivientes.

Es punto menos que imposible conocer, en los primeros momentos, cuándo el boa, perfectamente inmóvil, va a lanzar su cabeza como un ariete. La distancia desde la cual ataca debe variar mucho posiblemente, según la libertad del sujeto y el peligro que presiente en su enemigo.

Nuestra fiera hacía sonar la red de alambre cuando mi cabeza había alcanzado a medio metro de la jaula. No logré ver nunca el arranque inicial, ni mucho menos el desplazamiento de la cabeza. Sentía el golpe, bruscamente, sin dejar por ello de ver antes y después él boa, inmóvil. Poco a poco, sin embargo, llegué a poder precisar, sin décima de segundo de error, el instante mismo del ataque. Y esto lo conocía en la mirada del boa, fija, naturalmente, en la mía. Un ser cualquiera presa —boa, león, tigre,— al asalto, puede no moverse ni pestañear; puede no alterar en lo más mínimo la línea de piedra de sus músculos; pero la brusca resolución de fuerzas, la súbita exaltación de vida en la mirada, denuncia el ataque con una claridad de relámpago.

Obra aquí, sin duda, una cuestión de psicología superior en el hombre. En un principio el animal nos sorprendía siempre. Poco después, conocíamos al dedillo la psicología del boa. Como decimos aquí, le habíamos tomado el tiempo a las posturas, las miradas, y las cuatro o cinco ideas irascibles de nuestra pupila. Tiempo después nos vimos forzados a mirarlo. Y ni muerto ni vivo sospechó nunca el destino que habíamos de dar a su piel.

La Palmera

Uno de mis sueños de chico fué llegar a ver un día la avenida de las palmeras, en Río de Janeiro. Cuando pude realizarlo, vinieron a mi memoria las palabras con que un viejo señor observó una espléndida foto de dicha avenida, que yo en aquel momento contemplaba,

—Esto no da impresión de lo que es —dijo—. Es preciso verla.

Tenía razón el sujeto. Los testigos de comparación, humanos casi siempre, que se estilan al pie de los grandes monumentos, no logran nunca exaltar la grandeza de aquéllos. En las fotografías de la avenida en cuestión, se percibe claramente, por la pequeñez del hombre al pie de las palmeras, que éstas deben ser veinte o treinta veces más altas. Esta deducción se verifica ante una minúscula cartulina 9/12, bellísima de colores.

En realidad, las palmeras tienen 40 metros. Pero es preciso ver que es una columna viva de esta altura, en cuya sola cúspide, surgiendo como por fantasía, puede decirse que está la planta.

Nada en el suelo se advierte de apariencia vegetal. Ni un tono verde, ni una gota de rocío. A lo largo de la vista, sólo una doble y estrecha fila de columnas grises, casi blancas, perfectamente inmóviles e iguales. La vista se alza, y nada se percibe tampoco más arriba que tenga aspecto vegetal. Pudieran ser columnas de artificio, de algún orden arquitectónico pacientemente calculadas y construidas con dolor, piedra sobre piedra, en una demora sin fin. Sería esto, en verdad, un triste, frío y estéril remedo.

Pero cada columna de esas está viva. La inunda, desde el pic a arriba, una ardiente vida que la ha hecho surgir naturalmente de la tierra con sus solas fuerzas, y que la alza, la alza cada vez más, no para recrear nuestra vista remedando una columna sino para dar apoyo a sus inmensas hojas, que esplenden, por fin, hacia todas las rosas del cuadrante, a 40 metros de la tierra madre.

Los jardines suspendidos de Babilonia no debieron ser otra cosa. Sobre las columnas, lisas y como estucadas, que se afilan y acercan allá arriba, se extiende aquella selva de verde profundo, sin una liana de transición que la una a tierra, perfectamente sola bajo el cielo desierto.

Sus grandes hojas de seis metros, que la brisa balancea apenas en grandes arcos, caen a veces a través de la atmósfera cálida, como grandes pájaros dormidos.

Un par de enamorados, dos jóvenes rubios de raza nórdica, desembarcan en Río, en viaje de novios.

No hay dicha comparable a la suya. Ella, por haber realizado su sueño de trópico, y sentirse bien amada. El, por saberla feliz y adorarla.

Desde que la joven noruega ha abierto los ojos al sentimiento, el paisaje tropical ha constituido el imán de su vida. No ha sentido nunca la belleza de su clima natal, de sus abetos encapuchados de hielo. Su joven existencia se ha deslizado en un escalofrío glacial durante el día, y en un cálido ensueño, durante la noche, de islas ultraoceánicas, contorneadas de palmeras más negras, bajo la noche ecuatorial, que los rincones de cielo percibidos entre las estrellas.

La poesía y la salud, el amor y el encanto de dejarse vivir, lo ha aprendido, desde que abrió los ojos, en el paisaje tropical. Ha contemplado en sus carteles de escuela, en una perspectiva de aeroplano, las islas polinésicas dormidas en un lago que rodea un gran círculo de corales, y contra los que el mar rompe. El primer árbol que ha aprendido a dibujar con sus dedos infantiles, es la palmera. El ave ideal, es la de paraíso.

Daría ella la vida por una sola noche en los trópicos, arrullada por el mar, las palmeras y la voz de un bien amado.

Y helos aquí: el mar, las palmeras y su amor. Ha ofrecido su vida por ellos, y vive. Oye por fin la voz de su amado, y no ha muerto. Reclinada en el hombro de él:

—¡Oh, mi bien amado! —murmura— ¡Siento que nunca, nunca podremos despertar de esta felicidad!...

El ambiente, de suprema dulzura, se ajusta, grado por grado, al ensueño de la joven noruega. Pasa sobre el rostro como una lenta caricia de aire. Allá arriba, altísimas, las palmeras recortan sobre el esplendor de la luna sus inmensas hojas. Los ojos de la joven se alzan al cielo nocturno.

—¡Mira, Olaf! —murmura todavía— ¿Crees que el Señor puede haber otorgado sus mercedes a otros climas? ¡Oh mis palmeras! ¡Mis divinas noches tropicales!

Es el trópico, en efecto, dulce y sedante. Allá arriba, dulcemente, una gran hoja de seis metros acaba de desprenderse, y cae. Cae a través de la dulcísima atmósfera, planeando sin acierto! ni medida, suspensa a veces en el aire, precipitándose otras como un cometa, con su gran cola a la rastra.

Esa caída desde 40 metros es demasiado grave para que la frente de una joven noruega pueda resistirla. Desde su primera infancia, ella ofreció su vida y su mismo corazón, si un día latía, por la dulzura sin límites de un paisaje tropical.

El país tropical le ha cogido la palabra.

La Ura

Suele acontecer que una criatura se duerma, a la siesta, con la boca abierta. Días después, prorrumpe en un agudo grito de dolor, que cesa enseguida. Los gritos se repiten con intermitencias, con la misma brusquedad e igual calma subsiguiente. La criatura se lleva en aquellos momentos las manos a la garganta. Un examen prolijo de la boca delata entonces en el fondo de las fauces uno o más agujerillos hinchados, de que escurre un líquido claro. 

Este es el proceso común de la ura. En el fondo de cada uno de esos agujerillos, se agita en carne viva, come y prospera, un gusano rugoso, circundado de duros anillos, estando cada anillo erizado de pelos negros. 

Estos gusanos provienen de una mosca llamada ura, no más grande ni velluda que otras inofensivas congéneres. Zumban sobre todo en los días cálidos, en busca de una piel propicia para depositar o introducir en ella sus huevos. Una vez conseguido esto, las larvas recién nacidas hallan tales condiciones favorables para su desarrollo en la alta temperatura de los mamíferos, que en breves días, revolviéndose y mordiendo en pleno tejido vivo, llegan a adquirir el tamaño y la forma de un gruesisimo carozo de dátil. Cuando se presiona bajo la piel, este gusano debe salir —y sale vivo— por un agujerillo de un milímetro de diámetro.

Los animales bovinos pagan un pesadísimo tributo a las uras, al puto de dar pena ver una vaca deformada por centenares de tumores cuyos gusanos la amodorran de fiebre, mientras la devoran viva. La industria del cuero sufre el contragolpe de esta plaga, pues poco atractivo puede ofrecer al mercado una piel endurecida y taladrada en mil partes.

Entre los animales domésticos, el caballo y la mula gozan de perfecta inmunidad. Los perros. en cambio, sufren mucho de la ura. Es digna de mención la capacidad de sacrificio de los perros, al entregarse temblorosos y gimiendo a las manos curativas de su dueño. La extirpación de una ura, cuando se oprime el tumor por su base forzando al gusano hacia el exterior, no tiene nada de agradable. El pobre perro gime, se lame los pelos a su alcance, y mira aparecer la ura que dilata la piel de un modo increíble; pero no intenta escapar. El gusano salta generalmente a varios decímetros de distancia, y el perro la sigue en su salto, con ojos poco amistosos. La intervención dura a veces largos minutos.

El hombre paga asimismo un pesado tributo a la ura, bien que su experiencia lo exima de mayores mortificaciones. El caso de la criatura a que hemos aludido no es único. En pequeñuelos con conjuntivitis, resfriados, o con fiebres que los aplastan con la boca abierta, las uras han hecho más estragos de los que se pueden contar. Cierto es que estas complicaciones sólo alcanzan a las clases más desprovistas de toda noción de higiene.

Una u otra vez, toda persona que ha transpasado el paralelo 28, ha trabado o trabará contacto con la ura. El que estas líneas escribe alimentó durante quince días en el hombro, como si se tratara de una punzante hinchazón cualquiera, una robustísima ura. Este primer tributo a la ignorancia del país, es tan ineludible como fugaz. Y se paga con el mismo rigor que lo hacen los que afrontan una madrugada de verano con una sábana por todo abrigo, y los que descienden en Posadas con un winchester para matar tigres en el puerto mismo.

Los pájaros no escapan tampoco a la ura. Por vehementes deseos de mis chicos de criar un pirincho, nos apoderamos una vez de un pichón que entrevolaba por una palmera de casa. Cogido en la mano, los chicos lo hallaron tan feo, tan torcidos los ojos y tan amarillento de piel, que no lo quisieron. Examinándolo entonces de cerca, vimos que estaba infestado de uras. El animalito tenía apenas el volumen de un huevo de gallina, y treinta y dos uras.

El pichón murió poco después, por culpa de nuestra alimentación. Su vida había resistido heroicamente a un enemigo natural, multiplicado de un modo formidable, como aquellas uras; pero, había cedido en seguida al menor cambio de régimen, impuesto cariñosamente por nosotros.

El Surucuá

La más fuerte impresión que ofrece el bosque tropical al pasajero que penetra en él por primera y única vez, es su ausencia de pájaros. Ni un canto, ni un pío, ni un fugaz aleteo entre las ramas inmóviles. Unos tras otros, los árboles se alzan solitarios, se enredan despéjanse por fin allá arriba en ramillas desvanecidas de luz.

Pero esa inmensa jaula está vacía. Diríase que desde el remoto pasado en que se levantó, el bosque está aguardando, rígido y desierto, las aves que le den vida.

El turista mira a todos lados, avanza aún diez pasos, y de pronto siente el frío de esa cárcel milenaria, donde él, el turista, está absolutamente de más.

El pasajero, naturalmente, ha conocido el bosque a las diez de la mañana o a las tres de la tarde, según sean su prisa o la latitud de su siesta. No conservará recuerdo alguno agradable de la selva y sus célebres pájaros.

Los pájaros existen, sin embargo; pero no para el primer gárrulo turista que los ansía en su casa. Las aves, como los demás animales del ambiente, forman parte integral del bosque. Ellos y la vegetación, en obscura y profunda fraternidad, constituyen la selva misma, e impregnan de ausencia su inmovilidad y su penumbra.

Como las plantas, henchidas de humedad al romper el sol, y refrescadas al caer las sombras por la primer niebla de rocío, los pájaros viven la plenitud de su existencia en las primeras y últimas horas del día. En las primeras, sobre todo, la jaula está bien poblada; ¡y con qué exaltación de alas, gargantas y picos abiertos!

Los animales de tierra duermen entonces. Muy pronto las aves descansarán también, o hacen quién sabe qué en sus refugios de silencio.

Pero el turista que un bello mediodía de invierno traspase las verjas de ese bosque durmiente, puede tener la sorpresa de ver, sobre una rama que cruza la picada a la altura misma de su cabeza, inmóvil y dichoso de inocencia, un ave tan extraordinariamente hermosa, que sorprende pueda ser producto de aquella arisca naturaleza.

A la breve distancia a que el turista lo mira, el pájaro ofrece, rinde entre las alas de ardiente azul, (algo de lo que llaman bleu las damas), su garganta, pecho y vientre de púrpura. A lo largo del lomo corren, como en escalofrío, verdes ondas metálicas, cuyos cambiantes bronceados no hallan semejanza sino en los muarés del kerosene sobre el agua. Si se vuelve el ave de perfil, destácase en la cabeza un círculo de violeta mate. En el centro, bordeado de párpados de color naranja, luce su ojo como un rubí. Termina todo este esplendor un pico verde pálido y una gran cola obscura.

Tal es el surucuá. La selva sombría parece haber creado esta ave esplendente con solas miras de exposición. No se conoce del surucuá otra manifestación de vida que su inmóvil belleza de mineral, Sólo por aventura puédesele haber visto volar. Solitario sobre una rama baja, supremo de quietud, belleza e inocencia, la selva lo expone como su peregrina joya, de cuya creación no parece haber salido todavía de asombro.

Tampoco la joya, ella misma, ha adquirido conciencia vital. No hay ruido ni presencia que la arranque de su dulce hipnotismo. Si un hombre se acerca a él, el surucuá lo mira acercarse, sin inquietud alguna. Y cuando el hombre pasa bajo él, el surucuá baja la cabeza y lo sigue con los ojos.

Este animalito posee todavía otra cualidad extrema: la finura de sus plumas. Como las barbas no están soldadas, cada pluma es un plumerillo de suavidad infinita. Apenas están adheridas a la piel, y ésta es asimismo una vaga tela. Pocas dificultades mayores, por lo tanto, que la de disecar un surucuá. Y cuando en casa pudimos obtener una piel en forma, no nos atrevimos nunca a confesar el número de orden que le correspondía.

La Corrección

En un crudo día de invierno, tras diez horas de crueles fatigas, nos acostamos, apenas anochece casi sin cenar, casi sin desvestirnos, doblados por la extenuación. De las torturas de ese día no nos queda, al caer desplomados en el limbo del sueño, sino un recuerdo lejano e impersonal, como de horrores sufridos por otro durante miles de años, y que pasaron también hace siglos. Tal es la certísima dicha de descansar por fin, y la seguridad de que vamos a dormirnos en seguida con la profundidad de la muerte. Afuera, cae una blanca helada.

Mas he aquí que en la alta noche vamos despertando con inaudita resistencia de nuestro cuerpo. La mente misma, sobrecargada de toxinas, pugna por defendernos forjando sueño tras sueño. Otro es al que despiertan; el anuncio nos llega a nosotros, pero quien debe volver, apenas dormido, a las atroces fatigas del día anterior, es otro.

No hay tal. Tenaz e invenciblemente, vamos despertando. Como en sueños aun, tun agudo punzamiento nos recorre todo el cuerpo. Tan viva es la impresión, que bruscamente nos incorporamos y encendemos luz.

La cama, las sábanas, nuestra ropa, por fuera y dentro, están cribadas de puntos negros que se desplazan velozmente, El piso hormiguea. Por las paredes de la pieza, por las patas de la cama, ascienden ríos vertiginosos de puntitos negros.

Son las hormigas llamadas “corrección” en Misiones. Estas hormigas, esencialmente carnívoras, invaden en cuerpos de ejército, que avanzan paralelos. La anchura de estos ejércitos. como ríos, alcanza a varios metros, a veces. Y todo lo que esas hormigas encuentran de vivo, o que provenga de ser vivo: pulgas, arañas, grasa, carne yerta, víboras y tigres, queda desalojado o devorado en breve tiempo.

La corrección es pequeña, muy negra, y con un brillo fúnebre que proporciona a sus ríos ondulantes aspecto de serpiente. Su característica es el vértigo de la aceleración. Sea cual fuere la hora, el camino y el tiempo, la corrección no varía la inquietud de su carrera. Á su paso ni relieve ni grieta ni agujero quedan sin ser prolijamente escudriñados, no por uno sino por cien individuos; pero todo a escape, como si el tiempo fuera siempre corto a estas enloquecidas fieras.

Su invasión es siempre denunciada por la ola de insectos y cuadrúpedos fugitivos que la corrección va desplazando ante sí. Animales que nunca se vieron en la región, aparecen entonces huyendo por entre los yuyos, o saltando de hoja en hoja con un millón de congéneres. En una madrugada de hielo, hemos visto varios lagartos que querían entrar en casa, por haber sentido a la corrección.

Deben contarse por centenares los dramas de los cubiles con cachorros de teta, cuando reciben la visita de la corrección. El ensañamiento en morder de estas hormigas, raya en locura. No hay ante ella más salvación que la fuga, trátese de una víbora soterrada por el frío o de una gran bestia del bosque.

Las substancias animales muertas parecen servirle de alimento en campaña. Con los seres vivos proceden de distinto modo.

Inmovilizan a una langosta, por ejemplo, y durante un rato no se ve sino una especie de erizo hormigueante, que se estira y se encoge sobre las sacudidas de su víctima. Ante aquella relampagueante confusión de hormigas, inclinariase uno a creer que no cumplen otra misión que devorar a su presa en el menor tiempo posible.

No es así, sin embargo. De pronto se abren las hormigas en claro, y en el suelo queda la langosta, pero perfectamente desarticulada. Pieza por pieza, allí está todo el insecto mecánico: no le falta una sola de aquéllas.

Proceden entonces a llevarse las piezas a su nido, o quién sabe adónde; pero no cargándolas sobre el cuerpo, sino bajo el vientre, contra el cual las ciñen a favor de dos patas. A veces, un tarso entero de langosta, tres o cuatros veces más largo que la portadora, es llevado así a la carrera bajo el vientre, como en una alzaprima.

Cuando la corrección invade una casa, hay que desalojarla, a menos de tener la suerte de haber sido despertado por la extrema vanguardia. Una línea de agua, creolinizada o no, contiene siempre a las asaltantes. La mordedura de la corrección mortifica mucho los nervios, al punto de que la punzada de una sola hormiga entre los cabellos, se siente a veces por largo rato en varias partes del cuerpo.

Puede suceder alguna vez que un hombre herido, ebrio de alcohol y aun de miel venenosa, caiga en el monte desplomado. Sí es en invierno, y el tiempo ofrece alguna probabilidad de cambio, es posible que la corrección alcance a encontrar a ese hombre. Si lo alcanza, el hombre no vuelve más de su sueño. Ni aun quedará de él la postura en que cayó a dormir. Lo que de él quede ocupará una superficie plana y blanca, que se percibirá desde bien lejos. Y no se pensará bastante en la corrección, al ver esto.

Los Estranguladores

Un fuerte y hermoso árbol ha quedado solo al borde del camino. Desde los días en que el fuego abatió el bosque circundante, ese árbol, habituado a un régimen de humedad y aire muerto, ha luchado tenazmente por adaptarse al ambiente y a los vientos de hielo. Ha reconstruido su corteza quemada en largas franjas, con una laboriosa e hinchada cicatrización, de cuya constancia nada da idea. Ha perdido hojas, gajos enteros, para reducir su copa y reforzar las ramas matrices. Ha reaccionado contra los ataques de los insectos, vertiendo a litros sus jugos vitales por los agujeros que lo taladraban. Ha cambiado, en fin, de tal modo de aspecto, que cuesta reconocer en ese vigía escueto y nervudo, al árbol de espesa y húmeda fronda que antes vegetaba dormido en la penumbra natal.

Ese árbol de monte, pues, ha adquirido el derecho, tras diez años de lucha por la adaptación, a vivir al aire libre, Ni vientos, ni soles, ni heladas le dañarán. Los pájaros lo utilizan como mástil de tránsito en su vuelo desde una vera a otra del bosque. Concluyen allí de comer la fruta arrebatada al monte, —y una semilla cae a veces en la capa de polvo depositada en sus horquetas.

Por un cúmulo de factores favorables, una semilla germina, al lado de otras mil que yacen con sus cotiledones resecos. La plantita surge, tiene ya una pulgada; y desde este instante, a la par del mismo árbol-maceta que la sostiene allá arriba, la débil plantita resistirá a todas las inclemencias del aire libre, porque tal es su enérgica condición.

Con el transcurso del tiempo, las raicillas, apenas adheridas a la capa de polvo de la horqueta, se irán prolongando, pendientes sobre el abismo que las separa veinte metros de la tierra madre.

¡Veinte metros! La raicilla —puede ser sólo una— llegará a arraigar, sin embargo. Un mes tras otro, año tras año, —asoleada, amputada, balanceada, y adherida por fin alrededor del tronco sobre el cual concluye por trazar una espiral— la débil raíz toca tierra y se hunde por fin, en una ansia de obscuridad y agua que la ha sostenido viva por veinte años al sol.

El grueso árbol solitario, y cuya larga lucha de adaptación parecería haber terminado con su triunfo, comienza en verdad una nueva lucha, mucho más áspera que la anterior. El ivapohí que creció allá arriba, comienza a crecer desmesuradamente, y sus raíces a hincharse. Engruesa alrededor del tronco, ceñida a él como una serpiente, y esta comparación es nimia si se considera la formidable fuerza con que la raíz se abraza al tronco, ahogando al árbol en sus anillos que día tras día van hinchándose y penetrando en él.

Uno y otro, laurel e ivapohí, prosiguen luchando por su expansión vital: el árbol hacia afuera y el ivapohí hacia adentro.

Llega un momento (veinte nuevos años pueden haber transcurrido), en que los monstruosos anillos de la serpiente vegetal quedan tan profundamente hundidos en la albura del árbol, que alcanzan a su corazón. Desde este instante los días del árbol sofocado son tan breves como largos fueron sus años de lucha contra el aislamiento. Lo que no pudieron obtener los azotes del aire libre, lo consigue una planta parásita que por décadas de años fué su insignificante y miserable huésped.

Se ven a veces lianas e ivapohís altísimos, extrañamente retorcidos en espiral alrededor de un eje imaginario. En un tiempo ese eje estuvo constituído por un árbol, monumental de vida o de grandes esperanzas. Los estranguladores parásitos realizaron luego a sus expensas su sofocante destino, y ahora la luz y el aire pasan libremente por entre los anillos separados.

El Caguaré

Pocas cosas parecen más comprobadas que el amor de los osos hormigueros por las hormigas y la miel. Y pocas más difíciles, en cambio, que criar uno de estos animalitos con aquellos manjares.

De las dos especies de osos hormigueros conocidas en Misiones, una de ellas posee una cola fantásticamente rica que lleva enmarcada a la rastra, y que enarbola como un penacho a la menor sorpresa. Es el ñurumí, o tamanduá bandeira, como dicen los brasileños. La otra especie es más pequeña y posee una cola prehensil, muy semejante a la de las comadrejas. Vive en los árboles, y se la denomina caguaré.

En cierta ocasión tuvimos en casa un caguaré, y la primera insinuación sobre lo extraño de su pelaje, me la dió mi chico, prendido de mi mano ante la vista del animal.

—Papá —me dijo luego, levantando los ojos a mi— Parece que tuviera puesta una camisa escotada de sport.

No camisa, sino negro corpiño, es lo que en realidad parecía vestir mi huésped amarillo, a favor de las dos negras cintas que pasadas sobre los hombros, sujetaban el negro cuerpo del lomo y pecho.

Desde una y otra cinta arrancaban de los hombros macizos, los dos más cortos y musculosos brazos que sea posible ver. Las patas delanteras del puma, aun ejemplares, parecían endebles comparadas con la robustez atlética de las del caguaré. Tan vigorosas eran dichas patas, que al pretender levantar del suelo a su dueño, se sufría la impresión de arrancarlo, por el esfuerzo que parecía hacer con sus patas tendidas para afirmarse en algo.

Ningún animal manso, por lo demás, demuestra más claramente con su actitud que la finalidad de toda persona que se acerca a él, es levantarlo del suelo. Su largo y lento paso, con las uñas dobladas hacia adentro, se suspendía apenas sentía una proximidad extraña, encogiéndose y tendiendo los brazos. Reemprendía otra vez la marcha si no se le inquietaba, para suspenderla otra vez al menor alerta.

Nuestro caguaré procedía en un todo como sus hermanos, y en los ocho días que estuvo con nosotros, no hizo sino desplazarse de un lado para otro, buscando con ahinco no sé qué, y tocando apenas con la punta de la lengua la miel puesta a su alcance. Hormigas, ni una sola; ajustando también en esto su proceder al de todos los ejemplares de que yo tenga noticias en Misiones.

Evidentemente, a mis manjares les faltaba o sobraba algo, algún tufo salvaje, en el primer caso, o una para él perceptible infección de domesticidad—en el segundo, —lo mismo que falta y sobra a los serios animales inadaptables, que se dejan morir de extenuación, con las entrañas devoradas por el hambre.

No creo que nuestro caguaré hubiera alcanzado a vivir mucho con nosotros, a pesar de que en los ocho días que estuvo en casa, no disminuyó sensiblemente de vitalidad ni de peso.

Dos noches después de haber huído, un vecino amigo nuestro se vió forzado a levantarse a altas horas de una noche de helada, ante el escándalo de su perro a la vera del monte. Fué allá, sin vestirse y con la escopeta en la mano, llegando justo a punto en que su perro y un animal que no podía reconocer en la obscuridad, se trababan en lucha.

Dice mi amigo que la pareja rodaba y aullaba entrelazada de tal modo, que no se atrevía a disparar sobre la bestia incógnita, por el temor de equivocarse en la obscuridad y matar a su perro. Que al fin, en un momento propicio, echó la mano para arrancar, ayudando a su perro, lo que él suponía ser zorro o irara, cuando sintió que algo como serpiente se enroscaba velozmente alrededor de su puño.

Mi amigo dió un salto atrás, —de tres metros, dice él— siempre con la serpiente arrollada, mientras que su escopeta caía entre los combatientes. Pero al parecer esta maniobra había dado tiempo al perro para desprenderse de su enemigo, pues logrando hacer presa en el cuello de aquél, lo dejó en breve tiempo tendido, aunque sacudiéndose aún violentamente,

Mi amigo llevó al animal a su casa, y vió allí que era un caguaré, —posiblemente el mio. Su perro se desangraba por los profundos agujeros hechos por las garras del oso, garras bastante fuertes y largas para abatir a un tigre mismo, en sus eventuales luchas con el ñurumí.

Yo perdí así por segunda vez a mi caguaré, y mi amigo perdió a su perro. Pero esta pérdida —como él dice— grande y todo para él, no es nada al lado de la impresión de sentir en las tinieblas enroscarse en su muñeca la cola prehensil del caguaré.

Perros De Monte

Una propiedad rural en el monte de Misiones está constituida por un rancho de sólo tres paredes, perdido en la inmensidad del bosque, del cual logra apenas aislarse por medio de un mínimo desmonte. En ese desmonte, el propietario planta maíz, mandioca, porotos y tabaco, todo ello en la cantidad justa e indispensable para no morirse de hambre y fumar. Pueden dar aspecto de vida al rancho, algunas gallinas de cuello y rabo desplumados, un chancho alto de patas como un galgo, y dos o tres cabras.

Pero nada de esto es indispensable. En cambio, sentados a la vista del fuego, en verano, o arrollados en invierno ante la llama misma, con la cola y el hocico ardidos, se ve siempre tres o cuatro perros flacos como esqueletos, y que al levantarse oscilan con las caderas flojas, prontos a caer.

Nada denuncia en estos perros su calidad particular. Reumáticos, siempre huraños y tristes, no habría optimista capaz de concederles vida para una estación más, fuerzas para alcanzar hasta el monte, y decisión para hacer frente a un tímido apereá,

El destino de estos perros, sín embargo, es morir en el aire. lanzados allá por las zarpas del tigre. Cuando vuelven a caer, generalmente su vientre está ya vacío. Son, pues, perros de caza, verdaderas fieras de persecución y asalto, capaces de lanzarse sobre su dueño mismo, si llega a interponerse entre ellos y la caza abatida.

Al menor apronte de montería en el rancho, los perros están ya de pie, tembleques siempre, pero con los ojos ya encendidos, puestos en los movimientos del cazador. Y cuando tras un cuarto de hora de monte, esos mismos perros han hallado un rastro, con el primer vibrante ladrido de caza, extenuación, reumatismo y miseria han desaparecido. Van a la carrera, en cuanto el monte se lo permite; y su latido, sonoro tras el rastro tibio, y aullante cuando la proximidad de la presa los enloquece, se oye clarincar sin tregua alguna en el monte, desde el alba a la caída de la noche.

Cuesta creer que esa jauría de imponderable aliento sea la misma que agonizaba de debilidad y artritis diez horas antes. Ella es. Si el animal perseguido trepa a un árbol lejano, y el cazador no acude, tal vez la jauría no vuelva a casa hasta haber agotado al pie del árbol su desesperante gañido de impotencia. Y lo que regresará en la alta noche helada, unos primero, luego otros, serán los esqueletos ambulantes, más cojos y sombríos, qué la noche anterior temblaban alrededor del fuego.

Su régimen es vegetariano. No comen sino mandioca y maíz cocido, o seco, que roban grano tras grano a las gallinas. Una cacería, pues, supone para ellos la delirante felicidad de la carne viva, ya pregustada a mandíbula batiente en su latido. y

Pero no siempre la persecución se desarrolla a fondo: de carrera. A veces, en plena corrida, los perros se detienen bruscamente, Su lomo se eriza, hunden el rabo entre las piernas, y cuanto era ansia y velocidad por llegar, se transforma en un avance alerta y receloso tras el tufo del tigre,

En cierta ocasión, esperando en el monte el fin de la corrida que nuestros perros llevaban desde el amanecer sin mayór entusiasmo, oímos de pronto un aullido, agudo y breve como un relámpago, al que sucedió el más completo silencio.

Era, evidentemente, uno de nuestros perros. Pasó un rato; y en la misma dirección, y con igual carácter, sonó otro aullido, Uno tras otro, nuestros perros nos fueron revelando su existencia en el bosque por este brusco aullido. Y entre uno y otro, y por largo tiempo después, del monte no nos llegó un solo rumor.

Cuando un tigre ha sido corrido una vez sin éxito, adquiere un conocimiento exacto del valer de una jauría de caza. Ocúltase entonces tras un árbol caído, sobre su propio rastro, y cuando el perro erizado pasa, éste lanza un grito, y se acabó. El tigre cambia de rumbo, ocúltase de nuevo; y de esta simple manera, sin fatiga alguna, arranca al cazador, uno tras otro, sus peligrosos aliados. Luego toca el turno al cazador.

Esto es, por lo menos, lo que se cree allá. En la circunstancia referida, y desde el último aullido, pasamos dos horas esperando en el monte mudo; dos horas con todos sus interminables minutos, tan largo cada uno de ellos, como una vida entera.

Al caer la noche emprendimos el regreso hacia el río. Y arrancábamos ya la canoa del barro, cuando nuestros perros fueron surgiendo del monte, cansados y taciturnos, sin explicarnos qué habían visto para haber aullado de aquel modo.

La Enredadera De Flor Escarlata

Cuando los primeros fríos de junio devuelven al monte su negrura normal, que la última brotación de otoño había desvanecido en verdes claros, y alisan el espartillo del campo en un crema ceniciento por las primeras heladas, puede decirse que Misiones ha adquirido definitivamente su fisonomía invernal.

Hasta los Primeros días de agosto, la gran vegetación dormirá, sufriendo día a día la ilusión de una primavera que el sol cálido evoca, para arrebujarse de nuevo en su pesimismo al caer la noche, en cuyas últimas horas largas agujas de hielo morderán y quemarán su vasto y.lóbrego contorno. La naturaleza conoce las bajas extremas del país y espera, soñando y aterida, el primer vislumbre de aurora primaveral que sonroja a los lapachos.

Sólo se atreve a florecer, a punzar en sangre las capueras lívidas de frio; a escalar hasta la cima de los negros troncos quemados en pie, desde donde descuelga en pesadas madejas sus gajos y flores, la enredadera de flor escarlata.

Durante largo tiempo fué nuestro anhelo tenerla a nuestro lado, en nuestra casa misma, adherida a las ásperas piedras, viéndola florecer en las más cortantes madrugadas de hielo. ¿Pero cómo? Esa enredadera no vive, crece y se estira por docenas de metros con un diámetro constante, sino en los árboles. Para adherirse y ascender a la cumbre de los troncos solitarios, no posee otros medios, otros garfios de presa que sus zarcillos de planta trepadora, y que a semejanza de los de la vid, se inician por un vibrante tentáculo de punta encorvada para asirse, y que concluyen, si tentaron en vano el vacío, en un duro tirabuzón, cada una de cuyas vueltas retorcidas es un poema de impotencia y ansia frustrada. 

Atrevímonos sin embargo a trasplantar dos o tres jóvenes pies contra las paredes de piedra de nuestra casa, entretejiendo para las guías una red de guaembé, cuya resistencia a la intemperie nos permitiría inquietarnos por cualquier cosa, menos por las durezas del viento sur sobre nuestra enredadera de flores escarlata. 

Llegó el verano, y las guías crecieron, sumamente frágiles y finas, lanzando a uno y otro lado sus zarcillos vitales, en procura de un punto de apoyo para su marcha ascendente.

No me explico por qué los zarcillos no hacían presa en las cuerdas de guaembé, al fin y al cabo hechas de substancia vegetal sin modificación alguna. Las guías se deslizaban contra la red, sin adherirse a ella, lanzando sin cesar nuevos garfios; y todas, fatalmente, iban a buscar el apoyo de la pared caldeada como un horno bajo el sol de enero, y que a las doce de la noche estaba aún caliente.

Ese verano fué excesivamente fuerte, Durante quince días el rocío nocturno faltó. Y no se concibe fácilmente, sin verla, la sed de un país entero cuando se ve privado de aquél. Nuestros cuidados salvaron a la planta, pero no ascendió contra la pared, como era nuestro deseo. Las guías caían todas, vencidas, con sus zarcillos secos y torturados por el esfuerzo para enroscarse en las altas piedras de fuego. Al llegar el otoño, habíamos perdido la esperanza de ver jamás florecer, adherida al muro, a la planta que debía alegrar las auroras invernales con sus grandes umbelas de color escarlata.

Nuevas preocupaciones nos apartaron de la enredadera. Al concluir el verano siguiente, la vimos volcándose de espaldas, diríamos, con todas sus guías pendientes hacia el pie. Aquí y allá quedaban colgando del muro, quemados y retorcidos del modo más increíble, algunos zarcillos que habiendo logrado introducir su garfio en una anfructuosidad de las piedras, habían luchado en vano por enroscar alrededor de ella.

Pasó un nuevo invierno, y una nueva primavera llegó, sin que nuestras ilusiones tornaran más. Una mañana, sin embargo, como nuestros pasos nos hubieran llevado distraídos hasta la enredadera, detuvímonos inmóviles de sorpresa: Las guías ascendían firmemente por el muro, gracias a sus zarcillos. Pero éstos no eran ya el verde garfio con punta encorvada. En vez del tirabuzón ultramilenario en su especie, y perfectamente inútil para esa ascensión contra la roca viva, la enredadera había transformado sus zarcillos en pequeñas zarpas de tres y cuatro dedos, que terminaban cada uno en una especie de ventosa. Así modificada en su lucha por la adaptación, la enredadera trepaba y trepaba, sin volcarse ya de espaldas sobre el abismo.

Yo no sé de vegetales sino lo que he visto alguna vez de cerca en ellos. Pero confieso que nunca vi a una planta, forzada por el peligro de muerte, meditar, anular y modificar en el espacio de dos solas estaciones, sus elementos más vitales adquiridos tras millones de años de lucha por la existencia.

Los zarcillos envolventes que le habían servido, desde la infancia de la vida en nuestro globo, para ascender por los árboles, le eran ya inútiles. En el tiempo que media entre dos veranos, habíase creado una nueva vida, habíase adaptado a un medio desconocido totalmente por ella, —y ascendía, la primera de una nueva era.

Hoy, la enredadera y los muros de piedra de nuestra casa son una sola y misma cosa. Los vientos lluviosos del sur hostigan siempre las paredes, y en las madrugadas glaciales nuestra casa surge como siempre obscura entre el campo helado en un ceniza casi azul de platino. Pero al romper el sol, allá en lo alto del muro, la enredadera, cuajada de flores, responde finalmente por entre la escarcha a la luz de oro, con sus triunfales umbelas escarlata.

El Puma

Cuando en Misiones un tigre ha pasado su temporada haciendo sistemático estrago en el ganado de la sierra, y cesa de pronto de hacer oír en la madrugada su estertor de caza, las gentes lanzan un suspiro, pues ello indica que el puma ha hecho irrupción en el terreno, ahuyentando a su rival.

No se explica suficientemente esta creencia nativa. Nada la afirma, ni las respectivas fuerzas y valentía de ambas fieras, ni las observaciones sobre ellas cuando se las ha puesto en contacto en domesticidad. Antes bien, cuánto posee el tigre de capacidad acumulativa en violencia cuando se lo va acorralando en tierra, falta del todo al gran gato amarillo de mirada tranquila e inextinguible sed de sangre, que es el puma.

La característica física de este ser, es su agilidad extraordinaria para trepar. No hay guayabo o cerezo de corteza dura, estucada y luciente, como bruñida a la goma laca, donde las garras del puma no hagan presa, en una ascensión perpendicular, y a escape. Como el gato, cuando se lo corre de cerca, su mirada cárdena busca y cae infaliblemente sobre el tronco más derecho y alto, y en un instante está allá arriba, escondido. tras una horqueta, si la halla, o abrazado al árbol con sus cuatro garras, y la ansiosa cabeza volteada sobre los perros.

No se conoce en Misiones caso concreto de un puma que haya avanzado tres metros contra el hombre. Su falta de ánimo para la lucha llega, según parece, hasta huír de su guarida ante el latido de los perros, abandonando a sus tiernos cachorros, cuando el que estas líneas escribe estuvo a punto de perder los ojos ante la heroica furia de un picaflor, cuyos pichones deseaba observar de cerca.

Un conocido nuestro, cazador de tan grande aliento que su estertor de fatiga resonaba horas enteras en el bosque, al correr tras una bestia, al punto de hacer exclamar desde lejos: “Allá va Juan cazando”, —este cazador arrancó un día a latigazos la piel de la cabeza de un puma, de cuya cola se había apoderado, ciñéndola contra un árbol.

La sed de sangre de este animal es tan violenta que le hace olvidar de su propia vida. Aplica la boca al cuello abierto de su víctima, y parecería entonces totalmente inmóvil, a no ser por sus distanciadas y hondas degluciones. Vaciada ya su presa, pasa a otra; y luego a otra, y otra más. Llega un instante en que la sed del puma está colmada; no admitiría una gota más de sangre. Se echa entonces, con los miembros de plomo y la mirada velada de saciedad. Invádele poco a poco irresistible sueño, y se duerme por fin a digerir en el aniquilamiento sus sangrientas pesadillas, —de las que no siempre vuelve con vida.

En cierta ocasión, en el Chaco, como hubiera faltado un mes de casa, hallé al volver que casi todas nuestras gallinas habían desaparecido. Desde dos noches atrás —me dijeron los peones— un ser nos visitaba, dejando diseminadas alrededor del gallinero quince o veinte cabezas arrancadas. Los perros nada habían sentido.

Aunque dudando un poco del destino de mis gallinas, monté guardia con mis cuatro perros. Muy tarde ya, tal vez muy cerca del alba, algo gritó hacia el gallinero, a los que los cuatro foxterriers respondieron abalanzándose con un alarido.

Nuestro rancho quedaba en la orilla de una isla de monte, bastante virgen y sucia, por capricho nuestro. En un instante los perros hallaron el rastro, que se cortó en el centro mismo de la isla. Pasado un momento, los perros arañaban y mordían la corteza de un árbol, aullando desesperadamente hacia arriba.

Arriba, eran las tinieblas. Coloqué a mis espaldas a un peón con el farol de viento alzado hasta mi cabeza, y busqué con el winchester un vago punto de mira en la lóbrega altura. Lejano, como en el mundo de las estrellas, creí percibir algo luminoso que no era el reflejo de un borde de hoja, y disparé. Sobre el estampido, un animal se aplastó en tierra, y los perros estaban ya sobre él, destrozándolo. Triunfantes, bajamos el farol hacia la presa cogida. Era una gallina.

Tal cual. Pero una gallina no duerme aislada en el monte, a quince metros de altura, —ni para los perros, que desorientados habían abandonado su presa, en procura de otra. Un aullido transpasante nos indicó que acababan de hallarla, a diez metros escasos del lugar. Allí, en efecto, estaba arrinconado un joven puma teniendo a raya a los perros, uno de los cuales, con el vientre de fuera, batía desesperadamente la tierra con las patas delanteras.

Un puma con la espalda resguardada, no es presa amable para tres foxterriers. Volqué en consecuencia el winchester sobre sus mismos ojos, sin que el animal, forzado a fondo por los perros, se atreviera a apartar de un zarpazo el cañón del arma, aunque se daba cuenta de lo que le iba en ello, y disparé de nuevo.

El cachorro, allá en lo alto con la presa en su boca, había dejado caer la gallina al recibir el tiro, que lo había transpasado desde el cuello a los ijares, según después vimos. Habíase deslizado en seguida a lo largo del tronco, siendo sorprendido en su fuga por mi pobre foxterrier.

De todos modos, nunca hemos vuelto a hacer tiro tan dramático y providencial, para ver caer una gallina.

Ratas De Campo

Las ratas de campo son al principio la alegría de la casa. Cazan mariposas al aire con una estrategia admirable y entretienen los insomnios del enfermo con su tenaz empeño en llevarse a su nido largas medias de mujer, allá a lo alto del techo.

La rata de campo es un lindísimo animal, que apenas recuerda a la infecta, obscura y pelada rata de ciudad. Vista desde arriba, es de un color plomizo brillante, gracias a la suavidad y pulcritud de su pelo. Vista desde abajo, parece de plata, por tener blancos la garganta, el pecho, el vientre y la parte interna de las patas. Pero en lo que no tiene parangón con su innoble hermana de ciudad, es en la centelleante vivacidad de sus movimientos, y en la gracia con que juega a las escondidas con quien la asecha, asechándolo a su vez por arriba, abajo y los costados de una tabla, con sólo la mitad de un ojo y la punta de las orejas a la vista.

Estas ratas de campo, habituadas a una alimentación frugal, pasan inadvertidas al lado de un manjar de cocina, para divertirse toda la noche rallando municiones. Hemos asistido en casa a la destrucción de doce balas explosivas, cuyo plomo las ratas royeron hasta el ánima, al parecer excitadisimas de gula, Las hemos visto gastarse los dientes y los dedos, royendo durísimos granos de maíz, al lado de panes de chocolate intactos. Más tarde, la civilización llega también a embotar su frugalidad virgen, y no hay entonces plato faisandé suficiente para su corrupción.

Pero antes de esta decadencia, las ratas de campo han alegrado las cenas en el interior, cazando mariposas en los tirantes. Los grandes pavones nocturnos, con sus ojos de rubí y su trompa eréctil, chocan zumbando contra las paredes, que remontan en busca de una salida en lo alto. Pero allá, todo a lo largo de la cumbrera, que es un rollizo cubierto de polvo, y sobre el cual la mano puede resbalar como sobre talco, están las ratas en asecho, todas de través y semicaídas sobre el revuelo de la mariposa, cuyo vaivén siguen todas juntas con ojos y orejas.

El pavón las ve también, y zumba desde un extremo a otro de la pieza, seguido a la carrera por las cazadoras, que tienden al paso una mano ratera hacia el pavón, manteniéndose sin caer por un prodigio de equilibrio. Los minutos transcurren sobre esta cacería accidentada, hasta que la mariposa desaparece de la vista. Al zumbido extinto sucede un precipitado frufrú le disputa, que hacina a las ratas en una sola pirámide sobre el pavón. Pero nunca hemos visto caer a una rata.

Esta inocente diversión del hombre de campo puede trocarse en martirio cuando en la alta noche las ratas se obstinan en llenar el bungalow con su chillido de alarma ante la presencia de una culebra. Las culebras —y aun las víboras—, buscan la compañía nocturna del hombre, por las ratas que viven con él. El grito especial de alarma, y que es un castañeteo de dientes muy rítmico y sostenido, puede prolongarse por toda una noche, y proseguir a la noche siguiente, mientras la víbora se empeñe en no abandonar la casa.

Durante tres noches consecutivas fuimos torturados por la agitación de las ratas, que denunciaba a la legua a una víbora en asecho. Buscamos en vano, hasta que al cuarto día, a las cinco de la tarde, mi chico descalzo saltaba sobre una gran yarará, a la puerta misma del bungalow. Había aquélla salido un instante a desentumecerse, sin duda.

Cansados así del bullicio excesivo de las ratas, que sus payasadas no alcanzaban a compensar, embalsamamos cuidadosamente dicha yarará y la instalamos en lo alto de la cumbrera, en una gran postura trágica y cruel. Al cabo de unos días, no debía quedar en casa rata alguna.

En efecto, tras una nueva noche de insomnio, las ratas callaron. Dormímonos arrullados por dulces esperanzas, cuando al alzar a la mañana siguiente nuestros ojos de gratitud hacia la víbora, vimos que ésta había desaparecido. Buscámosla por todas partes, hasta que por fin la hallamos en un nido de ratas, en compañía de varios pañuelos míos.

Dícese que en las regiones tropicales, y con el fin de ahuyentar a las ratas, usan de culebras que viven y duermen entre los tirantes. Después de lo acaecido a nuestra yarará —medía metro y medio bien contados—, no poseo ya fe segura en ningún medio para ahuyentar a aquéllas. Nuestra víbora no daba allá en lo alto señales de vida, es cierto; pero ser arrastrada por todo el techo para mullir un nido de ratas, es demasiado fuerte.

Las Pequeñas Molestias Del Monte

Las travesías del monte tropical ofrecen al paso una serie de pequeños contratiempos, el menor de los cuales es la fatiga, y el más agudo el campanilleo inmediato de una serpiente de cascabel a la que no se ve. Entre estos dos límites, la marcha del viajero se encuentra violentada, hostigada, dolorida por los elementos naturales y tranquilos del ambiente en que se halla.

De ellos rara vez se habla; en los relatos nunca se los menciona, por insignificantes. De esta insignificancia fué la molestia que sufrí durante veinte días consecutivos en un renuevo de monte inmediato a casa, y que yó todas las mañanas atravesaba. No había podido cruzarlo una sóla vez sin salir de él con grandes ronchas en los brazos, que me escocían vivamente. Dicho renuevo —o capuera— había surgido de un verdadero páramo de cenizas, en el que predominaban gruesisimas guías de enredaderas, que se alzaban tendiéndose a todos lados, buscando desesperadamente de qué asirse. 

Dejé de cruzar por allí, sin embargo, aunque mi itinerario sufría con ello, a causa de las ronchas cuyo origen no me podía explicar, Sólo al verano siguiente descubrimos su procedencia: provenían de una enredadera cuyas hojas muy lanceoladas estaban cubiertas de pelos que mirados desde cierto ángulo, brillaban al sol, No recuerdo con precisión los efectos de la pica-pica infantil, que comprábamos en cajitas; pero de aquella pica-pica viviente, que rozaba suavemente el brazo desnudo hasta el codo, no nos hemos olvidado ni yo ni mis chicos.

Era una insignificancia, claro está; y que sin embargo desvía de su camino a un hombre que va a su trabajo.

De las mil y una avispas que bordonean en el monte al primer definitivo anuncio de primavera, unas gus tan de suspender sus nidos a la altura de los ojos del transeúnte, allí donde la inextricable maleza no permite ver más allá de un metro, El choque por sorpresa con uno de estos avisperos en la cara o la punta del machete, no tiene nada de seductor, puede creerse, salvo para quien ya ha aspirado suficientemente y por varios años, la poesía del bosque tropical. En este caso, y conjuntamente con la impresión del blando choque en la frente, el hombre está ya tendido en tierra, sirviendo de sol a una órbita de avispas enfurecidas, que no descienden sin embargo a picarlo.

Otras, en cambio, construyen sus nidos a flor de tierra, en los troncos podridos, y estas avispas, muy grandes, muy negras y muy rápidas, ponen un nudo en la garganta de quien hunde el pie en uno de esos troncos zumbantes.

Yo di un día un golpe en falso con el machete, el cual, desprendiéndose de mi mano, fué a clavarse en uno de aquéllos, con el huracán subsiguiente. Poco a poco la gente del avispero se aquietó; pero mi machete estaba clavado en él, y yo debía sacarlo, so pena de quedar deshonrado ante los árboles. Diez veces tomé coraje, y diez veces quedé detenido a un metro, mirando a las avispas de guardia. Al fin, con la caída del crepúsculo, pude recobrar mi machete.

Tampoco tiene esto visos de tragedia; pero el tiempo perdido y la humillación, la valen casi.

Se encuentra con alguna abundancia en el monte una especie de orquídea, de cuya raíz suave y traslúcida puede extraerse una fécula tan fina como el arrow-root, y que las perdices de monte comen con gran placer. Un amigo mio, que vió esto, probó a su vez del manjar, y cuando tres. horas después lo hallé sentado en una raigón, todavía no podía escupir, y apenas hablar, por obra y gracia de la orquídea. Yo quise a mi vez comprobar sus sensaciones, y confié las mías a otro hombre, el cual probó a su vez del manjar, sin comunicarnos por un largo minuto su impresión; pero durante ese tiempo perdió sin querer cuatro o cinco lágrimas.

Las hormigas, por sí solas, pueden colmar los huecos entre una y otra de estas pequeñas molestias. Algunas buscan por todo el país dónde anidar; y al, fin concluyen haciéndolo dentro de la máquina fotográfica, Hemos visto a un trepador insigne alcanzar casi la cornisa de un cantil a pique, de cien metros de altura, y desistir, porque la otra cornisa inferior, en que debía asentar la mano para izarse, estaba ocupada por un nido de hormigas.

Hay hormigas y hormigas. Las del cantil no bramaban ni soplaban como los tigres o los boas, pero bastaban para malograr una espléndida ascensión.

El encuentro inesperado con una víbora —las víboras se encuentran infaliblemente donde no se las espera hallar,— pertenece a las clásicas y grandes vicisitudes del bosque. No cabe, pues, en esta reseña de las pequeñas molestias diarias.

Mas si estas molestias enunciadas — y las calladas,— fueran en realidad diarias, no se podría vivir fuera del lecho. Entre una y otra pasan semanas; pueden sucederse meses sin que una avispa, una hormiga, una orquídea, surjan como el destino a malograr un día de nuestro trabajo. Tal vez sean ellas factores ineludibles de la ley de compensación a que está sujeta la existencia, y obren como estimulantes en la vida demasiado fácil y depresora de ciertos paisajes de ensueño.

El Urutaú

Cierta vez tuvimos en casa un muchacho de doce a trece años, cuyo principal quehacer consistía en revisar todas las mañanas las trampas que la tarde anterior habíamos dispuesto en el monte. El muchacho era muy listo, nativo del mismo bosque, y escolar número uno de su grado. Estábamos entonces en vacaciones, El chico se levantaba, obscuro todavía, y volvía del monte a las ocho de la mañana con los informes del caso acerca de nuestras trampas. Cuatro o cinco horas empleadas en la inspección sobrepasaban en mucho, sin embargo, el tiempo que ésta requería. Como le preguntará por consiguiente qué le retenía tanto en el monte, el chico me respondió, con vanidad halagadísima:

—Estaba haciendo una composición sobre la Naturaleza...

Recordé entonces que el muchacho gozaba fama por sus composiciones que le prometían, —al decir de sus maestros,— gran porvenir literario. Pedíle su composición, que comenzaba más o menos en estos términos:

Aprovechando la mañana de un hermoso día de estío, nos internamos en el bosque donde quedamos maravillados ante el paisaje que Natura nos ofrecía. Magníficas enredaderas cuajadas de perfumadas flores embalsamaban el aire. Los trinos y gorjeos de infinidad de pajarillos de vistoso plumaje encantaban los oídos. Millares de mariposas a cual más bella...

Era, en fin, la composición poética del perfecto escolar.

—Bien —le dije, devolviéndosela—. Es preciosa. ¿Hay entonces isipós con flores en el monte?

El muchacho quedó muy cortado.

—No, señor —respondió.

—¿Millares de mariposas bellas, por lo menos?

—Tampoco...

—Y esos pajarillos que trinan y gorjean, ¿tampoco los viste?

—No, señor. ...

—Me alegro, —le dije entonces,— porque el hecho de que tú, nacido en el monte mismo, no hayas visto todo eso todavía, excusa el que no lo haya visto yo, en diez años apenas...

La criatura, sin embargo, embebida en una milenaria retórica tropical, vió tal vez lo que cuenta; pero para un modesto revisador de trampas, como fué desde aquel incidente mi empleo matinal, no hay en Misiones pájaro de monte que sepa cantar.

Todos son aprendices de un flauteo desentonado o de un resoplar graznado por anchos picos. Contados son los pájaros cuyo silbo alcanza a atacar dos notas en gama. Si lo logran, se quedan en la segunda nota, sosteniéndola hasta que les falta el aliento, o truncándola en seco, sin motivo alguno musical que lo explique. Algunos, más atrevidos, emprenden una escala ascendente e inarmónica, angustiosa por lo aguda, y que parece va a alzar al pájaro mismo de su rama con el chillido final.

No recuerdo haber oído gorjear a ninguno. El gorjeo es una facultad excepcional que muy pocos pájaros poseen, y que escapa a la modesta garganta de las aves de monte. Lo que podría llamarse trino no pasa de un chirrido brusco y breve de pájaro insectívoro. Y el vacío dejado entre aquéllos, lo llenan el mugido profundo y cavernoso del yacutoro, y el graznido áspero y salvaje hasta donde es posible, del tucán.

Como excepción a estos montaraces aprendices de canto, hemos mencionado una vez al yaciyateré. El urutaú, por su parte, merece también especial mención.

Un día nos enseñaron un pájaro de color de perdiz, pico hendidisimo y aspecto general de ave nocturna del tipo “dormilón”. Dijéronnos que era un urutaú; no estoy seguro de ello.

El canto del urutaú puede definirse como un sollozo que concluye en carcajada convulsiva. Arranca con una desesperación sin igual desde el fondo de un alma que pareciera desahogarse por fin, y por una desviación histérica se resuelve en angustiante risa.

En las primeras horas de una noche de verano, en la soledad del ambiente que la luz de la luna demasiado cruda transforma en páramo; cuando a todos los puntos del horizonte se extiende el imperio de ese silencio nocturno formado, según la magistral expresión, por mil pequeños ruidos, arranca del monte inmediato el canto del urutaú, tan único, tan desesperado, tan violento, que el ámbito y el corazón de quien le oye por primera vez, quedan por largo rato embargados. Es demasiado fuerte ese desahogo para la sombría discreción del bosque. Vagan por él ruidos, sin duda, pero fugaces, cortados, como a hurtadillas unos de otros. No se concibe, surgiendo de esa pasiva lobreguez, un gran ruido, una gran voz que vendría a agitar excesivamente el nocturno descanso de nuestro corazón. Lo más que éste puede admitir, es el canto del yaciyateré, ese tímido y dulcísimo silbido hacia el que la selva, desconocida para sí misma durante el día, deja a esa hora fluir de todas partes la recóndita ternura que anida en sus sombras.

Y he aquí que el urutaú, salido de no sé donde, asentado quién sabe en qué rama, lanza en la calma nocturna su grande e incontenible sollozo, tan hondo, tan sin pudor, tan desgarrante, que el alma que lo emite, impotente para contener ese dolor, se desgarra a su vez en carcajada histérica.

En las picadas abiertas en monte virgen, —fosco sendero amurallado de altísimo bosque—, la luna filtra sus rayos oblicuos entre el ramaje, que van a trazar al sesgo sobre la negra tierra, duras rayas blancas. Allá arriba, a todo lo largo de los rayos de luna, la fronda se esponja en vapores de plata, Ni un soplo de aire, ni un rastro de vida, ni un ay! El viajero insomne que avanza solitario por ese paisaje, puede, si lleva su espíritu en calma, conservar ésta ante cualquier fenómeno que se proponga alterarla. Pero sí ha querido llevar consigo a ese silencio la sobrecarga de su corazón, y a su lado explota de repente el sollozo tremendo del urutaú, es posible que ese viajero conozca por fin lo que es el terror de un presagio.

Pluma Alta (Incidencias De La Clasificación)

La clasificación de animales y plantas es una tarea difícil y perturbadora aún para los mismos hombres de ciencia, Qué diremos para los profanos. Algunas especies de víboras, por ejemplo, se diferencian entre sí, entre otros caracteres fundamentales, por el número de vértebras. Los individuos de esta especie poseen 230 vértebras; los de esta otra, 245. Ello estaría perfectamente bien, si dicho número de vértebras fuera constante para cada especie; pero no lo es. De aquí las inquietudes del aficionado ante estos anchos márgenes en los caracteres específicos, que van de uno a quince.

La víbora llamada yararacusú se distingue de un modo pasmoso de las demás yararás, al punto de que hasta un turista podría diferenciarla de una ojeada de sus primas hermanas, sólo con haberla visto una vez. Aspecto, tamaño, forma de la cabeza, líneas constantes de ésta, particularísima coloración de la piel: todo tiende a apartar a las yararacusú de las especies afines.

Esta hermosa bestia, sin embargo, inconfundible como ninguna otra, no ha merecido —o no merecía— de los especialistas del Museo Británico de Londres, el honor de formar uña especie aparte, y sí apenas una variedad. El por qué, lo ignoramos. Pero con toda certeza puede presumirse que no hallaron en el Museo caracteres diferenciales constantes en una bestiezuela que ha sido siempre —Dios nos perdone—, la más típica, la más grande, la más venenosa, la más bella y firme de color y dibujo de todas las yararás.

El aficionado, naturalmente, se confunde y desorienta ante estas particularidades de la clasificación, dudando para el resto de sus días de la necesidad de tales determinaciones.

Yo recibí al respecto, no obstante, una lección dura, pues fuí cogido infraganti, allí donde yo me había encogido de hombros ante la sistemática en botánica.

Hacia 1911, cuando Misiones sufría el delirio de la plantación de yerba mate, y de diez personas llegadas a la región de su cultivo, nueve y media, por lo menos, iban a visitar los yerbales, tuve la visita de un turista, futuro plantador de yerba, a ojos vista, que por un error del destino se había dirigido a mí para que lo informara al respecto.

Yo no he sido poseedor ni poseo planta alguna de yerba, a no ser un arbolito que por varios años sirvió de ornamento frente a nuestro bungalow, y al que yo podaba y repodaba cada tres meses del modo más peregrino, Yo era, pues, en toda la zona, el hombre menos indicado para llenar con mano sudorosa un papel de cálculos, ante la gula de un turista.

El visitante, en efecto, me habló de plantas. Pero como me apresurase a responderle que en el vecino pueblo lo informarían a satisfacción de todo lo que quisiera saber sobre yerbales, el turista sonrió.

—Yo no deseo ver yerbales —me dijo—, sino simplemente árboles.

Yo lo miré entonces por primera vez, puede decirse, y cogiendo el machete nos encaminamos ambos al monte. Yo entendía bastante de árboles improductivos, y muy poco de arbustos proficuos. El, por su parte, no venía a relamerse con tantos por ciento, sino a ver plantas, pues era naturalista.

Durante los tres días que Lucien Hauman permaneció allá, hicimos cuanto monte él quiso, charlamos de cosas que no había oído hasta entonces la tierra roja, se rió él de los cuadros de mis colmenas, y yo me reí de su manía de creer en la necesidad de la clasificación.

Antes de partir me advirtió que yo podría aligerar un poco mi precaria situación, vendiendo colecciones de plantas a los museos, para lo cual él me daría algunas instrucciones. Yo aplaudí su idea, y en diez minutos estuve al corriente de todo, menos de la necesidad de determinar las especies de mis plantas.

—No hace falta —me dijo el botánico.— Esa tarca es incumbencia de los pobres diablos de clasificadores, como nosotros... Usted, trate de no repetir las muestras, y nada más.

Se fué. Yo correteé muchas madrugadas por los bañados distantes de casa, empapado de fango y de rocío hasta el pelo, tras de las tiernas flores de agua, a las que ya el sol de las seis marchitaba.

Día tras día, llegué a coleccionar seiscientas y tantas especies —o que me parecían tales—, cuyo hábitat yo detallaba en un cuaderno. Pero cuando pasé de aquella cantidad, comprendí que a pesar de mi viva memoria, yo debía poner un poco de orden en mi herbario testigo, so pena de perderme entre los ejemplares. De este modo, distribuí las gramíneas —tenía más de ochenta especies— en tribus con una leyenda diferencial, una de las cuales decía: Pluma alta. Ello quería decir que todas las gramíneas de esa tribu, florecían en alto penacho.

Un año más tarde, Hauman alcanzaba otra vez hasta Misiones, y al ver las anotaciones de mi herbario, sonrió de nuevo.

— Muy bien —me dijo,— Veo que usted comienza ya a comprender la necesidad de la clasificación. A lo que usted llama pluma alta, para no perderse y metodizar su investigación, nosotros llamamos cualquier otra cosa, en latín. La necesidad y el resultado son los mismos. Vamos ahora a ver un poco de árboles, sin papel de astraza ni leyendas literarias...

Cuadro Final

Concluye aquí las impresiones de la naturaleza que en un perdido rincón del nordeste del país, recibimos yo y mis chicos durante diez años En este lapso de tiempo ellos vieron, con sus ojos infantiles y prestos a sufrir una impresión nueva e inesperada de las cosas, cuanto veía yo con mucho menos frescura. Y las historias de nuestro coatí, nuestro tigre, nuestro cuendú, nuestra ñandurihé, por breves que hayan sido, evocan en ellos un cúmulo de emociones aún vivas, de las que apenas he podido yo coger un rastro al recordarlas en un frío relato.

La vida de la ñandurihé, por ejemplo, encierra para nosotros toda una catástrofe, no tanto por el dolor sufrido, como por la vergüenza de haberla perdido por nuestra ingratitud, abandono y desidia, Nuestra vida sentimental en aquel rincón de bosque consistía, puede decirse, en el cuidado de los animalitos, que compartían con nosotros las bonanzas e inclemencias del país entero, reducido a nuestra meseta.

No todo ha sido allá para mis chicos impresión a flor de ojo, pues si ya alguna vez conté en un relato pormenores de la extraña! educación a que por fuerza se vieron sometidos en aquel ambiente, en uno de los anteriores cuadros hice mención del salto con que el varoncito, en plena carrera y descalzo, se alzó por sobre una gran víbora atravesada ante nuestra puerta misma. Y no he recordado la ocasión en que mi chica, entonces de cinco años, halló en su disparada a caballo por una picada, un árbol a medio caer, que apenas tuvo tiempo de evitar doblándose en ángulo recto sobre el cuello de su montura, la cual estirándose pasó bajo el árbol, arrancando corteza con la cabeza y el anca.

Apenas tuvo tiempo—, he dicho de mi chica. Este apenas, que la salvó y condensa una presencia de ánimo y libertad de juicio poco comunes, resume la educación de mis chicos para aquella vida.

Por carecer sobre ellos de observaciones diarias y copiosas, no he recordado a animalitos tan interesantes como la hormiga ladrona, de cuerpo perfectamente adaptado al hurto, que invaden en interminables filas los hormigueros ajenos huyendo con las crías, sujetándolas entre las patas delanteras que llevan tendidas como una ofrenda, dejando al hormiguero saqueado en el más grande asombro.

El gavilán, que combate de pie y echado de espaldas alternativamente, según sean las vicisitudes de la lucha, y uno de los cuales mi chica educó al punto de comer en su hombro, y que murió en días en que su propietaria estaba enferma en cama, por lo que tuvimos que llevar su cadáver al lado de la cama, a fin de que mi chica pudiera llorarlo, pues tanto era su desconsuelo provocado por la alta fiebre.

La escolopendra, que tiene veintiuna patas de cada lado y varios pares de ojos, a lo que entiendo, hallándose además barnizada de un azul dañino casi por su brillo, y cuya vivísima marcha ondulando como una víbora, presta al animal un aspecto repulsivo y fúnebre. En casa —y en húmedo alvéolo de grandes piedras solían hallarse algunas—, no fuimos nunca picados por ella. Pero un conocido nuestro, al levantar una noche de lluvia la servilleta del suelo, ésta arrastró una escolopendra que fué a morderlo en el cuello. Tuvo gran suerte de salvar sin edema su laringe. En el trópico se hallan entre las cañas mojadas escolopendras que alcanzan a treinta centímetros de largo, y cada una de éstas mata muy bien a su hombre.

No poseo impresiones diarias sobre la ardilla de Misiones, llamada allá coatí serelepe, más pequeña que un tití, y cuya gran cola aplanada como una pluma, y peinada en finos y lacios pelos le sirve para planear de árbol a árbol.

No he visto una comadreja, tan diminuta que cabe toda ella en la mano cerrada, pues cuenta once centímetros, contando la cola, Sus tetas no se pueden percibir a simple vista, y yo hubiera dado mucho por ver, en su crianza singular, los diez o doce hijos de tan minúscula madre.

Algún día, sin embargo, hemos de retornar a nuestra meseta, no sé si por nuevos diez años, pues la vida es breve, pero sí por el indefinido tiempo que ve tenderse ante él, quien vive y se halla tan a gusto entre la naturaleza como dentro de su cuerpo mismo. Y entonces agregaremos nuevos cuadros a los anteriores.


Publicado el 7 de junio de 2026 por Brian.
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