Una de las características del siglo que va a morir es la adquisición de velocidades anormales.
En primer término la electricidad. Sus nervios —formando con la tierra un carrete alrededor del cual se arrollaran 11 veces— transmitirían la sensación en un segundo. Hiperestesia formidable, cuyo secreto es una insignificante reacción química, y cuya trascendencia pone, en una hora, la misma impresión en los cinco continentes.
Luego las locomotoras, las torpederas, los trasatlánticos, todos los medios de locomoción que elaboran en su vientre de acero digestiones de kilowatts, y cuyo esfuerzo vital arrastra por las tierras y por las aguas, masas de progreso o de destrucción.
Si extraña ese prodigio en las enormes maquinarias de movilidad, llenas de calderas, émbolos, bielas, bombas, trasmisiones —heroica musculatura pulida y engrasada— no sorprende, sin embargo.
La nota de asombro corresponde a un pequeño y curioso aparatito de mecánica, sencillo hasta el esquema, prodigioso hasta la exageración, cuyo largo no pasa de 1 m, 40 cms., cuyo ancho no es mayor de m 0.40 cms, y por medio del cual se obtienen velocidades que sólo son superadas por las mejores locomotoras: la bicicleta.
Reducir en un organismo de esas dimensiones los grandes impulsos de la biela, de la hélice, de la pala; encerrar entre dos ruedas dentadas y una cadena el misterio de los grandes movimientos; hacer saltar, bajo un golpe de cuádriceps, velocidades que quedan en un segundo a 20 metros detrás, es a nuestro modo de ver, la más vigorosa conquista de nuestro siglo.
Nada de grandes aparatos, nada de complicaciones aceradas, en las cuales el esfuerzo toma mil formas y mil caminos antes de obrar eficazmente: un cuadro de débiles tubos, dos ruedas, el más rudimentario de los engranajes, y la máquina puesta en acción, pasa à los vapores, pasa a los torpederos, pasa a los mejores caballos de carrera, y se mantiene al lado de las locomotoras ambas devorando el espacio: un mugiendo, otra silenciosa, una llevando 30.000 kilos en su mole, otra tan sólo 10 kls.
Y ahora haremos notar algo que si pocos conocen, muchos ignoran.
Aunque es sabido que en una distancia larga el mejor caballo no puede competir con la bicicleta (suponiendo que un mediano ciclista hace muy bien 33 kls. en una hora —cosa muy difícil aún para un pura sangre) no pasa lo mismo cuando se trata de pequeñas distancias.
Se tiene la seguridad de que en 20 o 1000 mts la bicicleta quedaría muy atrás.
Es un error.
Hay campeones que corren 1 kl. en 56 segundos. ¿Verdad que es una buena velocidad?
Y no hablemos de los embalajes finales (usando el tecnicismo) en los cuales a menudo se llega a hacer 21 mts. en un segundo, que corresponderían a 75.600 mts. en una hora, como quien dice quince leguas.
Dudamos de que el mejor de los pur-sang salve 21 mts. en aquel espacio de tiempo.
La bicicleta es la máquina de actualidad y del porvenir. Vendrán grandes perfecciones en los modernos medios de locomoción, vendrán los automóviles ideales, submarinos, globos dirigibles, todo lo que se quiera y es digno de nuestro adelanto y entusiasmo; pero condensar en un casi-juguete los medios de gran movilidad, de gran sport, de gran diversión y de gran ejercicio, es el postrer esfuerzo de este siglo, tal vez impotente para producir otro semejante.
Porque el gran atractivo de la bicicleta consiste en transportarse, llevarse uno mismo, devorar distancias, asombrar al cronógrafo, y exclamar al fin de la carrera: ¡mis fuerzas me han traído!
Este es el triunfo, ésta es la satisfacción.
¿Que he recorrido 30 leguas a caballo?...
¿Que el ferrocarril me ha llevado en tal tiempo a tal distancia?...
No hay en ello más mérito que el de dejarse conducir, ni hay en él más amor propio que el que pasea en tranvía. Falta el gran principio de vitalidad, el egoísmo —si se quiere— de decir: «he venido por mí mismo, mis fuerzas me han traído, a nadie debo nada. Toda la gloria es mía. Ya a toda velocidad, ya despacio, mis músculos han obligado a la máquina a ponerse en movimiento. Soy la Fuerza, el Motor, único sobre quien puede caer aplauso.»
He aquí las reflexiones que se hacen - no dijo uno —sino millones todos los elegidos— todos los ciclistas.
