Primera Parte
En el Palacio de Bellas Artes, en la Exposición, la sección francesa de pintura guarda, con los otros pabellones, los trabajos de la última decena. Algo de lo más notable es un cuadro de Triant: —El cementerio. En primer término, una señora de lujo con velo a la cara tiende los brazos, inclinándose hacia una tumba, los amigos tratan de detenerla. En el fondo, panteones, coronas, caballeros y señoras; día nublado.
Es maravillosa la actitud de esa mujer, que no es inclinación, ni extensión de brazos, ni nada que se pueda definir. Es la actitud compleja, desesperante y precipitada de una madre que vá por primera vez al cementerio después de la muerte de su hijo. Es maravilloso el colorido de esas ojeras y ese dolor a través de velo, y luego ¡qué potencia de expresión en las dos amigas! —Saquémosla de aquí... para qué habremos permitido que venga... pero amiga mía, por favor...
Varias telas de Boutigny—entre ellas la tan conocida: Un brave. —Una estación de ferrocarril— de noche. —Loir; Un homicide de Carolus Duran. Esto de lo más magnífico. Hay cien otras; pero no las recuerdo.
En el piso bajo del Palacio están las obras de escultura. Dominando el conjunto, como altura y homenaje, una estatua de Victor Hugo. Está sentado sobre un peñasco, envuelto a medias en una capa romántica, en la actitud hierática de costumbre.
Su cara, sí, es diferente de la que todos conocemos. Representa al poeta cuando tenía acaso treinta años, sin bigote ni barba, levantando, hacia las desaliñadas ondas de su cabello, su sólida frente de aventurero.
Lo rodean tres estatuas: la Poesía alcanzándolo desesperadamente la lira; la Fama, con la Leyenda de los siglos en una mano; una vírgen, agitando sobre invisibles y muertos espaldas el knut de Los Castigos. Al pié, un grupo de trompetas, tambores y pulpos.
En el pequeño Palacio, se enseña el arte retrospectivo francés.
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Aún no ha habido una iluminación completa de la Exposición. Días pasados, por un acto criminal, ha sido descompuesto uno de los poderosos dinamos que debía iluminar la puerta monumental.
El Castillo de Agua se ha incendiado antes de ayer; dentro de quince días estará reconstruido.
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Notre-Dame, en su sección exterior causa él mismo sombrío efecto que el de los otros monumentos de París. Toda ennegrecida, pierde con la falta de color, el poderoso relieve de su estilo gótico. Como el Louvre, como la Magdalena, como el Arco de Triunfo, uno se espera otro algo a que esas grandes obras no responden. Con todo, es soberbia Notre-Dame. En general: 5 naves, torres de 255 escalones, formidable campana «Sebastopol», cuya vibración es tan intensa, que tocada apenas por el mango de madera de un martillo, repercute durante 45 segundos.
En la plataforma de las torres, he visto las cubiertas de plomo que, hace 16 siglos, Quasimodo había fundido y hecho correr por los canalones.
El horno está infinitamente grabado de nombres y caracteres en todos los idiomas. He notado la firma muy conocida de un personaje uruguayo.
A los fondos de Notre-Dame, la Morgue.
En un sencillo edificio, pintado de amarillo, lleno de celebridad y de muertos.
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El Bosque de Bolonia es un tanto monótono. Salta a toda vista la ostensa artificialidad de su vegetación, caracterizada por árboles flacos, cuidados y raquíticos. No es lo que uno se espera, una desaliñada profusión de corpulencias; por lo menos, retorcidos, agrestes, y no alineados, enfermos y con una regularidad que desanima. Hay, no obstante, pasajes muy enmarañados.
En cuanto a la prodigiosa aglomeración de carruajes y elegancias es poco lo que se haya dicho.
Segunda Parte
Elkes venció a Taylor. Fue un duelo a muerte, al cual reportó Taylor el poderoso embalaje que le es habitual, y Elkes, el tren terrible de sus delgadas piernas. Una hora de carrera, con intermitencias.
Hasta los diez kilómetros, el campeón americano fue adelante; Taylor pasó, Elkes volvió a pasar, y, en un empujo, se despegó: Perdió 400 metros. A los 20 kilómetros, estaba otra vez junto a su rival. Siguen corriendo juntos; pero a los 30 kilómetros Taylor a su vez se despega y falto del coraje del stayer yankee, anda rezagado 1000 metros. Continúan en esta relación hasta los 45 kilómetros, cuando se desinfla el neumático de la máquina de Elkes, que tiene que cambiar por otra. Taylor aprovecha, pero con todo, queda siempre a media vuelta atrás.
Suena la campana, Taylor demarra poderosamente; más ya Elkes ha llegado a los 60 minutos, haciendo 55 kilómetros. América ha vencido a Europa por segunda vez en el medio fondo, y Elkes quedó clasificado campeón del mundo.
Se recordará que Taylor batió hace poco tiempo 62 kilómetros en la hora, algo bastante más que el trayecto del Domingo pasado. Pero no se olvide que aquello fue en un día sin viento, y, sobre todo, tras de motociclos, lo que es alguna diferencia.
Deben llegar estos días de Estados Unidos: Major Taylor, campeón sprinter; Michael, rey del medio-fondo; Zimmerman, ex campeón de los campeones.
Con esto la temporada resultará interesante.
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¡Oh, París, París, oasis infinito de todos los que han soñado una vez siquiera los grandes recuerdos y la suprema manifestación del arte!
¡Ciudad extraña y compleja en sí misma; que vive de su pasado y su presente como una pura gloria, donde yace, tiembla y espera a su vez la hora de ser posible, todo lo excelso que ha sido ayer y todo lo vibrante que será mañana; ciudad fastuosa y viril sobre todas; alegre e inmortal!
¿Qué más pedir, para los eternos parias de lo grande, que esta vida de París, respirando el aire de los que son y fueron creadores de lo absoluto?...
Nada más; todo se colma, y aparece, sin embargo, como un dolorido reproche a la sensación artística el recuerdo de un lejano lugar donde está lo que se extraña y adora. La ciudad, no, eso es un simple detalle.
Los amigos, las amigas, los conocidos, aún los indiferentes, aún los insignificantes, porque todo es uno, un conjunto que nos ha visto y a quien hemos visto muchas veces, y que forman un afecto, de costumbre tal vez, pero siempre sentido.
Son, a pesar de todo, muy tristes ciertas horas de París, en las cuales, aunque se admira, se sufre, empañando la misión de lo que se admira con lo que se desea haber visto; ciertos momentos de vaga rebelión, acaso motivada por el recuerdo incierto de que a esa hora se ha estado alegre, se ha ensanchado el corazón, se ha amado…
Y todo aparece, fiestas, bailes, conversaciones, sonrisas, cuadros de triste adoración, lejos y perdidos para nosotros, que no ha sido por cierto una visión de París, pero que hemos querido...
Pienso, a veces, que todo pasará y será muy dulce hallar de nuevo las mismas sonrisas, lleno el espíritu de lo que se ha admirado; pero, entretanto, se extraña, se siente, se sufre. Nada en París como en la Exposición, porque estamos solos, no tenemos a quien hablar de todo eso, no tenemos a quien amar...
Y lo que un día fue un pobre detalle, ahora es un triste recuerdo, acrecentado por la nostalgia y la imposibilidad.
De lo que ha sido bueno para con nosotros, un extenso deseo de que no sea olvidado. Aún de lo indiferente, de lo que no merece la pena se lo recuerde, se guarda una dulce memoria, porque ya no lo vemos, porque ya no es más...
Y de esta manera se va viviendo, sin poder admirar completamente, ya que no es posible desligarse de todos esos recuerdos, que, aunque pudieran ser borrados, no lo desearía tampoco...
