Héme, por fin, en París, en la capital-cerebro, en la ciudad de los cuidados, donde todo es acumulamiento, palpitación y prodigio. París merece por dos motivos el primer lugar entre las poblaciones: por lo inmenso que lleva en su nombre y amplia vida, y por la forma que se le ha dado. Para nosotros, pobres desterrados de la suprema intelectualidad, la visión de París es una nostalgia de un lugar que nunca hemos visto, y que, hoy o mañana, nos lleva a conocerle. Héme, por fin, en París.
La primera impresión que se siente al contemplar las ciudades de estas latitudes, es tristísima. Estamos acostumbrados a las casas de techo plano, rematadas en lo alto con balconcillos o cualquiera otra cosa, separadas, por decirlo así, y con pinturas de más o menos buen gusto. Aquí las casas están tan juntas que parece que un gran frío las comprimió en grupos negruzcos, helados y hambrientos. Desde Génova hasta París no se ve otra cosa que casas de media agua que nunca fueron pintadas ni lavadas —ventanas pequeñas, sin gusto ninguno—; casas altas que más bien parecen muros agujereados, casas húmedas de cuatro a diez pisos —seis por lo general— amuralladas sobre su calle de cuatro metros, y que para nosotros, hijos del horizonte y del pleno sol, son motivo de más de una amarga nostalgia.
Pero, en cambio, los bulevares, multiplicados en el corazón mismo de la ciudad, cortan en cien pedazos la oscura contracción de las calles, llevando a todas partes la vida, la luz y el perdón de los miles de personas que los cruzan por hora.
Ante todo, dos cosas asombrosas, en Francia: las carreteras y el cultivo de los campos. Estos están trabajados con tanto cariño, con tanta pensativa laboriosidad; comprenden de tal manera el cuidado y amor que merece esa tierra madre; se esmeran tanto en la artística proyección de las líneas y colores, que Francia parece una gran alfombra que un día, tendido sobre el mundo, llevará a todas partes la fecundidad regeneradora del novelista-poeta.
Las carreteras son, a un modo de ver, la nota culminante de toda Francia. Londres tiene mucho de Paris, Nueva York tiene mucho de París, Berlín tiene mucho de Paris, Buenos Aires tiene mucho de París; pero lo que ningúna nación posee son esos magníficos caminos, irreprochables y blanqueados, algo angostos tal vez, pero espléndidamente cuidados.
La vida de los grandes bulevares —de que mucho se cuenta,— es agitadísima sobre toda ponderación, Calcular el número de carruajes que pasan por uno solo, es tarea ímproba —según la frase usual.— En dos filas, en tres, en cuatro, en cinco, en seis; los cientos carruajes, 80 bicicletas, 15 automóviles, 1000 personas, todo en una cuadra de bulevar, de día, de noche, a todas horas, apelotonados, contenidos, estrujados, asombrados, esperando que el guardia civil dé la orden de marcha, porque otro número igual de vehículos están cruzándolo en una esquina cualquiera. Esto se repite cada dos minutos.
No es fácil atravesar impunemente los bulevares; hay que correr, detenerse, apartarse, volver a correr, retroceder: pararse —(perdone Valbuena)— correr de nuevo, y esto en solo quince metros.
Sucede a cada momento que hay cien personas esperando que haya un claro en la cuádruple fila de carruajes, para cruzar. El sergent de ville levanta entonces el brazo, se corren instantáneamente las filas, pasan las personas, y se cierra de nuevo la marcha.
Esto que digo no es novedad; mil veces se ha hablado de ello, pero hay que verle.
Es de notar el respeto que se tiene a la policía. Cuando extienden la mano, nadie se mueve; ¡ay de él! Por lo demás, van muy bien vestidos y son muy educados.
Esto me recuerda una pregunta que hice en Génova.
Marchaba con un changidor a la estación Central, cuando vi subir al tranvía a un caballero de larga levina a la presiana, bastón de boria, sombrero de copa y guantes blancos.
—¿Quién es?... —pregunté a mi fachino.
—Un guarda municipal —contestó torciendo la boca.
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Ciudad cosmopolita por excelencia, es de verse la diversidad de tipos que pasan en media hora de bulevar (sobre todo, en la cadena Montmartre —de Italiens —de Capucines —de la Madeleine). Pasan individuos de cuarenta centímetros de cabello y ochenta de barba (sin exagerar); ciudadanos que no conformes con llevar luto en el sombrero, llevan anchos brazales de crespón; sujetos de cara lindísima y afeitados, con un sombrerito de paja de Italia coquetonamente inclinado sobre sedosos bucles artificiales, envueltos en una capa que les llega a los pies, y van marchando lentamente, suavemente, exhibiendo el cómico feminismo de su andar y de sus caras pintas.
Pasan los tipos más extravagantes y vulgares que se pueden pedir; pasan armenios, pasan turcos, pasan chinos, pasan árabes, todos vestidos a la moda de su país. Pasa, en fin, todo lo que puede pasar en una ciudad de tres millones, magníficamente heterogénea.
Menos negros. Eso sí, en doce días que llevo en París, no he visto sino tres. Y aquí mismo, donde de todo hay y nada admira, llaman la atención.
Para concluir: la edificación de París no tiene nada de notable. A excepción de alguna avenida en que hay muy lindos palacios, ni en los grandes bulevares, ni en los chicos, ni en las calles, hay nada que llame la atención.
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He estado tres veces en el Louvre, y he visto cosas que asombran y cosas que pueden pasar desapercibidas.
En la sección escultura, la Venus de Milo me ha causado emoción profunda. No se puede pedir nada más notable y hermoso; la boca sobre todo, es soberbiamente divina. ¿Por qué mueren esas hermosuras que el cincel o el lienzo trasmiten a la posteridad como un ferviente homenaje a la belleza de las que fueron sus modelos y ya no viven? ¿Por qué la carne, como el mármol, no ha de ser inmortal para esas supremas elegidas del color y la línea?
En las galerías de pintura, hay un cuadro de Girodet-Trioson, que me ha detenido media hora contemplándolo. Según mi modo artístico, es de lo más genial que se vé en el Louvre. Luego «La Jóven Mártir» de Delaroche, tan conocida por los grabados; un chico peatón de Rivera, que salta de la tela con su cara contraída; Frutas e instrumentos de música de Pereda, y Las ilusiones perdidas, de Gleyre: Simbólico. Una caída de la tarde, pero de infinita melancolía. Una barca egipcia, en la que tocan la cítara, miran el río o simplemente sonríen, ocho o diez romanos. En primer término, a la derecha, la figura oscurecida, a la orilla.
Esto es Las ilusiones perdidas.
En cuanto a las obras de los grandes maestros —sobre todo de la escuela italiana —¿qué diré?— me han causado poca impresión. Mucha suavidad en la línea; famosos dibujantes; cierta vulgaridad en el colorido —sobre todo del agua, de una reina que ha dejado caer una lira y no tiene fuerzas para levantarla. A lo lejos, el sol que ya ha caído, colorea un poco el cielo... Rafael, —y fríos, después de todo. En cambio, Rubens, es asombroso lo que consigue con la expresión en Job atormentado por los demonios, y Caballo atacado por leones.
Sin duda que todos esos cuadros han perdido mucho con el tiempo. Pero con todo, uno se espera mucho más de esas grandes obras.
En cada sala hay más de quince artistas reproduciendo. Como curiosidad, he visto un pintor de barba rubia que, copiando el lienzo de Rivera de que he hablado, conseguía hacer un trabajo mejor que el del maestro. Por lo menos igual, deduciendo lo que había sufrido el original en trescientos y pico de años que lleva de existencia.
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Algo sobre ciclismo. Es siempre el sport de moda, a pesar de los últimos triunfos del automovilismo.
Se está construyendo en el Bosque de Vincennes la nueva pista municipal que tendrá 500 metros y merecerá el honroso nombre de pista modelo. 166 metros con 66 ctms. menos que la del Parc des Princes, superará a esta en corrección y elegancia. En ella se disputarán los grandes premios de este año: Campeonatos del mundo, Gran Premio de París, Campeonato de Francia, fuera de los inevitables récords.
En París se corre mucho, mucho (¡siempre!)
El Domingo pasado se han batido —en un campeonato de 100 kilómetros— todos los récords a partir de 10 kms. Fue en el «Parc des Princes», con un día espléndido. Corrían 11: Taylor, Bouhours, Baugé y Walters en primera línea. Taylor, tras de su motociclo, tomó el tren de una manera desesperada hasta los 80 kmts. en que se detuvo y dejó el campo. En ese tiempo, (1 hora, 19 minutos, 21 segundos y 2/5), había batido todos los récords del mundo, haciendo 62 klms. 313 metros en una hora; cosa terrible, si se considera que el anterior de pocas semanas era de 58 klmts. 930 metros, de él mismo.
Bouhours cubrió los 100 klmts. en 100 minutos (un poco menos pues faltaron 41).
Dentro de poco tiempo llegará a este Mayor Taylor, el «negro volador» así como Elckes, otro famoso stayer norteamericano, que el 15 del corriente se batirá con Taylor (Eduardo, el francés) en un match de una hora. Veremos eso, que debe de ser cosa notable.
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Pasemos ahora a la Exposición Universal de 1900. No está concluida, ni siquiera presentable.
Por todas partes, andamios, albañiles, pintores; un ruido incesante de martillos y madera que rompe los tímpanos. Aún en los pabellones abiertos ya al público, se trabaja de día y de noche. En el Campo de Marte es casi imposible caminar por la sucesión de carros y objetos que cruzan. Día a día se abren nuevos pabellones, se trabaja, se arregla, se caen puentes; y con todo, parece que la Exposición no estará acabada hasta fin de mes.
La puerta monumental es magnífica, sencillamente. Se abre al costado sudoeste de la plaza de «La Concordia» la trágica Greve de otros tiempos. Tres avenidas paralelas conducen directamente al puente Alejandro III, muy lindo, sin mayor atractivo. A su frente se extiende la Explanada de los Inválidos, donde están los mobiliarios, decoraciones de edificios y habitaciones, industrias diversas etc.
Siguiendo la orilla derecha del Sena: Palacios de Horticultura y Arboricultura, Palacio del Baile, Torre de lo maravilloso, Casa de risa y Teatro Guillaume, Gran Guignol, Acuario de París, La Roulotte, Chat noir, Cuadros vivos, Ciudad de París y algunos otros pabellones. Más adelante está el Trocadero, con las colonias extranjeras, el Diorama, el Teatro Cambodgiano, Panorama del Congo, Viajes animados y el Viejo París.
En la orilla izquierda del Sena están los pabellones de las naciones, todos seguidos. Luego el Campo de Marte con el Palacio luminoso, Panorama de la vuelta al mundo, Cineorama, Palacio de la Electricidad, Venecia en París, Palacio de la Mujer, Villa suiza, Gran Rueda de París, Mareorama, Globo terrestre, Palacio de óptica, Sala de fiestas.
Esto es lo más interesante; quedan los demás pabellones de arte, industria y comercio, restaurantes franceses y extranjeros, etc.
En los campos Elíseos son el Grande y Pequeño Palacio de Bellas Artes, inaugurados hace tres días. El primero está ocupado por trabajos de pintura. Nada más.
Soberbio. Los paisajistas rusos, artistas sobre toda ponderación, —imprimen a sus cuadros ese desfallecido tono de las estepas, en que parece que la naturaleza está absorta, el cielo mudo; la luz, pensativa, y todo el paisaje sueña y muere en un indefendible doblegamiento de nostalgia, como sus pinos, como sus codornices que van despacio y temerosas sobre la nieve, borrándose en la bruma…
España tiene muy buena representación de una Carrera de carros en Roma, de Chueca; unas guindas de Muñoz, premiadas ya; y una original tela de suma trascendencia artística, obra de Izarra. Fin de siglo es el título del cuadro, en que figura un pobre diablo vendedor ambulante de cualquier cosa, ante una creación prerrafaelita. Es admirable la expresión de risueña y asombrosa curiosidad que ha sabido dar a esa cara de sensato traficante, que nunca soñó que las caras pudieran ser verdes, los cielos amarillos y los esfuminos de diamante.
Las tres cuartas partes de los trabajos expuestos están inspirados en lo impresionista modernista prerrafaelita. Sobre todo los finlandeses.
Hay cuadros de tan honda concepción, de un dibujo tan profundamente incisivo, de un colorido tan en relación con el sentimiento que se quiere despertar y el artista sintió, que entran deseos de negar todo otro arte en que no haya idea, toda otra escuela en que no haya sugestión, porque eso es todo, dar a las cosas colores que no tienen, pero se sienten, y son los únicos capaces de calmar nuestra ansia, simbolizando lo que no tiene colorido propio sino en nuestro interior y al ser pasado al lienzo miente a la naturaleza.
