Diario De Viaje A París

Horacio Quiroga


Crónica, Viajes, Diario



Primera Libreta


Salto, Marzo 20 — 1900.

A bordo del "Montevideo" — Marzo 21 de 1900. 7 a.m.

Cuesta mucho hacer un viaje, aunque la distancia a que nos alejemos sea corta. El principio de inercia parece retratarse en el cerebro, y se sufre con la traslación de los puntos de mira afectivos. Y cuando nos alejamos por mucho tiempo, lejos, muy lejos, el espíritu siente la sacudida de un presentimiento que nos ahoga. Es pena abandonar la ciudad en que se ha vivido, los amigos, las costumbres, los horizontes, la familia, los cielos; quebrar con todo lo que ha apoyado el índice en nuestros sentimientos buenos, y ha respondido (con un canto) buenamente a nuestros deseos de agradar; acariciar tristemente en nuestra retina la suprema visión de nuestros buenos padres y amigos que nos despiden con pañuelos... pero nada es todo esto; cuando hay una niña que queda llorando por nosotros en su cuarto, solita y temerosa de que la oigan.

¡Cuánto te quiero, mi alma! Todo es para ti, mi vida y mi desolación. De nada me he acordado cuando partía. Todos mis amigos estaban a bordo y me rodeaban y me despedían calurosamente. Solo tú faltabas. Pero estoy seguro de que en ese angustioso momento no dudabas de mí y hallabas las más olvidadas oraciones de niña para angelicar tus lágrimas. Hoy vas a la iglesia. No sé lo que rezarás. Creo, sí, que en este momento, 8 a.m., en que estás en misa, a pesar de todo, de todo, pensarás en mí.

—He sentido algo nuevo. Estoy a bordo, pronto o partir para un largo viaje; tener un cielo nublado en los ojos, y en el alma el retrato de una niña queridísima que se queda en la ciudad; ponerse en marcha el vapor, y sentir de pronto las tres pitadas del buque, desgarradoras e interminables, como una desmesurada despedida al cielo y la tierra y es cosa que angustia recordarlo, recostado en la borda, inmóvil y mirando fijamente la ciudad por despertarse, con las ojeras de una angustiosa noche de asma y en el corazón la irremediable certidumbre de que no la veremos más, ni hoy, ni mañana, ni dentro de un mes, ni quién sabe cuándo, y que no hemos podido despedirnos de ella...

4 p.m.—Siento un poco de calma. Parece que las 9 horas transcurridas se han dilatado en mi existencia. Ya no pienso tanto en que he dejado de verla, sino en que la voy a ver. En días como éste se vive mucho y hondamente, en el hondo de los nervios, en el epigástrico desfallecimiento de las emociones continuadas y nostálgicas.

Hubiera querido hablar con ella, sin embargo. La he visto ayer, contra todo lo que me esperaba; y si algo quedará por siempre en mi memoria, es el corto minuto en que la miré cuando volvía de noche con su mamá. ¡Pobrecita! Sin duda sentía lo que yo, porque no caminaba bien. Llevaba la cabeza inclinada, y cuando al subir la escalera quedó rezagada para volverse y mirarme, despacio lentamente, dolorosamente, sentí enormes deseos de cruzar la calle y correr a arrodillarme. Que sus manos se posaran en mi cabeza y estaba contento. No puede haber hombre malo cuando una mujer le quiere. El amor es la suprema redención. Mucho nos conmueve pensar que es hermosa, buena, inteligente la niña que acaso pueda amarnos; pero cuando decimos sencillamente: me quiere, el alma se torna un niño querido. Ese es el gran atractivo de todas las mujeres, en todos los casos y en todos los hechos. Nos hacemos grandes al recordar que un sencillo y tierno corazoncito guarda y ama la imagen vulgar de cualquiera de nosotros.

—Oigo este diálogo en la mesa:

—...es un estilo rarísimo.

—Sí, muchísimo. Todas las obras de Belot son así.

—Esta es muy buena.

—Hay otra, "La mujer de fuego". Una gran cosa. ¿No conoce?

—No. ¡Qué buen novelista! Llevo leídas las tres cuartas partes y no conozco todavía, ni presumo siquiera el desenlace.

* * * * * * *

Noto en esta ocasión que en iguales circunstancias —cuando oigo que hablan de literatura— me crispo como un caballo árabe. Fijo mucho la atención sobre ciclismo, u otro asunto cualquiera que me domine. Pero la sensación primera es más poderosa, más íntima, más hiriente, como la que sentiría una vieja armadura solitaria que oyera de pronto relatar (y juzgar) en voz baja una acción de guerra…

¿La vocación?...

Marzo 22—Mala noche. Bastante tranquilidad de espíritu, tal vez atonía, muy probablemente motivada por el acceso patológico.

Observo que el agua detrás de la hélice tiene un notable color de dulce de leche claro. Una hora antes de llegar a Montevideo, nótase perfectamente el límite del agua dulce a la salada. El color rojizo sucio se corta de momento.

Marzo 23. Montevideo. 6:10 p.m.—En la plaza Independencia, en compañía de Jaureche, Delgado y Brígnole.

¡Y pensar que a esta hora la estaría viendo!...

Marzo 24. Montevideo—Paso por la librería de Ibarra y entro caprichosamente:

—¿Lugones?...

—¡Qué tiene! ¿cómo?...

—Si tienen libros de él.

—¿De Lugones?

—Si.

Me observa el dependiente con cierta extrañeza y me dice con una semisonrisa de conmiseración y superioridad:

—¡¿De uno que escribe cuentos en Caras y Caretas?!...

No puedo contener a mi vez una sonrisa y le respondo

—De él mismo.

No hay ninguno.

Marzo 25—No sé por qué; pero cada mujer hermosa que pasa al lado mío, cada gracia en la cabeza, cada ternura en los movimientos, me llevan enseguida a una silenciosa comparación y digo en mi interior: Ella es más dulce, más hermosa…

No sé hasta qué punto la visión de una belleza repetida puede operar en nosotros el olvido hacia lo que amamos. Antes bien, el cariño se afirma, tanto más cuanto que la nostalgia —esa suprema pálida— acompaña siempre nuestros movimientos y realidades. Y aún en el caso de que lleguemos a amar a otra, será una metempsicosis bizarra, deponiendo sobre la plasticidad que está delante nuestro, el cariño y ternura que ofreceríamos a la otra.

Acaso la edad, acaso el amor. Pero siento un infinito deseo de caricias, de ternura que sea para mí, de brazos blancos y suaves que me abracen amorosamente. No pienso en nada sin que desee ofrecérselo. Mi felicidad sería tenerla a mi lado, siempre, olvidándome de que estábamos casados. Toda mía, sin leyes. Todo suyo, por la fuerza de nuestros juramentos, y más que todo, por la ternura de nuestros abrazos.

En Montevideo: un verdulero que compone botines y un afilador que compone paraguas. y un vendedor de naranjas que compone sillas.

28 de Marzo—Acabo de escribirla.

Me parece que la he visto y soy casi feliz.

30 de Marzo. A bordo del Cittá di Torino. 6:10 p.m.—Llaman a comer y en ese momento partimos. He sentido antes de embarcarme algo notable, que no es presagio ni abatimiento, ni pérdida; es algo indefinible, vagamente punzante, fuertemente nostálgico, algo así como la impresión que queda en nosotros al despertar de un sueño en el cual (hemos) soñado una felicidad anhelada, una caricia de rubia, de la cual no podemos darnos cuenta con precisión. Mi madre hacía rato que lloraba en silencio; yo ocupado en atar el baúl, sentía sobre mí su mirada, su mirada de madre. Sólo me dijo después de un rato de abrazarme llorando: ¡Dios te proteja, mi hijo!. Y mis amigos en el muelle, la tarde nublada y lluviosa, todo quedaba, en mi casa, en el muelle, en el cielo.

Me parecía notar en la mirada de los amigos una despedida (más) que afectuosa, que iba más allá del buque, como si me vieran por la última vez. Hasta creí que la gente que llenaba el muelle me miraba fijamente, como a un predestinado...

Ha demorado largo rato en partir el vapor. El mar comenzaba a picarse, pero el viento, muy intencionado al anochecer, ha amainado. A las 7:30 p.m. ha parado el vapor y ha despachado una lancha con motivos sanitarios. Al atracar de vuelta, bailaba como una nuez, muy dispuesta a estrellarse contra el buque; casi van al agua 4 o 5 marineros. Ahora he comprendido el temor de arrimar con temporal o poco menos.

El vapor es pésimo. Relativamente pequeño, no hay distinción ninguna entre 1° y 2°; hay 1° clase y 2° clase; eso es todo. No tiene salón. El comedor hace de todo: un cuarto grande de 12 mts. por 6, sin alfombra, paredes de madera sencilla, cuatro mesas sucias, un piano en un rincón, entre dos mesas sucísimas de servicio... La comida, veremos. Los camarotes amplios, sencillos, casi por demás. No hay comparación posible entre este buque y cualquiera de los fluviales. El Tritón es, al lado del Cittá, una joya insuperable. Servicio no malo. Se habla puro genovés a bordo.

Marzo 31—Me levanto a las 7 a.m. Está lloviendo definidamente. El mar bastante agitado comunica al vapor voluptuosos vaivenes como no los he sentido nunca. Ni asomo de mareo. Estamos recluidos en el salón. Es lo malo que tienen estos vapores; carecen de galería, de toldillas. O adentro o mojándose. Notablemente hermoso el color del agua. Es un verde profundo y transparente: esa es la palabra. Un verde inglés de pintura, en estado líquidamente nítido a la luz. La espuma es blanquísima; y si el borboteo de la hélice la arroja al interior de las aguas, parece verde, verde sauce, verde nilo.

3 p.m.—¡Qué mortal pesadez! ¡Qué aburrimiento tan enorme!. A veces me fastidio horriblemente en el Salto, entre mis amigos, mis cosas, etc... ¡Y que no será aquí, solo entre italianos, genoveses y napolitanos, groseros e indiferentes!. Pensar que ésto durará 20 días!

4 p.m.—Me he puesto a silbar algunas canciones que me recuerdan los más gratos hechos de dos años a esta parte, y he sentido ganas de llorar, sí, de llorar. Un vals mortal cuyos compases están tan ligados con la memoria de mi novia que me hacen sufrir voluptuosamente, como el recuerdo de una dicha que hemos perdido por nuestra voluntad; polkas, romanzas, todo lo se canturrea sin motivo y distraído, y que aquí, en plena mar, lejos de ella, tan dulce es.

9½ p.m—Acabo de jugar al burro tiznado con tres chicas muy monas que van de viaje a Génova y tres ciudadanos con los cuales tengo cierta relación. He pasado un buen rato, amén de mi cara que ha sentido tres veces la maliciosa presión de las manos femeninas.

10½ p.m—Nos ha invadido de pronto una fosca neblina que en un minuto ha cerrado el mar y en dos minutos ha ocultado las estrellas. Se nota una sorda agitación a bordo. La oficialidad está en el puente alto, observando inclinados el mar. El capitán da una orden y suena el pito del vapor. Advierte a la posible proximidad de los buques. Los pasajeros están en el puente bajo, en grupos, y algunos inclinados a la borda. La neblina es cada vez más densa. A través de ella muje el mar. De repente suena otra vez el pito y han dado orden de que cada dos minutos se haga oír. Las mujeres presienten horribles catástrofes, choques. El vapor no disminuye la marcha y atraviesa cabeceando la bruma, con sus faroles apenas percibidos en lo alto, en una suave iluminación de la niebla…

A las 11:30 queda el mar otra vez limpio, y me voy a dormir.

Domingo 10 de Abril—10 a.m. Ante todo, la hubiera visto al salir de la misa de 7 con su sombrerito de paja...

He concluido anoche de leer El Extraño de Reyles. No es mala obra. Le hallo los mismos defectos que a "Beba", "Primitivo", y "El Sueño de Rapiña": mucho prosaísmo de frase, bastante chavacanería, cierta presunción que respira toda la obra. Me parecen buenas cualidades la finura de las observaciones, cierta poesía y rectitud de algunas comparaciones e imágenes, la incisión de la palabra, y buen talento dialoguista. Total: una obra buena, no mucho.

Veamos "El Sueño de Rapiña". Yo creo que este libro no merecía ser editado. Todo él cabe en una página con moraleja y todo. Me parece una zoncera el tal sueño. Nada notable en cuanto a estilo, con el desastre de las alocuciones femeninas, que son todo lo amanerado y antiliterario que se puede ser. Puede que no alcance el sentido profundo de la obra. (Yo no veo más que una pavada cien veces repetida).

Vuelvo a observar con detención el mar a los costados del buque; es un color indefinible, ahora que el Sol da de lleno. Es un azul tan verdoso y un verde tan azulado que da la perfecta ilusión de la solución de una piedra preciosa. Es tan pura el agua, tan limpia y transparente que parece que respirara. Es un color profundo y transparente. A la tarde, cuando el Sol declina sobre la horizontabilidad encrespada de las olas, sus crestas se despenachan en una lluvia de topacio crema, finamente opalescentes sobre el verde intenso de la plana.

11 p.m.—Hoy de doce a tres y media hemos jugado a prendas en el puente de popa, las tres o cuatro muchachas de anoche y los mismos individuos. Ellos son grandes tipos; hice con una de ellas la pajita inglesa, cosa que propuse con incertidumbre, con una moción de que en castigo la poseedora de la prenda diese su mano a besar al que prefiriera. Por cierto que fui yo el elegido y lo hice con mucho gusto. El caso agradó y se repitió varias veces. A las 7 p.m. ocurriósenos que pudiéramos bailar y fueron las chicas con la propuesta al capitón, Este dijo que sí, además de la mesa que nos prepararía con cerveza helada, refrescos, etc. Fuimos al puente intermedio. Las luces de dos lamparillas de 50 bujías daban una luz marina muy intensa. Era en un corredor, o más bien, en la parte libre entre las chimeneas y el bote que cruzaba el babor. Total, un espacio de 20 metros por cuatro, de madera y con cierta inclinación muy pronunciada hacia la borda. Hacía calor, mucho calor por la inmediación de las máquinas. La baranda del norte estaba cerrada con lonas, a pesar de lo cual entraba, a veces, una fuerte ráfaga de aire fresquísimo. Al cabo de una hora de baile sentí un ruido seco, de chasquido, muy repetido; la brea de las junturas de las tablas se derretía y pegándose a los pies, marcaba y estallaba en el piso. Se bailó mucho, con un aristón del comandante; polkas, valses, y mazurkas. Hice temporada casi con una chica hada, personita de regular estatura, cara linda, cutis impagable, blancura exacta y bastante pavita. Es delgada; baila regular. Tocaron de golpe la mazurca trágica: "Excelsior". Me costó algo recordarla, y no me impresionó.

Abril 2. 2 p.m—Ayer pensaba melancólicamente en mi novia, de una manera distante. Acordéme de pronto de que hacía apenas 10 días que había dejado de verla. Me llenó de estupor: creía que fueran. 2 meses por lo menos. ¡Tanto he vivido en este término de tiempo!...

Abril 3. 3 p.m.—Realizo el sueño de que hablaba a Alberto: Una buena mañana o tarde de primavera, pasearme por el buque con el cigarro en la boca, pasearme a grandes pasos, sonriendo y si acaso mirando el mar azulado y sereno... Lo cumplo ahora, en este momento; pero no estoy contento; miro el mar, fumo con gusto; más qué diferencia de lo que uno se figura antes de partir, de conocer el hecho, cuando uno inconscientemente poetiza todo en la hermosura de lo que va a venir, que, como lo que pasó, tiene el encanto de lo dulce de la lontananza azulada o en el desastre anterior, porque nos transportamos tal como sentimos en el momento, tal vez venturosos, tal vez nostálgicos —pero alejados de la acción— a lo muerto, a lo que a su vez espera impasiblemente el tiempo que ha de estelarlo en nuestra vida. ¡Ley eterna de impotencia y de angustia, que nos hace siempre abjurar de lo que nos hemos prometido de bueno, porque hoy como ayer hemos deseado otra cosa, otro algo que la existencia no cumple, llegando a formar la vida de intuiciones y retrocesos, marcados dolorosamente en nuestra memoria por la pena de lo que pasó o espera a vez la hora de deslizarse. Contraste eterno de lo existente, herencia fatal que pone en nuestros nervios el germen de una esperanza que será semilla muerta, y que a su vez tendrá en nuestra memoria la vida de una semilla fértil, porque pasó, porque no es más. La gran dicha es figurarse que el momento en que deseamos o recordamos algo, es el instante feliz de nuestra vida. Ser una extensa florescencia, sin esperar el fruto que será podrido y sin desear la cosecha anterior que está anulada.

No vivir más que de eso, exprimiendo de la esperanza todo el jugo que pueda dar, beberlo de un sorbo, y no buscar ni en sueños la germinación de lo que abortará de seguro.

Oigo a menudo música, músicas conocidas, que me dejan completamente visionario. Germina en mi cabeza —hace días— la idea de hacer una novela. La dejo obrar, no animándome, por ahora, a provocar un parto que creo será prematuro. En París o en Buenos Aires, probaré…

Además, me han entrado unas aureolas de grandeza como tal vez nunca haya sentido. Me creo notable, muy notable, con un porvenir, sobre todo, de gloria rara. No gloria popular, conocida, ofrecida y desgajada, sino sutil, extraña, de lágrima de vidrio. ¿Será? ¿o no será? Esperemos.

El mar es azul, tan colosalmente azul, que, a ser pintado tal como le veo, dijeran es disparate. Muy transparente.

Las amiguitas y amigos con quienes juego, me llaman Bermúdez: yo dije que me llamaba así, como que era absolutamente huérfano de todo, salvo una tía.

7 p.m.—Pasamos a la altura del Cabo Frío de Brasil. Faro muy potente: dicen a bordo se le distingue desde 60 millas. Creo pasamos a 25, 28 millas. Intermitente: dura la luz 3 y se apaga por 16 ⅗.

Abril 4. 18 a.m.—Acabo de levantarme. He pensado anoche sobre la imbecilidad de este viaje, extraño, perdido, raro, tal vez risible para los pasajeros.

Cada día que pasa es una semana que dejo atrás. ¡Veinte días todavía! No sé lo que haré. Estoy seguro de que a haber sabido o entrevisto lo que es viajar de la manera que lo hago yo, difícilmente me hubiera arriesgado. Y luego, una porción de estúpidos rebosando tranquilidad y con olor a virtud de almaceneros.

En mi mesa comen diez sujetos a cual más desastroso. Todos genoveses: gordos o flacos (casi todos gordos), hambrientos, con figura de aceiteros o verduleros. No han de ser más allá de esto. Hay una mujer gorda, muy gorda, vestida de negro y casi trigueña que observa siempre de soslayo las porciones que se sirven los demás. Se apresura enormemente cuando van a servirla y mira de reojo a todos lados antes de ponerse a comer. Luego una mamá rubia y de cuarenta y cinco años, vizca, apostaría que verdulera, con una hija de dieciséis, bastante linda de cara, muy candorosa y tímida, casi asustada de cuando en cuando, completamente mal educada. Es notable el metal de voz de estas dos damas por lo apagado y fino, como el ruido que daría una vibración agudísima encerrada en algodón.

Yo me siento en la cabecera de la mesa, nadie se sabe servir con cuchara y tenedor.

Hay además cuatro mesas ocupadas por distintas personas: Un almacenero de Buenos Aires (Santa Fe y Larrea) con su mujer y dos hijas. El no parece malo; ella una gringota con cierta educación; la mayor de las muchachas, alta, delgada, con mucho aire a Celina Cuenca; sobre todo cuando mira: ésto me ha hecho tenerla cierta simpatía. Parece buena, amable, voz ronca, amuchachada. Toca el piano. Cuenta la madre que lloraba cuando aprendía ciertos trozos de ópera.

—¿Por qué no le gustaban?

—No, perque despertaba i sentimenti.

E molto sensibile mia figlia.

La hija dice lo mismo. No me da, sin embargo, la idea de una exquisita. Da expresión a lo que ejecuta, interpreta bien; pero con todo, creo haya algo de farsa en lo que dice, como en lo que dicen que admiran todas las jóvenes en general.

La otra es una cara infantil y huraña con reflejos de ardorosa. Lindos ojos y soberbias caderas con piernas finas. Una casada con dos o tres hijos, joven y buena moza, con una hermana —Ada— de la que he hablado.

Un inglés joven y buen mozo; un genovés ordinario que al finalizar la comida toma por pretexto salir afuera para robar de paso tres o cuatro bananas que esconde en el sombrero; al rato vuelve sin las bananas y come postre como cualquier otro; —un joven, compañero de juego— dicen que boticario, y lo parece; —varias damas jóvenes con hijas: una de éstas, chica de quince años que visten de corto, luciendo unas magníficas pantorrillas; se hace la pequeña y nos pellizca, empuja, toca... nada más;—un italiano gordo y barbudo, de enorme vientre que lanza en la mesa colosales eruptos: todos ríen y el mozo de mesa le advierte de lejos, moviendo la cabeza y sonriendo, que no está bien hecho; —un alemanito de acaso 26 años, boca hundida que pasea solo: dicen que es tísico; un chileno— compañero de juego —con marcado acento italiano: dicen y dice que es ingeniero. Habla poco conmigo. La otra noche observaba yo las constelaciones: dije que no conocía más que la Cruz del Sur. Ayer explicaba el movimiento hidráulico del timón al alemán:

Es como un... ¿cómo diré?... un tornillo que no concluye, y que hace mover por el agua dos cilindros que hay a los costados…

El alemán a su vez explicaba el timón suplementario colocado a popa y el seudo ingeniero no entendía;—un sujeto alto, que pinta. Salvo su buen estado de salud, es el mejor de todos—por lo menos el mejor educado; un rubio—compañero de cuarto y de juego —simpático,— vulgar y entretenido.

Estos son los principales personajes que viajan. Todos equilibrados, vigorosos, estúpidos. El pintor, a pesar del amor que debe tener a su arte, es completamente nulo a toda otra manifestación de aquel. aún en pintura, creo que maneja los pinceles —por vocación tal vez— pero no por sentimiento artístico.

Yo me dejo la barba que tiene medio centímetro, el pelo largo y el cuerpo flaco. Unos me toman por sonzo, otros por loco: sobre todo lo primero. Una chiquilina muy mona dice que yo soy el más feo de los juegan. ¡Dios mío! acaso sea, no digo que no, porque los otros tres o cuatro tienen la cara más sana, regular y feliz que puede verse.

A pesar de todo, se observa en este caso la eterna superioridad del que habla poco mirando más allá del circuito obligado. Dos o tres preguntas me han sido hechas sobre cuestiones que ellos no podían resolver. Nadie les dijo que yo les contestaría: lo presintieron, sin embargo.

Hasta la fecha, hemos encontrado cuatro o cinco vapores, algunos lejos, algunos cerca. Hoy se han visto las costas del Brasil a gran distancia.

Abril 5. 4 p.m.—Acabo de dejar el lápiz, impotente por completo para escribir. Hay días así, y esto me ha pasado dos o tres veces en este viaje. Es una laxitud, una repugnancia enorme; parece que lo que escribo fuera vomitado, dejándome igual impresión. Fuera en esos momentos tan difícil seguir escribiendo como comer dulces enseguida de una indigestión.

6 p.m.—Hay en mi mesa dos grandes tipos: una mujer de 45 años, fea, con un aire de afectada descompostura para disfrazar su poca educación; cuando va a servirse, adopta un aire de superioridad, frunce el ceño, se sonríe de costado, como por conmiseración, desdeñando mesa, comida, todo lo que ella ve.

La otra es una vieja como de cincuenta y cinco años, de cara colorada y ruin, muy conservada todavía —tiene el pelo blanco. Bastante gruesa, está casi hundida en la silla y en los hombros.

Está con las manos sobre el vientre, bajo la mesa, y no mira a nadie. Si levanta la vista, no alcanza nunca hasta los ojos de los demás. Visión de hipócrita, de vieja rastrera y cobarde que se sirve sin levantar el cuerpo y come como nadie. Es un tipo de Eugenio Sue.

Ayer a las 4 p.m. he visto desde proa una bandada de peces voladores. Eran muy pequeñitos, de 10 cms. y volaban bastante ligero. Son oscuros y flacos; para más detalles, esperaré que caiga uno a bordo —uno grande— pues estos chicos no se elevan a más de 1 metro.

Abril 6. 10 a.m.—Anoche bailamos otra vez, en popa, muy bien iluminados. El buque se movía más que el domingo pasado; así es que era muy dificultoso bailar, sobre todo vals. En la coqueta y polka militar se iban las piernas, había choques, empujones, cuasi caídas. No hay uno que baile bien. Los de a bordo, capitán, oficiales, médico, maquinista —saltan casi todos, sobre todo el oficial. Luego bailamos unos lanceros que tocados abajos, se oían a través de la claraboya. Fue un crimen, una derrota, un deshonor para la disciplina de un escuadrón de lanceros.

El aristón nos daba música, después el tercer oficial, Ferrari y yo —aquel con mandolino y nosotros con guitarra—. Si pudiera tener la guitarra todos los días me distraería.

A las once —cuando concluyó el baile, fui a popa, y vi fosforescencias, verdaderas fosforescencias en el agua. No se veían sino en el agua destrozada por la hélice, y en la línea que corre al lado del buque. Yo me había hecho la ilusión de una ola, una verdadera ola de fuego. No es más que una porción de luciérnagas, de brillo empañado por el agua, caídas, muertas (sobre) las palas enloquecidas de la hélice. Es perfecta la ilusión. En fin, después —mañana cuando crucemos la línea— veremos.

5 p.m.—Hoy a mediodía estábamos justo a la altura de Bahía. Hacemos 270 a 290 millas por día.

Hay una chica a bordo muy mona y diabla y gordita: acaso doce años. Por ciertos arranques, exageraciones hiperestésicas la había calificado de neurópata corrida. Hoy me contó que tenía en su casa una gata blanca y suave a la cual no podía acariciar nunca, porque le daban incontenibles deseos de morderla, despedazarla.

En la mesa: —5:35 p.m.—Almorzamos a las diez y media y cenamos a las 5 p.m.

Hoy hace una semana que salimos de Montevideo... ¡Una semana! No me da la sensación de ese tiempo, sino de dos o tres días, como mucho, pero interminables, que no pasaron por mi vida, sino se deslizaron, treparon fuertemente adheridos a mi cuerpo. Tal es la idea que tengo de ese lapso de tiempo, los siete días de estos últimos años —sino los más crueles— los más repugnantes e inútiles.

El buque se mueve que es un encanto; cuesta estar en la silla.

Viene a mi cabeza, a veces, por ráfagas, la ilusión de que podría estar en el Salto, en la esquina, viendo pasar gente que conozco, de noche templada y suave, viéndola, o acaso bailando —... En esos momentos reniego formalmente de haber emprendido este viaje, el más estúpido de los que hecho, estúpido, sí, estúpido; me volveré idiota y genovés…

Abril 7. 3:30 p.m.—¡Viva el cielo! ¡Gloria a todos!. Esto dice que estoy contento.

No sé qué he comido ayer que este es el único día de cierto bienestar que he pasado. Anoche mascullé mientras dormía cosas literarias. Apenas me levanté hoy, comencé a escribir; después de comer, a escribir. En este momento dejo el papel y tomo la libreta. Estoy contento porque he sacado algo que me ha satisfecho enormemente. Es una fantasía. ¿Me gustará lo mismo de aquí a cuatro meses? Es difícil. De cualquiera manera, hoy gozo, porque veo que no he muerto, que aún —trabajándome— puede que llegue a no mala altura.

Hay días felices. ¿Qué he hecho para que hoy por tres veces me haya sentido con ganas de escribir, y no solo eso, que no es nada; sino que haya escrito? Porque este es el flaco de los desequilibrados. 1°: No desear nada; cosa mortal. 2°: desear enormemente, y, una vez que se quiere comenzar, sentirse impotente, incapaz de nada: Esto es terrible.

Nos falta la acción. Colocamos un magnífico mango a la azada, y, al primer golpe, se quiebra el hierro. O sino, en cuanto tomamos la herramienta, las fuerzas nos abandonan por completo. Si es infierno el aborto, infierno es no producir. En aquel todavía puede gritar el germen desesperado; en éste el músculo se hunde en el vacío, como un brazo que agita desesperadamente una honda que no tiene piedra.

4:31—Ayer acabé de leer "Fecundidad". Creo que es la obra más perfecta de Zola. Ha perdido mucho de sus descripciones interminables (no todas bellas), y ha ganado como expresión. ¡Qué expresiones! Aunque se esté acostumbrado al vigoroso empuje de su palabra, siempre se sorprende uno del arrebato de su verba. Se muestra en esta obra más fuerte, infinitamente más fuerte que en las demás. Hay imágenes, frases, que son insuperables. Luego la fe, lo caliente de lo que defiende, el calor entusiasta que comunica al más frío, por su gran obra de regeneración —Es un coloso.

11 p.m. Hemos jugado: he aquí lo que había que decir ligero:

"Questa è la chiave di maestro mio, fabricata da Fabro Fabrici qui staba sedendo cotoni cogliendo, qui staba sedoni cogliendo cotoni".

La equivocación es fácil.

2 p.m.—Pienso en este momento que ustedes están en el cuarto, hoy Domingo, tal vez tomando mate, tal vez conversando, fumando y comiendo pan y queso; pero de cualquier manera, ahí, en el Salto, con la tranquila seguridad de que de tarde, cuando quieran, saldrán a pasear, sin pensar en nada más de lo que quieren, y que ustedes, todos ustedes pueden verla, que la verán, y no sentirán siquiera la más leve emoción, cuando yo, que estoy a 1000 leguas, tiemblo sólo de pensar que algún día la veré…

¡Qué largo y horriblemente desquiciador es esto!. En tierra sería otra cosa, aún cuando estuviera todo el día solo. Nuevas cosas, nuevas perspectivas, nuevos horizontes, todo lo bastante para atraer la mirada y aletargar lo que vive dentro. Pero aquí, es un opio, con todo el terrible significado de la sustancia; estupidez, embrutecimiento, opio, opio horrible, opio, opio... Yo reviento de desesperado, como una bomba que contiene demasiados gases y explota en la humedad avergonzada y rebelada de ser tan poderosa e inútil. ¡Cuándo concluirá!. En esa decía yo que me extrañaba el afán con que los que retornan buscan las costas de su patria, de su ciudad. Y ahora lo comprendo. Lanzaría un rugido si viera de repente cualquier cosa de las que estoy acostumbrado a ver.

Esto por ahora; después no sé.

Abril 8. 11:30 p.m.—Acabamos de bailar. Parece que será cuestión de los jueves y domingos. Estuvo muy bueno. Era casi imposible moverse por los bordajes del vapor. En unos lanceros que bailamos se fueron de frente todos.

Abril 9—Esta noche, baile otra vez. Hemos pasado la línea a las tres p.m. Por supuesto que ayer se levantó la dichosa suscripción en beneficio de los huérfanos: Me costó 5 francos. Es también costumbre bautizar a los que pasan por primera vez el Ecuador. Le echan sencillamente un balde de agua encima. Después de almorzar se bautizaron a unas cuantas damitas con champagne. Yo no estaba. Gastáronse alrededor de 40 botellas del tal vino, las destapaban en los senos. Esta noche gran cena: 16 platos: vinos, blanco, chianti, champagne, etc.; postres, helados, una infinidad de cosas. Después, todo el puente de popa adornado de banderas. La uruguaya a la derecha de la italiana: una enorme bandera. Me causó gracia ver un tan grande pabellón del cual ya no tenía memoria.

Abril 11. 1 p.m.—Ayer hubo un fuerte chubasco a las 3 p.m. El día amaneció nublado y presagiante. De repente, sin previo aviso, avanzó la niebla por el Norte, y empezó a llover, una lluvia espesa y vertiginosa, como no he visto caer nunca. No había dos milímetros de gota a gota. Estas eran enormes y caían sin solución casi de continuidad. Pasó en media hora, aún cuando el tiempo no se compuso; sigue nebuloso aunque cálido, y dice el capitán que mañana será temporal.

Fue verdaderamente brillante el baile del 9. El puente de popa tendría 18 mts por 8 o 9; está cortado en su sección longitudinal por la cubierta del caño que conduce el vapor de agua a popa, al timón. Fuera de esto, dos claraboyas que dan al salón, y la caja del timón.

Pues bien; se habían cubierto las bordas con banderas de todas las nacionalidades: en un extremo, frente a la caja del timón, se cortó el puente con un trofeo del que he hablado. Había un ramo de 6 lamparillas y 4 velas de 50 bujías. La luz para ese relativo poco espacio resultaba deslumbradora. Subiendo por las escalerillas se encontraba uno de repente en un salón, un perfecto salón, porque las banderas tapaban y cuadraban toda visión exterior. Bancos a los costados, chaises-longues y porción de sillas y sillones. Se bailaba sólo del lado de estribor. Esa noche se movía horriblemente el mar. Era casi materialmente imposible bailar. Después de 5 minutos de vueltas y corridas, los brazos quedaban rendidos de sostener los cuerpos que se iban, se iban... Cuando no se iban las parejas irremisiblemente a las bordas, quedaban en suspensión, entre dos movimientos rápidos.

Hubo helados, cerveza, tamarindo, grosella, champagne…

En esos momentos lo paso muy bien, no acordándome absolutamente nada de nada. Bailo como un desesperado, valses, schottisch, polkas, todo lo que sea agitarme. ¿Lo hago por olvidar?... No, porque me gusta sencillamente.

Anoche soñé; y soñé toda la noche, desde las 11 p.m. a que me acosté, hasta las 8 a.m. hora a que generalmente me levanto. Soñé tanto y tan íntimo que esta mañana estaba con deseos de tirarme al agua, no para morir, sino para volver nadando al Salto.

Primero de todo, el buque se movió muchísimo a la 1 de la madrugada. Yo, dormido, aunque sugestionado por el balanceo, soñé:

Había ido una tarde, ya muy cerca de la noche, con Brígnole, Jaureche, Toucón padre, Hasda y no recuerdo quién más, a la orilla del Uruguay, al lado izquierdo del paredón. Había un resplandor inusitado por el Oeste, donde se entraba el Sol, que no era luz, ni iluminación, sino una tinta lívida y fría, amarilla y que parecía mirarnos fijamente desde el Sur Oeste, a la altura de Concordia. Todos nos miramos con espanto, y se nos erizaron los cabellos, al vernos esas caras azufradas con la expresión retorcida y dilatada, mirando ansiosamente y sin movernos el horizonte, donde iba a hundirse la tierra. Y veíamos cómo se iba hundiendo en el Oeste en aquella solfatara de claridades lívidas, poco a poco, y se iba, se iba, con nosotros que estábamos terriblemente observando el deslizamiento, mientras sentíamos la sensación de angustia y silenciosa desaparición del estómago que acompaña a las ondulaciones de mar y tierra. Era un cuadro siniestro y apocalíptico, todo oscuro, nosotros en la orilla, y sólo allá a lo lejos, aquella claridad de delirio, en que se iba hundiendo la tierra...

El otro sueño es más accidentado, varias veces cortado:

Estaba en el Salto y nos aprontábamos para un baile de la noche. Yo estaba preocupado por el frac que estaba desarreglado y quería poner en forma a toda (...11 a 12 millas hora… …L I… …voltage…) costa. Ya de tarde lo mandé a lo de López para que lo arreglaran, pero éste contestó que no tenía tiempo por estar muy atareado con diversos fracs que debía aprontar para la noche.

Había una gran fiesta, creo que un casamiento.

Preocupado por la cosa, volví a casa de noche y lo envié apurado a un cortador que he visto en casa de López: contestó que para las once y media lo tendría pronto. El baile era a las 10. Así es que estaba de mal humor. Además, de tardecita había comenzado a llover, una garúa fina de invierno, y esto me predisponía mal. Recién llegado al Salto de mi largo viaje a Europa, no quería perder nada de un acontecimiento así.

Llegué a las once y media al baile que se efectuaba en la quinta. La avenida del medio estaba profusamente iluminada, como los corredores, alfombrados y elegantes.

* * * * * * *

Apenas vestido con sobretodo y galera en mano, me encontré de repente y en la entrada de la sala con el novio, no recuerdo quien era. Le saludé y felicité, con curiosidad de conocer a la novia.

* * * * * * *

Me encuentro con ella, vestida de novia; era ella la que se casaba. Sentí una impresión de profundo desaliento, como si esa precisión hubiera estado siempre en mí. La miré, nos miramos por largo rato, y ella bien comprendió que le reprochaba en silencio sus protestas de amor, sus inquebrantables juramentos: "Imposible, imposible! Ya verás. ¡Mucho, mucho, mucho"!... No recibía tanta pena como asombro, fatalidad esperada.

Me incliné delante de ella, y como en ese momento venía gente y la madre, aproveché el momento para felicitarla calurosamente, "por el amor sincero e incontrastable, por la bienaventuranza que la deseaba, por ser fiel a quien se quiere hasta casarse con él, con el único a quien se ha querido, a ese hermoso y simpático joven que la desposaba esa noche, siempre adorado, único adorado, que llevaría a su hogar la inestimable prenda, en nuestros días, de una mujer de no ha mentido nunca amor y que no ha querido más que al que la lleva al altar"...

Algo como esto le dije, con mucho cortesía y desenfado, tranquilamente, sin emoción ninguna de mi parte, como quien no dice nada de particular. La madre sonreía y no sospechaba ni por un momento que cada palabra mía era un látigo que cruzaba a cada golpe de frase la cara de su hija.

Como la madre se retirara, ella no se animó a alejarse. Seguí hablando del amor, de lo eterno, de lo único que no puede engañar, de lo que es incapaz de ser fingido por la mujer, etc.

* * * * * * *

Hablé más tarde con la madre; y al oír mis quejas y lamentos por la novia que perdía, me dijo que en Montevideo se estaban educando otras cinco hijas de ella, y que esperando... Sentí un cierto consuelo, al fin y al cabo, me dije, son sus hermanas; bien puede que haya alguna que se la parezca y que tal vez sea más bonita... Esto me consoló.

* * * * * * *

En el boudoir me estaban vistiendo de mujer para que no me conociera cierta persona de Montevideo. A una indicación de las mujeres me puse crema limón por toda la cara: pero no tenía hábito de ello, la distribuía mal, a pelotones, de manera que mi cara iba tomando poco a poco la triste sonrisa de un clown enfermizo. No me reconocía casi en aquella expresión de profundo desaliento, como en esas caras lívidas y quietas que se han reído mucho.

Entró la persona. "Por los ojos lo conoceré", dijo. Y me miró con detención, muy de cerca, mientras yo la dejaba hacer, sin fuerzas para nada. "Es Horacio", exclamó, y se fue, y con ella todos, y quedé en la triste realidad de mi ridícula figura, de mi cara pintada, olvidado de todos...

Escribo estos dos sueños por la impresión que me causaron, y por la nitidez que tuvieron.

12 Abril. 5 p.m.—Estoy pasando un día horrible. Hoy me levanté mal. Tal vez la lectura de Safo que concluí esta mañana me ha predispuesto. El que se figure pasar en la cárcel catorce días, sin ninguna comunicación con el exterior, con compañeros estúpidos y de ocasión, ignorante por completo de lo que pasa en el mundo, algo comprenderá de esto.

Por otro lado, me parece tan imposible que algún día vuelva a ver a mis amigos y conocidos, a ella, que cuando acude de pronto esa idea a mi cabeza, doy casi un salto de felicidad. A tal punto se llega de aburrimiento e imbecilidad, que sólo a la visión de que algún día podré verlos y verla, gozo momentáneamente.

Abril 13—En la mesa. 6:10 p.m.—Viernes Santo. Será el primero que pase en condiciones tan bestias. Estamos a 3½ horas de diferencia con el Salto. Ahí serán ahora las 3:20. Excelente hora para ver lo que sea menester. A mediodía estábamos frente a Dakar y Cabo Verde. En este momento dejamos atrás a Tenerife, San Vicente, etc.

¿Qué haré mañana, Sábado de gloria, en este maldito vapor, cuando ustedes están tan tranquilos, parados en la calle Uruguay y Sarandí viendo salir la gente de la Iglesia?...

Abril 14. 12 p.m.—En este momento, en que estoy leyendo distraídamente sobre el puente de popa, comienzan a sonar las campanas de a bordo, trayéndome la ilusión momentánea de que estoy en tierra, oyendo a las iglesias que aclaman…

Abril 14. 9:35 p.m.—Están tocando en el piano unos aires españoles que ejecutaba Teresa Gozalbo.

11:20 p.m.—Las señoras —aquellas de quienes he hablado: una joven, gruesa, lindísima, con la cual tengo bastante confianza, simpática, intencionada, tremenda e infantil; otra alta, más seria, y otra rubia, fea y fuma en la mesa. La primera parece riquísima—esas tres señoras están tirando las cartas con nosotros, conmigo. Es magnífica la cosa. Se hace así:

Se separan 25 cartas, se barajan, y se arrojan a la mesa con violencia, pronunciando cierta palabra a labio cerrado. Se recogen murmurando una oración diabólica y se colocan en la mesa en cinco filas de 5 cartas. Al cortar, se da vuelta la baraja del medio y ésta anuncia la intención de lo que saldrá. Una vez colocada en la mesa, la persona que vaticina señala con ciertas combinaciones: hay traiciones, fraudes, damas rubias y trigueñas, donceles, oro, paseos, viajes, todo lo necesario.

A mí resultóme lo siguiente: Un caballero de pelo negro habla de mí con una dama de pelo negro, de cierta edad, y ambos me intrigan. Aquél festeja a una señorita que a su vez tiene celos de mí. Yo estoy en relaciones con una demimondaine. Una joven rubia piensa en mí y tiene por mi culpa disgustos en su casa. El consabido damo de pelo negro me intriga en casa de ella. Tengo apuros por dinero. No recuerdo qué más.

Me enseñaron una manera de hacer que cualquiera persona venga a mí. He aquí el modo.

Se entra a un almacén y se compra un paquete de velas de 2 o 3 reales. Al pagar, se entregan 5 o 10 cts más de lo estipulado, se arrojan dos monedas sobre la mesa diciendo in petto: "esto no lo hago por ti sino por el diablo". Se escribe en una vela el nombre de la persona en cuestión y se prende. Es imposible que al concluir el paquete no venga la persona, aunque tenga que atravesar el mar. Las damitas dicen y cuentan haberlo hecho, y creen a pies juntillas en todo ello. Me he divertido muchísimo.

Abril 15. 3½ p.m.—Han organizado un baile en proa, entre los marineros y algunos de 3.° —Bailan bien, regular, mal, con elegancia, con pechadas, de todas maneras. Toca un acordeón. Algunos, descalzos, no temen los feroces pisotones de botines de tres dedos de suela. No se caen, aunque la inclinación del piso es grande.

Esta noche bailaremos nosotros. Mañana a las 2 p.m. llegaremos a Palma en las Canarias. Pienso escribir desde ahí. Creo que no nos dejan bajar.

Abril 16—Hemos llegado a La Palma a las 4 p.m.—Anoche hubo una cena magnífica con vino y licores a discreción. Sobremesa hasta las 9 p.m. Se brindaba, se gritaba, se levantaban todos mirando al comandante, se reían, vivaban, se sentaban, se volvían a levantar, y una chacota continua, la mayor parte chispos. Dos tipos se habían colocado a los costados de la dama amiga, y estrechándose a ella, le juraban con los ojos entornados que ese era el momento más feliz de sus vidas. Ella me hacía señas y gozaba conmigo. Otro procuraba echarle champagne en el pescuezo a una chica. Los demás por el estilo.

A las 9½ fuimos a bailar al puente. La noche fría por demás me regaló a la fuerza una buena asma. Hubo hasta nueve parejas. La dama amiga me decía cuando bailaba conmigo: apréteme fuerte y bailemos ligero, así podré seguir. Se supondrán que no lo hacía mal. Quedaban con la música rendidos.

Hoy a las 12 a.m. avistamos una nube azulada por el lado del Norte. Parecía una gran montaña, pero era enorme. Y resultó ser montaña. Pasamos durante 4 horas costeando las colosales sierras de estas islas. Es algo asombroso la altura de estas cosas.

La Palma es una bonita ciudad de casas blancas edificadas en vertiente hacia el mar, muy inclinada. Queda a media legua escasa del puerto. Hay palmas admirables, todo el aspecto de una ciudad tropical. Entre ésta y el puerto se extiende un arenal magnífico tras una pequeña meseta que une el pueblo y el puerto. Todo está bien sobre el agua, ofreciendo este trazado:

La arena es ondulada y pérfida, y veo en este momento un hombre con una bolsa (parece) que cruza el mar amarillo, muy negro y pequeño sobre la policromía de su ondulada superficie.

Hay buques de todas las nacionalidades, sobre todo ingleses; de todo menos españoles. Domina el puerto un picacho de acaso 200 mts de altura, a pico casi, negruzco; desde aquí se distingue como una fina culebra anémica el trayecto de una senda zigzagueando sobre el dorso hinchado de la montaña.

El conjunto tiene un aspecto encantado de ciudad ecuatorial, tal vez índica, tal vez risueña.

No nos dejan bajar, ni siquiera cargar carbón de noche. Así es que mañana a mediodía saldremos de aquí.

Abril 17. 8 a.m. Como me propiné una buena cantidad de cocaína y opio pude pasar una buena noche. Y vuelta a bailar anoche. Yo lo hacía con sobretodo hasta la boca y gorro hasta los ojos; terminó a las 11 p.m.

Esta mañana se ve el Tenerife, al Oeste, a distancia de 15 o 20 leguas. Se distingue entre brumas, su cono enorme, casqueado de nieve. La mitad inferior está oculta por montes y serranías lejanas. Veré de tomar a mediodía una instantánea.

9:45 a.m.—Estaba distraído, y fui llamado a la borda por la atención de varios pasajeros sobre un buque que salía pasando al lado nuestro. Era de guerra, inglés. Todos querían saber el nombre. ¡Vasiliek!, dijo uno; ¡Qué recuerdos!. Instantáneamente me acordé del teatro, de una función de gala a la oficialidad, de un banquete ofrecido a los marinos en la casa del cónsul inglés… No se suponía ninguno de los oficiales que alguien los estaba devorando con los ojos, porque tenían la inmortal gloria de haber hablado con ella… Me sublevaba pensar que ellos no se acordarían de nada, como un detalle simple de sus vidas...

2 p.m.—En este momento estoy con un cigarro toscano de veinte centímetros y hablando italiano. No me faltan 1 mes más de viaje para salir del buque italianizado por completo.

5½ p.m.—Estábamos comiendo, y en una brusca bordada a estribor, se cayeron botellas, platos y vasos. Yo me siento en una punta; pues bien: se me vino encima una botella, se me cayó en los pantalones un plato, y me fui de espalda con silla y todo. Por suerte estaba la pared a cuarenta centímetros. Salimos de La Palma a las 3 p.m.

Abril 20—Estos días pasados he estado con asma, asma traidora, asma cruel. No he tenido ni un momento ganas de escribir. Esta madrugada a las 3 a.m. pasamos el estrecho de Gibraltar. Coincidió la cosa con un fuerte viento que nos sacudió seriamente. Yo me desperté —como todo el mundo, pues me creía en el aire. Y fue lo mejor que de una tremenda bordada a estribor la ventanilla—ojo de buey—se abrió y entraron al camarote unos cuantos litros de agua. Mojados botines, valijas, gorra, máquina fotográfica, etc.

En estos momentos —1½ p.m.— vamos marchando frente a la costa de España, a 10 o 15 leguas. Es accidentadísima, con montañas blancas de nieve. Parece que en el golfo de León nos prometen bailar en grande. Supónese que el Lunes 23 llegaremos a Génova. ¡Dios sea loado!.

Leí días pasados Manón Lescaut; es una obra de otras épocas, llena de aventuras intrigantes, lenguaje reventador y cosa insignificante para nosotros.

El tipo de ella no está mal pintado.

Abril 21. 8½ p.m.—Están tocando en el piano un vals que fue la única pieza que oí tocar a Sara una noche de baile de Carnaval, en su casa…

Abril 22—Por fin concluye este viaje. Es ya sabido que mañana llegamos a Génova, de las 5 p.m. o menos. Ya esto amenazaba ser fatal.

Yo creo que toda la vida he estado embarcado, que no tuve nunca amigos, ni parientes, ni novia. Nadie, absolutamente nadie —por más fuerza de imaginación que se haga es capaz de figurarse lo que es un viaje de estos. También caí yo en la soncera de suponerme grandes soles, grandes charlas, grandes temporales; atractivos aquí y allí, en cualquier detalle, en cualquier balanceo, en cualquier escuchante. Nada, absolutamente nada. Todo es un rodar continuo, sujetando en una mano una pipa de opio, y en el horizonte la misma estúpida limpieza del agua.

Una de las cosas que me prometía de bueno eran los temporales, las fosforescencias, el calor de la línea, los peces voladores, los delfines, etc. Pues bien: ni un temporal, insignificantes fosforescencias, ningún calor en la línea, dos o tres peces flacos y locos, cuatro o cinco delfines. Estos pájaros me llamaron la atención. Aparecieron a cuarenta metros de estribor. Sentí una especie de suave mugido del agua, al tiempo que miraba y veía varios formidables dorsos negros revolviendo lentamente el agua. Juegan con mucha tranquilidad, como seres poderosos, y sacan el cuerpo a medias de las ondas. Sentí muchos que nos siguieron. Estos, sí, tienen más de dos cuartas.

Y he aquí todo: un pez grande, un pez con alas y un animalito fosforescente. Se acabó. A esto se reduce lo que ha llamado mi atención en 24 días de viaje.

Por otro lado, pasó lo que ya me suponía: Por efecto del brusco cambio de temperatura (pues ahora hace frío, verdadero frío), mi asma de Otoño ha venido a visitarme. No me ha dejado aún, ni creo me abandonará hasta que esté en París —el 26 (supongo), una vez que esté instalado, que pueda abrigarme bien de noche, transpirar, quemar polvos, andar en bicicleta...

12 a.m.—Después de almorzar he subido al puente, sin sobretodo, que había usado todos estos días. Hace un tiempo magnífico, ni frío ni calor, sin viento ninguno, muy extraño en el Golfo de León que estamos atravesando. Anoche miré un instante el cielo; no conozco nada de sus constelaciones. Me parece que vamos a tener todavía algunos fríos y nevadas en París.

He aquí los resultados finales de lo que he observado a los pasajeros:

Las muchachas aquellas son unas imbéciles, todas ellas, guarangas con ciertos humos de ser gran cosa en B. A. La dama gruesa y amiga, junto con las otras dos compañeras, es una simple cocotte de alto vuelo.

El alemán, un gran sano y reventador.

Mi compañero de cuarto no vale nada. El chileno, muy poca cosa. El farmacéutico, un payaso que parece inteligente. El inglés es un gran tipo (como inglés), con el cual he hablado sobre letras. Le deshizo el "Extraño": "Mí no gusta análisis. Mí quiere sensatez, sencillez". Dice que V. Hugo es una gran espuma de jabón. Su filosofía es ésta: "Mí come bien, mí bebe bien, mí duerme bien; lo demás no sirve".

Los demás tipos son completamente insignificantes.

En cuanto al vapor, resultó ser de 2.°; no hay en éste pasajeros de 3.°.


"Tenía la palidez elegante y mórbida de las señoras desmayadas. Parecía una rosa enferma que una mano insensata hubiera abandonado sobre las teclas del piano. Era blanca y lejanamente rubia. Adorable en sí misma, pasó envuelta en la ola de miradas inquietas de los caballeros de frac.

Tenía la palidez de las caricias tardías que, (sin pensarlo) enmudecen lentamente...

"Hubo una vez la hija de una reina que se moría de pena"...

Vestía un traje lila, a grandes vuelos, que la abrazaba en una suave caricia de seda, como una silenciosa caricia de mano... Era santa. Recordaba esas tiernas delicadas que enferman por una vaguedad, por una nada…

Tenía la palidez suspensa de lo que anhela y va a pasar... Sentada al piano, su mirada visionaria fue tras los cortinados de Amberes, más allá de las (máscaras) japonistas que se reían sentenciosamente y de soslayo...: Fue más allá de todo esto, más allá todavía de la sombra (maliciosa) que daban un bouquet y un par de guantes: ...Sollozó.

Tenía la palidez de lo que no ha sido, y vive, como le es dado vivir, en el nimbo de las cabecitas convalescientes y pensativas…

Había en el aire un acorde suspenso —en los cristales; una persistente fijeza de ojos— en las camelias; un prolongado ¡ay! de dulzura —en los violines. Un ruego.

¡Sea buena! murmuraban.

Ella inclinó la cabeza: ¡Mi amor!...

Tenía la palidez visionaria de lo que hubo de ser, y espera, en unos ojos transparentes, la hora de ser soñado…"

(Abril 7. 1900)


Abril 22. 5 p.m.—Teníamos, hacía rato, un gran buque de vela por delante. Cuando estuvimos a media milla, desprendió un bote: ¿qué querían?. A bordo se hacían todas las suposiciones. Cuando paramos y se acercó el bote, dijeron: "fame"; nada más. Parece ser que hacía diez días que comían una galleta de mañana y otra de tarde. Se les dio 5 bolsas de galleta, un cordero, vino y tres o cuatro bolsas de papas.

Me han resentido unas estúpidas mujeres con sus plegarias, conmiseraciones y cotorrerías. ¡Póvera gente! ¡Cómo e horribile! ¡Io piangevo!. Me dio ganas de estrujarles el pescuezo, como a tres o cuatro imbéciles que se lamentaban.

7 p.m.—Estamos concluyendo de cenar, la última comida de este viaje. El Comandante brinda con una copa de champagne. Pocas veces he oído hablar con tanta tranquilidad, con tan fría sonrisa de seguridad y modestia. Rubio, como es, buen mozo y en el centro de la mesa, ha hecho una buena figura.

10 p.m.—Están bailando en el puente de popa, sobre mi cabeza. No he querido recaer de mi resfrío que va en vías de curación. Creo que esta noche pasaré mejor del asma. Hace un rato cruzamos frente a Tolón, la isla no recuerdo como. Tiene ésta un faro bastante poderoso y de muy corta intermitencia (4 o 5).

Por fin, mañana cerraré esta libreta de viaje. Ya era tiempo de concluir con estos 24 días, tan hostiles para mí. Y cuando pienso que luego tendré que volver!...

Y levantando la copa en el último brindis, habló estremecido, lleno de luz en los ojos y de fe en la nueva vida que ellos darían a las letras. Sí, eran ellos los señalados por el índice de la suprema forma los que abrirían el surco en que quedarían enterradas todas las restricciones, todo lo que se esconde y falta, para fertilizar el germen nítido y vigoroso de la escuela futura. Ellos tenían la percepción de lo abstracto, de lo inmaterial, de lo levemente punzante, de lo imposible, que cristaliza en roca. Sensaciones finísimas, desviadas y precisas, que fecundarían el lenguaje, porque (en ellos estaba) la fuerza de las auroras y de las noches, la fe, que preña lo que no nos es dado ver, para que las generaciones futuras tuvieran un arte tan sutil, tan fino, tan aristocrático, tan extraño, que la idea viniera a ser (como) una enfermedad de la palabra.

Era su triunfo, el de todos los que habían visto algo más que un vaho de niebla en la incorrección de un adjetivo, algo más que una tensión vibratoria, en el salto audaz de ciertas comparaciones. Otra vida para las letras porque los hombres eran otros. El clasicismo había representado; el romanticismo había expresado; Ellos definían; nada más. Precisar los estados intermediarios en que un simple latido, bajo cierto equilibrio de palabras, puede dar la sensación de una angustia suprema; en que las más ingenuas desviaciones de la frase, aún los rubores más desapercibidos, responden, al ser auscultados, a un acceso de sorda fiebre, de delirio restringido al tórax; en que el estilo piensa y medita, percutiendo, a golpes de adjetivo, la media luz de nuestras visiones, precisar todo eso, repetía, es nuestro triunfo.

(Abril 23 — 1900)

Abril 23—Toda la mañana hemos pasado frente a la costa de Francia e Italia. Es escarpadísima, algunos picos con nieve, las laderas cubiertas de olivares, y llenos de pueblos, aldeas, chalets. Sorprende la construcción de las casas, todas de media agua, dando la justa idea de un paisaje suizo. Es admirable. A las 12 a.m. llegamos a Génova. Muy accidentado el terreno. Las casas, muy altas, (de 8 a 9 pisos), todas de media agua. Parecen esas casitas de madera con que juegan los chiquilines. El puerto es bueno, pero muerto. Menos movimiento que el de Montevideo. La ciudad, rodeada de montañas, está a su vez edificada en las laderas de estas.

Génova, 5:45 p.m.—Comiendo en un restaurant de la Via Balbi: Parece mentira, ¿no es verdad? Y sin embargo es así. Lo primero que me sorprendió, es que en la Aduana, a pesar de su tradicional severidad, no me abrieron el baúl, contentándose con mirar por encima la balija, y ponerle sello de franquía, como a la máquina fotográfica que ni se les ocurrió abrir.

Pasa conmigo esta singularidad, que ya sea por tener cara de honrado, ya por ponerla en esos casos, siempre inspiro confianza en las aduanas. Fui con mis bagajes y un fachino a la estación; donde los hice dejar, pues me informaron que el tren expreso para París salía a las 6:58 p.m. y sólo costaba 78 francos. Fui con mi fachino —que habla italiano, genovés, francés e inglés y es un sabio— a alquilar bicicletas. Hicimos tren en el Parco Bisagno, subimos el corso de circumvalación del mar, fuimos al Parco dell’Acqua Sola —gran cosa para máquina— y fuimos a dejar las bicicletas a 2 francos la hora. Enseguida a comer.

Génova es una muy linda ciudad comercial, con algunos desahogos de gran elegancia. Está construida bien sobre el mar, a lo largo. Las calles son angostas, empedradas a gran adoquín; muy angostas. Como cosas curiosas tiene: sube al tren una persona de sombrero de copa, largo levitón a la prusiana, guantes blancos de hilo y un bastón de borla debajo el brazo. ¿Es un senador o un prefecto de policía? No señor: es un guarda municipal; Algunos carruajes llevan plumeros de negro en la testa de los caballos; una infinidad de militares por la calle; una fortificación a derroche, en las cinco montañas que miran al mar, en los paseos, en los parques, en todos lados. Por otro lado, hoy hace calor y me va bien.

Hay, sobre el mar, sobre una terraza a pico, un magnífico palacio casi japonés, casi suizo, que es una monada. Le rodea un jardín ecuatorial y prolijo, mientras caen sobre el muro que da al mar, en grata profusión, glicinas a grandes ramos, yedras desgajadas, formando el lila sobre el verde oscuro, a manchones, un efecto de mucha languidez y poesía.

No me despedí de ninguno de mis compañeros de viaje. Lo que me disgusta en esta ciudad, es pensar que todo el mundo, hasta algunas lindas chicas que he visto, hablan genovés…

En ferrocarril de Génova a París, 9 p.m. A las 7:05 p.m. salí de Génova. La estación es cómoda, con mucho movimiento. Hay bastante desorden sin embargo, pues si uno no se preocupa de consignar cuál es el tren que le corresponde (hay 8 o 10 en la estación), no se lo dicen. Ya puede tomar otro.

Me han tocado 7 compañeros en un pequeño compartimento del vagón. Vamos muy incómodos. Por suerte recién se bajaron dos —un matrimonio— en la estación de Novi. Ninguno de los compañeros habla italiano: una familia inglesa pura —padre, hijo, hija—; un sacerdote francés; un matrimonio francés —inglés, y un italiano— francés, inglés.

Abril 24. 2½ a.m.—Estoy escribiendo y esperando el tren para París en Modena, estación de la frontera. Me pasó igual cosa que en Génova con la m. f.; ni siquiera la miraron. El equipaje lo revisarán en París. Hace un frío de todos los diablos. He tenido que dormir a trechos, incómodo, sentado, apretado, que es mal dormir. Fueran muy cómodos estos carruajes de 2° si no hubieran más de 4 personas en cada compartimento; de otra manera, deshacen de noche. Veremos como pasaré la noche. Por otro lado, estoy bastante desanimado de este viaje, todas caras desconocidas, sin admirar gran cosa porque estoy solo, sin comunicar a nadie mis impresiones. Con el idioma me entiendo bastante bien, aunque a veces suelto una expresión en pleno castellano por la dificultad de hallar la equivalente en francés.

Pasé el resto de la noche durmiendo a ratos y como podía, desde Modena hasta que me desperté a las 6 a.m. un paisaje admirable en los alpes de Saboya. Pasábamos junto a la falda de montañas nevadas, algunas completamente, otras apenas. Estos grandes tipos de franceses, no contentos con destrozar todo el llano con sembrados —trepan a gatas a las montañas a echar un poco de trigo, expuestos a romperse la nuca.

El trayecto hasta París, lindísimo: es sorprendente lo que hace esta gente con sus sembrados tan regulares, los rectangulados, tan variados en color. La campiña entera parece una alfombra a cuadros de color.

En Turín cambiamos de tren —a las 11:30 p.m.; en Modena, otro, —a las 2½ a.m.; otro en Macon, a las no recuerdo cuanto. Se almuerza en Dijon, a las 11½ a.m. y hay 25 minutos de espera. El almuerzo (un fiambre, bife con purée y pollo asado) cuesta 3 francos. No es caro. Traía desde Macon por compañeros de viaje a dos ingleses y un francés; era justo que no cambiáramos una palabra. Los ferrocarriles están mucho mejor atendidos aquí que en Italia. Un enorme movimiento de trenes: pasan una línea cada 8 minutos. Es verdaderamente matador el aspecto de estas ciudades donde nieva, con sus techos de media…

…de Salto o Montevideo: 12$.

…de Montevideo a Génova y vuelta: 160$.

…de Génova a París: 78 frs. con 15 cts; equipaje 24.80. Total: 102.95 frs.

Velocidad ferrocarril expreso Turín — Modena: 1.000 mts: 57"

Macon — París.

1.000 mts: 63", 25" 2/5, 51", 67", 57", 42", 42", 48".

Pasaje tres rieles en 1/"

* * * * * * *

…agua, sin arquitectura ninguna, en un aspecto de miseria y desolación. Para nosotros, acostumbrados al coronamiento de nuestras casas, es muy desagradable la impresión. Todas las ciudades del trayecto, apeñuscadas, encimadas, altas y oscuras.

A veces me costaba bastante hacerme entender, como en ocasiones no entendía jota de lo que me decían, con su acento gutural y nasal, fuera de la rapidez con que hablan.

¡Qué carreteras, santo Díos! Son blancas, blanco crema, y angostas, de tal modo que difícilmente dan paso a dos carros. Pero, en cambio, una tersura y una corrección que me hará sin duda alguna comprar una máquina para correrlas.

Estoy escribiendo en París, a las 9:45 p.m., en un café de una calle atravesada, tomando café. Voy a dormir.


“Tenía la morbidez elegante y pálida de las señoras desmayadas. Ostentaba sobre el puente, sobre la borda, sobre el ultramarino acerado de las últimas lontananzas, su figura incomprendida y fatal.”



/ - papel sellado (hombre) - / - / / - cama (mujer) - / - / as de copa - (oro) - basto - espada (casa) - / - (gusto) - traición 2 mesa - mucho dinero - regalos - camino de día 3 hablar - poco " - / - " " noche 4 - / - / - / 5 - / - / - / 6 - / - / - / 7 alegría, - ausente - / - / +mujer galante mujer X me - / - / - / / - / - requiere - alcahueta vieja mujer de la mujer - / - / - huchada. camino mala lengua trigueño fizgadoque pensamos - = - = - huchada. camino mala lengua trigueño fizgadorubio - X - / - huchada. camino mala lengua trigueño fizgado


E. Forteza —Billinghurst 1720.

—Un llanto efusivamente (amargo).

Larroque —Misiones 174.

—Corrección de estuche azul.

Fernández Saldaña —Rincón 51.

Brígnole —25 de Mayo 87.

Morel —Sierra 217—.

Flores. 18 de Julio 72. 

Edouard Pierre.

Rue Bergère 36.

París.

J. M. Flores —Montevideo Marzo 24. 1900.

La gente de París al verme mover el cuero cabelludo dirá que soy un poeta desterrado del Polo.


"Tenía la palidez mórbida y elegante de las señoras desmayadas— …el verde claro de las esperanzas y el verde profundo de las desesperaciones"


Arturo Sturla —Génova.

Segunda Libreta


París, Abril 25 — 1900 

Llegué anoche a las 7:20 p.m., en punto. Dejé mi equipaje en depósito (tampoco me revisaron nada), y tomé un carruaje, los cocheros de los de alquiler llevan librea. Fui a Casa de Villan et fils, Calle de l’Entrêpot, 13. No estaba, y pregunté por Escalante, para quien traía una tarjeta. Como no salían, fuimos con el portero a inquirir por cafés, hoteles y casas de hospedajes sospechosas donde viviría: Dimos con la casa; no estaba. Pedí un cuarto para dormir y marché a la calle, con cierta hambre, pues eran las 9 p.m. y no había comido nada. Compré un pan por diez céntimos y entré a un café a tomar un ídem: 20 cts. ¡Qué cena magnífica. Volví a dormir a las 10 p.m., y ahora acabo —8 a.m.— de hablar con Escalante. Parece muy buen muchacho. Le expuse mis intenciones de vivir con $ 50. Le pareció difícil la cosa, pero, buscando, se encuentra. Saldremos enseguida.

París es una buena cosa, algo así como una sucesión de avenidas de Mayo populosísimas, llenas de luz, de gente corriendo, de gente hablando en la calle, de turcos, de bicicletas y de deslumbramiento.

La casa donde he dormido cuesta 5 francos diarios: Se supone que es mucho para mí, aunque en general no es caro, dados la bondad de la pieza y el pedido de cuartos.

La exposición no está ni medio concluida, según me han dicho. Pagaré un franco de entrada.

He llegado a París con $ 88.00, es decir con 440 francos.

En la Exposición: —Un bronce apocalíptico: Mercurio en un caballo palmeado y deforme destrozando una semi fauno, semi sirena. Atrás un Moisés levantando una concha. Debajo un estrangulando un pulpo. Al costado, un tiburón luchando con una cigüeña. El viejo, a su vez, hunde una sirena.

Un bronce de dos distintas agua —La marina de es Robert Diez (fecit) —Pabellones notables: Suecia, en primer término; Hungría, Alemania, Noruega.

Abril 26. A las 12:20, en un restaurant del Boulevard Saint-Michel. Esta mañana mudé de habitación, pues la que tenía era muy cara: 150 frs al mes. Ahora tengo una —Hôtel de la Place de l’Odéon, 6— mejor que la otra, por 80; y desde el 1° tendré otra, en el mismo hotel, por 50. No es caro; todo lo contrario, demasiado barato. En esa casa pararon Britos Foresti, Velazco, Larralde y muchos otros uruguayos. A este último debo de verlo uno de estos días: Está en Berlín. Me queda por ahora la cuestión comida cosa difícil en París, no porque no haya donde déjeuner y diner por 2 frs al día, o por 60 francos al mes, sino que uno no conoce nada, pues estoy seguro que a los de estar aquí, me podré dar vuelta con facilidad. Por lo pronto, tengo 250 frs de renta mensual, a repartirse de esta manera: cuarto 50 frs; arreglo del mismo, 5 id; lavado y planchado, 10 id (debía de ser más, pero no pienso andar más de camiseta en bicicleta, y de este modo quedan eliminados los cuellos, puños, etc. Después: 100 frs que pienso dedicar por mes a comer; tal vez 10 francos de algunos cafés con leche de mañana. El todo suma 175; quedan 75 frs que gastaré tranquilamente en cigarros y otras sonceritas. No es mucho que digamos 17 pesos por mes en París; pero, ahorrando de cuando en cuando algunos días, pienso no faltar a carreras.

Anoche cené con Escalante en un restaurant de Boulevard des Italiens, y me presentó dos amigos uruguayos con los cuales cenamos. No me parecía estar en París, en una charla corrida de castellano. Escalante me ha servido muchísimo; y sin él, me hubiera dado un trabajo enorme arreglarme.

De tardecita y de noche vamos al a los bulevares (des Montmartre, des Italiens, des Capucines, de la Madeleine, todos seguidos y en conjunto 12 o 15 cuadras). Fui ayer a ver bicicletas en la Avenue de la Grand’ Armée. Hay máquinas desde 20 francos hasta 450. He visto una Rudge de 11 ½ kilos, manubrio y trasmisión a voluntad, por 195 frs. Es muy posible que la compre mañana o pasado.

El Domingo hay carreras en el Parc des Princes. Corren Walter, Bouhours, Taylor (campeón de la hora) y otros titanes: 100 Kilómetros. Hace 4 o 5 días un corredor —no recuerdo como se llama— dió 10 Kms. en 9’ y 30" o 40". Cosa asombrosa.

Hace un día magnífico y frío, muy frío. Voy bien del pecho. En este momento me traen la cuenta. El dueño de mi hotel me había enseñado los restaurants de este boulevard por muy baratos: 1,25 a 2 frs. Me cuesta la cosa 3.85. Cosas así pasan a menudo.

En el Louvre —Cuadros— Delaroche: La joven mártir —Girodet Trioson?— Prudhon —Parece que un pintor uruguayo se ha inspirado en un cuadro de Pedro de Guérin: Le Retour de Marcus Sextus.

Mañana continuaré. El Louvre es inmenso. Se necesita un mes para verlo completamente. Magnífica la sección de marina. Porción de pintores reproduciendo. Mucha dulzura en la línea y tono de los pintores célebres.

En París no se silba. En tres días no he encontrado uno. Hay una enorme abundancia de sombreros de copa; desde atorrantes hasta personajes. No se puede conocer los niveles aquí. Turbantes, españoles de capa y gacho, pantalones anchos, medianos y angostos; botines sin elegancia en la gran mayoría; peinados de todas formas. Las cocottes muy lindas en general, y con cierta nonchalance despreocupada que encanta. En este momento (en el sofá del hotel donde escribo) entran tres chinos de trenza, babuchas y togas de raso celeste. Viven aquí. En los boulevares se expone, literalmente hablando, la vida cada vez que se cruzan. La iluminación de estos podía ser mejor. Creo que me romperé muy tranquilamente la cabeza en los primeros días que marche en bicicleta. Con 100 pesos se puede uno dar la gran vida, aún en tiempo de exposición.

He visto muchos particulares con luto en el brazo.

Muy curioso en el Boulevard des Italiens la casa de Alimentación —gestación universal. Hay chicos de seis meses. Todos en recipientes de cristal, a una fija temperatura, muy bien envueltos en ropa.

Notable la estación del ferrocarril subterráneo. Este atraviesa todo París, y va a los pueblos de los alrededores: 15 a 50 céntimos.

29 Abril. A las 1:25 p.m.—En el Bois de Boulogne —Hace un día espléndido, un día de América, sin viento, sin frío, casi calor, con un Sol radiante y limpio. ¡Qué grande es París entonces, sin brumas y oscuridades, abierto a los cuatro vientos del bienestar y la gloria.

Abril 29. A las 1½—para ir al Velódromo de Parc des Princes. Se corren 100 Ktros, entrando Taylor (ex-campeón de la hora: 58.980); Baugé (campeón de la hora desde hace 8 días: 59.4...); Bouhours (campeón reciente de no sé qué); Walters (otro temible del medio fondo), y otros más que no recuerdo. La cosa será terrible, pues se piensan batir todos los records a partir de 5 Km. Y con el tiempo que tenemos, será cosa de no perder. Las entradas de 1.° cuestan 3 frs; de 2.°, 2; de 3.°, 1.

Ayer de tarde recorrí medio bosque de Bolonia. Esto, que parecerá poco, es una enormidad, pues el tal parque es inmenso. No se trata de un cuadrado, así,

cortado acaso por dos o tres avenidas; es una especie de cuadrilongo, cuyo trazado de calles, sendas y grandes avenidas,
sería éste

Tal es la multiplicación y enredo de las avenidas. Son de macadam, pero maravilloso en sus tres cuartas partes, salvo algunos trayectos, que si bien excelentes para carruajes o cualquier vehículo, la bicicleta siente no pequeñas sacudidas. En París se suele ser muy exigente con respecto a los caminos.

Por lo demás, el bosque es algo monótono, sin ser ni mucho menos como se le ha ponderado. Una monótona uniformidad de árboles altos y delgados, con no muchas variantes, imitando en muy pocas partes un trabajo de la naturaleza.

2:20 p.m.—Estoy hace media hora en el Velódromo. En este momento toca una marcha la banda de música. Estoy medio loco. ¡Qué recuerdo!. Y luego los titanes que voy a ver, me ponen excitadísimo. La pista tiene 666.66. y está tan bien trazada, que parece tuviera la mitad. Hay entradas de 1.°, 2.°, y 3.°. Estoy en 1.°— Habrá en este momento unas 6 u 8000 personas de todas clases. Les llama la atención mi camiseta con C. C. S. ¡En París!

Hace rato probaron unos triciclos a petróleo para entrenar. Colosales velocidades. Van a correr los de a pié.

4 vuelta de Taylor 41" ⅖.
10"" Walters 39".
37" 4/5 Walters y Taylor.
10 K: 9’ 33" 2/5 (batido el anterior) Taylor.
20 K: 19’ 6" 1/5 (batido el anterior) Taylor.
30 K: 28’ 43".
62 vuelta 36" 2/5 (Taylor).
40 K — 38’ 19" 3/5 (batido el anterior) Taylor.

En este momento van: 1.º Taylor; 2.º Walters (acaba de descomponérsele el triciclo); 3.º Baugé; 4.º Bouhours.

50 K: 48’ 4" ⅘ (batido el anterior) Taylor.

A los 55 K a Baugé se le revienta el neumático y cambia de máquina —Taylor cambia de entrenador por una bicicleta eléctrica y pierde mucho terreno.

60 K: 57’ 47" ⅘ (Taylor) (batido el anterior).
62 K 313 mts Una hora — Taylor (antes de lo anterior).
A Taylor se le revienta el neumático y toma otra máquina.
80 K — 1h 19’ 21" ⅖ — Taylor.
Acaba de retirarse Taylor. Parece fatigado. Ha llevado un tren terrible.
90 K — 1h 29’ 33" ⅖ — Bouhours.
100 K: 1h 39’ 13" ⅗ — Bouhours.

Llevan, como se ve, un tren horrible, más de doce leguas por hora. Todo lo que diga es poco. Desarrollos enormes: 8, 9, 10 mts —Si se llegan a despegar del entrenador, pierden un gran terreno y no se juntan hasta la vuelta siguiente. Aquí se comprende lo que es eso de ir entrenado. Usan máquinas usadas, casi viejas; no muy encorvados, salvo en algunos embalajes en que se parten en dos. Cuesta un triunfo hacer mover esas máquinas. Ellos mismos, se sacuden de un lado a otro como patos gotosos. Taylor, el tigre, es flaco, esbeltísimo. Bouhours, delgado también; Baugé, más flaco aún; Walters (inglés), fornido. Los otros no son nada al lado de los anteriores. Hay dos de acaso 16 a 17 años. Taylor tiene 21. Es ligeramente moreno, algo narigón, de cara muy infantil y simpática.

Abril 30. 2½ p.m.—En Notre-Dame. La misma impresión general que el Pantheon, La Madaleine, y de todos los monumentos de París, muy pobre, debido al color oscuro, sucio y manchado de todas las paredes. El interior, gótico puro: 5 naves. He visto la gran campana Sebastopol. Toca solamente en los grandes días. La campana voltea sobre el badajo: 18000 K. aquella. El guarda —no Cuasimodo— la tocó con el mango de un martillo, apenas, y ha sonado por dos minutos.

Estoy en la cúspide de Nôtre-Dame, después de subir 345 escalones en caracol. Lo primero que me ha llamado la atención han sido los canalones para el agua —en forma de pescuezo de bicho raro, rectos y avanzando a la calle, y el plomo que corona toda la cúspide de las torres. Plomo por todas partes. Me he fijado si faltan los pedazos que Cuasimodo fundió y vertió sobre la banda de asaltantes.

En el Louvre —Le Pied-Bot de Ribera. Magnífico, saltando del cuadro. Con la originalidad de que un rubio de veinte y cinco a treinta años que le reproducía, hacía una obra mejor que la del original.

Fruits et instruments de musicien de Antonio Pereda, español (1599 a 1669).

Un tapiz colgando y un almohadonado, soberbios.

Notabilísimos, como expresión, dos cuadros de Rubens (1577-1640), flamenco: Caballo atacado por leones, y Job atormentado por los demonios.

Las ilusiones perdidas de Charles Gleyre (1807-1876). —Es una caída de la tarde, pero de infinita dulzura. Una barca egipcia con músicos, romanos y mujeres en casi éxtasis. A su costado, un romano al cual se le ha caído una cítara y deja el brazo colgando. Todo esto sobre el amarillo desvanecido de la última línea del río, a lo lejos…

En el Palacio de Bellas Artes. Notables los paisagistas rusos. Muy modernistas. Un cuadro de Chueca (90) en la sección España: Una carrera de carros en Roma — un cuadro Fin de Siglo de Cabello Izarra (99): Un pobre diablo vendedor de cualquier cosa ante un cuadro modernista — prerrafaelita. Una divina sonrisa de curiosidad y asombro e incomprensión. Unas guindas y ciruelas de De la Riva-Muñoz, ya premiado anteriormente.

Pabellón de escultura. Un gigante monumento a Victor Hugo, por Barrias. Sobre un alto peñasco, el poeta semi envuelto en una capa, sentado, y en su hierática postura de costumbre, aunque la mano más baja. Por bajo de la roca, rodeándola, La Poesía, alcanzándole desesperadamente la lira; La Tragedia, como implorando perdón a lo alto; La Fama con La Leyenda de los siglos en una mano, levantándola; una virgen con una fusta de bufón inclinada sobre el vacío para golpear e indicando con el otro brazo el camino del cielo.

La cara del poeta es diferente a la que todos conocemos. Está notablemente dulcificada, con mucho del tipo de Edison y Renán. Verdad es que le representa muy joven, de acaso treinta años, sin bigote ni barba, y una fina cabellera.

En el pedestal, hay pulpos, tambores, corazas. Genial sobre manera un cuadro de Friant: una enlutada que cae desesperada sobre una loza de cementerio y dos compañeros que quieren detenerla. En el fondo y costados, señores, lápidas, etc. Boutigny, pintor militar, autor de Un brave.

Una estación de ferrocarril de Loir Luigi (1899).

Viernes 4—música militar en el Luxemburgo, de 4 a 5. Sábado 5: Inauguración del Pabellón de Estados-Unidos. Tocará la banda militar Souza, recién llegada de E. U.

La venta de cigarros es monopolio del estado. En los cafés cuestan de 10 a 20 cts más.

Las bandas militares, magníficas. Dos contrabajos. En el Luxemburgo, en un radio de cuarenta metros, está cercado el recinto. Se paga 10 cts.

Mayo 5. 9½ p.m.—En mi cuarto. A propósito de la dama de las otras noches, sentí en todo este día cierta picazón que me preocupó un poco. Esta noche —hace un rato— ¡Dios santo! Una recidiva!. ¡Y ahora que tenía máquina para salir todos los días!. Comencé con el permanganato. Veremos mañana y pasado.

Mayo 6—Me parece que esta mañana va mejor, es decir: aún no llega —a lo que parece— al período agudo, si es que lo tendré.

2½ de la tarde. Estoy en el Parc des Princes.

Veremos — A pié: una serie: 800 mts: 2', 48" más o menos.

Motociclos: 3h. 26' 30"

10 Ks: 8' 54" ⅘ = 20 K — 17' 34⅘ (Béconnais) (Béconnais)

30 Ks: 26' 20" ⅕ (Béconnais) A Béconnais se le descompone el motociclo.

40 Ks: 36' 7". — 50 K. 47' 32" (Tossier)

A Wasseur en un viraje se le salta una rueda.

Casi todas descomposturas.

1 hora: 61 K 720 — menos que las máquinas ¡qué escándalo!

1.º Osmont, 2.º Fossier; 3.º Joyeux; 4.º Béconnais.

* * * * * * *


La Venus De Milo


Entre el prodigio de lo oculto y forma

En que el Genio su nombre no esculpiera,

Sueña en mármol la augusta mutilada,

Venus de Milo.


Hiergue en la vaga media luz del Louvre

La trunca arquitectura de su tórax,

Alta a la admiración, sencilla y dulce,

¡Oh diosa griega!


Nadie pasa sin verla; nadie. 

Ni pregunta qué asombro es el que mira.

¿Quién, sin haber (querido), no ha soñado

La gloria —carne?.


¡Oh potencia sin par de líneas y flanco!

¡Oh forma inmaculada del deseo!

No caer de rodillas a tus plantas

Fuera insensato!

Todo es poco a su lado: ¡Amor y Gloria!

Todo se deja en paz, por sólo un beso

Del modelo inmortal, de esa hermosura

Que ya no existe!


¿Por qué la carne, porque es carne, muere?

¿Por qué, de esos prodigios de la curva,

No es la línea tan blanca y tan nerviosa

Que la haga mármol?


Y si lo grande, aún frío, nos exalta;

Y si la piedra, aún piedra, nos humilla,

¡Qué fuera de nosotros, ante el ruido,

¡De aquella vida! 


Mayo 7.  5 p.m. — 1900. París.

Match Taylor — Elkes Mayo 13 — 1900.

10 K: 10’ 32" ⅗ — 20 K: 21’ 6" ⅖.

30 K: 31’ 29" ⅖ — 40 K: 43’ 9" ⅗.

50 K: 54’5" ⅖.

Día casi nublado y frío; bastante viento. Elkes monta máquina sin cadena, de menos desarrollo que la de Taylor (cadena). Es un muchacho alto, flaco, muy flaco, que parece que no tiene cintura. Rubio, buen mozo, pelo negligentemente partido al medio. Tiene un estilo soberbio. Taylor es más ligero; el otro tiene un tren terrible. Hasta los 10 K van juntos; entonces pasa rápidamente Taylor. Siguen así cuatro vueltas. Pasa a uno Elkes; pero en el embalaje se despega. Cosa terrible en Elkes: tres o cuatro veces se ha despegado. Pues bien, antes de 50 metros él está otra vez tras el tándem. Los que sepan lo que es despegarse, admirarán esto.

Elkes pierde media vuelta. Tremendo clamor en las 5 mil personas que miran. Pero poco a poco recupera, hasta juntarse con Taylor. Siguen al lado. Taylor se despega: Elkes avanza vuelta y media. A Elkes se le agujerea el neumático y cambia de máquina. Taylor entretanto, consigue que sólo los separe media vuelta. Pero no puede. Al sonar la campana, Taylor se despega y abandona. Elkes gana por media vuelta.

Miércoles 16 de Mayo—Estábamos en el café Cyrano. Machado, Montealegre, Gómez Carrillo y otros más. Yo jugaba al ajedrez con un periodista español que no sé como se llama. Carrillo estaba empeñado en una jugada de ecarté. Parecía que había bebido algo; parecía, nada más.

De repente le pregunté:

—Diga, Carrillo, ¿Usted habla guaraní?

—¿Cómo?

—Si habla guaraní.

—No sé lo que es eso.

Me extrañó la cosa, pero nada dije.

—¿Y qué es eso? insistió.

—¡Pues el idioma guaraní, de América!

Al rato le pregunté a Montealegre que estaba algo distante y no había oído.

—Y usted, Montealegre, ¿habla guaraní?

En esto saltó Carrillo:

—¡Pero, hombre, dale con el guaraní! Este hombre debe de estar... y se señalaba la cabeza. ¿Usted habla inglés? me preguntó.

—No, le contesté.

—¿Y alemán?

Tampoco.

—¿Y cómo quiere usted que Montealegre hable en guaraní? Ya que los americanos son bastante ridículos, todavía recuerdan sus cosas de allá.

Me chocó un tanto la impertinencia de la respuesta. Le contesté tranquilamente:

—Le pregunté a Montealegre si hablaba guaraní, porque usted ni siquiera conocía la existencia de un idioma americano que se llama guaraní.

Yo estaba algo dispuesto a llevar las cosas al fin. Él no hizo caso o no notó el casi insulto de lo anterior.

—No, no sé, ni quiero saberlo.

Me supongo, respondí.

Y eso fue todo.

Escribo esta conversación, porque junto con la que sigue pinta algo del carácter de Carrillo.

Al largo rato —3 a.m.—, Carrillo entabló una discusión con un mozo por si se había pagado o no un servicio de café y cerveza, etc. La consumidora —una dama— se había ido hacía rato.

Carrillo decía más o menos lo siguiente:

—Claro, con esa costumbre de dejar una copa acá, otra copa allá, resulta que después no saben lo que se debe, y cobran dos veces.

—Pero no, señor Carrillo, contestaba el mozo. Esta señora no me abonó…

Como la discusión seguía, Machado (amigo de Carrillo, que estaba sentado enfrente mío y casi al lado de Carrillo, aunque en otra mesa), dijo al mozo:

—Tiene razón. Dejan los vasos y las tazas por donde quiera…

—Carrillo entonces se dirigió a Machado:

—¡Esto sí que es bueno! Y a usted, ¿quién lo mete? No es en esa mesa, señor, es en ésta, y a usted no le importa nada. (Sale hablando francés con su vocesita gangosa; que no lo sabe tampoco.) ¡Nos ha embromado Machado!

Este, que le conoce, no hizo caso y se volvió al frente. Parece que Carrillo tiene muchas de esas cosas. Dicen que cuando toma algo, es terrible. Nadie le soporta. Por mi parte, creo que no le soportaría una impertinencia de esas.

Por otro lado, creo que no le he caído en gracia.

Mayo 20—En el Gran Palacio. En la sección pastel hay cosas imposibles.

Pintura: El fin de un sueño: Luis Schryver.

Formidables los pintores ingleses, sobre toda ponderación.

Los cuadros de Juan Béraud. Uno de ellos es el descenso de la cruz. Los discípulos están envolviendo a Jesús, su madre medio desmayada, Magdalena desesperada y un discípulo, algo retirado, señala con el puño la ciudad a sus pies. Lo original es que los discípulos son obreros de este fin de siglo, las mujeres vestidas como ahora, y la ciudad, París.

El otro es aquel célebre banquete en el cual la Magdalena cayó a los pies de Jesús. Igual intención: los comensales están de frac o jacquet, en la actitud que tomaría cualquiera individuo de esta época, al oír una curiosa doctrina de fraternidad, etc. Magdalena está en traje de baile.

Un cuadro de Doré, Gustavo. No vale lo que sus dibujos. Total: me pasé 4 horas mirando cuadros. ¡Ay de los que se creen pintores en aquellas tierras! ¡Si vieran esto! Sobre todo, la enorme diversidad de estilo. Predomina, como he dicho, el género modernista. Hay cuadros cuya tela pesará medio kilo con pintura (se entiende cuadros chicos.) Los colores forman un relieve de medio centímetro.

Mayo 21—Vengo del Consulado. No viene la carta de Ambrosoni, que debía estar aquí hace 20 días. Tengo 13 francos en el bolsillo; nada más. Mañana cambiaré 10 liras en papel que traje de Génova, y si, con todo, la carta no llega, irá la bicicleta a parar a otra mano que no la mía. Y el mes de hotel vence el 26. No sé qué diré; que espere, lo único que puedo hacer. Esta parece muy buena gente. Creo no habrá gran dificultad. Pienso a veces que por una causa u otra, el dinero no vendrá. ¿Qué hacer? Ni siquiera plata para un telegrama. Es una situación no cómoda.

Y para mejor, continúan.

Verdad que todo en declinación. Mas no puedo casi andar en bicicleta, no voy a ningún lado porque no tengo cómo, solo siempre, una vida bestial que llevo hace días.

Me figuro por momentos que a Ambrosoni le ha pasado algo, está preso, enfermo, muerto, cualquiera pequeñez que le impida escribirme. O si no, que la Junta ha obligado al Sr. Alfonso al arreglo aquel, o que el Sr. Scanavino ha fruncido el seño. En cualquiera de esos casos, hombre al agua. Una situación maravillosa por delante, de la cual ni me supongo siquiera como saldré. Esperemos.


Mayo 22 — Del Natural: (con histeria)


Su cabeza acompañaba

El lento ritmo del vals.

Una cabeza divina

En cuya cara

de hermosura

Infantil y

Maligna, relampagueaban

Los vapores del champagne.


En el salón; Aproximación de la tempestad en los Alpes delfinenses: Ch. Bertier —1900— Proclamación de Podiebrad: Brozik: 1898 —Praga.

Escuadra: H. Delanelle —Amarillo— Egipto: Corniller: 1899.

Es imposible seguir apuntando por la gran cantidad de obras maestras.

Recuerdo una La Falta, de no sé qué autor, sobre natural. Modernista.

Es enorme el Salón, lo menos 20 galerías.

Mayo 24—Hoy hace un mes que llegué a París. En ese tiempo no he visto casi nada. Todos los militares (o casi todos) llevan condecoraciones.

Aunque parece que aquí no se prodigan los ascensos y los sueldos, todos —a juzgar por las medallas— son héroes o dignísimos.

Comienzan a usarse los carruajes en que los cocheros van detrás.

El record de la hora en bicicleta es superior al de automóbiles: 63 K, 333 mts de Bouhours, el Domingo pasado, 20 de Mayo.

Son aquí muy galantes; se saca el sombrero al entrar, al salir, al preguntar a los guardias civiles, etc. Lo cual no obsta para que haya gente insufrible.

Pero lo magnífico de París, son las cocottes. Elegantísimas, vestidas como nadie, lindas, todo lo bastante para divertirse con ellas. ¡Lástima de pobreza y patología!

Las mujeres suben corriendo a los tranways y ómnibus. Muestran las piernas hasta la rodilla. Cuando van en la imperial, y uno está en la vereda, suele vérseles más de lo preciso para una sub-congestión.

En la calle no se ve más que pueblo: obreros, empleados, agentes de negocios, paseantes, etc. Ni una dama —todas en carruaje—. Ni un caballero —todos a caballo y en el Bois de Boulogne.

Sobre naturales los bulevares de noche. El reclamo actual consiste en la iluminación repentina y extinción ídem de los diversos anuncios. Las intermitencias de diferentes colores producen un raro efecto en el brillo veneciano de los bulevares.

Mayo 26. 10:35 p.m.—Este es uno de los pocos momentos buenos que he tenido. Acabo de escribir, y me ha satisfecho bastante lo compuesto. Es la Medioeval. No sé en realidad como se llamará.

Mayo 28—Mañana iré a empeñar la. Creo me darán treinta o cuarenta francos. Luego revenderé el boleto por 30 francos, y así tendré sesenta, lo bastante para hacer un telegrama y comer 3 días. No tengo más que 70 céntimos en el bolsillo. Aun con todo, irá el jacquet a parar al mismo lugar. ¡Señor Ambrosoni!...

En el Luxemburgo: unos trompos de forma especial que bailan a latigazos.

Consulado Portugal: R. Berry 35.

Mayo 29. 4 p.m.—He empeñado hoy la bicicleta en el Monte-Pío: 50 francos. Se necesitan mil requisitos: pasaporte, o carta de elector, recibos varios comerciales, etc. Esto de la carta de elector es gracioso. Parece que en Francia todo el mundo quiere votar, y el que no lo hace, es indigno. Si uno responde que no vota ni votará jamás, abren tamaña boca. Lo menos que pensarán, es que no se es ciudadano.

Como yo no tenía tales papeles, me hice acompañar de mi casero. En el camino me decía: "No debía haberle pasado eso a usted, aquí en París".

Es otra de las cosas que me hacen gracia, salirse con el deber, cuando ya el hecho está consumado.

Hice el telegrama: 42.70 francos, a razón de 5,34 por palabra. El telegrama decía así: Pastora. Sierra 217, Montevideo. Giro telegráfico urgentísimo. Horacio.

Cualquiera cree que son tres palabras. No señor: 8, pues se cuenta todo. Es un modo muy lindo de embromar. Total: me quedo con cinco francos, que aumentaré a 17, pasando por 12 francos el recibo de mi máquina. Cuando reciba dinero la recuperaré. Con los 17 francos comeré hasta el lunes, suponiendo, lo que es mucho suponer, que en ese tiempo no llegue ni carta de Ambrosoni ni contestación de Mamá.

A este propósito, no sé lo que le costará a mi madre la tal respuesta. No será poco, por cierto. Pero recordando que en ello va la casi vida de mi desafortunada persona, espero me contestará.

Yo digo: Madre me escribió el veinte de Abril. Si hubiera habido algún retraso o anormalidad en los alquileres, Ambrosoni lo habría hecho saber a Mamá y ésta me lo hubiera dicho. Luego, pues, tranquilidad, que el Sábado llegará la carta, o el Sábado siguiente. ¿Y si la cuestión Junta se ha llevado a cabo?...

Esta mañana no almorcé, porque no tenía con qué. Sin embargo, tenía mucha hambre.

Y a pesar de todo, estos son los días más inspirados que he tenido. Héteme escribiendo a menudo. Y creo que no con mal resultado. En carta que escribo a Brígnole, le cuento muchas cosas que en días pasados sentí enormemente, pero hoy casi se me han ido. Me queda —y creo por toda la vida— la desconfianza de mí mismo. No porque no pueda escribir cosas que me agraden, sino porque creo que lo que me gusta no gustó a los demás, y aún más, porque los versos no tienen más valor que la música y una que otra variedad de estilo.

—Quelle différence y a-t-il entre un thème et la version?

—L'élève: L’un est l’opposé de l’autre.

—Comment cela?

—Quand je dis à ma mère: "Je t'aime", c’est bien l’opposé de l'adversion.

En el Jardín de Plantas —Miércoles 30 de Mayo— Estuve ya en él días pasados. El terreno, muy ondulado y lleno de plantas, quita mucha vista a la sección zoológica. Son notables ciertos parques de animales, con casillas, jaulas o cuevas artificiales adaptadas a cada animal. He visto un mono muy gracioso. Enojado con un compañero por no sé qué diablura que le hizo, le pegaba en los carrillos, retirándose a cada golpe y observando el efecto. Dos osos negros de Estados Unidos llevaban a cabo una hazaña increíble en esos animales. Pero lo que más me llamó la atención, es un sistema de irrigación muy productivo. En lugar de llevar la manga a todos lados, para mojar un cierto circuito, se aplica a la extremidad de aquella un molinete hidráulico en regadera, y ya está todo hecho.

Al lado Oeste del J. de P. queda el puente de Austerlitz. Lo miré con mucha atención, buscando los despoblados del año 23. Pero en tanto tiempo, no se reconocerá el lugar de la célebre persecución.

Estrofa escrita al pie de una estampa religiosa en el Quai Saint Bernard:

"O tu que sobre la tierra has sabido hacer

Penitencia amado Dios tu prójimo practicado

La virtud conservais la fé viva y la dulce

Esperanza, tu andes justar en el cielo la felicidad que a tu es debida"

* * * * * * *

1° de Junio. Llevé la bicicleta al Monte-Pío: 50 francos. Hice el telegrama: 42.75. Vendí por dos meses el boleto de la máquina, en 12 francos, y con ello he venido comiendo escasamente, a razón de 2 francos diarios. Me quedan 9: si el Lunes —a más tardar— no llega carta o contestación por telégrafo, otro desagrado. Al otro día de hacer el despacho, contestan de Montevideo: "el destinatario ha partido’’.

Fui ayer a ver al Cónsul, y le dije la urgente necesidad que había de enviar a Montevideo una orden de que llevaran el despacho nọ tal, a B. A. Billinghurst 1720 —Me contestó que vería al Ministro… —Creo no harán nada.

1° de Junio. 7:05 p.m.—Anoche, como otras veces ya ha pasado, soñé con Esther, un dulce sueño en que la veía como antes, cuando la quería mucho. Sueños como esos me causan mal efecto, porque me dejan muy melancólico, lleno de un encanto lejano. ¡Cómo la amaba, sin embargo!. Y aún creo que si la llego a ver, e instintivamente en nuestras miradas conocemos que los dos queremos volver al pasado, será la cosa más natural que vuelva a adorarla como nunca lo ha sido, a pesar de las perturbaciones que han sufrido mis puntos de mira afectivos. Porque yo estoy convencido de que —en mí— el amor es solo uno, prolongado a través de los olvidos y de las fisionomías. Después de querer a la que quiero, querré a cien más, como si vuelvo a ver a las que he querido, las vuelvo a amar de nuevo.

Junio 2. 4:45 p.m.—Estuve a las dos p.m. en el Consulado. Parece que Ciganda había perdido el telegrama y nueva dirección. Mientras se buscaban, me dijo que Castromán le había dicho que lo único posible de hacer era que yo enviara otro telegrama. Como respondiera que me era imposible y, por tanto, inútil buscar el despacho, me pidió la dirección: "yo lo haré", me dijo. Le agradezco —le contesté— pero no vale la pena. Entonces comenzó a decir infinidad de groserías, a las cuales contesté reposadamente. Me despedí, acto continuo, y aquí estoy, sin carta de Ambrosoni, sin nada. Me queda la esperanza —muy vaga— de que César escriba enseguida a mamá diciéndole que hay un telegrama para ella, que Mamá conteste pidiéndolo, y se entere de la cosa.

Junio 2. 9 p.m.— ¡Qué angustia tan grande! Hay momentos en que casi lloro. ¡Y en París, pasarme eso, sin tener una sola persona a quien dirigirme! Cada día que pasa, en lugar de tener más esperanzas, es más oscuro. Ya no creo que venga la carta. No espero nada. Y, después, esa suerte fatal que me hace inutilizar un telegrama, 43 francos con los que hubiera podido esperar 22 días!. Tendré forzosamente que hacer otro. Más ¿con qué? Entre el jacquet, máquina fotográfica y anteojos, supongo que escasamente me darán 50 francos. Si estuviera seguro de que Mamá me enviaría enseguida el dinero, todavía habría esperanza. Pero hasta de eso temo, aún cuando Mamá se supondrá que es cuestión de casi vida o muerte, o poco menos.

¡Oh madre, si supieras lo que estoy pasando! ¡Y si por capricho o imposibilidad llegaras a desdeñar lo pedido! Daría dos años de mi vida por que estas palabras, estas angustias llegaran hasta allá. Si salgo de este atolladero, y algún día, ahí en mi tierra, vuelvo a leer estas líneas, creo que aún conservaré la depresión de estos momentos. Ni un amigo que me pudiera ayudar, nada!

¿Con qué viviré ¡Dios Santo! cuando se me concluyan los últimos francos?

¿Quién se iba a suponer que la carta no llegara, y, después, el telegrama —suprema esperanza— quedara sin objeto? Y, luego, la poca, ninguna previsión de César. ¿Qué le costaba abrir el telegrama y mandarlo a mamá?. A esta hora yo estaría tranquilo, seguro de que iba a comer por un tiempo, a comer. Esta palabra, tan sencilla y risueña cuando es sólo un detalle, es terrible cuando se torna único pensamiento, única acción. ¡Pensar todo el día, a todas horas, sufriendo constantemente: ¿por qué? ¿Por amor, neurastenía? No, porque nos va a faltar qué comer.

No es vida la que estoy pasando hace 5 días, ni la que pasaré por 10 días más. Si es que esto se resuelve de alguna manera, pues no veo cómo. ¡Ah! ¡si algún día llego a leer este escrito en esa! ¡Con qué felicidad lo haré, aún después de estar seguro de mi vida! Y una de las cosas que más me deshacen, es estar en este hotel, debiendo el mes corrido y el que va pasando. No me dicen nada; pero, ya sea falta de costumbre, ya vergüenza congenital, sufro enormemente porque veo que a los dueños les disgusta esta situación. ¡No tener mil francos para tirárselos por la cara!

Pero lo supremo es: ¿y si Mamá no contesta?. Yo quisiera decirle en el telegrama: "Me muero de hambre. Mándeme enseguida dinero". Sí, esto le diría para enternecerla, y hacerle ver que no es broma el telegrama. Pero no puedo, porque no me alcanza el dinero. Y por eso, por la falta de precisión en el texto, tal vez se haga la desentendida, ignorando que lloro casi al hacer el telegrama.

Junio 3. 11 a.m.—Acabo de levantarme. Hasta ahora he conseguido dormir bien. Me despierto varias veces a la noche, y, sueñe lo que sueñe, enseguida se me aparece la situación esta.

¡Ah, amigo Brígnole! ¡Depresiones nerviosas y musculares que nos hacen buscar con ansia la recta incomprendida de nuestro Destino! ¡Qué poco es todo eso, cuando lo que se examina no es el porvenir, sino el momento, cuando se cambiara la Gloria por la seguridad de comer tres días seguidos! Esto es lo que me pasa, porque entre todo lo que tengo —empeñándolo— apenas tendré con que vivir 20 días, y, en ese intervalo, no espero nada, ni carta, ni telegrama, ni nada. Es tal la seguridad que tengo de que en mis asuntos ha pasado algo, que eso hace más angustioso el nudo que constantemente tengo en la garganta.

¡Tantos —ustedes mismos— dirán, pensando en mí: "Felíz de él que se divierte". Yo entre tanto digo: ¡Madre, no tengo qué comer!.

¡Pobre madre! A veces me alegro de que ella no sepa lo que paso. Pero, no hay duda, llegará un momento en que tendré hambre y no podré comprar un pan. Esto llegará. ¿A quien pedir? —Aranguren, no quiero. Fleurquin, tampoco. Sienra, tampoco. Me queda sólo Escalante, a quien iré a ver cuando ya no pueda más. Y aún este mismo, creo que piensa volver a principios de Junio. ¡Oh brillante porvenir de literatura, perdido porque faltó un día qué comer!

Bajaré a almorzar, e iré luego —creo— al Jardín de Plantas. Allí me distraigo un poco, aunque me hace un poco de mal ver la tranquila vida de esos animales a quienes nunca falta la ración.

Como hoy es Domingo, las campanas están tocando. Como el pito de los vapores, tienen algo de humano, de voz desmesurada. ¡Cómo me recuerdan otros momentos!—

Lunes. Junio 4—Aún tenía una débil esperanza de que hoy llegara la carta. Tampoco vino. Hasta el Sábado ahora. Por más de que en el interior, esté casi convencido de que no vendrá, voy siempre al Consulado, impulsado por la fe inconsciente que aún los individuos más azotados por la fatalidad, tienen en su pobre estrella. Así me pasa a mí. La estadía en París ha sido una sucesión de desastres inesperados, una implacable restricción de todo lo que se va a coger.

He escrito a Mamá, y como siempre que acabo de dejar la pluma, me siento más aliviado. Contar lo que se sufre, es una manera de desahogarse; y muchos individuos atormentados por el mutismo y el interno sufrimiento, mueren y enferman y adelgazan por auto-intoxicación.

Le cuento en esa carta lo que paso, y creo me oirá.

Dejaré París. Es demasiado pensar y destrozarse el cerebro, sin la compensación de los sentidos. Cuando los objetos —amor, hermosura o frío— son los causantes del tormento, se establece una especie de compensación; pero cuando uno se deprime y el cerebro se pone doloroso, sin que la vista o el tacto palpen una causa cualquiera de martirio, es demasiada pena.

Hace un día espléndido y caluroso. Me recuerda las santas cabalgatas que hacíamos en Palma Sola, y una especie de sollozo me ilumina la mirada.

¡Oh visión lejana de lo que se quiere y se presiente no se ha de ver más! ¡Nostalgia adorada! Algo así deben de sentir los pequeños astros que se han desprendido de una cariñosa fuente de calor, y van girando, girando en el enorme espacio, sin encontrar jamás el planeta-madre.

8½ p.m.—Me voy a acostar. ¿Qué hacer? Como todo el día camino, estoy cansado. Pero no con sueño. Recién es de noche. ¡Acostarme a las 8½, en París, en la Exposición! ¡Se necesita la poca suerte mía para que eso pase!

Le dije a Fleurquin si quería acompañarme mañana al Monte-Pío. Me dijo que no podía, etc. Casi evasivas. Bien comprende él la situación en que me hallo. Mañana le diré al dueño que lo haga. Esta es una de las cosas que me hace sufrir más. ¿Qué dirá?

¿Y si no quiere?. Empiezo a creer firmemente que moriré de hambre. ¿Cómo trabajar aquí? De todos modos, mañana de noche iré a ver a Gómez Carrillo. Puede ser que en lo de Garnier me ocuparan, aunque fuera corrigiendo pruebas. Pero no lo espero, ni comprendo, ni sospecho como podré vivir. Es algo terrible.

Martes 5—Heme levantado a las 9 a.m. No puedo dormir más, aunque bien quisiera poder hacerlo hasta la noche. Es un suplicio enorme pasar el día, del que solo puede dar cuenta este detalle: estar a cada momento con el reloj en la mano, no esperando una cita, sino agonizando lentamente porque las horas no pasan. Y en estos días tan largos (ceno a las 8), ¿qué hago durante estas 11 horas?

Anoche, como dije, me acosté a las 8 ½: me dormí recién a las 10 ½.

Luego, me obsedía horriblemente la idea de que el dueño del hotel se va a rehusar a acompañarme al Monte Pío. Si este presentimiento se realiza, ignoro que haré.

12¼ a.m.—Cuando esta mañana bajaba, me dijo el Cuñado que fuera al hotel a las 12½, porque Fleurquin tenía que hablarme. ¿Qué me querrá? Acabo de comer un pedazo de carne (por 3 céntimos no dan mucho) y restos de queso. Dentro de un momento iré.

Tres cosas: o me quiere acompañar al Monte-Pío; o me quiere prestar dinero, o el dueño del hotel le ha dicho que no quiere tenerme más.

Presiento lo segundo. Aún lo tercero, pero sería demasiado terrible.

—4 p.m.—En efecto fue lo segundo.

Vino al hotel a la 1:10 p.m.

—¿Qué tal?

—Bien.

—¿No arregló nada?

—Nada.

—¿Qué va a ser entonces?

—¡No sé! Morirme de hambre.

—Bueno —dijo— y agregó al poco rato: Entre unos cuantos amigos le daremos para que coma unos cuantos días. Usted lo que debía hacer era irse enseguida.

—Pero ¿cómo?

—Yo iré a ver al Cónsul y le sacaré pasaje para Marsella. ¿usted tiene el de retorno en vapor, no?

—Sí; pero ¿cómo pago el hotel?

—Le deja dicho a Ciganda que cuando llegue el dinero entregue aquí lo que debe y le envíe el resto.

No me agradaba la cosa.

—No —le contesté—. Es imposible. Esperaré a que llegue la carta, y entonces me iré. Por otro lado, le agradezco su ofrecimiento. Me cuesta algo; pero tengo que comer.

—Claro —dijo—; todos los días le podríamos dar cada uno dos francos. Yo creo que alcanza para comer. Lo hacemos como con un compañero que está en desgracia…

Le agradecí de nuevo. Me dió dos francos. Sentí que me ponía colorado, y con ganas de tirar a la calle la moneda. ¡La falta de costumbre!... Pero me contuve y me marché, apresuradamente, queriendo alejarme de una vez. No pensaba más que esto: ¡me han dado una limosna! ¡y me la darán todos los días! ¡y tendré que recibirla!

A ustedes, mis amigos, que leerán todas estas líneas, les deseo que nunca pasen por lo que estoy pasando yo. Es algo como si todo el pasado de uno se humillara, y todo el porvenir tuviéramos que vivir del mismo modo.

Si el Sábado recibo el dinero, me marcho acto continuo. Si es el Sábado que viene, lo mismo. Bien me sé que luego tendré un poco de remordimiento de no haber conocido bien a París. Pero cuando recuerde que tuve que estirar la mano —todo lleno de vergüenza y rabia— para que me dieran de limosna 2 francos, creo que no echaré nada de menos.

Temperamento, educación, lo que sea. Pero me mata. Estaría todo el día cargando bolsas para ganar dos francos; si pudiera hacerlo, si encontrara donde, iría corriendo.

Se me ocurre esto: No es vergüenza no tener plata. ¿Por qué?. Porque no es vergüenza trabajar. ¿Para que se trabaja? Para tener plata. Luego el que trabaja es porque no la tiene y quiere tenerla.

Me recuerda esto una andanada de silogismos que, allá en Palma Sola, se me ocurrían...

5½ p.m.—En el Luxemburgo. Suelo venir todas las tardes a este jardín. Como queda a los fondos del hotel, y tal vez por una simpatía que me ha hecho tenerle V. H., paso las horas perdidas mirando el lago, las palmeras, la gente, pero aburriéndome enormemente. Hoy a las 2 p.m. estuve en el Louvre; creo que por última vez.

11 p.m.—Vengo del Café Cyrano, donde fui esta noche para ver si encontraba a los muchachos y pedirles empleo; no los encontré.

He pasado unas buenas horas. El alivio de esta mañana me ha quitado diez años de vida dolorosa.

Me pasa al subir a mi cuarto un incidente que se repite a menudo. Cojo la vela y subo cinco pisos. Cuando estoy encima me acuerdo de que me he olvidado de la llave. Son 200 escalones que pesan algo.

Miércoles 6. 10½ a.m.—Me levanto. Todos estos días pasados ha hecho calor. Calor de canícula, dicen acá, que ha producido más de una insolación (+ 28°!)

Bastante tranquilo. Pero no tengo con qué comer, y espero que cuando baje me den algo. Iré esta tarde a la Exposición. No tanto por verla, como por pasar de una vez la tarde que me mata. Esto parecerá increíble, pero es verdad.

11¼.—En el Luxemburgo. Vengo todas las mañanas. Hace un día espléndido. El jardín precioso. Me siento inspirado; pero no puedo escribir nada. Si trazo un renglón y busco una rima, en el interior estoy buscando qué comer. No tengo dinero. Iré a las doce y media al hotel a ver si está Fleurquin. Si yo estuviera en este día, allí, con ustedes, ¡qué felíz sería! Y hasta creo que haría algo notable.

5:10 p.m.—Hace cuatro horas que estoy en la Exposición. Escribo al pie de la torre de Eiffel, sintiendo bastante no poder subir. Estoy cansadísimo.

Me ha entrado otra vez la desesperación. Eso de ir todos los días a esperar a una persona casi desconocida para que le den 2 francos, aseguro que me deshace. Hoy me dijo Fleurquin:

—¿Usted lo que debía hacer era irse.

—Ya le dije no puedo. Tengo que comer en el viaje a Génova, esperar acaso dos días allá, y todo esto necesita dinero. Después de todo, si les es gravoso a ustedes. darme esa cantidad, dígamelo con franqueza.

—No ¡qué esperanza!...

—Le ruego que espere hasta el Sábado que espero recibir carta.

—¿Cuándo es Sábado?

—De aquí a tres días.

—Sí, como no!. Ocho o diez días también. Hasta que reciba el dinero y se vaya.

Paréceme que les duele perder 2 francos cada cuatro días (supongo serán Fleurquin, Aranguren, Vasquez Varela y Peluffo).

—Luego, continuó, los dueños de casa no están contentos...

—¡Por lo menos pueden estar seguros de que les voy a pagar!. ¡Cómo puedo irme sin dolo!

Y así es que —como dudo mucho venga la carta el Sábado, tendré que pedir diez días más que me den de comer. ¿Y si aún no llega el otro Sábado?. ¿Y ni el otro? ¿Y ni el otro?.

Ah! este mes de angustias no me lo harán olvidar ni aún los años más felices que pueda tener.

¡Y cuando recuerdo que hay desgracias cien veces peores, situaciones cien veces más vergonzantes!

A mí me parece que esto es lo peor. Sin embargo, soportaría los otros.

¡Parece mentira!

6:35 p.m.—Aún aquí mismo, sentado en un banco de la Exposición, me estoy aburriendo! No puedo estar un cuarto de hora que me parece un siglo. Quisiera dormirme por un mes y despertar en esa. Daría no sé qué por ello.

En otras épocas, gozaba pasando las horas perdidas en la Plaza Independencia. No me aburría. ¡Pero era allá, en ese encanto!

Seguramente llegaré a Montevideo con debilidad cerebral. Todo el día pensando, angustiado constantemente, dando cien vueltas a todas las probabilidades. ¡Esto no es vivir!. Dije en la otra libreta que el viaje de venida fue la época más infeliz de mi vida. De estos quince días que llevo así, sé decir que no tienen comparación con ninguna otra etapa, y los recordaré, siempre que se pase vergüenza e infelicidad.

¡Tener que tragar de ese modo la baba y el desprecio! Tener que aceptar lo que me dan de mala gana —estoy seguro—, y enrojecer y dar las gracias y salir ligero para no insultar y llorar!. Me queda el consuelo —pobre—, de que si algún día veo a Fleurquin en Montevideo, le explicaré lo que pasé con aquello de: "sí, nosotros le daremos por 8 o diez días"... ¡nada más que diez días, sabiendo como estaba yo, que tenía hambre! —Yo no sé como son los otros; pero en un caso igual al de Fleurquin, diría: "la daremos no diez días, sino un año". Y aún daría más —Diez días les costaría 2.50 francos a cada uno. Les parece un crimen gastar 5, e impedir que un compatriota —"en desgracia"— como dijo él, se muera literalmente de hambre.

Tal vez si no llega el Sábado la carta, me decida a irme —no por mí, sino por él, por sus queridos francos que gasta. No sé como pagaría carruaje, changadores, etc. Pero vería de algún modo.

Jueves 7. Anoche de 9 a 11—Lo pasé mejor, gracias al pensamiento de que si no venía carta el Sábado, pediría pasaje oficial y veinte francos a los muchachos, y me embarcaría el lunes o martes. Subí a mi cuarto y miré un itinerario de La Veloce. No sale vapor hasta el 22. ¡Esto es suerte! Nada, nunca me ha ido tan mal como en este viaje. Primero, la carta que no llega, ya cosa de por sí desafortunada. Después, telegrama que no puede ir a su destino. Sin contar los contratiempos que, como el que he indicado, parecen hacer todo lo posible para que sufra más. De todos modos hoy escribo a La Veloce, preguntando vapores, fechas, etc. Pudiera ser que hubieran cambiado de días: pero no lo espero, porque soy yo el que me intereso.

Cuando, día a día, uno se va convenciendo de que la mala suerte no lo deja un momento, que está siempre pronta a retirar lo que se va a alcanzar, se adquiere tal pesimismo, tal desconfianza de su estrella, que aún lo más sencillo de obtener hace fruncir el entrecejo, presagiando ya la imposibilidad. Así me pasa a mí, que no frunzo el entrecejo, porque no tengo costumbre, pero que en cambio martirizo el cerebro sin descanso, y el cerebro me martiriza a mí.

3:05 p.m.—Estoy en el Quai Malaquais, frente al Pont des Arts, al lado del Instituto de Francia, guareciéndome de la lluvia que ha comenzado a caer. Recorro los puestos de libros que bordean el Sena. ¡Cómo siento no tener siquiera un franco! ¡Compraría diez libros! —De los dos francos que me da Fleurquin, ahorro siempre 50 céntimos para cigarros y un libro por día. Acabo de comprar "Tête et jambes", con 2 pesos se puede comprar una biblioteca. Será lo único que sienta verdaderamente cuando vuelva.

6:10—Estoy en el Jardín de Nôtre-Dame. Lo paso regular, habiendo acabado de comer un vintén de pan y leyendo mi libro. Logro sustraerme por ratos con la lectura. Pero un recuerdo cualquiera de allí, el Uruguay, un vals que tocaba la Orquesta del Liceo Slava, la laguna de Palma Sola, me ponen en un estado de dolorosa revêrie, como si nunca más volviera a ver eso. Al solo pensamiento de que eso no está perdido para mí, un profundo suspiro me desahoga. ¡Cómo gozo entonces! Yo quiero toda la tierra en que he vivido, mis árboles, mis soles, mi lengua. No la patria, porque eso es una entidad, y si yo hubiera nacido en Alemania, extrañaría la Alemania. Pero todo diferente como es esto, solo, solo, no conversando con nadie, nadie que me consuele, es horrible. No soy un solitario; todo lo opuesto. Ahora comprendo a mi pobre madre que en casa, en el Salto, todo el día solita en los cuartos helados, paseaba amargamente su tristeza. ¡Oh mi América bendita, donde todo es grandeza y hospitalidad! ¡Cómo te adoro en París! Creo que si de un golpe me transportara a esa, lloraría, sí, lloraría abriendo los brazos a mi Madre, a mis amigos, a las tardes y a las noches. Pero todo concluirá. Aunque cuando llegue allí, sentiré mucho menos por haber satisfecho parte de mi ansia en la desaparición de esta vida, y en la progresión creciente del viaje que cada vez me acercará más, y, por lo tanto, me hará perder la emoción de la brusca traslación, aún entonces, digo, tendré horror del recuerdo de París, y estaré donde está lo que quiero.

10¼ p.m. Mirando unas proyecciones cinematográficas, oigo tocar a mis espaldas —Petit Casino— Boulevard des Italiens —una de esas marchas antiquísimas de los Siamo Diversi, de que con Pepe solíamos reírnos.

Viernes 8—Me dijo Fleurquin cuando me entregó hoy las dos monedas a la 1¼:

Aquí va mal. La señora y el hermano consienten en esperar hasta el 22; pero el Cuñado no quiere. Dice que esperará solamente hasta el Lunes o Martes entrante.

Me dió vuelta la cabeza.

—¡Pero qué hacer en ese caso!.

—Yo creo que esperará hasta que usted se vaya.

Mucho me temo. Cuando nos dicen: "yo creo que esperará o querrá tal cosa", es porque se duda mucho de la persona. No sé lo que me dirá Fleurquin en el caso de que me echen. Tendría, como único recurso, que ir a ver a Sienra y decirle: No tengo donde dormir. Permítame dejar aquí mi balija por una semana y dormir arriba de una silla. ¿Consentirá? Otra cuestión: ¿no me obligarán en el hotel a que deje aquí mi equipaje?. En tal caso, sería cuestión horrible.

Mañana iré al Consulado. Es día de cartas. Estoy sin embargo tan desilusionado de todo, que no la espero, y solo pienso en la posibilidad de lo que haré hasta el 20. —Cuando creía estar algo tranquilo por el porvenir de esos 12 días, he aquí que todo queda deshecho. Lo cual prueba lo desastroso de mi situación. Y en la suposición de que me hagan salir y Sienra me dé hospedaje, ¿consentirá el Cónsul en darme pasaje?. ¿Consentirán Fleurquin y los demás en prestarme 20 francos el día que me vaya?. ¿Con qué me mudaré el mes que aún falta para llegar a esa?. No tengo más ropa limpia. La que llevo puesta está a la miseria. Y después, todo perdido, jacquet, camisas, medias, frac. ¡Santo cielo!. ¡Madre que no te supones lo que paso! —Si llegara la carta mañana, sería feliz. Pero no llegará.

Ayer escribí a la Agencia La Veloce, preguntando días y vapores a salir en Junio. Según un papel que tengo de la Compañía, debe de partir un buque el 22; creo que el Cittá di Torino. Ahora bien: ¿si me contestan que el 22 parte, y, al llegar yo a Génova, resulta que no ha llegado aún el vapor? ¿Con qué vivo los días de espera? Allí no conozco a nadie ni nada. Por todos lados —no contratiempos— pero si cosas que fatales, terribles de solucionar en el caso mío. La más insignificante demora o apresuramiento, es para mí cuestión de casi vida o muerte.

¡No poder estar en esa!. ¡Cómo lloraría de contento!. Sólo una cosa pido: que si todo esto llega a pasar —no sé como—, y leo estas líneas escritas casi sollozando, me quitarán para siempre los deseos de separarme de mis compañeros y mi país. No tengo fibra de bohemio; porque tengo mucha vergüenza; y, dígase lo que se diga, para llevar esa vida se necesita no hacer caso de insultos y sonreír de alegría cuando le tiran una moneda. Con algún amigo, si. Entonces soportaría cualquier existencia. Pero solo, aquí, es horrible solo suponerlo, y mucho más de sobrellevarlo.

¡Ah! seguramente que los días del 1.º al 4 han sido amarguísimos; lo que pasé hasta hoy no tanto. Pero si mañana no llega el dinero, y me echan, y pierdo mi ropa, todo lo que tengo, y tengo que comer y dormir de limosna, creo que serán más desesperantes aún. ¡12 días que tendré que pasar sufriendo lo indecible, aburrido a más no poder, con un año en cada día, con todo el mal del país que se puede tener!

¿Es esto acaso vida? Yo he sufrido algunas veces; por amor, por pesimismo, aún por dinero; ¿más es posible comparar las depresiones, por abrumadoras que sean; la falta de dinero, por más diversiones que nos impida; el amor, por más que nos olviden, con esta existencia sin dinero, sin amor, sin depresión, sufriendo sin medida, sin un momento de sonrisa, avergonzado de entrar al hotel, de tener que esperar todos los días a que me den de comer, como un pobre diablo que viene a las mismas horas a situarse en un paraje, por donde sabe pasará un caritativo cualquiera?

Sobre todo, no abochornarse de uno mismo. Todo se puede soportar, siempre que se pueda entrar y salir con la cabeza alta. Y este pensamiento de última hora —perder mi ropa— me desalienta enormemente. Mañana le preguntaré a Fleurquin si será así.

6:30 p.m.—En el Cementerio Mont Parnasse. No vale nada. Gran acumulamiento de tumbas, todas grises y sucias —viejas.

La idea que me ha venido de pronto: ¡dentro de 12 días estaré en viaje para esa!, me ha hecho dar un salto de alegría. Enseguida me he entristecido; pero dulcemente, hasta que de aquí a un rato comience a sufrir hondamente—

Sábado 9. 11:45 a.m.—¡Llegó por fin el día! ¡Esa carta, por la que me desvelo día y noche! Hace un mes, yo escribí repitiendo muchas veces en dos o tres cartas, esta frase: ¡Una carta! ¡sólo eso pido! Parecía un presentimiento. Hoy digo lo mismo: ¡Una carta!; pero el tono y el calor es diferente. Es que el presentimiento se ha convertido en presagio.

No vendrá, y me echarán y se hará lo que sea.

¡Si llegara!...

Estoy en el Luxemburgo, con una mañana cálida y fresca. Fui a almorzar, y después veré a Fleurquin.

5:10 p.m.—Hoy tuve una media hora de verdadera alegría. Llegó Fleurquin a las 2:20 p.m. y me dijo:

—¿Qué tal?

—Bien. Dígame: en caso de que hoy no reciba dinero, ¿usted cree con seguridad que el Cónsul me dará pasaje?

Estaba en espinas con esta cuestión.

—Tiene la obligación, me contestó.

—Pero no se olvide de que tengo que llevar el equipaje y me costó 25 francos de Génova a aquí.

Esto yo lo decía sencillamente, pero temiendo y esperando que me replicara: "no podrá llevar el equipaje".

Por gran felicidad, me contestó:

—Sí, me acordaré. ¿Qué tiene usted? Una valijita?

—Sí, y un baúl.

—¿Grande?

—No, así. Y señalaba el tamaño aproximado.

Quedó pensando un rato.

—Bueno. Uno de los días de la próxima semana iré a hablar a Ciganda, y arreglaremos todo.

Como no me dijera nada del cuarto, le saludé y salí contento. Me consoló mucho esa conversación. Eso es lo que uno quiere cuando sufre: que le den esperanzas, que le afirmen, que no nos desanimen haciéndonos recordar lo tremendo de nuestra situación.

En fin, fui al Consulado. Salió Ciganda. Parece que ha comprendido su falta de educación y ha tratado de hacerme olvidar el pasaje del Sábado último.

Aunque no llegó la carta, no me desanimé, pues con el cambio del Cónsul y la seguridad de Fleurquin, me encuentro más porveniroso.

A las 4 p.m. siempre siento hambre. Compro 10 céntimos de pan —tan o más barato que en el Salto— y me lo como. Es algo seca la cosa; pero ¡qué hacer! En esos momentos, viene a martirizarme el recuerdo de los cafés con leche, mate de ídem, y queso y biscochos, y ustedes! Muevo la cabeza melancólicamente y continúo comiendo. El pan me da mucha sed. Ahora, tengo la boca pegado un labio por otro. Como estoy en el Cementerio del Père Lachaise, no puedo tomar agua, aunque lo procuraré en una de las fuentes.

Por otro lado, en la calle hay mil tentaciones. Venden las guindas —hermosísimas— a 10 céntimos el medio Kilo. ¿Quién no se refresca, sobre todo si tiene sed? Todos, menos yo, pues 10 cts que gaste ahora, me pueden representar 100 mañana. Vivo así, no permitiéndome el mínimo gusto. El cigarro me hace sufrir. Fumo sólo 4 por día, debiendo fumar 12 o 15. Y como los tengo en el bolsillo, a cada momento llevo a ellos la mano. Mañana se me concluyen. No me decido a dejar la costumbre. Es demasiado. Compraré un paquete con 50 cts de los que ahorré.

9 p.m.—Acabo de cenar por 45 cts (40 de un ragout y 5 de pan). No es mucho, verdad? Pero aunque comería un poco más, no tengo hambre, sin embargo. De este modo ahorro 50 cts.

En cuanto a París, será muy divertido pero yo me aburro. Verdad que no tengo dinero, lo que es algo para no divertirse. De todos modos, es hermosa ciudad aquella en que uno se divierte, ya se llame París o Salto. Un poeta griego de la decadencia, dijo: "La patria está donde se vive bien". Es un gran pensamiento. ¿Por qué he de decir yo que no hay como París, si no me divierto? Quédense en buena hora con él los que gozan; pero yo no tengo ninguna razón para eso, y estoy en lo verdadero diciendo que Montevideo es mejor que París, porque allí lo paso bien; que el Salto es mejor que París, porque allí me divierto más. ¿Qué da que otros digan lo contrario, porque aquí lo han pasado bien?. Cada cual vive la vida que le es posible; y el cazador que vive en su bosque, el rural que goza con su escopeta y sus soles, tiene razón cuando afirma que el monte o el pueblo es mejor que París. ¿Qué tenemos que decir a eso? Gócese en buena hora, ya sea donde sea. El lugar que nos ha visto felices y contentos, es el mejor de todos. En París se divierten los demás; yo en Salto. ¿Diré por lo tanto que esto es mejor que aquello? Sería una estupidez.

Volviendo a mis asuntos, he pasado un buen día, el mejor de diez días a esta parte. Estoy leyendo de nuevo Fecundidad ¡Qué obra, santo Dios!. Es lo más grande de estas últimas décadas. Tiene Zola un poder tan tremendo de sugestión, que convierte a todos. Después le recordaré a Asdrúbal esto que le decía: gran orador es aquél que nos entusiasma atacando o defendiendo lo contrario de lo que sentimos.

10 p.m.— Sentado en un banco del Bulevar Saint-Germain, casi esquina Calle Saints-Pères. La noche es espléndida. Noche de Plaza Independencia. Creo que lo que siento es la reacción de los sufrimientos pasados. Hasta mascullo versos. Temo ir a mi cuarto, por ahorrar en velas. En cualquier momento me las pueden negar. Hace quince días una bujía me duraba dos noches; ahora me duran una semana. Son casi completamente huecas.

Siento mucho no poder ir mañana al Parc des Princes a ver la llegada de Burdeos-París. Además correrá Grogna, Protín y otros que quisiera conocer. El 17, 18 y 24 se corre el G.-P. de París. Puede que el primer día vaya. ¿Cómo?. No sé.

Por fin, tengo asegurada la comida —Queda la cuestión cuarto y dinero para esperar en Génova. Pero ha pasado lo peor. Ahora creo que el dueño del hotel esperará a que me vaya. Hoy le encontré, me sonrió y me dió la mano:

—¿Comment ça va?

—Bien. —Y pongo una cara desolada muy apropósito, como cuando encuentro a alguno de los muchachos. ¡Cómo la desgracia puede cambiar! —con la continuación— todo el carácter de un individuo. Heme un poco comediante, sólo para que me tengan lástima y no me dejen de dar de comer.

Camino mucho, mucho. Desde las 2 hasta las 8½ p.m. —Así es que a la noche me encuentro cansadísimo. Es lo que busco. Pensé —hace 20 días— que esta libreta llegaría por la mitad. Bien veo que con esta sucesión de impresiones, necesitaría 4 en un mes. Mañana la concluyo. Siento no tener dinero para comprar otra —Escribiré en un cuaderno de 10 cts.

Domingo 10. 11 a.m.—Me acabo de lavar los pies en la palangana. Como no había más agua, no pude lavarme la cara. ¿Qué diría de esto mi amigo Brígnole?.

Soñé que estaba embarcado y viajaba para esa; por lo tanto, me desperté mal. Espero de un momento a otro la decisión de los dueños. O me quedo aquí hasta el 20, o me marcho; ¿adonde? no sé —Estoy bastante más dispuesto a la lucha que en los primeros días. La práctica ruda.

Te cierro, libreta querida, único refugio, único confidente de la amarga semana que he pasado. Sin tí, tal vez hubiera llorado todo el día.

París, Junio 10, a las 11 horas y 18.


Junio - Martes - 5 - Fleurquin - 2 - — " - / - 6 - " - " - / " - / - 7 - " - " - / " - / - 8 - " - " - / / - / - 9 - " - " - / " - / - 10 - / - " - / / - / - / - / - / - — " - / - 11 - / - / - — / - / - 12 - / - / - / " - / - 13 - / - / - / " - / - 14 - / - / - / " - / - 15 - / - / - / / - / - 16 - / - / - / " - / - 17 - / - / - / / - / - 18 - / - / - / " - / - 19 - / - / - / / - / - 20 - / - / - /


…minutos a.m. en mi cuarto del Hotel de la Place de L’ Odeón. 6; con un día espléndido y mucha hambre.

Cycle Rayon D’or — Avenue de la Grande Armée 57 "Libérator" 59.

Sindicat de fabricants — Rudge; 195 frs.

Pista municipal: Bois de Vincennes.

Maison Rudge. Halévy 16.

Restaurant Turaine — Rue Monsieur le Prince 57 — au coin de Vaurignard.

Aux Baneaux — 45.

Consulado Uruguayo — R. Joubert 14.

Legación Uruguaya — Offémont 1 (bis).

Consulado Portugués — Berrí 35.

Cuadros de Paul Berthou y Henry Riviere: Rue Bonaparte 12.

Cuellos S. A.; Rivoli 156.


Publicado el 3 de agosto de 2026 por Brian.
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