Donde La Fuerza Es Ley…

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Donde la Fuerza es Ley. Jack Richardson. —Este film nos venía siendo anunciado desde hace tiempo, y aunque su título nos adelantara el ambiente de la pieza, pues no podía tratarse sino de los territorios de Estados Unidos, teníamos una cierta esperanza de ver algo nuevo. Ahora bien, para dar una nota original en un tema poco menos que gastado, se requiere una singular potencia de drama, ya que el ambiente y sus tipos no nos reservan casi sorpresa alguna. Donde la fuerza es ley no es ni mejor ni peor que la mayoría de las cintas congéneres, en cuanto al drama en sí. Resulta en cambio bastante buena, gracias a la dirección de escena. Ignoramos en un todo quién sea su director; pero tiene muy agudo el sentido de la emoción cinematográfica. Un ejemplo, tomado de la misma cinta: Una cuadrilla de forajidos sitia una casa de campo a bala limpia, y está a punto de asaltarla. Un director vulgar se contentaría con mostrarnos la situación de los bandidos y la de los que defienden la casa en su interior. Como mucho, alternaría la visión de uno y otro bando en rápidos y sucesivos pantallazos —procedimiento de técnica tan grato a los norteamericanos. El resultado es siempre bueno, a juzgar por la tensión nerviosa en que nos pone dicho juego. Pero si el director de escena nos desintegra un instante —el que precede y decide el asalto— la cuadrilla total de bandidos, proyectándolos uno tras otro en la pantalla con sus gestos y charlas rapidísimas, la tensión nerviosa llega al máximo.

Tal instinto para graduar y reforzar los efectos en un momento dado constituye la esencia misma de la ciencia escénica, ni más ni menos que la de un escritor, músico o artista cualquiera. Jack Richardson, protagonista muy relativo de Donde la fuerza es ley, secunda amablemente el brío de su director.

Ramas Viejas, Nidos Nuevos. Vivian Martin. —La pequeña Martin tiene poca suerte, desde un largo tiempo a esta parte, en los films que le dedica su empresa. Salvo excepción, sus cintas tienen muy pequeñas variantes. El ambiente es casi siempre el mismo, e ídem los tipos, desde que fuera de ella no hay personaje que adquiera un poco de relieve. ¿Hasta cuándo la delgada rubia nos va a entretener con sus papeles de ingenua lugareña que, trasladada a la ciudad, salva todas las situaciones con su eterna ingenuidad un tantito bobalicona? Es posible que la cara de la señorita Vivian sea de por sí ingenua; pero a ciencia cierta su espíritu está a mil leguas de tal infantilidad. Y de aquí que las cintas en que la pequeña Martin puede desarrollar toda la picardía y travesura de que está copiosamente dotada, sean un constante halago para los ojos. Lo que no acontece con Ramas viejas, nidos nuevos. Por otro lado, la actuación de Harrison Ford en dicho film merece un ligero comentario.

El Caso Harrison Ford. —Si mal no recordamos, este actor debutó en la pantalla con Zulema la Hechicera, a mediados de 1917. Fue por lo menos dicha cinta la que nos mostró todo lo de que era capaz la nueva estrella: sobriedad pasmosa, naturalidad sobre toda ponderación, y una inteligencia comprensiva totalmente fuera de lo común. Recordemos un simple pasaje de dicha cinta: Un hombre sabe que va a morir tal día y a tal hora justa. Llegado el momento, el hombre se pone a mirar el reloj cuando falta un minuto. Y durante ese minuto, y conforme con el paso de los segundos se va acercando el segundo final, el rostro del hombre se va transformando. No insistamos más. Un actor mediano puede traspasar esa atroz lucha a su semblante un momento; pero para sentir e ir acumulando muerte en la expresión un minuto entero, se necesita un actor de inteligencia dramática sobreaguda. Harrison Ford interpretaba a dicho personaje.

Pues bien; y en concordancia con lo que ha pasado con Wallace Reid, con Walsh y con tantos otros, Harrison Ford desapareció de la escena puramente dramática. Desapareció total y absolutamente, por obra y gracia de esa nefasta sombra que pesa sobre la visión artística de las gentes directrices del film. Como Wallace Reid con su elegante sobriedad, y Walsh con su naturalidad de fuerte y buen muchacho, Harrison Ford fue destinado a la comedia y a la farsa, precisamente para lo que menos servía. Un día de estos asistiremos a una comedia para salones caros, con Walthall y Hart haciendo payasadas.

¿Pero por qué —preguntamos— esta desorientación de las empresas, flagrante hasta la ridiculez? ¿No es posible, aún en el film, dedicar a los hombres a su verdadero teatro de acción? ¿Solicitan los públicos en realidad esta tendencia imperante a hallar diversión exclusivamente en la risa? ¿Cómo explicar entonces que los grandes éxitos del cine —y del arte en general desde que el mundo es mundo— sean las obras dramáticas? El público es y ha sido siempre el mismo: más sensible a la emoción dramática (baja o alta; lo mismo da) que a las chacotas escritas o representadas. ¿Por qué, pues, esta simple incomprensión financiera, que pone el grito en el cielo cuando se trata de un Harrison Ford?

No sabemos qué nos reserva el destino a este respecto; pero de carnaval psicológico en la distribución de intérpretes, tenemos ya un calendario.


Publicado el 22 de septiembre de 2026 por Brian.
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