Dos Casos De Lógica…

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Dos Casos de Lógica y Cuatro Leyendas. Por Teléfono. —La comedia que con este título se estrenó días atrás es una pieza de teatro, tal cual, con la presentación, las fórmulas y las mínimas exigencias de escenario que piden aquellas obras. No es pues de extrañar que los caracteres estén trazados de acuerdo con una línea —especie de riel a lo largo del cual se desliza la psicología de los personajes. 

Esta línea se llama en arte lógica de los caracteres; y si por existir en la pieza comentada deducimos de ello que fue originariamente obra de teatro o escrita para el cine por un hombre de teatro, ello se explica porque en el teatro, más que en el cine, se hallan rastros de lógica; por lo menos en el teatro europeo, en el norteamericano y tal vez en una estricta minoría del nuestro. Es por prescindir de ella, precisamente, por lo que el teatro de los llenos diarios consigue sus tremendos efectos de risa o sentimentalidad popular. 

La cinta que comentamos nos ofrece vivo un ejemplo que vale la pena desmenuzar. 

Un pobre muchacho mimado por su hermana mayor (entretenido, diríamos) —y ambos huérfanos—, dispone de valores ajenos en la casa de banca donde está empleado. El banquero descubre el desfalco, y como hombre de corazón que es, comprende que solo la mala educación del muchacho es culpable de su pérdida. Lo llama, sin embargo, le echa duramente en cara su acción, y lo cita para el día siguiente. Ha resuelto enviarlo a ganarse el pan en la mina de un amigo: 

"Cuando sepa lo que cuesta ganarse la vida con un pico en la mano, a razón de un peso diario, apreciará lo que es robar a otro veinte mil pesos, que ese otro ha ganado a su vez duramente". 

Pero conviene que tenga por una noche entera ante los ojos el espectro del presidio. 

Entretanto, el mimado ladronzuelo entera a su hermana de lo sucedido, lloriquea en sus brazos, al punto que la pobre chica se desprende en su favor de los veinte mil pesos que guardaba intactos de la herencia de su padre. El mozo corre a despertar a su jefe, y le entrega triunfante una cantidad igual a su robo, robada esta vez a su hermana. El financista ve la firma del cheque, mira un rato al jovencito entretenido, y le devuelve sin una palabra el documento. 

Naturalmente, para escapar al presidio el muchachuelo corre esa noche a buscar en el juego otros veinte mil pesos más felices y, naturalmente también, hace trampa. Es descubierto, expulsado, y por fin se decide llorando a pegarse un tiro. 

Nada de lo anterior trasciende, porque en carta escrita por el mozo a su jefe le ha contado todo, con el deseo de que jamás su hermana llegue a enterarse de su abyección. 

Así las cosas, la desesperada muchacha no halla nada mejor que culpar al jefe y su sórdida avaricia de la muerte de su hermano. Jura vengarse. En estos propósitos la ayuda diabólicamente otro financista, rival secreto de aquel. 

La muchacha logra entrar de taquígrafa del hombre que llevó a la tumba a su hermano. Descubre así y entrega al píllete los secretos de su jefe. Asciende a secretaria. Y tanto asciende que el financista odiado se enamora, también naturalmente, de ella. Le declara su amor y solicita su mano. Están juntos y solos en el escritorio. La muchacha arde de indignación y odio, pero consiente, por lo que luego se verá. Cuando el enamorado jefe intenta inclinarse sobre la joven, entra en el escritorio un sujeto, y el beso no se produce. 

El resto de la historia no nos interesa; pero sí el examen de esta escena. 

La joven protagonista había consagrado su vida entera a vengarse del asesino de su hermano, a arruinarlo, destrozarlo, y en su corazón no cabía otra cosa, como es fácil suponer, que terrible odio hacia aquel hombre. Ni informes secretos ni otras mil pequeñas infamias que puede cometer una secretaria desleal habían logrado arruinar a aquel. Antes bien, el confiado financista parecía adivinar los golpes de bolsa, y se enriquecía a despecho suyo. La propuesta de casamiento, por lo tanto, venía a ser el único punto vulnerable por donde herir a aquel ser: casarse con él y hacer befa —y el resto— de su amor. 

En esta situación de ánimo, pues, acepta la mano de su jefe... cuando entra el inesperado sujeto a interrumpirlos. 

Este señor no tiene nada que hacer en la historia. Aparece allí por primera vez y desaparece para siempre. Apenas ha comenzado a hablar con el banquero, cuando la escena se corta. No hay ni siquiera una breve leyenda que explique a qué ha ido ese señor. 

Pero ese señor anónimo tiene en la cinta una misión que escapa a los comunes fabricantes de filmes. Representa nada menos que la lógica, la poderosa y estricta lógica de los caracteres, por la cual un ser humano no puede proceder sino de acuerdo con su temperamento, y por la cual también un autor dramático no puede crear situaciones falsas, por bonitas o dramáticas que sean. 

La falsedad consistiría en que la secretaria y su jefe se besaran, conforme lo establecen los cánones de la tontería en el cine. De proceder de acuerdo con este canon, la secretaria habría besado al banquero. 

Pero una mujer que odia a muerte a un hombre no es capaz de besarlo sin que ese hombre se dé cuenta de la tremenda repulsión que mal velan esos ojos cerrados para no ver, y esos labios apretados para no abrirse. No se encuentra un solo hombre bastante estúpido para engañarse con ese beso de profundo asco. Para evitarlo, se introduce en el instante preciso a un señor anónimo que nada tiene que hacer. El recurso es fútil, y no revela suma inventiva en su autor; pero sí honradez extrema. 

No comprendemos, en realidad, cómo la empresa editora de Por teléfono no evitó que se deslizara subrepticiamente en el filme ese detalle de lógica artística, cuya consecuencia directa es disgustar al público que no alcanza a comprender por qué se malogró, en lo mejor, el beso de una bella mujercita como Alice Lake y un apuesto muchacho como Alberto Roskoe. 

La Pobreza del Dinero. —Con este título (sabe Dios cuál otro más razonable tendrá en la lengua original) ha pasado esta cinta medianamente dirigida, mejor interpretada, y de argumento muy superior a ambos elementos. 

No es este nuevo, ni con mucho. Fuera del amor de sexos, no hay tema que como él se haya prestado a los estudios psicológicos. Cosa vieja, pues, que habría pasado inadvertida, si cuatro leyendas diseminadas en el texto del filme no modernizaran hasta lo inaudito la añeja cuestión. Veamos las leyendas. 

Una chica cuya característica de niña y adolescente ha sido su corazón de futura madre, ama y es amada por un joven ingeniero que trabaja en los altos hornos de una gran usina. El joven, sin embargo, no quiere casarse antes de obtener un aumento de sueldo, pues ve a diario las dificultades económicas del hogar de un amigo suyo, empleado también en los altos hornos, y que a pesar de todo es feliz con su mujercita y sus hijos. 

La enamorada novia espera, naturalmente; hasta que un día el ascenso esperado se produce, y el joven ingeniero, con el nombramiento, recibe este consejo de su superior: 

"Usted tiene condiciones para triunfar. Pero no olvide nunca que, para conseguirlo, es indispensable aparentar más valer del que se posee. Para triunfar, hay que tener aire de triunfador".

Primera leyenda. La fórmula final de expresión no es nueva; y ya desde los tiempos de Eva, los seductores de profesión la han utilizado con algún éxito. Para conquistar a las mujeres, se comienza teniendo aire de conquistador. Hoy la seducción y sus goces se buscan y se hallan más bien en el triunfo. Y los seductores de profesión de antaño son los "triunfadores" de hoy, que con la misma conciencia y los mismos escrúpulos de su maestro, "dejan en todas partes memoria amarga de sí". 

Los jóvenes están casados. Han pasado cuatro años. La esposa que no sueña sino con las criaturas, halla apenas consuelo jugando y estrechando entre sus brazos a los hijos de una amiga, la mujer de aquel otro ingeniero pobre que no había trepidado en casarse y tener hijos —y ser asimismo feliz. Un día que la esposa estéril acaricia melancólica la cabeza de las criaturas, la madre de estas le manifiesta su extrañeza de que, queriendo tanto a los chicos, no tenga hijos. 

"Mi marido no quiere que los tenga todavía... hasta que seamos ricos".

Segunda leyenda. La vida moderna de las ciudades ha hecho evolucionar muchos conceptos; pero ninguno tanto como el de la moralidad. Cuesta hoy saber qué debemos entender por esta palabra. Acaso únicamente en las disposiciones municipales y los edictos policiales podamos tener una advertencia explícita sobre lo que es inmoral. Pero de lo que es moral, no tenemos luz que nos aclare, cuando el alcance moral de aquella respuesta deja a todos perfectamente tranquilos. La repiten las madres, la repiten los hijos. Y este filme que nos ocupa merecería realmente muchas líneas más, por concretar en una sola leyenda el sentido que de la vida y su moral tiene la humanidad actual. 

El triunfador no es un mal sujeto, sin embargo. Antes bien, él quiere tener hijos. Pero después de "...adquirir una gran fortuna, para que a su mujer y sus hijos no pueda faltarles nada".

Tercera leyenda, y también específica del triunfador. "No faltar nada en la casa quiere decir que a sus hijos no falten juguetes de cien pesos, trajecitos de trescientos, institutrices de todos los idiomas, y bombones de todas las marcas. Mientras no se poseen estos elementos para educar perfectamente a los hijos, un hombre no tiene derecho a tener hijos".

Pasan nuevos años. La madre esterilizada ve pasar también su juventud sin haber llenado la misión suprema de su existencia. El marido se resiste siempre: "¡Espera!..., ¡espera!..." 

Una noche el triunfador consigue por fin el altísimo puesto que ambicionaba, y corre gozoso a confiar a su esposa que no la hará esperar más. Llega a casa a las tres de la mañana, precisamente cuando su esposa lo aguarda sin cenar desde las ocho de la noche, pues ese día es aniversario de sus bodas. 

No importa; ha conseguido lo que ambicionaba desde muchacho. Salen en auto a cenar afuera, y el auto se estrella a los cien metros. La esposa salva milagrosamente, y después de dos meses entre la vida y la muerte, queda fuera de peligro —sana por fin. 

Pero no puede tener más hijos. Y cuando al saberlo entra su marido radiante dispuesto a "no hacerla esperar" más, ella le echa en la cara estas dos solas palabras: 

"—¡Ladrón!..., ¡ladrón!..." 

Cuarta y última leyenda. ¿Qué robó en verdad ese esposo, igual a los tantos maridos que no conceden a su mujer un hijo hasta que triunfen? No está ese robo clasificado entre los actos inmorales que reprueban las ordenanzas y edictos. Pero tampoco lo está con seguridad en la conciencia de los padres, madres e hijos, que en la mesa comentan tranquilos que Juana, Lola o María, recién casada, está dispuesta a no tener hijos hasta que haya gozado de la vida.


Publicado el 20 de septiembre de 2026 por Brian.
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