Dos Historias de Pájaros

Horacio Quiroga


Cuento


─Yo le voy a contar a usted esto mismo ─me dijo el plantador─: dos historias de pájaros. Después de ellas comprenderá usted en gran parte lo que está viendo.

Lo que yo veía era un tendal de preciosos pajarillos, rigurosamente envenenados por el hombre que me hablaba. Sus cadáveres salpicaban como gotas de sangre toda la extensión de los almácigos de yerba. Noche a noche el plantador, con su linterna eléctrica, distribuía los granos envenenados, no sólo en los canteros, sino por la quinta de frutales, en el jardín mismo, donde no es presumible que las avecillas de color púrpura hicieran daño alguno.

Hasta donde alcanzaba el poder de aquel hombre, su plantación era un cementerio de pájaros. Por todas partes se veía sus cadáveres desplumados por el viento, y más o menos secos, según que el sol o las hormigas del país se hubieran anticipado a la descomposición.

Todas las madrugadas la plantación entera trinaba melodiosamente como en una aurora de paraíso. Pero al salir el sol, aquella aurora melodiosa se abatía fulminada en lluvia de sangre.

─Esto mismo ─repitió el hombre, contemplando tranquilo la matinal hecatombe que yo miraba mudo─. Yo también sentía lo que siente usted ahora ante este espectáculo, y juraba que una casa sin niños, una tierra sin flores y una aurora sin pájaros, son la desolación misma. Para los individuos en mi caso, creo hoy que las flores y los pájaros constituyen un lujo, así sea de la naturaleza, y sólo gozable con amor por las gentes ricas. El hombre pobre, y aquí sobre todo, no puede detenerse cuando ante el filo de su azada surge una voluptuosa azucena del monte, o una bandada de espléndidos pajarillos se asienta a escarbar sus almácigos regados con humano sudor.

»Cuando no se disputa con otros la vida a la naturaleza, cuando los intereses de las especies no se encuentran, es fácil entonces pasmarse ante un pote con granos al arsénico o harinas al cianuro...

»Pero cuando yo vine aquí a plantar yerba, y trabajé como un bruto preparando la tierra para los almácigos y regando como es necesario regar aquí cuando la fatal seca de primavera esteriliza todo esfuerzo que no sea enorme, entonces nadie me dijo que las tucuras, las hormigas, los grillos, los grillos-topo y la sequía misma son para el plantador albricias comparadas con estos divinos pájaros. Todas las mañanas surgían del pajonal del rio en bandadas inmensas, y era una delicia verlos saludar al sol y al hombre mismo, revolando sobre su plantación. Pero donde abatían su vuelo a escarbar y comer las semillas de yerba, no quedaba por delante de aquel hombre sino la miseria.

»Al venir aquí yo me había informado personalmente de la calidad de las tierras. Pregunté si había alguna plaga particular de la región, fomentada por el pajonal y sus fiebres. Se me dijo que no, fuera de las víboras, lo que me interesaba como plantador. En cambio, poseía la zona como ventajas inapreciables la lenidad de las heladas y el agua a mano.

»A propósito de víboras: cuando Ñacanguazú baja velozmente en pos de una gran crecida, deja islotes poblados de alimañas que se han refugiado allí. En una de estas ocasiones encargué a un muchacho que me macheteara cierto pajonal que había emergido constantemente de las altas aguas. Media hora después fui allá y hallé al chico con tres o cuatro víboras muertas alrededor.

»─Mucha víbora ─observé.

»─No tantas ─me respondió sin mirarme ni suspender su tarea.

»Mucho antes de almorzar lo vi regresar, e inquirí la causa.

»─Demasiadas víboras... ─dijo solo.

»Había muerto treinta y cuatro, y consideraba que ya eran bastantes víboras.

»Bien. Esto es un incidente. Pero esas treinta y cuatro víboras encontradas en tres horas no me ofrecían la certidumbre de desastre que estos preciosos pajarillos. Y a la observación que me hace usted de por qué no cubro con tejido de alambre los almácigos, le responderé con franqueza que me he habituado a esta caza. Los pajarillos no escarmientan y prefieren la muerte a dejar quietas mis semillas. Por mi parte, yo no me canso tampoco de envenenarlos.

»Y ahora la historia de otro pajarraco.

»Éste fue traído de Brasil por un capataz de obraje, brasileño también, y ambos se hospedaron en el hotelito de la barra, donde yo me alojaba entonces mientras concluía de levantar el rancho en que nos hallamos. Fuera de las horas de comer y dormir, yo estaba siempre aquí. Y volvía cansado a comer, con dos leguas de marcha a pie para cada comida, y más cansado aún a dormir, entre el ruido de las ratas que volteaban todos los tarros de los estantes.

»A pesar de esto, me uní a los tres días de la llegada del brasileño al grupo de plantadores que fueron a interpelarlo a propósito de su pájaro.

»¿Ha oído usted golpear con un grueso marrón sobre un riel? Esto es lo que hacía el pájaro. No tenía más tamaño que un zorzal. Tenía las alas y el lomo negros y la barriga amarilla. Y pasaba todo el día quieto en un solo palito, de los tres que tenía su jaula. Pero desde allí, constantemente, a todas horas y sin mover una sola pata, gritaba. Gritaba exactamente como si su pico fuera un martillo de acero, y nuestro oído un riel vibrante.

»No puede tener usted idea de lo que era aquel estruendo metálico durante el día y la noche, y que redoblaba al fuego del mediodía, cuando todo ruido enmudece asfixiado, hasta el de las chicharras.

»No se podía vivir, y entramos en el cuarto del brasileño, que dormía la siesta en calzoncillos y con su baúl encima del catre.

»─Venimos a rogarle ─le dijimos─ que haga el favor de sacar de aquí a su pájaro. Nadie puede dormir con sus gritos.

»─Mi pájaro no grita, canta ─respondió el hombre, con ambos pies desnudos cogidos de las manos.

»─Cante o grite, lo mismo da ─repusimos─. Antes aquí se podía vivir. Ahora esto es un infierno.

»─Donde yo estoy, está mi pájaro ─repitió el hombre con igual altivez─. No queda otro como él en todo el Brasil.

»─Por esto queremos que se vaya ─insistimos nosotros.

»Pero no hubo qué hacer. El brasileño protegía a su pájaro y el hotelero a ambos.

»Al día siguiente, mientras almorzábamos, uno de nosotros se levantó con un pan entero y salió al patio a estrella al pájaro con jaula y todo. Pero su dueño, desconfiado, lo había entrado en su cuarto.

»Decidimos entonces comprarlo entre todos, y tras largo regateo lo obtuvimos por doscientos pesos.

»No querrá usted creer si le digo que entre catorce o quince hombres endurecidos por el trabajo llevamos entre todos al pájaro a la playa, y allí lo matamos.

»¿Gente instintiva? ¿Cafard excitado por la lucha contra la naturaleza?, se preguntará usted. Ni una ni otro. Antes de responderse a sí mismo, oiga la historia del otro pájaro. El del brasileño gritaba, aunque su dueño se empeñara en que no. Verá usted ahora uno de otra especie.

»Tengo esta historia de primera mano, y responde de ella como del amigo que me la contó. Éste era un hombre que sentía estas cosas como usted, y se casó con una muchachita que las sentía más que él. No hallaron usted, y se casó con una muchachita que las sentía más que él. No hallaron nada mejor para su viaje de novios que recorrer el Oriente, reviviendo al conjuro de su amor las civilizaciones muertas, pues nada hay en el pasado de que ellos no fueran capaces de arrancar una emoción de arte.

»Detuviéronse en Grecia, bajo la brisa del mar Egeo, sonámbulos de amor y poesía, y a escasos kilómetros de Atenas alquilaron un chalet entre viñedos, por cuyas ventanas abiertas entraban de noche la luna y la sombra de los mirtos.

»Como si su juventud, su dicha y el ambiente fueran poco, la primera noche un ruiseñor cantó. Cantaba solitario en el jardín, casi encima de sus cabezas y, menos feliz y más generoso que los amantes estrechados, lanzaba a la noche estéril su divino reclamo de amor.

»No era éste el pajarraco del brasileño, ¿verdad? Cinco años después de esto mi amigo, con la voz todavía embargada, me contaba lo que fue aquella primera noche griega, casi de bodas, alentada por el canto del ruiseñor. Ambos se habían levantado y, de codos en la ventana, vieron elevarse ante ellos, desde el fondo de las noches clásicas, la gran poesía del pasado.

»─¡Oh, si volviera esta noche! ─decía a cada instante la desposada.

»Volvió. Volvió el ruiseñor esa noche, y la otra, y todas las que siguieron, sin faltar una sola. Comenzaba a cantar a medianoche, cuando ellos comenzaban a coger el sueño, y enmudecía al rayar el alba, cuando ellos lo habían perdido.

»¿Recuerda usted que entre quince hombres barbudos matamos al pájaro que golpeaba en un riel? Pues bien: al cabo de quince días mi amigo había agotado todos los medios y procedimientos conocidos para ahuyentar, cazar, fusilar y envenenar al suyo. Y era un ruiseñor.

»Por esto, cuando le ofrezcan a usted el goce sin tregua ni fin que proporciona un pájaro ─llámesele Beethoven─, recuerdo el ruiseñor de las noches griegas. La sensibilidad a la belleza tiene un límite. Y tras él puede no hallarse sino el crimen.


Publicado el 8 de febrero de 2026 por Edu Robsy.
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