El Aguará-Guazú

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica, Cuento


La palabra guaranítica aguará, corresponde a zorro en nuestra lengua; y guazú, a grande. Con estas dos expresiones se designa a un rarísimo animal del bosque huraño y sombrío a más no poder, y cuyo singular aspecto puede definirse diciendo que es un zorro rojizo, con altísimas patas de lobo. 

Esta longitud de las patas, y el extraño modo de moverlas, constituyen en efecto los dos rasgos más destacados del aguará-guazú. 

Como los camellos, las jirafas, los coatíes y, particularmente, los caballos de paso "andador", el aguará-guazú marcha avanzando a un tiempo las patas del mismo lado, y no cruzadas, como es la norma en casi todos los cuadrúpedos, y que el hombre mismo observa en sus miembros, quién sabe desde qué remotísimo pasado.

Pocos animales han sido objeto de leyendas más extraordinarias que las que ilustran a este fantástico —o, mejor dicho, fantasmal— zorro. Con su flacura, sus altas patas, sus orejas en punta y su largo andar, puede muy bien este aguará dar en un crepúsculo de selva la impresión de un espectro.

En el Zoo, detrás del pabellón de los leones, hubo hace años un aguará-guazú, siempre en una especie de viaje de sonámbulo por su cercado, que recorría en cuatro silenciosos trancos.

En casa tuvimos dos recién nacidos, y que no criamos bien por faltarnos leche entonces… Con caldo y papillas hicimos lo posible, al punto que los aguaracitos llegaron a contar un mes entre nosotros. Como la tigre de que ya he hablado, aquéllos nos seguían por todas partes, con la cabeza a tierra y el cuello duro entre los hombros.

No sé en verdad si aquel seguimiento de apariencia tan afectuosa, no era en el fondo una obstinada persecución de su presa, que de nosotros les llegaba. Cuando en los últimos tiempos les dábamos un pedacito de carne, su actitud a nuestro respecto variaba bruscamente. Echábase entonces encima de ella, con patas y cuello, todo erizados, y sus ojos azules, normalmente sin vida, centelleaban entonces al menor intento nuestro de acercarnos.

Poco a poco se apaciguaban, y cruzando el patio de arena con su presa en la boca, iban, cada cual por su lado, a esconderse bajo el espartillo, con las orejas gachas y ondulaciones de grandes fieras.

No nos podíamos acercar entonces. A la menor sospecha, roncaban con una profundidad que jamás se hubiera supuesto en aquellos muñecos. Y quienes luego regresaban a nuestros pies eran las mismas calmas bestiezuelas de mirada celeste, bizca y atónita de un rato antes.

Una mañana, un aguará salió de su casilla más tarde que de costumbre. Caminaba al sesgo, tambaleándose, y no parecía ver lo que tenía por delante. Se echaba y volvía a levantarse, sin saber para qué, pues no sufría en apariencia. Era víctima de una disentería muy viva.

A la mañana transiguiente sólo salió el aguaracito sano, pues el otro había quedado dentro, muerto. Y fue asimismo inútil cuanto hicimos para salvar al que nos quedaba. Enfermó días después, con el mismo cuadro clínico que el otro, e idéntico fin.

No creo hoy, sin embargo, que hubiéramos podido conservarlos. Los aguará-guazús mueren al poco tiempo en cautividad, por falta de adaptación, como se dice ahora, o minados, como se decía antes, por el "mal del país".


Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.
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