El Árabe Blanco

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


La mala suerte de Warner quiso que la Paramount lo destinará a una serie de cintas de ambiente oriental; algunas en la India, otras en Mongolia, y las últimas en el Sahara.

En unas y otras el asunto ha sido muy débil, y el mismo ambiente, que es lo menos que podríamos pedirles a los norteamericanos, dueños en la decoración, deja bastante que desear. En El árabe blanco, de reciente estreno, los arenales y las dunas del Sahara recuerdan demasiado a los desiertos del Arizona. No pretendemos, claro está, que las cintas argelinas o indúes se desarrollen precisamente en Argelia o la India; pero cuando lo que prima en un film es su color local, pretendemos una prolija reunión de aspectos físicos, indumentaria y detalles característicos, que es lo que se denomina ambiente. Y éste no deslumbra en las cintas aludidas. Las dunas donde se desarrollan las principales escenas de El árabe blanco, por ejemplo, nos son conocidísimas. Allí hemos visto crótalos, coyotes, caravanas petroleras, cow-boys, mineros—toda una flora yanki-mejicana de los desiertos del Arizona. ¿Será muy difícil buscar nuevos panoramas, aspectos de la naturaleza aún vírgenes para la pantalla? Es posible; pero de todos modos no hay imaginación capaz de compenetrarse con un ambiente de árabes, spahis y bayaderas de Nuevo Méjico…

Warner es —o tal vez era— un actor de gran sobriedad. Decía bastante más con los ojos que lo que William Farnum expresa con sus muecas ultradramáticas. Nos referimos al Farnum de ahora. Pues por amaneramiento de los actores, mala dirección o fatiga nuestra, es hoy casi imposible hacer referencia de una estrella del cine, sin echar de menos tal o cual feliz actuación de su pasado. Las cintas de ambiente, en particular, tienen esta virtud negativa. Ello obedece probablemente a que siendo muy grandes los gastos de tales films, se aprovecha el montaje del escenario para cuatro, seis, diez cintas de asunto casi idéntico. Y lo que pasaría o sería agradable imprimiendo un sólo film, se torna muy pesado en una serie de sosos dramas chinos, lituanos o argelinos: siempre el mismo asunto, los mismos tipos, la misma fatiga ante las mismas cintas con títulos distintos.

El único ambiente pintoresco que nos reserva o puede reservarnos siempre una sorpresa es el del oeste, fronterizo con Méjico o Canadá. Y esto por la simple razón de que es el ambiente nativo, sentido y vivido, sin trampas ni ilusiones folletinescas. Cuantas veces las empresas norteamericanas se aparten de este elemento teatral, facilísimo a sus actores por tenerlo en la sangre misma, pasarán ante la pantalla muy pobres cosas. Salvo excepciones, claro está, de las que muy pocas, sin embargo, se podrían recordar.

Desafiando la Suerte. —A raíz del campeonato del mundo Johnson-Williard, que este último ganó, una casa filmadora se apresuró a contratarlo, con el objeto de explotar en la pantalla la gran boga del campeón blanco. Acababa de concluirse la impresión de las cintas, cuando sobrevino el nuevo campeonato Williard - Dempsey. Se comprende muy bien la inquietud de la empresa cinematográfica ante esta contingencia: Si su flamante estrella Williard ganaba el nuevo match, la nombradía del campeón se acrecentaría gigantescomente, y los films en cuestión correrían el mundo. Si, en cambio, Williard perdía el campeonato, no le quedaba a la empresa más consuelo que hacer la réclame de su estrella con esta leyenda: "Cinta tal, por Jess Williard, ex campeón del mundo".

La diferencia, como se ve, es sensible. Williard perdió el campeonato, y meses después nos llega su primera cinta: Desafiando la suerte. Dos cosas se destacan singularmente en dicho film; 1.º, que a despecho de la poca agilidad intelectual que hace presumir la expresión y la profesión del señor Williard, tiene este boxeador bastante inteligencia para haberse dado cuenta de que sólo una cosa podía salvarlo en la pantalla, y esta cosa es la falta absoluta de pretensiones. En efecto, el ex campeón se nos presenta tal cual es, seguramente. Se levanta, camina y mira con honorable naturalidad, sin incurrir jamás en actitudes dramáticas. No hace una buena cinta, porque sus aptitudes no le dan para más; pero conocemos en la pantalla docenas de cómicos de frente más estrecha que el ex campeón, y que logran, sin embargo, engañar a no escaso público, con poses, gestos y muecas aprendidas en El perfecto actor dramático. En un tiempo, en la edad heroica del cine, el juego fisonómico consistía casi exclusivamente en levantar mucho las cejas, entrecerrar luego los ojos, volver a levantar las cejas, y mirar de frente la máquina. Ahora el trueque es otro: no levantar las cejas, ni siquiera un dedo. Caminar como un autómata, y, en resumen, por contraste en el exceso de gesticulación del principio, no expresar nada. Aún actores inteligentes —tal Warner de quien acabamos de ocuparnos— caen en este desliz. Justo es decir que, muchas veces, tal actitud de autómatas no tiene otro objeto que poner de relieve el buen corte de la ropa, la perfecta caída de las solapas, la matemática raya del pantalón.

Volvamos a Williard, y al segundo singular aspecto de su actuación. Consiste la tal singularidad en que el ex campeón da la impresión de cualquier cosa en la pantalla, menos la de un boxeador —¡y de qué talla!

¿Acaso la torpeza y lentitud de sus golpes le ha sido ordenada para no maltratar excesivamente a sus víctimas? ¿O hay un box teatral, de gran efecto, reforzado por la velocidad de la película? Ello es que ese hombrón pesado y desmañado no acierta a desprenderse de tres o cuatro pobres diablos, si no es con un pescozón en la nuca, siempre el mismo, que concluye por volver ridícula la cosa.

Pero, en fin, el buen y gran vaquero del norte no ha tenido en todo su trabajo la pretensión de ser un Hart, un Carey o un Mix. Lo cual merece un buen apretón de manos... de manos —pero nada más, pues no se trata de aplaudir a un boxeador sino a un actor.


Publicado el 22 de septiembre de 2026 por Brian.
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