El primer hombre que, descontento de la forma insípida del cacharro en que bebía, quiso embellecerlo, creó una obra de arte. Con seguridad aquel nuevo cacharro no tenía nada de lo que miles o millones de años después conceptuamos artístico: el salvaje remedaba lo que veía: hombre, animal, planta. Remedo inmensamente tosco, pero que encerraba una virtud extraordinaria como obra de arte: respondía dicha obra, exactamente, a la concepción que de lo bello nacía en el espeso cráneo primitivo. Daba el salvaje, en ese esfuerzo de alma rudimentaria, cuanto había en él. No tenía la menor idea de que lo que él estaba haciendo pudiera no ser bello, pues no conocía otro modo de embellecer. Era su cacharro, pues, una obra sincera.
Y si esta cualidad es el corazón hecho arte de las grandes obras civilizadas, de ella también proviene el encanto de esos vasos, estatuitas, dibujos y tejidos primitivos.
Muchísimo más tarde, casi en nuestros días, un poeta de vuelo ha condensado en un verso la esencia y el por qué de la real obra de arte:
Mon verre est petit, mais je bois dans mon verre.
El vaso propio —modo personal de sentir, ver y reaccionar— es el único en este mundo capaz de guardar y verter esa infantil y fecunda savia que en la vida y el arte se llaman Sinceridad.
Alguna vez hemos visto resaltar esta evidencia ante la infructuosa preocupación actual de resucitar el arte primitivo: decorados, alfarería y tejidos de una época o de unos seres profundamente incultos. La empresa es dolorosa, por esta simple razón: lo que constituye el encanto del cacharro salvaje —ingenuidad del alma obscura que lo creó— es precisamente lo que falta en el artista ultra-civilizado que la remeda. El salvaje obró en un solo sentido, pues ignoraba otro; el artista de hoy elige ese sentido, entre los mil caminos que conoce. Lo que en el uno es espontaneidad adorable, responde en el otro a dubitación, tanteo, amargura, desencanto de las rutas exploradas. Llega al amor de la figurita ingenua, por fatiga de la figurita super refinada. Y si esta desorientación de artista supone ductilidad de alma para sentir un decorado cuaternario, no lo faculta de igual modo para crearlo. Porque esta creación es en él un camino elegido, cuando en el artista primitivo era el único.
No es imposible que en un ceramista de nuestros días anime una sensibilidad salvaje: inmensas frescura y espontaneidad artísticas para ver y sentir por primera vez; pero el fenómeno es demasiado raro para hallarlo en la primera exposición, y para no desconfiar de la mayoría de los decorados pseudo-toscos, cuya primitividad de alma es una simple manifestación de decadencia.
El principiante —podrá decirse— el artista inculto, se hallan, pues, en tales condiciones de sensibilidad impoluta. No es así; en las razas desde largo tiempo civilizadas, la herencia, por insensible que aparezca, nos niega esa frescura primordial. El neófito —escritor, pintor, escultor— paga a despecho suyo la fatiga artística de un próximo o remoto antecesor.
