El Beso: Su Uso Y Abuso

Horacio Quiroga


Artículo, Cuento


Un hombre joven, de sangre viva y corazón ansioso, acaba de hallar en un sendero de su vida a la mujer que desde las remotas migraciones de las almas le estaba aguardando. Ni ella ni él se reconocen, por cierto, pero su mutuo amor, profundo e incontenible, les asegura que el mundo entero podría desaparecer a su rededor, mientras quedara a ambos para sostenerse el hilo de sus miradas.

Estos jóvenes, esperanza de sí mismos, de sus padres y del inmenso corazón que alienta al universo, se unen en matrimonio. Dios y el Registro Civil —como reza la canción— augurándoles dicha eterna. Para gustarla con toda el alma, los recién casados cambian un beso.

No saben dónde están, ni pueden tal vez saberlo. Como el mar hacia la luna, y el sistema solar hacia soles más vivos que el nuestro, inconstrastable y fatalmente se han sentido atraídos el uno hacia el otro.

Bajo el cielo sin mancha, sobre el vasto fermento primaveral de la naturaleza cómplice, los esposos han cumplido un derecho de sus jóvenes cuerpos y un deber de su altísimo amor.

Tal es. Pero las ordenanzas policiales se oponen a estas manifestaciones públicas del sentimiento, y ambos jóvenes son detenidos y presos.

¿Hasta qué punto nuestra policía reglamenta la moralidad del sentimiento expresado en un beso? ¿Dónde comienza y concluye el atentado público por medio de él? ¿Con arreglo a qué canon o esquema sutil los modestos agentes de la seguridad aprecian los límites del beso permitido y del que no lo es?

Todo esto sobrepasa nuestro conocimiento en la materia. Pero, algo debe haber reglamentado al respecto, cuando la policía de la ciudad de Méjico, capital del Estado del mismo nombre, ha derogado, según nos informan, todas las disposiciones restrictivas del beso en público, concediendo a los enamorados su franco uso dentro de los límites de la ciudad.

Una sola culpa se establece: su abuso.

Y volvemos a caer con ello en el sutil canon de moralidad a que los agentes de policía de Méjico deben ajustar su apreciación: ¿Qué es besar dentro de los límites permitidos? ¿Dónde y cuándo comienza el abuso?

Los causantes, el novio o esposo transportados de amor, y la novia o esposa desfallecidas de dicha, pueden acaso —pero sólo ellos— sojuzgar y aquilatar el uso o el abuso de sus expansiones de cariño. Sólo ellos pueden percibir cuándo sus almas se hallan castamente satisfechas de besarse, y cuándo, a pesar de la dichosa plenitud largamente libada en un beso, como los niños piden más.

Hay frugales y glotones por naturaleza en el amor; ávidos e inapetentes; simuladores de hambre y disimuladores de un vasto apetito. Toda una fauna sentimental, que escapa al alcance psicológico de un agente de policía.

Veamos. El agente, por ejemplo, acaba de detener a una pareja de enamorados que ante sus ojos han abusado manifiestamente del beso en la calle pública.

—Bien —observa al agente la severa autoridad ante la cual los causantes comparecen—. ¿Qué hacían los señores cuando usted intervino?

—Se besaban, mi jefe.

—Pero usted debe saber que las ordenanzas lo permiten.

—Sí, señor. Pero estaban abusando.

—¿Cuántos besos se habían dado los señores al comprobar usted el abuso?

—No los conté, mi jefe... Tal vez ocho o diez.

—A su modo de ver, entonces, ese décimo beso constituía ya un abuso?

—Así es, mi jefe.

—Y cuando usted besaba a su novia, agente, ¿no alcanzó nunca a darle diez besos?

—Y... creo que sí, señor.

—Bien. Constitúyase arrestado, agente. Nunca es tarde para purgar las culpas.

—¿Me permite, mi jefe?

—Diga, agente.

—Y... no era en un sitio público, señor.

—Peor entonces, porque usted habrá reabusado. Tres días más de arresto, agente.

Tales interpretaciones, como se ve, variables al infinito, deben ser seguramente el obstáculo más grande que hallen dichas ordenanzas para su cumplimiento. Mientras que no se establezca un criterium para juzgar del uso y del abuso del beso prevengámonos contra toda ordenanza. A los mejicanos incumbe por el momento su presente hallazgo.


Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.
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