El Boa

Horacio Quiroga


Artículo, Cuento, Crónica


La designación de boa es genérica, y comprende unas cuantas especies de serpientes sudamericanas. En lenguaje común, sin embargo, entendemos por boa toda serpiente singularmente larga, proporcionalmente gruesa y capaz de hacer crujir entre sus anillos los huesos de la víctima que entre ellos encerró. Naturalmente, estos boas son hijos de la zona ecuatorial, y apenas si una u otra especie de menor tamaño se aventura por bajo del trópico.

La primera noticia personal que en Misiones tuvimos del boa, nos la ofreció una víbora arrollada, una mañana, ante la puerta del taller.

Jamás habíamos visto animal semejante. Su piel lucía con extraños círculos como taraceados, con un aspecto general de piel de surubi. Me informe en vano sobre su nombre indigena; nadie la conocía. Meses después supe que aquella viborilla era un boa. Lamenté no haber podido familiarizarme con él, cosa que tampoco logramos con un segundo ejemplar hallado también en casa, a la mañana siguiente de una agitada noche de ratas, que chillaron toda la noche como presas de gran pavor. Al levantarme y llevar las manos a las botas, el boa estaba arrollado al lado. Vimos, después, que en el vientre albergaba cinco ratitas recién nacidas, lo que explicaba el escándalo de la rateria. 

Pasamos un tiempo sin ver otro boa, cuando un hombre llegó hasta casa con un ejemplar de mérite, colgado de una rama que el peón sostenía con esfuerzo. El animal, en efecto, medía un metro sesenta, y era grueso en la abultada proporción de las víboras de cascabel. Pero al revés de éstas y de las yararás, bastante miedosas cuando se las ciñe de cerca, el boa aquel, pendiente de la vara, volvía la cabeza roma a uno y otro lado, según fuera nuestra situación a su respecto. Y cuando mi chico estiró el brazo para tocarlo, saltó hacia atrás con rapidez semejante a la del boa al tenderse hacia aquél.

Ya estábamos, pues, edificados sobre la modalidad del nuevo huésped. Lo instalamos en una jaula con tejido de alambre, y nos pusimos a observar la velocidad del ataque del boa, único, al parecer, entre todos los seres vivientes.

Es punto menos que imposible conocer, en los primeros momentos, cuándo el boa, perfectamente inmóvil, va a lanzar su cabeza como un ariete. La distancia desde la cual ataca debe variar mucho posiblemente, según la libertad del sujeto y el peligro que presiente en su enemigo.

Nuestra fiera hacía sonar la red de alambre cuando mi cabeza había alcanzado a medio metro de la jaula. No logré ver nunca el arranque inicial, ni mucho menos el desplazamiento de la cabeza. Sentía el golpe, bruscamente, sin dejar por ello de ver antes y después él boa, inmóvil. Poco a poco, sin embargo, llegué a poder precisar, sin décima de segundo de error, el instante mismo del ataque. Y esto lo conocía en la mirada del boa, fija, naturalmente, en la mía. Un ser cualquiera presa —boa, león, tigre,— al asalto, puede no moverse ni pestañear; puede no alterar en lo más mínimo la línea de piedra de sus músculos; pero la brusca resolución de fuerzas, la súbita exaltación de vida en la mirada, denuncia el ataque con una claridad de relámpago.

Obra aquí, sin duda, una cuestión de psicología superior en el hombre. En un principio el animal nos sorprendía siempre. Poco después, conocíamos al dedillo la psicología del boa. Como decimos aquí, le habíamos tomado el tiempo a las posturas, las miradas, y las cuatro o cinco ideas irascibles de nuestra pupila. Tiempo después nos vimos forzados a mirarlo. Y ni muerto ni vivo sospechó nunca el destino que habíamos de dar a su piel.


Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.
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