El Caballero Tenía La Barba Azul

Horacio Quiroga


Poema


Y así que el fuego hubo devorado completamente

la madera, y la alta pira se convirtió en carbón, como

un muñeco sin igual vestido con modas femeninas, cayó

el noble señor al suelo.


Venía de los próximos huertos un apacible olor de

cereza; quedos ruiseñores hablaban en los setos de una

aventura ideal; la noche era azuladamente obscura; y

en la plaza, ante el resplandor de los encendidos car-

bones, la muchedumbre veía atónita cómo dos brasas

de fuego devoraban los ojos del señor.

—Recuerda, —insistía una madre a su pequeño—

ese hombre fue malo.


Y las mujeres se alejaban señalándole con el dedo,

murmuraban en voz baja el nombre execrable, pedían

perdón por el alma inclemente, marchaban en silencio,

teñidas de rojo las espaldas por el resplandor final.


Fue de noche a altas horas, cuando las doncellas

acudieron a besarle el rostro. Muy cambiado estaba el

noble señor. De su figura, antes tan hermosa que da-

ba pena verle así, el fuego devorador había arrebata-

do los encajes, las sedas, toda la noble carne. Y en su

cuerpo voluntarioso, sólo la barba, por extraña casua-

lidad, había quedado intacta.


Almas llenas de amor, las doncellas vivían largas

horas sobre sus labios, rendían lentamente sus caricias

ya estériles. Y bajo la boca insensible —curiosilla de

zapatitos blancos y dientes de leche, santa querida de la

casa, con pecho tibio y débil cintura de señorita, una

criatura— los deditos caprichosos y angelicales —ju-

gaba con tu barba, caballero Ghil de Rez.


Publicado el 21 de septiembre de 2026 por Brian.
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