Y así que el fuego hubo devorado completamente
la madera, y la alta pira se convirtió en carbón, como
un muñeco sin igual vestido con modas femeninas, cayó
el noble señor al suelo.
Venía de los próximos huertos un apacible olor de
cereza; quedos ruiseñores hablaban en los setos de una
aventura ideal; la noche era azuladamente obscura; y
en la plaza, ante el resplandor de los encendidos car-
bones, la muchedumbre veía atónita cómo dos brasas
de fuego devoraban los ojos del señor.
—Recuerda, —insistía una madre a su pequeño—
ese hombre fue malo.
Y las mujeres se alejaban señalándole con el dedo,
murmuraban en voz baja el nombre execrable, pedían
perdón por el alma inclemente, marchaban en silencio,
teñidas de rojo las espaldas por el resplandor final.
Fue de noche a altas horas, cuando las doncellas
acudieron a besarle el rostro. Muy cambiado estaba el
noble señor. De su figura, antes tan hermosa que da-
ba pena verle así, el fuego devorador había arrebata-
do los encajes, las sedas, toda la noble carne. Y en su
cuerpo voluntarioso, sólo la barba, por extraña casua-
lidad, había quedado intacta.
Almas llenas de amor, las doncellas vivían largas
horas sobre sus labios, rendían lentamente sus caricias
ya estériles. Y bajo la boca insensible —curiosilla de
zapatitos blancos y dientes de leche, santa querida de la
casa, con pecho tibio y débil cintura de señorita, una
criatura— los deditos caprichosos y angelicales —ju-
gaba con tu barba, caballero Ghil de Rez.
