El Caguaré

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Artículo


Pocas cosas parecen más comprobadas que el amor de los osos hormigueros por las hormigas y la miel. Y pocas más difíciles, en cambio, que criar uno de estos animalitos con aquellos manjares.

De las dos especies de osos hormigueros conocidas en Misiones, una de ellas posee una cola fantásticamente rica que lleva enmarcada a la rastra, y que enarbola como un penacho a la menor sorpresa. Es el ñurumí, o tamanduá bandeira, como dicen los brasileños. La otra especie es más pequeña y posee una cola prehensil, muy semejante a la de las comadrejas. Vive en los árboles, y se la denomina caguaré.

En cierta ocasión tuvimos en casa un caguaré, y la primera insinuación sobre lo extraño de su pelaje, me la dió mi chico, prendido de mi mano ante la vista del animal.

—Papá —me dijo luego, levantando los ojos a mí— Parece que tuviera puesta una camisa escotada de sport.

No camisa, sino negro corpiño, es lo que en realidad parecía vestir mi huésped amarillo, a favor de las dos negras cintas que pasadas sobre los hombros, sujetaban el negro cuerpo del lomo y pecho.

Desde una y otra cinta arrancaban de los hombros macizos, los dos más cortos y musculosos brazos que sea posible ver. Las patas delanteras del puma, aún ejemplares, parecían endebles comparadas con la robustez atlética de las del caguaré. Tan vigorosas eran dichas patas, que al pretender levantar del suelo a su dueño, se sufría la impresión de arrancarlo, por el esfuerzo que parecía hacer con sus patas tendidas para afirmarse en algo.

Ningún animal manso, por lo demás, demuestra más claramente con su actitud que la finalidad de toda persona que se acerca a él, es levantarlo del suelo. Su largo y lento paso, con las uñas dobladas hacia adentro, se suspendía apenas sentía una proximidad extraña, encogiéndose y tendiendo los brazos. Reemprendía otra vez la marcha si no se le inquietaba, para suspenderla otra vez al menor alerta.

Nuestro caguaré procedía en un todo como sus hermanos, y en los ocho días que estuvo con nosotros, no hizo sino desplazarse de un lado para otro, buscando con ahinco no sé qué, y tocando apenas con la punta de la lengua la miel puesta a su alcance. Hormigas, ni una sola; ajustando también en esto su proceder al de todos los ejemplares de que yo tenga noticias en Misiones.

Evidentemente, a mis manjares les faltaba o sobraba algo, algún tufo salvaje, en el primer caso, o una para él perceptible infección de domesticidad—en el segundo, —lo mismo que falta y sobra a los serios animales inadaptables, que se dejan morir de extenuación, con las entrañas devoradas por el hambre.

No creo que nuestro caguaré hubiera alcanzado a vivir mucho con nosotros, a pesar de que en los ocho días que estuvo en casa, no disminuyó sensiblemente de vitalidad ni de peso.

Dos noches después de haber huído, un vecino amigo nuestro se vio forzado a levantarse a altas horas de una noche de helada, ante el escándalo de su perro a la vera del monte. fue allá, sin vestirse y con la escopeta en la mano, llegando justo a punto en que su perro y un animal que no podía reconocer en la obscuridad, se trababan en lucha.

Dice mi amigo que la pareja rodaba y aullaba entrelazada de tal modo, que no se atrevía a disparar sobre la bestia incógnita, por el temor de equivocarse en la obscuridad y matar a su perro. Que al fin, en un momento propicio, echó la mano para arrancar, ayudando a su perro, lo que él suponía ser zorro o irara, cuando sintió que algo como serpiente se enroscaba velozmente alrededor de su puño.

Mi amigo dió un salto atrás, —de tres metros, dice él— siempre con la serpiente arrollada, mientras que su escopeta caía entre los combatientes. Pero al parecer esta maniobra había dado tiempo al perro para desprenderse de su enemigo, pues logrando hacer presa en el cuello de aquél, lo dejó en breve tiempo tendido, aunque sacudiéndose aún violentamente,

Mi amigo llevó al animal a su casa, y vio allí que era un caguaré, —posiblemente el mío. Su perro se desangraba por los profundos agujeros hechos por las garras del oso, garras bastante fuertes y largas para abatir a un tigre mismo, en sus eventuales luchas con el ñurumí.

Yo perdí así por segunda vez a mi caguaré, y mi amigo perdió a su perro. Pero esta pérdida —como él dice— grande y todo para él, no es nada al lado de la impresión de sentir en las tinieblas enroscarse en su muñeca la cola prehensil del caguaré.


Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.
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