Cuando un médico dice que lo que se paga con diez pesos por su consulta no es el examen de un minuto o la receta de un segundo, sino los largos años de perseverancia —si no de pobreza— con que sobrellevó sus estudios, expresa la situación de todos aquellos que sin esfuerzo aparente perciben el interés de un fuerte capital invisible.
Las gentes suelen juzgar con mal humor este como agio de la intelectualidad, tanto más duro cuanto sutil en la esencia del capital opresor: Tal el del arte, cuyas transacciones económicas han pasmado eternamente y continúan pasmando a los mercaderes de orden más general.
Hace muchos años, un señor cuyo nombre no hace al caso, propietario de una casa de modas, recibió una tarde la visita de Rubén Darío, con quien tenía una de esas vagas amistades que depara un encuentro en tal o cual bar.
Este señor no era precisamente un hombre inculto; antes bien, merecía más consideraciones que las que el poeta tuvo con él, al final de su visita. Pero todos sabemos que Darío no era estrictamente formal en sus relaciones, y pasaba, luego, por uno de sus malos momentos.
Ello es que Darío, llegado a las cinco de la tarde a casa de su amigo, que no se hallaba solo, tomó el té con ellos, se quedó unas horas más, comió allí, y eran ya las doce de la noche cuando se retiró, con gran pesadumbre de sus deslumbrados anfitriones.
Preciso es advertir que Darío no era expansivo, ni aún en la intimidad. En esa ocasión, sin embargo, habíase mostrado el “causeur” incomparable que podía ser, si lo quería. Tuvo por largas horas pendiente de sus labios a su auditorio, que ni aún con su ausencia podía recobrarse de su encanto.
Pero cuando, ya en la puerta de calle, adonde el anfitrión lo había acompañado, éste le estrechaba por última vez la mano, Darío le pidió dos pesos.
“No diez, ni siquiera cien: dos pesos solamente me pidió, como un vulgar pechador”. Con estas catorce palabras, el comerciante despechado comentó y juzgó a Darío.
El capital de este señor estaba pomposamente expuesto en sus vidrieras. Podía vender sin escrúpulos sus chiches en centenares de pesos por el placer o el capricho de un momento, pues representaban un valor bien visible; —y la “causerie” del poeta, no.
Pero lo que Darío daba por dos pesos era el encanto, y prolongado horas y horas, de una inteligencia privilegiada, de una erudición cultísima, de una vida ampliamente sufrida en emociones, depurada en arte, y todo ello entregado, con humillación y generosidad sin par, para compensar el pedido de dos pesos que cualquiera de nosotros se atreve a exigir, sin dejar en rehén un átomo de vergüenza.
