Al caer la noche de un riguroso día de verano, tan riguroso que las piedras se mantienen calientes en la obscuridad; antes que el rocío refresque la atmósfera ardida, y los cuyos asciendan desde la hondura de los valles, suele oírse en Misiones un zumbido lejano, cuya orientación no se puede aún definir, El zumbido crece, acercándose sensiblemente; tórnase agudo de pronto, y sacudiendo el aire en nuestros propios oídos con una violencia de pequeño bólido, va de nuevo a perderse en el misterio de la noche.
No siempre pasa de este modo. A veces el zumbido se estrella, por decirlo así, contra la palmera que nos abanica. Y al pie del árbol vemos entonces por el césped avanzar pesadamente, como una máquina que quisiera imitar a un insecto, un enorme escarabajo que destella, bruñido y verde como un metal, Es el cascarudo-tanque.
Ningún escarabajo da como él la impresión de artificio con cardanes, bielas y pistones de lenta marcha. Cada movimiento suyo, cada avance de pata, es un prodigio de mecánica; pero no lo parecería, a juzgar por la titubeante lentitud del animal.
Con su coraza en declive y ajustada como planchas; con su solidez metálica y su perfil de pirámide, el cascarudo que nos ocupa recuerda en efecto a un tanque de guerra, aunque más inteligente.
Sus hábitos son, por lo demás, de guerra. Nada le interesa sino la carne. Con sus terribles patas delanteras, se abre en un instante camino a través del vientre de un animal.
Hemos visto una vez moverse a una gallina muerta desde dos días atrás, y aún deslizarse por el suelo. Pero esto se debía a que dos o tres cascarudos habían irrumpido dentro de la gallina, canalizándola con ardor.
Este animal encarna, en su asistencia fúnebre e infalible, al perfecto vampiro necrófilo. Su presencia es señal inequívoca de muerte. Puede el más fino olfato de sabueso no haber percibido aún el olor de un cadáver a su alrededor; pero al cerrar la noche los escarabajos-tanque surgirán de la densa tiniebla zumbando a aplastarse sobre el cadáver, y en diez minutos lo habrán recorrido en todas direcciones por dentro.
Cuando en casa habíamos disecado una víbora de gran tamaño, sabíamos que esa noche tendríamos fiesta de bólidos. En efecto, apenas comenzados a cenar bajo las palmeras, oíamos, lejano aún, el primer zumbido anunciador. Un momento después el monstruo nos circundaba con su sonante volido a cinco mil aletazos por minuto, para caer con brusco silencio sobre el largo cadáver, o en sus inmediaciones, las más de las veces.
Seis u ocho cascarudos-tanque pagaban así en la noche su devoción a la muerte. Y puede creerse que no es tarea fácil sujetar entre los dedos uno de estos monstruos cuya vida mecánica se resume entonces entera en apartarlo todo de sí, con sus patas de solidez, lentitud y fuerza incomparables.
Uno de estos vampiros nos dió asimismo la más fuerte impresión de soledad de que guardamos memoria.
Era también en Misiones. La noche anterior habíamos matado de un tiro a un perro nuestro, por lamentable equivocación, El perro había huido, pero agonizando en el camino. A la mañana siguiente, siguiendo su rastro, lo hallamos en un rozado de monte que se acababa de quemar. En el medio de ese espacio de una manzana, donde el fuego lo había aniquilado todo, el perro yacía muerto. A esa hora, no se sentía la presencia de vida alguna en tal desolado páramo, agobiado de sol y silencio.
Sólo, único y solo en la muerte del paisaje, un cascarudo-tanque, refulgente de sol, avanzaba por entre las cenizas.
Estaba ya a cincuenta centímetros del perro. Nada ni nadie podía privarle de aquella presa. Tuve entonces la sensación a que he aludido, pues en aquel páramo de muerte y silencio, la marcha del escarabajo hacia el perro muerto, representaba la más profunda y fúnebre soledad.
