La caza mayor de monte —el monte subtropical del nordeste, que es el que nos ocupa— puede concretarse a la de dos animales: el tapir y el tigre.
La cacería del tapir —o anta, o gran bestia, o mborebí, pues con todos estos nombres se le conoce— es una aventura vulgar, muy fatigosa cuando se la efectúa corriendo a través del monte, o descansada hasta el cansancio cuando se espera a la bestia horas y horas en el agua. Su caza no ofrece peligros, fuera de los inherentes a la corrida misma. La puede emprender cualquier hombre ágil o paciente, según el caso, y con cualquier arma y cualquier clase de perros.
Dicha caza, pues, no caracteriza en modo alguno al cazador.
Cosa muy distinta pasa con el tigre. Como el algarrobo entre los demás árboles para los mediterráneos del país, el tigre es para los pobladores de la selva el animal por antonomasia. Por su importancia capital, al algarrobo se le denomina árbol exclusivamente. Todos los demás árboles no lo son.
Para el habitante del bosque tropical, poblado de bichos, el único que merece tal nombre es el tigre: los otros son tapires o ciervos, osos hormigueros o cuendús. Bicho es únicamente el tigre.
Creemos que son los brasileños de la frontera quienes han impuesto el término, que expresa a la vez el ansia y el peligro, el terror y el goce de la vida montaraz.
El brasileño, en efecto, sea por la influencia de la vasta selva que constituye su país, fuere por idiosincrasia particular, es el hombre del monte. Se halla en él como en su casa. Sólo tiene dos pasiones, una normal y la otra contradictoria: la caza y el desmonte. Cuando no corre por el monte aullando como sus cachorros, tiene el hacha en la mano. Donde él se instala, el bosque cae como por encanto a su alrededor.
Si media hectárea de rozado basta para su maíz y sus porotos, roza dos o tres. Naturalmente, las bestias huyen del tufo del humo y el golpeteo del hacha. El cazador se interna entonces más en la selva en busca de caza, para ahuyentarla otra vez con su fiebre de desmonte.
He insistido en esta característica del brasileño, porque ella ha impreso sus modalidades en los pobladores primitivos de Misiones. Durante mucho tiempo no se conoció en aquel territorio otra lengua que el portugués. Hoy mismo, las expresiones de la gran caza son todas brasileñas.
Como hace apenas veinte años, se ve todavía a individuos que plantan en inextricable monte, a una o más leguas de su rancho, con el solo objeto de atraer con el maíz a las piaras de chanchos salvajes, y a los tigres tras ellos.
Los tres más famosos cazadores de tigres que he conocido en la región hablaban todos ellos en portugués, aunque eran argentinos nacidos allí mismo. Estos tres tipos, que han llenado durante veinte años su zona de acción con el lustre de sus correrías, llevaban la misma vida, tenían la misma técnica de caza y poseían a la par la facultad prima del cazador de monte: el sentido de la orientación.
Nada es, en efecto, correr el día entero, azuzar, machetear, tirar y matar, cuando al final de la sangrienta jornada el cazador abre la boca a todos lados sin saber dónde se halla. Todo lo ha llevado por delante con la locura del correr. Ha subido, bajado, trepado, se ha desmoronado dando tumbos.
Con el último aullido de triunfo vuelve en sí como de un sueño. Se halla no sabe dónde, perdido entre los árboles y las tinieblas. Nada reconoce. El Paraná puede estar al norte, al sur, al este o al oeste.
Más que un recién nacido transportado por arte de magia al sitio que ocupa, el hombre se siente totalmente estéril, abandonado y nulo en la gran selva.
¿Qué hacer?
Nada hará, porque el hombre que no posee el sentido de orientarse en el monte no se arriesga a correr tras la caza.
En cierta ocasión hemos corrido el día entero tras rastros cruzados que nos llevaron por fin a un miserable coatí. Dos de los cazadores citados han considerado mudo el rumbo que debía llevarnos otra vez al río. Apenas se entreveían lívidos retazos de cielo recortados en lo alto del monte. No había viento. Habíamos vuelto cien veces sobre nuestros pasos y girado como trompos enloquecidos tras los caprichos del rastro. Y, a pesar de todo esto, instantes después nos encaminábamos rectos como flechas a la playa misma desde donde habíamos ascendido a los cerros.
Este instinto del rumbo, agudo, inconsciente y fatal en el hombre, tanto como la percepción de las emanaciones en las bestias, constituye el olfato del cazador. Sin él no es posible correr tras el rastro y regresar vivo.
La táctica del cazador de tigres es también una siempre, sin más variantes que las impuestas al final de la corrida por el carácter de la fiera. Si ésta es valiente, esperará a los hombres en tierra. Si es cobarde, trepará a un árbol. Pero, acorralado en un rincón o en la horqueta de dos ramas, el tigre no ve sino un enemigo, al que presta toda su atención: los perros.
Flacos hasta el esqueleto, sarnosos y el hocico desfigurado de cicatrices, reumáticos y ardientes de furia, ellos representan el único peligro para el tigre. Sus tremendos ronquidos responden directamente al gañido aullante de la jauría.
Seguro de que mientras un perro aliente el tigre no se preocupará de su persona, el cazador, sin cuidarse para nada de la fiera ni mirarla, roza cuidadosamente la maleza a su alrededor, con el objeto de poder maniobrar a gusto con su machete cuando el tigre, tras el estampido del arma que rara vez lo mata, se lance a pedir cuentas de la agresión.
Esta maniobra de aprestar el sitio del duelo volviendo la espalda a la fiera tiene otro objeto, y es manifestar no tan sólo falta de temor, sino desprecio por sus muecas y bramidos. Para reforzar este desdén, el cazador suele acompañar sus machetazos con insultos por cuenta de la bestia:
—¡Bigotudo mulita!... ¡Hijo de tal!... ¡Cuzco compadrón!...
Por entre el monte llamado sucio, a causa de las densas madejas de tacuapí que cierran paso y vista, es imposible correr con escopeta o fusil alguno. Por esto los cazadores llevan por toda arma de fuego una pistola que cargan al cinto y que no es, las más de las veces, sino una escopeta cuyo cañón han cortado a quince centímetros de los gatillos.
Manejan esta arma con las dos manos extendidas. Cárganla habitualmente con pedazos de patas de olla; y si usan balas, raspan cuidadosamente el plomo hasta que juegue libremente en el cañón, a fin de asegurar la puntería.
Un tiro con tal arma y dicha munición, aún a boca de jarro, como es forzoso hacerlo en la circunstancia, casi nunca mata. Y, como la fiera salta sobre el humo mismo, es admirable cómo tales cazadores pueden, de ese duelo, quedar ellos solos en pie.
La psicología de esos hombres es también curiosa. Cuestionado cierta vez por mí un cazador que, solo y sin armas, había tropezado con un tigre en una picada, me respondió que, debido tal vez a lo inesperado del encuentro, no había tenido temor alguno, aunque él y la fiera hubieran sostenido por más de un minuto un inmóvil vis-à-vis.
—Yo no tenía miedo, le juro —afirmó—. Pero asimismo toda la carne del cuerpo me temblaba.
En parecidas circunstancias, otro cazador que, hallándose dormido en su canoa y envuelto en el poncho, fue despertado por el manoteo curioso de un tigre, me informó de que la sorpresa del bicho había sido, por lo menos, tan grande como la suya cuando se desembozó bruscamente al incorporarse.
Paso tras paso, el tigre había retrocedido sin perder de vista al cazador, que se mantenía inmóvil. No enseñó un solo instante el costillar, ni apartó los ojos del hombre. Cedió terreno palmo a palmo, hasta hundirse por fin de ancas en el monte.
—Yo estaba quieto sin saber qué hacer —concluyó el cazador—, y nunca en la vida he tenido más miedo. Pero yo le aseguro —agregó después de un momento— que el tigre también tuvo miedo...
Personalmente, yo no tengo experiencia de tigres. Sólo en dos ocasiones me he hallado en sus proximidades sin verle: una vez en el Chaco, en que un tigre nos robó del campamento de caza los restos de un ciervo que habíamos cazado sin perros y que pendían de un árbol debajo del cual dormíamos, para lo cual la fiera debió saltar cautelosamente por encima de nosotros; y la otra vez, en Misiones, cuando, al cruzar una picada crepuscular, mi caballo bufó de pronto y se asentó sobre el cuarto trasero, con las orejas rígidas como alambre, a tiempo que mis cuatro perros hundían el rabo entre las patas delanteras y, con el pelo erizado, lanzaban un largo aullido de pavor.
Mis perros habían sido sorprendidos y no se les podía exigir más. Pero aunque hubieran olido al tigre desde lejos, y no brutalmente a la fiera misma que acababa de pasar, no por eso habrían dejado de aullar y erizar el lomo durante toda la corrida.
