El Cine Educativo…

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


El cine Educativo. Patagonia. —Esta vez no es un drama lo que nos ofrece la cinematografía nacional, sino una cinta descriptiva de las bellezas naturales del sur. 

En igual carácter y forma hemos visto ya el Iguazú y la región de las Orcadas, editadas por la misma casa, Valle, que acaba de lanzar Patagonia. 

Estas cintas tienen o pueden tener una misión instructiva de alto vuelo. Aportan a la enseñanza, y en este caso particular al conocimiento de la geografía física, elementos vivos de primer orden. No todos sabemos qué clase de árboles crían Misiones y la Patagonia, ni qué aspectos ofrecen una catarata célebre, una región de lagos o de riquezas mineras —a pesar de ser las tres cosas tema de diaria unción. 

Cuanto puede verse y valorarse por los ojos, está de más en letra impresa. La descripción más minuciosa y fría de un paisaje de sur que puede ofrecernos una de las tantas geografías nacionales, no logra evocar ni en centésima parte lo que una cinta andina, dramática o natural. Así lo han comprendido Estados Unidos y algunos países europeos, al reemplazar en la enseñanza textos y carteles por la pantalla en todo aquello que exige la visión para su exacta comprensión. 

Ya en los primeros tiempos del cine el filme nos hizo conocer aquí en Buenos Aires la pesquería del atún en Sicilia. Sin duda habíamos leído algo al respecto; pero, naturalmente, no habíamos entendido una palabra. En cambio, no hay chico de ocho años que haya visto aquella cinta que no sea capaz de contarnos, con ciencia y fidelidad de técnico, cómo se ceba, entrampa, caza e industrializa el atún. 

Son esos mismos chicos los que, con las manos plantadas en los bolsillos, nos discuten los trabajos de sierra en el Canadá, las pesquerías de Alaska, los filones metálicos del Wyoming, con una seguridad que los haría condenar por brujos, si por elemento de enseñanza no existiera más que los libros de escuela. 

Y estos mismos chicos nuestros, sabios de toda actividad industrial de un país a dos mil leguas de nosotros, ignoran en absoluto lo que es un obraje del Chaco, una pesquería del Estrecho, un mina de Catamarca. 

Bien está el orgullo nacional y la educación nacionalista. El Iguazú es en efecto una maravilla, como lo son igualmente los alambres-carril de Famatina, los lavaderos de oro del Sur, y los encauces del Río Negro. 

¿Qué idea pueden tener nuestros centenares de miles de escolares acerca de estas magnificencias argentinas? La misma que nosotros; es decir, ninguna. Inútilmente leeríamos cómo se busca y lava el oro nacional, ni de qué épicos esfuerzos se valen los constructores de diques para que estos resistan el empuje de formidables embalses de agua. Mientras la pantalla no nos ofrezca estos misterios directamente, nada comprenderemos con el libro. 

Pero el chico no debe aprender leyendo. Conocemos una maestra de escuela rural, situada en pleno monte, que enseñaba elementos de botánica a sus alumnos, mostrándoles, con muchas precauciones para que no las ensuciaran, las figuritas de un rico texto escolar... 

Cuando en vez de entontecer con libros a los alumnos, las escuelas enseñen con el material vivo del cine, habremos aprendido por fin, sin mayor pedagogía, que un chico de ojos bien abiertos tiene otra puerta de entrada para aprender que un frío libro, unos ojos miopes y una dispepsia. 

El Género piba Malcriada. María y Constancia. —Hace mucho tiempo Mildred Harris y Lew Cody interpretaron en Para maridos solamente los dos personajes de más fina psicología que nos haya ofrecido un perfecto film. 

No son comunes estas cintas finas, por mil razones que a nadie escapan. El cine es un espectáculo; y como tal se alimenta, económicamente, del público —personaje muy sensible a las emociones, pero poco afecto a deleitarse con sutilezas de corazón adentro. Como las casas editoriales de filmes no son en suma sino lo que podríamos llamar "empresas comerciales con protectorado sobre el arte", se cuidan razonablemente de lanzar a menudo cintas donde la finura de su arte prima sobre aquel primer factor, y que no serían públicamente aceptadas. Nada más sensato. 

Pero a veces un buen autor logra, dentro de un argumento frívolo o de efecto, proporcionar a lo menos esos goces de análisis, de acierto, de satisfacción psicológica que caracterizan a las cintas finas. 

Algo de esto —no mucho— hemos visto en La joven peligrosa, de reciente estreno. Como es natural, la mitad por lo menos de la caracterización de los personajes se confía a las leyendas. Tales Para maridos solamente, Sexo detrás de la puerta. El generoso conquistador. 

Existe, sin embargo, una tendencia manifiesta del cine norteamericano a explotar a la chica frívola, jovencita, millonaria, antojadiza, sin mayores ideas de la moralidad ni de la inmoralidad, huérfana de madre, y enloqueciendo a su padre y la casa entera con sus tirantes nervios de millonaria ociosa. 

Sobre este aspecto de las chicas huérfanas de madre, tan peculiar del cine americano, hemos de volver otro día. 

En este carácter de pibas hermosas y malcriadas, hemos visto con frecuencia a Constancia Talmadge, entre otras, y sin variantes casi a María Prevost, protagonista de La joven peligrosa. 

La predilección se explica: esos papeles no requieren mayores condiciones dramáticas; basta con dejar maniobrar a su antojo en la pantalla a una hermosa chica toda juventud y picara frescura como María. La segunda de las Talmadge no es linda; pero su gracia se halla fuera de toda ponderación masculina. En su reciente cinta Lecciones de amor, torna a su habitual juego. Mas esta amabilísima criatura es una excelente actriz. 

No así María Prevost. ¿Qué le queda entonces? Fuera de una infinita serie de encantos extraescénicos, quédale la soltura de que hace gala en la pantalla, y que la lleva a hallazgos como en el final de la cinta antes dicha, donde por expresión de íntima ternura hacia el varón que ama recoge su cabeza junto a la mano de él, y juega con su meñique, besándoselo. 

Nadie ignora la variedad —seria y sin excesos— que han encontrado las gentes del cine para sus finales de amor. Este pequeño detalle de ternura, sin embargo, perfectamente nuevo, no lo concibe una chica sin sensibilidad. 

Lo que vendría a probar en final de cuentas, que las bañistas de Mack Sennet pueden tener, a la par de bellas piernas, un bien formado corazón. 

Catalina Mac Donald. —Esta actriz goza fama de ser la más bella mujer de Estados Unidos. Rodolfo Valentino goza a su vez —si no de fama— de ardiente prestigio entre los espectadores de cine. Una cinta, pues, que como Los frutos de la pasión, ofrece simultáneamente ambas seducciones al público, es vista con ansiedad. 

La ansiedad es, para este caso, un elemento extraño al filme mismo. Es este uno de los tantos melodramas, con Montecarlo, nobles arruinados y criminales, rapto, hojas de datura y envenenamiento a doble cuerda. 

Pero la protagonista constituye por sí sola un regio espectáculo —y esta vez, tratándose de semejante hermosura, el epíteto es fiel y exacto como una corona justa. 

Catalina Mac Donald comparte con algunas estrellas la amargura especial de la sonrisa. Tal Betty Compson. Pero si la joven Betty sugiere con su tristeza prematura un pimpollo ajado, la otra, flor ya casi sobreabierta, da la impresión poética y fantástica de no haber sido nunca feliz. 

¿Por qué esta expresión cansada y dolorosa de las más bellas estrellas del cine? En una cinta de reciente estreno se habla de "la neurastenia forzosa en una gran actriz". De Alice Brady se ha repetido la especie hasta el cansancio; nada nos informan aún sobre el pimpollo con pestañas al rímel, y la gran camelia enferma.


Publicado el 20 de septiembre de 2026 por Brian.
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