Por raro que parezca, la semana última no ha registrado un solo estreno. Las casas exhibidoras retienen para el próximo otoño las cintas de última data, lo que nos promete una temporada feliz. Por otro lado, parece ser que existen dificultades entre las casas alquiladoras y los salones, tirantez de relaciones a que no sería ajena la escasez actual de estrenos. Pero no siendo de nuestra incumbencia estos conflictos de pantalla adentro, constatamos el lamentable periodo cinematográfico por que estamos pasando, que es lo que nos interesa en verdad.
El Cine en la Escuela. Sus Apologistas. —Cuando Pablo Deschanel, presidente actual de Francia, presidió en 1914 el banquete de la Cámara Sindical del Cine, dijo entre otras cosas:
—Ustedes pueden ser útiles auxiliares de nuestra gran literatura, y también poderosos propagandistas de nuestra magnífica historia. ¿Qué servicios no prestan ustedes ya, por ejemplo, a la biología y la medicina? Hay dominios que no pertenecen sino a ustedes: la ciencia, la vida de las plantas, de los animales, de los hombres; y luego la naturaleza, el paisaje, el viaje.
Quien decía estas palabras no es, como se ve, un desconocido. Pero será el caso de preguntar: ¿Recordará el flamante presidente, su participación activa en las cosas del film, momentos antes de la guerra? ¿Le quedará un resto de entusiasmo por la misión pedagógica del cine, el estrictamente necesario para sustituir con él el fárrago de inútiles libros escolares, ahora que una sola plumada suya es omnipotente? ¡Ojalá! Acaso, por lo menos, el señor Deschanel recuerde que en el mismo año 1914, y presidiendo él la Cámara de Diputados, oyó al representante Doussaud abogar por el cine en una sesión:
—La instrucción por los ojos y el cinematógrafo escolar funcionan en otros países. Este método ha dado excelentes resultados. ¿No podría adaptárselo en las escuelas rurales y consagrarle una parte de los gastos absorbidos por la papelería impresa?
A lo cual el señor René Viviani, hoy diputado y entonces ministro de Instrucción Pública, respondió vivamente:
—He aquí una feliz sugestión para el porvenir.
No faltan, como se ve —por lo menos en Francia— personajes de primera talla que han puesto el dedo en la llaga pedagógica: descripción por los libros de lo que podemos ver directamente por los ojos. Agreguemos aún las palabras de Emilio Bergerat, bien que sobre otro aspecto del film.
—La imagen es esencialmente pedagógica. La vieja linterna mágica de nuestros padres la contenía en germen y en principio. Desarrollada por la acción de las cintas, la imagen coloreada sería más eficaz que todas las lecciones y conferencias, ya sea sobre historia, ya sobre geografía, o ya aún para la instrucción literaria y artística de los escolares.
En fin, se trata de un concurso siempre creciente de fuerzas para luchar por una tan evidente y sencilla cosa como es hacer ver al alumno lo que nos empeñamos, desde que el mundo es mundo, en imaginarlo por la lectura.
Mientras el movimiento de una acción no estuvo al alcance nuestro, nada más legítimo que describir con la pluma esa acción al escolar, quien llegaba a figurarse bien que mal lo que era y cómo funcionaba un obraje de madera, una mina de metales, una explotación de petróleo, un frigorífico —para no citar sino cuatro de nuestras grandes industrias. Pero, ¿cuántos pequeños argentinos que han leído atentamente su libro de texto, saben en verdad cómo funciona una sierra, o un alambre-carril, o una perforadora, o una cámara frigorífica? No sería prudente averiguarlo, ni haberlo inquirido tampoco hasta hace algunos años, cuando no nos era dado transportar la escuela entera a ver directamente. Pero hoy el caso es distinto, desde que la linterna y la pantalla nos permiten llevar literalmente al más pobre salón de la más oculta escuela, el desarrollo total de una industria que es la riqueza mentada y sonada de un país, y que sin embargo no conocemos. ¿Cuando no hace muchos años aún, se crearon los carteles murales en las escuelas elementales, y los gabinetes de física y química en los colegios secundarios, dicha innovación, que permitía al alumno ver lo que el libro le explicaba —¡y cómo!— pareció un inmenso paso adelante —y lo era. Pues bien: hoy, al no difundir en escuelas y colegios el film científico en todos sus ramos, y de inmediato, deshacemos ese paso; damos un paso atrás, porque no hay libro de texto, no hay enseñanza de profesor que valga, para el millón de cosas que es necesario ver para bien comprender, lo que un modestísimo y silencioso film, que es el reflejo vivo de las acciones del hombre.
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Finalicemos con una observación que, no por estar en boca de todos, pierde su trascendencia: ¿Cuántos años de lectura heterogénea y amplísima hubiera necesitado el chico escolar para adquirir el cúmulo de conocimientos que de la vida norteamericana le han dado las modestas cintas de su barrio? Costumbres, hábitos, vida industrial, trabajos de campo: todos los resortes de la lucha por la vida en un país a mil leguas del nuestro, los conocen nuestros amiguitos del cine. Difícilmente errarán al describirnos una tala de árboles en el Canadá, una explotación minera en el Wyoming o una factoría peletera en Alaska. El nombre de estados, pueblos y ríos del lejano oeste son de su léxico habitual, fenómeno de memoria que ya se observó durante la gran guerra, respecto de regiones de Rusia y Austria, totalmente ignoradas por nosotros. Sirva, por lo menos, esta bizarra comparación, para poner en manifiesto la sacudida de interés geográfico-social sufrida por grandes y chicos ante una simple forma de arte popular.
