El Cuento Norteamericano

Horacio Quiroga


Artículo


Bret Harte, consultado por cierta publicación sobre los orígenes del relato breve en Estados Unidos, cuya creación se le atribuía, informó que mucho antes que él aportara al género sus cuentos de ambiente minero, era ya vasta la producción de novelas cortas en aquel país. Desde Nueva Jersey a California misma, los relatos de escasa medida dominaban en la literatura a entera satisfacción de las clases cultas. Solamente que en dichos cuentos no se hallaba un ápice de sentimiento artístico nacional.

En su inmensa mayoría, remedan ellos pobre y afanosamente la literatura inglesa. La acción de aquellos relatos se desarrollaba sin duda en la tierra natal; pero ni en sus temas se hallaba un reflejo de la exasperación vital de los Estados Unidos de entonces, ni sus personajes tenían nada que ver con los instintos, apetitos, y rudos ideales de los hombres que formaban la nación. Ladies sentimentales, cuyo idilio truncaba la expatriación del amante; enredos amorosos del tiempo de la emancipación; jóvenes militares ingleses, fusilados por traspasar las líneas enemigas en busca de su amada patriota; héroes nacionales sacrificados en aras del amor, por motivos semejantes, tales eran —nos informa Bret Harte—, los personajes y el asunto de las novelas breves norteamericanas al promediar el siglo xix.

Causa profunda extrañez que la literatura, reflejo habitual del estado del alma de un país, haya sufrido tan grande atraso respecto de la tumultuosa vida de aquellos hombres que se desarrollaba a tambor batiente. Poca cosa era en verdad la pintura amanerada de nobles y vetustos caracteres en novelas confeccionadas de chic, cuando desde los Alleghanies a la Sierra Nevada los Estados Unidos eran una forja de caracteres nuevos, templados al rojo vivo de todos los apetitos. País nuevo, hombres nuevos y trabajo también nuevo por su intensidad y comprensión; había allí para el arte una mina mucho más rica que el oro de California.

Haberla descubierto es la obra de Bret Harte y de los que como él supieron trasmudar la acción en poesía. La vida desarrollábase allá con energías no vistas aún, y por primera vez quizá el hombre asimilaba con orgullo a su conciencia vital, la maldición de ganar el pan con el sudor de la frente. Esa conciencia no podía hallar otra expresión literaria que la tranche de vie, el relato conciso y tajante como la vida y el lenguaje de sus hombres.

No exige poco esfuerzo recusar la lengua adocenada de ladies, generales y jóvenes patriotas, para reencontrar poesía en la expresión pintoresca de los hombres en lucha. Cuesta más de lo que parece —pensarían también el editor y el impresor de la revista que Bret Harte dirigía en San Francisco cuando se negaron a publicar la Suerte de Roaring Camp, por entender que en dicho relato la lengua de sus personajes faltaba a todas las leyes del buen gusto literario.

Y no era sólo eso. Violentaba ese buen gusto pervertido, la frescura de la naturaleza, del ambiente y de sus tipos, todo lo que el cuentista evocaba con su arte bravío y tan desnudo de retórica como la misma verdad.

Esta consustanciación de la vida con el arte ha engendrado el relato breve norteamericano. Ningún pueblo hubiera sido capaz de infiltrar más hondamente sus características en el cuento. Acción dominante, enorme amor a la vida, determinación y obra a la par: Time is money, dicen por allá. Ninguna actividad como el cuento exige dicha virtud.


Publicado el 26 de julio de 2026 por Brian.
Leído 0 veces.