Recuerdo perfectamente la impresión que sufrí al tener una tarde por delante las frentes despejadas y la mirada de fuego de cuatro muchachos que anunciaban la aparición de un nuevo órgano universitario —sumamente curioso esta vez: Insurrexit. Fluía de aquellos cuatro muchachos, y no gota a gota sino a chorros, tal cantidad de indignado amor, tal generoso entusiasmo, que el que los oía se puso a pensar en el extraño dios que se apiadaba al cabo del honor de los jóvenes argentinos, cuando le permitía a aquel por fin inundar de roja y pura sangre el muerto corazón de los estudiantes universitarios.
Porque, en efecto, nada más triste nos ha sido en los últimos diez años —diez siglos— que ver la indiferencia, la sequedad y la estrechez mental de nuestra lírica flor de sangre; de nuestra juventud universitaria cuya única preocupación consistió, a raíz del desastre moral que nos legó la guerra —con las bellas e inteligentes cabezas caídas hacia el corazón— en pulir, bruñir y esmaltarse las uñas.
Hemos visto a estos jóvenes mientras los hombres maduros y pesados de familia clamaban de indignación ante la miseria social expuesta a llaga viva en estos momentos, como los hemos visto alzar impasibles los brazos ante el espejo para aplastar, calmar, suavizar el peinado de moda que deja la frente al descubierto. ¿Qué deja al descubierto esa tensa cabellera? ¿Qué pasa dentro de esas frentes estatuarias que no permite al cerebro una congestión liberadora en un momento en que la especie humana —uno mismo— está jugando su honor?
Nada pasa. No hay sino un sueño, una ilusión, una esperanza y una franca actitud definida: la cajita de celuloide con su surtido de pulidores y esmaltadores de uñas.
Hemos visto después el over-all. Pero el traje azul es una librea de vergüenza para todo aquel que no lo lleva sobre el cuerpo sudado de trabajo. El oficinista y el estudiante de over-all están robando una dignidad que no merecen. La honesta pobreza del muchacho puede muy bien ser sobrellevada con un trabajo de brin o de lo que fuere, pero de un aspecto urbano y habitual. El corte obrero no es en la inmensa mayoría de los casos sino una farsa denigrante, una disimulación de una pobreza que avergüenza y que no se podría ocultar con un traje común; y en el mejor de los casos una tontería de muchacho que cree alcanzar así, vestido de over-all-delantal, un aristocrático aspecto de chauffeur o de aviador. Todo pasa; pero lo que ahora despierta es más serio. Los cuatro muchachos de Insurrexit nos han mostrado que la sangre juvenil es una cosa demasiado rica para que pueda ser gastada toda ella en el rítmico vaivén del brazo de un intelectual bruñéndose las uñas.
