El Devorador De Hombres

Horacio Quiroga


Cuento, Novela, Drama




Yo, Rajá, tigre real de Bengala, voy a contar en lenguaje humano cómo me vengué de mi dueño, el domador Kimberley, que me amansó.

¡Yo, Rajá, tigre manso! Este fue su error. Considerábase muy satisfecho de mi docilidad, de mi dulzura al permitirle hundir su cabeza en mi boca... Pero antes es menester que recuerde cómo fui cazado, y esto dará razón de cuánto oprobio y ardiente sed de venganza resecó mi alma de fiera real en mis cinco años de cautiverio.

Nací en los contrafuertes del Ramahal, a quince leguas del Ganges, lo que equivale a decir en el corazón mismo de Bengala. Mi padre era el orgullo de los tigres de la comarca, y por consiguiente gozaba entre los hombres de la más sombría fama. Pasaban de treinta los hombres que habían abandonado instantáneamente el mundo al encontrarse con él, y justo es decir que mi padre había deseado y buscado estos encuentros, y sentía, ya desde muy pequeño, la soberbia de mi alto linaje. Mi más grande esperanza era llegar a ser lo que era mi padre: un devorador de hombres. ¡Sí, devorador de hombres! Este calificativo hablaba bien alto en pro de nuestro valor, de nuestra fuerza, de nuestra audacia. Antes, la selva toda era nuestra. Después vinieron los hombres. ¿Por qué vinieron a la selva? Nosotros no íbamos a los campos. Y como nuestra comida era la misma, no hubo paz posible.

Pero en aquel entonces mi padre, en pleno vigor de edad, era el rey sombrío de Bengala, y nadie —lobo, campesino o cazador— dejaba de temblar hasta el fondo de sus nervios enloquecidos ante la posibilidad de ver aparecer de pronto, al volver una picada, la temible imagen de mi padre. Ya varias veces se habían emprendido verdaderas campañas de muerte contra él, y aunque casi siempre había logrado forzar la línea de bastidores, una vez se vio obligado a arrollar a los cazadores bajo una lluvia de balas. De resultas de esto vivían en el mundo dos cazadores menos, y por su parte mi padre no conservaba sino un solo ojo.

Pero, en cambio, ¡qué respeto y terror en el corazón de los hombres! ¡Qué inmenso orgullo en su cachorro y qué desprecio, en mi padre, por los descoloridos dueños del mundo! 

Este desprecio lo perdió, y nos perdió a nosotros con él. 

Yo tenía entonces cuatro meses. Mi padre mostraba real complacencia conmigo, y más de una vez me permitió, aunque gruñendo, ensayar en su regia piel la fuerza de mis tiernas garras. Desde los tres meses en adelante me llevó a menudo con él, y bien que sus ataques entonces no fueran contra caza mayor, ello resultaba excelente escuela para mí.

Así, una tarde lo acompañaba hasta el arroyo, cuando mi padre se detuvo de mover un solo músculo de su cuerpo, volvió lentamente la cabeza a todos lados. Era ésa mi primera alarma, y confieso que sentí inmenso miedo. Para nosotros, un ruido, una huella desconocida, nos pone en completa guardia, como si debiéramos aprestarnos a luchar con un búfalo.

—Mira bien esto —me dijo mi padre—. Es rastro de hombre. 

Y señalaba en la tierra húmeda una huella larga y ancha en un extremo, bastante semejante a la nuestra, pero mucho más larga.

Yo observé el rastro enemigo con fuerte latido del corazón. ¡Eso era, pues, de hombres! ¡De los dueños del mundo! ¡Y de todo, de todo...! ¡Pero no de mi padre! 

Uno tras otro mi padre había deshecho a treinta de esos héroes. ¡Treinta! Un destello de coraje infantil encendió mi pupila.

—A éste también, ¿no es cierto? —me dirigí a mi padre—. ¿Este va a ser el número treinta y uno?

Por toda respuesta, mi padre recogió el rabo bajo el vientre y con el hocico en tierra olfateó una tras otra las huellas, gruñendo sordamente. Volvimos enseguida, con inmensa cautela para no hacer el mínimo ruido.

—He encontrado rastro de hombres en el arroyo —dijo mi padre al entrar en la gruta. 

—¿Te han visto? —preguntó mi madre, muy inquieta.

—¡Oh, no! Pero nos han descubierto. El rastro seguía hasta un centenar de metros en la gruta. Mañana estarán aquí.

Mi padre había sido demasiado tiempo cazador y cazado para equivocarse al respecto; mas, como en nuestra especie es regla de seguridad no abandonar la guarida hasta sentirla realmente asaltada, no nos movimos.

Eran las seis de la mañana, cuando se oyó el primer grito. Mi madre dormía y creí que mi padre hacía lo mismo; pero, fijándome, vi sus ojos a ras del suelo (pues tenía la cabeza apoyada en las manos), clavados en la entrada de la gruta, y toda su actitud traspasada de atención.

Los Batidores. El Círculo Se Estrecha. Fuga. Los Rugidos De Mi Padre. Tres Voces.


Nuevas voces, mucho menos lejanas, atravesaron la selva hasta nosotros. Mi padre se puso bruscamente de pie, y en un instante mi madre hizo lo mismo. Yo, volví mis ojos interrogantes a mi padre. 

—Sí, son ellos —me respondió con un ahogado rugido cuyas profundas notas temblaron largamente en la gruta. 

El enemigo se acercaba. Los gritos de los batidores aumentaban en intensidad, y un momento después se comenzó a sentir un ruido sordo; eran los bambúes golpeados violentamente. Así, en perfecto círculo, los batidores avanzaban golpeando, gritando, estrechando el cerco sin cesar, forzando a los animales cogidos en esa inmensa red.

Mi padre, presa de viva agitación, iba y venía del fondo a la entrada de la gruta. Se detenía a cada vuelta prestando oído, y abriendo la boca en un bostezo que descubría todos sus dientes, tornaba de nuevo al fondo. Digo bostezo, porque ésa fue la impresión que tuve entonces. Después he conocido en mi propio ser que esos bostezos no son garantía ninguna para la vida del que los provoca.

El círculo se cerraba cada vez más. Ya era posible oír los insultos que los batidores prodigaban a mi padre. 

—¡Tío, no tienes vergüenza de esconderte!

—¡Eres más cobarde que una rata, tío flaco!

—¡Gato sucio, come-gallinas, hijo de chacal, sobrino de cobra, espéranos!

Mi madre pensó con angustia en mí. ¿Qué hacer?

—Vete —le dijo mi padre—. Llévate al cachorro; yo me quedo.

Pero mi madre no se decidía.

—¡Ligero! Dentro de un momento no podrás forzar la línea.

Mi madre se aprestó entonces a romper el círculo fatal y yo la seguí. Mas, al volver los ojos desde la entrada y ver a mi padre que quedaba echado, la cabeza sobre las manos, y concentrando seguramente toda la energía de su magnífica vida para la lucha a muerte a que se aprestaba, sentí que en ese momento mi joven corazón se dilataba de osadía. 

—Yo me quedo —dije a mi madre. Esta me lanzó un cruel gruñido volviendo a medias la cabeza y posiblemente le hubiera seguido un zarpazo al hijo indisciplinado.

—¡Pronto, pronto! —exclamó mi padre—. ¡Déjalo! —Y vi su pupila fosforescente, y ya con una especie de magnificencia mortuoria, que se fijaba por largo rato en los ojillos audaces de su real cachorro.

Durante un instante mi madre husmeó el juncal a todo viento. Luego aplastó las orejas y rampando se internó en los bambúes.

La hembra estaba a salvo. Entonces, afirmando su potente estatura, extendió el hocico y lanzó un rugido vibrante, ardiente, que hizo temblar la gruta entera... Era el cartel de desafío que mi padre enviaba a los atacantes.

El trueno de gritos y golpes que sucedió instantáneamente al rugido probó bien que había sido oído. Desde esos instantes mi padre no cesó de rugir; era un redoble titánico de fuerza pulmonar sostenida por un valor indomable. La gruta temblaba hasta en su base, y mis nervios fustigados por ese ambiente de lucha que despertaba mi cepa real, vibraban al compás de los rugidos desafiantes. 

El clamor, ya atronador, cesó de golpe, y mi padre calló también. En el profundo silencio que se hizo, una voz llegó a nosotros.

—Está allí, en la gruta. Los hombres no quieren acercarse más.

Era el jefe de los batidores quien hablaba. En efecto, su gente no se atrevía a dar otro paso. Su tarea había concluido, y el resto incumbía ahora a los cazadores.

Vi entonces que desde el fondo del claro de bosque que se abría ante nuestra gruta, un hombre avanzaba, el primero que veía. Era muy joven, casi una criatura. Cuando estuvo a treinta metros una voz ronca gritó:

—¡Eh, Aberdale! ¡Es una locura lo que hace! ¡No se acerque tanto! ¡Cuando una fiera no ruge, mal negocio!

—Es que deseo mucho verlo —repuso el adolescente, sin detener el paso.

—¡Aberdale! ¡Por todos los tigres del Ramahal! —gritó de nuevo la voz ronca—. ¡Se va a hacer despedazar vivo!

¡Usted no sabe qué personaje es ese Devorador de Hombres! ¡Espérenos, por Cristo!

—Bueno —repuso el joven lord Aberdale, deteniéndose apenas a veinte metros de nosotros—. Vengan ustedes.

Entonces pude observar detenidamente al joven lord. Como he dicho era apenas un adolescente. Tenía su rostro una palidez de cera, y en él brillaban con honda dulzura un par de hermosísimos ojos negros y melancólicos.

Había avanzado hacia la gruta con la seguridad de mirada y la elegancia de paso de quien sabe bien que su corazón no temblará. Y si se tiene en cuenta que iba hacia un tigre real de Bengala, un devorador de hombres, acorralado en su guarida, se comprenderá el temple de aquel joven corazón.

El Ataque. Un Héroe. Mi Padre Salta. La Muerte De Nani-Dan.


Tigre, fiera forzada y todo, no pude menos que admirar aquel valor en aquel rostro casi angélico al mismo tiempo que despertaba hacia él —y para siempre— un impulso paternal en mi corazón. ¿Por qué? Lo ignoro. Tal vez la extrema juventud del cazador.

Entre tanto, dos cazadores más habían surgido del fondo. Uno era alto y delgado, con gran barba rubia. El otro era hindú, posiblemente príncipe. Vi el tren de caza. Con el triple avance el drama tocaba ya a su fin. De un lado, nosotros replegados en el fondo de la gruta, concentrando en feroz silencio todas nuestras fuerzas. Del otro, en igual silencio de energía llevada a su máxima tensión, los tres cazadores que avanzaban juntos, el arma pronta en las manos.

El de la barba rubia puso por fin la mano en el brazo del adolescente. 

—¡Bueno, Aberdale! Basta ya de locuras. Estamos a quince metros de la gruta, y el animal casi podría alcanzarnos de un salto. Usted sabe que he cazado bastantes tigres para que usted atribuya a miedo esto que le digo. Separémonos en línea, y si me permiten tomaré el centro.

—Si ustedes me permiten, lo tomaré yo —respondió el joven lord con su dulce y suave voz—. Usted, Hunter, como cazador célebre me debe esta galantería.

—¡Vaya por la galantería! —no pudo menos de sonreírse Hunter—. Tiene usted sobrado corazón para negarle este placer... porque usted conoce el refrán: «Se apunta a los tigres con el corazón y no con los ojos».

Aberdale tomó así el centro, y los tres, después de revisar por última vez sus armas, avanzaron. Hunter sabía bien que cuando un tigre se refugia en su cubil, no sale de allí hasta que pueda hacerlo cayendo de un salto sobre el cazador. Esta convicción les había permitido platicar y examinar impunemente sus armas en el instante final.

Fue en ese momento cuando mi padre, arrastrándose sobre el vientre, se coló en el lado izquierdo de la gruta. Los cazadores dieron aún un paso, y en ese instante la gruta resonó hasta la entraña de la piedra bajo el rugido de mi padre. Vi que los cazadores daban vivamente un paso atrás, y se llevaban el arma al hombro. Un relámpago de orgullo me cegó, y a mi vez lancé un breve rugido de cachorro. 

—¡Imbécil! —me lanzó mi padre en un gruñido. Como aún el aire temblaba por el rugido de mi padre, Hunter apreció mal la tonalidad del mío.

—¡Cuidado! —gritó echándose bruscamente atrás—. ¡Hay dos!

El hindú se estremeció violentamente. Aberdale no pestañeó; contentóse con bajar rápidamente los ojos a su carabina, y fijó de nuevo en la gruta su mirada, serena hasta la incomprensión del peligro. Pero no debía tratarse de esto último, porque mi padre, que lo observaba también, me murmuró señalándole:

—¡Cuidado con ése! Si hubiera diez como él en la India, se acabaría nuestra especie.

—¡Bravo! —exclamé en mi interior, a tiempo que mi padre recogía todos los resortes de su potente musculatura para saltar. Pero con el cambio de postura, Hunter vio sus ojos fosforescentes que lo devoraban desde adentro.

—¡Atención! —gritó, apuntando vivamente. Antes que el tiro partiera, una mano cayó sobre el cañón de su arma. El adolescente lo miraba tranquilo.

—Perdón, Hunter —le dijo con su voz melodiosa—, pero ese tiro me corresponde a mí.

El rubio ahogó un juramento.

—¿Usted cree que son estos momentos para divertirnos con prioridad de tiros, lord Aberdale? —rugió casi.

El joven se sonrió, mientras un rayo de altivez cruzaba fugazmente por sus ojos.

—Hace mal en hablarme así, Hunter —repuso con dulzura. Y dando dos pasos adelante, bajó lentamente el cañón de su carabina. Con un terrible rugido, mi padre saltó.

«¡Ya está, se acabó!», me dije con tristeza, pensando en el heroico adolescente. Pero un tiro había sonado, seguido de un horroroso bramido: era mi padre, detenido en su salto por la bala de Aberdale, y que se revolcaba, bramando de dolor y coraje.

—¡Bravo, Aberdale, bravo! —clamaron los dos cazadores, en tanto que el bosque entero resonaba con los alaridos de triunfo de los batidores, que acudían a la carrera, gritando y golpeando en todos lados de gozo.

—¡Es fiera muerta! Ya... ¡Cuidado, Nani-Dan! ¡Va por usted! —se interrumpió Hunter con terror.

Pero ya era tarde. Mi padre, en un supremo esfuerzo, acababa de lanzarse como un rayo sobre el príncipe hindú, que rodó por el suelo.

Dos nuevas balas sonaron, que fueron a traspasar el pecho de mi padre, inútilmente: había muerto al caer por última vez, pero de la garganta del príncipe surgían cinco ríos de sangre, muerto también.

Mi Madre. Un Tiro De Hunter. Cacería Lúgubre.

Lord Aberdale. El Cachorro Imperial.


Los batidores rodearon el lúgubre cuadro, sobrecogidos de espanto. En el centro, mi padre tendido, y Hunter y Aberdale arrancando aún a la garra de aquél la garganta del desgraciado. De pronto Hunter recogió apresuradamente su arma.

—¡Hay otro! ¡No lo olvidemos!

—Es un cachorro —repuso el adolescente, sin levantar la vista—. Dejemos... 

Un rugido le cortó la voz. Los dos cazadores se miraron mudos. ¡Ese no era un rugido de cachorro! Los batidores, con un unánime grito de terror, habían emprendido la fuga, lanzando alaridos.

—¡Es la mujer del tío!

—¡La tigra, la tigra!

—¡La madre del cachorro!

Un nuevo bramido sonó en el lúgubre silencio, y a treinta metros del grupo sombrío apareció, como una espectral sombra de venganza, mi madre, que no había podido forzar el círculo y había quedado al acecho, hasta escuchar el rugido de muerte de mi padre.

Se detuvo un instante, gloriosa de fuerza y dolor, el preciso para ver el cuerpo de mi padre tendido en el suelo. Y con un aullante bramido en que iba toda la ira vengativa de su ser, se precipitó sobre los cazadores.

Hunter, mortalmente pálido, porque un tigre a la carrera ofrece difícil blanco, y es preciso detenerlo con una bala en pleno corazón, o morir, se echó el fusil a la cara, esperando con una inmovilidad de mármol que la fiera estuviera a cinco metros. Tuvo tiempo de ver a Aberdale apuntando también, y de decirle rápidamente:

—¡No! ¡Esta vez me toca a mí!

Mi madre, con un terrible salto, caía ya sobre él. El cazador, que en su trágica quietud la esperaba cubriéndola con la mira, hizo fuego.

Un rugido y un supremo grito de agonía sonaron juntos. La temible fiera, que acababa de abrir el pecho hasta el vientre a Hunter, se lanzó sobre Aberdale, que le envió una bala entre los ojos, sin lograr detenerla.

Entonces comenzó la lucha terrible.

Aberdale, al sentir el choque, había tirado su fusil, inútil ya, y mientras con el brazo izquierdo detenía, aunque destrozándoselo, el primer zarpazo, con la mano derecha sacaba de la cintura el agudo cuchillo de caza. Durante un rato pude ver los dos cuerpos rodando por el suelo, y el brazo del adolescente que se alzaba y se hundía en la entraña misma de mi madre. Cada golpe era un nuevo rugido, y cada rugido era un nuevo zarpazo en la carne humana desgarrada. Poco a poco los rugidos se fueron debilitando, a la par que el brazo de Aberdale se alzaba cada vez con menos energía. Llegó un momento en que el rugido fue un estertor ronco, doloroso, de última agonía, y el cuchillo no se alzó más. Pero, por el estremecimiento de los dos cuerpos destrozados, comprendí que la garra de mi madre, sin levantarse, se hundía lentamente en un supremo esfuerzo de muerte, y que el puñal de Aberdale, también sin alzarse más, se clavaba hasta el mango con el último aliento que quedaba del heroico adolescente.

Entonces, estremecido y con frío de desolación, salí de la gruta. No se sentía ni un rumor, el más fúnebre silencio ahogaba la selva. Y allí, en el claro del bosque que el día anterior había vibrado con el rugido imperial de mi padre, rey de la comarca, allí en el claro yacía el cuerpo del Devorador de Hombres, con tres balas en el corazón; y a quince metros, hundido también en la eternidad, el cadáver acribillado de heridas de mi madre. El cuadro era aún más sombrío: tres hombres quedaban a su vez tendidos en el campo de batalla, víctimas de su feroz afán de exterminio, y su muerte era el rescate de la selva herida en dos de sus reyes. Y de todo aquel bramar y tiroteo siniestro de media hora antes, no quedaba sino yo, cachorro imperial, temblando sobre mis piernas, yo, que había contado demasiado con mis fuerzas.

Me acerqué lentamente a cada uno de los cadáveres, olfateándolos. Ante el del hindú no pude contenerme: con saña cruel retraje los belfos, y con un ronquido de venganza tardía, clavé profundamente mis tiernos colmillos en aquella carne humana. Hice lo mismo con el cuerpo de Hunter, el cazador de la gran barba rubia, y enloquecido ya por el gusto de la carne, me aproximé al joven lord Aberdale. Yacía abrazado con mi madre en un solo bloque de sangre y heridas. Pero al clavar mis dientes, su cuerpo se estremeció, y quedé inmóvil de sorpresa.

¡Sí, estaba vivo aún! Nada habían podido los veinte puñales que mi madre escondía en sus cuatro garras contra aquella heroica vida de juventud y energía. Lacerado, desgarrado, agujereado de heridas como una criba, su cuerpo vivía aún. Su rostro, de una blancura de mármol, miraba al cielo, y bajo el cielo familiar de la selva, vi que ante aquel heroico desamparo mi corazón se sentía otra vez lleno del cariño sombrío y la fraternidad que me habían embargado otra vez. Mi padre, mi madre, mis hermanos, mi familia entera masacrada, todo desaparecía frente a la belleza y valor de aquel cazador de dieciocho años, el más alto representante de una especie aborrecida. Parecía haber condensado en sí las virtudes capitales de la especie humana: sangre fría, inteligencia y belleza, sobre todo belleza.

Mi sangre real latía de confraternidad y emulación ante aquel adolescente, real también, que había hecho lo que mi exceso de juventud no me permitía aún. Pero yo debía a la selva el desquite de mi flaqueza actual, y en ese momento juré, cuando la edad templara mi valor, recordar a la especie enemiga que yo era hijo del Devorador de Hombres, de modo tal que en plena eternidad sonara el bramido de orgullo de mi padre, de orgullo y sufrimiento vengado en la triple herida de su corazón. 

Un segundo estremecimiento recorrió el cuerpo del héroe. Seguramente iba a morir. Entonces, lleno de inmensa tristeza, me eché a su lado. ¿Qué me importaba todo? No pensaba en nada ni podía hacerlo. Toqué sin querer una de sus manos desgarradas, y la sentí de hielo. Otra ola de tristeza me oprimió el corazón y, sin darme cuenta de lo que hacía, comencé a lamer aquella mano en flor de belleza, de temeridad y de muerte.

Lo que pasó después fue muy rápido. Sé que sentí de repente una gritería atronadora, en tanto que de todos lados acudían corriendo con palos y picas los batidores.

—¡Es el cachorro!

—¡Está devorando al lord!

—¡Ah, maldita raza de cobra! ¡Comedor de cadáveres, cobarde!

—¡Corramos ligero!

Yo levanté la cabeza y los vi llegar con la más completa indiferencia. ¿Qué me importaba todo? Lamí por última vez con mi lengua aquella mano de mármol, y en ese momento sentí un dolor atroz en el pecho, como si me arrancaran las entrañas a viva fuerza. Una nube de sangre y sombra nubló mis ojos, y perdí el sentido.

Mi Captura. Un Anuncio Sensacional. El Capitán Kimberley. Mi Juramento.


Hoy, cinco años después de aquel drama en que naufragó mi libertad, vienen a mí como en un sueño los primeros días que lo sucedieron. Recuerdo que cuando volví en mí me hallé dentro de una sólida jaula de hierro. Sentía terribles dolores en todo el cuerpo y, al pretender levantar la cabeza, el sufrimiento me hizo exhalar un gemido.

—¡Ah, ah! —lanzó una voz sarcástica, a mi lado—. ¡Parece que volvemos en nosotros! ¡Parece que no tuvimos tiempo de devorar cadáveres!

Abrí los ojos y vi un hombre que me observaba. Seguramente hacía rato que estaba allí esperando mi resurrección. Tenía el rostro flaco y amarillo, y todo su semblante respiraba crueldad. Al oírlo lo miré con suprema indiferencia y torné a cerrar los ojos.

—¡Bueno, bueno! —exclamó el otro, levantándose—. ¡Ya se nos pasará el sueño, joven dormilón!

—¿Pasó el desmayo? —oí que preguntaba otra voz.

—Sí, ya no hay nada que temer. ¡Qué negocio para el capitán! No tiene más de cuatro meses.

—Si se salva.

—¿Quién, el cachorro? Usted no sabe qué vida tienen estas fieras. Apuesto mi turbante contra una sandalia vieja a que dentro de diez días se está sacudiendo la cabeza contra la jaula.

—Realmente su... Y ustedes llegaron, lo que se dice, a tiempo. ¿Es cierto que estaba por devorar a lord Aberdale?

—Desde las manos a los pies.

Al oír aquel nombre yo abrí los ojos.

—¡Hola! ¡Parece que te acuerdas, colmillo de cobra! —me lanzó el hombre de cara cruel—. ¡Ya lo creo que debes sentir no haber clavado del todo los dientes en el gran aristócrata! ¡Pero pronto la vas a pagar, mocito!

—¿Y el lord? —continuó el otro—. Por lo que me han contado ha hecho prodigios de valor.

—Es el corazón más templado que existe. Y con su cara de ángel... Pero no pasará de esta noche... ¡Qué lástima! Es inmensamente rico y par de Inglaterra.

—¡Y una criatura casi!

Aquí las voces callaron, y un momento después un dolor atroz en el pecho me desvanecía otra vez. Pasaron así treinta días en que sufrí, fuera de mis propias heridas, el tormento diario de los insultos, los malos tratos, las pedradas y golpes de hierro del hombre ronco. No hubo vil indígena o europeo más vil aunque no se acercara a mi jaula a escarnecerme. Sabía que el séquito de los tres cazadores muertos me había vendido al capitán Kimberley, dueño del famoso Circo Asiático que por entonces recogía noche a noche atronadores aplausos en Calcuta. De modo que estos treinta días me vi sacudido sin cesar en la miserable jaula, hasta salvar las ochenta leguas que distaba de Calcuta mi selva natal.

Vuelvo a repetirlo: todo aquello viene a mí como en sueño. Entraba de golpe en una nueva vida. Detrás, en el tiempo y en el juncal perdido para siempre, quedaban, con mi libertad perdida, mis cuatro meses de cachorro real, engendrado y educado por un verdadero monarca, cuyo destronamiento y ejecución estaban señalados por una doble cruz, empapada en sangre humana. Mi nueva existencia llevaba así su pasaporte sangriento, y desde entonces en adelante, mi fe de bautismo llevaría este título: «Rajá, tigre real de Bengala, / hijo del Devorador de Hombres del Ramahal, cuya captura costó la vida al teniente Williams Joe Hunter, primer cazador del Imperio Indio; / a S. A. R. Nani-Dan, hijo del Marajah de Dnizzar; / y puso a un paso de la muerte a lord Aberdale, par de Inglaterra».

Este es el cartel que Kimberley colocó en el circo en grandes letras rojas el día de mi presentación. Como se ve, lord Aberdale no había muerto, y al saberlo, sentí que el lazo íntimo, hondo, inquebrantable, que me había unido a él en aquel terrible día, no hacía sino estrecharse. ¿Qué nos reservaba el destino para haber lanzado ese efluvio de encanto de su corazón al mío? 

Desde aquel momento mis recuerdos se precisan. ¡Un año, un año de amaestramiento pesó sobre mi espalda y mis riñones, y mi hambre y mi sed! Preciso es saber qué tremenda inversión de nuestro temperamento se requiere para poder ser presentado en un circo. Y toda esta terrible violencia impuesta solo Dios sabe cómo, no hace sino concentrar en profunda hiel todo el tormento devorado para que algún día... ¡ay entonces del domador!

Sé que no todos los domadores profesan igual sistema de amaestramiento y entiendo que algunos hay que llegan por la simple paciencia e interpretación de nuestra psicología, a hazañas increíbles; pero de mí sé decir que no hubo tortura diaria que no me fuera aplicada para obtener de mí lo que yo no quería: mi sangre real resistía y resistió cuanto pudo a aquella abyección. 

Llegué a hacerlo, sin embargo, y lo hice durante cinco años con el alma empapada en vergüenza. Pero en el fondo de mi voluntad quebrada y mi dignidad envilecida ardía siempre, alimentándose con mi propia degradación, la llama candente de mi venganza.

No obstante es tan fuerte, cuando estamos domados, la voluntad impuesta a la nuestra, que son raros los desquites, a pesar de vivir horas enteras con nuestro domador. Hasta que llegó un momento en que los hechos —tan injusto fue aquello— me libertaron de la influencia de Kimberley.

La Luz Se Apaga. Ocho Fieras Y Un Látigo. Me Echo Detrás Del  Domador. Cinco Tiros. Un Golpe De Conmutador.


Una noche ensayábamos, mis ocho compañeros y yo, en la gran jaula de hierro que servía para tal fin. Mis compañeros eran dos tigres cingaleses, tres leones, dos panteras y un leopardo del Punjab. La prueba era la habitual del grupo: las panteras, el leopardo y un león se mantenían inmóviles sobre cuatro columnas en fila. Delante de ellos dos leones oscilaban en un sube y baja. Los tigres de Ceilán rodaban en sentido contrario sobre sendas bolas de madera, y yo, echado a lo largo en el suelo, soportaba sobre mi flanco jadeante los pies del domador triunfante que desplegaba una bandera.

Como estábamos en ensayo, Kimberley se contentó con trepar encima de mí, sin lucir la bandera.

Era la noche de un lunes en que no había función y trabajábamos bajo un gran foco eléctrico. Y de repente la luz se apagó; se apagó completamente, y en la gran jaula reinó la más profunda oscuridad. El primer sentimiento de todos nosotros fue de violenta sorpresa, seguida de estupor. Enseguida un séxtuple gruñido tembló en las tinieblas. Vi o sentí más bien que la pantera, el leopardo y el león bajaban silenciosamente de sus columnas. El sube y baja dejó de crujir y las bolas pararon. Uno tras otro se sintió en el piso el golpe leve y sordo de los cuerpos que caían sobre las garras cautelosas. 

Una profunda sacudida recorrió mi cuerpo, y noté que los pies se retiraban vivamente de mi flanco. ¿Qué iba a pasar?

Por el alma de aquellos terribles forzados, cruzó el mismo relámpago de venganza. ¡Por fin la noche del bosque natal nos ponía a solas con nuestro domador!

Pero de pronto un golpe seco sonó: era el látigo, el formidable látigo del domador que restallaba en el aire gritándonos: «¡guarda!». Esta vez no fue un gruñido, sino un rugido general lo que respondió a esa intimación. ¡Ya no había luz, era pues, nuestro! Así debió comprenderlo también Kimberley, porque desde ese instante no cesó de tenderlo hacia nosotros en frenéticos restallidos. Y paso a paso, con el hocico pegado en tierra, el alma encendida en el mismo fuego de venganza, nos íbamos acercando a él.

El látigo bramaba cada vez más violentamente tratando de contener, con desesperado frenesí, aquel infierno de garras y colmillos babeantes que rampaban hacia él. Pero segundo a segundo el domador sentía avanzar el anheloso jadear, comprendiendo que si por fatalidad el látigo llegaba a escaparse de sus manos, estaba perdido.

Pero entre tanto un sentimiento extraño se iba apoderando de mí, al ver a aquel hombre defendiéndose solo él con un látigo contra ocho fieras. No tenía ciertamente compasión a un miserable de esa especie: pero sí algo que se asemejaba a un impulso de mi propia dignidad.

¿Qué iba a hacer yo allí, a qué agregar mis garras a los cincuenta y seis puñales que en forma de zarpa iban a hundirse en su carne? 

Por eso me retiré de los asaltantes y pasando por detrás del domador fui a echarme contra los barrotes de la jaula. Justamente encima de mí había un conmutador eléctrico que usaba el capitán Kimberley para distribuir algunas luces, y desde luego la del foco de la jaula. Yo había ido cómodamente a echarme allí, y esto me perdió. 

El jadeo de las fieras crecía con la inminencia del ataque, y el látigo restallaba siempre precipitándose. Esto duraba ya dos minutos, y no es fácil suponer qué terrible debía ser la tensión de nervios de aquel hombre, conteniendo de ese modo a ocho fieras —no a siete— porque seguramente me contaba en el grupo.

El cansancio debía rendirlo de un momento a otro. Así fue en efecto, porque de pronto un fogonazo brilló, mientras la detonación retumbaba en el gran local. Era el revólver cargado con pólvora que todo domador lleva siempre en el cinto como supremo recurso. Y digo supremo porque solo en último caso usa de él, pues es terriblemente peligroso. Las fieras lanzaron un rugido, precipitándose furiosamente sobre el domador. Pero éste había tenido tiempo de verme detrás de él, y abrasándome los ojos con el fogonazo volvió a descargar tres veces más su arma sobre el hocico de los más atrevidos. Enseguida, en un esfuerzo final, llegó al conmutador y abriendo la llave inundó la jaula de violenta luz.

¡Ya era tiempo! Mientras las fieras enceguecidas se echaban atrás con un aullante rugido, el domador abría y cerraba la puerta tras él. Pero fue lo último que pudo hacer: lívido, blanco hasta la muerte por aquella tensión de nervios sin igual, apenas cumplido su deber se desplomó al suelo, desmayado.

Me Acusan De Traición. Mirada Contra Mirada. El Horno Eléctrico. Un Rugido De Desdén. Mi Tortura.


Los guardianes, los sirvientes, el propio capitán, todos me acusaron de haber dirigido el ataque.

—¡Sí, fue él! ¡No puede ser otro que él! —vociferaba un guardián cobarde e inquisidor con quien tenía yo larga cuenta pendiente.

—¡Es Rajá, el maldito hijo del Devorador! —clamaba otro, mientras corrían todos hundiendo los hierros tras los barrotes para reducir a las fieras aún bramantes por el golpe frustrado. Se abalanzaban sobre las picas, las mordían furiosamente, pero el metal cilíndrico se escapaba de sus dientes y garras. Los golpes recrudecían, y con ellos la rabia de las fieras indómitas. El galpón resonaba hasta desquiciarse con los bramidos y gritos.

—¡Se necesita un castigo ejemplar! —aullaba otro guardián, buscándome con su hierro—. ¡Este va a acabar un día con todos nosotros!

—¡Cobra con patas, puñal envenenado!

—¡Basta! —gritó imperiosamente el domador, viniendo hacia mí con visible esfuerzo.

Todos callaron entonces, fieras y hombres. Estaba mortalmente pálido, y se detuvo ante la jaula mirándome en los ojos. Yo, replegado en el fondo, doblé lentamente las patas, y sin quitar tampoco mi vista de la suya, quedé inmóvil. Durante un rato se hubiera dicho que de una pupila a otra iba un finísimo rayo de odio centelleante, mortalmente envenenado.

—¡Conque eres tú! —me dijo con la voz temblante de ira contenida—. ¡De modo que te has hecho capitán de bandidos! ¡Tú, el hijo de un devorador de hombres, es decir, de un tigre valiente entre todos! ¡Y no contento con esto te vas a agazapar detrás de mí, para asesinarme a traición, mientras los otros me atacan de frente! ¡Cobarde!

La acusación era tan terriblemente injusta que lancé un vibrante rugido.

—¡Sí, cobarde! —clamó con voz tronante el domador, irguiéndose en toda su alta estatura.

Desde los guardianes se levantó un murmullo.

—¡Sí, el capitán lo vio!

—¡Ya iba a saltar sobre él!

—¡Es un cobarde!

Pero, una voz se alzó, tímida.

—¿Pero sería para atacar al capitán...?

—¡Silencio! —gritó imperiosamente el domador—, ¡yo lo he visto, a él, a Rajá, agachado detrás de mí para saltarme! ¡Y tú —me lanzó directamente a mí—, tú tienes que pagármelas, maldito seas! ¡Y bien pronto!

Entonces, hastiado y repugnado de tanta injusticia y tiranía, me erguí y clavando mis ojos en los suyos, le envié un rugido de cuanto desafiante desdén cabe en un corazón de tigre real ante una alimaña cobarde y cruel. 

El domador lo apreció en todo su valor. Su rostro se puso aún más lívido de odio.

—¡Sí, y ahora mismo! —clamó colocando la mano en la puerta—. ¡A ver, los guardianes, fuera de aquí todos esos animales! ¡Dejen únicamente a Rajá! ¡Vamos a quedar solos!

Todas las jaulas de ensayo tienen una puerta trasera hasta la cual se puede hacer rodar la jaula común de vivienda cuando es preciso. Concluido el ejercicio, se vuelve a abrir la puerta de comunicación, y las fieras entran de nuevo en su casa. Como ésta rueda, puede transportarse de un lado a otro. La maniobra se hizo pues en tal sentido; los guardianes desaparecieron con las fieras, y quedamos solos, el capitán y yo.

Durante un instante abrigué la loca esperanza que el domador iba a entrar a «castigarme», con revólver, puñal, carabina, cualquier cosa; pero que iba a entrar. ¡Hubiera dado no sé qué porque esto sucediera!

Pero no fue así. Kimberley llevó de nuevo la mano a la puerta de la jaula, y ante la sacudida eléctrica y el destello de insensata alegría que brilló en mis ojos, comprendió lo que yo deseaba.

—¡Ah, no, mi examigo! —exclamó con una carcajada sardónica—. ¡Ya pasaron los tiempos de eso! ¡Ahora vamos a trabajar un poco separados!

Todo domador que se respeta, y respeta la vida propia y ajena, lleva consigo un horno eléctrico, capaz de poner al rojo albeante los hierros de represión en menos de un instante. Sabido es que las fieras solo pueden ser contenidas por el punto de fuego de un hierro caldeado así. Y tanto es el temor, que en las insurrecciones leves basta con el contacto de un hierro al que se ha pintado de rojo el extremo.

Así, cuando vi al domador apoderarse de un hierro y disponer el conmutador, no tuve duda de lo que iba a pasar. No obstante todo mi valor, odio y dominio sobre mí mismo, no pude evitar un hondo escalofrío al ver que el hierro se hundía en la boca devoradora del horno en tanto que mi desesperada impotencia explotaba en un hondo bramido. Fue con todo, el único que me arrancó la tortura y estoy seguro de que allá en el Ramahal, en la selva perdida y llorada, la sombra ambulante de mi padre respondió con otro bramido de orgullo y aliento a su retoño real.

—¡Hola, hola! —exclamó con sorna sarcástica el domador, volviendo la cabeza—. Parece que nos quejamos ya… ¿Tan temprano? ¡No, mi examigo! Aún falta un poco… 1.000 grados apenas: cuando lleguemos a 1.200, sí. ¡Paciencia!

Abrevio: treinta, cuarenta, cincuenta veces, el hierro deslumbrador y chispeante se hundió en mi carne; y no con rapidez, sino con una tranquilidad y un método de tortura terribles, buscando con prolija ciencia los puntos más sensibles, volviendo otra vez a la llaga recién abierta, desgarrándome casi las entrañas. Yo me había echado sobre las manos, la cabeza sobre ellas y con los ojos cerrados devoraba en silencio el horrible dolor de cada llaga. La tortura seguía entre tanto, prolija, insinuándose bajo mi vientre, a pesar de mi postura, y acompañada por la voz dulce del domador.

—¡No es útil en la vida ser injusto con quien nos quiere!

—¡No creas que lo hago por tu mal, mi examigo!

—¡Aquí duele un poquito: valor, Rajá!

—Aquí también: pero pronto pasará.

—¡Otro poquito en esta misma! Duele más pero ayuda a curar el mal humor.

—¡Ah! ¿Duele mucho? —Un sordo gemido había salido de mi pecho—. ¡Otra vez, entonces! ¡Es tan triste atacar a traición a un amigo...!

Fue lo último que vi. Chamuscado, quemado, hecho una llaga viviente, dejé caer del todo la cabeza y perdí el sentido.

Mi Piel Se Recompone. La Suprema Venganza. El Hijo Del Devorador De Hombres. Aparezco En Escena.


¿Quién podría valorar, quién, animal u hombre, la tremenda energía, la heroica resistencia al propio impulso, necesarias para ocultar dos años enteros un hambre y una sed terribles, bajo la máscara de la más completa mansedumbre? ¡Sí! ¡Hambre y sed de venganza, del placer de los dioses y de los tigres reales, era lo que yo sentía! ¡Hambre de Kimberley, de sus crueldades, de su ensañamiento, de todo su cuerpo odiado, hasta la exasperación enloquecedora, eso es lo que yo tuve que dominar y ocultar dos años!

Tras aquella tortura pasé un mes entero tirado en un rincón de la jaula y sin hacer un movimiento, a trueque de sentir horribles dolores. Y cuando por fin pude levantarme y me vi quemado, desfigurado, convertido en un miserable guiñapo de tigre, una ola de inmensa amargura me agobió, y caí de nuevo tendido en mi rincón. ¿Qué era yo ya? ¿Para qué vivir arrastrando sobre mis trémulas patas el espectro mutilado de un tigre real? Y, como cinco años antes, cuando volví en mí después de las heridas de mi captura, esta vez llegaron también palabras a mis oídos.

—¿Entonces usted cree que no quedará rastro? —preguntaba «su» voz.

—No, esté seguro de ello. Todo volverá a su estado normal.

—Es que... me dejé llevar un poco. Las quemaduras fueron atroces.

—¡Ya lo veo, ya lo veo! Pero la piel se recompondrá, verá usted, y dentro de seis meses no quedará rastro.

No oí más. ¡Luego volvería yo a ser Rajá! ¡Luego las fuerzas retornarían y la magnífica piel que he heredado de mi especie volvería a ser la de antes! ¡Ah! ¡Qué inmensa dicha sentí! Y en el fondo de mi alma juré por la memoria de mi padre y por mi propia sangre real, concentrar todas mis fuerzas en esta sola esperanza: ¡destrozarle de un golpe la cabeza, arrancársela de una sola y única dentellada!

Entonces comenzó otra tortura: durante dos años fui la fiera de más dulce condición que ha gemido bajo el látigo del domador. No hubo insulto, sacudida, golpe de hierro a que yo respondiera con leve gruñido de pasajero fastidio, pero nada más. No podía disimular mayor mansedumbre, porque ésta, cuando es excesiva, despierta justa desconfianza. Y tuve asimismo que luchar dos años contra la de mi domador.

—¡Cuidado! —le advertían—. Este animal está muy cambiado para que sea de buena fe su mansedumbre.

—Sí, ya lo sé —respondía Kimberley—, no le pierdo de vista.

Y poco a poco mi amaestramiento recomenzaba.

—¡Cuidado! —insistían otra vez—. Un tigre no olvida nunca lo que usted ha hecho.

—¡Veremos, veremos!

Y aunque no me perdía jamás de vista, continuaba haciéndome girar con mis compañeros.

Lo cierto es que su presunción de domador podía más que su desconfianza, y halagado en lo más hondo de su vanidad por mi docilidad, concluyó por no ver en ello más que su influjo personal, capaz de dominar completamente a una fiera que ya había sentido su terrible marca. Esto, no obstante, me tendió varias veces verdaderas celadas para saber qué había de cierto en mi mansedumbre actual. Llegó a cometer verdaderas imprudencias, una de las cuales fue azotar vivamente a un león, teniéndome a mí a sus espaldas. Y ya se sabe que hay pocas cosas más peligrosas. Resistí, sin embargo, apretando los dientes hasta hacerlos crujir, a la tentación de arrancarle la espalda de un zarpazo, y la mirada de triunfo en que me envolvió al volverse a mí, fue mi real recompensa.

Con esto, la vanidad lo cegó del todo, y contra la opinión de sus compañeros de oficio, se arriesgó un día a la prueba decisiva que marca conjuntamente el máximum de audacia de un domador, y de la bondad de carácter de una fiera: hundir la cabeza en la boca del animal.

* * * * * * *

¡Por fin! ¡Llegado por fin lo que yo deseaba, aquello a que había aspirado constantemente, dolorosamente! Desde entonces tuve trazado un plan: una noche de gala en que el circo estuviera repleto, y el nuevo triunfo del capitán Kimberley atronara el recinto, esa noche: ¡trac…! ¡Nadie puede apreciar, si no es tigre y no ha odiado inmensamente a un hombre, lo que yo sentía al preguntar el estallido de sus vértebras...!

Y llegó la hora, por fin. Los diarios habían anunciado estruendosamente la nueva hazaña de Kimberley, rey de los domadores:


ESTA NOCHE

INAUDITA HAZAÑA DEL CAPITÁN KIMBERLEY.

¡LA PRUEBA MÁS PELIGROSA!

¡EL HEROÍSMO EN SU ESPLENDOR!

EL CAPITÁN KIMBERLEY

METERÁ LA CABEZA DENTRO DE LA BOCA DE: 

¡RAJA!

EL HIJO DEL

DEVORADOR DE HOMBRES DEL RAMAHAL

¡RAJA, REY DE LAS FIERAS!


El mundo elegante, siempre afanoso de impresiones fuertes, había respondido al llamado. El circo deslumbrante de luces ostentaba en su recinto la flor del gran mundo de Calcuta. Era sobrado conocida la historia del Devorador de Hombres, para que el público no acudiese a ver la degradación de su retoño imperial. ¡El hijo de aquel sombrío héroe, dejándose hundir la cabeza en su boca cobarde y sumisa! Era menester ver eso.

La Gran Prueba. Kimberley Hunde La Cabeza. Mi Boca Se Cierra. ¡Un Tiro, Un Tiro! Encuentro Inesperado.


¡Sí, yo también quería verlo! A las once de la noche, después de un largo intervalo que no hizo sino excitar más al público, apareció en el picadero el capitán Kimberley, que avanzó gallardamente al medio. Allí, juntando los pies, saludó con su fusta. Aturdidores aplausos acogieron su presencia. Un instante después entraba en la gran jaula con mis siete compañeros, y los ejercicios se desarrollaron como siempre. Pero el público estaba impaciente; todo esto le parecía nimio: quería verme a mí. 

Por fin, me llegó el turno, y mi jaula apareció bajo nuevos y calurosos aplausos. Kimberley hizo una señal imperiosa, y un hondo silencio acogió su orden. Entonces, abriendo rápidamente la puerta de la jaula, entró.

Aquí una explicación. El público admira profundamente la prueba que consiste en acorralar a una fiera a latigazos. El animal ruge, parece que va a lanzarse contra el domador, y la impresión es fuerte en el espectador. Nada es menos peligroso, sin embargo, y los domadores lo saben bien, con la condición de que «el látigo no toque a la fiera». Si esto llega a suceder por un terrible descuido, el domador está enseguida en inmenso peligro.

Desde luego, una de las mayores maestrías de los domadores consiste en simular perfectamente un latigazo, siendo así que solo lo hacen restallar en el aire a pocos centímetros del animal rugiente. La ilusión es completa, y de aquí la emoción del público.

Esta proeza se repitió conmigo esa noche, y tratándose de un tigre real al cual se le entregará momentos después la cabeza indefensa, la ficción era tremenda para el público.

De modo que cuando Kimberley, después de apaciguarme con las manos, me abrió las mandíbulas, y bajo la blanca luz de los focos el público vio brillar como fúnebres puñales mis potentes colmillos, el silencio se hizo aún más imponente, si es posible. Entonces, con un suave movimiento, Kimberley se inclinó, y desde este momento su cabeza desapareció: estaba dentro de «mi» boca, de la boca de Rajá, a «mi» completa disposición.

Como una ascensión de lava candente dentro del cráter de un volcán, así subió a mi alma el recuerdo mil veces más quemante de las torturas que había sufrido. ¡Mío, mío, por fin!

Estoy seguro de no haberme estremecido, ni haber delatado en lo más mínimo el profundo oleaje que la venganza levantó en mi corazón. Cuando, después de un instante, Kimberley quiso retirar la cabeza, tropezó con mis colmillos. Yo, en cambio, sentí el estremecimiento que corrió por todo su cuerpo. Volvió a hundirla suavemente, y con igual pausa intentó retirarla: otra vez tropezó.

El público había seguido la maniobra presa de honda angustia: y cuando a la segunda se convenció de que la cabeza no salía porque el paso se había estrechado, un grito de terror resonó en el recinto, a tiempo que los guardianes hacían trágicas señales de silencio.

Para que se comprenda bien esto es preciso otra explicación.

Los animales salvajes enjaulados, en general, y en particular el elefante y las fieras, sufren en determinado momento un fulminante cambio de carácter que se manifiesta por una explosión de furor. Lo terrible de este cambio es que se opera sin que nada un segundo antes lo dé a suponer. Bruscamente, el animal más dócil y cariñoso con su amo se lanza sobre él, presa de incontenible rabia, y desde ese momento hasta su muerte queda convertido en real y verdadera fiera. En el elefante es sumamente común esa locura. En los leones y tigres, siéndolo menos, sobreviene sin embargo. Por esto la vigilancia constante del domador, en especial cuando tiene un león detrás de él, y por esto también ciertas proezas, como la que se efectuaba conmigo en ese momento, son tan terriblemente peligrosas. ¡Si en el momento en que la cabeza se hunde, el animal cambia súbitamente de carácter...!

Tal fue la creencia de los guardianes, y de aquí el silencio que impusieron para aplacarme en lo posible.

¡Oh, no! ¡No había en mí locura ninguna, y sabía perfectamente lo que hacía! ¡Sabía también que mientras yo persistiera en mi actitud, nadie se atrevería a intentar un paso contra mí: y saboreaba entre tanto con feroz deleite la agonía de aquel domador de tigres!

Entre la espantosa angustia del público, algunas voces sonaron:

—¡Matarlo, hay que pegarle un tiro!

—¡No, cuidado! ¡Va la vida del domador!

—¡Sí, sí!

—¡No se puede! ¡Silencio!

—¡Un cazador, un tirador que no yerre!

—¡No hay ninguno!

—¡Sí, sí!

Ya había pasado un minuto. Sentía en la boca la cabeza helada de Kimberley, mientras su cuerpo inmóvil, tetanizado por la angustia de muerte, pendía casi de mis fauces. Un minuto de esa tortura valía bien los treinta que yo había sufrido bajo su punta de fuego. E iba a concluir ya con el miserable trozándole las vértebras, cuando mi vista cayó sobre un pálido rostro de varonil belleza que desde un palco me observaba. La primera sacudida la tuve ante la marmórea serenidad de aquel rostro: la segunda, al sentir en mí la mirada de aquellos ojos negros. Un mar de recuerdos remontó a mí desde mi lejana infancia, y vi súbitamente el cuadro: lord Aberdale avanzando hacia mi padre, fijos los ojos en la terrible mirada de la fiera. ¡Era él, sí, el adolescente de entonces! Y súbitamente lo vi en otra escena: tendido al lado de mi madre, helado de heroísmo y de muerte próxima. ¡Sí, era él, a cuya mano había yo devuelto todo el calor que podía en mi propia desolación!

Los gritos continuaban:

—¡Un cazador!

—¡Sí, lord Aberdale!

—¡Lord Aberdale! ¡Solo él puede hacer eso!

—¡Él lo conoce! ¡Mató a sus padres! ¡Es el cachorro que lo iba a devorar! ¡Rajá!

Todos los ojos se habían vuelto a Aberdale, el célebre aristócrata inglés que honraba el circo con su presencia esa noche.

Solo a él se consideraba capaz de una hazaña semejante.

Yo lo vi salir del palco, de rigurosa etiqueta, y avanzar por la pista con aquella suprema elegancia que recordaba bien. Su belleza, viril ahora, había conservado el mismo mágico poder de la mirada. Yo lo vi llegar hasta la jaula y abrir la puerta con su mano enguantada, y sin poder arrancarme a la fascinación que me embargaba, lo vi detenerse delante de mí. 

Al principio había partido del circo entero un grito de terror al ver aquel acto de insensata locura o supremo valor que acometía lord Aberdale. Pero enseguida el más pleno silencio de angustia le había sucedido.

Aunque nadie ignoraba que el joven par de Inglaterra había recibido del imperio indio las más inmensas aclamaciones por su prodigioso valor en las cacerías, aquel nuevo acto sobrepasaba, sin embargo, el límite permitido a un héroe humano.

Yo, por mi parte, sentía, como había sentido otra vez, el influjo de aquel valor y serenidad radiantes. Y en este estado de eléctrica fascinación, vi que Aberdale colocaba su mano sobre el hombro de Kimberley, y me miraba en los ojos sin odio alguno.

—¡Suéltalo! —me decía su mirada—. ¡Es una cobardía lo que haces!

Nadie oyó ciertamente palabra alguna, pero en todos estuvo la seguridad de que mi sordo gruñido había respondido a algo que yo había entendido. El público se agitó, presa de asombro y espanto.

—¡Le habla, le está hablando! —se oyeron voces contenidas.

—¡Oh, él los conoce bien!

—¡Debe tener un poder mágico!

—¡Sí, lo entiende!

No pude contener otro gruñido, pero esta vez por la imbecilidad de aquella gente. Lo que poseía el joven lord era muy sencillo, y que justamente faltaba en un todo a los otros: el valor, la serenidad profunda y confiada en sí misma con una gran fuerza, y que es la que da esa expresión a la mirada. Y esto además: la inteligencia. No hay animal que no comprenda en cierto modo lo que se le dice, siempre que el alma del hombre tenga verdadero temple. No comprenderá el significado de las palabras, pero sí el sentido de la voz, en la cual el pensamiento despierta las modulaciones que expresan cariño, odio, amor, etc. Los domadores de fieras profesan este axioma: «No dejar adivinar jamás por la voz, al animal, que se le tiene miedo». Y sobre todo: «Que la voz de mando tenga tal tranquila seguridad, que la fiera no llegue nunca a comprender que —si quisiera— podría no obedecer.» El día en que un tigre, un león, se da cuenta de que su voluntad es más fuerte que la de su domador, éste está perdido.

Yo, sin embargo, a pesar de la inmensa y tranquila fuerza que había en la orden de Lord Aberdale, tuve un instante de rebelión. Un ronco gruñido surgió de mi garganta, pero tuve que entrecerrar los párpados porque sentí de nuevo que aquella mirada me decía:

—Una vez pudiste haberme devorado, y no lo hiciste. Yo había perdido las fuerzas, pero no el sentido. Trataste de revivir en mí una vida que había cortado la de tus padres, y sé qué recompensa tuviste. No manches ahora aquella acción con un asesinato que no es digno de ti, que has visto en tu juventud actos de mejor valor, ni de mí, que te conocí con mayor nobleza.

¡Oh, sí! ¡Nos habíamos conocido en una situación bien distinta a la presente, y no necesitaba recordármelo! Pero ese mismo pasado que evocaba no hizo sino exaltar mi degradación actual, y resistiendo aún a su influjo mágico, me rebelé de nuevo.

Con un rugido ahogado, todo lo violento que pudo ser por el obstáculo de aquella miserable cabeza que no quería abandonar, le lancé mi desafío. Aberdale, inclinándose cogió la fusta caída a mis pies, y al incorporarse vi que estaba pálido.

—¡No eres tú —me decía su palidez— el cachorro que a expensas de su libertad trató de salvar mi vida...!

Entonces, con una voz de inquebrantable imperio, que la palidez de aquel semblante de héroe hacía tanto más ineludible, me dijo, esta vez en voz alta:

—¡Suelta!

Durante cinco segundos en que traté desesperadamente de resistir su mirada, me sentí oprimido, dominado, achicado en todo mi ser por el centelleo de voluntad de aquellos ojos negros.

Y solté; de mis fauces abiertas y babeantes cayó la cabeza del domador que se aplastó en el suelo, desmayado.

Aberdale tiró la fusta, ya inútil, y, sin dignarse mirarme de nuevo, salió de la jaula, limpiándose los guantes del polvo del látigo. 

Jamás se volverá a ver una más intensa ovación de público conquistado por un acto de sobrehumana voluntad. Las lámparas eléctricas temblaron sacudidas por el clamor delirante, y solo el respeto al altísimo nacimiento de Aberdale, impidió a la muchedumbre alzarlo en triunfo. La función estaba ya de hecho concluida con aquella casi tragedia. Y mientras los guardianes se precipitaban sobre la jaula con los hierros para liberar al domador, lord Aberdale abandonó el circo sin que su actitud indicara en lo más mínimo lo que acababa de realizar, y el público se fue a su vez. Y en un rincón de la jaula, acorralado por los hierros, quedé yo, rugiendo ahora incesantemente mi derrota y el nuevo triunfo de mi domador, mientras mi alma se abrasaba en ardientes olas de venganza insatisfecha.

Nueva Tortura. Dos Barras De La Jaula Ceden. Mi Fuga. Kimberley Me Persigue ¡Por fin! La Cabeza De Kimberley. Un Tiro De Revólver.


Kimberley estuvo quince días entre la vida y la muerte, con un ataque cerebral. Deliraba constantemente, pidiendo con gritos desgarradores que le cortaran de una vez la cabeza, antes que soportar un segundo más la horrible tortura de sentirse dentro de mi boca. Al fin su constitución robusta venció y, un mes después de aquella trágica noche, vi a Kimberley entrar en el recinto de las fieras y avanzar dificultosamente hacia mí, sosteniéndose en los montantes de las jaulas.

Al verlo otra vez, con su expresión de odio y crueldad dirigirse hacia mí, el horno eléctrico subió en una llamarada a mi recuerdo, y una nube de sangre me cegó. Me abalancé sobre él, con un rugido, y la jaula entera tambaleó por la terrible sacudida contra los barrotes.

Kimberley se sonrió, con una sonrisa mil veces peor que una amenaza de muerte.

—¡No, no! —me dijo apaciguándome con un ademán—. No empezaremos todavía, porque estoy débil aún y quiero gozar de todas mis fuerzas para apreciar en su justo valor lo que sientas con un nuevo juguete que estoy haciendo preparar para ti. Te advierto, sí, que perdiste la ocasión de vengarte, y esto por tu cobardía, tu defecto capital. ¡Rajá! No tuviste valor para troncharme la cabeza de un golpe, ni la dignidad de resistir a un solo hombre —aunque éste sea lord Aberdale— que te amenazaba con un latiguillo, como a un vil perro. Esto es lo que sabes. Pero sí puedo jurarte que nunca más te ofreceré una ocasión como aquélla para que te vengues y, después, estimo demasiado el buen nombre de mis fieras, para exponerte a nuevos actos de abyección y cobardía de tu parte, que deshonrarían a tu especie.

»Medita bien esto, Rajá, esfuérzate en dominar tu natural débil y asustadizo, que yo, para tus pequeños defectos de ingratitud conmigo, estoy ensayando un nuevo correctivo, mucho más eficaz, querrás creerlo, que aquel juguete del horno eléctrico.

¡Ah, ése era Kimberley! ¡Esa crueldad y dulzura inquisitoriales eran bien suyas! ¿Para qué inesperado y terrible suplicio debía prepararme?

Al día siguiente entraron dos personas. Tuve un sobresalto, y mi corazón se dilató en una oleada vital que yo conocía bien: delante de mí estaba lord Aberdale. Kimberley lo acompañaba, y su actitud expresaba el más profundo respeto y orgullo de estar al lado del alto aristócrata.

—¡Milord, aquí está Rajá! —dijo Kimberley deteniéndose. Lord Aberdale me miró entonces, y yo sentí que mi cuerpo entero vibraba de emoción. Algo, sin duda, recordaba él de un pasado ya lejano, que era lo que también recordaba yo.

—Sí —repuso al fin—, está muy cambiado... Hace mucho tiempo que no nos veíamos —se sonrió.

Kimberley evitaba mirarme.

—Creo —continuó Aberdale— que a usted le será imposible conservarlo más con usted, después de lo que ha pasado... Desearía tenerlo.

—¿Usted, milord? ¡Pero si es una bestia vengativa y cruel hasta donde se puede decir!

—¡No tanto! —se sonrió de nuevo Aberdale—. Además, tengo ciertos motivos para no creerlo así —agregó pasándome la mano por la cabeza detrás de los barrotes.

Yo lancé un leve gruñido pero no me moví.

Kimberley se puso pálido de despecho y envidia al ver que yo no destrozaba la mano del atrevido.

—¡Cuidado, milord! —exclamó—. ¡Es una fiera vil!

—Con usted, es posible... Yo lo compro, Kimberley —agregó.

El natural codicioso de éste se expandió de alegría ante la enorme suma que podría obtener, pero al mismo tiempo luchaba con el ardiente deseo de aplacar su rencor en mí, con nuevas torturas, y que tendría que abandonar si me perdía.

—¡Milord! ¡Un tigre amansado así vale mucho!

—¿Cuánto? —preguntó sencillamente Aberdale.

—¡No sé...! ¡Mucho, milord!

—¿Cuánto? —repitió lord Aberdale, mirándolo.

—¡Tal vez mil libras... tal vez más, milord!

—Luego dos mil le serán suficientes. Dígnese pasar por el Banco de Inglaterra: de aquí a una hora le entregarán la suma. Pero con una condición, que la cantidad ligeramente superior a la indicada por usted, disculpa en cierto modo: que usted mismo, pues los guardianes pueden descuidarse, lo conduzca a mi bungalow en el Ramahal. ¿No le parece excesivo?

—Por los grabados que conozco —objetó con sorprendido y respetuoso reproche Kimberley—, ¡Aberdale’s Palace no es un bungalow, milord!

—Gracias por su amabilidad, Kimberley... ¿Convenido entonces?

—¡Convenido, milord! ¿Cuándo debo partir?

—Esta noche... Yo iré también.

Aberdale salió. Entonces, mostrándome el hierro, trémulo de rabia, Kimberley me lanzó:

—¡Ah, maldita, maldita bestia! ¡Te escapas a mi venganza, protegido por ese maldito aristócrata que el demonio confunda... y que tiene no sé qué diabólicas relaciones contigo!

»¡Oh, pero antes de salir de aquí te voy a dar una lección para que recuerdes toda la vida al capitán Kimberley!

Llamó a los guardianes, y a pesar de mi fuerte resistencia, lograron pasarme un dogal de acero al cuello, cuyas cadenas ataron a uno y otro lado de la jaula.

Me vi así inmovilizado, sin poder avanzar un paso, ni poder alcanzar a tender mi garra fuera de un cierto límite. En el borde preciso de este límite se sentó Kimberley en una silla, con la fusta en la mano. Y entonces, mientras yo hacía inauditos esfuerzos para tenderme y alcanzar cinco centímetros adelante, nada más, y arrancarle las entrañas, ¡Kimberley cruzó mi cara con el látigo, una y cien veces!

¡Oh, qué inmensa desesperación! ¡Nada me faltaba para alcanzarlo, unos cuantos centímetros y estaba allí, crucificado, entregado a la ignominia sin nombre de ese latigueo como si fuera un gozquecillo, mientras Kimberley, cruzado de piernas y con el brazo tranquilamente posado sobre el respaldo de la silla, me azotaba la cara con rítmicos movimientos de su látigo! ¡Nadie bebió jamás más vergüenza que la que me hizo absorber ese miserable cobarde! 

Por fin se levantó, diciéndome:

—¡Bien! Ya puedes ir a vivir con tu nuevo amigo. ¡No te olvidarás de cómo te ha tratado el capitán Kimberley!

Hubiera preferido la muerte.

De noche partimos. El viaje en ferrocarril no tuvo mayores incidentes, si se descuenta un choque sin consecuencias en Karik, que sacudió rudamente el furgón, pero que tuvo para mí una importancia trascendental: dos barrotes se habían salido de quicio. Ningún guardián lo notó, ni yo mismo, hasta que fui trasladado a la carreta en la que debíamos seguir viaje a través de la senda que conduce, en pleno bosque, hasta los contrafuertes del Himalaya. Lord Aberdale y su séquito iban delante a caballo, bastante distanciados. Kimberley y los guardianes acompañaban en otra carreta a la mía.

La segunda noche de viaje noté el desquicio de los barrotes. ¡Qué llamarada de insensata alegría! No por el bosque, ni por la libertad natal, nada de eso me importaba. ¡Pero Kimberley, sí! ¡Sentía en plena cara la afrenta de esos latigazos cobardes! Los barrotes rotos eran la devolución de los latigazos, y devolución definitiva, ¡oh, sí!

Comenzaba a amanecer. Al apartar un barrote con mis garras, el hierro forzado lanzó un estridente chirrido, y sentí que alguien venía apresuradamente hacia mí. No tenía tiempo que perder: aparté inmediatamente el otro barrote, y un guardián —aquel de cara cruel con quien tenía yo larga cuenta atrasada— surgió ante mí. Tuvo apenas tiempo de ver lo que pasaba, y gritar ¡soco...!

Con un ronco rugido yo había caído sobre él, hundiéndome enseguida en el bosque. Detrás de mí quedaba el guardián con las entrañas abiertas, y el clamor de sus compañeros y Kimberley. Oí aún la voz de éste que gritaba enviando anuncio de la catástrofe a lord Aberdale. Alguien disparó un tiro, y no oí más.

Estaba agazapado al borde de un sendero, por el que debían internarse fatalmente mis perseguidores.

¡Ah, el aire natal, el cielo puro, los perfumes que se han respirado cuando pequeño! ¡Allí, en ese paisaje que cantaba la excelsitud de mi sangre real, yo debía rescatar sobre Kimberley la afrenta de sus latigazos y sus piernas cruzadas! Pasó una hora. De pronto sentí pasos que se acercaban, y oí la voz de un indígena:

—No me interno más, sahib... El sendero se cierra allí, y sin batidores no es prudente avanzar.

Asomé furtivamente la cabeza sobre un tronco caído, y vi al indígena y a Kimberley detenidos a veinte metros de mí.

Un rugido sordo a ras de tierra, cuya distancia —por ese motivo— no se podía apreciar, los sacudió violentamente. Kimberley se puso lívido.

—Bien —murmuró—. Ahora es nuestro... Tú vuelve atrás y dile a lord Aberdale que lo espero aquí...

El indígena huyó en precipitada carrera, mientras Kimberley miraba ansiosamente a todos lados.

—Dejaré que ellos se entiendan —oí que murmuraba—. Además, acaso Rajá dé cuenta de él... y yo me encargaré de obtener luego otras dos mil libras de su familia... Me trepo a un árbol. 

No tuvo tiempo; con un brusco rugido caí de un formidable salto a quince metros de él, erguido en toda mi plenitud. Kimberley vio entonces por primera vez lo que era un tigre real de Bengala en plena selva. Un domador de fieras no es forzosamente un cazador, pues aquél requiere paciencia, sobre todo, y éste, sobre todo valor. ¡Oh no era él lord Aberdale!

El fusil le tembló en las manos, y yo comencé a avanzar hacia él, fijos mis ojos en los suyos.

Todo: ¡su cara, su ropa, su olor mismo, me puso delante de los ojos el horno eléctrico, la tortura dulzona y metódica, el látigo, y sobre todo la pierna cruzada aquella, mientras me afrentaba.

El rayo de mi mirada le devolvió un resto de valor, y llevándose el fusil a la cara, disparó. Sentí un agudo dolor en la espalda y en un segundo estuve ante él: fue tan terrible su miedo al verme cara a cara —¡y en libertad ya, esta vez!— que el arma se desprendió de sus manos, y lanzó un grito, a tiempo que yo abría la boca y la cerraba sobre su cabeza.

¡Ah! ¡No estaba allí, no, el ser que había trastornado profundamente los primeros sentimientos de mi niñez con su heroísmo! ¡Y los segundos pasaban, y mi alma se empapaba en el supremo deleite de borrar la mancha de los latigazos!

Pero mi destino estaba matemáticamente trazado. Un ruido violento que hacía retemblar la tierra, llegó a mis oídos. Era una desesperada carrera de caballo. Un momento después, en la curva del sendero, aparecía lord Aberdale, sin sombrero, pálido por la generosa emoción de no llegar a tiempo.

Yo lo vi lanzarse del caballo y avanzar hacia mí con el revólver en la mano. Yo lo oí que me gritaba:

—¡Suelta! —con su clara voz de imperial voluntad, cubriéndome con la mira de su revólver.

¡Pero esta vez no! ¡El no sabía cuál había sido mi tormento diario durante cinco años, cuáles fueron las torturas y afrentas del miserable para conmigo, y no tenía, como yo, un balazo en la espalda!

Y mirando fijamente a Aberdale, oprimí las mandíbulas... ¡trac!

Mientras el cuerpo decapitado de Kimberley se desprendía de mi boca, vi que una sombra pasaba por el rostro de mármol de Aberdale, y sentí instantáneamente el estampido del tiro y un dolor lacerante en los pulmones. Todo dio vueltas a mi alrededor y caí desplomado.

* * * * * * *

Aquí terminan mis memorias. Ahora, mientras recuerdo aquellos dolores, echado sobre una fresca estera, tengo a mi lado a lord Aberdale, leyendo, cuya mano se baja a ratos a acariciar mi cabeza. Estamos en Aberdale’s Palace, en pleno Ramahal. Detrás de nosotros, el Himalaya sombrío hunde en el cielo su inmaculada blancura. Delante, tras las palmeras del parque, la selva natal me envía su incitante perfume. Pero yo entrecierro los ojos de beatitud; y mientras lord Aberdale, sin quitar los ojos del libro, vuelve a bajar la blanca mano, yo siento a su contacto que mi ser se expande en eléctrico runruneo, y paso lentamente mi lengua por aquella mano de héroe, feliz de ser suyo.


Publicado el 1 de septiembre de 2026 por Brian.
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