El Día De Las Esperanzas

Horacio Quiroga


Artículo, Cuento, Crónica


Faltos de fe y tradición para festejar en Navidad la dicha de haber nacido y de vivir aún, nosotros, pueblos nuevos, festejamos con el primero de enero las esperanzas confiadas a un nuevo año de trabajo.

Nada, en efecto, nos liga indisolublemente a acontecimiento alguno. Ninguna fecha religiosa o histórica ha sacudido tan perfectamente nuestra sangre tradicional, para que celebremos en su aniversario la alegría de sobrevivirla.

Sin pasado aún, cuanto seremos debemos arrancarlo al porvenir. La vida, que como a un niño nos exige así marchar por nuestros propios pasos, sin tradición que nos sostenga, nos tiende su primer escalón —el primer día del año— para que en él hagamos el balance, no de lo que han sido o fueron nuestros padres, sino de lo que debemos hacer nosotros mismos, para honrarla en pie.

Es pues, el día nuestro. Para los ansiosos, los desesperados o los fuertes de corazón, para todos y cada uno de nosotros, el primero del año es el día de las esperanzas.

Para el labrador de la tierra, cuyo esfuerzo devoró el suelo un año entero, y para quien el tiempo reserva exclusivamente sus dos fatalidades, nada alegóricas: la lluvia interminable y la sequía sin fin.

Para el novio sin recursos y con buena fe, constantemente hostigado por la suerte, cuya pobreza sin término va empobreciendo también el corazón de su prometida, y acentúa día a día el ceño de su futura política mamá.

Para el estudiante paupérrimo (quedan algunos), que ha comido sus libros, sus codos y sus ojos, y cuyo perramus alcanzará todavía a remedar hasta fin de año nuestra devoción a la elegancia, más indispensable y cara a él mismo que sus tomos truncos, sus camisas sin faldas y la vista que perdió.

Para los esposos ya maduros, a quienes la vida nada concedió fuera de su amor estéril, constantemente enternecidos tras los chicos que corren, y cuya pesadilla la constituye, no el perder un hijo, sino el no haberlo podido perder nunca.

Para el conscripto de la patria, a la que ha ofrendado los más bellos días de su pura juventud, rindiéndole sus precoces fatigas de héroe insomne, y cuyo más calmante sueño sería el morir definitivamente por ella.

Para el artista adolescente de alma y edad, cuya vida se entreabre al año que comienza.

Nadie tan desarmado para la lucha como él. Su desinterés lo aísla en la vida actual, solitario y puro como un diamante.

Allá va, sin embargo. Acaso no sea oro su metal: tal vez se equivoque sobre sus fuerzas, y no llegue nunca.

No importa. Él encarna lo más celeste que tiene el alma humana, y acompaña su destino a través de la hecatombe material que la va haciendo trizas. No desmenuzará su conciencia para hacer con sus jirones martingalas de éxito, y no adquirirá por lo tanto un capital. Pero en el balance espiritual que se haga un día de la especie, su sed de ideal pesará más que las arcas de hierro, y para cubrir el déficit de su pobre ensueño de arte, no alcanzará un billón de dólares.

Para el agricultor sin descanso, el novio sin recursos, el estudiante sin ropa, el padre sin hijos, el soldado sin sueño, y el artista sin todo lo anterior: Feliz año nuevo.


Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.
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