El Dios Pagano…

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


El Dios Pagano. H. R. Warner. —Prima hermana de las cintas de ambiente similar —India y China— que ha interpretado en los últimos tiempos Warner, el film del título no agrega nuevos quilates a la corona de este excelente actor, que merece dos líneas.

Si no nos es infiel el recuerdo, Una jugada de bolsa es la primera cinta que nos llegó de Warner. El film era bueno; pero la revelación de este actor era también muy hermosa. Pertenecía la naciente estrella a los intérpretes natos, digámoslo así, para diferenciarlos de aquéllos que han aprendido por fin a expresar una emoción o un pensamiento, a la larga de infinitos años de escena. La única tarea encomendada a Warner era la de ser tal cual es. Y como dicho actor tiene la admirable facultad de traspasar a sus ojos lo que siente en su alma, dicho está que, sin esfuerzo ni aprendizaje alguno, la tarea le resultaba sencillísima. A este respecto cabe recordar una anécdota.

Griffith y las Miradas Expresivas. —Cuéntase que en uno de sus viajes a París, Griffith tropezó en la Plaza de la Ópera con una joven cuya mirada dio de pleno en los ojos del director. Griffith sufrió una sacudida y quedó tan deslumbrado por la intensidad de expresión de aquella mirada, que corrió tras la joven.

—¡Por favor, Mr. Griffith! —lo contuvieron sus acompañantes franceses— ¿Qué pretende?

—¿Lo que pretendo? —respondió el director— Pues contratarla enseguida. La expresión de sus ojos vale cien mil dólares en el primer film.

Y cuentan que costó gran trabajo disuadir a Griffith de su intempestivo empeño.

Esta es la anécdota. Pues bien: Griffith tenía una y mil veces razón. Ignoramos si la joven era bella o era elegante, lo que no hace al caso. Lo que importa, a los efectos cinematográficos, es que la transeúnte fuera naturalmente expresiva: sin buscarlo y sin preparación previa. El estudio, la cultura artística y demás excitantes de la expresión hacen el resto; pero la fuerza primera e insustituible del actor del film estriba en esa intención de la mirada, característica de las personas que hablan con los ojos. Ahora bien, una persona que habla con los ojos puede no ser inteligente ni aún sentimental; aquél es un simple don con el que se nace. De todos modos, con la sola virtud de su expresión, será un excelente actor. Pero si dicha persona ha hecho trabajar razonablemente a su pensamiento, y su corazón no es de roca, podemos estar seguros de que hará un brillante papel en el film; vale decir, de estrella.

¿Vio Griffith en la joven de la Plaza de la Ópera algo más que la simple intensidad de su mirada? Es más que seguro. Raramente a los corazones y cerebros duros corresponden esos ojos que hablan. Y Griffith tiene demasiados años y sobrada cultura para equivocarse diametralmente. La joven entrevista un segundo, pues, llevaba en su mirada el temblor de una estrella, y a esta misma hora el afamado director —y nosotros— lloramos el profundo encanto que pudo haber sido, y que nos negó la desconocida de París.

Entre tanto, empresarios y directores de escena siguen buscando por la calle, los salones y el campo, tipos de rasgos y expresión característicos que tendrán cabida en una u otra cinta. Las academias para la enseñanza del arte, en furiosa boga no ha mucho, parecen concretarse hoy día a una sola cosa: a hacer perder el pudor de la fisonomía ante el objetivo. Cuando el aspirante a estrella llega a no ver más al fotógrafo, en razón del hábito, puede entonces dar a su expresión toda la naturalidad indispensable y de que sea capaz. Y si en este estado, sus ojos, en vez de espejo del alma, no son más que un muro vacío, cuanto pretenda sugerir el cómico con gesticulación de teatro, es tiempo perdido.

Los Papeles Dobles. —Es un hecho consentido que las mujeres lucen muchísimo más que los hombres en los papeles dobles. Recordemos, frescos aún, los de Mary Pickford en Stella Maris. El efecto obtenido por la hermosa rubia es prodigioso. Tan desfigurada, tan otra nos resulta la actriz, que a no advertírnoslo la leyenda, titubearíamos mucho antes de jurar que aquella ruin muchachita es Mary.

Veamos de qué recursos se ha valido la actriz para dicha transformación. Son muy sencillos: Una pincelada de blanco en los labios, para borrarlos y dejar un simple tajo en vez de boca; idéntico blanco en las pestañas y las cejas; un constante tic que recoge un extremo de la boca, y nada más. No hay más, ni ningún otro toque artificial. ¿Pero esto sólo basta? No; hay un pequeño detalle de refuerzo: el cabello. En vez de sus famosos bucles de oro, Mary se ha tendido el pelo hacia atrás; tan liso y tan tirante, que la cabeza queda al desnudo, diremos, con su conformación típica y sus defectos. Y el cambio operado es abrumador, en esta Mary Pickford al natural. Vale decir: es la misma Mary, sin sus bucles de oro, que eran lo artificial.

Juego de palabras parecería todo lo anterior, si no recordáramos la frase de una señora, a quien se elogiaba la hermosura de una joven próxima a ella: —Para juzgar de esa cabeza —dijo la dama— tendríamos que verla saliendo del baño".

Pero con bucles o sin ellos, queda algo más a la divina Mary, sin mención especial de sus ojos. Lo que no obsta para que algunos papeles dobles operados por hombres —Roy Stewart, particularmente— sean mucho más difíciles, por deber recurrir el actor a simples juegos de expresión —desfiguración interna, podríamos decir— ya que ni los labios, ni los ojos ni el cabello de un varón soportan cambios radicales.


Publicado el 22 de septiembre de 2026 por Brian.
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