Dos mineros salen de Dawson, sita en la confluencia de los ríos Yukon y Klondike, que da su nombre a la región, y emprenden viaje en dirección de uno de los tantos ríos auríferos del Alto Canadá. El río en cuestión ha atraído ya por su fama a muchos mineros. Casi todos se han vuelto desde el camino por no poder resistir el tormento de los mosquitos.
Nótese bien: estamos en el paralelo 67, donde la temperatura se mantiene en invierno por varios días alrededor de 50 grados bajo cero. Lo que es esta temperatura sobre el organismo humano, pronto lo vamos a ver.
Nuestros dos mineros, pues, salen de Dawson con sus mochilas y sus picos en verano, afrontan los mosquitos, y con suerte mayor o menor que sus predecesores, hallan un filón que trabajan durante el otoño, y que al promediar el invierno está agotado.
Uno de los mineros se siente muy débil para regresar a Dawson. Su compañero le dice:
—Esperaré diez días; si al cabo de ellos no se encuentra usted con más fuerzas, volveré solo.
Pasan los diez días, y el minero se halla más débil aún.
—Bien —dice entonces el otro—. Le cortaré leña y me voy.
Lo hace así, en efecto, y se va. Tal es la ley del oro.
El enfermo guarda apenas energías para alimentar el fuego. A los tres días, no puede levantarse, y la estufa se ha apagado. Al lado mismo de la estufa apagada, el termómetro marcaría 20 grados bajo cero.
Con un resto de fuerzas, el enfermo baja de la cama y cae desmayado. Comprendiendo, o sintiendo, mejor dicho, dentro de su desmayo, que no puede permanecer un momento más en el suelo, so pena de quedar a los dos minutos muerto y duro como una barra de hielo, se incorpora y vuelve a la cama. Pero en el breve espacio de tiempo de su desmayo, sus manos y sus pies se han helado.
Durante 30 días, ni uno menos, el hombre se va muriendo de frío. Lame el azúcar de una bolsa inmediata, y lame el hielo fijado a la cama.
Al cabo de esos treinta días, unos mineros de viaje descubren casi a ras del suelo la extremidad de una chimenea bloqueada por el hielo. Debajo, a tres o cuatro metros bajo la nieve, el minero duerme el sueño de la eternidad, por fin definitivamente helado.
Veamos ahora lo que ha sido de su compañero. Prosiguiendo su viaje, por un tiempo terriblemente sereno y frío, el minero atraviesa los manantiales que alimentan un riacho de la región. Sus aguas, sumamente minerales, son apenas congelables.
El minero pisa la costra de hielo que las oculta, y se hunde en el agua hasta la rodilla. Saca la pierna en seguida y corre a un zarzal vecino a encender fuego, pues con la temperatura que tienen el agua y el ambiente, no vive diez minutos más si no se calienta.
Para proceder con rapidez, se quita los guantes y frota un fósforo. Este no se enciende. Y al ir a frotar otro, el hombre tiene ya los dedos, el cuerpo, la vida y el alma paralizados por el terrible frío. Quiere ponerse de nuevo los guantes, pero es tarde: sus manos están duras y blancas hasta las muñecas. Tiene aún tiempo tal vez para rogar a Dios, si es creyente. Tras este compás de espera, el hombre está ya en el suelo, rígido como una piedra, muerto, helado hasta lo más hondo de sus huesos.
Desde el momento en que perdió pie en el agua y éste en que lo presentamos, no han pasado cinco minutos.
