Muchas veces me ha llamado la atención la semejanza de espíritu y tarea que existe entre críticos y traductores. Por regla general, unos y otros andan a caza de un tercer espíritu que a la vez que arranca su admiración, exalta sus propias dotes creadoras, en detrimento casi siempre del autor admirado. Esta emulación artística se manifiesta de igual modo en críticos y traductores: erigiendo en ídolo a un honrado y serio escritor, con el muy visible objeto de lucir su propia inocente literatura, en el crítico; de lucirla también, pero malvadamente, en el traductor.
La inocencia artística del primero es manifiesta y perceptible aún para el profano, que llevado o no a admirar las galanuras de estilo del crítico, nada llega a saber del autor juzgado, puesto que él no fue otra cosa que un pretexto para crear arte.
Distinta es la tarea del traductor. Su obra engañosa y maléfica no es apreciada en todo su alcance sino por las gentes del oficio, profesionales y aficionados de gusto conciso. Maldad inconsciente, sin duda, a modo de aquélla sentenciada por un Jurado de Honor Artístico, que eximió de culpa a un plagiario, en atención a la admiración que hacía la obra robada había demostrado el autor ladrón.
El traductor habitual, puesto a la tarea, prescinde casi siempre de su honradez de escritor. Para no asustar a sus infinitos lectores, cabe aclarar un poco estas líneas.
El arte de escribir consiste en hallar, para cada idea, la palabra justa que la expresa; y en disponer estas palabras con el summum de eficacia expresional.
La idea es naturalmente lo esencial en el arte. Al acto de sentirlas suele llamársele "Tener algo qué decir", De aquí que el tener ideas, primero, y la suerte luego de hallar las palabras que las expresen definitivamente, son las dos facultades maestras del escritor. La disposición de estas palabras —lo que suele llamarse estilo— es condición secundaria, considerada como una sola fuerza. Con ideas y palabras que las expresen sin menos ni más todo hombre es un gran escritor, y por lo tanto un gran estilista. Con estilo solo —siempre en su pobre acepción vulgar— se puede simular con algún efecto la carencia de "algo qué decir". Los oradores y escritores muy elogiados por su estilo, no dicen por lo común gran cosa.
Cumple pues respetar y envidiar al escritor de raza su misteriosa facultad de hallar las palabras justas para expresarse; pero esta admiración nuestra exige de aquél un respeto por su propio arte, que no siempre conserva al traducir.
La gramática ha creado para holgura de estudiantes la sinonimia de términos. Triste y melancólico, apacible y pacífico, rabioso e iracundo, serían palabras sinónimas de igual significado. El escritor sabe, sin embargo, que esto no es verdad. Si el alumno y el lector corriente no perciben diferencia en la sinonimia, el escritor conoce perfectamente sus grados y matices, y no ignora que esta idea profundamente expresada, aquel efecto emocional maravillosamente obtenido, se lograron por la sutilísima elección de tal verbo, tal adjetivo, entre sus infinitos sinónimos.
Esta recóndita virtud de la palabra justa campea en la belleza de ciertos cuadros descriptivos o narrativos, cuyas misteriosas fuentes se empeña en descubrir el lector sagaz. Aparentemente, en nada se diferencia la magistral descripción de una fría exposición de colores puesta a su lado.
"He releído diez veces el cuadro" —concluye el lector por decirse desalentado—, "y no sé de qué medios se ha valido el autor para evocar la naturaleza con esa fuerza."
El truc es muy sencillo, sin embargo: consiste en que las palabras elegidas por el autor son justamente las precisas, y no otras, ni las de más allá, ni ninguna de las otras cien mil palabras de la lengua.
Ningún escritor lo ignora. Y ninguno —sin excepción— recuerda al traducir en verso o prosa que la substitución de una frase, un giro, un verbo, un simple adjetivo, es una absurda tarea para el arte, mezquina para la honradez del traductor, y criminal para con el autor falsificado. Los poetas que traducen, al verse a su vez traducidos, conocen perfectamente esto.
Ignórase hasta hoy qué razones de peso bastante para excusar esta tarea de miseria, dan los traductores de versos. Que puede quedar de un verso —obra por excelencia de concisión—, si tachamos cuidadosamente el par de verbos que lo exaltan, para reemplazarlos por pobres sucedáneos que el traductor considera las más de las veces superiores a los del original.
Corre por todas las manos una antología traducida de poetas franceses, donde campean estas excelencias que hemos apuntado. Por tratarse de poemas conocidísimos, transcribiremos algunos para edificación de los lectores.
La primera estrofa de "El Albatros" de Baudelaire, está así traducida:
Souvent, pour s'amuser,
les hommes d'équipage,
prennent des albatros,
vastes oiseaux des mers,
qui suivent,
indolents compagnons de voyage,
le navire glissant
sur les gouffres amers.
La gente marinera,
con "crueldad salvaje",
suele cazar albatros,
grandes aves marinas que siguen a los barcos,
compañeras de viaje,
"blanqueando en los aires
como blancas neblinas".
Baudelaire no habla de la crueldad salvaje de los marineros. Quien conozca al poeta medianamente, sabe que en su espíritu, y para esa situación, no cabía tal grito de condolencia. Tampoco nos habla nada de que los albatros blanquearan en el aire como blancas neblinas. De los cuatro versos de la estrofa, la mitad del primero y el cuarto en su totalidad, pertenecen al numen propio del traductor, Y con tales cambios, supresiones y rellenos, no se concibe cómo Baudelaire hubiera llegado a reconocer su célebre soneto.
De la canción décimo tercera de "Serres Chaudes", de Maeterlinck, queda lo siguiente:
J'ai cherché trente ans, mes sœurs, où est-il caché!
J'ai marché trente ans, mes sœurs, sans m'en rapprocher...
J'ai marché trente ans, mes soeurs, et mes pieds sont las,
il était partout, mes soeurs,
et n'existe pas!!...
L'heure est triste enfin, mes soeurs, otez mes sandales, . le soir meurt aussi, mes soeurs,
et mon âme a mal...
Vous avez seize ans, mes soeurs, allez loin d'ici,
prenez mon bourdon, mes sœurs, et cherchez aussi…
Yo busqué treinta años, hermanas, ¿Sabéis dónde está?
Caminé treinta años, hermanas,
sin poder llegar...
Caminé treinta años, hermanas, y no puedo más; dondequiera hallábase, hermanas, y no existe ya...
Mis sandalias quitad, hermanas, la hora triste está,
ya agoniza la tarde, hermanas, y me siento mal..,
Id lejos, dieciséis años ajustasteis ya;
empuñad mi báculo, hermanas, y también buscad…
Las canciones de Maeterlinck son apenas traducibles en prosa. Ni aún haciéndolo palabra por palabra; de tales elementos sutiles, y exclusivamente: de la lengua francesa, están formados esos poemas. Véase lo que queda de Maeterlinck en la transcripta traducción. "Sans wen raffrocher" está tan lejos de "Sin poder llegar", cómo "Vous avez seize ans", de "Ya ajustasteis dieciséis años". En fin…
"Los conquistadores" de Heredia ofrecen ejemplos más definitivos:
Comme un vol de gerfauts hors du charnier natal, fatigués de porter leurs misères hautaines, de Palos de Moguer, routiers et capitaines partaient, ivres d'un rêve héroïque et brutal.
Ils allaient conquérir le fabuleux métal que Cipango mûrit dans ses mines lointaines, et les vents alizés inclinaient leurs antennes aux bords mystérieux du monde Occidental,
Chaque soir, espérant des lendemains épiques, L'azur phosphorescent de la mer des Tropiques enchantait leur sommeil d'un mirage doré;
où, penchés à l'avant des blanches caravelles, ils regardaient monter en un ciel ignoré du fond de l'océan, des étoiles nouvelles.
Cual "bandada" de alcones la alcándara "feudal", a Palos de Moguer, "hartos" de altivas penas, "dejaban" de capitanes y "labradores, llenas" las "almas" de un ensueño "hazañoso" y brutal,
Á conquistar "salían" el "mítico" metal que "corre" de Cipango por las "fecundas venas", y los vientos alisios "llevaban" sus antenas al borde misterioso del mundo occidental.
Cada noche, esperando "crepúsculos utópicos", el azul "chispeante" de la mar de los trópicos encantaba su sueño con un "matiz" dorado; o a "proa", de sus naves "viendo" las "blancas huellas"
"atónitos" miraban por un cielo ignorado del fondo del océano subir nuevas estrellas.
En este soneto, todas las expresiones entre comillas son ajenas a Heredia. Natal ha sido substituido por feudal; miserias, es el caso algo que penas; partían ha sido reemplazado por dejaban; soldado, por labrador; ebrio, por alma llena; heroico, por hazañoso; salían, por iban; fabuloso, por mítico; madurar, por correr; minas lejanas, por venas fecundas; inclinaban, por llevaban; épico, por utópico; fosforescente, por chispeante; mirage, por matiz.
El traductor ha substituido "penchés à l'avant des blanches caravelles", por "a proa de sus naves viendo las blancas huellas". Toda el ansia de la conquista está en el verso de Heredia. Los conquistadores del traductor, en cambio, se solazan mirando desde proa la blanca huella que dejan las carabelas. Esta vez, ni el sentido del poema se ha salvado.
Cabe suponer, con todo lo anterior, que las traducciones en prosa, de la prosa, se ajustarán honestamente al original. Veremos otro día que no es así.
