El Hombre Sitiado por los Tigres

Horacio Quiroga


Cuento


Había una vez un hombre que vivía solo en el monte, en compañía de un perro y un loro. Había también muchos tigres, que todas las noches rugían en la otra orilla del río; a veces lo cruzaban a nado. Pero esto pasaba pocas veces, porque el hombre era un buen cazador y los tenía a raya. El hombre pasaba el año cuidando una plantación de caña de azúcar, y la cuidaba también de noche, cuando había luna. Pero en las noches lluviosas venían los chanchos salvajes y le pisoteaban y devoraban su plantación. Por lo cual el hombre estaba desesperado.

Se decidió entonces una noche a ir a la orilla del río a hablar con los tigres para que cuidaran su caña. Desde hacía un tiempo él había notado que entre los rugidos de los tigres había uno que era distinto de los demás. «Este tigre que ruge así ─se dijo el hombre mientras cargaba su escopeta─ debe ser un tigre que los hombres han cazado y que ha vivido mucho tiempo en una jaula, donde ha aprendido a entender nuestro lenguaje. Yo comprendo también un poco el idioma de los tigres, y voy, por consiguiente, a entenderme con él.»

Y en efecto; mientras del otro lado del río la costa se llenaba a todo lo largo de rugidos, el hombre lanzó un gran grito, e instantáneamente los tigres callaron. Entonces el hombre gritó:

─¡Tigres! ¡Quiero hablar con uno de ustedes!

Durante un rato los tigres permanecieron en silencio, como si estuvieran discutiendo entre ellos, hasta que por fin un tigre lanzó un largo rugido, y el hombre comprendió lo que decía.

─¿Con cuál de nosotros? ─había dicho el rugido.

─¡Contigo! ¡Con el que está hablando!

─Está bien: podemos hablar ─contestó el tigre─. Y ¿dónde?

─Aquí, en esta isla que está en medio del río ─agregó el hombre─. Yo voy nadando, y tú puedes hacer lo mismo. Pero cuidado con los otros, porque si veo que otros tigres pasan a la isla, les pongo a cada uno una bala en medio de la frente, ¿entendido?

Así dijo el hombre. Y el tigre respondió:

─No va a pasar ninguno. Pero por las dudas ,señor hombre, sería mejor que usted dejara el winchester en la costa.

─¡Cualquier día! ─respondió el hombre riéndose, porque había comprendido la pillería del tigre─. Yo sé bien en cuántos pedacitos se entretienen ustedes en deshacer a un hombre cuando lo encuentran desarmado. ¡Nada de bromas, entonces!

─Bueno, bueno... ─repuso el tigre─. Convenido.

─Vamos, entonces ─concluyó el hombre.

Y ambos se lanzaron a nado hacia la isla. El tigre llegó primero, porque el hombre nadaba de costado con un solo brazo, pues el otro lo llevaba levantado fuera del agua con la escopeta. Y así tuvo lugar la conferencia, mientras el tigre, echado, movía lentamente la cola, y el hombre, de pie, se apartaba de la frente el pelo mojado.

─Pues bien ─comenzó el hombre─, lo que te propongo es esto: yo tengo una plantación de caña de azúcar, y los chanchos salvajes no me dejan una planta en pie...

─Y ¿quién tiene la culpa sino usted? ─le interrumpió el tigre gruñendo─. Cuando usted no había venido todavía a vivir aquí, nosotros nos encargábamos de los jabalíes y los venados, y los hombres podían plantar lo que querían.

─Sí, y ustedes se comían los terneros y los potrillos de los hombres, porque ellos no eran cazadores. Muchas gracias. Y además ─agregó─, lo que dicen son mentiras de tigre: ustedes saben bien que les tienen miedo a los jabalíes.

─Cuando la bandada es grande, sí les tenemos miedo; pero ustedes también, los hombres, se suben a un árbol cuando encuentran una bandada de trescientos jabalíes.

─También es cierto ─confesó el hombre─. Pero acabemos; lo que yo propongo es esto: ustedes podrán pasar el río cuantas veces quieran, y vivir en este monte. El monte está lleno de venados y jabalíes, y se pondrán gordos. Lo único que exijo es que no venga sino un tigre por vez. No quiero tener vecinos de uñas largas como ustedes. Pueden turnarse: venir hoy uno, mañana otro, al día siguiente otro; pero siempre uno solo. ¿Les conviene?

─Muy bien ─respondió el tigre─. Acepto por todos mis compañeros. ¿Esto es todo?

─No, falta algo aún. Primero, quiero que no me toquen para nada el perro; si le llega a pasar la menor cosa, hago un escarmiento entre ustedes, del que se van a acordar los pocos que queden vivos. Y segundo, como yo no me fío de palabras de tigre, quiero que cada noche el tigre que venga para acá se ponga este anillo de bronce en el dedo pulgar de la pata izquierda; así conoceré por el rastro si ha pasado un solo tigre. ¿Les conviene también esto?

Claro está, a los tigres no les convenía este anillo, que además de denunciarlos era una vergüenza para ellos. Pero también era cierto que estaban flacos, y que en el monte del hombre podrían cazar cuantos venados quisieran. Por lo cual, aunque rezongando, aceptó.

─Acepto ─dijo.

─Muy bien ─concluyó entonces el hombre─. Tenemos un compromiso formal. Cuando yo los encuentre en el monte, haré como que no los veo. Pero mucho cuidado, vuelvo a repetirte, con tocarme a mi perro, porque entonces vamos a tener un baile a tiros que va a durar hasta que no quede tigre vivo ni para contarle el cuento a los cuervos.

─¡Pierda cuidado, pierda cuidado! ─dijo el tigre. Y saludando al hombre con un rugidito cariñoso, pero que el hombre comprendió que era de gran hipocresía, el tigre se lanzó a nado en la oscuridad, llevando el anillo de compromiso en un colmillo.

Tal y como se había planteado el contrato, se llevó a cabo. Desde la noche siguiente los tigres cruzaron el río por turno, e hicieron tal destrozo entre los venados y los chanchos salvajes, que la caña de azúcar del hombre pudo rebrotar que daba gusto. El tigre, como es costumbre en él, seguía a las piaras de chanchos escondiéndose para que no lo vieran, y los cazaba uno a uno cuando se quedaban detrás. Hacía así porque no hay animal ninguno capaz de hacer frente a una bandada entera de chanchos salvajes.

El hombre estaba contento con los tigres, que cumplían fielmente su compromiso, y nunca halló sino rastros que tenían marcado el anillo que los tigres se ponían en el dedo; pero a pesar de todo, siempre llevaba la escopeta o el winchester. A veces encontraba al tigre, y hacía como que no lo veía. Y el tigre, por su parte, abría la boca y bufaba despacio, como hacen los gatos, y continuaba con la boca abierta hasta que dejaba de ver al hombre. Pero ellos también cumplían su palabra.

Entonces sucedió que en muchísimos días no cayó una sola gota de agua y los arroyos se secaron. Los animales del monte se fueron a vivir al lado del río para poder tomar agua, y abundaron tanto que los tigres estaban hartos de cazar y de comer. Es decir, quienes estaban hartos eran los tigres que estaban de turno en el monte del hombre; porque los otros que estaban del otro lado del río, estaban flacos y muertos de hambre y trotaban rugiendo por la costa.

Visto lo cual, el tigre que entendía el lenguaje de los hombres y que era más inteligente, aunque más traicionero que los otros, reunió una noche a sus compañeros y les habló así:

─Hermanos tigres: el hombre nos ha engañado una vez más, y vamos a morir de hambre. Si no pasamos todos juntos el río vamos a morir aquí de flacos. Yo he pensado mucho en esto, y he hallado un medio para ponernos gordos y matar al hombre.

Al oír esto, los tigres rugieron.

─¡Cuidado con el hombre! ¡A la largar siempre es él el que gana!

─Esta vez no hay cuidado ─continuó el tigre traicionera─. Yo los conozco a los hombres mejor que ustedes porque viví en una jaula mucho tiempo, y sé que toda su inteligencia proviene de las armas que tiene para matarnos. Si no tienen escopeta, son menos inteligentes que un tatú. Acérquense bien, porque si algún animal nos oye, estamos perdidos.

Todos los tigres se agacharon entonces, rodeándolo, y en las tinieblas brillaban sus ojos como vidrios verdes, y hasta muy lejos se sentía el mal aliento de tantos tigres reunidos.

¿Qué les dijo el tigre? ¿Cuál era su plan, que tenía por objeto arrancarle la vida al cazador? En seguida lo veremos por los acontecimientos que se sucedieron.

En efecto, al llegar la madrugada de esa misma noche, el tigre cruzó el río y fue a arañar la cáscara de un gran árbol hueco. Arañó siete veces seguidas, y después sopló suavemente por la abertura. Era una señal.

En el agujero asomó la cabeza de una rata del monte, y los dos hablaron así:

─¡Buenas noches, amiga rata! ─dijo el tigre─. Yo estoy bien de salud, muchas gracias. Pero no se trata de esto, sino de pedirte que ustedes las ratas me devuelvan el servicio que les hice la vez pasada, cuando aquella gran víbora las perseguía a ustedes.

─¡Sí, sí, señor tigre! ─exclamó la rata asustada─. Todo lo que usted quiera. ¿Qué debemos hacer?

─Ustedes harán esto ─dijo el tigre─: vayan mañana, que es la primera noche de luna, a la casa del hombre; el hombre va a salir con el perro, yo lo sé. Entren y deshagan todos los cartuchos y las balas, destrúyanlo todo. ¿Entiendes, rata? Que no quede ni un granito de pólvora ni de plomo; nada, nada. El hombre quedará desarmado y nosotros lo mataremos a él. Sin o hacen esto, voy en seguida a ver a la víbora...

─¡No, no, señor tigre! ─gritó la rata, chillando de miedo─. ¡En seguida voy a ir! Voy ahora mismo a buscar a todas mis compañeras. ¡Pero no haga eso que dijo, señor tigre!

─Pierde cuidado: no lo voy a hacer si ustedes se portan bien. Estoy satisfecho de ustedes, ratas. Hasta luego, pues.

─¡Hasta cuando guste, señor!

Pues bien; tal como lo prometió la rata lo hicieron. Apenas se levantó la luna, las ratas que estaban todas esperando a la orilla del monte, atravesaron corriendo el pedazo de campo, y entraron como un ejército en la casa. Eran tantas que se atropellaban en la puerta, y algunas quedaron con las patas rotas. Había más de treinta mil ratas. En un momento deshicieron los cartuchos, rompieron el cartón, desparramaron la pólvora y se comieron las balas.

Las ratas del monte son muy amigas de comer el plomo de las balas. Primero lo muerden, después lo roen, y acaban por comerlo. Y en esto consistía la pillería del tigre, al confiar a las ratas del monte la tarea de desarmar al hombre, pues ningún otro animal ni nadie podía haberlo hecho. Para mayor desgracia, esa tarde el hombre había dejado sus armas con kerosene para limpiarlas bien, y estaban sin balas, por consiguiente. Pero sto también lo había supuesto el tigre por ser sábado, día en que el hombre solía hacer eso. De modo que al hombre no le quedaba más que el machete.

Y cuando el hombre volvió esa noche, nada notó en la oscuridad, y se durmió en seguida. Pero el perro había sentido el olor de las ratas, y siguiendo el rastro entró en el monte. Y apenas había asomado la cabeza cuando el tigre, que lo esperaba agachado tras un tronco, lo aplastó de un manotón. Un solo zarpazo de tigre abre el vientre de un toro de extremo a extremo. Hay que figurarse, pues, cómo quedaría el pobre perrito.

A la madrugada siguiente, el hombre, no hallando a su perro, siguió su rastro hacia el monte con profunda angustia. Y lo vio muerto, deshecho a la misma entrada del monte. El hombre conoció en seguida quién era el culpable. Y, pálido de rabia, miró a todas partes buscando al asesino. Y lo vio allá arriba en un árbol, acostado sobre una gruesa rama, runruneando hipócritamente como si no hubiera hecho nada. Pero el tigre sabía bien que el hombre no tenía sino el machete, y por esto estaba tan tranquilo.

─¡Por fin has hecho una de las tuyas, tigre! ─le gritó el hombre apenas lo vio─. ¡La culpa la tengo yo por haber creído una sola vez en mi vida en palabra de tigre, que son todos gatos del monte, hijos de gato y nietos todos de gatos sarnosos!

─¡Miente! ─rugió el tigre, rabioso, porque no hay insulto mayor para un tigre que llamarlo gato de monte.

─Sí. ¡Gato y tres mil veces gato! ─repitió el hombre─. ¿Por qué no bajas acá, en vez de limpiarte los bigotes allá arriba? ¡Baja un momento, y verás cómo te los peino en un momento con el machete, gato manchado! O espérate quieto ahí arriba a que vuelva con el winchester.

Entonces el tigre se echó a reír.

─¿Para qué? ─dijo─. Estoy muy cómodo aquí. Y además...

─¿Además qué?

─Nada ─continuó el tigre mirándolo de reojo─. Nada más sino que las ratas se comieron anoche todos los cartuchos y las balas...

Al oír esto, el hombre comprendió que si una gran casualidad no lo salvaba, estaba perdido.

─¿Es cierto lo que dices? ─le preguntó─. ¿Te animas a no engañar por una sola vez en tu vida?

─Tan cierto ─respondió el tigre─ como que yo no soy gato, ni sarnoso, y que usted es un pobre hombre que antes nos daba miedo y ahora no sirve para nada. Hasta pronto. Ahora voy a mandar noticias suyas a los compañeros.

Y el tigre, hundiendo el diente, comenzó a rugir; primero despacio, después más fuerte, cada vez más fuerte. Y desde la otra costa del río los demás tigres le respondieron rugiendo, porque aquélla era una señal para que se lanzaran en seguida al río y vinieran a matar al hombre. Pero el hombre, sin apurarse, se fue a su casa, y después de buscar por todas partes si no le quedaba una miserable bala de revólver siquiera, reforzó las puertas y ventanas y esperó.

No esperó mucho, sin embargo, porque antes de media hora sintió a los tigres que se abalanzaban rugiendo contra las paredes de su casa para deshacerla. Bramaban locos e rabia al ver que no podían entrar. Rondaban, arañaban los rincones buscando un hueco, se subían al techo. Otro tomaban distancia, venían corriendo, y de un salto se estrellaban contra la puerta, que crujía de arriba a abajo. Y todo entre un furioso concierto de rugidos.

Así pasaron tres días. Los tigres iban a cazar por turno, pero siempre quedaban cuarenta o cincuenta tratando de romper la casa. A veces el tigre traicionero se arrimaba a la puerta y decía, burlándose:

─¿Qué tal, señor hombre? ¿Por qué no sale un momentito a ver si tengo sarna?

Entonces venían los demás y le gritaban de todo a través de la puerta:

─¡Perro sin pelo! ¡Pescador de mojarras! ¡Mata-gallinas! ¡Comedor de yuyos! ¡Rana con pantalones!

Pero el hombre, distraído, apenas los oía, porque día y noche estaba pensando en la manera de salvarse. Escaparse era imposible, pues los tigres estaban dispuestos a mantener el sitio hasta que pudieran matarlo. ¿Y cómo poder avisar a los hombres? Los tigres sabían a su vez que un día u otro caería entre sus dientes, y la tardanza los enfurecía. Noche y día volvían a estrellarse contra las paredes de madera para deshacerlas. La casa entera retumbaba con los golpes, y los rugidos de los cien tigres eran tan fuertes que rompían los vidrios de la ventana. Pero el hombre pensaba y pensaba; hasta que un día, oyendo a una bandada de loros que iban todas las mañanas al naranjal, tuvo una idea luminosa. Era una idea muy rara, pero que podía dar un gran resultado.

He aquí lo que hizo. Bajó de la percha a su loro, que todo el día había estado gritando de hambre, y le enseñó a decir: Estoy sitiado en el monte por los tigres, en el río de Oro.

El loro, que se moría de hambre, no quería sino decir: «¡Papa para el loro!». Pero el hombre sólo le daba un casco de naranja cuando repetía: Estos sitiado... Y el loro repetía:

─Estoy sitiado... ¡papa, rica papa para el loro!

─No, no ─corregía el hombre─. Hay que decir todo: Estoy sitiado en el monte por los tigres... Y el loro:

─Estoy sitiado en el monte... ¡qué rica la papita del loro!

Poco a poco, sin embargo, aprendió a decir todo de corrido, gracias a los cascos de naranja, que les gustan mucho. Hasta que una mañana el hombre soltó a su loro por la chimenea de la cocina en el momento en que pasaba volando una bandada que iba a comer al naranjal, y el loro del hombre se fue con ellos. Y en cuanto se halló en libertad a la vista de tantas ricas naranjas, se puso loco de contento y comenzó a gritar:

─Estoy... sitiado.. en el monte... por los tigres... en el río de Oro. ─Y no decía sino esto, como hacen los loros cuando acaban de aprender una cosa nueva.

Los demás loros estaban también encantados oyendo hablar a su compañero, y en pocos días aprendieron las palabras. Solamente que al principio repetían mal, y decían, por ejemplo: «Estoy tigre de oro...«. Y otros decían: «Estoy monte de río sitiado...». Y otros, peor que los demás, decían: «Río de tigre en sitiado por oro estoy monte del».

Con el ejercicio, sin embargo, llegaron a decir bien. Y como las bandadas de loros se juntan al atardecer para ir a dormir lejos del naranjal, todos los loros que había en el país aprendieron las palabras. Los cuales se las enseñaron a otras bandadas que llegaban de paso. De modo que al salir del sol y al atardecer, todo el cielo, a diez leguas a la redonda, tronaba con la voz de los loros que decían: Estoy sitiado en el monte por los tigres en el río de Oro.

Esto era lo que el hombre había esperado; y como cada día nuevos loros aprendían la lección, era imposible que algún hombre no llegar a oír el pedido de auxilio que repetían los loros.

Así pasó, en defecto. Y para gran casualidad, fue un amigo mismo del hombre el primero que oyó a los loros. Este amigo, que viajaba en aeroplano, al pasar volando por encima del monte, atravesó por en medio de una inmensa bandada de loros que iban a dormir. Y con gran sorpresa oyó lo que decían, y comprendió que se trataba de su amigo que vivía solo en el río de Oro. Cambió en seguida de dirección con un largo viraje, y dos horas después comenzó a oír el rugido de los tigres. En un instante bajó desde las nubes y mientras los tigres, desesperados de rabia, daban inmensos saltos para alcanzar la hélice con las uñas, el amigo del hombre pasaba y repasaba volando encima de ellos a toda velocidad y los mataba a tiros.

Ni un tigre quiso huir; todos fueron cayendo uno a uno, y aun en la agonía se arrastraban, todavía rugiendo, hasta la puerta del hombre para matarlo. Pero el hombre, que al oír el lejano ronquido del aeroplano había comprendido de lo que se trataba, ayudaba también al exterminio de sus implacables enemigos, con un revolver que le había tirado el aviador.

Así concluyó la lucha a muerte entre el hombre y los tigres. El hombre había recibido muchas heridas en la lucha, que no eran de gravedad. Y como deseaba descansar por un tiempo, ese mismo atardecer se fue con su amigo en aeroplano. Y durante un rato pasaron por en medio de grandes bandadas de loros que se retiraban a dormir y que iban pidiendo auxilio todavía Los dos amigos se rieron: pero el hombre no se olvidó nunca del servicio que sin querer le habían prestado los loros.


Publicado el 1 de febrero de 2026 por Edu Robsy.
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