El Maestro De Territorios

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Cuando hace muchos años fui nombrado profesor de Literatura y Castellano en una Escuela Normal, me presenté a su directora días antes de la apertura de los cursos, con el objeto de enterarme del uso y alcance de mis funciones. Yo era nuevo en la enseñanza; tan nuevo, que la directora no volvía de su asombro al comprobar mi ignorancia en el arte de dictar clase. La dama me miró aún un buen rato con la sorpresa del caso y suspiró por fin, al parecer resignada a su destino de regentear profesores de mi categoría. Mi antecesor, en efecto —era arquitecto— había también surgido de las tinieblas de la pedagogía, tan preparado como yo. Inauguré el curso, sin embargo, en un ambiguo día feriado para ciertas actividades, pero no para las nuestras. Ante el inequívoco desgano de las alumnas por el fracaso de sus esperanzas, me apresuré a proponer a la clase la redacción de una nota al Señor Ministro de Instrucción Pública, impetrando la suspensión de clases para celebrar dignamente y a la par de los agraciados por la feria, el acontecimiento de ese día.

En tal función nos hallábamos, desechando este giro, aceptando aquel otro, cuando entró en clase la vicedirectora. Su desaliento anticipado ante las proezas pedagógicas del nuevo maestro era tan manifiesto como su expresión y su modo de caer sentada en la silla. Me indicó con una seña que prosiguiera dictando sin preocuparme de su presencia, y la clase continuó sin mayores tropiezos, logrando al final redactar entre todos una bastante bonita nota, y por fin sin mayores faltas de ortografía.

Por el semblante de la vicedirectora al concluir la clase, y la confiada libertad que la dirección concedió en los días sucesivos al desarrollo de mi curso, comprendí que mi ignorancia de la psicología infantil y otras materias del curso normal, no había sido óbice para que mi clase prosperara, como había prosperado bajo las manos de mi antecesor, el arquitecto.

La moral del incidente es sin embargo, ésta: Cuando cuatro años después renuncié al profesorado, aburrido del mismo eterno restringido tema, cansado de la esterilidad del esfuerzo en el noventa por ciento de los casos, desalentado por el abandono forzoso de los cuatro o cinco alumnos capaces de comprender, para prestar toda mi atención a la pesada mentalidad del resto, a fin de alcanzar en la clase el mediocre nivel exigido; cuando había perdido ya el entusiasmo de sentir y el deseo de comunicarlo —única, eterna y sola razón de enseñar—, entonces, el Consejo Nacional de Educación halló que por fin había yo adquirido los conocimientos pedagógicos necesarios para que se me pudiera confiar una clase...

Pero la Pedagogía, la Paidología, la Metodología, la Psicología y demás fantasías verbales de la Escuela Normal, no han conseguido jamás otra cosa que exasperar el juicio de unos cuantos alumnos-maestros natos y volver ciegos a los ya miopes de nacimiento. Más que la medicina misma, desde que la enseñanza se convirtió en profesión, perdió con ella su virtud vocacional. No hay ser capaz de enseñar lo que no siente, ni profesor capaz de enseñar a ver lo que late tras la frente de cada criatura. Se nace educador como se nace artista o inventor; es decir, ya lúcido y amante desde que se abrió los ojos.

Por el estrecho cauce de la pedagogía normal, cauce más estrecho, hondo y helado que el de los otros dogmas oficiales, corren las aguas bautismales de la educación. Quien intente apartarse de él, será inmediatamente recogido, y vuelto al aula, por ser ella el templo de la educación. Sólo en ella existe la verdad, y todo lo que se aprende fuera, es falso. En las escuelas urbanas se enseña la cal, la arcilla y la arena en tubitos misteriosamente guardados en un armario, y en las escuelas de campo se estudian las raíces y las hojas en cartoncillos sagrados. Pero la vida misma, todos esos mismos materiales organizados por las edades o equilibrados por el hombre, todo eso no existe.

Hace algunos años, la Inspección de Escuelas de los Territorios recibió tan graves denuncias sobre la actuación de un maestro de escuela en un perdido rincón del país, que se envió al lugar del hecho a un inspector, con las prolijas instrucciones del caso. Los vecinos del lugar se quejaban en particular del frecuente abandono que de su escuela hacía el maestro. Se iba con los alumnos campo afuera, sin saberse muchas veces adónde, a hacer la rabona con sus discípulos. Los chicos regresaban sucios y rotosos en ocasiones, aunque en verdad no se quejaban.

Por supuesto. El inspector llegó al lugar en una siesta de verano, y sin hallar a persona viva en el camino, se detuvo a contemplar las cerradas puertas de la escuela. Golpeó, dio voces, miró por todas las rendijas: allí no había nadie. Un vecino, por fin, lo informó con mal modo de que el maestro había salido en pandilla con sus alumnos, hacía tres horas. Que dirigiéndose a aquel tunar, más allá del potrero, tal vez los hallara cerca del arroyo.

Sin responder palabra ni agradecer la indicación, el inspector siguió el trayecto aconsejado, manteniendo el sombrero sobre su cabeza, por el sol de fuego. Halló por fin el arroyo, y he aquí lo que vio, a la sombra de los árboles:

El maestro de escuela y sus alumnos estaban todos descalzos y con el pantalón arremangado hasta las corvas. Se hallaban todos en cuelillas, los pies en el agua, y los chicos parecían seguir con gran interés y contento lo que el maestro hacía con barro y recortes de lata a lo largo del cauce del arroyo. El inspector, examinando entonces aquello con atención, vio que lo que el maestro de territorio hacía y enseñaba a sus discípulos, era un canal de tipo interoceánico, a alto nivel, con esclusas y todo.

Los chicos lanzaban sus embarcaciones en el primer dique, cargaban éste de agua, cerraban y abrían las compuertas de las esclusas, los buquecitos ascendían, pasaban a otro dique, y así hasta traspasar la cordillera y encauzar de nuevo en el nivel del arroyo.

Los chicos mostrábanse felicísimos con su Panamá, tanto como lo hubiera sido yo en iguales circunstancias, aún con más barro que ellos.

En el espacio de tres horas, aquel maestrito ignorado había enseñado a sus alumnos lo que no hubieran aprendido en seis años de aula de facultad.

No ha llegado hasta mí el informe del inspector de escuelas que vio esto y no cayó prosternado ante su camino de Damasco. Por su parte, el Consejo Nacional destituyó de una plumada y por incompetencia, al primer maestro del país.


Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.
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