Cuando en el curso de un debate, en la Cámara de Diputados, el actual ministro de Instrucción Pública fue solicitado días atrás a dar cuenta de una partida de gastos destinada a un libro que, sobre la Historia de la Literatura Argentina, debía escribir el señor Alfredo Marquina, el Ministro expuso que aunque, en efecto, dicha partida, consistente en quince mil pesos, había sido entregada por adelantado al autor en cuestión, éste no había devuelto ni un solo ejemplar. Agregando, luego, a guisa de máxima, estas palabras:
"Naturally, tratándose de un poeta, no se obtuvo de él sino palabras."
Frase que el doctor Adolfo Dickmann, presente en el debate, reforzó con esta exclamación:
"Y ¿a quién se le ocurre adelantar quince mil pesos a un poeta?"
Bien. Ambas frases despectivas no son nuevas; no cabría, pues, sorprenderse de un nuevo sarcasmo hacia los poetas. Tanto el Ministro como el doctor Dickmann no han querido sino hacer un chiste: pasablemente espiritual en el primero, y fuertemente grueso en el segundo.
Nada importarían, sin embargo, uno y otro sarcasmo, si la circunstancia de ser emitidos uno detrás del otro en el Parlamento de la Nación, no despertara la presunción de responder ambos a un concepto general sobre los escritores alimentado en las altas esferas de la política, compartido y expresado sin trabas por un ministro de Instrucción Pública y un diputado de la Nación.
El derroche de los quince mil pesos y la interpelación a que ha dado lugar, conjuntamente con otros motivos, ha irritado al doctor Sagarna, al punto de descargar la culpa sobre la casta entera de los escritores. El culpable, sin embargo, no es en modo alguno el señor Marquina, sino el ministro de Instrucción, del momento que antes de confiar los dineros públicos a un poeta, debió hacerse informar ampliamente de la capacidad del candidato, si sus tareas no le permitían tener impresiones personales sobre el movimiento literario.
El señor Marquina no tiene preparación conocida para historiar la literatura argentina. Su conato de escribir tal obra, y su negligencia en hacerlo, no prueban seriedad en él. Habiendo —o debiendo— haberlo reconocido así el actual Ministro, por las informaciones subsecuentes, de más estaba su dura y desenfadada opinión sobre los escritores.
Si los escritores, y los que hacen versos en particular, no tienen sino palabras, ello se debe a un don más eficaz en el progreso y la dignidad de la Humanidad que el parecer del doctor Sagarna, don que constituye su único bien.
Si son pobres, es porque el ejercicio de ese don no les proporciona sino lo indispensable para no morir de hambre.
Si forzados alguna vez por la necesidad han faltado a su palabra para poder comer, no es cuerdo imputar a la especie entera los delirios de algunos de sus individuos.
"¡A quién se le ocurre confiar quince mil pesos a un poeta!", dice el doctor Dickmann. Ni a un poeta ni a nadie. El olvido de las promesas no es patrimonio exclusivo de los poetas. Si con quince mil pesos se pueden comprar las palabras de un hombre que no lo es, se puede con igual cantidad comprar el silencio de muchos que no lo son.
Si el doctor Dickmann tiene en realidad esa opinión de los escritores, creo que éstos no se van a sentir ofendidos con él.
Mas estamos seguros, volvemos a repetirlo, de que ni el Diputado ni el Ministro se han expresado en serio. Ambos han hecho sólo un chiste.
Pero un ministro no debe hacer chistes hirientes, y mucho menos en contra de una casta intelectual muy superior a la suya como político, que ha festejado su burla. El doctor Sagarna tendría una idea aproximada de la gratuidad de su insulto, si oyera a los poetas (algunos debe de haber) que exclamaran, en justa represalia:
"¡Y quién va a creer en las palabras de un ministro!"
Antinomia esta tanto más curiosa cuanto que es notoria la protección que el doctor Sagarna ha dispensado siempre a los poetas, y que constituirá, sin duda, su mayor timbre de gloria cuando haya dejado el Ministerio.
Un poeta, pues, y no un hombre ajeno al arte de versificar, debiera haber sido quien relevara esta incidencia. Pero siendo el distingo entre poeta y prosista muy vago, si bien se mira, y el honor de escribir uno solo y muy grande, hago mío con placer el deber de llamar la atención del Ministro sobre su desdichada máxima, con lo cual verá el doctor Sagarna que los escritores tienen algo más que solas palabras.
