El Oro Vegetal

El Cultivo De La Yerba Mate En Misiones

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica



Hace treinta años, en Misiones, cuando un buen sujeto quería tomar mate, cogía el machete e iba con él al monte en busca de una planta de yerba. Entrando en los cálculos del sujeto obtener la mayor cantidad posible de yerba con un mínimo de trabajo, nuestro vicioso, en vez de podar juiciosamente el árbol para aprovechar las hojas, echaba el árbol al suelo a machetazos: era más rápido. Este proceder, tras de empobrecer al propio buen sujeto por la destrucción de una planta preciosa, empobrecía a la riqueza nacional; pero los tomadores de mate, gente, muy acostumbrada a perder el tiempo, lo perdían un momento más, encogiéndose de hombros: “después de mí el diluvio”; lo que quiere decir, más o menos: “el que venga atrás, que arree”. Y hemos tenido que arrear, en verdad.

El machete no bastaba a veces, según era de gruesa y admirable la planta; recurríase al hacha, y de este modo un árbol cargado de riquezas, que había necesitado decenas de años para alcanzar aquel desarrollo, quedaba, por el antojo de una cebadura, aniquilado para siempre. Así, de los tupidos yerbales que poblaron todo Misiones, apenas queda una centésima parte. En San Ignacio, por ejemplo, centro casi exclusivo de su cultivo, existen hoy contados y míseros yerbales naturales. Un viejo negro de la región —Benedito Garibaldi, —cuenta, sin embargo, que en sus felices tiempos había yerbas de tal magnitud, que era menester trepar a desalojarlas con “manea”; ahora los árboles más gruesos no resisten a cuatro machetazos.

Como se ve, la obra civilizadora del hombre se ha manifestado allá de un modo lamentable. Verdad es que el estado de civilización de los pobladores de la región es bastante aleatorio, fuera de que un exceso de riqueza natural no aguza nunca la inteligencia.

La obra de repoblación, por consiguiente, estaba reservada al extranjero en el país —llamando extranjero a todo aquel que no se acostumbró desde chico a destrozar y ver destrozar impávidamente una fuente de bienestar.

Pero cuando la idea de cultivo estuvo madura, surgió la primera dificultad: la germinación de la semilla. Esta, muy pequeña, y de las cuales el fruto contiene cuatro, está envuelta en una cáscara sumamente dura y tan impermeable que ha menester de un año y aún años, para ablandarse. Este fue el motivo que desalentó a tal cual habitante que pretendió obtener cómodas yerbas al lado de su rancho. Se observó, no obstante, que las semillas, después de pasar por el tubo digestivo de las aves, germinaban rápidamente. Esto dio lugar a algún experimento de gallinero, con curiosas corridas tras de las gallinas.

La observación era buena, con todo. Aprovechada o adivinada por hombres de inteligencia, originó el tratamiento de las semillas por la potasa, soda o cualquier agente corrosivo capaz de apresurar la destrucción natural de la dichosa envoltura coriácea: tal se había comportado el ácido clorhídrico del estómago de las aves.

Siendo un agente corrosivo el mejor específico para precipitar la germinación, aquél puede ser reemplazado por frotes y lavados abundantes, que es la manipulación comúnmente usada. La planta produce abundantísima fruta, no inferior a 6 kilos para un pie de 4 a 5 metros de desarrollo. Un árbol en toda su fuerza alcanzaría sin dificultad a 20 y más kilos. El 10 por ciento de peso corresponde a la semilla. Como un kilo de semillas puede producir diez mil plantas, se ve bien que la yerba está magníficamente dotada para su perpetuación.

La primera condición del almácigo es, desde luego, la perfecta desmenuzación de la tierra. En San Ignacio la mezclan con huano del monte, o establecen el almácigo en el monte mismo, lo que es mejor. Se le suele cubrir con una capa de palo podrido pasado por tamiz, el que tendría la ventaja de conservar la humedad, evitando al mismo tiempo el desarreglo de la semilla por un riego demasiado fuerte. Se le imputa, en cambio, el favorecer la cría de grillos y langostas.

La otra condición de un buen almácigo es su perfecta nivelación. En efecto, si la superficie no es horizontal, al primer chubasco intempestivo que llenara de agua el almácigo, la semilla se correría hacia uno u otro costado, con el trastorno consiguiente. Los aguaceros torrenciales no son muy de temer, por las carpas usuales en los almácigos; pero cogen a veces de sorpresa.

Se hacen éstos a principios de otoño. A los 3 o 4 meses comienzan a asomar las plantitas, prosiguiendo todo el invierno y primavera. Entonces empieza la lucha contra los grillos, langostitas indígenas y grillos-topos. Estos no comen, pero desentierran las plantitas, que se secan. Los grillos despuntan admirablemente los tiernos tallos, y de las langostitas color tierra, coriáceas, de la nefasta "tucura", mejor es no hablar. Tal almácigo de quince mil plantas fue totalmente arrasado en diez noches consecutivas; y no había más que grillos. 

El suelo de Misiones varía cada cincuenta metros, y cada clase de tierra tiene sus huéspedes favoritos. Donde el grillo-topo no abunda, sobra la tucura. Verdad es que algunos suelos privilegiados reúnen las tres plagas juntas. Se combate a estos con acaroína, jabón y petróleo, y, sobre todo, sulfuro de carbono.

Cuando las plantitas tienen de cinco a diez centímetros, se procede al repique. Si en el almácigo no fué menester gran remoción de tierra, el vivero, en cambio, precisará doble punteada, por ser pivotante la raíz de la yerba. Las plantitas se repican a 10 o 20 centímetros una de otra en toda dirección, y si el riego no ha faltado en la fatal sequía de verano, y el sulfuro de carbono corrió día y noche por las cuevas de las grietas, el plantador tendrá la dicha de no haber perdido ni el cinco por ciento de sus plantas.

Después de un año, se coloca en el lugar definitivo de la plantación, que se efectúa en campo arado o bajo monte, al cual se han quitado la maleza y los árboles menores. Tendrán así las tiernas plantas sombra que les es indispensable para el arraigo, y aireación suficiente. Si la plantación es en campo, se preserva del sol a las plantitas, sembrando con anterioridad tártago o aun mandioca, cuya sombra bastará. Después de un año, el joven pie tiene fuerza suficiente para vivir en pleno sol, y se procede entonces a extirpar la planta protectora, si la plantación se hizo en campo, en cambio, es aún un problema la destrucción del monte cuando la plantación se efectuó bajo él. Se ha ensayado secar los árboles en pie, mediante el descortezamiento, pero ya sea de este modo, ya tronchando los árboles en vida, el problema es siempre el mismo. No es fácil evitar que una mole de 20 metros de altura y varias toneladas de peso destruya al caer, infinidad de yerbas, y no es, sobre todo, económico.

Entre tanto, se prosigue manteniendo limpio el monte. A los 5 años, el yerbal admite ya una poda de arreglo —primer rendimiento. La plantación en campo rendirá más, pues las plantas se han desarrollado anchamente a pleno sol. A los 8 años hay ya una poda seria —medio kilo, término medio, por pie— no siendo raras las plantaciones favorecidas que a los 7 años han rendido cuatro mil kilos por hectárea, lo que equivale a cuatro y pico de kilos por planta. Al precio corriente de venta —50 centavos el kilo— esa feliz hectárea ha producido dos mil pesos al plantador. Y como la planta aumenta año a año su rendimiento, se estima con sobrado fundamento que una planta de 15 años producirá fácilmente 10 kilos de yerba cada dos años, es decir, $2.50 anuales. Lo cual es un bello porvenir.

Las operaciones para la utilización del producto continúan siendo las mismas de los tiempos primitivos. La más curiosa y la primera de todas, es la "sapecación", que consiste en exponer la rama cortada a la llama durante algunos segundos. Sin este requisito, las hojas se ennegrecerían al ser secadas, con la consiguiente descomposición de la yerba. Mientras se estudia el por qué del fenómeno, se ha dado un paso adelante, sustituyendo a la vieja maniobra de sapecar rama a rama, la operación en bloque, efectuada en grandes cilindros de alambre tejido, girando, exactamente como una tostadora de café, sobre un fuego vivo. Prontas ya las ramas pequeñas con sus hojas, son instaladas en el “barbacuá”. Allí se secan lentamente, tan lentamente que es asombrosa la cantidad de leña gastada en las veinte o treinta horas que dura el proceso. Se calcula que para secar una cosecha de 35.000 kilos de yerba efectuada últimamente en San Ignacio, se han necesitado no menos de 2.000 carradas de leña. De modo que poco a poco, la preocupación del combustible ha llegado a ser tan seria como la de la propia plantación. Felizmente, en San Ignacio, centro, como hemos dicho, del cultivo, el monte abunda. Cuando la yerba está bien seca, y una vez descendida del barbacuá, se procede a "cancharla" a palo limpio, por medio de ciertas cimitarras de madera que usan en el país. Estas dos operaciones, secamiento en barbacuá y canchaje, serán pronto sustituidas, pues es visible la primitividad de los dos procesos.

En el país se suele consumir la yerba solamente canchada; los palos abundan, y dicen ser mucho más floja que la yerba molida. Con esta operación final, que se efectúa por lo general en Posadas, Rosario o Buenos Aires, la yerba entra directamente en la gran venta.

En resumen, pocos entusiasmos agrícolas más grandes que el suscitado por el cultivo de la yerba. La perfecta adaptabilidad del suelo de Misiones a su cultivo; robustez de la planta; su invulnerabilidad a los insectos (¡aún a la terrible hormiga minera!); su gran rendimiento económico, y la difusión por fin de su producto, son factores de sobra para el entusiasmo precitado. ¿Sería el "oro vegetal"?

En San Ignacio se cree así.


Publicado el 6 de agosto de 2026 por Brian.
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