El Pique

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Artículo


En cierta ocasión, como hubiéramos naufragado en el Alto Paraná al embate de una recia tormenta, fuimos arrastrados a cobrar tierra bajo un cobertizo de cinc abandonado en la costa, y cuyo destino fuera en otra época el de secar ladrillos. Vastos montones de ceniza diseminados por el suelo, lo atestiguaban todavía.

Para náufragos, no estaba aquello mal. Solamente que al volcar sobre la ceniza el agua de nuestras botas, una especie de nubecilla obscura comenzó a ascender por las piernas.

Eran los piques. Había millares de ellos, si no millones.

Para valorar lo pintoresco de esta visita, es bueno que se sepan las costumbres de dichos visitantes.

Por su aspecto general, apenas se diferencia el pique de la pulga. Bastante más chico, desde luego; pero igual aire precipitado, e idéntica manía de caminar perpendicular a la piel.

Hasta aquí, el pique es una simple pulga, y, felizmente, sin predilección por la sangre. Su amor al hombre tiene otra finalidad.

Se desvive, en efecto, por penetrar en nuestra carne. Allí se revuelve, se acomoda y procede a crear su familia, huevo tras huevo, a la tibia razón de treinta y siete grados.

Para ello, el pique, que ha caminado rápidamente por la piel en busca del sitio feliz, se alza de pronto de abdomen, más perpendicular que nunca, y comienza su obra de perforación.

En breves momentos, de él sólo queda fuera la extremidad posterior, como un puntito negro. El resto del cuerpo se trasluce -muy aumentado a través de la piel.

Pasados algunos minutos, nada se ve ya del pique. Si acaso una mancha de azul lívido lo denuncia bajo los tejidos.

La penetración del pique en la carne es siempre indolora. Pica —de acuerdo con su nombre— cuando ha comenzado su proceso generador. A veces sólo se lo siente cuando dicho proceso está concluido, en forma de una bolsita esférica llena de centenares de huevos aglutinados, cuyo centro ocupa el pique madre. Todo el sistema se trasluce bajo la piel como un tumorcillo muy redondo y muy maduro. La extirpación de este tumorcillo no ofrece dificultad alguna, ni acarrea peligros el hecho de que pueda romperse la envoltura de los huevos. Una gota de tintura de yodo lo vuelve todo a lo normal. El peligro, cuando lo hay —y muy vivo—, estriba en la infección primaria que el pique puede aportar con él.

Esta pulguita es eminentemente casera. La escoba desorganiza sus costumbres; pero prospera de un modo increíble en las cenizas muertas, en el polvo sin remover de los ranchos abandonados.

En ciertas épocas, y por poco que la escoba sea olvidada tras la puerta, los piques se reproducen pasmosamente. Es imposible obtener de los perros que lo sigan a uno, pues no pueden dar un paso, con las patas devoradas de piques. Arráncanse con los dientes las nidadas de huevos, y con ellas la piel entera.

Los muchachos de monte, en esas épocas, llevan las plantas de los pies lívidas y gruesas como suelas, taladradas literalmente de piques. Hemos visto una vez a un grupo de chicos caminar dificultosamente por el patio de su escuela, dejando tras ellos un rastro húmedo de exudados de piques. No enferman mayormente, porque la naturaleza es así; pero apena ver que en esas escuelas ultra rurales, adonde se remiten complicados aparatos que el chico no entenderá jamás, falte un centigramo de creolina para la curación y la educación higiénica de las lisiadas criaturas.


Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.
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