El Precio De Su Boda por Elsie Fergusson. —Desde una buena semana atrás, los cines ya ponían toda su fuerza de reclame al servicio de este film. Y, en efecto, nada más justo, dada la cumbre de arte que representa esta actriz. Con Gladys Brockwell y Dorothy Phillips, Elsie Fergusson completa el luminoso triángulo del arte mudo. No tiene Elsie el temperamento dramático de aquellas dos apasionadas estrellas, ni su Nora, por lo tanto, de Casa De Muñeca, tiene el valer de la misma Nora de la Phillips.
Pero cuando lo que se pide es mesura, placidez o sufrimiento sin gran reacción, entonces Elsie Fergusson no tiene rival.
Ahora bien: ¿Hemos podido hallar en El precio de su boda la rica emoción de arte que nos proporcionó en Los ojos del alma la admirable Elsie? No, simplemente. Ella, la Fergusson, es la misma, y los mismos son los resortes de su expresión; lo que falta es el motivo real, el pretexto plausible, la razón artística de esos resortes. Porque parecería innecesario hacer notar que por adorable que sea la tristeza de una estrella, su bello triste rostro no nos produce la menor emoción si el drama representado no nos emociona tampoco. Es, pues, la historia de siempre: las obras de arte lucen a sus intérpretes, pero los intérpretes, por admirables que sean, nada tienen que hacer ni en nada pueden emocionar cuando les falta precisamente un motivo de emoción. De aquí que, a pesar de la presencia de Elsie, El precio de su boda pase al montón de cintas de segundo orden con artistas de primera, que nos vienen abrumando. No es mucho, sin embargo, lo que falta a este film para ser una obra de arte. Es muy poco, si se quiere: un simple pretexto plausible para que una mujer enamorada dude de la honradez bien probada de su marido. En El precio de su boda bastan dos palabras de un casi extraño para que dicha mujer caiga en tal abismo; y al espectador le son suficientes dos segundos para ver desvanecerse las ilusiones que se había formado sobre el carácter de la protagonista. Triste cosa, y de la que no se vuelve más en el resto del film.
El Sendero de la Selva, por William Farnum. —Para hacer fortuna y conquistar con ella la mano de su acaudalada novia, Morgan (W. Farnum) va a cazar tigres al África (tal vez el único que queda en ese continente). Costea la expedición un rival de Morgan, mal sujeto, quien da al cazador dos guías hechura suya, cuya misión es eliminar a Morgan en las selvas africanas. Pero Morgan escapa a sus asechanzas, y, después de mil peripecias en el corazón de las selvas, donde es convertido en semidiós, regresa a su país; y tras nuevas aventuras, en las que esta vez se transforma en profeta ocultista, obtiene por fin la mano de su amada junto con su corazón, que estaba en peligro.
El film, cuyo escueto resumen antecede, pertenece al género de cintas decorativas, con base de melodrama y escenario exótico. Bello género, sin duda, cuando el espectador es bastante discreto como para no pedir más que lo que ve. El principio de la cinta, y aún su primera mitad, prometen, sin embargo, más de lo que nos ofrece luego. Las escenas de bosque —el bosque mismo— tienen un marcado sabor a paisajes de las Antillas. Y sin que esto constituya un reproche, cierta serpiente africana que aparece entre las savannas del catre de campaña de Morgan, es una palo de lanza, víbora abundantísima en las Antillas, ni más ni menos nuestro yarará. Las dos observaciones apuntadas no tienen valor ninguno, claro está; pero cuando estamos acostumbrados a creer y repetir que una de las glorias del film norteamericano es la perfección del ambiente, aún dos pequeñas fallas como éstas hacen daño.
Como actuación, la de Farnum es buena, forzosamente buena, en un actor de su fuerza y su vasta experiencia del film; no así la de la Ana Luther, actriz de poco realce en situaciones dramáticas. Y, sin embargo, esta hermosa muchacha, nacida para reír, nos ha dado la más fuerte impresión de terror que recordemos, y en un solo grito: el grito al volver en sí y hallar a su lado a La Fiera, en la cinta del mismo nombre.
