Hace unos días recordábamos en esta misma página que la Paramount, en conmemoración de su sexto aniversario, había hecho una segunda edición de la cinta The squawman, con que se iniciara dicha empresa. La nueva filmación de dicha obra, con los mismos actores que la interpretaron hace seis años, tenía por objeto poner de relieve los progresos del cine en punto a técnica: dirección, vestuarios, efectos de luz, etc. Y en efecto, parece que la confrontación de ambas cintas, con seis años de diferencia, pone nuevamente de manifiesto el inmenso adelanto efectuado.
Pues bien; hemos visto en la pantalla esta segunda edición de El proscripto (así traducido), recientemente estrenada. Lo que resalta en la cinta, buena por lo demás, es la homogeneidad del conjunto de actores, que hoy no podríamos hallar en film alguno. En la hora actual, desde el momento en que un actor regular o bueno asciende a estrella, él solo llena la cinta. Los demás papeles se confían a no importa quién. Lo que resulta de este proceder es bien sabido: cintas desiguales, sin contrastes, pues un intérprete de verdad vale y se luce allí precisamente donde otros intérpretes de valor lo ponen de relieve. Imaginemos un drama cinematográfico realizado por William Hart, Dorothy Dalton, Francis Mac Donald, Emery Jhonson, Paulina Starke, Roberto Roberts, Elsie Ferguson, para no recordar más. ¿Qué resultado pecuniario podría tener para la empresa editora una cinta con este formidable conjunto, cuando El proscripto lo ha tenido ruidoso con ases de menor valer? Es una sugestión tentadora, por lo menos para nosotros.
Casando a Mary. Marion Davies. —Torna en este film a repetirse el caso de Libros y Faldas: feliz comedia perfectamente construida, con sólo tres personajes activos, no obstante lo cual el interés no decae un solo instante. Lo cual merece un comentario. Es más que conocida la falla diametral de la inmensa mayoría de los films, consistente en su excesivo largo. Dramas de gran intensidad y acción frenética, comedias breves de dos o tres situaciones apenas, todas ellas tienen igual extensión, todas se desarrollan en tres cuartos de hora justos, a todas se le intercalan detalles sosos, con el fin de conseguir los 1500 metros exactos. Desde el drama conciso, que en literatura se llama cuento, al más dilatado, que se denomina novela, cabe en el arte escrito, como en el teatro, la más variada extensión, según sea la requerida por el asunto. Para el cine no hay más que una extensión, determinada en milímetros, a la que debe ajustarse el drama o comedia; y es así siempre, diluyendo, rellenando con tonterías cómicas, cómo se transforma en brevísimo drama de un cuarto de hora de pantalla, en un aburridor film.
No es preciso citar, para refrescar nuestra memoria. En el recuerdo de todos están las numerosas cintas que pudiendo haber sido excelentes, si breves, nos han cansado por su languidez o cargazón de escenas interminables, totalmente innecesarias para el interés del drama.
Bien llegados, pues, los films que, como Casando a Mary, no han necesitado una sola escena de relleno. Agreguemos un detalle, esta vez encantador: la personita de Marion Davies, protagonista. Como artista no podríamos aún decir de lo que es capaz, aunque es ya buena. Pero en punto de belleza y gracia, no hallamos realmente con qué expresar nuestro halago.
Los Convencionalismos Agradables. —El primero de todos, es la falta de sangre. No se la halla jamás en las cintas donde las puñaladas y los tiros de revólver con bala de calibre 44, tuercen ocho o diez veces el destino de los personajes.
Apenas, como mucho, se alcanza a ver una mancha pálida sobre la camisa, y esto, contadas veces. El cine es hasta hoy la forma de arte que más íntimo contacto tiene con la realidad, a través de la ficción poética. No le exijamos, literalmente, la sangre de sus actores. La circunstancia inverosímil de que no aparezca manchando en negro a los personajes y la cinta entera, es un convencionalismo discreto, agradable y limpio. Tanto valdría, en caso contrario, solicitar de la orquesta un golpe de bombo a cada tiro. Lo que no dejaría de tener gracia, por sólo una vez.
Otro convencionalismo agradable: Los novelistas y cuentistas de los films norteamericanos escriben siempre de smoking. Es una galanura de estilo a la que nada sabríamos objetar, si no es la envidia cierta y melancólica que provoca en nuestras almas. En efecto, fuera del cine es poco común que un escritor recurra al traje de etiqueta para hallarse cómodamente entre las ideas de su cabeza y el papel que ha de recibirlas. Por regla general, el escribir es un trabajo bastante pesado, para el cual parece haber sido creado el dicho: nada de bromas. La broma, en este caso, consistiría en la elegante incomodidad de un smoking o un frac —perfectamente cortados— pero de los cuales no se sabe que hasta hoy hayan favorecido jamás una seria y ruda labor como es la de escribir, así sea un argumento de film.
Pero la ilusión es bella, y envidiémosla también. Un joven novelista, buen mozo, escribiendo de psicología femenina en un regio escritorio, constituye un cuadrito poético al cual el Arte debe de estar agradecido. En Norte América, según los films, todos los novelistas se hallan en ese marco. Puede muy bien que no sea cierto, pero el convencionalismo —puede creérse nos sin reserva— es sumamente agradable para nosotros.
