El Próximo estreno de una Bella Cinta: — "Detrás de la Puerta". —Una fría y lúgubre tarde de invierno de 1924 (anótese la fecha), un trémulo anciano llegaba a los alrededores de X. pequeño puerto de mar de Estados Unidos. Venía deshecho de fatiga. Él conocía bien esa costa y ese inclemente mar de invierno. Mejor conocía aún la población y cierta casita alejada, en cuyo frente se leía: Oscar Belt, embalsamador. Allí se encaminaba, moribundo. Nadie le reconocía; ni la casita ruinosa lo reconocía a él, ni él mismo se reconoció al entrar en ella. Encendió una vela y se dejó caer ante la mesa, con la cabeza sobre los brazos. La llama de la vela bailaba con el viento, y el viejo proseguía con la cabeza entre los brazos —pues estaba muerto. Mas antes de morir acababa de evocar su pasado, toda su dicha pérdida, que condensaba un pañuelo enlodado y manchado de sangre.
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Al entrar los Estados Unidos en la gran guerra, el acontecimiento halló a Oscar Belt en el pueblo marítimo de X. donde ejercía la profesión de embalsamador y preparador de historia natural. En verdad, era marino —capitán— como lo habían sido su padre y su abuelo. Pero una desgraciada pasión amorosa lo había disgustado muy joven de su carrera. Hombre maduro ya, aunque joven de cuerpo y alma, vivía retirado con la simpatía de los corazones honrados y el amor de las criaturas que iban a encargarle embalsamara a sus muñecas, que perdían todo el aserrín.
Aunque alejado del mundo, las circunstancias lo pusieron en contacto con una dulce criatura, hija de un hombre acaudalado. La joven iba a veces a pasar la tarde con el oficial retirado, y mientras charlaba veía trabajar a su amigo en sus preparaciones anatómicas. Tan bien se sentían uno y otro en aquellos tête à tête, que el amor surgió —posiblemente había surgido ya al comenzar—. La joven entregó toda su alma al hombre maduro que merecía ese galardón. Él entregó a su tierna novia el amor profundo de un corazón de cuarenta años. ¿Pero cómo ser felices? El acaudalado banquero acababa de jurar que antes mataría a su hija que verla casada con un hombre sin fortuna, como el oficial de marina. Con tanto más rencor del padre en el caso presente, cuanto que la guerra acababa de estallar y el apellido del hombre odiado era germano. Se recuerda aún la desconfianza por los habitantes de origen teutón en los países aliados. A despecho de los antecedentes de Belt, el banquero azuzó a la turba, que se precipitó a casa de aquél. Pero Belt, que tenía corazón y puños de norteamericano, dejó muy mal parados a sus atacantes, en una escena de pugilato digna de especial mención. Y mientras los gritones continúan gritando, Belt se casa en secreto y corre a alistarse.
Han pasado varios meses. Hallamos a nuestro naturalista en el comando del Perth, buque de la marina mercante montado en guerra. En el momento de zarpar, sube a bordo una rubia y tímida joven. Es la tierna desposada que, no pudiendo sobrellevar más la ausencia y las asperezas del hogar paterno, va a reunirse con su esposo. Pero, ¿cómo admitir a bordo de un buque de guerra a una mujer? Tras una apasionada despedida, la joven se aleja por los corredores; pero sin valor ni fuerzas para separarse de su esposo, conquista a una enfermera, que la oculta por seis días en su cabina. Cuando al cabo de esos seis interminables días aparece ante los ojos y los brazos delirantes de Belt, aparece también en el lúgubre horizonte un submarino alemán —el U. 98.— Aquí, un traslado al submarino: escenas y detalles magníficos. Pero el torpedo ha partido, y el Perth, tocado en el centro, se hunde. Algunos oficiales y marineros logran salvarse en un bote, con la creencia de que su capitán se ha hundido adherido al puente de su buque y abrigando en su capa marina a aquella dulce y aterrorizada criatura que era su esposa. Mas no ha sido así; surgiendo del inmenso remolino, han tenido la ventura de alcanzar una chalupa extraviada; y durante tres días las olas de un mar solitario mecen ese ataúd flotante.
¿Pero qué es aquello? ¿No estaba limpio y vacío ese mar hace un instante? ¡Salvados! ¡Un submarino que emerge a media milla, con dos grandes cascadas de agua en la proa! ¡Salvados! Es un submarino alemán —el U 98— desde cuyo periscopio el oficial ha visto perfectamente el bote náufrago con un hombre y una mujer. Este último es el dato interesante. Por lo cual el submarino se acerca, recoge presuroso a la mujer y abandona al hombre. El comandante, la oficialidad, la tripulación, arrastran al interior a la lamentable criatura, y las escotillas se cierran. El submarino se sumerge. Pero el hombre, con el cuerpo aterido y el alma rugiente de pasión y odio, está adherido al vidrio de la torre de mando. Nada pueden sus puños contra el denso cristal. Y ante el rostro sardónico del marino teutón que se ríe tras el vidrio, el náufrago ruje ante el monstruoso crimen:
—¡Mírame bien! ¡Acuérdate de mi cara, porque el día que te encuentre te sacaré la piel!
El submarino se ha hundido. El hombre logra asirse de nuevo a su bote, en cuyo fondo cae sin sentido. Y dos días después es hallado por un torpedero aliado.
Han pasado varios meses, y Belt tiene el mando de otro buque, con el resto salvado de su antigua oficialidad. Mas ya no es el mismo de antes. No habla; y se diría que ni aún piensa, sino es en una sola idea: adiestrar a sus hombres en el ejercicio de los cañones rápidos. Su única preocupación es ésta; para el resto, no despliega los labios. Sus mismos oficiales de antes le creen un poco loco; es cierto que su esposa se ha ahogado en el naufragio del Perth (nada saben ellos del resto); pero esto no es bastante para abatir a un hombre de su temple.
Tal creen sus oficiales, cuando el destino pone un día a un submarino enemigo, demasiado confiado, a tiro de cañón del nuevo buque. Ya se supondrá lo que pasa, dado el terrible entrenamiento de la tripulación en el fuego de los cañones rápidos. Una primera bala toca al monstruo emergido, luego otra, después otra. ¡Hurra! El agua se precipita al interior en torrentes. La tripulación se lanza al agua. Y el capitán del buque norteamericano, Oscar Belt, se lanza a su vez desde el suyo, con un rugido de triunfo, pues acaba de ver con su anteojo el número del submarino: U 98.
Ya está salvada la tripulación teutona, salvada a medias, dado el furor de los marinos aliados. Belt ha salvado personalmente al comandante del submarino; lo ha salvado a nado, a costa casi de su propia vida. Y lo defiende del furor de sus marineros que quieren despedazarlo.
—¡Es mío! —reclama Belt.— Este prisionero me pertenece.
Y lo lleva a su propia cabina, donde lo seca, lo cuida, lo acaricia, le sirve café y grandes copas de champagne. El teutón presume que se halla entre amigos; guiña el ojo a Belt, y Belt le devuelve su guiñada. Sonríe, y Belt le sonríe. El teutón entonces se echa atrás en su silla, feliz. Y ríe y toma champagne.
Pero los dos tenientes de Belt velan inquietos en su cabina; no se explican la cortesía de su capitán para con el torpedeador de buques con criaturas. Y ante el recuerdo de lo que había pasado en el pueblo de Belt al declararse la guerra, y el origen germano de éste, nace la desconfianza en sus almas.
—Dicen que la sangre es muy espesa... —murmura uno de ellos.— Y no obstante no duermen, pues en la alta noche hay un olor de tragedia y horror en el buque.
El horror hace un instante que acaba de surgir de los labios del comandante del submarino: —¿La vida allí abajo del agua? —responde a las preguntas amables de Belt. —¡Bah! No es tan aburrida... A veces en los buques que hundimos hay mujeres... Hace un tiempo cayó una al agua... Una maravillosa criatura... La salvamos a ella y ahogamos al marido... ¿Qué pasó?... Se resistió... ¡Cómo se resisten esas rubias angelicales!... ¿Después?... ¡Bah! Cómo resistía siempre, se la entregué a la tripulación... ¡Ja, ja! ¡El hambre que tiene la tripulación!... Y murió…
Magnífica evocación en la pantalla. Son las últimas palabras del comandante del submarino: acaba de reconocer a Belt. Un rato después está atado, de pie, en el cuarto de baño. No debemos olvidar aquí que Belt era naturalista, y hábil en la vivisección.
Cuando los tenientes de Belt van a la cabina de éste a tomar café por invitación de su capitán, olfatean siempre el horror de que está impregnada la atmósfera nocturna. Pero también de traición. ¿Dónde está el prisionero? Duerme tranquilo. No ronca, como suelen roncar los teutones. Éste duerme tranquilo. ¿Dónde?... Tras esa puerta... Duerme.
Los oficiales, lívidos, presintiendo siempre el horror, se levantan, abren la puerta del cuarto de baño... ¡Oh!... Ambos han abierto la boca en toda su extensión. Y Belt: —"Le prometí desollarlo vivo cuando lo encontrara…"
Ésta es la cinta. La fuerza de ella está en la perfecta preparación del drama, que refuerzan magníficas escenas marinas. Las situaciones de crueldad, que podían haber tentado al señor Griffith, por ejemplo, han sido salvadas por el señor Ince, director de la cinta, con una delicadeza digna de todo elogio. Dichas escenas están solamente evocadas y de aquí su energía artística.
