El Puma

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Artículo


Cuando en Misiones un tigre ha pasado su temporada haciendo sistemático estrago en el ganado de la sierra, y cesa de pronto de hacer oír en la madrugada su estertor de caza, las gentes lanzan un suspiro, pues ello indica que el puma ha hecho irrupción en el terreno, ahuyentando a su rival.

No se explica suficientemente esta creencia nativa. Nada la afirma, ni las respectivas fuerzas y valentía de ambas fieras, ni las observaciones sobre ellas cuando se las ha puesto en contacto en domesticidad. Antes bien, cuánto posee el tigre de capacidad acumulativa en violencia cuando se lo va acorralando en tierra, falta del todo al gran gato amarillo de mirada tranquila e inextinguible sed de sangre, que es el puma.

La característica física de este ser, es su agilidad extraordinaria para trepar. No hay guayabo o cerezo de corteza dura, estucada y luciente, como bruñida a la goma laca, donde las garras del puma no hagan presa, en una ascensión perpendicular, y a escape. Como el gato, cuando se lo corre de cerca, su mirada cárdena busca y cae infaliblemente sobre el tronco más derecho y alto, y en un instante está allá arriba, escondido. tras una horqueta, si la halla, o abrazado al árbol con sus cuatro garras, y la ansiosa cabeza volteada sobre los perros.

No se conoce en Misiones caso concreto de un puma que haya avanzado tres metros contra el hombre. Su falta de ánimo para la lucha llega, según parece, hasta huir de su guarida ante el latido de los perros, abandonando a sus tiernos cachorros, cuando el que estas líneas escribe estuvo a punto de perder los ojos ante la heroica furia de un picaflor, cuyos pichones deseaba observar de cerca.

Un conocido nuestro, cazador de tan grande aliento que su estertor de fatiga resonaba horas enteras en el bosque, al correr tras una bestia, al punto de hacer exclamar desde lejos: "Allá va Juan cazando", —este cazador arrancó un día a latigazos la piel de la cabeza de un puma, de cuya cola se había apoderado, ciñéndola contra un árbol.

La sed de sangre de este animal es tan violenta que le hace olvidar de su propia vida. Aplica la boca al cuello abierto de su víctima, y parecería entonces totalmente inmóvil, a no ser por sus distanciadas y hondas degluciones. Vaciada ya su presa, pasa a otra; y luego a otra, y otra más. Llega un instante en que la sed del puma está colmada; no admitiría una gota más de sangre. Se echa entonces, con los miembros de plomo y la mirada velada de saciedad. Invádele poco a poco irresistible sueño, y se duerme por fin a digerir en el aniquilamiento sus sangrientas pesadillas, —de las que no siempre vuelve con vida.

En cierta ocasión, en el Chaco, como hubiera faltado un mes de casa, hallé al volver que casi todas nuestras gallinas habían desaparecido. Desde dos noches atrás —me dijeron los peones— un ser nos visitaba, dejando diseminadas alrededor del gallinero quince o veinte cabezas arrancadas. Los perros nada habían sentido.

Aunque dudando un poco del destino de mis gallinas, monté guardia con mis cuatro perros. Muy tarde ya, tal vez muy cerca del alba, algo gritó hacia el gallinero, a los que los cuatro foxterriers respondieron abalanzándose con un alarido.

Nuestro rancho quedaba en la orilla de una isla de monte, bastante virgen y sucia, por capricho nuestro. En un instante los perros hallaron el rastro, que se cortó en el centro mismo de la isla. Pasado un momento, los perros arañaban y mordían la corteza de un árbol, aullando desesperadamente hacia arriba.

Arriba, eran las tinieblas. Coloqué a mis espaldas a un peón con el farol de viento alzado hasta mi cabeza, y busqué con el winchester un vago punto de mira en la lóbrega altura. Lejano, como en el mundo de las estrellas, creí percibir algo luminoso que no era el reflejo de un borde de hoja, y disparé. Sobre el estampido, un animal se aplastó en tierra, y los perros estaban ya sobre él, destrozándolo. Triunfantes, bajamos el farol hacia la presa cogida. Era una gallina.

Tal cual. Pero una gallina no duerme aislada en el monte, a quince metros de altura, —ni para los perros, que desorientados habían abandonado su presa, en procura de otra. Un aullido traspasante nos indicó que acababan de hallarla, a diez metros escasos del lugar. Allí, en efecto, estaba arrinconado un joven puma teniendo a raya a los perros, uno de los cuales, con el vientre de fuera, batía desesperadamente la tierra con las patas delanteras.

Un puma con la espalda resguardada, no es presa amable para tres foxterriers. Volqué en consecuencia el winchester sobre sus mismos ojos, sin que el animal, forzado a fondo por los perros, se atreviera a apartar de un zarpazo el cañón del arma, aunque se daba cuenta de lo que le iba en ello, y disparé de nuevo.

El cachorro, allá en lo alto con la presa en su boca, había dejado caer la gallina al recibir el tiro, que lo había transpasado desde el cuello a los ijares, según después vimos. Habíase deslizado en seguida a lo largo del tronco, siendo sorprendido en su fuga por mi pobre foxterrier.

De todos modos, nunca hemos vuelto a hacer tiro tan dramático y providencial, para ver caer una gallina.


Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.
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