El Remate Del Imperio Romano

Horacio Quiroga


Cuento, Novela, Drama



I


En el año 193 del Imperio Romano, un transeúnte de la capital se entretenía en arrancar a uno un ojo, en quebrarle a otro los dientes con una piedra, en mutilar vergonzosamente a un tercero —todo esto por mero pasatiempo, cuando se aburría.

Este transeúnte se llamaba Cómodo, y era el emperador. Hijo de Marco Aurelio, uno de los más grandes hombres con que haya contado la humanidad, suponíase con sobrada razón que provenía directamente de uno de los tantos gladiadores que noche a noche honraban el tálamo de la emperatriz Faustina.

La fuerza de Cómodo era, en efecto, prodigiosa, y mostraba extraña afición por el Circo. Atravesaba a un elefante de un solo lanzazo, cortaba a flechazos el cuello de los avestruces, abatía a cien leones, uno tras otro, con otras tantas flechas. De noche dormía a menudo en su celda del Circo, en compañía de los gladiadores.

Cuando tenía doce años, mandó quemar vivo al mayordomo de los baños, porque el agua del suyo estaba apenas un poco más tibia que de ordinario. Ya emperador, hallando un día en su camino a un patricio sumamente grueso, se detuvo un momento a contemplarlo, y en seguida le abrió el vientre de un solo tajo, para ver de qué largo tenía los intestinos.

En el circo hacía cubrir a sus esclavos con pieles de fieras, y los masacraba entonces a flechazos, solicitando del Senado se le confiriese el título de Cómodo, destructor de monstruos.

Abrió un día un consultorio quirúrgico, instando a los senadores a que se hicieran operar por él. Naturalmente, los presuntos enfermos eludían el honor. Entonces Cómodo dio orden a sus guardias de hacer entrar a cuantos pasaran por frente a su palacio. Los infelices eran en seguida operados por él, y de este modo en un solo día asesinó a trescientos ciudadanos.

Trece años llevaba Cómodo de este sombrío reinado, cuando un día la copa, ya a punto de llenarse varias veces, desbordó al fin.

Cómodo había puesto su confianza en Marcia, una de las trescientas concubinas reales, y que pronto llegó a recibir del Senado los honores de emperatriz. Decíase cristiana. En compañía de Leto, prefecto de la Guardia Pretoriana, manejaba el imperio a su gusto y manera.

Su ascendiente sobre Cómodo era inmenso; pero aún así, llegó un día a cansarlo. Y para concluir con él, el emperador decidióse un día a romperlo. Llevó, al efecto, al baño la tablilla encerada y el punzón de oro que había costado ya al imperio millones de cabezas proscriptas; y mientras, hundido hasta el cuello en la bañadera, gozaba las dulzuras del agua tibia, grabó con el stylo diez nombres. La fúnebre tablilla era siempre entregada a Eclecto, mayordomo de palacio, y éste despachaba los sicarios a recoger las cabezas de los que habían perdido la gracia del sombrío emperador.

Cómodo colocó la tablilla bajo un cojín de púrpura, y se arrobó en grata somnolencia.

Mas he aquí que la puerta se abrió lentamente, y una carita negra, de un profundo negro etíope, asomó su riente fisonomía.

—¡Ah, eres tú, Aníbal! ¡Entra, traidor! ¿Cómo no te he visto aún? 

—Ah... ah... ah... —dijo la criatura mirando a todos lados, sin prestar poca ni mucha atención al dueño del mundo. Evidentemente, como todos los chicos, buscaba algo nuevo, para hacer de ello su juguete.

El negrito era hijo de un liberto africano, a quien Cómodo había arrojado a las fieras dos meses atrás, por cierta mirada de aquél en respuesta de un flechazo suyo.

Era en un banquete.

—¡Alcánzame esa copa! —habíale dicho Cómodo.

El liberto repuso, incorporándose:

—¿Es posible, César, que te falten esclavos?

Pero, sin añadir una palabra más, levantó la copa en el aire para colocarla delante de Cómodo. Este, rápido como el rayo, cogió el arco que tenía siempre a su lado, y lanzó una flecha vibrante que se clavó temblando en la muñeca del insolente. A pesar del agudo dolor, el brazo del liberto, como si nada hubiera sucedido, prosiguió su marcha en el aire y depositó la copa delante de Cómodo. Su rostro estaba impasible. Sí, impasible estaba su rostro; pero al sentir el golpe, había mirado a Cómodo. Y las miradas a un emperador romano deben pesarse mucho antes de ser lanzadas.

Catorce horas después, los leones se disputaban los restos sangrientos del liberto, y Cómodo, desde entonces, había sentido crecer su cariño y tolerancia por las gracias de aquel negrillo. ¿Por qué misterio? No por arrepentimiento, sin duda.

Mas lo cierto es que el chico hacía y deshacía a su antojo en palacio, y de aquí la impertinencia con que se dignaba responder al terrible emperador que le hablaba.

—¿Qué quieres, desvergonzado? —reanudó Cómodo sonriendo a su pequeño favorito.— ¿No te bastan los dos tigrecitos que te envié esta mañana?

—Tigres, malos —respondió el negrillo.— Muerden, uñas grandes…

—Sí, son un poco grandes ya... Perdóname, Aníbal; hoy mismo encargaré otros... ¿Quieres leones?

—No; uñas también... Quiero tortuga, tortuga grande... andar ¡up, up! a caballo.

—¡Ah, muy bien! Pero me concederás, Aníbal, unos cuantos días para procurártelas, ¿verdad?

—¡No!... quiero osos... ositos.

Y así por el estilo. Entretanto, beatífica somnolencia se apoderaba del emperador, mientras el pequeño déspota de aquel formidable tirano revolvía todo a su antojo.

De este modo, y cuando el fastidio comenzaba ya a cansarlo, halló bajo el cojín de púrpura la tablilla de cera.

¡Aquello era lindo! El negrillo miró a su augusto amigo que roncaba sordamente. Sin hacer ruido, salió del baño real, y ya en el corredor emprendió loca carrera con su juguete.

¿Pero qué podía entretener largo rato al imperial malcriado que desechaba leoncitos? La tablilla voló de repente por el aire, como un fastidioso juguete que no entretiene ya más, y Marcia, que pasaba en ese instante por allí, la recogió para entregarla a un esclavo. Pero antes, por vaga curiosidad y simple distracción, echó una mirada a la tablilla.

Apenas lo hubo hecho, lanzó un grito ahogado: claramente grabado se leía allí «Marcia... Leto... Eclecto... Valerio... Severo Domicio...»

¡Ella! ¡La emperatriz adorada, omnipotente, sentenciada a muerte! ¡Leto, su favorito, sentenciado a muerte! ¡Eclecto, su ejecutor oficial, el brazo derecho de sus sangrientas proscripciones, sentenciado él mismo!

Lívida, el corazón helado de terror, la emperatriz corrió al encuentro de Eclecto:

—¡Lee, lee! —le dijo tendiéndole la tablilla.

El mayordomo leyó y su rostro se puso blanco como la cera. Llamó a un oficial de la guardia:

—¡Ve corriendo al pretorio! ¡Arróllalo todo, aplasta, mata, pero llega en seguida! ¡Va tu vida en ello! Tritáceo ¡Vuelve con Leto, corriendo, si los manes tienen en algo tu vida!

—¿Qué debo decirle? —repuso el soldado.

—¡Dile —prorrumpió Marcia— que nos has visto pálidos a Eclecto y a mí!

Poco después Leto llegaba, demudado.

—¿Qué pasa, Augusta? —exclamó, — ¿Acaso el divino Cómodo?...

—¡Lee! —repitió la emperatriz, tendiéndole la tablilla.

Los tres sentenciados a muerte se miraron entonces; ¡no había un segundo que perder! Marcia preparó con la velocidad de un relámpago un refresco de tamarindo, y echó en él un fuerte veneno. Ella misma llevó la copa a Cómodo, que apuró el brebaje de un sorbo.

Marcia salió, pisando con fuerza; pero apenas el eco de sus pasos se hubo perdido, retornó en puntas de pie con sus cómplices, y juntos prestaron oído contra la puerta de la cámara: dentro, se derrumbaba un imperio de crímenes en la persona de su monstruoso emperador.

¡Pero no! El veneno era escaso o la fortaleza de Cómodo, excesiva. Este tuvo un fuerte vómito y llamó. Un esclavo acudió corriendo.

—¡Estamos perdidos! —murmuró Marcia, aterrada.

—¡Aún no! —repuso Leto, a tiempo que hundía su puñal hasta el mango en el pecho del esclavo.

Pero el desenlace se precipitaba: si Cómodo llamaba de nuevo y era oído, estaban perdidos.

¿Qué hacer? ¿Entrar súbitamente en la cámara y apuñalarle allí? Ni Leto ni Eclecto tenían suficiente valor para ello. Cómodo, aún en la angustia de sus vómitos, era temible por su fuerza prodigiosa.

Los conjurados corrieron entonces abajo, y volvieron con dos gladiadores de palacio, dos perfectas bestias de estupidez y fuerza. Turbándoles la cabeza con terribles amenazas y opulentas recompensas, los lanzaron de un empellón en el baño imperial.

¡Por fin! Cómodo dio un salto, y en un segundo estuvo de pie. Su propia experiencia (ya había escapado a un asesinato en plena calle) y la historia de los Césares de Roma, no le dejaban la menor duda acerca de lo que significaba aquella súbita irrupción.

Defendióse como un verdadero gladiador que era, golpeando, mordiendo, retorciendo músculos entre sus manos. Pero las dos bestias forzudas, uniendo sus esfuerzos, concluyeron por estrangular y ahogar bajo el baño al emperador romano, el 1.º de enero de 193.

Los tres libertadores corrieron, en connivencia con el Senado, a ofrecer la corona a Pertinax, noble y severo anciano; mas éste, creyendo que venían a buscar su cabeza —ya que las visitas nocturnas no tenían casi nunca otro objeto— se adelantó a su encuentro, tendiendo al tajo la gloriosa cabeza blanca.

El Pretorio aceptó al nuevo César, y bajo su reinado, a los 67 días de su proclamación, asistimos al banquete que Didio Juliano, milanés de inmensa fortuna, daba en su palacio de Roma.

II


Didio Juliano poseía en aquel momento la más grande fortuna de Roma, adquirida durante su gobierno en dos o tres provincias. Era un hombre de sesenta años, bajo y sumamente grueso. Tenía la cara redonda y roja, la cabeza y el rostro rapados, y el vientre voluminoso. Personificaba perfectamente la caricatura del tonel sobre cortas piernas. Sus ojos saltones y nariz rubicunda denunciaban a un gran amigo de la mesa. Era, en efecto, un gastrónomo, pero un gastrónomo de lo raro y monstruoso, que fue la característica del Imperio. Sobre la mesa, recubierta de ramos de plata, lucían los platos más extraordinarios;


Hígados de pavo real, en inmensas fuentes.

Huevos de tortuga, rellenos con riñones de papagayo.

Lenguas de ruiseñor, en brochettes de oro, con cabeza de zafiro.

Pechugas de cisne.

Rótulas de camello, a los cuales se había impedido andar.


Luego venían los platos estupefacientes, las combinaciones monstruosas que eran recibidas por los invitados con grandes exclamaciones.


Erizos de mar, macerados en agua de rosas.

Habas machacadas con ámbar del Euxino.

Arroz abrillantado con perlas.

Salmón espolvoreado con mirra y ámbar en polvo.

Trufas mechadas con granos de oro.

Violetas teñidas en púrpura

y fritas en aceite de hígado de ruiseñor.


Esta sed de lo inverosímil, de lo disparatado, de lo sencillamente monstruoso, y ya en auge a fines del siglo II, debía llegar con Heliogábalo, a su más alto esplendor.

Entretanto, Didio Juliano festejaba esa noche la llegada a Roma de un trimestre de sus fabulosas rentas. Era aquel personaje, a la par que glotón, muy pobre de espíritu y dado a las bufonadas. Su dicha era halagar el estómago de sus clientes, y sobre todo que se le considerara hombre de influencia en el Senado. Su enorme vientre danzaba al son de las carcajadas, y las aclamaciones con que sus invitados acogían cada nuevo plato que el mayordomo trinchaba a compás de música, halagaba su vanidad hasta congestionarle el rostro.

En su juventud, sin embargo, había realizado empresas no desprovistas de inteligencia; y el solo hecho de que la madre de Marco Aurelio lo hubiese educado, hablaba bastante en su favor. Pero sus consulados y preturas, dándole inmensa fortuna, despertaron debilidades congénitas y vicios adquiridos. Dedicóse con afán a la magia, y no hubo embuste, por burdo que fuera, que los augures no leyeran para Didio en las entrañas de un animal.

Llegaron un día a profetizarle el Imperio Romano, sin más trámite. A pesar de su corta inteligencia, Didio no dejó de reírse, considerando, juiciosamente, que a su edad, y su alejamiento de la política y su ignorancia de cuanto se pasaba en las legiones, era bastante risible soñar en la diadema de los Césares.

Pero su mujer, Manlia Escantila, una lobezna romana febril de ambición, pagaba opulentamente a los augures para que anunciaran sin cesar a su marido glorias de toda suerte, por vía de encender en el cerebro exclusivamente culinario de Didio, una chispa de alta ambición.

Así las cosas, sobrevino la muerte de Cómodo. Pertinax fue ascendido al trono, y Didio Juliano juzgó que nada era entonces más sensato que sentar sus reales en Roma, estarse muy quieto, deslumbrando de paso a sus conciudadanos con el brillo de sus banquetes.

Y mientras el banquete a que asistimos proseguía en igual lujo de platos y derroche de músicos, parásitos, cortesanos y esclavos; mientras resonaban los aplausos de los comensales, los cantos y las carcajadas, entre el tintineo incesante de las copas quebradas en la orgía, un personaje apareció de pronto en el dintel del triclinio. Después de dirigir a los comensales una tranquila mirada, se dirigió al anfitrión en voz más tranquila aún.

—¡Salud, Didio! No sé si podría esperar, al llegar a Roma, el honor de que me permitas sentarme a tu mesa.

Con el anfitrión, todos se volvieron asombrados a la puerta. Didio Juliano lanzó una exclamación de gozosa sorpresa, y tendiendo sus gordos brazos al visitante:

—¿Pero no eres Paulo Emilio? ¡Que Mercurio permita me roben todas mis fincas si no siento gran alegría al verte! ¡Salve, oh joven africano! Hazme el supremo honor de sentarte a mi mesa, si en verdad tienes apetito y no la hallas sobrado mezquina.

Paulo Emilio se sentó a su lado, y notó, por las exclamaciones de amistad que arrancaba su presencia, que aún se le recordaba en Roma.

El aspecto del visitante respondía, en verdad, a aquel recibimiento. Era un joven de mediana estatura, más bien alto, y maravillosamente formado. Los pliegues de su toga, cayendo a la par que con abandono, con sutil elegancia, denunciaban al patricio descendiente de los cónsules de la república. Es lo cierto que en la Roma del siglo II, con la constante efusión de sangre bárbara, el ciudadano ecuestre había perdido sus características, y apenas si el tipo se mantenía aún puro en ocho o diez familias patricias, cuyos retoños, como el joven, evocaban en su alma y semblante la figura de su abuelo Paulo Emilio en la madrugada de Cannas, de Escipión al descender del Capitolio, o de Lelia cuando volvió de Africa.

El rostro del nuevo comensal, tostado por los soles de la Tripolitania, era de severa hermosura. No representaba más de veintiocho años.

—Convendrás conmigo —decíale Didio— que mucho me honra te hayas dignado compartir mi cena. Pero dime: ¿por qué no has venido antes a verme?

—Por una razón bien sencilla: acabo de llegar a Roma.

—¿Cómo! ¿En este momento?

—Sí; y esto te explicará acaso por qué he acudido en seguida a tu encuentro.

—¡Ah! ¿Tienes algo que decirme?

—En efecto.

Al oír esto, la cara del anfitrión se compungió de un modo bastante infantil, como una criatura a la cual se le ordena dejar en seguida su pedazo de chocolate.

—¿En este mismo instante? —gimió casi Didio Juliano.

El joven, aunque naturalmente gozoso, dejó asomar una sonrisa.

—¡Oh, no! Más tarde... Te ruego me enteres, entretanto, de lo que pasa en Roma.

—¡Cómo! ¿Nada sabes?

—Nada. He venido sin cambiar de caballo desde Ostia. Después hablaremos. Recordarás que desde hace dos años no se me ha visto aquí... ¿Gozas siempre del favor de Cómodo?

—¡Por todos los dioses del Olimpo! ¿Debo creerte cuando me hablas así?

—¿Supones que me presento a esta hora para chancear contigo, Didio?

—¡No; Júpiter me libre de ello, joven patricio! Pero es tan extraña tu ignorancia... Sabe, pues, que estamos bajo el reinado de Pertinax Augusto, y que Cómodo fue estrangulado hace noventa días.

—¡Oh! ¿No bromeas?

—¿Bromear yo con la muerte del ilustre Cómodo, que dudó años enteros si me la daría a mí, que te hablo? Y, luego, invoco para mí la seriedad que tú pedías para tus propias palabras.

—Cierto es, Didio, y te pido perdón. Pero cuéntame, por favor, cómo han pasado los hechos.

El anfitrión, entonces, cada vez más locuaz y congestionado de rostro, contó al forastero el sombrío drama: el terror del Imperio bajo el final del reinado de Cómodo; la conjuración de Marcia y Leto; su asesinato en el baño, y la elección imperial recaída en el noble Pertinax.

El joven oía con profunda atención.

—Ignoro qué será más tarde del Imperio —murmuró al concluir Didio su relato;— pero el anciano Pertinax sostendrá dignamente sus vacilantes columnas.

—Lo mismo creo y espero... —repuso el anfitrión— aunque ya nada me interesa la política.

—No es política, sin embargo. Se trata del cubil y los cachorros de la loba.

—¡Sí! Y con cachorros como Cómodo, corremos el albur de que todos sus otros hermanos sirvamos de destrucción a su dentadura! ¡Gracias, Paulo! Prefiero mi vida tranquila, obscura si quieres, bien que el Senado se digne aún contarme en su seno... Vivo feliz, sin quebrantos.

—¿Nada ambicionas, pues?

—¿Qué quieres que ambicione? A mi edad, toda ilusión es enfermiza, y toda ansia, mortal, como decía Pertinax. Y ya ves: carga la púrpura... Que los dioses me conserven el apetito y buenos amigos para honrar mi mesa, es todo cuanto pido. ¿Qué misión te trae a mí?

—Misión, ninguna. Traigo para ti palabras de Septimio Severo... Ya sabes cuán grande es su agradecimiento.

—¡Ah! ¿El valiente general se acuerda siempre del pequeño favor que le hice? Mucho me alegro, Paulo. ¿No ha perdido aún su acento númida?

—No, ni lo perderá nunca, creo…

—¡Bravo Septimio! Es lo cierto que nuestros mejores generales son compatriotas de Aníbal. ¡Cómo haberlo sospechado antes! Y para ti, Paulo Emilio, que llevas tal nombre!... En fin, más tarde me trasmitirás el mensaje entero.

El banquete proseguía, llegaba a su fin, y entre el canto de los músicos, el ruido de innumerable servidumbre y de las copas rotas sin tregua, resonaban los gritos de los comensales, hartos de viandas y de vino.

Didio continuaba bebiendo, riendo y llorando a un tiempo. Un cuarto de hora después la mitad de los comensales habían rodado de los lechos. Los otros se sostenían aún, congestionados, roncos, levantando un brazo sin motivo, gritando una sola nota ronca como bestias salvajes, y cuando el forastero, que proseguía mirando con el mentón fuertemente cogido entre el índice y el pulgar, se disponía a levantarse, fuertes voces seguidas de un grito resonaron en el atrio, y un instante después, un esclavo, lívido y jadeante, se precipitaba en el triclinio:

—¡El emperador Pertinax acaba de ser asesinado!

III


Como una helada ráfaga hubiera pasado sobre aquellas cabezas caldeadas, los comensales se pusieron instantáneamente de pie. Didio abrió inmensos ojos, mientras que la copa que iba a llevar a los labios, caía quebrándose.

El esclavo se vio en un instante rodeado.

—¡Habla, cuenta, por todos los dioses del Averno! ¿Qué dices? ¡Di que no te has burlado de nosotros, porque ni mil Diógenes con linterna hallarían un pedazo de tu piel!... ¿Qué ha pasado?

El miserable, sacudido por cien brazos, contó entonces lo que sabía.

El drama se había desarrollado con la velocidad del relámpago. A media noche, trescientos pretorianos habían salido del campamento en dirección a Roma.

Furiosos, pidiendo a gritos la cabeza del emperador, corrían a palacio. Pertinax, despertado por el clamor, envió al Pretorio a su suegro Sulpiciano, prefecto de la ciudad, para pedir cuentas de ese escandaloso motín.

Entretanto, los pretorianos habían llegado a palacio, arrastraban a su causa a la guardia imperial, y todos, aullando como lobos hambrientos, se dirigieron a la cámara del emperador. Pertinax, salió a su encuentro, y al ver aquella augusta cabeza encanecida al cuidado de la patria, la soldadesca intimidada se detuvo.

—¿Qué es esto? —preguntó con voz tranquila el anciano emperador.— ¿Desde cuándo los soldados se aproximan con la espada en la mano a su general? A ver tú, Dalmacio, que te hallas colocado al frente de ellos: ¿qué quieres? ¿cómo se atreven a esto?

Los soldados callaban; todos, con la cabeza baja, parecían hallarse sobre ascuas ante aquella gran figura que se alzaba ante ellos, guardando, como un fantasma, la grandeza del Imperio.

—Piden, César, que se les aumente el sueldo —murmuró al fin el oficial.

—¡Ah! ¿Y con las espadas dirigidas a mi pecho? —exclamó Pertinax.— ¿Qué nuevos triunfos ha obtenido la Guardia para exigir esto?

—Ninguno, César; pero piden se les pague solamente como en el reinado de Cómodo.

—El reinado de Cómodo. Si tanto sienten a su antiguo emperador, haberlo meditado antes, y no después de estrangularlo... ¡Oye, Dalmacio! Lo que ganan tus soldados es lo justo, y no añadiré un sestercio más. ¡Por la memoria de César! ¿No es mayor deshonra para el Pretorio venir de este modo a manchar el palacio de su emperador con el tumulto de ahora? Yo creía, Dalmacio, que venías a exigir algún gran acto de justicia contra los enemigos de la patria; pero venir a robar al erario, y hundirse luego en el libertinaje del reinado de Cómodo, eso no lo esperaba. Ve, por fin: esta cabeza y barba blancas que miras en este momento, anidan un solo pensamiento: el de que tú y tus soldados —y con ustedes el Pretorio en masa— han hecho más. Su anciano emperador se lo dice. ¿Es cierto, soldados? —concluyó Pertinax irguiendo su noble y severa frente.

Un murmullo ahogado respondió a estas augustas palabras.

—Sí, Augusto... Hemos hecho mal... ¡Perdónanos!

El oficial, con un relámpago de ira en los ojos, miró a sus soldados, y se puso pálido; todo estaba perdido.

Pero de pronto, un pretoriano de innoble semblante, se adelantó dos pasos, y señalando al emperador:

—¡Compañeros! —gritó— ¡yo soy el único que aquí tiene vergüenza, ya en nombre del Pretorio, humillado por este viejo idiota, tomo a los dioses por testigos de este acto!

E irguiendo el brazo, el miserable lanzó con todas sus fuerzas un venablo que fue a clavarse temblando en el pecho de Pertinax. El emperador, sin una exclamación, cayó de rodillas sobre la alfombra.

Entonces un estremecimiento de cobarde furia sacudió a la soldadesca, y abalanzándose sobre el augusto león asesinado, hundieron en él una y cien veces sus espadas.

Esto es lo que había pasado, y lo que acababa de contar el esclavo, trémulo aún de sorpresa y terror.

De nuevo el frío de la catástrofe corrió por la sala del banquete, y aquellas cabezas, antes desvariadas entre los humos de la orgía, medían ahora fríamente el alcance del nuevo desastre.

¿Quién subiría al trono? ¿Un amigo o un enemigo? ¿Alcanzarían un nuevo honor? ¿Su nombre estaba ya grabado en la tablilla de proscripciones del nuevo César?

Los compañeros de orgía se miraban ahora con desconfianza. Y el fastuoso banquete hubiera acaso concluido en ese mismo momento, si una ronca y prolongada carcajada no hubiera partido del extremo.

Todos se volvieron: Didio Juliano, de pie sobre el triclinio, tendía tambaleando una copa llena a sus huéspedes.

—¡Por la memoria de los doce Césares! —exclamó.— ¿Cómo es posible que sean ustedes suficientemente tontos para permanecer ahí cabizbajos como grullas congregadas por el frío? ¿Quién será el nuevo César? ¿Quién no será? ¡Famosa preocupación! Invoco la memoria del más ingrato de ustedes: ¿Les ha faltado alguna vez la mesa del viejo Didio? ¿Han tenido en vano necesidad de su apoyo en el Senado? ¿O tal vez mis vinos han merecido la afrenta de ser estrellados en la cabeza de un esclavo, por malos? ¡Ah, amigos! Preciso es llegar a la edad en que me veo y haber perdido el sueño buscando el mejor de los cocineros del Imperio, para verme ahora abandonado por mis compañeros... ¡Ingratos!... ¡Pobre viejo Didio!...

Y llorando, desplomóse al fin sobre el triclinio.

Solo uno de los comensales había permanecido ajeno a la tumultuosa escena: Paulo Emilio. Con la barbilla apoyada de nuevo en la mano, sus ojos recorrían otra vez la resplandeciente sala. Y otra vez el vino había comenzado a correr y las voces a elevarse. Primero una carcajada sin eco, porque a espaldas de todos ellos velaba el fantasma del desastre imperial y de la proscripción. Mas el Salerno proseguía crisándose en las copas, y las cabezas, firmes un momento, comenzaban a vibrar de locura.

Las voces saltaban de aquí y de allá, y las carcajadas se sucedían sin cesar.

De pronto llegó al estruendo de la orgía, lejano aún, un clamor. ¿De la calle? Sin duda. Y al recordar que un rumor semejante, media hora antes, había traído del mismo trono ensangrentado la noticia de la augusta tragedia, un estremecimiento no pudo dejar de recorrer la médula de los patricios, por más familiares que fueran para ellos los sombríos clamores de la Roma de la decadencia.

Los comensales se miraron; los gritos crecían en intensidad, y algunas palabras entrecortadas llegaron a oídos de ellos:

—¡Postor!... ¡sestercios!... ¡postor!

Esta vez Didio levantó la cabeza y la copa quedó temblando en su mano.

Otras palabras habían sonado:

—¡Imperio!... ¡púrpura!... ¡mejor postor!

—¿Eh, qué es eso? ¿Qué gritan? —tartamudeó el anfitrión.

Los comensales todos se habían levantado. Profundo silencio reinaba ahora. Pero en la calle el clamor y estrépito de bronces avanzaban, de modo que un instante después se oyó claramente:

—¡Se adjudica el Imperio Romano al mejor postor! ¡Al Pretorio, al Pretorio! ¡El imperio se remata! ¡Sin base! ¡Al Pretorio!

Antes que aquellas palabras hubiesen sido comprendidas en toda su monstruosidad, el palacio de Didio resonó de gritos y violentamente irrumpieron en la sala dos centuriones de la guardia pretoriana.

Los oficiales, sucios de sudor, sangre y tierra, avanzaron hacia Didio.

—¡Salve, Juliano! Venimos a proponerte el Imperio. Tú puedes adquirirlo, porque tu fortuna no tiene medida. ¿Lo quieres?

¡Vender el Imperio! ¡Comprar con sestercios la púrpura de Augusto, de Trajano y de los Antoninos! ¿Cómo, cómo?

Evidentemente había allí un espantoso juego de palabras.

En un segundo los centuriones se vieron rodeados.

—¡Sí, sí! ¡El propio Imperio Romano, patricios! ¡Nosotros lo vendemos en el Pretorio! A ti nos dirigimos, Didio Juliano: ¿quieres pujar? Dentro de una hora empezaremos... Y el mejor postor, ¿eh? Estamos cansados de ser pobres. El que quiere llevarse la diadema, tendrá que pagarla bien, ¡por Júpiter!

Y los oficiales de la guardia que vendía como cosa propia el derecho de reinar sobre el mundo entero, dirigieron una insultante sonrisa a su alrededor.

Pero Didio, deslumbrado y quemado en su pequeña vanidad de milanés rico por la llama de aquella inmensa vanidad de ser emperador de Roma, no podía articular una palabra. Congestionado, lacrimoso, hacía esfuerzos por no temblar.

—Bueno, Didio; ¡te esperamos! —concluyó el centurión.— No creo que te resistas a aceptar el magnífico presente que te ofrecemos por una bicoca... ¡A ustedes lo mismo! —se dirigió a los comensales— ¡quién sabe! acaso resulte más barato de lo que se cree... ¡Y a ti también, joven! —concluyó volviéndose a Paulo, que tenía fijos los ojos en el tratante de coronas— ¡a ti también, aunque más cara tienes de enamorado que de millonario!

El joven clavó aún más fijamente su fría mirada de acero en los ojos del oficial, pero no pestañeó.

El soldado sintió todo lo que decía aquella mirada, y una profunda irritación lo invadió.

—¡Si es que al menos tienes sexo! —prosiguió con el gesto ya tan ultrajante como las palabras.— ¿Eres varón, por ventura, joven Antinoo?

—Antes... antes que tú hubieras puesto los pies aquí, lo era —repuso el patricio con voz tranquila, aunque su rostro se hubiera cubierto de marmórea palidez— ahora no sé... ¡pruébalo! —agregó tendiendo con negligente ademán al hercúleo soldado una mano blanca y delicada.

El centurión, con una risotada de triunfo, se la cogió. Pero apenas lo hubo hecho, su rostro cambió bruscamente de expresión. Se puso rojo, luego lívido y por fin una mueca de horrible sufrimiento le desencajó el semblante.

—¡Suelta! —alcanzó a rugir retorciéndose de dolor. Los huesos de su mano crujían.

—Arrodíllate —repuso Paulo.

El soldado cayó de rodillas.

—¡Sí, sí, todo lo que quieras! ¡pero suelta!

—¡Acércate! Besa los pies de Didio; es un senador. No sé lo que hará después; pero por el momento eres indigno de besar el polvo de su coturno; hazlo, sin embargo.

El centurión se retorcía.

—¡Sí, besaré!... ¡Ya está, ya está! ¡Pero suéltame! ¡Te pido perdón! ¡Perdóname!

Entonces el patricio, con la misma tranquila serenidad levantó al pretoriano.

—¡Pero, miserable! —le dijo con fría sonrisa— ¿crees tú que necesitas mi perdón? ¿Qué harías con él? ¡Te estorbaría, te lo aseguro! ¡Vete!

Y soltó las manos del centurión que, empapado en frío sudor, retrocedió tambaleando tres pasos. De su hombro pendía, muerto, el brazo derecho. Clavando entonces sus ojos inyectados, en Paulo:

—¡Me has humillado, patricio! —articuló lentamente con voz ronca— pero espero que los dioses te pongan otra vez en mi camino. ¡Guarda para entonces la fuerza de tus puños, porque es posible la necesites, patricio!

—Lo espero —repuso éste fríamente. E indicándole con el gesto la puerta:— ¡Ahora vete!

Esta escena había sido sobrado viva y terrible. Durante ella, el otro pretoriano había permanecido mudo.

Pero cuando su compañero cayó retrocediendo hasta él, un relámpago de iracunda venganza cruzó por sus ojos.

—¡Bien, patricio! —dijo a Paulo, adelantándose hasta él.— Harías la gloria de una legión con tus puños... ¿Cómo te llamas?

—Paulo Emilio, ciudadano…

—¡Bello nombre! Quiero brindar contigo por la prosperidad del Imperio.

Y tendió su copa al joven, mientras él cogía otra. Pero en ese instante Paulo llamaba con la cabeza a un esclavo:

—Toma, Afranio —le dijo tranquilamente,— dígnate brindar con el centurión a la salud del Imperio.

Súbitamente, como un rayo, la copa del centurión voló por el aire a estrellarse en la frente del patricio.

—¡Y tú, mujerzuela, brinda con los pedazos de mi copa a la salud de tus iguales, las meretrices! — rugió el centurión sacando velozmente la espada.

Veinte manos iban a caer sobre él, cuando una mirada suya detuvo en seco a los interventores.

¿Qué podían ellos, pobres ciudadanos, contra un oficial del omnipotente Pretorio, de esa sombría guardia imperial bastante fuerte para atreverse a vender el propio imperio en pública subasta? La cabeza del audaz que pusiera la mano sobre él, oficial del Pretorio, no se sostendría veinticuatro horas sobre los hombros. En los ojos del centurión se dejaba ver claramente el insultante desprecio que le inspiraban los convidados de Didio.

Pero Paulo Emilio, de cuya frente caía un hilillo de sangre, avanzaba al encuentro del pretoriano. Su rostro se había cubierto de espantosa palidez. Dio un paso más, otro aún, y estuvo frente a frente del soldado.

—Acabas de hacer —dijo lentamente— lo que ni siquiera deberías haber soñado. Te queda un instante de vida; aprovéchalo para olvidarte de lo que has hecho.

El soldado comprendió. La vida que por suprema altivez no le quitaban, debía entregarla él mismo en la hoja de su propia espada. Hay un momento en la vida en que se siente una voluntad inmensamente superior a la nuestra, que nos conmina a hacer lo que no queremos, aún a entregar la propia existencia cuyo derecho perdimos en una ofensa. Y cuando tras la voluntad del forastero, se siente la indómita altivez del patriciado de Roma, un pretoriano que acaba de ultrajar a muerte a un patricio cuyo abuelo se llamó Paulo Emilio, comprende que no le queda más remedio que morir.

Luego el centurión era romano, y como tal, amigo de los golpes teatrales. El bello gesto de un bello morir era siempre un posible norte para un pretoriano, sobre cuya abyección palaciega primaba la ruda nobleza del ex legionario.

Una postrer mirada a su derredor concluyó de decidirlo. Miró a Paulo Emilio con altiva fijeza, y alzando el nervudo brazo, se hundió la espada en el pecho.

Cayó. Una ola de sangre surgió, corrió por la alfombra hasta los pies del patricio. Este recogió la toga con cuidado, y se apartó; el río de sangre avanzó hasta el triclinio en que Didio Juliano se había dejado caer.

Por fin, aquella pesadilla, aquella fulminante escena concluía.

—¿Sabes lo que has hecho? —preguntó Cneo Cayo a Paulo.— Tu cabeza no vale de hoy en adelante un solo sestercio.

Paulo se sonrió sin responder.

—¡Es que tus horas están contadas! —insistió el amigo.— Plauto gozaba del favor de Leto, y ya sabes qué mínimo tiempo media entre la ofensa y la venganza, en el prefecto del Pretorio. ¿Qué piensas hacer?

—¿Yo? Nada. Además... Roma debe de tener un dueño a estas horas.

IV


La realidad, un instante olvidada, se presentó de nuevo con su tremenda sorpresa. Cierto es; desde Nerón en adelante, la famosa guardia había hecho y deshecho muchos emperadores. Pero el acto presente sobrepasaba la medida: ¡el Imperio Romano vendido, como una baratija despreciable, al mejor postor en pública subasta!

Para que la realidad se afirmase más, sonó en la calle y pasó retemblando frente al palacio de Didio, el estrépito de trompetas con que los pretorianos voceaban el remate:

—¡Al mejor postor! ¡Dentro de media hora en el Pretorio! ¡Se remata el Imperio! ¡A comprar, a comprar el Imperio, barato! ¡Se adjudica al mejor postor!

Como un rabo quemante de simoún que trae con su fiebre ecuatorial ardientes mirajes de mil y una noches, Didio sintió que un soplo de abrasadora ambición le encendía el alma. Púsose de pie sobre el triclinio, y levantando la copa:

—¡Brindo —exclamó— por los destinos del Imperio que yo regiré en adelante! ¡Compro el Imperio! ¡Yo compro el Imperio Romano! ¡Todo lo que me pidan!

Los ojos todos estaban vueltos a él. Didio, trémulo de entusiasmo, destellaba gloria.

—¡Yo daré cuanto sea necesario! ¡Veinte, cuarenta, cincuenta millones! ¡Cien millones, doscientos millones de sestercios! ¡Nadie pujará más! ¡Yo seré emperador, y el Imperio será mío, ah!

En los convidados surgió nítida la razón de cuanto decía Didio: ¿Quién, qué fortuna se atrevería a luchar con la suya a golpes de millones de sestercios? Y comprendiendo cuánto privarían en el próximo emperador sus compañeros de orgía, aquellos súbitos cortesanos clamaron al unísono levantando los brazos desnudos:

—¡Gloria, gloria a nuestro futuro emperador!

—¡Sí, Didio; el imperio es tuyo!

—¡Ave, César!

Los cortesanos, los mayordomos, los esclavos, todos aclamaban la gloriosa empresa. El vino desbordaba en las copas del último brindis, cuando alta y pálida figura femenina, levantando la pesada cortina de terciopelo, se presentó ante los comensales.

Una exclamación de sorpresa recorrió la sala, seguida de una atronadora ovación.

—¡Salve, Escantila emperatriz!

—¡Gloria a nuestra Augusta!

Era Manlia Escantila, mujer de Didio, joven aún y cuya hermosura gozaba de vasto renombre. Los mismos ojos negros ardían ahora de fiebre; y sobre el pálido fondo de su semblante, aquellos ojos devorados ya por la ambición más gigantesca, eran como dos sombríos astros que iban a iluminar fúnebremente la noche que caía sobre el glorioso Imperio.

Por inmensa que fuera su sed de triunfo, nunca había podido impulsar a su marido a las sordas intrigas de las legiones y el Pretorio. ¿Qué obtener de aquel imbécil millonario cuya única ambición era vivir sin inquietudes ofreciendo opulentos banquetes?

Y he aquí que la imprevista fortuna le entregaba —jamás soñado por imposible— el manto de emperatriz romana!

Ante la mirada de todos, avanzó hacia Didio, y doblando lentamente la rodilla, depositó un respetuoso beso en la mano de su marido:

—¡Ave, imperator! —dijo.

Didio Juliano sintió así que su suerte estaba echada, y en pos de depositar a su vez un beso en la frente de la emperatriz futura, exclamó con una voz ronca de borrachería:

—¡Al Pretorio! ¡Corramos! ¡El imperio es mío!

Solo Paulo Emilio quedó.

V


Corrían por las sombrías calles, entre atronadores gritos, senadores, caballeros, plebeyos, esclavos. Un reducido número, entre ellos Didio, iban en litera; los demás, tropezando, trabándose en las togas desprendidas, cayendo, saltando arroyos, sucios, sudorosos, manchados de vino y barro, corrían frenéticos hacia el Pretorio.

De vez en cuando se cruzaban con una cohorte de pretorianos que voceaban la subasta al son de trompetas.

—¿A dónde van? —gritaban los soldados.

—¡Al Pretorio! ¡Al remate! ¡Paso, paso! —gritaban los otros sin detenerse.

—¡Bien, nos conviene! —exclamaban los soldados.— ¡Cuantas más ofertas, mejor! ¡Pero, corran, que se van a cerrar las puertas!

Muchos ciudadanos, despertados por el estruendo de los bronces y la algarabía, corrían también al campamento.

—¡Paso, paso! —aullaba la comitiva de Didio, prosiguiendo su carrera frenética.

Llegaron así ante la muralla del Pretorio. Las puertas estaban celosamente guardadas, y cuando la aullante comitiva pretendió forzar la entrada, fueron brutalmente detenidos.

—¡No se pasa!

—¡Venimos al remate! ¡Queremos comprar el imperio! ¡Didio Juliano lo compra!

—¡Veamos! —exclamó un decurión.— ¿Dónde está el fijador?

—¡Soy yo! —clamó Didio, avanzando dificultosamente.— ¡No me puedes impedir la entrada! ¡Yo quiero fijar!

—¡No puedes entrar! ¡Ya ha empezado el remate!

—¡Es que yo lo compro! ¡Yo lo quiero comprar! — aulló Didio desesperado, llorando casi. —¡Déjame entrar!

—¡No se puede! —repuso el decurión deteniéndolo rudamente por el pecho.

El pretoriano pareció meditar un instante, y dulcificando un poco la voz:

—Si quieres —le dijo— y es lo único que puedo permitirte, es que subas a la muralla. Desde allí podrás hacer ofertas.

—¡A la muralla! ¡Escalas! ¡escalas! —rugieron todos, lanzándose al asalto.

—¡No; tú solo! ¿Vas a fijar tú mismo? —intervino el decurión, mirando con desconfianza a aquel barril humano, de cara congestionada por el alcohol y la ambición.

—¡Yo! ¡Sí, voy a fijar! —replicó Didio, abriendo inmensos ojos.— ¡Pero fijaré hasta una cifra que no conoces! ¿Quién crees que soy, imbécil? ¡Aparta, que el tiempo urge!

Y trepando con grotescos esfuerzos por la escalera, subió a la muralla. Una vez allí, se volvió al decurión que, allá abajo, se burlaba de la ridícula postura de Didio.

—¡Eh, decurión!

—¿Qué quieres?

—¿Sabes que si compro el imperio me acordaré de ti?

El pretoriano pareció caer entonces en la cuenta de que había tratado muy rudamente a un posible emperador. Su rostro se contrajo entonces.

—¡Perdóname, Augusto! —se dirigió gravemente a Didio.— Perdona a un soldado que cumple con la consigna.

Una alcohólica carcajada llegó de allá arriba. La muchedumbre batió palmas. Pero el pretoriano no pestañeó.

—¡Perdóname, César! — repitió.

—¡Bueno! Me contentaré con hacerte dar treinta azotes — dejó caer Didio.

VI


Las murallas del campamento, enrojecidas por el flamear de las teas, ofrecían un fantástico aspecto. En su inmensa aridez de piedra rasa, se destacaba allí arriba, como un risible cuerpo de mono, la figura de Didio Juliano. Dentro, los pretorianos con hachas encendidas, corrían de un lado a otro llevando órdenes, y pronto, desde el sitio que Didio ocupaba hasta la tienda del prefecto, fue una loca carrera de teas que iban y venían.

En efecto, a la puerta de la tienda del prefecto, el jefe de la guardia, trepado sobre una mesa, remataba el imperio, aceptando fijas y voceándolas:

—¡Mil sestercios! ¡mil sestercios por Sulpiciano! ¿Quién ofrece más?

Horas antes, el ex emperador Pertinax había enviado al Pretorio a su yerno, Flavio Sulpiciano, que era a la vez su jefe de policía. El prefecto del Pretorio, con sordas amenazas y súbitos halagos, entretuvo a Sulpiciano hasta hora avanzada. De modo que cuando a las dos de la mañana una ensordecedora gritería echó a ambos de la tienda, el jefe de policía urbana pudo ver, clavada en una pica, la cabeza de su suegro.

En un instante los doce mil pretorianos, acuartelados desde la mañana anterior, acudieron con grandes gritos de triunfo, y desde ese momento comenzó la formidable cosa: Alrededor de la tienda, en vasto hemiciclo, la soldadesca vitoreaba cada fija que el prefecto, de pie sobre la mesa, voceaba con potente voz.

—¡Mil quinientos sestercios por cabeza! ¿Quién da más? ¿Tú? ¿Cuánto? ¿Dos mil? ¡Dos mil sestercios!... ¡Tres mil por Sulpiciano!... ¿Cuatro mil! ¡Seis mil!... ¿No? ¿Siete? No... ¡Diez mil por Sulpiciano!

—Gloria a Sulpiciano —rugió la soldadesca, aplaudiendo.

¿Quién era el personaje que jugaba contra Sulpiciano, y bastante rico para haber llegado a cuatro mil sestercios por cabeza?

Este solo detalle debía haber legado su nombre a la historia; pero ese nombre se perdió.

Entretanto Flavio Sulpiciano descontaba ya el triunfo para sí. En vez de indignarse por la innoble revuelta pretoriana que paseaba triunfal en una pica la cabeza blanca de un emperador, el yerno había hallado mucho más cómodo aprovechar la ocasión para obtener el imperio. Su fortuna era inmensa; y en cuanto al hecho de comprar con oro un trono que su suegro acababa de perder por exceso de temple de alma, eso era una nimiedad para el ambicioso prefecto.

A la luz de las teas, entre los alaridos de la soldadesca ebria de vino y audacia, el remate proseguía.

—¡Diez mil sestercios por Flavio Sulpiciano! ¡Diez mil! ¿Nadie da más?

De repente se vieron, azotando las negras tinieblas, hachas encendidas que corrían desesperadamente desde la muralla a la tienda.

—¡Alto, Seto! —gritaron voces roncas.— ¡Otro postor! ¡Didio Juliano quiere fijar! ¡Detente!

Un huracanado clamor en que los gritos de triunfo y los vítores se confundían, azotó a los pretorianos al oír la fausta nueva. En efecto, un fijador más suponía un mayor precio a obtener en el remate, y de aquí más riqueza para cada soldado.

—¡Salve, Didio Juliano! ¡Qué entre, qué entre! ¡No queremos por emperador al viejo chacal Sulpiciano! ¡Tenemos bastante con el suegro! — vociferaba la soldadesca, que ultrajaba ya a Flavio ante la promesa de un fijador más rico.

—¡Déjale entrar, Seto! ¡Tiene derecho! ¡Tenemos derecho a pedirlo!

—¡No puede! —replicó Seto.— ¡La orden es terminante para todos! ¡Pero... que fije desde allá!

Inmediatamente a los pretorianos que habían traído la noticia desde la muralla, se unieron nuevos soldados, y entonces fue un tropel de hombres devorados por la codicia los que corrían hacia Didio, que echado de bruces sobre la muralla, se enronquecía gritando:

—¡Yo quiero fijar! ¡Quiero el imperio!

—¡Bien! —le gritaron desde abajo, levantando a él las hachas ardientes.— Sulpiciano ofrece diez mil sestercios por cabeza. ¿Cuánto das tú?

—¡Quince mil! ¡Yo doy quince mil! ¡Quiero el imperio!

—¡Espera un momento!

La turba se precipitó de nuevo hacia la tienda.

—¡Quince mil por Didio! —gritó al instante el rematador.

Un rugido de la guardia entera acogió la nueva fija.

—¡Quince mil por Didio! ¿Quién ofrece más? ¿Sí?... ¿Tú, Sulpiciano? ¿Cuánto?... ¿Dieciséis mil? Bien: ¡Dieciséis mil por Sulpiciano! ¡Dieciséis mil sestercios!

El tropel se lanzó de nuevo a la muralla.

—¡Sulpiciano da dieciséis mil! ¿Cuánto Ofreces tú?

—¡Veinte mil! ¡Veinte mil sestercios doy yo a cada soldado! —rugió Didio con voz tan ronca que apenas se le oyó.

Otra vez el tumulto de teas encendidas se lanzó hacia la tienda.

—¡Veinte mil por Didio! ¡Gloria a Didio Juliano!

La fija, y ya a la altura a que habían llegado las ofertas, había sido de cuatro mil sestercios, es decir, un aumento de cuarenta y ocho millones de igual moneda sobre la oferta de Sulpiciano.

—¡Veinte mil por Didio! —vociferaba el rematador.

Flavio Sulpiciano sintió que el imperio se le escapaba. Lívido, cubierto de frío sudor, veía hundirse su sangrienta ambición ante el abrumador empuje de Juliano. Todas las miradas fijas en él, devorándolo, pedían una nueva fija, a trueque de despedazarlo como a un lobo hambriento que prometió a la banda un rebaño quimérico.

Hizo un esfuerzo heroico, y lanzando a la nueva fija toda su fortuna, exclamó en un estertor apenas inteligible:

—¡Veintiún mil!

Un nuevo huracán de aullidos acogió la oferta del lobo moribundo, y las teas enloquecidas se precipitaron a la muralla.

—¡Veintiún mil por Sulpiciano! ¿Cuánto das tú?

Pero Didio, agotada la voz por la fatiga y la inmensa agitación de su alma, no podía ya articular un sonido: los pretorianos, alzando los hachones cuanto les fue posible, distinguieron allá arriba al desgraciado mercader de imperios, el rostro carmesí de congestión, agitando piernas y brazos.

—¿Cuánto?... ¿Qué? ¿qué quieres decir?

Didio tendía desesperadamente las manos abiertas.

—¡Ah! ¿Cuánto? A ver: ¿veintidós mil? No, ¿Veinticinco mil?

—¡Sí, sí! — afirmaba Didio con la cabeza.

El tropel voló, delirante.

—¡Veinticinco mil por Didio Juliano!

Un inmenso clamor se elevó, con una sola voz, del Pretorio entero. Sulpiciano, lívido y empapado en sudor, se dejó caer inerte sobre los brazos de la litera, en tanto que los pretorianos aullaban aún.

—¡Fuera el viejo chacal de Sulpiciano! ¡Estamos cansados de que nos robe! ¡Salve, salve Didio Juliano!

El chacal cerró los ojos. ¡Se iba su imperio! ¡Perdía por cincuenta miserables sestercios la gloria única de colgar de sus hombros el manto de Augusto y de alzar en sus manos el cetro del vasto, potente e inmortal imperio romano! Toda su fortuna no hubiera alcanzado a esa enorme cifra, y con ésta rodaban sus sueños de ambición en espantoso derrumbe.

El prefecto, abriendo por última vez los brazos, gritó aún:

—¡Veinticinco mil por cabeza! ¡Se entrega el imperio! ¿No das más, Sulpiciano? ¿No?... ¡Se entrega, se... entrega!... ¡Se acabó!... ¡Ave Didio Juliano, emperador!

Se vio en seguida a los pretorianos, que hasta entonces se mantuvieron alejados en vasto hemiciclo, romper desordenadamente las filas, y correr en busca de Didio. Las hachas, agitadas locamente de un lado a otro, humeando por la velocidad de la carrera, iluminaban fantásticamente la furiosa disparada.

Llegaron a la muralla, y en un instante Didio Juliano fue descendido, cargado en hombros y llevado en triunfo hasta la tienda del prefecto. Sobre la mesa misma del remate, el milanés fue aclamado emperador, mientras el Pretorio en masa se prosternaba ante el hombre que por unas cuantas noches de orgía acababa de comprarles el imperio.

Y aquella admirable operación comercial no fue barata, sin embargo. Cada pretoriano vendió su voto por veinticinco mil sestercios, y estando la Guardia compuesta de doce mil hombres, el total ascendía a trescientos millones de sestercios, lo que equivale a quince millones de pesos moneda nacional.

Saciados, en fin, orgullosos del desprendimiento de Didio, envalentonados en su omnímodo poder con que el Senado no había casi nunca podido luchar, los pretorianos, rodeando las sienes de Didio con la corona de laurel, arrastraron a su emperador en marcha triunfal a Roma, a fin de que el Senado ratificara el negocio que acababa de hacerse.

Aún en aquella época de decadencia, el Senado congregaba todavía a cuanto de altivo y venerable quedaba en el viejo imperio de la antigua república. Estaba en sesión plena a esas altas horas de la noche, pues la muerte de Pertinax y el anuncio del remate habían sido una sola noticia.

Hacia aquella asamblea, que fuera de reyes para el ministro epirota, se dirigía la soldadesca arrastrando a un gordinflón borracho de vanidad para que el Senado lo proclamara César.

Cuesta a veces creer que ciertas cosas puedan efectuarse en el plazo de breves minutos, por ser tan monstruoso el hecho, y evocar tal tumulto de encontradas impresiones.

Diez minutos después de lo anterior, el Senado Romano, congregado en asamblea, proclamaba y elegía emperador de Roma a Marco Ovidio Cómodo Severo Juliano.

Sesenta y seis días después, hora por hora, el mismo Senado debía decretar su muerte.

VII


Entretanto, en el fastuoso triclinio que momentos antes tronaba con los excesos del banquete, la luz se había casi apagado. En el lúgubre silencio, dos personas velaban: Escantila y Paulo Emilio.

La primera, de pie, pálida, los ojos ardiendo de fiebre, paseaba de un lado a otro su blanca figura. El patricio, echado sobre un codo en el lecho, seguía con los ojos los movimientos de Escantila.

Mayordomos, parásitos, guardias, esclavos, esclavas, todos habían corrido con Didio, impulsados por aquel huracán de ambición que se había desencadenado sobre la mansión hasta entonces tranquila.

Una hora había pasado. En el alma de Escantila renacían, morían y revivían todos sus sueños de gloria, y que ahora fulguraban con llama abrasadora.

—¿Crees tú que habrá muchos interesados? —se detuvo un instante ante Paulo Emilio, con el rostro devorado de inquietud.

—Interesados, seguramente —respondió el joven.— Pero capaces de comprar el imperio, eso no…

Escantila suspiró hondamente y tornó a recorrer la sala. De vez en cuando murmuraba: emperatriz... emperatriz…

—Sí, dices bien —exclamó fríamente el patricio, que la oía.— Serás emperatriz; nada más seguro.

Ella, encendida de pasión dominadora, quedó inmóvil ante él.

—¿Por qué lo dices así? ¿No te gusta?

—¿Que seas emperatriz?... Muchísimo.

—¿Lo dices por mí?

—Cierto es.

—¿Y por el imperio? ¿Te agrada también por él que sea emperatriz?

Paulo Emilio no respondió. Escantila lo consideró entonces hondamente.

—¿Sabes que me gustas? —le dijo.

—Te agradezco.

—Me gustas sobre todo porque me hablas así.

El joven se sonrió.

—¿Te parezco vieja?

—No; eres hermosa.

Escantila, lentamente, se dejó caer sentada al lado del joven, y le acarició la frente.

—¿Y si fuera emperatriz?

—¿Qué?

—¿Te gustaría más?

Paulo Emilio, sonriendo, apartó suavemente la mano de su cara.

—Óyeme, Escantila: Ahora estás demasiado preocupada para pensar seriamente en mí. Cuando seas emperatriz, seré demasiado insignificante para tu trono. ¿Amigos, quieres? Acaso te pueda ser útil.

Escantila, después de mirarlo fijamente, se inclinó sobre él y depositó en sus labios un largo beso.

—Me gustas, vuelvo a repetirlo. No me olvidaré, está seguro…

De pronto un clamor lejano vibró en los cristales, y Escantila se irguió súbitamente. Ambos quedaron en ansioso silencio.

Aquello indicaba que ya el imperio tenía dueño.

Otro clamor llegó, más fuerte esta vez, en el cual se oía distintamente: ¡Ave!... ¡ave!...

Sí, ¡salve! ¿Pero quién? A la cuarta aclamación Escantila se llevó vivamente las dos manos al seno, mientras intensa palidez cubría su semblante; sus ojos brillaban de insensata alegría. El patricio se puso de pie.

Hasta ellos, claramente, había llegado en el viento con el ronco aullido de la Guardia Pretoriana:

—¡Ave Didio Juliano, emperador!

Alzando los brazos por encima de su cabeza, Escantila corrió de un lado a otro como loca.

—¡Emperatriz! ¡Soy emperatriz! ¡Ah, gloria! ¡Por fin llegas! ¡Corre, salta, Paulo Emilio! Pero, ¡insensato! ¿no ves que tengo el imperio en mis manos? ¿Sabes lo que es tener el imperio en la mano? Es esto, ¿ves? —agregó, cogiendo una copa y oprimiéndola convulsivamente:— Es tener esto y hacer todo lo que quiera, todo lo que desee, mío, todo mío, ¡ah!

La copa acababa de quebrarse entre sus manos, y un hilo de sangre corría por su blanca piel. Paulo Emilio corrió a ella. Pero Escantila, conteniéndolo con una altiva mirada:

—¡Apártate, miserable! ¿Crees que una emperatriz no es capaz de resistir esto? ¡Mucho, mucho más! ¡Todas las heridas! ¡ah, ah!

Y la augusta, presa del mal que mordía sin piedad a las romanas de la decadencia, cayó sobre el triclinio riendo a carcajadas en una crisis de histerismo.

Paulo Emilio se aproximó a Escantila, y se detuvo, considerándola con piedad.

—Emperatriz de trono comprado, emperatriz de trono vendido... Esta cabeza no permanecerá tres meses sobre los hombros.

El patricio se equivocaba; solo permanecería sesenta y seis días.

* * * * * * *

Media hora después el tumulto de soldados, guardias, lictores y senadores, llegaba aclamando a la emperatriz, y ésta era conducida en la litera del trono al palacio de los césares, donde Didio Juliano, avergonzado de la modesta cena que el emperador Pertinax tenía dispuesta, hacía arrojar el servicio a los perros, y concluía la noche en una segunda orgía.

VIII


Cuando doscientos cincuenta años antes, Jugurta, rey de Numidia, abandonó Roma a la que había venido a levantar cargos, se detuvo en una colina próxima, y volviéndose a Roma, exclamó:

—¡Cuidado, venal, no te falta sino un comprador!

El imperio estaba comprado, el emperador electo, y el Senado había aprobado la elección. Pero en la clase patricia, en el pueblo, en la muchedumbre que a la mañana siguiente se arremolinaba en los alrededores del Foro, aquella abominable subasta levantaba un eco de indignación. Cuanto de heroico guardaba la historia del grandioso imperio, surgía en aquel momento en todos los corazones, en todas las bocas, para contrarrestar el baldón que el vil tráfico estampaba en el sagrado libro de la patria.

Muchas veces, nadie lo ignoraba, el Pretorio o las legiones habían hecho presión en el Senado; pero aquello, aún sombrío, no enfangaba la púrpura imperial. Mas ahora era el negocio vil, claro y cínico; no trepaba al trono un general de fortuna o un obscuro sobrino de césares, sino el traficante de más fortuna, fuera cual fuera su capacidad cerebral o la escasez de su vergüenza. La diadema, cuya simple insinuación costara la vida a un Julio César, se ofrecía ahora en subasta pública como vil baratija, al mercader que diera más sestercios por ella.

El clamor de angustia e indignación que se alzó de Roma entera ante aquella vergüenza única, pasó como un inofensivo rumor por el palacio de los césares, y se desvaneció en el helado recinto del Senado.

Pero la ardiente protesta, llevada en el aire vibrante y cómplice de la patria, cruzó el Tíber, atravesó la península, y abriéndose en ondas por el inmenso Imperio, halló por fin eco en las legiones de Alpino. El mismo clamor llegó al campamento de Niger, mientras el tercer hálito de indignación sacudía, como a un solo hombre, a las legiones de Septimio Severo.

Los soldados, con la idolatría particular de legionarios por su jefe, eligieron emperador a su propio general; de modo que en un momento dado el Imperio contó con cuatro césares: Didio Juliano en Roma, Alpino en Bretaña, Pescenio Niger en Iliria, y Septimio en Panonia.

Este último, más impetuoso que sus colegas, tomó la iniciativa sin titubear un instante, y mientras enviaba emisarios a Niger y Alpino, se lanzó a marchas forzadas sobre Roma.

Didio, entretanto, había pasado el primer mes de reinado en pleno delirio de vanidad. Organizaba a diario paseos triunfales dentro del recinto de Roma; las fiestas en el circo sobrepasaban en fausto los memorables días de Tito cuando regresó a Roma, y despachaba día a día infinitas órdenes y contraórdenes a los gobernadores, por sencilla ostentación de poder.

Pero el alma romana, sorda a los halagos del interés millonario, se cerraba en sombría desolación. Temblaba en los rostros, en los hogares, en las mismas piedras de la calle, la constante indignación por aquel recuerdo. Que Tiberio, sobrino de Augusto, ensangrentara el Imperio, bien; que Cómodo, hijo del gran Marco Aurelio, bajara a la arena como un gladiador, pase; pero sentirse gobernados por un cocinero que había corrido borracho y levantándose el vestido a comprar en monedas ese derecho, ¡ah, eso no!

Didio lo comprendía, y de aquí su embriaguez de mando por quemar su vanidad senil en la llama de un poder que no lo sentía suyo. La emperatriz, por su parte, envolvía en un monstruoso lujo los restos de una gran hermosura, y siendo su sed de triunfo mucho más ardiente que la de Didio, los excesos de su vanidad eran también mayores.

En medio de la profunda adulación que latía a cada instante en los homenajes a su manto imperial, había una sola gota amarga: Paulo Emilio. En vano Escantila había puesto de su parte cuanto era posible para rendir al patricio; en balde su brazo mórbido volvió a acariciar la frente tostada de Paulo, e inútilmente irguió ante él su triunfo de belleza romana e imperial.

—¿Pero qué sería de Augusta, una vez que me hubieras hecho el honor inmerecido de aceptar mi amor?

—¡Cómo! ¿Qué temes? —respondió la emperatriz.

—¡Oh, nada, Augusta! Sentiría solo pasar demasiado rápidamente a una vida para la que no estoy aún preparado.

—¡Ah, crees eso! ¿Y por qué lo haría? ¿Por Didio? ¿por el Imperio... Tú sabes bien que no. Y si... —moduló lentamente la emperatriz fijando en él sus inmensos ojos.

—La vida de Didio, el manto de púrpura —completó el joven con una sonrisa— no gracias, es mucho para mí.

Paulo Emilio —como buen romano— no ignoraba dos cosas: que las emperatrices acostumbraban deshacerse al día siguiente de sus amantes de una noche de antojo; y que el manto de los césares comprado sobre un lecho tenía un color púrpura que se confundía muy fácilmente con el de la propia sangre. Sobre todo, Escantila no le gustaba. Era ésta en definitiva la razón por la cual resistía a los halagos de la emperatriz.

Luego la protección de Didio habíalo salvado de la venganza del Pretorio a raíz del trágico incidente en el festín. Y si esto no influía en su proceder con Escantila, atábalo a Juliano, sin embargo, con los lazos del más elemental agradecimiento. Y cuando el patricio lograba en esto ajustar el tumulto de su alma ante aquella nefasta página del Imperio, otro recuerdo subía desde lejos: la hora en que Septimio Severo, acusado de adulterio, debió la absolución a los buenos oficios de su juez, Didio Juliano.

Mas en Roma, a ciertas alturas de la política, la patria conmueve el alma. De este modo Septimio, lanzándose sobre Roma, era para el emperador actual un bandido con legiones y para el otro, Didio Juliano, era apenas y sobre todo, un ratero de imperios.

Al saberse en Roma que Septimio Severo corría a salvar la honra del trono, el alma popular se desató en loco entusiasmo. Innumerables hogueras surgieron en todas partes y aunque en seguida Didio hizo apagar con sangre el fuego encendido de la libertad, el entusiasmo no disminuyó.

El improvisado emperador no sabía qué hacer. Jamás había soñado con la amenaza de tres ejércitos que se precipitaban sobre él; él que por trescientos millones, creía haber comprado con el imperio el derecho de ser emperador. Loco de ansiedad, devorado por el miedo a Septimio Severo, cuyo temple de alma conocía bien, creyó un instante poder contar con el Pretorio pues, en efecto, la guardia aterrada, había fortificado su campamento. Didio organizó en guerra la policía urbana, ideó planes de defensa, levantó murallas, las demolió, perdió admirablemente el tiempo.

El pueblo, sombrío, contaba, minuto por minuto, la distancia que separaba aún a Septimio de Roma. A él se confiaba la redención de la patria, envilecida por el Pretorio. Y de este modo el nombre del general tripolitano, de un compatriota de Aníbal que hablaba con fuerte acento númida, llegó a grabarse en el corazón romano al lado del de Fabio Máximo y de Escipión.

Los días pasaban, y las legiones de Septimio caían ya sobre Roma. Didio, perdida toda fe en sí mismo y en cuantos le rodeaban, decidió entonces librarse a toda costa de las legiones.

Una noche hizo llamar a Paulo Emilio.

—Necesito de ti, Paulo Emilio —le dijo.— Sabes cuánto es mi aprecio por tu familia y tus dotes personales. Alguna prueba te he dado de ello —concluyó con la voz insinuante.

—Sí, no olvidaré que te debo la vida —repuso fríamente Paulo inclinándose.

—¡Por Júpiter! Quieres referirte a aquel gracioso incidente con los centuriones. Apenas me acordaba ya de ello. Lo cierto es que Leto estaba muy ofendido por el modo cómo los trataste... ¡Pero óyeme! —añadió bajando la voz:— ¿Lo que espero de ti tiene mucho más valor que todo esto. ¿Quieres llevar palabras mías a Septimio Severo?

Paulo Emilio consideró un instante a aquel aterrorizado emperador de comedia.

—Sí, César —repuso.

A la una de esa noche Paulo Emilio traspasó las murallas de Roma, y partió al galope. Dos días después era alcanzado por un emisario de Didio, que traspasado de fatiga, alcanzó a tender a Paulo un pergamino, y cayó desmayado. El joven leyó:

«Si en algo aprecias tu vida, no llegues hasta Septimio. Tu amistad hacia mí te ha perdido en él. ¡Desconfía!»

Paulo Emilio meditó un momento, y encogiéndose de hombros, reanudó su galope.

A la quinta noche llegaba al campamento de Septimio.

—¡Paulo Emilio! —exclamó éste levantándose en su tienda. ¡Qué placer me das con tu presencia! ¿Qué te trae aquí?

—Este mensaje de Didio Juliano —respondió el joven extendiendo la mano.

El general observó desconfiadamente el pergamino.

—¿No tiene algún veneno, supongo? —exclamó.

—¡Todavía no! —se sonrió francamente el emisario.— Pero lee.

Septimio así lo hizo, y entregándole el mensaje con extraña mirada:

—Lee a tu vez —le dijo.

Decía así:

«A Septimio Severo, en su campamento, desde el Capitolio, ¡Salud! El dador de la presente, a quien crees conocer, ha jurado librar a la patria de toda opresión civil o militar; ni negocios con el Pretorio, ni tiranos como tú. Al buen entendedor...»

Cuando Paulo Emilio concluyó de leer, entregó al general el mensaje que recibiera de Didio en el camino.

Ambos sonrieron, mirándose.

—Está bien claro —dijo Septimio.— Con esta doble intriga, o tú me asesinas, o yo me deshago de ti. El viejo ladrón ha ideado bien su golpe. Solo que se ha equivocado grandemente contigo, y también conmigo. Esto da prueba de su capacidad política. Y tú, ¿piensas volver a Roma? ¿Quieres quedarte conmigo? ¡Dentro de doce días estaremos allá!

—No; me vuelvo en seguida. ¡Puedo hacer más falta en Roma que aquí!...

—Cierto es, ¡Salud, Paulo! ¡Ah!... Dile a Didio que no me envíe más mensajeros; ¡ya supondrás por qué!

El patricio regresó a Roma, dispuesto a reprochar fríamente a Didio su acción; pero éste, cada vez más enloquecido de temor, ni lo oyó casi, prestando en cambio atento oído al menor ruido de afuera que lo hacía temblar.

Hizo sacrificar cuarenta criaturas para obtener de sus entrañas palpitantes aún, un buen augurio; pero los augures, insolentes ante el astro que declinaba vertiginosamente, profetizaron que «quien no sabía defender a Roma, no merecía ser emperador».

Envió cuatro emisarios a Septimio, ofreciéndole la mitad del Imperio, pero que llevaban la idea oculta de apuñalarlo. El tripolitano, muchísimo más político que Didio, no quiso recibir a ninguno, y los hizo decapitar.

Entretanto, el Pretorio, aterrado, esperaba la más pequeña promesa de perdón para decidirse por Septimio. El Senado, con un voto de altivez, prefirió morir de pie, mudo. Así el rematador del trono y el juez que había aprobado la subasta, se unían en la misma miserable cobardía ante las legiones vengadoras de Septimio.

Por fin una noche se supo que las legiones habían acampado a tres jornadas de Roma. El pueblo, enloquecido de júbilo y vergüenza reconquistada, se lanzó a la calle. El Senado, congregado en un instante, recibía un mensaje de Septimio en que perdonaba a los senadores que sancionaron el vil tráfico del Pretorio.

No buscaba más. En un segundo el Senado, a la par que la glorificación del asesinado Pertinax, decretó la muerte de Didio.

Los sicarios corrieron al palacio, e irrumpieron lentamente dentro de la propia cámara del emperador. Didio dormía, y al ver aquella inequívoca manifestación, cayó de rodillas sollozando:

—¿Qué mal he hecho yo? —gemía ¿A quién he hecho daño?

Pero antes que hubiera podido hacer un movimiento, cayó acribillado a puñaladas.

Entretanto Paulo Emilio corría a la cámara de la emperatriz.

—¡Huye, Augusta! —le dijo precipitadamente, empujándola afuera.

Escantila, lívida, el pelo suelto y a medio vestir, se lanzó por el corredor, pero retrocedió con un grito: los sicarios, ebrios ya de sangre, corrían aullando a la cámara de la emperatriz.

Escantila, delirante de terror, se arrojó en brazos del patricio:

—¡Paulo, sálvame! ¡Acuérdate de que te he amado!

Paulo Emilio se puso pálido, y desprendió de su pecho a aquella mujer que pedía a un grito de amor la salvación de su gloria derrumbada.

—Ha llegado nuestra hora, Augusta —le dijo lentamente. ¡Perdóname!— y depositó un beso en su mano helada.

Cuando los sicarios llegaron, el patricio estaba de pie en la puerta.

—¡La emperatriz! —mugieron.— ¡Queremos la cabeza de la Augusta!

—No se pasa —repuso tranquilo Paulo Emilio.

—¡Paso! —aullaron los sicarios, lanzándose adelante.

—¡No! —respondió Paulo. Y el primero que llegó al alcance de su mano, cayó con el rostro cárdeno.

Entonces retrocedieron dos pasos, y el venablo tembló un instante en sus manos. Paulo Emilio pisó firmemente para asegurar el equilibrio, y recogiendo un pliegue de la toga, miró sereno a los sicarios.

Fue su última mirada. Los venablos partieron, se hundieron en el pecho patricio, y mientras Paulo Emilio se desplomaba con los ojos cerrados, los sicarios, con un definitivo y triunfal aullido, saltaban sobre su cuerpo.


Publicado el 1 de septiembre de 2026 por Brian.
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