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Este texto forma parte del libro «Los Estrenos Cinematográficos».

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El Caso Francis Macdonald. —Se ha dado en llamar cara cinematográfica a la de ciertas actrices que resultan más bellas de lo que son; a las de aquéllas que gozan del privilegio de que la pantalla absorba y desvanezca los aspectos duros de su semblante, para reforzar, en cambio, la dulzura de su sonrisa. Y entre los hombres, tienen cara cinematográfica los sujetos de rasgos muy acentuados, irregulares, y de gran intensidad de expresión. En este concepto, William Hart parece ser el prototipo de los seres nacidos para la pantalla. Y a su lado, de igual a igual, merece la misma distinción Francis Macdonald. No es el suyo un rostro atormentado, ni se distingue en lo más mínimo del de cualquier vecino nuestro. La fuerza cinematográfica del muchacho reside exclusivamente en su semblante interior —diríamos—; en su asombrosa facultad para llevar al grado máximo de expresión cuanto medita, resuelve, ansia, ama u odia. Nadie como él tiene tal dominio sobre el juego de fisonomía. Recordamos a este respecto una de las primeras escenas de La Parlanchina, con Priscilla Dean: durante treinta segundos, por lo menos, la cara de Macdonald se mantiene inmóvil en la pantalla; y durante ese interminable tiempo la expresión de odio inicial va bajando, grado por grado, hasta fijarse en sonrisa canallesca. Todo sin prisa, sin exageración alguna, músculo por músculo, con la misma pasión interna de la circunstancia vivida. Y he aquí que no solamente no hay tal realidad, sino que toda esa ficción se ejecuta mirando la pared de un estudio ante las máquinas a un metro y enceguecido de luz. Realiza así Macdonald las dos virtudes del intérprete: facultad para sentir una alma ajena, y facultad para expresarla, cada vez, cuándo y dónde se la solicite.
3 págs. / 6 minutos.
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Publicado el 22 de septiembre de 2026 por Brian.
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