El Secreto De La Confesión

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Para conmemorar a su modo la semana santa, los salones de cine estrenaron la cinta del título, obra de profundo espíritu religioso, aprobada y recomendada por la curia eclesiástica. Ganados por un poco de curiosidad, ya que no es frecuente plantear y debatir en la pantalla problemas religiosos, hemos asistido al estreno de dicha cinta, donde la presencia de Walthall era ya fuerte recomendación.

Se trata en aquélla de un sacerdote católico que recibe en confesión el secreto de un grave crimen. El asesinado es el propio hermano del sacerdote.

El film entero se desarrolla sobre este caso de conciencia, hasta que por fin el sacerdote consigue lo que se había propuesto: que el verdadero criminal se delatara a él mismo, y en el instante en que el inocente tenía ya la cuerda al cuello. La cinta tiene su interés, bien que el tema se haya tratado ya en la novela y el drama con exceso de detalles.

Pero lo curioso del presente caso es que, a despecho del título y la tendencia y la actuación de un sacerdote, en la cinta entera no hay un solo soplo de religión. El aspecto, las incidencias y el espíritu del drama son fuertemente mundanos. El personaje simpático de la cinta no es el sacerdote, a pesar de sacrificar a su propio hermano por deber de conciencia. Y aún más: la actuación de dicho sacerdote da la impresión de que no tiene otro objeto que entorpecer, enredar y exasperar un conflicto que podría haberse resuelto satisfactoriamente, si se lo abandona a manos de sus causantes. La empresa editora, pues, ha dado un curioso traspié, si en verdad ha pretendido una pequeña propaganda religiosa con su cinta. Pero es posible que El secreto de la confesión no sea otra cosa que uno de los tantos films, con elementos heterogéneos y sin transcendencia alguna. Lo cual, de ser así, nos ofrece una cinta bastante interesante, aunque larga; bien dirigida sobre todo, y donde al lado de la actuación desteñida de Walthall, se destaca la de Francis Macdonald.

El Caso Francis Macdonald. —Se ha dado en llamar cara cinematográfica a la de ciertas actrices que resultan más bellas de lo que son; a las de aquéllas que gozan del privilegio de que la pantalla absorba y desvanezca los aspectos duros de su semblante, para reforzar, en cambio, la dulzura de su sonrisa. Y entre los hombres, tienen cara cinematográfica los sujetos de rasgos muy acentuados, irregulares, y de gran intensidad de expresión. En este concepto, William Hart parece ser el prototipo de los seres nacidos para la pantalla. Y a su lado, de igual a igual, merece la misma distinción Francis Macdonald. No es el suyo un rostro atormentado, ni se distingue en lo más mínimo del de cualquier vecino nuestro. La fuerza cinematográfica del muchacho reside exclusivamente en su semblante interior —diríamos—; en su asombrosa facultad para llevar al grado máximo de expresión cuanto medita, resuelve, ansia, ama u odia. Nadie como él tiene tal dominio sobre el juego de fisonomía. Recordamos a este respecto una de las primeras escenas de La Parlanchina, con Priscilla Dean: durante treinta segundos, por lo menos, la cara de Macdonald se mantiene inmóvil en la pantalla; y durante ese interminable tiempo la expresión de odio inicial va bajando, grado por grado, hasta fijarse en sonrisa canallesca. Todo sin prisa, sin exageración alguna, músculo por músculo, con la misma pasión interna de la circunstancia vivida. Y he aquí que no solamente no hay tal realidad, sino que toda esa ficción se ejecuta mirando la pared de un estudio ante las máquinas a un metro y enceguecido de luz. Realiza así Macdonald las dos virtudes del intérprete: facultad para sentir una alma ajena, y facultad para expresarla, cada vez, cuándo y dónde se la solicite.

Ahora bien; ¿cómo explicar el silencio de las revistas norteamericanas del ramo, sobre este potente actor? ¿Son tal vez resortes económicos o de vanidad los requeridos para poner en manifiesto a estrellas del valor de Harry Morey, Dorothy Phillips o Francis Macdonald? Lo cierto es que muy poco se habla de ellos, siendo así que hallamos páginas enteras dedicadas a comentar la sala de fumar del palacio de Fairbanks, o el profundo escote de una señorita Corina Griffith.

Con las Alas Rotas. —Esta cinta, vivamente anunciada, se distingue por la extensión de sus leyendas, primero, y por el género sentimental de las mismas. Más que comentarios aclaratorios y reforzadores de la acción, tales leyendas son un poema entero, truncado por las vistas cinematográficas.

El film dramático se transforma así en un cuento o poema ilustrado con fotografías, donde naturalmente el brío está en las leyendas, y no en la acción, como es justo fuera. Esta anormalidad podría admitirse si el resultado, el efecto obtenido, fueran muy enérgicos.

Pero no es este el caso de Con las alas rotas, pues para buena parte del público las leyendas del poema en cuestión encierran poco sentimiento real, a despecho de los admirativos, de los leit-motif y del tono elegíaco que caracterizan a la sensiblería. Puede que nos equivoquemos; pero la verdad inconcusa sobre este film es que hay un atormentador exceso de leyendas, y que se han filmado más de cincuenta escenas totalmente inútiles para el progreso del drama, con el único objeto de alargar la cinta. En cuanto a los protagonistas, Lew Cody y Paulina Starke, han hecho cuanto es posible —como se dice en el teatro— para salvar la obra.

Los Convencionalismos Desagradables. —En la crónica anterior hemos recordado algunos agradables. Como es de creer, los desagradables prosperan igualmente; y el más difundido de todos acaso sea el que concierne a los procesos criminales. Nadie habrá dejado de notar, por ajeno que sea el espectador a los trámites judiciales, la increíble facilidad con que en los films se condena a un hombre a muerte. Por simples sospechas; por un revólver o un puñal de dueño conocido; por el testimonio de cualquier dudoso personaje; por la más aparente presunción de crimen, el pobre acusado es llevado a la horca o a la silla eléctrica, donde paga con la vida delitos a solo medio probar, en el más convincente de los casos.

¿Por qué este convencionalismo absurdo, cuya falsedad nota aún un escolar de grado? ¿Hay tan poca imaginación en los autores o directores, cuando son incapaces de combinar un enredo dramático donde un hombre sea condenado a muerte por motivos reales y convincentes? No recordamos haber asistido a uno solo de los infinitos procesos criminales, en que se tuviera en cuenta los antecedentes del presunto criminal. La sola circunstancia de sorprender a un hombre junto a un cadáver, es siempre prueba total de crimen. La persona sorprendida puede no conocer a la víctima, ni haberla visto nunca, ni tener a ojos vistas el menor interés en matar. Puede, además, ser indiferentemente asesino profesional o gentleman: lo mismo da para la extraordinaria justicia del cinematógrafo. Y esta tan evitable tontería se justifica menos aún en gentes que, como las productoras de films norteamericanos, han llegado a la perfección en el ambiente judicial. Hemos de volver sobre esta rica mina de los convencionalismos desagradables.


Publicado el 22 de septiembre de 2026 por Brian.
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