El Segundo Film Humano…

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


El Segundo Film Humano del Señor Griffith: Sonriamos a la Vida. —Cuando D. W. Griffith declaró que, sintiéndose muy cansado de las cintas de gran movimiento, iba a dedicar todas sus fuerzas al simple drama, más o menos trágico, pero encuadrado en la vida trivial, la expectativa fue muy viva en el mundo del cine. ¿Qué nos podía dar el celebrado director, él, que cuenta con los actores de más renombre y los más vastos recursos del studio?

El primer salto desde las epopeyas decorativas al drama elemental fue un pobre y lúgubre desacierto: Pimpollo rotos. En la ocasión analizamos ya este magnífico idilio en un acto, que el señor Griffith estiró hasta seis actos semi aburridos.

El segundo ensayo de vuelo que nos llega es ya otra cosa: Sonriamos a la vida. No es ni con mucho una obra maestra como dirección de conjunto, pero ciertamente lo es de detalle. No es posible pedir nada mejor que los dos primeros actos. El señor Griffith halla en ellos medio para poner en juego su capacidad poética para la composición de las escenas. Ningún director lo sobrepasa en el arte de filmar un idilio en la pantalla: actitud de los personajes, fondo, detalles, ambiente, dirección fotográfica; todo concurre a la creación de un bello cuadro poético.

Pero es más que seguro que no podemos ni debemos esperar más del señor Griffith. Consumado director de escenas, carece de visión del conjunto. Su obra más celebrada: El nacimiento de una nación, nos presenta nítida esta grande pero restringida cualidad de director: rigurosas escenas, bellos cuadros, pero sin un soplo que pase de uno a otro, encadenándolos.

Pero contentémonos con esto. Sonriamos a la vida es un derroche de poesía silvestre fragmentada en escenas encantadoras, en cuanto a sus dos primeros actos. Para mayor gala, el señor Griffith ha utilizado a dos actores maestros en el arte de los idilios deliciosos y torpes de la adolescencia: Lilian Gish y Charles Harron.

Es lástima, y muy grande, que el resto del film no responda a su comienzo. Intervienen luego elementos dramáticos de segundo orden, como aquel padre que súbitamente, de la mañana a la noche, se transforma en un ladrón asesino, tanteando en la obscuridad con un puñal en alto, la cama donde está durmiendo un forastero recién llegado que es... su hijo.

La súbita crisis es posible, e igualmente posible que un amantísimo padre robe y mate a su hijo; pero no ha de brotar seguramente tal sombrío y complicado problema del primaveral y campesino idilio con que comienza y se desarrolla el segundo de los films humanos del señor Griffith.

Teodoro Roberts. —Tiene la pretensión de ser el actor que ha interpretado más personajes en el cine. Si ello es verdad, habrá que agregar el abrumador número de creaciones durante su actuación de cuarenta años en el teatro. Lo que no obsta para que este gran actor, llegado tardísimo a la pantalla, cuente en su haber la adquisición de todos los secretos, todos los resortes y todos los trucos de un arte, como el cinematográfico, tan distinto del teatral.

—Comencé mi carrera —dice él mismo— en 1880. He interpretado todos los personajes, desde Shylock a Simón Legree, y he recorrido toda la gama de caracterizaciones dramáticas y de la comedia. Hace sólo cinco años que ingresé en el cine. Por término medio, he interpretado un personaje por mes. Veinte veces se me ha hecho la pregunta —a mí como a todo grande o pequeño actor del cine— de qué personaje había caracterizado más a gusto. Yo desearía que el más inocente preguntón de revistas o la más bien encaminada chica en la senda de la ardorosa simpatía, se dieran bien cuenta de la dificultad de responder a estas preguntas. Del montón de cintas que el destino y los directores le encomiendan a un pobre diablo de actor, el noventa por ciento son hechas a disgusto. Quedan diez que nos ha agradado interpretar. Y entre estas diez, más fácil nos es volver a interpretar las noventa insulsas que decidirnos por una de aquéllas. Pero en suma: ¿qué caracterizaciones me agradaron más? Para el preguntón más o menos bobalicón, y para la misma señorita enamorada del amor al cine, responderé con el corazón en los labios que me agradó mucho hacer la Riqueza en Todas las mujeres; pero como realización de arte (no sé si me entenderán aquellas mismas dos personas), me hallé sumamente a gusto en el papel de viejo merodeador en Mujeres viejas por nuevas.

Hasta aquí el señor Roberts. Aparte de alguna impertinencia disculpable en un hombre de su edad (esto, desde luego, por cuenta de aquellas mismas dos personas), al admirable actor le sobra razón, del mismo modo que le sobran actividades artísticas, pues pinta, dibuja, esculpe. Para sus ratos de descanso colecciona pinturas y muebles. Nada extraño, pues, que su mansión de Hollywood (las casas de los actores de cine son todas mansiones) sea muy interesante, donde sus vacaciones se deslizan al lado de su mujer y de sus gaviotas domesticadas.

En fin, hay para nosotros algo mucho más interesante que esto en el hombre que nos ocupa, y es la pulcritud de sus caracterizaciones. Nadie ha dejado de observar la concordancia perfecta de la vestimenta de Roberts en cualquiera de sus personajes: saco, pantalón, botines, aún su camisa más o menos desbordada del cinto, no hay detalle que el viejo Roberts no cuide rigurosamente. Pero nada refuerza lo anterior como la circunstancia de haber en cierta ocasión suspendido su trabajo en la pantalla durante tres meses, a fin de dar tiempo de crecer a su pelo y su barba, con el objeto de caracterizar en forma a tal personaje de que estaba encantado. Esto se llama honradez de actor, virtud poco difundida entre las estrellas de reciente constelación.


Publicado el 22 de septiembre de 2026 por Brian.
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